30.- DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN


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Desde un otero cercano a Jerusalén, Jesús observó la ciudad. Y mientras la contemplaba detenidamente, abundantes lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas y cayeron llenas de tristeza, envueltas en un dolor sin esperanza de consuelo o comprensión. La escena que refiere Lucas parece no tener ilación. Jesús compadece las desventuras de una ciudad culpable y ¿No sabrá compadecer sus costumbres?

El Hombre-Dios como Humano, llora por las ruinas de su  Patria. El Dios hombre sabe que son precisamente esas costumbres las que producen las desventuras y el verlas en el futuro, aumenta su Dolor.

Con su espíritu profético, su Ira contra los Profanadores del Templo es lógica consecuencia por lo que Él sabe de las desventuras que arrollarán a Jerusalén.

Las profanaciones del Culto Divino, de la Ley Divina, provocan los Castigos del Cielo.

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Al convertir la Casa de Dios en una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos e indignos creyentes, atraían sobre todo el Pueblo la maldición y la muerte.

Los males que sufre un pueblo, es la consecuencia de vivir peor que animales, pues Dios retira su Protección. Y esto Satanás lo sabe tan bien, que por eso hace todo lo posible para que los hombres con sus acciones, atraigan la Justicia Divina.

Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna de los que se consideran hijos de Dios.

Y tanto los hombres como las naciones debieran recordar que inútilmente se llora, después de que se ha rechazado la Salvación.

Cuando Jesús estuvo caminando en el suelo de Palestina, lo arrojaron con una guerra sacrílega que partió de cada conciencia entregada al Mal y se esparció por toda la nación.

Los países no se salvan con las armas, sino con una forma de vida que atraiga la Protección del Cielo.

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El Domingo de Ramos antes de entrar a Jerusalén, Jesús tenía bajo su mirada la Ciudad que lo rechazaba. Con sus casas amontonadas, sus callejas tortuosas. Todo aquel pueblo que es de su raza y contra cuya negativa nada puede. Y exclamó su terrible Premonición:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina cobija a sus polluelos bajo sus alas! ¡Pero tú no has querido! Y he aquí que tu casa será abandonada y permanecerá desierta…

Os aseguro que no me veréis, hasta el día que digáis: ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor!

Salió del Templo con sus discípulos al atardecer.

Después de cruzar la Puerta de las Ovejas, el grupo siguió los basamentos del Santuario, junto a aquellas enormes murallas que mandó edificar Herodes, vistas desde el Valle del Cedrón.

Desde allí donde Jesús las miró en aquel instante; esas murallas producen todavía una profunda impresión de poder. Son bloques enormes, irregularmente aparejados, de donde brotan macizos de hierbas, arbustos. Y desde donde vuelan recortándose blancas sobre el cielo azul, las palomas que anidan en sus cavidades.

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El miércoles anterior a la Pascua, dijo un discípulo:

-           ¡Maestro, mira que piedras! ¡Qué imponente construcción!

Otros ponderaron los formidables cimientos y su riqueza.

Jesús respondió:

-           ¿Veis todas esas grandiosas construcciones? ¿Veis todo eso? Mírenlo bien. Pues en verdad os digo que vendrán días en que todo eso será arrasado y de ese edificio no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido.

Impresionados por la insistencia que su Maestro ponía en anunciar estas catástrofes, los discípulos le siguieron preguntando. Habían llegado a la ladera del monte.

Jesús les habló de las sorprendentes cosas que anunciarían el Fin del Mundo y el glorioso Advenimiento del Hijo del Hombre.

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Y ellos preguntaron asombrados:

-           ¿Y cuándo sucederá todo esto?

Jesús les respondió:

-           ¿Signos? No faltarán para quienes sepan comprenderlos. Se verán aparecer falsos Mesías, que arrastrarán al Pueblo por falsos caminos. Habrá guerras, sediciones, revueltas. La misma naturaleza hará crisis. Habrá terremotos, prodigios celestes, pestes y hambrunas en la humanidad.

