Archivos del mes: 31 marzo 2012

PRIMER MISTERIO DE DOLOR


LA ORACION DE JESÚS EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

“Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

Dice Jesús:

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN” 

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba.

Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas.

Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse.

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas.

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS 

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.

Trató luego de halagarme y atormentó mi alma con el recuerdo de mi Madre y sus sufrimientos…  

La inutilidad de mi muerte por los hombres ingratos…

Me ofreció vivir rico, feliz y amado…

Realizando un largo apostolado en el que él me ayudaría.

Dios me perdonaría, al ver cuántos hombres se salvarían al creer en Mí y además no sufriría una muerte tan atroz.  

También en el desierto me había tentado con poner a Dios a prueba con la imprudencia.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa. Pero no sea como Yo quiero, sino como quieras Tú.’

El espíritu superó la Tentación Moral. El alma venció sus pasiones.

Entonces se burló de Mí.

Me presentó el Abandono del Padre. Que el Cielo estaba cerrado para Mí y que Dios no me amaba más; porque al estar cubierto con todos los pecados del mundo, le causaba asco y por eso me entregaba al escarnio de una plebe feroz y que me había dejado completamente solo…

Totalmente solo… En manos de él…

 Que podía destruirme y nadie me defendería.

 Los hombres, o eran indiferentes o me odiaban.

Yo redoblé mis plegarias para cubrir las palabras satánicas.

Pero mi Oración subía a un Cielo que estaba cerrado y volvía a caer sobre Mí como una piedra…

Y fue entonces que probé toda la amargura del Cáliz: el sabor de la desesperación.

Quise vencer la desesperación y a Satanás, que es su origen y FUE CUANDO SUDÉ SANGRE…

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

Y vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida…  

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

Sino la Muerte Total…

La Muerte Consciente…  

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana.

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!…

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

El espíritu venció la Tentación Espiritual.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos.

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto.

Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable.

Mi mejilla arde por el beso de los traidores…  

Curádmela con el beso de la Fidelidad. ¡Convertíos y amad!

Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban…

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais…  

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí…

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Mi mayor dolor, fue pensar para cuántos mi Martirio sería estéril…  

Todos los que rechazarían la Salvación y preferirían las Tinieblas a la Luz…

A éstos también los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso… 

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: Llénanos el corazón de arrepentimiento y amor, para ser Agradecidos al Amor tan incomprendido en su profundidad y plenitud, que sólo un Dios Único y Trino, infinitamente maravilloso como TÚ, podías manifestar como lo hiciste por nosotros los hombres. Ayúdanos a conocerte y amarte, adorarte y servirte. Porque no bastarían un millón de vidas de adoración y sacrificio, para corresponderte aunque solo fuera un poquito, de lo mucho que te debemos. Gracias ABBA. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

QUINTO MISTERIO DE GOZO


JESÚS PERDIDO Y ENCONTRADO EN EL TEMPLO

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Fiesta de Pascua. Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser. Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran.  Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo ente sus parientes y conocidos, como no lo encontraron volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: ‘Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.’ ÉL les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre? Pero ellos no comprendieron esta respuesta. Jesús entonces regresó con ellos llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. (Lucas 2, 41-52)

María revela:

“Y ¿POR QUÉ ME BUSCABAN? ¿NO SABEN QUE TENGO QUE ESTAR DONDE MI PADRE?

El Padre permitió mi angustia de madre; pero no me ocultó el profundo significado de las palabras de mi Hijo: sobre el padre y la madre está Dios, el Padre Celestial. Sus intereses y sus afectos están sobre cualquiera y se debe dejar todo para obedecer a Dios; a sus llamadas nunca se pregunta ¿Por qué?

Dice el Evangelio: “Ellos no comprendieron, lo que les acababa de decir.”

Yo ya lo sabía desde antes y entendí las palabras de mi Hijo. Pero guardé silencio para no mortificar a  mi José, que no tenía la plenitud de la Gracia.

Yo era la madre de Dios; pero también debía ser mujer respetuosa para el que para mí, era un compañero amoroso y tierno protector.  Nos amábamos profundamente con un amor santo y nuestra única preocupación era: nuestro Hijo.

En ninguna circunstancia nuestra familia tuvo grietas de ninguna especie. Jesús es modelo de hijos, como José lo es de maridos. Mucho fue el dolor que recibí del mundo; más mi Santo Hijo y mi Justo esposo, no me hicieron derramar otras lágrimas, que las motivadas por su dolor.

Aunque José era padre adoptivo, se hizo pedazos en el trabajo, para que no nos faltara nada.

Jesús aprendió de él, a ser un hombre trabajador y un buen carpintero.

José era la cabeza de nuestro hogar; su autoridad familiar era indiscutible y no obstante ¡Cuánta humildad había en él! Jamás abusó de su poder y me convirtió en su dulce consejera. Yo me tenía por su sierva y le atendía con amor y respeto.

Cuando quedé viuda, sufrí un agudo dolor; porque perdí al compañero al que dediqué seis lustros de una  vida fiel. José fue para mí, padre, esposo, hermano, amigo y protector. Su ausencia me hizo sentir una terrible soledad y fue como si perdiera el muro principal de mi vida. . Me sentí sola, como sarmiento arrancado de la vid y sólo hallé consuelo cuando me abracé de Jesús.  Dios era la fuerza que me sostenía en mis horas de dolor.

El día que fuimos a Jerusalén y al volver advertimos que no venía con nosotros; como todo lo compartíamos con amor, pensando solo en nuestro Hijo; nuestra preocupación y angustia fue muy grande, mientras lo buscábamos.

En este misterio mi Hijo quiso darnos una enseñanza sublime ¿Podríais acaso  suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? ¡Todo lo contrario! Porque mis lágrimas, mi búsqueda por haberlo perdido, mi intenso y crudo dolor se repercutía en su corazón…

Y durante aquellas horas tan penosas El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba… Para demostrarme que Yo también un día debía SACRIFICAR SU MISMA VIDA AL QUERER SUPREMO.

En esta pena indecible no te olvidé, alma mía y pensando que ella te iba a servir de ejemplo, la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad.

Cuando lo hallamos en el Templo, la alegría volvió nuevamente a nuestro corazón, al tomarlo nuevamente de la mano, humilde y obediente para volver a Nazaret.

El mundo se desquicia en ruinas porque se insiste en destruir la unidad familiar. Nuestra familia es el modelo que debéis imitar. 

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Oración:

Amado Padre Celestial. Con tu bendito amor sana nuestras relaciones familiares. Únenos más en Ti, cada día. Reunifica  a las familias que está separadas. Da el consuelo a los que sienten solos y desamparados. Haz que se sienta tu Presencia en nuestros hogares y que lleguen a ser como en la Sagrada Familia. Llénanos de humildad, de ternura y consideración para los demás. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

CUARTO MISTERIO DE GOZO


JESÚS ES PRESENTADO EN EL TEMPLO

“Asimismo cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la Purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, tal y como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También ofrecieron el sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones. Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor.  El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.  Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: ‘Ahora Señor ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.’ Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: ‘Mira, este niño traerá a la gente de Israel caída o resurrección. Será una señal de contradicción, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres.’ Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Casada cuando joven, había quedado viuda después de siete años; hacía ya ochenta y cuatro años que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones y no se apartaba del Templo. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios, hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se desarrollaba lleno de sabiduría y la Gracia de Dios permanecía con él. (Lucas 2, 22-40)

María revela:

“ Ya están por cumplirse cuarenta días del nacimiento del pequeño Rey Jesús, y el FIAT Divino nos llama al templo para cumplir la Ley de la Presentación de mi Hijo. Era la primera vez que salía junto con mi dulce Niño.

Una vena de dolor se abrió en mi Corazón: ¡Iba a ofrecerlo como Víctima por la salvación de todos! Si el Querer Divino no me hubiera sostenido Yo habría muerto al instante de puro dolor…

Sin embargo me dio vida para empezar a formar en Mí el REINO DE LOS DOLORES DEL REINO DE SU DIVINA VOLUNTAD.

“LLEVADO DEL ESPÍRITU SANTO”  dice el Evangelio. Es el Espíritu Santo el Amigo Perfecto, el Maestro que guía, fortalece y consuela con infinita sabiduría; porque Es la Sabiduría Misma cuando se derrama sobre el alma que lo invoca y reúne las condiciones que no alejan a este Amor de la Santísima Trinidad. Dios nunca niega la efusión de su Espíritu, al alma que se lo pide y que tiene un corazón despierto por la fe, la humildad, la obediencia, la pureza, el perdón, la caridad, la generosidad y… LA ORACIÓN.

LA ORACIÓN. Esa bendita comunicación del hombre con Dios, que nos vigoriza y nos dispone a pertenecerle cada vez más.

A través de la oración le había sido revelado a Simeón, que él vería al Mesías Prometido y el Espíritu Santo le llevó al Templo, el mismo día que nosotros fuimos a cumplir con el precepto de la consagración del primogénito.