En cuanto a los fieles, y eso también tendrá valor de signo…  Habrán sido perseguidos, detenidos, flagelados. Tendrán que testificar a Cristo con sus sufrimientos y Él habrá puesto en sus labios una sabiduría, a la cual no podrán responder sus adversarios: porque el Espíritu Santo hablará en ellos.

Entonces, cuando el Evangelio haya sido proclamado en el mundo entero, el mundo será destruido…  Como lo será Jerusalén, cuando sea sitiada por un ejército. Y entre tanto en el Lugar Santo reinará ‘La Abominación de la Desolación’ vaticinada por el Profeta Daniel.

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¡Horas atroces!…  ‘Que los que estén en Judea huyan a las montañas. Que los que estén en las ciudades, se alejen de ellas. Que el que esté sobre su terrado se guarde de entrar en su casa, al bajar para llevarse algo… Porque aquellos serán los días de la Venganza en los que se cumplirá la Escritura. ¡Ay de las nodrizas! ¡Ay de las mujeres embarazadas!

Porque las tribulaciones serán tales, como nunca se vieron otras semejantes desde el comienzo del mundo. Y como jamás volverán a verse. Grande será la angustia de este país. Grande la cólera sobre este Pueblo. Porque caerá bajo el filo de la espada o lo llevarán cautivo entre todas las naciones.

Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumplan los Tiempos de los Pueblos.

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Cuatro décadas después, al principio del mes de Nisán del año setenta de la Era Cristiana, un ejército romano asedió la Ciudad Santa. Cuatro legiones, tropas auxiliares sirias y númidas, con un total de sesenta mil hombres, equipados con el mejor material bélico.

Lo comanda Tito, hijo de Vespasiano; proclamado emperador seis meses antes por un golpe de estado de las legiones de Egipto. Y esta es otra razón más para vencer, pues necesita de estos lauros para asegurarse el trono imperial.

Israel insultado. Humillado de innumerables formas por los últimos procuradores, se había sublevado con la loca presunción de lograr contra Roma, el heroico milagro de los macabeos contra los griegos. Todo el Pueblo Elegido hace contra los legionarios una guerra anárquica, pero feroz.

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¿Era éste el tiempo que Jesús predijera?

Los signos no habían faltado…  No fueron solo los prodigios y las sacudidas sísmicas que relata Flavio Josefo.

Pulularon los falsos profetas. Algunos estaban locos: como el iluminado egipcio que desde el Monte Olivete aseguraba que las murallas de la ciudad, se desplomarían ante su mandato.

Pero otros eran más peligrosos; como los sicarios herederos de los antiguos zelotes, que dirigidos por un personaje extraño, valiente, satánico: Juan de Guiscala, trataron de imponer la tiranía del puñal.

Se repitieron con demasiada frecuencia las despiadadas rivalidades de las distintas facciones, generando las guerras y las revueltas. El Pueblo hebreo estaba confuso, dividido y reinaba una brutal contienda entre los ansiosos de paz y los amantes de la guerra.

Los ancianos presintiendo lo que se avecinaba, lloraron por la ciudad considerándola perdida.

Cuando entró Juan en Jerusalén, toda la población salió a las calles creyendo que venía a ayudarles. Pero él y sus hombres además de las disensiones que produjeron, fueron la causa directa de la destrucción de la ciudad…

Pues no eran más que una caterva de bandidos que consumió las provisiones de los defensores, atrayendo de este modo sobre sí la sedición y el hambre, además de la guerra. Apresaron a Antipas, su familia y su corte… Y los decapitaron.

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En la misma Jerusalén asediada, se combatieron fieramente saduceos, fariseos y zelotes. Unos, tomaron la Torre de David. Otros, cercaron el Templo ocupando Ofel y Bezetha; mientras que los otros, convirtieron el Lugar santo en una fortaleza.