A DIOS SE LE SIRVE MÁS AMANDO QUE CUMPLIENDO FORMALIDADES.

Si los sacerdotes sumergidos en sus ritos, hubiesen tenido el corazón despierto, hubiesen visto lo que Simeón vio: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en forma de niño que le sonreía.

Simeón llevó una vida honesta y piadosa. Los largos años transcurridos hasta el momento de encontrarnos en el Templo, estuvieron llenos de trabajos y de pruebas, que no disminuyeron su fe en el Señor, ni en sus promesas. Jamás dudó y su perseverancia obtuvo la sonrisa de Dios en los labios infantiles de Jesús.

No fue preciso que Simeón hablase para conocer mi destino. El futuro de la vida de Jesús, no tenía secretos para mí.

Y aunque esto era un tormento; era a la vez felicidad; porque nuestra Misión al hacer la voluntad de Dios era: Obtener la anulación de la culpa y redimir para unir con Dios a los hijos separados.  

Aumentar la gloria del Padre y devolver al hombre la grandeza caída, devolviéndole su dignidad perdida: hijo verdadero de Dios.

También las palabras de Ana consolaron mi corazón; porque Dios da siempre con la prueba, la fortaleza para resistirla. 

Y cuando salimos del Templo, tanto José como yo sabíamos que Dios junto con sus ángeles, velaba por nuestro Niño.  

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Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

TERCER MISTERIO DE GOZO


JESÚS NACE EN BELÉN

“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada.  Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa. En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados. Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.  Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’ Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’ Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo. Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno. ¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.  Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre. Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar. La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tistes era consuelo, en las alegres era un cantar. Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro. Y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria. Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.

Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio. La Oración era nuestro alimento, ¡TODO! Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador, di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva! Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres. Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo. Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar. Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada; cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran alegría y un gran dolor.

Felicidad y dolor fueron como un puñal en su corazón al verlo a ÉL, la Voz de Padre hecha carne entre mis brazos; aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo. Un bebé totalmente indefenso.

Felicidad al ver las profecías realizadas. Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo, en aquella miserable gruta; en medio de la pobreza extrema y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra. José estaba temblando empavorecido  cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba: ‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh no! ¡No soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’  

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo, cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío; mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y el primer Padre Nuestro, lo pronuncié yo en aquel momento, teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino; venido al mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu. El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios. Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios. Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos. Fue entonces que también se inició mi maternidad espiritual y me convertí en Vuestra Madre.  ¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados! ¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados! ¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!

Un pesebre fue la primera cuna de Jesús.  Y envueltos en profunda adoración sobre esa cuna, fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

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Oración:

Amado Padre Celestial: en tu infinita Bondad y Misericordia, llénanos de una fe viva y activa, para hacer de nuestro corazón un nuevo pesebre, donde renazca el verdadero amor por tu Verbo y por tu Evangelio.  Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

SEGUNDO MISTERIO DE GOZO


MARÍA VISITA A SU PRIMA ISABEL

“Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espiritu Santo y exclamó en alta voz: ‘¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí, la Madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!’ María dijo entonces: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador; porque se fijó en su humilde esclava y desde ahora todas la generaciones me llamarán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre! Muestra su misericordia siglo tras siglo a todos aquellos que viven en su presencia. Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel su siervo, se acordó de su misericordia como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes para siempre.’ María se quedó unos tres meses con Isabel y después volvió a su casa. (Lucas 1, 39-56)

María revela:

“PORQUE PARA DIOS, NADA ES IMPOSIBLE.”

Esto me dijo el Ángel al referirse al sexto mes de embarazo de mi prima, que había concebido un hijo en su avanzada edad.

Yo solamente comuniqué a José, la necesidad de ir a atender a Isabel en el tiempo que faltaba para el parto y después durante el puerperio.

“Partió apresuradamente…” dice el Evangelio.

Y lo hice porque quería ayudar materialmente a Isabel, mujer valerosa de fe firme y entrega confiada en la Voluntad de Dios; a la que con su don quitó la humillación de la esterilidad; pero a la que al quedar encinta en edad no apropiada, tenía un gran sufrimiento físico.

Dios provee aun en las cosas más pequeñas a quién en ÉL espera.

El don de Dios nos debe hacer siempre mejores y yo no podía ser egoísta. Hice a un lado mis propias labores y me fui a hacer las de Isabel. No me dio miedo no tener tiempo después para preparar la llegada de Jesús. Sabía que Dios es el Dueño del tiempo y que la caridad nunca retrasa; así como también sabía del grave daño que el egoísmo causa a nuestra alma.

Con grande amor y alegría, acudí presurosa a la casa de mi prima. Dios santificó mi intención y pre santificó al Bautista, pues al saludarnos, al mismo tiempo que se quitaron los sufrimientos físicos a Isabel, quedó llena del Espíritu Santo y los movimientos del bebé, fueron el primer discurso del Precursor, ya que hizo comprender a su santa madre, el Misterio que se encerraba en mí.

Apenas se formó mediante la potencia del FIAT Supremo la pequeña humanidad de Jesús en mi seno, el sol del Verbo Eterno se encarnó en Ella. Su Luz se desbordaba fuera e invistiendo Cielo y tierra llegaba a todo corazón.

Y con su toque de luz llamaba a cada criatura y con voces de luz penetrante les decía:”Hijos Míos, denme lugar en vuestro corazón, he descendido del Cielo a la tierra para formar en cada uno de vosotros Mi Vida. Mi madre es el centro donde Yo resido y todos Mis hijos serán la circunferencia donde quiero formar tantas vidas Mías por cuántos hijos son.”

Yo me sentía arder en el deseo de dar un desahogo a las llamas de amor que me consumían y de comunicar mi secreto a Isabel, quien también suspiraba por la venida del Mesías a la tierra.

El secreto es una necesidad del corazón que irresistiblemente se revela a las personas que son capaces de entenderse. ¡Quién podría deciros cuánto bien dejó mi visita a Isabel.

 

A Juan en particular, recibió todas las gracias para prepararse como precursor de mi Hijo, que entonces exultó tan fuertemente de amor y alegría que Isabel se sintió sacudida…

Y llena de gratitud exclamó “¿De dónde a mi tanto honor, que la Madre de mi Señor venga a mi?”

Dios le descubrió nuestro secreto. Y yo di al Señor la Alabanza que era justo darle, porque no podía negar la Gracia que me había sido concedida: ser la Madre de su Verbo:

Magnificat
Magníficat ánima mea Dóminum,
et exsultávit spíritus meus
in Deo salvatóre meo,
quia respéxit humilitátem
ancíllae suae.
Ecce enim ex hoc beátam me dicent
omnes generatiónes,
quia fecit mihi magna,
qui potens est,
et sanctum nomen eius,
et misericórdia eius in progénies
et progénies timéntibus eum.
Fecit poténtiam in bráchio suo,
dispérsit supérbos mente cordis sui;
depósuit poténtes de sede
et exaltávit húmiles,
esuriéntes implévit bonis
et dívites dimísit inánes.
Suscépit Ísrael púerum suum,
recordátus misericórdiae,
sicut locútus est ad patres nostros,
Abraham et sémini
eius in sæcula
Glória Patri, et Filio,
et Spirítui Sancto.
Sicut erat in princípio,
et nunc et semper,
et in sæcula sæculórum. Amen.

Los meses fueron transcurriendo y conversábamos mientras tejíamos. ¡Cuánta paz había en aquella casa! Si no hubiera venido a mi mente el recuerdo de José y el pensamiento de que mi Niño era el Redentor del Mundo, hubiera sido feliz. 

Pero la sombra de la Cruz y el eco fúnebre de las voces de los profetas, me perseguían a través de los siglos y eran un martirio que no se apartaba de mí.

Mi nombre: MARÍA.  (Estrella, pero también Amargura)

Y la amargura se mezclaba en mi corazón, con las dulzuras que Dios vertía en él. Y fue siempre en aumento hasta la muerte de mi Hijo.

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Oración,

AMADO PADRE CELESTIAL:

Toma todo nuestro ser y aparta de él todo lo que nos estorba para llegar hasta TÍ. Libéranos de la soberbia y del egoísmo. Llénanos de amor y de verdadero espíritu de servicio para con nuestros hermanos.  Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍAS…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

JACULATORIA…

CANTO DE ALABANZA…

 

PRIMER MISTERIO DE GOZO


LA ENCARNACIÓN DE JESÚS EN EL VIENTRE PURÍSIMO DE MARÍA

Al sexto mes el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el Ángel hasta ella y le dijo: ‘Alégrate llena de Gracia, el Señor está contigo.’ María quedó muy conmovida al oír estas palabras y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el Ángel le dijo: ‘No temas María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a Luz a un hijo al que pondrás el Nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al Pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.’ María entonces dijo al Ángel: ‘¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?’ Contestó el Ángel: ‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, está esperando un hijo en su vejez y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios nada es imposible.’ Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, tal como has dicho.’ Después la dejó el Ángel. (LUC.1, 26-38)

María revela:

            Desde muy pequeña me había consagrado a Dios y el Espíritu Santo me había mostrado la causa del Mal en el mundo.

Me dijo del dolor del Padre cuando Eva pecó. Cuando se envileció, ella, creatura de gracia, al nivel de una creatura inferior. Decidí ofrecer a Dios mi pureza y mi amor, para consolarle del dolor de aquella herida y tenía intención de conservar mi cuerpo puro, al conservarme yo pura; en mis pensamientos, deseos y contactos humanos.

Sólo para El reservaba yo el palpitar de mi amor; sólo para Él, la razón de mí ser. Pero si no existía en mí el ardor de la concupiscencia, si existía el sacrificio de no ser madre. Quise borrar de mí las huellas de Satanás. No sabía que yo no tuviera ningún pecado, ¡Cómo podía imaginarlo siquiera! Nunca pensé que yo era la Doncella de Israel.

Sabía que ya se había cumplido el tiempo del que hablaron los profetas y mi oración más ferviente era poder servir a la Virgen Escogida y así poder ser la esclava del Mesías.

Por eso las palabras del Ángel, estremecieron mi alma de júbilo, cuando comprendí la Misión a que Dios me llamaba: SER LA MADRE DEL REDENTOR.

“HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR.    HÁGASE EN MÍ, SEGÚN TU PALABRA”

Al pronunciar aquellas palabras, felicidad y dolor estrecharon mi corazón, cuando se abrió como un lirio, para proporcionar la sangre que alimentaría en mi seno al Germen del Señor.

Dios me había pedido que fuera virgen.  Obedecí.

Al amar la virginidad que me hacía pura, como la primera mujer antes de conocer a Satanás.

Dios me pidió que fuera esposa. Obedecí.

Poniendo el matrimonio en aquel prístino grado de pureza que existió en el pensamiento de Dios, cuando creó a los primeros seres humanos.  Convencida de ser destinada a vivir sola en el matrimonio y a que los demás despreciasen mi esterilidad santa.

Entonces Dios me pidió que fuese Madre. Obedecí.

Creí que era posible y que esa palabra venía de Dios; porque al oírla, la paz se derramaba dentro de mí. Y me llené de gozo. Gozo de ser Madre. Gozo porque creí poder hacer feliz a Dios, al arrancar la espina que Eva clavó en su Corazón, al llenarlo de dolor y de amargura con su Desobediencia. ¡Por su soberbia, su lujuria y su incredulidad!

YO ANULE EL NO DE EVA, CUANDO DIJE “SI”

Sí. Sí. Sí.  SIEMPRE SÍ A LOS QUERERES DE DIOS.

Volví a subir las etapas por las que Eva bajó.

Eva buscó el Placer, el Triunfo, la Libertad.

Yo acepté el Dolor, el Aniquilamiento, la Esclavitud.

Me convertí en la Esclava de Dios, en el cuerpo, en el alma, en el espíritu. Dije sí para los tres, segura de que Dios cumpliría sus promesas y remediaría las humillaciones de los que murmurarían contra mi estado. Y así desafié la opinión del mundo y el juicio del esposo. Mi fuerza era Dios y le confié sin vacilar mi vida, mi honor, mi futuro: todo, sin reserva alguna.

Sabía que ÉL socorrería mi dolor de esposa que se ve tratada como culpable y de Madre que engendra un Hijo para el Patíbulo. 

Y abracé mi destino con una punzada de dolor que fue creciendo de hora en hora, conforme sentía crecer en mi seno a mi Creatura Divina.

¡Oh, felicidad bendita que invadía toda mi alma, al saber que había arrancado del Corazón de Dios, la amargura de la Desobediencia de Eva!

¡Oh, dicha gloriosa de ser el Puente del Perdón y la Paz, entre Dios y el Hombre!

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Oración:

Amado Padre Celestial: Da a nuestro corazón el amor, la sabiduría y la docilidad que necesitamos para conocer y amar Tu Voluntad, obedeciéndola  siempre en todos los instantes de nuestra vida. Amen.

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACION DE FATIMA…

JACULATORIA…

CANTO DE ALABANZA…

 

31.- LA PUREZA Y LOS ÁNGELES


En los siguientes días…

Fernanda enseñó el misterio que hace posible el ver y oír a Dios: EL VALOR DE LA PUREZA 

      LA PUREZA

            La Pureza es el reflejo de Dios. En donde hay pureza, está el reflejo de Dios, es decir, la Santidad. La Cruz es el asilo, la muralla, la fortaleza de la Pureza. Por eso Jesús, que es la Pureza misma, se clavó en ella, para comunicarnos esta virtud celestial. Está escrito: Felices los de corazón puro, porque ellos verán a Dios” 

En las almas puras está la luz del Espíritu Santo. La Pureza tiene tal valor, que un seno de creatura pudo contener al Incontenible. Porque María Inmaculada tiene la Pureza más absoluta que puede tener una creatura de Dios.

La Inocencia es una virtud que arrastra al alma hacia Dios y atrae a Dios hacia el alma que la posee. La inocencia consiste en la limpieza total del alma. El alma pura es inocente. El alma purificada recupera la inocencia; no de una manera completa; pero sí en la medida necesaria, para continuar en el camino de la ascensión. La inocencia se conserva entre las espinas y se aja entre el placer y la comodidad.

Desgraciadamente llegará un día, cuando el reino del Mal esté instaurado; en que los niños en su gran mayoría, no tendrán inocencia; la perversión del mundo y la malicia, la profanarán de manera brutal.

Dios ama la inocencia y los hombres no la comprenden. La inocencia está unida al candor y en el candor está la sabiduría. Los corazones puros y crucificados, respiran en el candor y el dolor, que son las azucenas del espíritu. Ellos aplacan la Justicia de Dios, porque en ellos descansa  la Misericordia Divina.

Ser puros no quiere decir ser vírgenes. Hay padres y madres que son puros. Y vírgenes que no lo son. Porque aunque conservan la virginidad del cuerpo, son abominables en su interior. La virginidad es inviolabilidad física y también debiera serlo espiritual.

La virginidad perfecta se recupera con el martirio; porque el martirio revirginiza el alma, como si apenas hubiese salido de las manos del Creador.

De la Pureza nace la limpieza de corazón y se desarrolla con la Penitencia. En ella se estrellan los asaltos del Enemigo y es el mejor centinela para mantener el alma alerta. Y bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Dios no se manifiesta a los impuros. Los limpios de corazón ‘ven’ a Dios. La Pureza y la Penitencia abren los ojos del espíritu.

Los limpios de corazón pueden verlo no solo en la eternidad, sino también aquí; en el tiempo de la jornada terrena, con todos los medios que Jesús utiliza para comunicarse y estar siempre con el alma que lo ama.

Y ese contracto es tan real y tan verdadero, que podemos verlo y escucharlo, como lo hacéis ahora conmigo.

Y Él nos ayuda a mantener nuestra voluntad fundida en la voluntad de Dios. Entendemos sus sonrisas y nos gozamos con sus ternuras. Enjugamos sus lágrimas y le amamos hasta el sacrificio. Tenemos los oídos dispuestos y nuestra alegría es obedecerlo, pues nuestra voluntad debe estar pronta a subir tanto al Tabor, como al Calvario.

La castidad es fruto del Espíritu Santo. La Pureza es la castidad que perdura en medio de las contingencias de la vida. En todas.

Es puro el que no practica y secunda la libídine y los apetitos de la carne. Es puro el que no encuentra deleite en los pensamientos, conversaciones o espectáculos licenciosos. Dios nunca se niega a quien por un amor sobrenatural, sabe arrancar de sí, todas las costumbres inveteradas del hombre viejo; para renacer a la pureza de la infancia. Dios nunca se niega a quien sabe creer y vencer a la carne y las tentaciones. Y Él Mismo da la victoria a quién cree y es puro de corazón.

Alcanzar la revirginización del alma, a través del renacer y permanecer en Jesús debe ser la meta. No basta estar bautizados para estar vivos espiritualmente. Es vital e indispensable permanecer unidos a Dios de una manera real. En lucha constante contra el Demonio y la carne. Jesús nunca nos deja solos en esta batalla. Es así como alcanzamos la verdadera paz; que debe ser nuestro estado continuo y natural.

Al mundo decaído, la virginidad le parece manía y la castidad es reputada como debilidad y mutilación represiva… La impureza siempre lleva a la triple concupiscencia: orgullo, codicia y sensualidad.

 A las almas mancilladas por la corrupción, esto les provoca impulsos de risa.

LA PUREZA DE LA MENTE.

La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano. (San Agustín)

Con el pensamiento se debe buscar y hacer solamente la voluntad de Dios. La inteligencia debe ofrecerse toda, para recibir la Luz de la Sabiduría. No se debe manchar con los apegos humanos a nuestra propia manera de pensar. La razón debe ser doblegada con la Fe y la Humildad, para no oscurecer la Verdad, con el error.