EL sanedrín fue disuelto. El Sumo Sacerdocio estaba vinculado a determinadas  familias… Ellos anularon la sucesión, los cargos y se los repartieron entre sí, sorteándolos. Y de esta manera se apoderaron del Gobierno y nombraron magistrados a quienes se les antojó.

Los sacerdotes lloraron y se lamentaron por el escarnio de la Ley y las dignidades sagradas.

El Sumo Sacerdote Anás II hijo de Anás, reunió a los sacerdotes más queridos por el pueblo: Gorión, hijo de José el Anciano; Simeón, hijo de Gamaliel; Joshua, hijo de Gamala… Y los exhortó a que animaran al pueblo a derribar la tiranía de los zelotes y a que entregaran la ciudad a los romanos.

Pero Juan de Guiscala llamó en su auxilio a veinte mil Idumeos que acamparon delante de las murallas.

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Entonces estalló una violenta tempestad y se desencadenaron vientos huracanados, acompañados de caudalosos aguaceros, rayos y terremotos. Todos vieron esto como un presagio de destrucción y de grandes calamidades.

Los Idumeos pensaron que Dios se había irritado porque tomaron las armas y que no escaparían al castigo.

Anás II y sus compañeros creyeron que ya habían vencido sin batalla, convencidos de que Dios era su General.

Por su parte, los zelotes aprovecharon lo más fuerte de la tempestad: favorecidos por el viento y los estampidos de los truenos, les abrieron las puertas a los Idumeos.

Éstos entraron en el Templo y no perdonaron a nadie.

Al día siguiente el Primer recinto estaba inundado de sangre y cuando amaneció, había ocho mil quinientos cadáveres. Los restos de Anás II y los príncipes de los sacerdotes, fueron arrojados a la basura.

Y aquel Viernes, fue el inicio del desastre.

Los que se habían sublevado en el Nombre de Dios para hacer respetar la Ley usaron tanta violencia, que terminaron por raptar a las mujeres judías para violarlas. Cometieron incontables asesinatos motivados por la venganza y la codicia. Llevaron su crueldad al extremo de impedir la sepultura de los cadáveres, dejándolos pudrirse al sol.

Y la misericordia desapareció.

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Los malos se indignaron tanto con la caridad de los vivos, que a los que se atrevieron a enterrarlos también los asesinaron. Es tanto el terror, que los supervivientes y los torturados que estaban en las cárceles, envidiaron el reposo de los muertos.

Los zelotes pisotearon todos los derechos humanos.

Se ríen de las Leyes de Dios y ridiculizaron los oráculos de los profetas, calificándolos como artimañas de embaucadores y sin embargo ellos mismos fueron los instrumentos para que se cumplieran algunas predicciones.

Una profecía muy antigua asegura que la ciudad sería conquistada y el Templo quemado, cuando naciera la revuelta entre los israelitas y mancillasen con sus propias manos el Santuario de Dios.

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Mientras tanto los jefes romanos quieren avanzar rápido contra la ciudad e incitaron a Vespasiano diciéndole que los dioses están de su parte, como lo demuestran las discordias de Israel.

Vespasiano responde que es mejor esperar a que la guerra civil los devore; pues mientras ellos se destruyen mutuamente, les facilitarán las cosas para un triunfo más cómodo. Y la fuerza romana aumentará en la misma proporción que la debilidad del adversario, que está ocupado en destruirse a sí mismo.

Vespasiano avanzó desde Antioquia hasta Ptolemaida y allí unió fuerzas con Tito. Luego, sistemáticamente fue conquistando una a una, todas las ciudades de Palestina; hasta que fue capturado Josefo el general judío, líder del ejército israelí.