Satanás es experto en manipular la imaginación para convertirla en la peor enemiga del hombre. Porque cuando se apodera de ella, su arma favorita es la DUDA; que es el primer paso para la desesperación y la rebelión. Y por eso él pone todo su empeño en seducir al hombre con el orgullo, para corromper la pureza de la mente. Porque ésta es indispensable para recibir con humildad la Palabra de Dios y vivirla. Después de corromper la castidad de pensamiento, enciende en el corazón  una tremenda hoguera de pasiones que convierten al cuerpo en un amo implacable. Y cuando se llega a este punto, es imposible mantener la castidad.

Y solo el que es casto de mente, puede mantenerse íntegro y fuerte en la Fe, caminando sin daño por los escabrosos senderos de este mundo corrompido y entregado a Satanás.

LA PUREZA DEL ALMA

El alma se vuelve impura cuando está oscurecida por la más leve sombra de pecado. Un pecado venial mínimo, desfigura su candor y aleja al Espíritu Santo. Sin pureza del alma, es imposible mantener la pureza del corazón que es indispensable para tener a Dios.

LA PUREZA DEL CUERPO.

            En el mundo de hoy es muy difícil mantener la castidad, especialmente por todos los errores difundidos y aceptados que desvirtúan y hunden en el caos los valores morales y espirituales. El que se sostiene en las virtudes humanas para mantenerse casto, se traga amargamente su derrota; ante el júbilo incontenible de Satanás, que es el amo virtual absoluto.

Hacia donde quiera que el hombre vuelva su mirada, el Enemigo tiene tendidas sus trampas que hacen casi imposible mantener la castidad. Solo un superhéroe puede hacerlo. Felizmente la solución es la más sencilla del mundo y solo requiere de rodillas fuertes. El que se mantiene unido en Oración a Dios y Quiere ser Templo vivo de su Espíritu, le basta con pedírselo al Padre. Para que Él Mismo venga a dominar el envase de nuestro cuerpo, para que siga siendo Templo suyo. Y sólo Su Poder puede mantenerlo íntegro.

Cuando Dios toma el control de la situación, vemos con aterradora realidad, el objeto de los planes siniestros de Satanás. Los cuerpos humanos los vemos a través de los ojos de Dios. Y admiramos su belleza, la perfección y el amor increíble del Creador, celebrando la obra de sus manos.

Las pasiones se mantienen a raya. Y la libídine que fue despertada con la fuerza de un volcán, es derretida como el helado que un niño olvidara bajo el ardiente sol. La Tentación es vencida por el Único que puede hacerlo. Y sólo queda soportar la venganza de un demonio frustrado y enfurecido que recurre a la descarada agresión, cuando todos sus ardides le han fallado. El que lo conoce bien y no le tiene miedo, sabe arreglárselas con él y aprende a soportarlo, como se soportan los molestos mosquitos del verano: forman parte del paisaje.

El alma bautizada y consagrada es alma sacerdotal. Y el alma sacerdotal vive en un cuerpo crucificado en el que se marcan invisiblemente los estigmas de la Pasión. La crucifixión espiritual nos crucifica al mundo y a sus seducciones. No es fácil. Pero tampoco es imposible. El que quiere, puede. Y las cosas que valen la pena, cuestan más. Dios lo vale todo y por eso hay que pagarlo todo. 

El destino del cuerpo no es el sepulcro donde será depositado para que se corrompa, sino el Paraíso; donde entrará resucitado, para vivir para siempre. Y el que verdaderamente desea tener un cuerpo bellísimo y sano, lo crucifica en el tiempo; para disfrutarlo inmortal en la Eternidad…

Sólo la Eucaristía y la Oración, hacen que sea posible mantener la Pureza.

LA PUREZA DE CORAZÓN

La Lujuria del corazón es la ambición de las riquezas y del poder.

            Y por ella se cometen los peores crímenes…

El corazón es el altar del espíritu y fue formado para recibir el amor de Dios y para devolverlo e irradiarlo. La Pureza de corazón nos hace capaces de amar con el amor sobrenatural y divino.

                        Todo apego desordenado a nosotros mismos o a las creaturas, ofusca la pureza interior. Se debe amar a Dios y a las almas por amor a Él. El que no ama a dios, no puede amar al prójimo. Sólo el que ama a Dios por sobre todas las cosas, recibe el amor sobrenatural y perfecto, para amar a los hermanos con un amor puro y verdadero que busca su verdadero bien. Sólo el que es puro de corazón puede abrirse a una gran capacidad de amor y vivir plenamente la virtud de la Caridad. Porque los puros de corazón son los únicos que pueden ver a Dios. Y en su Luz abarcar y amar a todos los hombres. La Pureza Y la Caridad son tan poderosas, que permiten entender, recordar y transmitir sin errores, la Palabra de Dios.

Dios no se comunica con quien no tiene Pureza de corazón; conservada desde el nacimiento o mantenida con un constante trabajo de penitencia y de amor, sustancias espirituales que devuelven al alma a aquella cándida frescura que atrae la mirada de Dios y obtiene su Palabra.

Dios quiso manifestarse a los hombres en una forma nueva y completa, que se inició con la Redención y en el seno purísimo de la Virgen Perfecta. Al que se crucifica con Jesús, la Santísima Trinidad desciende con sus perfecciones y habita en el alma con sus Tres Personas, manifestando sus características:

El Padre Celestial, siendo Creador nuevamente de la creatura, igual que en el Sexto Día y hace del alma una verdadera hija; digna, a su perfecta semejanza.

El Hijo y Redentor enseñando por Misterios de Gracia sus verdades y su Sabiduría.

E Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres en un nuevo Pentecostés y siendo el Consolador que enseña a amar. Y en nupcias espirituales, une al alma con Dios.

Viviendo en un mundo corrupto hay que aprender a vivir en el Cielo, rompiendo totalmente los nexos con el Pecado y respirando solamente a través de Dios. De esta manera, Dios está Vivo y Activo en el alma que se le entrega, haciendo posible que el alma guste desde esta tierra, de los goces celestiales reservados a los que aman a Dios.

Es por eso que Satanás impulsa al hombre a los pecados contra la Pureza, porque a través de la impureza entra la incredulidad. Y el cuerpo profanado no puede acoger al Espíritu Santo. Los impuros tienen los oídos cerrados a las voces celestiales.

La Palabra de Dios no necesita de erudiciones humanas para ser comprendida; sino de Pureza de ánimo y de amor. Los portadores de Dios se visten con la misma vestidura del Hijo: la Pureza.

Pureza de carne, doble pureza de corazón y triple Pureza de pensamiento. Las almas no tienen necesidad de ciencia, sino de Luz. Y sólo la Pureza atrae a Dios.

 El alma que no es pura no puede conocer a Dios y mucho menos amarlo. Su Voz jamás penetra en los oídos que Satanás ha dispuesto para escucharlo a él. La sensualidad hace su nido en los corazones soberbios y la malicia se infiltra en todas las potencias y en cada uno de los sentidos, haciendo que la lujuria sea como un pulpo con poderosos tentáculos que le impiden al hombre moverse hacia el Cielo. Matando la Fe y destruyendo la Esperanza y la Caridad.

El germen del mal nace con el hombre, Pero Jesús ha puesto a nuestro alcance toda clase de gracias para combatirlo. Sólo el hombre culpable, en vez de huir del pecado, se abraza de él, apartándose de Dios con todo conocimiento y voluntad; tratando de justificarse de mil maneras y queriendo engañarse a sí mismo con la mayor herejía que Satanás le hace tragarse para perderlo: “Dios es Amor y solo Misericordia, si ha dado la vida por nosotros, Él no permitirá que el alma se pierda…

Se olvidan completamente que Dios es también Justicia.

El Infierno se está llenando de sensuales que ya no pueden corregir sus errores, porque la sensualidad es el complemento de todos los vicios.

Con la sal se preservan las carnes de la corrupción…

  LOS ÁNGELES  

Para las almas vivas, es un glorioso espectáculo y muy consolador, el ver que a la multitud de demonios que rodean a la inmensa mayoría de los seres humanos, para atormentarlos; también está la portentosa y bellísima presencia de los ángeles, tan llena de Luz y sonriendo tan sobrenaturalmente, que aun siendo sonrisa pueden atemorizar.

Caminan con soltura y majestad. Son jóvenes de ambos sexos. Hermosísimos y vestidos regiamente, con sus vestiduras que parecen tejidas de diamantes y con colores desconocidos en la tierra.

Sus voces de resonancias celestiales, dan paz, fortaleza y consuelo; haciendo vibrar el aire con sus armonías. Y cuando deben volar hacia el Empíreo, abren sus alas nacaradas, de perlas, de llamas, de luz verdeja. Y suben raudos, cantando los hosannas de Belén.

Los ángeles mucho más que nosotros, reflejan la imagen de Dios. Y como son espirituales, son invisibles y están junto a nosotros en gran número. Y no nos damos cuenta si ellos no lo quieren. Esta característica hace muy activa su labor en relación a nosotros. Y cuando se trata de ángeles negros, su actividad es mucho mayor, incesante e incansable.