Tiene veintiocho años de edad, pertenece a la tribu de Leví. Lleva en las venas sangre real. Es sacerdote, hijo de Matías sacerdote fariseo, perteneciente a la primera de las veinticuatro clases sacerdotales. Tiene un hermano que también es sacerdote, el cual junto con sus padres y toda su familia, ha quedado dentro de Jerusalén.

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Tito le respeta porque ha sido un formidable adversario, digno y valiente en la batalla.

Vespasiano sabe que con su captura, prácticamente acabaría la guerra y ordena que lo vigilen estrechamente, pues piensa remitirlo a Nerón.

Pero el prisionero le dijo:

-           No pienses Vespasiano en retener cautivo a Josefo. Si no me mandase Dios a ti, de sobra conozco la Ley de los judíos y de qué manera debe morir el general de un ejército. ¿Me envías a Nerón? ¿Por qué?…  Tú Vespasiano eres César y Emperador. Y también lo será tu hijo Tito.

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Átame más fuerte. Encadéname. Pues muy pronto tú mismo me libertarás. Porque te anuncio César que eres señor no sólo de mí… Sino de tierras, mares y de todo el Imperio. Debes vigilarme más que ahora, para castigarme si afirmé falsamente y con atrevimiento, lo que te he vaticinado como procedente de Dios.

Vespasiano miró a su prisionero y no le quiso creer, pensando que era una estratagema para poderse librar del destino que lo esperaba.

Pero después cuando Vespasiano interrogaba a otros prisioneros, descubrió que Josefo había pronosticado a su pueblo que Jotapata sería conquistada cuarenta y siete días después de que él fuese capturado vivo por los romanos; predicción que se había cumplido cabalmente.

Y sintiendo curiosidad por su propio vaticinio, lo retuvo a su lado y no lo envió a Nerón.  Regresó a Cesárea después de haber sometido todas las ciudades próximas a Jerusalén.

Después de la muerte de Nerón, en el año de los cuatro emperadores; sus jefes y sus legiones, rechazaron la noticia de que un hombre tan corrompido como Vitelio dirigiese los destinos del Imperio. No estaban dispuestos a soportar a otro tirano cruel y querían a un buen gobernante. Después de debatirlo, decidieron proclamarlo emperador.

Él se rehusó.

A pesar de su repugnancia y sus esfuerzos por alejar de sí aquel título, terminó por aceptarlo cuando las legiones de Egipto también lo proclamaron.

Entonces Vespasiano recordó la osadía de Josefo, que le profetizó su ascenso al trono en vida de Nerón. Y decidió quitarle la infamia al mismo tiempo que las cadenas, dándole la Epitimia, (En derecho griego, la condición de hombre libre que goza de todos los derechos y honores civiles)

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Al ser liberado y según la ley romana, tomaría el nombre de su vencedor: Flavio Josefo. Se convertiría en cronista del nuevo emperador y un importante historiador, pues él era un israelita que amaba a Dios y a su patria.

Y Josefo tuvo que gustar la amargura de testificar para la posteridad, la forma tan apocalíptica como desapareció de la faz de la tierra, todo lo que en el mundo había amado y era precioso y sagrado para él: el Templo, símbolo de su religión. Su familia, su pueblo y su nación.

Y pasar el resto de su vida, en medio de los paganos que los habían destruido y  que nunca comprenderían la magnitud de su tribulación.

Tito acampado en Scopo, dirigió cuidadosamente su ataque y sitió Jerusalén.

Los judíos se creyeron fuertes al principio pues contaban con diez mil soldados, más veinte mil Idumeos y excelentes mercenarios. Y la ciudad rodeada por una triple muralla, erizada de noventa torres, parecía inexpugnable. Tenía cuatrocientos balistas y escorpiones que habían sido arrebatados a la Legión de Cestio Galo.

Pero si los romanos demoraban en atajar por la fuerza, un aliado más temible trabajó más aprisa para ellos: el Hambre.

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Esta calamidad que también había sido profetizada, llegó a ser tan espantosa que impulsó a errores nefandos…

Había una mujer transjordana de noble y rica familia que huyendo de la guerra civil, se había refugiado en Jerusalén. Y los bienes que llevó de Perea, se los robaron los sediciosos cuando saquearon su mansión.

Unos soldados atraídos por el olor a carne asada, entraron a la casa y amenazaron con degollarla, si no les entregaba el alimento.

Con mirada de demente, ella les entregó una bandeja en la que estaba el cuerpo descuartizado de su hijo y del cual ya había consumido una mitad.

Ellos se horrorizaron ante el espantoso asado y se marcharon dejándolo a la madre.

Cuando los romanos se enteraron de aquel crimen, Tito se encolerizó y dijo que los padres merecían aquellos alimentos, porque no renunciaban a las armas.

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Y reflexionó cuanta sería la desesperación de sus enemigos, que los había hecho perder la cordura.

Este suplicio duró cien días.

La ciudad estaba superpoblada. El ataque (Y esto también lo dijo Jesús) se realizó tan repentinamente, que los peregrinos de la Pascua se encontraron bloqueados, junto con un gran número de refugiados de las provincias.

Un muro de asedio de ocho kilómetros de largo, semejante al que permitió a César vencer en Virgencitórix imposibilitó toda clase de avituallamiento.

Los soldados robaban para comer. Los desgraciados que intentaban huir de aquel infierno, topaban con el cerco de los romanos y al ser apresados, los regresaban con las manos cortadas si eran mujeres. A los hombres los crucificaron en un sitio bastante visible.

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Un día, el vientre de un crucificado se abrió bajo el peso de las monedas de oro que había escondido en sus entrañas. Y partir de ese momento todos los prisioneros fueron desventrados. Y dos mil de ellos fueron destripados en una sola noche.

Forzados el segundo y luego el tercer recinto, Jerusalén seguía sin rendirse.

Los jinetes nubios de Tito, lanzados al galope a través de las callejuelas, barrían todo a su paso cercenando las cabezas.

Casa por casa, los barrios fueron tomados y sus habitantes aniquilados. Parecía que nada podía acabar con aquella ciudad enardecida, cuyos pobladores asediados como espectros famélicos, todavía tenían fuerzas para efectuar incursiones.

Cuando Tito entró en la ciudad se admiró no solo de sus fortalezas, sino de las torres que habían sido abandonadas. Cuando vio sus grandes y macizas dimensiones,  el tamaño de las piedras y lo exacto de su conexión, su dureza y amplitud…

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Tito dijo:

-           En verdad nos asistió la Divinidad en esta guerra. Pues solo Él pudo ser el que arrojara a los judíos de estas fortificaciones, ¿Qué hombres o máquinas hubieran conseguido someterlos?

Tomada la Torre Antonia sólo quedó el Templo, que rechazó el asalto general de los romanos.

Tito vaciló en usar el fuego. ¿Acaso él iba a destruir aquella maravilla de magnificencia? Sus arietes lo habían atacado durante seis días sin afectarlo lo más mínimo y en un contraataque judío perdió muchos soldados…

Comprendió que sus esfuerzos por conservar un templo extranjero, sólo lo estaba perjudicando a él mismo. Entonces mandó que se prendiese fuego a las puertas. Ardió el precioso cedro y la plata que las forraba, se derritió.

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Los judíos miraron consternados el fuego que los rodeaba y que duró dos días. Al amanecer del tercero fue embestido el Templo por todas partes.

Los romanos se quedaron asombrados ante la magnífica y maravillosa belleza que iba aumentando en grandeza y riqueza, conforme se acercaban al Lugar donde estaba el  Santo de los santos.

Y comprobaron que el Templo era más grandioso de lo que se desprendía de los relatos… Y porqué merecía tantas alabanzas.

Un legionario tomó una madera encendida y prendió una ventana de oro, por la cual penetraron en el recinto que circundaba el Lugar Santo y pasaron a filo de espada a todos los que encontraron a su paso.