Los ángeles tienen diversidad de Tareas:

Algunos son centinelas y servidores de Palacio en el Cielo. Otros trabajan activamente en el Reino de Dios y para los hijos de Dios. Otros son custodios del hombre. Otros son anunciadores. Y otros más, serafines adorantes.

Los ángeles no pueden sufrir por su Dios para aumentar su gloria; ni por su prójimo para obtenerles el bien. Sólo pueden materializarse cuando Dios se los permite. Y los negros, cuando los hombres los hombres los invocan.

Ellos son los amigos de las almas fieles. También son guerreros. En tiempos de Job, el Cielo no estaba poblado más que por los ángeles. Los justos esperaban en el Limbo a Cristo, para volverse ciudadanos del Cielo. Pero ahora están unidos a ellos, las oraciones de los santos del Cielo y de la Tierra. En una guerra que no es de los pueblos, sino de Satanás contra Dios; los ángeles por el sacrificio de los buenos, luchan para impedir a los demonios que acaben con la raza humana, dándole la muerte espiritual. Cada Oración desata un terrible combate.

La Sangre de Jesús no deja de efundirse sobre la Tierra y resplandece testimonio de amor, como un rocío sobre las almas. Los ángeles de cada creyente entrelazan vuelos entre el Cielo y la Tierra, para recoger de los tesoros divinos y llevarlos a cada uno de sus custodiados. Y ruegan por todas las creaturas, para que adoren al Dios Verdadero.

Adoran jubilando los ángeles de los justos, unidos a las almas de los mismos, que anticipan desde la tierra la adoración que será eterna.

Adoran esperando los ángeles de aquellos que cristianos no son, a la espera de poder volverse sus custodios en el Signo de la Cruz.

Adoran llorando, los ángeles de los pecadores que han dejado de ser hijos de Dios. Y llorando todavía, suplican la Sangre para que con su virtud redima aquellos corazones.

Adoran finalmente los ángeles de las Iglesias esparcidas sobre la Tierra, llevando a Dios la Sangre elevada en cada Misa en Memorial de Jesús.

La Sangre desciende y la Sangre sube con ritmo incesante. Y la Sangre derramada en las misas es tomada por los ángeles y llevada al Empíreo, de donde regresará con Gracias y Bendiciones para los hombres.

LA MISION DEL ÁNGEL CUSTODIO

Los hombres llaman del Cielo a las almas creadas. Y Dios, al recto amor que se une para dar a la Tierra y al Cielo un nuevo ciudadano; envía a la Tierra a sus ángeles, que están prontos para volverse custodios de la nueva creatura.

Los dos momentos más dulces en la misión del Ángel Custodio son: Uno cuando la Caridad les dice: ‘Desciende, que ha sido engendrado un nuevo hombre y tú lo debes custodiar como perla que me pertenece’ Y dos, cuando pueden subir con ellos al Cielo. Y éste es más dulce que el primero. Los demás momentos felices, los constituyen las victorias de sus custodiados sobre el mundo, la carne, el demonio.

Pero ¡Cómo tiemblan por nuestra fragilidad, cuando nos toman bajo su custodia! ¡Y como palpitan siempre de gozo, después de cada una de las victorias, porque el Enemigo del Bien está siempre al asecho, tratando de destruir lo que el espíritu construye! Por eso resulta plenamente gozoso el momento en el que entran con ellas en el Cielo, ya que nada podrá destruir lo que ya ha sido cumplido.

Su alegría más grande es custodiar a un alma viva, porque entonces están adorantes, postrados ante Dios, que palpita en ellas. Y les resulta dulce responder a quien los interroga sobre el mundo sobrenatural y proporcionarles consuelos a las almas más queridas por Dios y atormentadas por los hombres…

Los ángeles custodios son amorosos, activos, sabios. Están para guiar, guiar e instruir a nuestras almas. Ese buen compañero jamás falta a su deber, ni siquiera cuando el hombre peca y lo disgusta. Más cuando después el hombre vive en la Gracia del Señor y por Él se afana y le sirve con todas sus fuerzas; entonces sucede lo que le pasó a Jesús, después de la Tentación en el desierto: Los ángeles le sirven’

El Ángel Custodio de Jesús luchó con Él en aquella hora y una vez alcanzada la victoria, llamó a sus hermanos para sostener las fuerzas del Victorioso.

Ellos nos aman y permanecen siempre al lado del custodiado ya sea éste un santo o un pecador. Desde la infusión del alma en la carne, hasta su separación de la misma, permanecen junto a la creatura que el Altísimo les confió. Por eso hay que ver con los ojos de la Fe, al Ángel Custodio que está al lado de todo hombre y obrar siempre tomando esto en cuenta. Ellos serán nuestros testigos en el Juicio Particular.

La misión del Ángel Custodio no siempre termina con la muerte del custodiado.

Cesa como es lógico, a la muerte del pecador impenitente y esto, con sumo dolor por parte del Ángel Custodio del que no se arrepiente.

Y se transforma en alegría gozosa y eterna, a la muerte de un santo de la Tierra que pasa al Paraíso, sin detenerse en el Purgatorio.

Pero continúa protegiendo con su intercesión al alma que tenía confiada y que de la Tierra pasan al Purgatorio para expiar y purificarse. Entonces ellos oran caritativamente por las almas ante el trono de Dios; hasta que termina su purgación y pueden llevarlas al Cielo.

Los Ángeles Caídos

Cuando Dios creó a su Arcángel Predilecto, el Cielo entero enmudeció de admiración. Dios quiso a su lado a este maravilloso arcángel, cuando realizó la Creación del Universo. El más bello de todos los ángeles, espíritu perfecto inferior solamente a Dios, fue llenado de dones: segundo en belleza de todo cuanto existe, una inteligencia privilegiada y poder. Fue puesto al mando de la tercera parte de los Ejércitos Celestiales. Dirigía los coros angélicos. Y como intermediario entre Dios y los hombres, le fue dado el título de Dominador de las Naciones. En las misiones destinadas a los hombres, él hubiera sido el ejecutor del querer divino y por eso se llamó:

LUCIFER = PORTADOR DE LA LUZ.

En los ángeles también hay Libertad de Arbitrio. En el orden perfecto del Universo, Lucifer abusó de su libertad. En su ser luminoso nació un vapor de soberbia, que él no dispersó: al verse en Dios. Al verse a sí mismo y compararse con sus compañeros, porque Dios le envolvía con su Luz y se gozaba en el esplendor de su arcángel. Y porque los ángeles le veneraban como el espejo más acabado de Dios, se maravilló. Debía admirar solamente a Dios.

Más en todas las criaturas, se encuentran presentes todas las fuerzas buenas y malas que luchan entre sí, hasta que una de las dos partes vence para proporcionar bien o mal, del mismo modo que en la atmósfera se encuentran todos los elementos gaseosos por ser necesarios y es la manera de usarlos la que determina que sean buenos o nocivos.

Lucifer no era santo hasta el punto de ser todo amor. La medida del amor, Lucifer no quiso completarla y no rechazó la complacencia de sí mismo, que ocupaba en él un espacio en el que no podía haber amor. De haber sido todo amor, no habría habido sitio en él para la soberbia, a la que también es justo llamar: desorden del entendimiento. Vapor de soberbia que él no dispersó. Al contrario: lo condensó y lo cobijó. Y de esta incubación, nació el Mal.

Lucifer desarrolló la soberbia, la cultivó, la aumentó e hizo de ella, arma y seducción. Dios había creado a un ministro glorioso y bellísimo. Y la libre voluntad del ángel creó a SATANAS   =   ADVERSARIO.

La soberbia es la palanca que derriba los espíritus y los arranca de Dios. Lucifer quiso más de lo que era y de lo que tenía. Él, que ya era tanto; quiso todo. Y ésta fue la brecha por donde entró ruinosa, su depravación. Siendo ella la causa de que no pudiera comprender ni aceptar al CRISTO-AMOR, compendio del Infinito, Único y Trino Amor.

Y se negó a servir.

Al conocer las futuras maravillas de Dios, quiso ponerse él en su lugar. Con su mente turbada se vio a sí mismo al frente de los hombres futuros, adorado por ellos como poder supremo. Y conociendo el secreto de Dios y sus designios, decidió que él podía terminar lo que Dios había comenzado y apoderarse del reino que sería la herencia de Jesús. Sedujo a los menos reflexivos de entre sus compañeros, distrayéndolos de la contemplación de Dios como Suprema Belleza.

Y se rebeló contra Dios.

Lucifer estaba feliz de ser la creatura más maravillosa de la Creación y se sentía seguro de que nadie podría superarlo. Pero cuando Dios hizo su Obra Maestra, creando al hombre a Su Propia Semejanza, su envidia explotó. Tan celoso estaba, que juró luchar hasta el último día, a fin de volver al hombre contra su Creación. Juramento que ha cumplido puntualmente. La gran Obra de la Creación se encuentra agónica, destruida por el hombre y la Obra Maestra, el hombre, se encuentra a punto del exterminio.