En torno al altar se amontonaron los cadáveres de los sacerdotes y la sangre se deslizaba por las gradas…

Tito victorioso, intentó evitar el desastre junto con su estado mayor. Penetró en el Santuario y ordenó que apagaran el fuego, para que no llegase al Lugar Santísimo.

Pero los soldados exasperados por la espera y la batalla, no le oyeron o fingieron que no le oían; pues además de su ira y su odio contra los hebreos, los impulsaba la esperanza del botín, pensando que en el interior encontrarían grandes tesoros, al ver que todo lo que los rodeaba estaba hecho de oro.

Uno de ellos esquivó a Tito, cuando éste corrió a detenerlo y arrojó fuego a los goznes de la puerta. La llama no tardó en brillar en el interior del Lugar Santísimo, devorando el Velo que rodeaba al Santo de los Santos.

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Legionarios y beduinos empuñando antorchas, activaron el incendio fatal.

El victorioso romano sentenció:

-           Este pueblo está tan manifiestamente bajo el Castigo Divino, que parecería impío concederle gracia.

Y se retiró con su estado mayor, abandonando a su destino al que había sido el orgullo de Israel.

Y ya nadie estorbó a los incendiarios.

Mientras ardía el Templo ocurrió el saqueo de cuanto hallaban a la mano. No hubo misericordia para la edad, ni respeto para la dignidad en la matanza que siguió: niños, ancianos, mujeres, gente profana, ministros, religiosos.

Mataban, violaban, degollaban, en los atrios y en todos lados. Todos fueron perseguidos y matados: los que suplicaban piedad y los que se resistían con las armas.

El fragor del incendio formó un eco siniestro con los sonidos de los moribundos. Y como la colina era alta y grandes las proporciones del Santuario, parecía que toda la ciudad era pasto de las llamas.

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Sublime y espantoso era aquel estruendo. Todo retumbaba.

Y así fue quemado el Templo de Jerusalén.

Los soldados reunieron tanto botín en los saqueos, que el peso del oro se vendió en Siria en menos de la mitad de su valor anterior. Y también la ciudad fue saqueada e incendiada. Después de sacarlos a la superficie, los romanos mataron, esclavizaron o destrozaron, a los que se habían escondido en las cloacas; donde también encontraron muchos tesoros.

Y así fue conquistada Jerusalén.

Pasado a cuchillo el pueblo, carbonizado el Templo y la ciudad convertida en una brasa; lo único que faltaba era decidir la suerte de los noventa y siete mil cautivos…

El rey Izate con su familia en calidad de rehenes, fueron encadenados y enviados a Roma. Los sediciosos fueron ajusticiados, entre ellos Juan de Guiscala. Los hombres más altos y hermosos, fueron escogidos como trofeos para el desfile del triunfo. Los demás, si pasaban de los diecisiete años, fueron encadenados y mandados a las minas egipcias.

Tito distribuyó grupos considerables y los envió como regalo a las provincias, para las luchas de gladiadores y los juegos de circo con bestias. Los menores de diecisiete años, fueron vendidos como esclavos.

Y así desapareció una nación.

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Liberó a los que estaban en las cárceles y demolió la ciudad y el Templo, salvo las Torres: Fasael, Híppico, Mariamne y parte de la muralla que cerraba la ciudad por el oeste. Ésta, para que les sirviese de campamento a los que quedasen de guarnición. Y aquellas, para que mostrasen a la posteridad qué ciudad y qué clase de fortificaciones había sometido el valor romano.

Y también como monumentos de su buena fortuna, que había conquistado lo inconquistable. Derribaron todo lo demás de tal forma, que nadie hubiera creído que algún tiempo sirvió de habitación a seres humanos.

Y así fue arrasada Jerusalén.

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Tito elogió a sus tropas y las recompensó, pues su bravura había aumentado el poder y la gloria de Roma.