Los demás ángeles que estaban bajo su mando y que fueron débiles en el amor y la fidelidad hacia Dios, también se rebelaron. Y así quedó orquestado el primer golpe de estado de la Historia.

Así se consumó, el PECADO DE LOS ÁNGELES.

Y partir de ese momento, fue su nombre: SATÁN.

Nombre dado por Dios, al Adversario. Al Enemigo Implacable en que se convirtió, el que fuera el más grande de todos los ángeles. Y una Gran Batalla estalló en el Cielo. Batalla de inteligencia y de voluntad, combatida en la Presencia de Dios y que determinó para la Eternidad, el futuro destino de los ángeles y de los hombres. Fue un hecho histórico de importancia primaria, que incluyó Cielo y Tierra, pues la Historia de la Humanidad está atada y condicionada, a este acontecimiento.

Y Lucifer y los demás soberbios y desobedientes, fueron arrojados para siempre del Paraíso Celestial, por San Miguel Arcángel y sus ángeles. Cuando los derrotados fueron castigados, Dios los congeló en su rebeldía y les quitó la capacidad de amar, (Dios se retiró de ellos para siempre) pero no la necesidad de ser amados. Y ésta se convirtió en ira. El amor y la belleza, (atributos de Dios) les fueron quitados y de esta forma quedaron convertidos en demonios horrorosos. El gran amor que los animaba se convirtió en Odio y fueron precipitados en el Infierno para ser devorados por la concupiscencia del espíritu… en el Fuego del Rigor de Dios.

“Satanás se disfraza de ángel de luz…”  (2 Corintios 11: 13, 14,15)

13 ‘Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. 14 Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. 15 Por tanto, no es mucho que sus ministros se disfracen  también de ministros de justicia. Pero su fin será conforme a sus obras.’

La palabra de Dios es una espada de doble filo que tiene la gracia sobrenatural de ser verdad en el tiempo y en la eternidad. San Pablo escribió esto en la carta para los corintios de hace dos milenios y por los problemas que estaba enfrentando esa iglesia en particular.

En los últimos mensajes de Jesús, el Señor  habla de un falso cristo y una falsa iglesia fomentada por Satanás, hasta el punto de volver realidad las proféticas palabras de San Juan: “El mundo entero yace en poder del Inicuo” (I Juan 5:19)

Satanás no cambia sus métodos, ni sus estrategias y tácticas. A Eva, le disfrazó su verdadera naturaleza y propósitos y ahora hace exactamente lo mismo al extender su influencia, para extraviar a todos los habitantes de la tierra.

A los pueblos de la antigüedad los deslumbró con sus poderes angélicos y los tronos y las potestades se presentaron como “dioses” aterrorizándolos y exigiendo en sus cultos, los sacrificios humanos para satisfacer su ansia de poder y adoración de parte de los hombres.

Actualmente, él y todas sus legiones angélicas,  forman las huestes del Ejército del Anticristo y en esta época satánica, en que predomina la apostasía, el materialismo y la incredulidad, ahora se manifiestan a los hombres como espíritus guías o extraterrestres en todas las falsas doctrinas inventadas por él para  alejar al hombre de Dios.

Según el libro de Enoc, las hijas de Adán eran muy hermosas y tomaron de ellas las que les gustaron. Esta es una explicación a toda la cosmogonía universal de las distintas civilizaciones que nos narran las aventuras de los dioses con las mujeres mortales.

Y ahora siguen haciendo exactamente lo mismo…

Para todas estas experiencias, los ufólogos tienen excelentes historias…..

Su mayor anhelo era apoderarse del Vaticano.  La Tercera Parte del Secreto de Fátima, advertía del siniestro complot para apoderarse de la Sede de Pedro. Por eso siguió siendo secreto y sus agentes no permitieron que fuese hecho público.

Ahora lo unico que les falta es remover el último obstáculo: Benedicto XVI.

Y en una maniobra digna del que fuera el más poderoso de los Arcángeles,  ya consiguieron engañar a algunos consagrados para que lo apoyen en su esfuerzo por extraviar a la Iglesia de Jesús  y sus agentes también aparentan ser ministros de justicia.

Están secuestrando a la Iglesia de Roma, para modernizarla aparentando ser santos, modernizando a Dios y poniendo la ‘santidad’ al alcance de la depravación del mundo actual; con las reformas necesarias que conculcarán Los Diez Mandamientos y la doctrina original de Jesús.

Con este colosal engaño, arrastrarán las almas de los mismos elegidos que no hayan tenido la precaución de pedir discernimiento al Espíritu Santo, las hundirán en la apostasía mundial y por una equivocada decisión, serán arrojadas junto con él,  hasta el Abismo tenebroso del Infierno.

Pues este es realidad, su único y verdadero objetivo: arrebatarle las almas a Dios, para apenar el Corazón del Padre y hacer que los hijos tan odiados, sean tan infelices como él y compartan con él su mismo tormento; en el Infierno que fue creado por Dios, para Satanás y sus ángeles rebeldes.

Dios no quiere la muerte del pecador, pero es la voluntad humana la que decreta su propia sentencia y Dios acepta la decisión de sus hijos…  

Y casi lo ha logrado totalmente, pues está por estallar el Cisma en la Iglesia católica que hará a sus cardenales rebelarse contra la autoridad del Papa Benedicto XVI, haciendo un maligno complot para desterrarlo de la sede de San Pedro.

No hay que olvidar que también Judas le hizo un gran servicio a Caifás, al entregar a Jesús por el ‘bien’ del Templo de Jerusalén. Y de esta manera Satanás lo mató y perdió la guerra contra Dios.

Y tanto en sus manifestaciones esotéricas, como en sus complots con los verdaderos miembros de la Iglesia, utiliza su disfraz favorito: “Ángel de luz”….

De esta manera está teniendo cumplimiento, la Profecía de Daniel y el Apocalipsis de San Juan…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

30. – UN MILAGRO PARA FERNANDA


Marco Aurelio se quedó sorprendido con el amor que se tienen y la gentileza con la que se tratan todos los miembros de esta casa, en la que lo incluyeron a él. El vino medicado para el dolor que le recetara Mauro, hizo su efecto y se quedó dormido. Lo despertó un himno extraño que se escucha a través de la ventana y que fue creciendo en intensidad; pero que se oye muy hermoso, porque es un canto de alegría y de triunfo.

Marco Aurelio nunca había escuchado un canto parecido, tan solemne y a la vez tan conmovedor. Por unos minutos, se deleita con él y luego de un rato comprende que son alabanzas a su Dios, entonadas por una multitud. Y alcanzó a distinguir expresiones como:

“Cristo Vive” “Cristo Reina” “Resucitó”  y “Él está aquí”

Esas voces parecen estarlo invocando.

Marco Aurelio ha visitado muchos templos de la más variada estructura, cuando estuvo en Asia; en Egipto y en la misma Roma, ha visto muchos rituales. Pero esto es distinto a cualquier cosa que conociera antes.  Aquí hay y se siente algo que no puede explicarse…

Ignora lo que hay  tras la ventana. Tal vez sea un pórtico o un patio. Cuando se levante, lo averiguará. Por ahora solo escucha que a su Dios lo invocan¡Y lo llaman Padre!… ¡Y lo más extraordinario es que en sus súplicas hay confianza y la ternura de los hijos hacia su padre!

El patricio escuchó con más atención… ¡Lo más asombroso es que aquellas gentes no solo le rinden homenaje a Dios! ¡También lo aman con todo su ser! Marco Aurelio está atónito y fascinado, pues jamás había visto nada semejante… ¡Un Dios al que no solo se le reverencia y se le respeta, sino que se le ama con una adoración absoluta! 

En los otros santuarios, la gente acude en demanda de ayuda o por miedo. Pero los dioses no son respetados y mucho menos amados. ¡Aquí lo aman y lo adoran! Esto es una experiencia tan única y tan especial. Se siente atraído…Siente su espíritu contagiado por… ¡No sabe por qué…! ¡Pero es una sensación nueva y extraña que a partir de este momento desea ardientemente poseer..!. ¿Por qué será que hasta el aire se siente diferente?…

Enseguida oye que dicen: ¡Pedro! ¡Pedro!, con gran amor y reverencia.

Luego sigue un gran silencio. Y después escucha una voz clara y solemne, que se dirige a todos los ahí reunidos…

Mientras tanto…

En la Puerta del Cielo la Santa Misa ha comenzado. Eduardo el obispo celebrante, se prepara a hacer su Homilía del Evangelio que ha leído el joven diácono Daniel, sobre la Parábola de las vírgenes necias y las prudentes. Camina hacia el púlpito y todos los cristianos lo miran reverentes y expectantes…

El obispo habla así:

“Precisamente de las vírgenes. Esta parábola se refiere a todas las almas. Porque los méritos de la Sangre del Salvador y la Gracia, revirginiza las almas y las hacen como niñas en espera del Esposo.

Sonrían viejos decrépitos. Alzad el rostro, patricios que hasta ayer estuvieron inmersos en el pantano del paganismo corrupto. Miren sin más pesar vuestro cándido mirar de niñas, madres y esposas. No sois en el alma diferentes de estos lirios, entre los cuales transita el Cordero y que ahora hacen una corona en su altar. Vuestra alma tiene la belleza de la virgen a la que ningún beso ha desflorado, cuando reconocéis y permanecéis en Cristo, Señor Nuestro.

Su Presencia la hace más cándida que el alba sobre una montaña cubierta de nieve, al alma que estaba sucia y negra por los vicios más abyectos. El arrepentimiento la limpia. La voluntad la depura. Pero el Amor de nuestro Santo Salvador. Amor que viene de su Sangre que grita con Voz de Amor, le devuelve la virginidad perfecta.

No es aquella que tuvieron en el alba de vuestra vida humana. Sino la que tenía el padre de todos: Adán. Aquella que tenía la madre de todos: Eva. Antes de que Satanás pasara pervirtiendo sobre su Inocencia angélica; el Don divino que los vestía de Gracia, a los ojos de Dios y del Universo.

¡OH, santa virginidad de la vida cristiana! Baño de sangre de un Dios que los hace nuevos y puros, como el Hombre y la Mujer recién salidos de las manos del Altísimo. Segundo nacimiento en vuestra vida, preludio de aquel tercer nacimiento que les dará el Cielo, cuando ustedes suban a la señal de Dios, cándidos por la Fe o púrpuras por el martirio. Bellos como ángeles y dignos de ver y de seguir a Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador Nuestro.

Pero hoy, más que a las almas revirginizadas por la Gracia, me dirijo a aquellas encerradas en un cuerpo virgen: a las vírgenes sabias que han comprendido la invitación de amor de Nuestro Señor y las palabras del evangelio. Y quieren seguir para siempre al Cordero, entre las escuadras de aquellos que no conocieron contaminación y que entonan eternamente en los Cielos, el cántico que ninguno puede decir, sino aquellos que son vírgenes por amor de Dios. Y hablo a los fuertes en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, que se alimentan ahora de la Carne Inmaculada del Verbo y se fortifican con su Sangre como de Vino Celestial, para ser fuertes en su empresa.

Una entre vosotros se levantará de este altar para caminar al encuentro de un destino cuyo nombre puede ser ‘muerte’. Y ella va confiada en Dios, no en la fe común a todos los cristianos, sino en una FE todavía más perfecta que no se limita a creer por sí misma. A creer en la Protección divina por sí misma, sino cree también por los demás. Y espera traer a este altar a aquel que mañana será a los ojos del mundo, su esposo. Pero a los ojos de Dios, el hermano suyo predilectísimo. Doble virginidad del cuerpo y del alma. Perfecta virginidad que se siente segura de su fuerza, al punto de no temer violación. De no temer a la ira de un esposo desilusionado. De no temer a la debilidad de los sentidos. De no temer a las amenazas. De no temer desilusionarse en sus esperanzas. De no tener miedo a la casi certeza del martirio.

Levántate y sonríe a tu verdadero Esposo, casta virgen de Cristo que vas al encuentro del hombre mirando a Dios y que si vas, es para  llevar al hombre a Dios. Dios te mira y sonríe. Y te sonríe la Virgen que fue Madre. Y los ángeles te hacen una corona. Levántate y ven a refrescarte en la fuente Inmaculada, antes de ir a tu cruz, a tu gloria.

Ven esposa de Cristo. Repite a Él tu canto de amor, bajo estos rollos que te son más preciosos que la cuna de tu nacimiento al mundo y llévalo como un relicario hasta el momento en que el alma lo cantará en el Cielo. Mientras el cuerpo descansará en el último sueño, entre los brazos de ésta que es tu verdadera madre: la Iglesia Apostólica.”

Terminada la homilía del obispo, los cristianos susurran mirando a la escuadra de las vírgenes, más luego guardan silencio y la Misa prosigue.

Al terminar, los cristianos se reúnen alrededor del obispo, para ser bendecidos también particularmente y para despedirse de la virgen consagrada a la cual se ha referido.

¡Fernanda! ¡Fernanda! De los cristianos, unos la saludan con sonrisas; otros, con lágrimas. Algunos le preguntan cómo es posible que se haya decidido por las nupcias terrenas. Otros, que si no teme a la ira del patricio cuando la descubra cristiana. Una virgen le reclama que ella renuncie a la virginidad.

 Y Fernanda dice para responder a todos:

–         Te equivocas Ximena. Yo no estoy renunciando a ninguna virginidad. A Dios le he consagrado tanto mi cuerpo como mi corazón. Y a Él permanezco fiel. Amo a Dios más que a los parientes; pero los amo al grado de no quererlos llevar a la muerte antes de que Dios los llame. Amo a Jesús, Esposo Eterno, más que a cualquier hombre. Pero amo a los hombres tanto, que recurro a este medio, para no perder el alma de Nicolás. El me ama y yo castamente lo amo. Tanto, que quiero tenerlo conmigo en la Luz y en la Verdad. No le temo a su ira. Sé que puede llegar a ser un campeón en nuestra Fe. Espero en el Señor para vencer. Espero en Jesús, para cristianizar a mi esposo terreno. Pero si no venciera en esto, el martirio me será dado y tendré más pronto mi corona. ¡Pero No! –Y levantando su mirada hacia lo alto, exclama- ¡Yo veo tres coronas descender del Cielo! Las dos iguales son todas rojas y de resplandecientes rubíes. La tercera tiene dos hileras de rubíes, alrededor de un gran cordón de perlas purísimas. Esas nos esperan. No teman por mí. El poder del Señor me defenderá. En esta Iglesia nos encontraremos pronto unidos, para saludar al nuevo hermano. Adiós. En Dios…

Todos se retiran hablando entre sí.

Al día siguiente Fernanda se prepara para las Bodas.

Se retira a su cubículum y junto con dos doncellas ora fervientemente…

Después la visten y la peinan exquisitamente. Es una novia bellísima. Luego la llevan y se realizan los esponsales con el ritual romano. Enseguida sigue el banquete entre cantos y danzas.

Toda la casa está adornada con gran esplendor y derroche de lujos. Sirven exquisitas viandas y vinos en abundancia. La fiesta se prolonga hasta después del anochecer. En el triclinium principal, Fernanda sonríe al esposo que le habla y la mira con amor. Luego  los dos se levantan para despedir a los invitados.

Fernanda se retira a sus nuevas habitaciones nupciales. Con sus doncellas cristianas, oran juntas por unos momentos y después la ayudan a cambiarse, para recibir al esposo que llegará en cualquier momento…

A una señal entra un cortejo de mujeres enviadas por Nicolás…

Y acompañan a Fernanda a la magnífica cámara nupcial, regiamente decorada. La ayudan a recostarse en un lecho, sostenido por un baldaquín púrpura y cubierto por telas preciosas. Luego la dejan sola.

En cuanto salen las doncellas, Fernanda se levanta y se para en el precioso piso de mármol de colores. Entra Nicolás que la mira perdidamente enamorado y extiende las manos hacia Fernanda.

Ella corresponde a su sonrisa, pero no avanza hacia él.

Se queda de pie en el centro de la estancia. Nicolás se detiene desconcertado, cree que las doncellas no la han servido bien y se vuelve iracundo para llamarlas. Pero Fernanda lo aplaca diciendo que fue ella, la que quiso esperarlo de pie.

Nicolás dice intentando abrazarla:

–           Ven entonces Fernanda mía. Ven. Yo te amo tanto…

Fernanda levanta las manos para detenerlo:

–           Yo también, pero no me toques. No me ofendas con caricias humanas.

–           ¡Pero Fernanda!… ¡Tú eres mi esposa!

–           Soy de Dios, Nicolás. Soy cristiana. Te amo, pero con el alma del Cielo. Soy una virgen consagrada. Tú no has desposado a una mujer, sino una hija de Dios al que los ángeles sirven. Y el ángel de Dios está conmigo para defenderme. No ofendas a la celeste criatura con actos de amor grosero. Te castigaría.

Nicolás está estupefacto…

Primero el asombro lo paraliza, pero después lo domina la ira por sentirse burlado. Su gallarda figura parece hacerse más alta todavía. Su bello rostro varonil, enrojece por la cólera. Es un hombre violento. Desilusionado en lo más bello y legítimo. Con su corazón herido, estremecido le grita:

–           ¡Tú me has traicionado! ¡Tú has jugado conmigo! No creo. No puedo. No quiero creer que tú seas cristiana. Eres demasiado buena, bella e inteligente para pertenecer a esa sucia banda. Pero no…¡Es una broma! ¿Verdad? Tú quieres jugar como una niña. Está bien. Es tu fiesta. Pero la broma es demasiado atroz. ¡Basta! Ven a mí…

Fernanda contesta:

–           Soy cristiana. No bromeo. Me glorío de serlo. Porque serlo quiere decir ser grande en la tierra y en el más allá. Te amo, Nicolás. Te amo tanto, que he venido a ti para llevarte a Dios, para traerte conmigo en Dios.