Y ninguno de los que se arriesgó más que otros, quedaría sin su justa retribución. Les entregó largas espadas de oro, ascendiéndolos de rango entre los militares y les repartió parte de los despojos del botín. Los envió a distintos lugares donde estarían mejor situados.

Al asesinato de Esteban, que narra el Evangelista San Lucas en el Libro de los Hechos de los Apóstoles; le había seguido la primera persecución contra los cristianos, donde murieron dos mil; incluido Nicanor, uno de los siete diáconos.

La mayoría de los demás, se dispersaron y se transformaron en misioneros itinerantes. Ocho años antes de la tragedia de Israel, en el año 62 d.C. y según palabras de Flavio Josefo: “Anás II  era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio: el Procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino; todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús llamado el Cristo y a algunos otros. Los acusó de haber trasgredido la Ley y los entregó para que fueran apedreados.”

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A partir de aquel momento, los cristianos serían tratados como delincuentes y la Iglesia Perseguida empezó a tomar precauciones, para sobrevivir. Refugiados en Pella y Transjordania, los primeros cristianos que supieron reconocer a tiempo los signos del desastre; al recibir las espantosas noticias recordaron las proféticas palabras del Maestro:

“No pasará esta generación antes de que sucedan estas cosas. El Cielo y la Tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

Todo lo que Jesús predijera estaba consumado.

Cinco meses había durado el sitio que acabó después de tantas escenas de horror inimaginable.

Jerusalén había sido destruida y arrasada. El Templo, había ardido y desaparecido. De la resistencia judía sólo quedaban unos cuantos grupos insignificantes, ocultos en cuevas y que sucumbirían al cabo de tres años, con la toma de Masada.

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Judea se convirtió en una provincia romana separada de Siria y ocupada por una legión acuartelada en Jerusalén.

Habían desaparecido el Sanedrín y el Sumo Pontificado.

En cruel ironía, Roma exigió el impuesto ritual que todos los judíos debían pagar al Templo, para ingresarlo al tesoro de Júpiter.

Tito regresó a Roma trayendo consigo como prisioneros de guerra a los jefes, junto con Simón bar Giora, además de setecientos hombres escogidos por su estatura y belleza corporal, para presentarlos en su Triunfo. Hombres que después fueron regalados como esclavos a diversos funcionarios romanos…

Vespasiano le salió al encuentro y decidieron celebrar juntos sus gloriosas hazañas.

Al amanecer Vespasiano y Tito, coronados de laurel y vestidos de púrpura, se dirigieron al Pórtico de Octavio donde los esperaba el Senado, los principales magistrados y los del Orden Ecuestre.

Después de la recepción, las oraciones rituales y un corto discurso al pueblo desde el Podium Imperial que había sido preparado para esta ocasión tan solemne, despidieron al ejército para que celebrase el banquete que había sido ordenado por los emperadores. Luego se pusieron las vestiduras triunfales y se dirigieron a la Puerta de la Pompa, para ofrecer sacrificios a los dioses que estaban adyacentes. Después dieron la señal de partida para el cortejo triunfal.

Es imposible describir la cantidad y magnificencia de lo que se exhibió: impresionantes obras de arte, exquisitas y variadas en riqueza hechas con plata, oro, marfil y piedras preciosas. Un increíble caudal de objetos: vestiduras de púrpura con bordados babilónicos. Abundantes coronas, tiaras y joyas. Diferentes especies de animales, magníficos y soberbios en belleza.

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Enormes imágenes de los dioses, ostentando la destreza de los artífices, hechas con diferentes materiales. Los portadores de esta riqueza vestían de púrpura recamada en oro, solo los que los mandaban, superaban la riqueza de su indumentaria. También los cautivos estaban  adornados y los finos tejidos que los cubrían, ocultaban la fatiga de sus cuerpos.

Pero lo más asombroso fueron las torres hechas con oro y marfil.  Estaban trabajadas con tal arte, que era una delicia contemplarlas.

En ellas estaban representadas con diversas escenas, las peripecias de la guerra. Toda la historia de la Destrucción de Jerusalén, estaba narrada de manera magistral en ellas. Todos los trágicos sucesos que los israelitas habían padecido: Se veía cubierta de cadáveres lo que había sido una nación feliz. La fuga del enemigo. La captura de los adversarios. La conquista de las fortificaciones. La entrada del ejército. La matanza y las súplicas de los derrotados. El Templo en llamas. El derrumbe de las casas. El río que corría en una ciudad ardiente. Jerusalén arrasada.

El arte de estas representaciones era tan perfecto que a los espectadores del desfile les parecía haber presenciado todos estos sucesos.

Al último venían los despojos del Tesoro del Templo de Jerusalén: la mesa de oro que pesaba muchos talentos y su candelabro áureo que tenía la caña central en un pedestal, con los brazos tan abiertos que semejaban un tridente, con un bronce en forma de lámpara, en el extremo de cada uno. Estas lámparas eran siete. Muchos objetos del culto sagrado. El último de los despojos era la Ley de los Hebreos.

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Después desfilaron muchísimos hombres, llevando las imágenes de la Victoria. Finalmente, pasó Vespasiano seguido de Tito.

También Domiciano cabalgaba con ellos con aspecto glorioso, en un corcel tan soberbiamente hermoso, que a su paso despertaba la admiración.

Vespasiano tenía tan poca afición a la pompa exterior, que cuando vio la lentitud de la marcha en el desfile y cansado de la ceremonia…

Exclamó:

-           Es mi justo castigo por haber deseado neciamente a mi edad el triunfo y haber aceptado lo que no me correspondía por nacimiento.

Se detuvieron en el Templo de Júpiter Capitolino a esperar la noticia de que el general enemigo había muerto.

Simón bar Giora había desfilado entre los cautivos con una cuerda en el cuello, luego fue torturado y enseguida ejecutado en el Forum. Cuando se avisó que había expirado, el pueblo gritó de alegría. Ofrecieron sacrificios y rezaron, así como lo acostumbran en semejantes solemnidades.

Luego se trasladaron al Palacio Imperial y allí fueron guardados la Ley Sagrada y los velos purpúreos del santuario destruido en Jerusalén.

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Los emperadores ofrecieron un banquete a sus invitados y los demás celebraron en sus casas. La ciudad de Roma estaba de fiesta por la victoria de su ejército, el fin de sus guerras civiles y sus esperanzas de dicha y prosperidad.

Después de estabilizar el imperio, Vespasiano construyó en un tiempo asombrosamente rápido un templo dedicado a la Paz. Lo adornó con pinturas y estatuas. Reunió todas las riquezas que había conquistado en sus campañas militares y las depositó en él, junto con los tesoros del Templo de Jerusalén.

En una ironía final, éstos también le sirvieron para financiar la obra más grandiosa de la arquitectura romana: el Anfiteatro Flavio, que también fue construido por el resto esclavizado del Pueblo Elegido del desaparecido Israel, en lo que fuera la Casa Dorada de Nerón y en el lugar en donde estaba la estatua colosal del aciago emperador.

Por esto, también sería llamado Coliseum.

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 Éste sería considerado dos milenios después una de las siete maravillas del mundo y símbolo tanto del genio de sus creadores, como de la barbarie humana que lo sacralizó para la historia de la cristiandad. Su espectacular estructura, a pesar de que solamente es una ruina y ya no tiene la magnificencia de su inicio,  actualmente es un exponente de lo grandioso que era el Imperio Romano.

Y de cómo fue el magnífico altar donde fueron sacrificados los cristianos, al Dios al que aprendieron a amar hasta ofrendarle la vida.

El Coliseo Romano está en el corazón, de la moderna Ciudad Eterna.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:       

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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