–           ¡Maldita seas! ¡Loca y perjura! ¿Por qué me has traicionado? ¿No temes mi venganza?…

–           No. Porque sé que eres noble y bueno. Y me amas. No. Porque sé que no te atreverás a condenar sin pruebas de culpa. Y yo no tengo culpa…

–           Tú mientes hablando de los ángeles… ¿Cómo puedo creer esto? Necesito ver. Y si viese…si viese…Te respetaría como a lo más sagrado. Pero por ahora eres mi esposa. No veo nada. Te veo a ti. Y estás sola…

–           Nicolás. ¿Puedes creer que yo mienta? ¿Lo puedes creer precisamente tú que me conoces? Las mentiras son de los abyectos, Nicolás. Cree a cuanto te digo. Si tú quieres ver a mi ángel, cree en mí y lo verás. Cree a quien te ama. Mira, estoy sola contigo. Tú podrías matarme. Yo no tengo miedo, estoy en tus manos. Me podrías denunciar al Prefecto. No tengo miedo. El ángel me defiende de esos riesgos. ¡Oh, si tú lo vieses!

–           ¿Cómo podré verlo?

–           Creyendo en esto que yo creo. Mira, sobre mi corazón está un pequeño rollo. ¿Sabes qué cosa es? Es la Palabra de mi Dios. Dios no miente y Dios ha dicho que no tengamos miedo, nosotros que creemos en Él. Qué áspides y escorpiones serán sin veneno bajo nuestros pies…

–           Pero también se dice que vosotros cometéis crímenes infames y podréis ser condenados a morir…

–           Nicolás. Eso no es cierto. Y no morimos, no. Vivimos eternamente. El Olimpo no existe, el Paraíso, sí. En él no entran los mentirosos y los de las pasiones violentas y brutales. Sino solo los ángeles y los santos en la Luz y en las armonías celestes. ¡Yo lo siento! ¡Yo lo veo! ¡Oh, Luz! ¡Oh, Voz! ¡Oh, Paraíso! ¡Desciende! ¡Desciende y ven a dar esto a tu hijo, a este esposo mío! ¡Tú corona, antes a él, que a mí! A mí el dolor de estar sin su afecto, pero la alegría de verlo amado por Ti, en Ti, antes de venir a mí. ¡Oh, Glorioso Cielo! ¡Oh, Nupcias Eternas! Nicolás, estaremos unidos delante de Dios, esposos y vírgenes con un amor perfecto…

Fernanda está extasiada…

Nicolás la mira, admirado y conmovido:

–           ¿Cómo podré?… ¿Cómo puedo tener esto? Yo soy un patricio romano. Hasta ayer parrandeaba y fui cruel… ¿Cómo puedo ser como tú, ángel de mi vida?

Fernanda replica apasionaamente:

–           Mi Señor ha venido para dar vida a los muertos, a las almas muertas. Renace en Él y serás igual a mí. Leeremos juntos su Palabra y tu esposa será feliz de ser tu maestra. Después te conduciré con el Pontífice Santo. Él te dará la Luz completa y la Gracia. Como ciego al que se le abren las pupilas, tú verás. ¡Oh, ven Nicolás  y oye la Palabra Eterna que me canta en el corazón!

Y Fernanda toma de la mano a su esposo, ahora todo humilde y calmado como un niño. Y se sienta cerca de él sobre dos amplios divanes y comienza a instruir a Nicolás. Fernanda, llena del Espíritu Santo, repite las palabras del Evangelio de San Juan. Le narra el episodio de Nicodemo y el nacimiento en el espíritu…

La voz de Fernanda es como la música de un arpa. Y Nicolás la escucha totalmente absorto. Seducido; con la cabeza apuntalada sobre las manos, posando los codos sobre las rodillas, todavía un poco sospechoso e incrédulo…

Después apoya la cabeza sobre el hombro de su esposa y con los ojos cerrados escucha atentamente la Magna Obra de la Redención.

Y cuando ella se interrumpe suplica:

–           Sigue…sigue…

Fernanda abre el rollo y lee fragmentos del Evangelio de San Mateo y de Lucas. Termina relatando los detalles de la Última Cena, el Lavatorio de pies, la Traición de Judas, los Procesos, la Crucifixión y la Muerte. Y luego…La Resurrección.

Nicolás llora con un llanto silencioso y abundante que le baña las mejillas y resbala hasta la tela finísima de su túnica nupcial. Las lágrimas brotan de sus párpados cerrados.

Fernanda lo ve y sonríe… Pero no manifiesta que lo ha advertido. Cuando termina de leer el episodio de Tomás el Incrédulo, ella calla…

Y se quedan así un largo rato, abstraídos…la una en Dios y el otro, en sí mismo; hasta que Nicolás grita:

–           ¡Creo! ¡Creo, Fernanda! Solo un Dios Verdadero pudo haber dicho tales palabras y amado de aquel modo. Llévame con tu Pontífice, quiero amar esto que tú amas. Quiero esto que tú quieres. Quiero consagrarme a Él, igual que tú. No tengas miedo de mí, Fernanda. Seremos como eso que tú quieres: esposos en Dios y aquí hermanos. ¡Vamos! Yo también quiero ver lo que tú ves y oír lo que tú oyes: al ángel de tu candor.

Y Fernanda radiante se levanta, abre las ventanas, aparta las cortinas y ya está amaneciendo.

La luz de la aurora entra y al voltear hacia Nicolás, lo ve que él también está extasiado…

Iba a arrodillarse y se quedó a la mitad, totalmente pasmado. Una luz blanca como de perlas fundidas en plata, ilumina toda la estancia. En medio de la luz se ve una figura etérea, con aspecto humano. Tiene cara, tiene cuerpo. Su rostro, cabellos y manos, son humanos, pero al mismo tiempo parecen hechos de pura luz…

La voz es una dulce armonía con arpegios celestiales que le dice:

–           No, Nicolás. Solo soy un mensajero de Dios. A Él y solo a Él, hay que dar el culto y la Gloria. Mi nombre es Azarías y soy tu ángel Guardián. Yo velaré para que tú pie no tropiece, hasta que vayas a la Presencia de Dios. Estoy aquí porque has respetado a su virgen-esposa y porque has creído. En el momento oportuno, Él Mismo te hablará, porque ha resucitado y es un Dios Vivo para los que viven. La paz sea con vosotros.

El ángel desaparece y Nicolás voltea a ver a Fernanda sin saber qué hacer, ni qué decir…

Ella lo toma de la mano y lo lleva hacia la ventana abierta, a través de la cual se ve el crepúsculo matutino en todo su esplendor. Abre sus brazos y levanta el rostro hacia el hermoso cielo en el que se ve brillar aún a Venus, el planeta que es una esplendorosa estrella de la mañana. Y que brilla junto a una luna que se diluye lentamente, entre los brillantes rayos de un sol.

Fernanda parece una cruz viviente y luego se persigna comenzando a orar el Padre Nuestro… Invitando a su esposo con la mirada para que lo repita con ella. Ella ora despacio, muy despacio, para que Nicolás pueda seguirla. Y después al finalizar, le hace la señal de la cruz en la frente, sobre el corazón  y lo enseña a persignarse. Y llevándolo siempre de la mano, lo conduce hacia la Luz…

Fernanda estuvo segura en la Fe. En las palabras de Jesús. Y dio un paso muy arriesgado a los ojos de los demás, pero no a los suyos. Sumergida en la Oración, con sus ojos puestos en Dios, vio la sonrisa divina y obtuvo el triple milagro:

Fue preservada de toda violencia.

Fue apóstol de su esposo pagano.

Y fue inmune por el momento a toda denuncia…

Fernanda obtuvo lo que esperaba y no solo consiguió la conversión de Nicolás, sino también la de su cuñado, sus sirvientes y toda su familia…

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba. Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor. Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil; sus largas pestañas caídas lánguidamente; sus manos sobre sus rodillas. Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela; ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe. Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable…

Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba. Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurgaba en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos. Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas no cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impedía el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana. Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra había nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea. Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa. Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo- Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–                      Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

–           Los dioses son espíritus malignos. –replicó Bernabé con sencillez- Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinaban los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco. Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos. Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra! Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso. Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer. Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites. Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera. Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro. Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres. Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro. – Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió- Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano. Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él. Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió. Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!… Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo. Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre. Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera.

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado. Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, no alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

28.- NÉMESIS


Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava. Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades. Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción… Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.  Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos. Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella. Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo. Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer. Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe. Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones. Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros. Les indicaré donde vive ese hombre; tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo. Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

–           Así es. –contestó Lautaro con acento severo.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación. Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo. No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión. Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas. Se acercó a Lautaro y le dijo con serena dignidad; con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, era la que hablaba por su boca.

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

–           Sea como tú lo dices. –dijo el anciano respetuoso.

Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda. Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo. Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación. Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar. Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado.

¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra. Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado.

Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto. Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados, aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice. Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde. Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro. Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan. Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres. Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera! ¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

Pero Mauro ha perdonado. Bernabé, que había matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado. La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio. Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura. Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración… Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA