Archivos del mes: 31 mayo 2012

72.- UN PLAN… ¿PERFECTO?


En la madrugada ya casi cerca del alba, Petronio y Marco Aurelio regresan a casa. Durante el trayecto estuvieron silenciosos, pues se encontraron con las carretas que del Spolarium están conduciendo, los sangrientos despojos de los cristianos…

Cuando están en la biblioteca, Petronio dice a Marco Aurelio:

–           ¿Has pensado en lo que te propuse?

–           Sí.

–           ¿Puedes creerme que para mí también esta cuestión, es ahora de vital importancia? Tenemos que liberarla a despecho del César y de Tigelino. Es una batalla que debo ganar aunque me cueste la vida. Y lo que pasó hoy, me ha confirmado en mi propósito.

Marco Aurelio exclama emocionado:

–           ¡Qué Cristo te lo pague con su Luz!

Petronio replica sin ocultar su preocupación:

–           Mejor dile que nos ayude…

En ese momento entra el mayordomo y dice:

–           Hay un joven que dice traer noticias de la amita.

Marco Aurelio responde anhelante:

–           ¡Pásalo aquí!

Cuando lo llevan, el joven se descubre la cabeza. Echa atrás la capucha de su capa, diciendo:

–           ¿Está aquí el noble Marco Aurelio Petronio?

Éste exclama al reconocer al hijo de Isabel:

–           ¡Oh, David! ¡Eres tú hermano mío! La paz sea contigo. ¿Qué deseas?

–           Y también contigo, hermano. Vengo de la prisión y traigo noticias de Alexandra.

.           El tribuno puso una mano en el hombro del joven. Lo miró a los ojos sin poder hablar. Pero David comprendió y dijo:

–           Ella vive todavía. Bernabé me manda a decirte que en su delirio, ella ora y repite tu nombre.

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

David contestó:

–           Por los siglos de los siglos. Amén. La enfermedad la salvó de la violación y de la muerte. A ella no se la pudieron llevar con los jóvenes destinados a la diversión del César.

Marco Aurelio y Petronio intercambian una mirada de mutua comprensión al recordar los sucesos del frustrado banquete y el encuentro de Nerón con los jóvenes en el Circo. Y en las teas…

David continúa:

–           Los verdugos temen al contagio. Bernabé y Mauro el médico, velan día y noche a su lado.

Petronio pregunta:

–           ¿Tiene siempre los mismos guardianes?

–           Sí. Y está en el aposento de ellos. Todos los presos que estaban en el calabozo inferior del tullianum, murieron de hambre o de fiebre, a causa del aire infectado.

–           ¿Quién eres tú?

–           Soy el hijo de la viuda donde se hospedó Marco Aurelio y recuperó su salud.

–           Entonces también eres cristiano.

El joven contesta contundente:

–           Sí. Soy cristiano.

–           ¿Y cómo es que puedes entrar y salir libremente de la prisión?

David mira interrogante, primero al joven tribuno… Éste afirma con la cabeza y David contesta:

–           Me tomaron para la faena de transportar cadáveres y acepté el oficio porque así puedo ayudar a mis hermanos y llevarles noticias del exterior.

Petronio miró con más atención el rostro bien parecido del joven. Sus enormes y bellos  ojos azules y el rubio cabello abundante y ondulado.

–           ¿De qué país eres?

–           Soy Galileo de Palestina.

–           ¿Nos ayudarías a liberar a Alexandra?

–           Claro que sí. Aunque en ello me vaya la vida…

–           Di a los guardias que la coloquen entre los muertos.  Y sáquenla durante la noche. Cerca de las fosas pútridas habrá gente aguardando con una litera y se la entregarás a ellos.

–           Hay un hombre encargado de quemar con hierro candente, los cuerpos que sacamos de la prisión; a fin de comprobar que sí son cadáveres. Pero ese hombre puede ser sobornado y no quemará la cara de los muertos, ni tocará absolutamente el cuerpo.

Petronio aconsejó:

–           Prométele todo el oro que sea necesario. Y busca auxiliares seguros.

–           Así lo haré. En la prisión misma o en la ciudad, por dinero son capaces de todo.

Marco Aurelio pregunta:

–           ¿Podría ir contigo como un asalariado?

Pero Petronio objetó con fuerza:

–           ¡No! Eso no. Los pretorianos podrían reconocerte, aún con tu disfraz. Y entonces, todo estará perdido. Tú no debes ir a ningún lado. Es necesario que tanto el César como Tigelino estén convencidos de que ella ha muerto, pues de otra manera ordenarán su persecución inmediata. La única manera de alejar sus sospechas, es que después de que se la hayan llevado a los Montes Albanos o a Sicilia; nosotros permanezcamos aquí en Roma. Un mes después te enfermarás tú y llamarás al médico de Nerón, que te prescribirá un viaje a las montañas y entonces tú y ella se reunirán de nuevo. Y luego…- se detiene unos momentos meditando… y luego agregó con un ademán- ¿Quién puede conocer el futuro? Pueden venir otros tiempos…

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Petronio! ¡Tú estás hablando de Sicilia, mientras que ella está gravemente enferma y puede morir!

–           Dejémosla al principio, cerca de Roma. Bastará el aire puro para que se restablezca. Lo importante es que logremos sacarla de la prisión. ¿No tienes tú en las montañas algún administrador en el que puedas confiar?

–           Tengo uno cerca de Tívoli. Hay un hombre que me llevó en sus brazos cuando era niño y siempre me ha amado.

Petronio le pasó unas tablillas y dijo:

–           Escríbele que venga mañana. Enviaré un correo al punto. -Y llamó al mayordomo, para darle las órdenes oportunas.

Marco Aurelio dijo:

–           Quisiera que Bernabé la acompañase, así estaría yo más tranquilo.

Petronio objetó:

–           ¡No! Que él salga como pueda, pero no al mismo tiempo que ella, porque lo seguirán y terminarán por encontrarla. ¿Acaso quieres perderte y perderla? Os prohíbo que digáis a Bernabé, ni una palabra… ¡O no cuenten conmigo!

Marco Aurelio reconoció la cordura de estas palabras y guardó silencio.

David entonces, pidió permiso para retirarse y prometió volver al día siguiente.

El tribuno acompañó a David a la puerta y éste le dijo:

–           Voy a sobornar a uno de mis compañeros con los que sacamos los cadáveres. No revelaré a nadie nuestro plan. Sólo al apóstol Pedro, cuando vaya a nuestra casa.

–           Aquí puedes hablar libremente. Espérame… Iré contigo, hablaré personalmente con él y le pediré consejo.

Y ordenó que le trajeran un manto y una túnica de esclavo. Se despidió de Petronio diciéndole a donde iba. Y los dos salieron juntos.

Petronio se quedó solo en la biblioteca y exhaló un profundo suspiro, mientras se decía a sí mismo:

–           Y yo llegué a desear que ella muriera de la fiebre, porque era menos terrible para Marco Aurelio. Pero ahora, ¡Ah! ¡Enobarbo!… Tú has querido hacer de la angustia de un esposo, un espectáculo. Y tú Augusta, has tenido envidia de la hermosura de la doncella y quisieras devorarla viva, como el odio que te devora a ti porque ha muerto tu pequeño Rufio Crispino. ¡Oh, dioses! y… ¡Tú Tigelino, anhelas destruirla por tu rivalidad conmigo y quieres vengar en ella, tu enojo contra mí! Pero… ¡Ya lo veremos! Os digo a todos que en lo que de mí dependa: ¡No ganaréis! ¡No! ¡NO! Si ella no muere por esa fiebre, os la voy a arrancar de tal forma, como ni siquiera sospecháis. Y luego, cada que os encuentre me diré: “He aquí a estos imbéciles, a quienes ha burlado Tito Petronio Níger”

Y satisfecho con estos pensamientos, se dirigió al triclinium a comer con Aurora.

Afuera el viento arrastra pesadas nubes que se van agrupando. Y luego se desata una tempestad, en aquella tranquila tarde estival. A intervalos retumban los truenos entre las siete colinas.

Cuando regresó Marco Aurelio, Petronio fue a su encuentro:

–           ¿Qué pasó?

Marco Aurelio se arregló el cabello empapado por la lluvia y contestó:

–           David habló con los guardias y ya hablé con Pedro, quién me ha mandado que ore y tenga Fe.

–           Eso está muy bien. Si todo resulta como lo esperamos, la sacaremos mañana por la noche.

–           Octavio debe estar aquí al rayar el alba, acompañado de algunos hombres.

Petronio concluye:

–           El camino es corto. Ahora ve a descansar.

Pero el tribuno fue a su cubiculum solo para ponerse de rodillas y orar fervientemente.

Al amanecer, Octavio el administrador llegó trayendo consigo: mulas, una litera, un carro y cuatro hombres de confianza, elegidos entre sus esclavos de la Galia y quienes se han quedado en una posada del Transtíber.

Marco Aurelio, que ha velado toda la noche; fue al encuentro de Octavio. Éste, al ver a su joven amo, lo saludó cariñosamente, diciendo:

–           Amado mío, tú estás enfermo o los sufrimientos te están acabando. Estás tan demacrado que apenas si te puedo reconocer.

Marco Aurelio lo condujo por la galería y lo hizo partícipe de su secreto…

Octavio le escuchó con atención. Su enjuto y atezado semblante, se llenó de una emoción que no intentó ocultar:

–           ¡Entonces ella es cristiana! –exclamó con una interrogante implícita en su mirada anhelante.

Marco Aurelio contestó comprendiéndolo:

–           Yo también soy cristiano.

El anciano exclamó sin reprimir las lágrimas:

–           ¡Alabado sea Jesucristo!- Y orando en voz alta, agregó- Te doy gracias Señor, por haber dado la luz al alma que me es más cara en el mundo.

Y abrazando al joven tribuno, llorando de felicidad, lo besó en la frente.

Luego llegó David.

Después de los saludos, Octavio dijo a Petronio:

–           ¿Y tú noble patricio, también eres cristiano?

Petronio contestó sonriente:

–           Todavía no, Octavio. Pero lo estoy considerando…

Entonces David le dijo a Marco Aurelio:

–           ¡Traigo buenas noticias! El Señor te manda decir a través de Mauro el médico, que Alexandra vivirá; aun cuando tenga la misma fiebre que en el Tullianum está matando a los prisioneros. Que recuerdes que Dios es el Dueño de nuestra vida y es el Único que marca el fin de la misma. Lo de los guardias y el que supervisa los cuerpos, está arreglado. Artemio el ayudante, también aceptó. El único peligro es que ella pueda gemir o hablar, cuando pasemos junto a los pretorianos. Pero está muy débil y no ha abierto los ojos en toda la mañana. Además, le llevé un narcótico que Mauro me dio.

Mientras David dice todo esto, Marco Aurelio se puso pálido y Petronio preguntó:

–           ¿Sacarán otros cuerpos de la prisión?

–           Anoche murieron más de doce y antes de que termine el día, tendremos más cadáveres. Iremos con otros individuos; pero tenemos un plan para poder retrasarnos a cierta distancia y para que no se den cuenta, os la entregaremos. Ustedes nos esperarán en un punto determinado. ¡Quiera Dios que la noche esté lo suficientemente oscura!

Octavio dice:

–           ¡Lo estará! Aunque no estuviera nublado, la luna está muy tierna y Dios nos ayudará.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¿Iréis sin antorchas?

–           Las antorchas sólo las llevan los que van adelante. Transportamos los cadáveres, después del anochecer.

Petronio interviene:

–           Marco Aurelio y yo iremos con vosotros.

El tribuno exclama:

–           ¡Sí! ¡Sí! Yo tengo que estar ahí. Yo mismo la trasladaré a la litera.

Octavio agrega:

–           Yo la llevaré a Tívoli y allí la cuidaré con mi vida.

Petronio confirma:

–           Entonces hagámoslo.

Y cada quién se ocupa de lo suyo.

Octavio se fue a la posada a dar instrucciones a los suyos. David guardó la bolsa con oro bajo su túnica y se fue a la prisión. Y para Marco Aurelio comenzó un día de zozobra, angustia, sobreexcitación y esperanza…

Petronio dice esperanzado:

–           El proyecto debe dar buenos resultados porque ha sido bien estructurado. Es imposible inventar un procedimiento mejor. ¡Es un plan perfecto! ¿Qué podría fallar? Tú deberás arrostrar un dolor profundo y vestir de luto. No abandones el Anfiteatro. Es necesario que te vean allí. Todo está dispuesto de tal forma que no puede fracasar. Pero ¿Estás perfectamente seguro de tu administrador?

Marco Aurelio; totalmente seguro,  dijo por toda explicación:

–           Es cristiano.

Petronio contestó reflexivo:

–           Después de todo lo que he presenciado, lo que me extraña es que esta religión no se haya extendido a todo el imperio. Es mejor que descanses. Nos espera una jornada muy agitada.

Y los dos se retiran a descansar.

Más tarde se encuentran en el atrium y dice Petronio:

–           Fui a la casa de Tiberio. Fui expresamente a dejarme ver y jugué a los dados. Mañana piensan exhibir a los crucificados, aunque tal vez la lluvia lo impida. Pero tú no la verás en la Cruz. ¡La tendremos en Tívoli! Vamos. Come aunque solo sea un poco y luego nos iremos. Ya comenzó a llover y pronto será de noche. Tal vez esto sea favorable para nosotros.

–           No puedo comer nada. Mejor vámonos. Es posible que a causa de la lluvia, transporten los cadáveres más temprano.

–           Está bien. ¡Vámonos!

Y cubriéndose con sus mantos salen. Petronio lleva un largo puñal, para protegerse.

La ciudad está desierta en las calles a causa de la tempestad. Avanzan rápido y se reúnen con Octavio.

Buscaron refugio para protegerse del granizo, cuando la lluvia arrecia. La temperatura bajó y comienza a hacer frío. Llegaron al lugar convenido y esperaron…

Después de un rato, la tormenta se calma y…

–           Veo una luz a través de la neblina. Son tres antorchas… –dice Octavio.

Petronio exclama:

–           ¡Ya vienen! ¡Son ellos!

La procesión se fue acercando… Pasaron frente a ellos y siguieron su marcha.

No pueden creer lo que está sucediendo…

Lo que sucedió a continuación, fue como una bomba…Finalmente oyeron la dolorida voz de David:

–           Se la llevaron con Bernabé a la cárcel del Esquilino. La trasladaron al mediodía y cuando llegué, ya no estaban…

Cuando regresan a la casa, Petronio está tan triste que ni siquiera intenta consolar a su sobrino. Comprende que liberar a Alexandra de los calabozos del Esquilino, en el Palacio de Tiberio; es prácticamente imposible.

Es evidente que la sacaron del Tullianum, porque no quieren que muera allí y pueda escapar a la suerte que le han preparado en el Anfiteatro. Y ahora deben haber aumentado la vigilancia y la custodia sobre ella. La venganza de Popea continúa implacable…

Desde lo íntimo de su corazón lo siente por los dos. Todos sus esfuerzos han resultado infructuosos y el amargo sabor del fracaso lo invade con toda su plenitud. Es la primera vez que lo que más ha deseado, no alcanza el éxito.

Y en lo que él considera hasta hoy, que es el combate más importante de su vida, ha sido vencido.

–           ‘La fortuna parece abandonarme’ Se dijo a sí mismo.

Su ánimo está totalmente deprimido. Y al mirar a su sobrino, se quedó desconcertado…

Éste está totalmente sereno y no entiende porqué… entonces recordó a Joshua cuando estaba siendo torturado en la parrilla.

A su vez, Marco Aurelio dice firme y convencido:

–           Jesús me la devolverá. Pase lo que pase… Él me la regresará… –y una sonrisa de esperanza ilumina su semblante.

Sobre Roma se escuchan los últimos retumbos de la tempestad. Durante tres días, la lluvia azotó la ciudad sin interrupción. Hubo trombas y granizadas que interrumpieron los espectáculos programados. El pueblo comenzó a alarmarse y empezaron los rumores. Temen por la próxima vendimia. Un rayo fundió la estatua de Ceres en el Capitolio y se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Capitolino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

71.- LAS TEAS HUMANAS


RUGIENDO

Entre los jóvenes que iniciaron el espectáculo principal, que iban desnudos en las carretas y coronados con flores, están los cuarenta y cinco mártires del frustrado banquete del Palacio de Tiberio.

El césar ordenó que fuesen atados a los postes pequeños en el círculo que rodeaba el escenario. La mitad pereció con las fieras. Doce hombres y doce mujeres, fueron tomados en el primer martirio.

Los otros regresaron junto con otros supervivientes, poco heridos y algunos, prácticamente ilesos. Todos fueron incluidos para el espectáculo nocturno.

Nerón estuvo pendiente de ellos y se dio cuenta de que a Joshua las fieras ni siquiera se le acercaron. Es más, parecían huir de él. Como si una invisible presencia, las espantase…

A lo largo del camino del Circo al Palacio de Tiberio. En las vías principales y en todos los jardines imperiales y públicos, han sido colocados postes, como de cinco metros de altura y que ya están listos para ser utilizados.

El sol desciende hacia su ocaso y parece disolverse en los rojizos fulgores de la tarde. El espectáculo ha terminado.

La multitud sale del anfiteatro y se encaminan hacia los jardines. Solamente los augustanos se quedan en el Pódium, esperando a que el César regrese, después de haber cantado su Troyada. Aun cuando los espectadores no le escatimaron los aplausos, Nerón no está satisfecho, ya que él esperaba un mayor entusiasmo, casi rayano en el frenesí.

Tigelino le hace notar que ya empezó a anochecer y que apenas hay tiempo para iniciar los Juegos Nocturnos.

El César hace un gesto de fastidio, pero luego asiente y les dice a todos:

–           Tienes razón. ¡Vámonos!

Y salen hacia los jardines imperiales. Por las calles, puentes, plazas, por todas partes se oyen los gritos:

–           ¡Semaxii! ¡Sarmentitii!

En Roma ya se ha presenciado antes el espectáculo de hombres quemados en postes, pero jamás se había contado para tal suplicio con tan enorme cantidad de víctimas. El César y Tigelino, en su obsesión con exterminar a los cristianos, han decidido usarlos como antorchas para iluminar la noche. Pretextando que es preciso acabar con el contagio que diezma las prisiones y que desde allí se puede propagar por toda la ciudad. Por eso ha dado la orden de vaciar todos los sótanos, dejando en ellos tan solo un centenar de personas destinadas al espectáculo final.

Por este motivo, por toda la ciudad se ven postes y agujeros alternados. Porque Nerón ha ordenado que por exceso de prisioneros, unos sean antorchas y otros serán crucificados. Así que al salir a la calle se ven los postes revestidos de una capa de pez. Decorados con flores, mirtos y hiedras, parecen mástiles de buques o astas de banderas plantados en la tierra, junto a los agujeros donde estarán las cruces de los crucificados.

Conforme la noche avanza y empiezan a brillar las estrellas en el firmamento, los condenados son atados a los postes y cerca de cada uno de ellos, se para un esclavo antorcha en mano. Y cuando se deja oír el toque de las trompetas que anuncia el inicio del espectáculo, se hace un silencio expectante. Luego, se oye el agudo sonido del cuerno y los esclavos prenden los postes. La paja oculta bajo las flores arde al instante, soltando una llamarada, la cual empieza a ascender y con sus crepitantes lenguas, encienden las ‘Túnicas dolorosas’. Y en ese momento los cristianos se convierten en teas vivas que se consumen con el fuego y son las antorchas que iluminan toda la ciudad de Roma.

Y sin embargo no se escucha un solo lamento. Ni un solo quejido.

De aquellas gargantas se eleva un canto y una plegaria:

“PATER NOSTER…”

Desde que sonaron las trompetas, también hace su presentación el César, dirigiendo una espléndida cuadriga, tirada por cuatro soberbios corceles blancos. Viste de auriga, con el color de los rojos, que son sus favoritos. Le siguen otros carros, con todos sus cortesanos y sus músicos disfrazados de faunos y sátiros, tocando sus instrumentos musicales. Hombres y mujeres ataviados lujosamente y muy alegres.

Alrededor de la cuadriga del emperador, corren hombres que blanden tirsos adornados con cintas. Y otros, tocando tamboriles o esparciendo flores a su paso. Toda aquella colorida multitud avanza a los gritos de: ¡Evóe! Y aquello fue un delirante desfile entre las hileras humeantes, de los cuerpos de los cristianos que iluminan la sanguinaria y despiadada fiesta de crueldad…

En el carro de Petronio, van Marco Aurelio y Séneca, inmediatamente después de la cuadriga de Nerón…  El César va acompañado de Tigelino y de Haloto, en cuya compañía se complace grandemente.  Y guiando los caballos avanza a trote lento, mirando los cuerpos que arden y oyendo los gritos de la multitud.

De pie sobre el espléndido carro dorado, escuchando los vítores y aclamaciones de la gente, iluminado por las antorchas humanas que arden sin lamentarse, llevando en la cabeza, la corona de laurel. Con sus brazos desnudos asidos a las riendas, con una sonrisa sarcástica y sus salientes ojos azules entrecerrados. Nerón, sostenido por su egolatría, se conduce como una deidad terrible, dominante y poderosa.

A veces se detiene cuando se encuentra con una víctima que por una oscura razón llama su atención, lo observa… asoma una maligna sonrisa de satisfacción en su rostro que se contrae con un gesto de placer indescriptible y diabólico. Luego prosigue su marcha, seguido por su séquito excitado y turbulento.

De vez en cuando saluda al pueblo y recibe los homenajes a su divinidad y a su auto declarado e innegable talento, como el mejor histrión de su época. Y también el mejor cantante y compositor que las musas hayan inspirado.

Y cuando más saborea su victoria, se topa cara a cara con Joshua, que lo mira sonriente desde su patíbulo flameante…

El joven parece el pistilo de un tulipán color naranja y dorado, por las llamas que lo rodean. Y le dice con voz sonora y triunfante:

–           ¡Te dije que el fuego purifica! ¡Gracias! ¡Porque tú eres el instrumento que me lleva a la verdadera Vida! ¡Emperador, abre los ojos y contempla la verdadera gloria!…

El mártir muestra su júbilo en un rostro resplandeciente. ¡Lo más sorprendente es que su magnífico cuerpo luce intacto! Es una enorme antorcha fulgurante y asombrosa. Las llamas hacen un marco glorioso a su imponente prestancia varonil…

Nerón se repone pronto del impacto y espolea sus caballos… Sólo para encontrarse más adelante, con la majestuosa hermosura de Margarita. También su cuerpo escultural, es lamido por las rojas lenguas de fuego. Pero la blancura luminosa y alabastrina, se ha vuelto casi transparente y parece fundirse con el fuego que la cubre con un vestido resplandeciente…

Parece un sol refulgente y llameante.

La virgen lo ve desde su flamígero patíbulo. El fuego parece como si la respetase. Su negra cabellera ondea con el viento y sus ojos azules lo miran con severidad, mientras su voz resuena majestuosa:

–           ¡Oh, César! Te lo dije y te lo repito. Satanás es un amo cruel y despiadado. ¡Anda! Sube tú a mi patíbulo, a ver si él te defiende, como mi Señor lo hace conmigo. ¡No eres más que un pobre hombre y tu poder no es más que polvo! Pronto iré al encuentro con mi Señor Jesucristo y mi muerte es gloriosa. ¿Y la tuya? ¿Cómo será la tuya emperador?…  Reflexiona… Cuándo tiemblas a cada paso que das y deben probar tus alimentos, porque ni siquiera puedes comer tranquilo. ¡Oh, César que confías en tu poder tan engañoso! ¡Y sólo eres la marioneta y el esclavo del Homicida por excelencia!…

Margarita lo mira con infinita piedad.

Nerón se queda petrificado y luego espolea con furia sus caballos, como si desease huir… da vuelta en una calle que también está llena de postes llameantes. Y en el colmo de los colmos; esa noche, se topa con Oliver; que también es una antorcha viviente.

Como si una fuerza irresistible lo obligase; detiene su carro y le es imposible apartar la mirada que se cruza con la del valiente joven que le dice con firmeza:

–           El poder siempre tiene un límite dado por Dios. Y esto es para recordarnos que solo somos hombres y necesitamos de Él. Mira a tus dioses, emperador, ¿Te consuelan? ¿Te perdonan? ¿Te aman?…Porque Jesús hace todo esto y mucho más…

Y una voz en el poste de enfrente, completa con majestad:

–           Los tormentos que se sufren con amor y por amor a Dios nos glorifican. Recuérdalo César y contempla con detenimiento a los que has querido destruir…

Nerón voltea y reconoce a Iván. Pero antes de que pueda replicar nada, otra voz en el poste de al lado, lo remata:

–           Reconoce, ¡Oh, emperador! Que tus dioses no son dioses. Eres un hombre aterrado aunque estés lleno de poder y de riqueza. Nuestro Dios: Jesucristo. Es el Único Dios Verdadero. ¿Qué es tu fuego?… ¡¡¡Míranos!!!  Nosotros vamos a la Vida y tú vas hacia el Infierno, donde te espera Satanás y la Muerte Eterna…

Daniel, el joven que tan gravemente hiriera la noche anterior, ha hablado fuerte y sonoro. Luego eleva su hermosa voz en un canto, al que se unen los demás ajusticiados:

¡ALELUYA!

Los Cielos cantan las Obras del Señor

Y proclama el firmamento

Las Obras de sus Manos

¡Qué bueno es cantar a Dios!

¡Qué agradable y delicioso el alabarle!

Reconstruye el Señor Jerusalén

Reúne a los desterrados de su Pueblo

Sana los corazones destrozados

Y venda sus heridas.

Él cuenta las estrellas una a una

Y llama a cada una por su nombre

Grande es nuestro Dios, todo lo puede

Nadie puede medir su Inteligencia.

Tiende el Señor su Mano a los humildes

Pero humilla hasta el polvo a los impíos

Entonen a Jesús la acción de gracias

En honor a nuestro Dios toquen el arpa.

Porque Él viste los Cielos con sus nubes

Y prepara las lluvias de la Tierra

Hace brotar el pasto de los cerros

Y las plantas que al hombre dan sustento.

¡Glorifica al Señor Jerusalén y a

Jesús ríndele honores, Pueblo amado!

Los reyes de la Tierra y todas las naciones

Príncipes y gobernantes de la Tierra

Jóvenes y doncellas,

Los ancianos junto con los niños

Alaben el Santísimo Nombre de Jesús.

Solo su nombre es sublime

Su Majestad se eleva

Sobre la Tierra y el Cielo

Y ÉL ha dado a su Pueblo Gloria.

Esta es la alabanza de su Pueblo

De los hijos de Dios

Que el Padre ha elegido

¡Amén! ¡Aleluya!

Canten al Señor un canto nuevo

Alábenlo en la Asamblea de sus santos

Alégrese su Pueblo en su Creador

Que los hijos de Dios se alegren en su Rey

Porque Jesús ama a su Pueblo

Y viste de gloria a los humildes.

Alégrense los salvados en su gloria

Y griten de gozo en sus tronos…

¡Aleluya! ¡Grande es nuestro Dios!

¡Grande para siempre, mi Señor Jesús!

El canto resuena triunfal.

Nerón espolea sus caballos y sale disparado, dejando atrás a su séquito, tan estupefacto, como la multitud que lo rodea. Petronio, los contempla asombrado; pero hay en su mirada algo diferente…

Luego todos continúan la marcha, tratando de alcanzar a su emperador.

Y lo que había sido montado como un entretenimiento y diversión, para el pueblo romano y su César; se convirtió en un acontecimiento que va pasando de boca en boca, con un murmullo de admiración que hizo que muchos se detuvieran ante los postes donde flamean las teas humanas y se preguntasen llenos de sorpresa:

–           ¿Cómo es posible que fueran tantos los criminales? Y ¿Cómo entre ellos han sido ajusticiados, tiernos niños apenas capaces de caminar? y ¿Otros que ni siquiera han salido de la infancia estén en el suplicio, como incendiarios de Roma?

Y de la curiosidad pasan al asombro.

Y gradualmente se llenan de temor.

Miran a los mártires y no comprenden su forma de enfrentar, tanto los tormentos, como la muerte misma. ¡Jamás habían presenciado algo semejante!…

Nerón regresó a su palacio y se refugió en sus habitaciones. Se cambió de ropa. Nunca se ponía las mismas vestiduras dos veces. También cambió su collar de rubíes por otro casi igual. Se siente muy fastidiado…

Después de un rato, oyó llegar a su comitiva y se reunió con ellos, en el banquete de esa noche y que había tenido un preámbulo tan inesperado como desagradable.

El encuentro con los cristianos lo puso de mal humor. Pero lo disimuló con rapidez y se puso a presidir los festejos que habían sido organizados, para cerrar los Juegos de ese día.

La música, las flores, las viandas, el vino, los perfumes, las danzas… Nada logra distraerlo. Volvió a cantar su Troyada y a pesar de los atronadores aplausos y las aclamaciones, su ánimo no mejoró. En vano resuenan ahora en sus oídos, verdaderos himnos de alabanzas. En vano las vestales le besan su divina mano y Rubria reclinándose en su pecho, le manifiesta una delirante admiración; mientras le contempla con embeleso. Pitágoras y Esporo, no se cansan de alabarle su ‘genio’ de compositor.

Pero Nerón no está satisfecho y no disimula su fastidio. Además, le sorprende perturbándole al mismo tiempo, el silencio obstinado que guarda Petronio. Cualquier frase ingeniosa y lisonjera de sus labios, hubiera sido para él un gran consuelo.

Finalmente, incapaz de contenerse por más tiempo, el César lo llamó y lo invitó a que se sentara junto a él. Luego, cuando Petronio tomó la copa que el emperador le alargó, le ordenó:

–           ¡Habla!

El augustano contestó fríamente:

–           Guardo silencio,  porque no encuentro palabras. Te has excedido a ti mismo.

Nerón replicó impaciente:

–           Así me pareció a mí también. Sin embargo esa gente…

–           ¿Acaso esperas que esos ineptos sean capaces de comprender la poesía?

–           Es que tampoco han sabido apreciar justamente mis méritos.

–           Porque has elegido un mal momento…

–           ¿Cómo?

–           Cuando la ola de sangre obnubila el cerebro de los hombres, es imposible que no distraiga su atención.

Nerón apretó los puños y exclamó:

–           ¡Ah! ¡Esos cristianos!… Incendiaron Roma y ahora me injurian en mi arte ¿Qué nuevos castigos deberé inventar para ellos?

Petronio vio que sus palabras fueron contraproducentes al efecto que él pretendía. Así que para desviar la atención del César, se inclinó hacia él y le dijo al oído:

–           Tu canción es maravillosa, pero tengo que hacerte una observación: en el tercer verso de la cuarta estrofa, el metro deja algo que desear…

Nerón se ruborizó intensamente, como si lo hubieran sorprendido en un acto vergonzoso. Se dibujó una expresión de temor en su mirada y contestó en voz muy baja también:

–           Tú lo ves todo. Ya lo sé. Voy a rehacer ese verso. Pero creo que nadie más lo notó. Y tú no lo digas a nadie, si en algo estimas la vida.

Petronio contestó con fingida indignación:

–           Condéname a la pena capital. ! Oh, divinidad! Yo no te engaño y no le temo a la muerte.

–           No te enfades. Bien sabes que te amo.

–           Mala señal. –pensó Petronio.

–           Mañana después de la fiesta, voy a encerrarme a pulir ese maldito verso. Porque tal vez aparte de ti; lo pudo haber notado Séneca, Paris o Lucano. Pero pienso librarme pronto de ellos.

Entonces mandó llamar a Séneca y declaró que lo mandaba con Cluvio Rufio y Atico Vestinio a recorrer Italia y las demás provincias, en busca de dinero para terminar la reconstrucción de la ciudad y debía tomarlo de donde fuera y como fuese necesario.

Pero Séneca comprendió que el encargo de Nerón era solo una obra de rapiña, pillaje y sacrilegio. Y se negó rotundamente a participar.

–           Es necesario que me retire al campo, señor. A esperar allí la muerte, porque estoy viejo y mis nervios están muy enfermos.

Los nervios iberos de Séneca están más sanos y fuertes que los griegos de Prócoro. Su salud en general, está un poco quebrantada y ya es solo una sombra, del hombre que un día fuera. Sus cabellos han encanecido por completo.

El mismo Nerón al mirarlo, reconoce que no tendría que esperar mucho tiempo la muerte de aquel hombre. Y contestó:

–           No quiero exponerte a las fatigas de un viaje tan extenso, pero el afecto que siento por ti, me hace retenerte a mi lado. Así que en vez de ir al campo, te quedarás en tu casa y descansarás allí. Ya pensaré, a ver a quién mando.

Todos están encantados al ver que el César ha recuperado su buen humor y empieza a bromear como siempre. Y mirando a su alrededor, se queda viendo a Prócoro Quironio y éste se acercó diciendo:

–           Aquí estoy. ¡Oh, radiante hijo de Apolo! Me sentía mal, pero tú canto me ha restablecido.

–           Te voy a mandar a la Acaya. Tú sabrás hasta el último sestercio, cuanto hay en cada templo.

–           ¡Mándame, divinidad! ¡Y los dioses te pagarán un tributo superior a cuanto hayas tenido hasta ahora!

–           Bien quisiera. Pero no quisiera privarte de presenciar los próximos Juegos.

–           ¡Oh!…-suspiró Prócoro

Los augustanos rieron y exclamaron:

–           No señor. No prives a este valiente griego de admirar los juegos.

El griego suplicó:

–           ¡Oh, hijo de Apolo! Estoy escribiendo un himno en tu honor y desearía pasar unos días en el Templo de las Musas, para implorarles su inspiración.

Nerón exclamó muy divertido:

–           ¡Oh, no! Lo que quieres es escapar de los Juegos y no lo conseguirás.

–           ¡Te juro, señor, que estoy escribiendo un himno! –dijo Prócoro angustiado.

–           Entonces lo escribirás cuando puedas. Pide inspiración a Diana, después de todo, es hermana de Apolo.

Prócoro bajó la cabeza y miró con aire rencoroso a los presentes, que volvieron a reírse.

El César comentó:

–           ¿Sabéis que de los cristianos destinados para el día de hoy, apenas se dispuso de la mitad?

Haloto, gran conocedor de todo lo referente al Anfiteatro, meditó un momento y dijo:

–           Los espectáculos que se presentan sin armas y sin arte, duran más y son menos entretenidos.

–           Ordenaré entonces que les den armas. –contestó Nerón.

–           ¡Oh, divinidad! Si esto va a prolongarse y para evitar disturbios, sería conveniente llevar a los cristianos a los tribunales. Con el edicto que has decretado, por el hecho de confesarse cristianos, de negarse a sacrificar los dioses o a tu altar, divino César; podrán ser sentenciados sumariamente. Si se retractan de su Dios, su religión y aceptan sacrificar a nuestros dioses, otórgales tu perdón y así ya nadie podrá acusarte de crueldad o de que no eres generoso.

Nerón se queda pensativo unos momentos y luego, con su rostro iluminado con una gran sonrisa, dice:

–           ¡Estupenda idea! Encárgate de trasmitirla al senado. Te firmaré el ordenamiento de esa nueva ley.

–           De esta manera, los nuevos cristianos que sean arrestados, aunque sean de familias patricias, podrán ser condenados por crimen de lesa majestad.

–           Y todos los cristianos serán exterminados junto con su perniciosa religión, que está llena de criminales. –declara Nerón feliz, al ver su plan completamente redondeado con una nueva forma de lavarse las manos y poder desentenderse de tan enojoso asunto. Sabedor del carácter cruel y sanguinario de Haloto, agregó- A partir de hoy, tú te encargarás del exterminio de los cristianos y de la aplicación de las leyes contra ellos.

Petronio y Marco Aurelio se miran fugazmente.

Y la fiesta continúa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

70.- LAS PEQUEÑAS HOSTIAS


Los mártires saludan y se despiden de los que se quedan…

Gael, un jovencito se arrodilla para recibir la bendición de Mía, su madre. Después ella le dice con un suspiro:

–           Bendito tú que ascenderás con la corona del doble martirio… Bendíceme ahora tú a mí….

Gael se toca una de las heridas producidas por el zarpazo de un tigre y con su sangre hace lo mismo que Emma, una niña como de diez años que con su sangre como si fuera un crisma, marca una crucecita en la frente de Jennifer, su madre; a la que deja para marchar alegremente a la hoguera.

Nathan, abraza a los dos compañeros de armas. Y les dice:

–           Alegraos conmigo, voy a la conquista de un Reino eterno… Ojalá decidierais uniros a mí en la Fe y conozcáis la verdadera dicha de morir amando.

Jeffrey un anciano, besa a su hija moribunda y se aleja decidido.

Todos antes de salir obtienen la bendición del sacerdote Jonathan.

Los pasos que van a la muerte se alejan por el corredor…

Los que han sido comisionados para escoltar a los prisioneros, preguntan a los dos soldados:

–           ¿Os quedáis aquí vosotros?

Ellos contestan:

–           Sí. Nos quedamos.

–           ¿Por qué? Es… peligroso. Esta gente corrompe a los ciudadanos fieles.

Ambos soldados se encogen de hombros.

Y los intendentes se van, al mismo tiempo que penetran los fosores con sus camillas para llevar afuera a los muertos.

Se produce un poco de confusión, porque junto con los fosores, han entrado también los parientes de los muertos y los moribundos, produciéndose lágrimas y adioses que se cruzan unos y otros.

Los dos soldados aprovechan esta circunstancia para decirle a un niño:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Kevin.

–           Fíngete muerto y te pondremos a salvo.

Kevin los mira con una infantil severidad y les dice:

–           ¿Traicionaríais vosotros al emperador poniéndoos a salvo mientras él puso su confianza en vosotros para su gloria?

Los dos militares contestan al mismo tiempo:

–           ¡Niño!…

–           Ciertamente que no.

–           Pues tampoco traiciono yo a mi Dios, que murió por mí en la Cruz.

Los dos soldados se miran verdaderamente estupefactos y se preguntan:

–           ¿Pero quién les infunde tanta fortaleza?

Y después, con el codo apoyado en la pared, para sostenerse la cabeza, continúan observando meditabundos…

Regresan los intendentes con esclavos y camillas y dicen:

–           Aún son pocos para la hoguera. A ver… los menos heridos que puedan sentarse.

¡Los menos heridos!…

Quién más, quién menos, todos están agonizando y ya no pueden sentarse, pero las voces suplican:

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo! Con tal de que me llevéis…

Escogen otros once…

Louanne, una joven que fue triturada por la boa, suspira:

–           ¡Dichosos de vosotros!

Samantha; otra que agoniza después del ataque de una pantera le dice a otra que estaba junto a ella y con la que una leona solo jugó:

–           ¡Ruega por mí, Rosalía!

Marlon, un jovencito  dice a otro que destrozó un leopardo:

–           ¡Adiós, Christopher!

Jerónimo dice, besando a Matilda:

–           ¡Madre, acuérdate de mí!

–           ¡Nos encontraremos en el Cielo!

Y corre jubiloso hacia la salida.

Mariana se despide de Lorenzo, un joven que agoniza por el ataque de un león:

–           ¡Hijo mío, cuando estés en el Cielo, llama pronto a mi alma!

Carolina le dice a Ian:

–           ¡Esposo mío, que la muerte te sea dulce!…

Y sale feliz al encuentro con el fuego…

Se entrecruzan los saludos y las despedidas.

Y los intendentes se llevan las camillas…

El sacerdote Jonathan, que se encuentra lívido y a punto de morir, hace acopio de todas sus fuerzas para decir:

–           Sostengamos a los mártires con nuestra plegaria y ofrezcamos el doble dolor de los miembros y del corazón que se ve excluido del martirio, por ellos. Pater Noster…

Apenas ha concluido la Oración sublime, cuando llega Mauricio corriendo jadeante y al ver a los dos soldados se para en seco y contiene el grito que ya estaba a punto de salir de sus labios.

Los dos legionarios le dicen:

–          Puedes hablar, hombre; que no te traicionaremos.

–           Nosotros, soldados de Roma, pretendemos ser soldados de Cristo.

Jonathan exclama:

–           La sangre de los mártires fecunda la gleba.-Y dirigiéndose a Mauricio, le pregunta-¿Traes los Misterios?

Mauricio responde:

–           Sí. He podido dárselos a los otros, momentos antes de que se los lleven a la hoguera. ¡Helos aquí!

Los soldados contemplan admirados la bolsa púrpura que el otro extrae de su seno.

Jonathan grita:

–           ¡Soldados! Vosotros que os preguntáis dónde encontramos la fortaleza: ¡Aquí la tenéis! ¡Éste es el Pan de los fuertes! ¡Éste es el Dios que entra a vivir en nosotros! Este…

Lo interrumpe el grito de Grace, anhelante ante los espasmos del ahogo final:

–           ¡Pronto! ¡Pronto, padre que me muero!… Dame a Jesús… Y moriré feliz…

Jonathan se apresura a partir el Pan, para dárselo a la jovencita, que después de recibirlo se recoge quieta, cerrando los ojos.

Fabio suplica:

–           A mí también… Y después llamad a los criados del Circo. Yo quiero morir en la hoguera... –borbollea un niño como de seis años, que tiene la espalda lacerada y rasgada la mejilla desde la sien hasta el cuello que sangra abundantemente…

Jonathan pregunta:

–           ¿Puedes tragar?

–           ¡Puedo! ¡Puedo!… No me he movido, ni hablado para no morir… Antes de recibir la Eucaristía. La esperaba… Ahora…

El sacerdote le da una miguita del Pan Consagrado, que el niño trata de tragar sin conseguirlo…

Uno de los soldados se inclina compasivo y le sostiene la cabeza. Mientras el otro, habiendo encontrado en un rincón un ánfora que contiene todavía un poco de agua, procura ayudarlo a tragar, instilándole el agua en los labios, gota a gota.

Mientras tanto Jonathan parte las Especies que distribuye a los que tiene cerca y después, les suplica a los soldados que lo transporten para distribuir la Eucaristía a los moribundos…

Por último, hace que le vuelvan a poner en el lugar donde estaba y dice:

–           Que nuestro Señor Jesucristo os recompense por vuestra piedad.

El pequeño Fabio que se esforzaba por tragar las Especies, sufre un ahogo y se agita…

Uno de los soldados lo toma compadecido entre sus brazos, más al hacerlo, un borbotón de sangre, brota de la herida del cuello, bañándole la lóriga reluciente.

–           ¡Mamá! ¡El Cielo! Señor… Jesús… –el cuerpecito se abandona y el niño expira.

Los soldados exclaman:

–           ¡Ha muerto!

–           ¡Y sonríe!…

–           ¡Paz al pequeño Fabio! –dice Jonathan, que va palideciendo siempre más.

–           ¡Paz! –suspiran los moribundos.

Los dos soldados hablan entre sí…

Después, uno de ellos dice:

–           Sacerdote del Dios Verdadero, termina tu vida admitiéndonos en tu milicia.

Jonathan responde fatigosamente:

–           No en la mía… sino en la de Jesucristo… Más… no es posible… porque antes… hay que ser… catecúmenos.

Ellos objetan:

–           No. Porque sabemos que en caso de muerte, se puede administrar el Bautismo.

El anciano jadea:

–           Vosotros… estáis… sanos…

Los dos replican:

–           Nosotros estamos a punto de morir, porque… Con un Dios como el vuestro, que os hace santos, ¿A qué continuar sirviendo a un hombre corrompido?…  Nosotros queremos la gloria de Dios. Bautízanos. Yo soy Fabio como el pequeño mártir y mi compañero es Nathan, como nuestro glorioso compañero de armas…  Y enseguida volaremos a la hoguera. ¿Qué valor puede tener la vida del mundo, una vez que hemos comprendido vuestra vida?

El sacerdote suspira y dice:

–           Ya no hay agua… ni líquido alguno… –Jonathan se queda quieto y pensativo, como si oyera una voz interior. Y luego, formando un hueco con su mano trémula, recoge la sangre que gotea de su atroz herida y ordena- ¡Arrodillaos!… Fabio, yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Nathan, yo te bautizo, en el Nombre del Padre. Del Hijo y del Espíritu Santo… El Señor esté con vosotros… Para la Vida… Eterna… Amén…

Al decir estas palabras…  los ha aspergeado con su sangre.

Cuando la Oración termina, el sacerdote también ha terminado su misión de sufrimiento y su vida… Ha muerto.

Los dos soldados lo contemplan… Luego observan por algún tiempo a los que van muriendo lentamente… serenos y sonrientes en medio de su agonía… Arrebatados por el éxtasis Eucarístico.

Luego Nathan el mayor, dice al otro:

–           Vamos Fabio… ¡No esperemos ni un momento más! ¡Con tales ejemplos, es segura la Vida! ¡Vamos a morir por Cristo!

Y marchan veloces por el corredor, al encuentro del martirio y de la gloria.  Cuando llegan a donde están los otros cristianos reunidos para ser conducidos a la hoguera, también ellos reciben de manos del diácono Máximo, el Pan de los ángeles y experimentan por primera vez, la sensación sublime de tener a Dios dentro de sí.

Nathan oye la confesión de Fe de sus antiguos camaradas y su sonrisa se vuelve más radiante al exclamar:

–           ¡Alabado sea Jesucristo! Vamos a pelear el Combate Final…

En la estancia que acaban de abandonar, los gemidos se van haciendo cada vez más tenues y escasos…

En el circo, todos los espectadores guardan silencio y escuchan atentos porque Nerón está cantando su Troyada…

Simultáneamente, en otro vasto salón en los subterráneos del Circo, donde la luz entra a duras penas por dos pequeñas aberturas al nivel del suelo y que sirven para que también entre el aire. Están los prisioneros cristianos que han traído de las cárceles para completar el espectáculo.

Son personas de todas las edades y condiciones sociales. El lenguaje es pronunciado con variación de estilos, según sean patricios o esclavos. Y mezclado al latín vulgar, se oye el griego, español, tracio, etc.

Pero si diferentes son los trajes y los acentos; los espíritus son iguales y están unidos por la Caridad. Ellos se aman sin distinción de raza o de nación. Se aman y buscan servir y ser de ayuda, unos para otros.

Los patricios de ricos vestidos, cuidan de los pobres, vestidos humildemente. Los más fuertes ceden los puestos más secos o menos incómodos, a los más débiles. Y los abrigan con sus vestidos y togas, permaneciendo ellos con la túnica corta que cubre el pudor.  Usan togas y mantos para hacer con ellos colchones, almohadas o para cubrir a los enfermos que tiemblan por la fiebre, o están heridos por las torturas.

Los más sanos cuidan a los más enfermos, dándoles de beber con amor un poco de agua o vendando las heridas con pedazos de tela arrancados a sus vestidos… Curando los miembros dislocados y lacerados. Mojando las frentes, ardientes por la fiebre. Y de vez en cuando, entonan en un canto suave, el Pater Noster y los salmos que hablan de amor y de esperanza…

Un niño gime en la semioscuridad y el canto se suspende…

Dimitry pregunta:

–           ¿Quién llora?

Stanislao,  contesta:

–           Es Cástulo. La fiebre y la quemadura no lo dejan descansar. Tiene sed y no puede beber, porque el agua lastima sus labios quemados por el fuego.

Georgiana, una patricia de aspecto imponente y voz suave, dice:

–           Aquí hay una madre que ya no puede darle la leche a su pequeño.

El sacerdote Pawel ordena:

–           Lleven a Cástulo con  Plautina.

Se levanta Stefan, un fornido hombre moreno y lleva con gran cuidado entre los brazos al niño de siete años, que está vestido con una tuniquita recamada de finas grecas, sucia y manchada de sangre.

Plautina se sienta en una piedra adosada a la muralla, que el anciano Matthew le cede…  Y se acomoda de tal forma que el niño pueda estar cómodo en sus brazos. Luego dice al portador del pequeño mártir:

–           Dámelo Stefan. Y que Dios te lo recompense.

Cuando Stefan lo deposita con mucho cuidado, queda al descubierto el rostro totalmente quemado del pobre niño martirizado. Cástulo es el hermoso chicuelo que consolara a Marco Aurelio en el Tullianum y después que lo suspendieran sobre las parrillas en el Circo,  ahora se ve monstruoso…

Sólo unos pocos cabellos quedan detrás de la cabeza. Adelante, la piel ha desaparecido por el fuego. No más frente, ni mejillas, ni nariz. Toda la carne es una viva tumefacción. Parece  como si la hubiera corroído un ácido. En el lugar de los ojos están dos llagas horripilantes y los labios son otra llaga que forma un agujero deforme. Este es el resultado de haberlo tenido inclinado sobre las llamas, únicamente con el rostro; porque la quemadura termina bajo el mentón…

Plautina se abre la túnica y hablando con el amor de una verdadera madre, se exprime su redonda mama llena de leche y hace destilar las gotas sobre los labios del pequeño que no puede sonreír, pero que le acaricia la mano para mostrarle su alivio.

Y luego, después de haberlo saciado; hace caer más leche sobre el pobrecito rostro, para medicarlo como si fuera un bálsamo.  Es sangre de madre convertida en alimento y que da el amor por otra, que ha perdido a su hijo…

Plautina los ha perdido a todos… sus siete hijos y su esposo murieron martirizados en la arena, prácticamente repartidos en todas las formas de suplicio. A ella no la tocaron las fieras, porque ya se habían hartado…

El niño no gime más. Refrescado, calmado su sufrimiento y arrullado por la mujer, se adormece respirando afanosamente. Plautina parece una madre dolorosa, tanto por la postura, como por la expresión. Mira al pequeño como si fuese verdaderamente su criatura y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Gira la cabeza hacia atrás, para impedir que caigan sobre aquella carita que está totalmente quemada.

El canto se reanuda, dulce y melancólico…

La voz de Killian, otro sacerdote;  interrumpe en el fondo de aquel lugar…

–           Nos acaban de avisar que Fabio ha muerto. Oremos…

Todos dicen el ‘Pater Noster’…

Cuando terminan;  el anciano Joao exclama:

–           ¡Fabio es feliz!  Él  ya ve a Cristo…

Antonio le contesta:

–           Nosotros también lo veremos Joao e iremos a Él con la doble corona: la de la Fe y la del martirio. Seremos como renacidos sin sombra de mancha, porque los pecados de nuestra vida pasada serán lavados también con nuestra sangre. Pecamos mucho, nosotros que fuimos paganos por largos años. Y es muy grande que a nosotros venga el júbilo del martirio, para hacernos nuevos y dignos del Reino.

Otra voz muy conocida, retumba:

–           ¡Paz a vosotros, hermanos!

Muchas voces contestan:

–           ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Bendito seas!

Mucho movimiento sobreviene entre la multitud. Sólo Plautina se queda inmóvil, con su preciosa carga sobre su regazo.

–           ¡Paz a vosotros! –repite el apóstol. Y se mete hasta el centro- He venido a vosotros con Artyom y Alexander, para traerles la Vida.

Hugo pregunta:

–           ¿Y el Pontífice?

Pablo contesta:

–           Él les manda su saludo y su bendición. Está vivo por ahora… él quería venir; pero Joaquín, William y Amine, nos avisaron que lo están buscando y es conocido por los guardias. Por eso vengo yo, que soy menos notorio y ciudadano romano. A él debemos protegerlo en las Catacumbas. Hermanos, ¿Qué nuevas me tenéis?

Adam contesta:

–           Fabio ha muerto.

Noha agrega.

–           Cástulo ha sufrido el primer martirio.

Sienna dice:

–           Jade ha sido conducida a la tortura.

Johanna  informa:

–           A Franco y a Aidan los han transportado con Lars y sus hijos… No sabemos a dónde…

Pablo responde:

–           Oremos por ellos. Vivos o muertos, que Cristo dé a todos su paz…

Y Pablo, con los brazos abiertos en Cruz, ora. Está vestido como un siervo, con una vestidura corta, oscura y con un pequeño manto con capucha, que para orar, se ha echado para atrás. A su espalda están Artyom y Alexander, vestidos como él. Son muy jóvenes. Terminada la Oración, Pablo dice:

–           ¿Dónde está Cástulo?

Noha responde:

–           En el regazo de Plautina, allá en el fondo.

Pablo aparta a la multitud y se acerca al grupo. Se inclina y observa…  Bendice al niño y a la mujer. El niño despertó con los gritos que saludaron al Apóstol y levanta una manita, buscando tocar a Pablo, el cual la toma entre las suyas y le habla con dulzura:

–           Cástulo ¿Me escuchas?

El niño responde con fatiga:

–           Sí.

–           Sé, fuerte, Cástulo. Jesús está contigo.

Cástulo se lamenta:

–           ¡Oh! ¿Por qué no me lo habéis dado? ¡Ahora ya no puedo más! –y una lágrima brota entre aquellas llagas.

Pablo lo consuela:

–           No llores, Cástulo. ¿Puedes ingerir aunque solo sea un pedacito? ¿Sí?… ¡Bien! Te daré el Cuerpo del Señor. Después iré con tu mamá a decirle que Cástulo es una flor del Cielo. ¿Qué debo decir de tu parte a tu mamá?

–           Que soy feliz. Que he encontrado una mamá que me da su leche. Que los ojos ya no hacen más mal. ¿No es mentira decirlo, verdad? Es para consolar a la mamá. Y que yo estoy viendo el Paraíso y el lugar suyo y el mío, mejor que si tuviera los ojos todavía vivos. Dile que el fuego no hace daño, cuando los ángeles están con nosotros. Y que no tenga miedo, ni por ella ni por mí. El Salvador le dará fuerza. ¡Jesús es tan Bueno!

–           ¡Bravo, Cástulo! Le diré a tu mamá tus palabras. Dios ayuda siempre. ¡Oh, hermanos! ¡Y lo veis! Este es un niño. Tiene la edad en que no se puede soportar un pequeño malestar. Y vosotros lo veis y lo habéis escuchado. Él está en paz. Él está dispuesto a sufrirlo todo, aún después de haber padecido tanto, para ir hacia Aquel que él ama y que lo ama. Porque es uno de aquellos que Él amaba: un niño…

Y éste es un héroe de la Fe. Tomen el coraje de este pequeño, hermanos. Ustedes saben que yo me hago pasar junto con éstos como sepulturero, para poder recoger cuantos más cuerpos podamos y depositarlos en suelo santo. Por eso vivo junto a los tribunales y veo cómo viven los presos en el Circo y observo todo. Y me consuelo al pensar que yo también en mi hora, cuando Dios la reclame, seré por Él sostenido, como los santos que nos han precedido.

Hoy regresé de llevar al cementerio a Fátima, hija de Florián y de Valeria, no tenía más que catorce años y ustedes saben que estaba débil de salud. Con todo, ayer fue una gigante frente a los tiranos. El despecho de Nerón la torturó de muchas formas: lanzada, suspendida, estirada, desgarrada. Y siempre sanaba por Obra de Dios y siempre resistió a todas las amenazas. Ahora ella está en la Paz. ¡Valor hermanos! También a ella la nutrí con el Pan Celestial. Y con el sabor de aquel Pan, ella caminó a su último martirio. Ahora os daré también a vosotros aquel Pan, para que sea día de fiesta sobrenatural para vosotros. El Circo os espera… ¡Y NO TEMÁIS! En las fieras y en las serpientes ustedes verán apariencias paradisíacas, porque Dios cumplirá para vosotros este milagro. Las fauces y las roscas les parecerán abrazos de amor. Las llamas, rocío matinal. Los rugidos y los silbidos serán voces celestiales y como Cástulo, veréis el Paraíso, que ya desciende para recogerlos en su felicidad.

Todos los cristianos menos Plautina, se han arrodillado y cantan…

Mientras ellos cantan, han entrado también unos soldados romanos y los carceleros que al mismo tiempo que participan, montan guardia para que no entren personas enemigas. Y el canto se eleva, dulce y armonioso:

Como anhela la cierva

Estar junto al arroyo

Así mi alma desea, señor Jesús

Estar contigo.

Sediento estoy de Dios

Del Dios que me da la Vida

¿Cuándo iré a contemplar

El Rostro de mi Señor?

Lágrimas son mi pan

Noche y día

Cuando oigo que me dicen:

¿Dónde quedó tu Dios?

Yo me acuerdo y mi alma

Dentro de mí, se muere

Por ir hasta tu Templo

A tu casa, mi Señor y  Dios.

¿Qué te abate alma mía?

¿Por qué gimes en mí?

Pon tu confianza en Dios, que aún le cantaré

A Jesús. A mi Dios Salvador.

Pablo se prepara para el Rito y dice a Cástulo:

–           Tú serás nuestro altar ¿Puedes detener el cáliz sobre tu pecho?

–           Sí.

Extiende un lino sobre el cuerpecito del niño y sobre el lino apoya el cáliz y el pan. Y la Misa es celebrada para los mártires, por Pablo y los dos sacerdotes que lo acompañan. El lino palpita sobre el pecho de Cástulo, el cual por orden de Pablo, tiene entre sus dedos la base del cáliz, para que no se caiga…

Cuando Pablo hace la consagración, un temblor de sonrisa se dibuja sobre el rostro llagado del pequeñín y después la cabeza cae con una pesadez de muerte.

Plautina se estremece pero se domina…

Pablo prosigue como si no notase nada. Pero cuando toma la hostia para darle al pequeño mártir, un fragmento…

Plautina le dice:

–           Está muerto.

Pablo se paraliza por un momento y luego le da a ella, el fragmento destinado al niño que ha permanecido con los deditos cerrados alrededor de la base del cáliz, en la última contracción.

Y ellos le tienen que desprender para poder tomar el cáliz y darlo a los demás. Después de distribuida la Comunión, la Misa termina.

Pablo se despoja de los vestidos y pone todo lo que ocupó en la Misa, en una bolsa que lleva bajo el manto.

Después declara:

–           Paz al mártir de Cristo. Paz a Cástulo santo.

Y todos responden:

–           Paz.

Pablo dice:

–           Ahora lo llevaré a otro lugar. Denme un manto para envolverlo. Lo llevaré sin esperar la noche. Al anochecer vendremos por Fabio. Las pequeñas hostias que se consagraron juntas, han partido juntos al cielo también… Pero a éste lo llevaré como a un niño dormido. Adormecido en el Señor.

Jack, uno de los soldados da su clámide y allí depositan a Cástulo. Lo envuelven y Pablo lo toma en brazos, como si fuera un padre que lleva a otro lugar a su hijito dormido…  Con la cabeza sobre la espalda paterna.

Pablo se despide:

–           Hermanos, la Paz sea con vosotros y acuérdense de mí, cuando estéis en el Reino…

Y se va bendiciendo…

Un poco después, llegan los intendentes del Circo, para llevarlos a completar el espectáculo de aquella noche en que a los ojos del mundo, es el triunfo de la Hora de las Tinieblas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

69.- LA VIDA Y LA EXISTENCIA


En la Puerta del Cielo se escucha la voz clara y potente. Es el anciano Pontífice, que dice:

“El hombre cae en un error al considerar lo que es la vida y lo que es la muerte. Una cosa es la vida y otra la existencia. La existencia comienza al nacer: se alimenta, respira, se mueve y obra; se considera la muerte como la cesación de todos estos impulsos y al despojo que es enterrado en un sepulcro.

La vida empieza cuando el alma es creada en Dios y baja a habitar una carne. Y tiene fin, cuando el pecado la mata.

El hombre era la perfección de lo creado. Tenía de ángel, el alma y de Dios el hálito divino: el espíritu. Del animal, la perfecta belleza en todas sus partes: la física y material. Y las pasiones en lo moral. No hay criatura igual. Era el Rey de la Tierra. La Gracia de Dios estaba en él y poseía las magníficas potencias e los instintos, totalmente sometidos a la soberanía del espíritu. Su muerte debía ser un dulce sueño sobre la Tierra, con un despertar bienaventurado como rey, con el Padre, en el Cielo.

El hombre existe teniendo la imagen de hombre. Pero cuando mata la vida en el alma, se convierte en un sepulcro ambulante, en el que se pudre la vida…

El alma muere a su destino celestial, pero sobrevive a su castigo.  Los hombres se arruinan por las cosas terrenas. Se condenan, se matan, se perjudican en miles de formas, por cosas caducas que no valen la pena, pero que son grandes solamente, ante el pequeño pensamiento terrenal que valora lo terreno.

La muerte es una desgracia por cuanto al dolor que causa la separación de un ser querido. Pero la muerte es el Misterio que revela nuestro origen y la vida es el escenario que esconde este misterio. Un escenario vacío en el cual, cada quién traza lo que quiere. El justo no se acerca a la muerte, cuando vive auténticamente la Doctrina Cristiana y lleva dentro de sí, la Divinidad trasmitida por Jesús.

Se quita a la muerte su horror, cuando se hace de la vida una moneda para conquistar la Vida Eterna.

El hombre fue creado para el Cielo. Ésta que vivimos sobre la Tierra, es la jornada mortal. Ésta es solamente la formación de nuestro ser futuro de ‘Vivientes Eternos’: La existencia humana es la gestación que nos forma para darnos a luz, en el Reino de la Luz.

Jesús nos ama tal como somos. Él solo espera nuestro arrepentimiento. Y su Amor misericordioso sigue resucitando a los muertos, mientras todavía hay tiempo. Todo el que invoca el Nombre de Jesús con Fe, humildad y amor, Él acude inmediatamente porque es El Salvador.

La muerte es un justo decreto que pesa sobre todos los mortales y no debe ser motivo de angustia, más que para los que no creen y están cargados de culpas. En el Cielo no cuentan los años vividos, sino la intensidad y el modo como se vivieron.

La existencia, es la vida terrenal.

LA VIDA TERRENAL ES PRUEBA.

La vida terrenal es destierro del Cielo y es una prueba con relación a la eternidad. La existencia: la vida en el tiempo, por más larga que sea es menos que un instante. Así como la tierra es menos que un punto invisible en el espacio, con relación al Universo. Cualquier golpe por duro que sea, es una prueba para darnos una enseñanza.

No se puede pretender vivir sin respirar el aire, aunque esté contaminado. No se puede pretender superar la prueba de la vida humana, sin sufrir todas sus consecuencias; que son inevitables desde que el hombre se rebeló contra Dios.

En realidad, todo lo que circunda al hombre en la tierra es una continua llamada, ya sea de la vida o de la muerte. El hombre es la más perfecta e importante de todas las criaturas. Y solo en él hay cosas que no hay en las demás criaturas que lo rodean:

1°- LA ASPIRACIÓN A LA INMORTALIDAD.

La muerte le repugna y no quisiera morir…

Esta repugnancia no se encuentra en los seres inferiores, ¿Por qué? Porque el hombre fue creado con plenitud de vida. Y la muerte no es sino consecuencia de su rebelión a Dios. Esto es un hecho transitorio que el hombre lleno de Gracia intuye y cree… Intuición que es transformada en FE. Fe que hace huir todo temor y muchas veces, verdadero terror de quién oscurecido por la concepción materialista de la vida, no ve más allá de la tumba, más que el Abismo pavoroso de la NADA. Éstos suelen decir: ‘Más allá de la tumba, hay solo silencio…’

2°- LA ASPIRACIÓN A LA FELICIDAD.

Este deseo de felicidad es vivo y ardiente en el ser humano…

La busca por doquier. Tanto, que la experiencia de todas las generaciones que le han precedido, no es suficiente para convencerlo de que la felicidad para la que ha sido creado, no la puede encontrar en la tierra.

En vano los hombres la buscan en la tierra, porque el hombre ha sido creado para una felicidad que ninguna cosa terrena puede dar. Y esa hambre insaciable, es de felicidad celestial…

Es la felicidad eterna de la que se siente anhelo. Es la felicidad de poseer a Dios: LA PLENITUD DE ADORACIÓN SACIADA TOTALMENTE. El Amor y la alegría poseídos en tal forma, que en la tierra no es posible tenerlos sin morir, como consecuencia de la limitada capacidad humana.

3°- LA NECESIDAD DE LA PAZ.

El hombre busca la Paz. Necesidad que no puede ser satisfecha en la Tierra, porque esta paz que él anhela, no existe en nadie igual a él o alrededor de él. La Bondad y la Paz, son uno de los principales atributos de Dios. Jesús es el Príncipe de la Paz. Él ha traído la Paz…

Y si nosotros no tenemos Paz, es por la perversidad humana, que prefiere el Mal al Bien; el delito a la santidad; la sangre al espíritu. Dios es Paz. La paz es un consuelo sobrenatural en la tierra. La Paz es el Mismo Dios.

Y es una de las cosas más bellas que puede experimentar el alma. Y por eso Él nos enseñó a saludar a los cristianos, con el saludo con que Él Mismo saludaba… “ Que la Paz del Señor esté contigo..”

Dios es Luz, Dios es Paz, porque Dios es Amor. Cuando no amamos, no podemos sentir su Paz.

Y la vida es una prueba personal en la que la criatura deberá rendir cuentas de sus personales actos. Toda criatura humana deberá responder ante Dios de lo que hizo con el Don de la Vida. Porque la muerte no interrumpe o destruye la vida. Continúa activa en el más allá, tanto en el Bien como en el Mal.

Para los elegidos, la perfecciona…

Sucede como el forastero que llega a otra ciudad para él desconocida. Y pasea por las calles distraído por las grandes novedades que va encontrando. Y los problemas de su vida, vuelven a su memoria. Así es para el que llega al Paraíso.

No es que inicie una nueva vida, sino que recuerda las cosas de su vida terrena y las ve, bajo una luz totalmente diferente y con un perfil nitidísimo. Por esto mismo, el interés por las cosas terrenas se ve totalmente modificado por la nueva situación. Afectos e intereses son vistos con el Conocimiento Total.

La realidad de los acontecimientos humanos adquieren toda su pavorosa visión. Bastaría con que solo por un instante, todos los hombres en su camino por la tierra pudieran tener una visión del mundo como es visto desde allá; para que se verificara un cambio radical en las amargas y tristísimas realidades que todos viven…

Pero esto no puede ser posible. Porque la vida en la Tierra es prueba. Y ya no sería prueba si sucediera algo así.

LA FE PERDERIA SU RAZON DE SER.

El orden de la vida humana es que a una carne se funda un espíritu, para volver al hombre igual a Dios, el Cual no es carne, sino Espíritu. No animal, sino sobrenatural. Cuando la carne muere, en el anochecer de su vida terrenal; es despojada de su revestimiento para desaparecer en la nada de la cual fue extraída. Y el espíritu retorna a su origen para continuar su vida, según como la haya elegido el hombre en su destino eterno:

Feliz y dichoso, si está vivo. Condenado, si está muerto por haber hecho de la carne su reina; en lugar de hacer de Dios, el Señor y la vida de su espíritu.

LA VIDA ES PRUEBA.

¿En qué consiste esta Prueba?

Está dividida en tres partes:

1°- Es Prueba de Fe.

En la aprobación y recepción de la fe. Sin la fe, es imposible agradar a Dios. Por esto; si no se cree, no hay salvación. CREER.

Creer firmemente en las verdades y misterios revelados. Creer en la autoridad de Dios Revelador. Creer en las Palabras del Verbo de Dios. Creer en la Ley que no cambia y no puede cambiar nunca. Y a la que nadie puede desfigurar, mutilar o alterar. Sin provocar la Ira y el Castigo Divinos.

Creer en los Sacramentos de salvación contenidos en la Iglesia…

2°- Prueba de Humildad y de Obediencia.

Exigidas por la Omnipotencia Divina. Consiste en que el hombre reconozca que Dios es Supremo Señor y Dueño de Todo y de todos. Y que a Él se le debe completa sumisión. Plena y absoluta Obediencia a su Voluntad y a su Ley.

3°- Prueba de AMOR.

Es exigida por la Misericordia Divina y en ella se encierra TODO.

Correspondiendo Al Infinito Amor de Dios, amándolo con todas las potencias de nuestro ser. Aceptamos la racionabilidad y cumplimos perfectamente las primeras dos partes. Los cristianos en el Bautismo, recibimos la Gracia santificante: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Virtudes inseparables e indivisibles. Y con el Amor, LA CAPACIDAD DE AMAR. Y consiguientemente: LA DE SERVIR Y OBEDECER.

Amando A Dios con todas las fuerzas, no es posible dejarse influenciar por la vanidad, la falsedad, los espejismos, las lisonjas y las insidias del mundo. Este amor da la claridad para ver, como la vida humana es como una flor que se abre por la noche y se marchita al día siguiente. El Amor nos atrae y nos mueve hacia Él y Él se mueve hacia nosotros.

Del encuentro surgen efectos maravillosos y estupendos para el que decide amarlo y para las almas. Hay que amarlo hasta consumirnos por Él, igual que Él se ha consumido por nosotros. ESTA ES LA UNICA Y MARAVILLOSA RAZON DE NUESTRA EXISTENCIA Y DE NUESTRA VIDA.

Esta es la razón por la que hemos recibido el Don de la Existencia y Satanás no lo soporta. Por eso distorsiona la Misión y busca por todos los medios destrozar este propósito en todas las almas.

Dios ha creado al hombre libre y dotado de inteligencia, para poder discernir el Bien del Mal. Ha dado una voluntad soberana para que conociendo el Bien, se determine a Él como finalidad suprema de su vida. Dios no puede coartar la libertad, porque así nos convertiría en seres inferiores a los brutos, porque en las leyes que los rigen, también los ha creado libres. Los ciegos y los sordos voluntarios, comprenderán esto cuando sea demasiado tarde.

POR ESO HAY QUE IMITAR A CRISTO.

Ninguno fue más probado que Él. Ninguno como Él conoció la soledad, la incomprensión, el abandono. Desde aquellos celestes a los humanos. Ninguno padeció todos los dolores de toda especie, desde que abrió los ojos en la Gruta de Belén.

Dolores que fueron aumentando en amargura e intensidad; pero Él nunca reprochó al Padre por este océano de Dolor que lo circundaba. Cuando la vida terrenal es considerada y valorada como ‘PRUEBA’ de Fidelidad a la Fe; Fidelidad a la Ley y Fidelidad al Amor; la conclusión de esta Prueba, es el Juicio de Dios, del que nadie al igual que de la Muerte, puede escapar.

LA VIDA ES UN DON.

La vida siempre es de Dios. Él la ha dado y el hombre lo olvida con facilidad. Y se olvida de agradecerlo.

La Hora terrenal es solo un instante frente a la Eternidad. Y sobre esto quiere hacernos reflexionar la enfermedad…

Y hacia este fin debe dirigirse la Vida, después de recuperar la salud…

Hay que ocuparse de dar a lo que no muere, una jornada de paz. Si se reflexionara en esto, cuantas presas perdería el Infierno…

Pero por costumbre se hace mal uso de la salud que Él concede y de los años que agrega a la existencia para este fin…

La deshonestidad no consiste solamente en robar, mentir y perjudicar al prójimo. Es deshonestidad defraudar a Dios, de aquel respeto amoroso, que es deber del hombre hacia su Creador. Es deshonestidad usar sus dones para actos malvados. Todos sus dones y especialmente el Don de la Vida.

Se  hace mal uso de la vida que el Padre ha dado. Se hace mal uso del cuerpo en el cual alienta el alma. Templo reservado a Dios en el cual reside la mente que debería ser dirigida a comprender la Ley de Dios. Así como el corazón debería ser ocupado en amarla y practicarla.

LA VIDA ES UNA GUERRA.

Satanás es la cabeza de sus pérfidas y malvadas legiones. Habiendo perdido su desafío lanzado contra Dios, juró desde lo más íntimo de su ser, Odio y Guerra a Dios y a la Obra de sus manos…

Después de haber ganado su primera gran batalla contra los primeros padres, la primera de una Gran Guerra sin cuartel. Batalla que aún está en curso y que no terminará hasta el fin de la vida del último hombre, en el Fin de los Tiempos.

Esta Guerra conducida con riqueza de inteligencia y de potencia, era del todo desproporcionada; pues entre la naturaleza angélica y la naturaleza humana, hay una gran disparidad de fuerzas y de inteligencia. Esto haría que la naturaleza humana, estuviera por siempre sometida a una extremadamente bárbara tiranía y sin la más mínima esperanza de resistencia alguna, ni en el tiempo, ni en la eternidad.

Toda la Humanidad se había hecho culpable, porque potencialmente, toda estaba en Adán y Eva. Y los hombres en lo personal, tanto en el tiempo como en la eternidad, habrían debido sufrir atrozmente por una culpa de la que personalmente, no eran responsables. Y esto repugnó a la Infinita Justicia Divina. Y por eso, Ella decretó el Misterio de la Encarnación y Redención Humana.

Dios es un Padre Amorosísimo…

Y cuando la jornada terrena del hombre fue convertida por Satanás en una lucha cruel; para que esta gran guerra no fuera dispareja y el hombre no estuviese solo, Dios puso a su lado a un ángel suyo, un Ángel Guardián. Siempre dispuesto y listo para intervenir cada vez que le sea solicitado.

Desgraciadamente la incredulidad hará que muy pocos recurran a él. ¡Cuántas veces el Ángel Custodio está obligado a la pasividad casi absoluta, a causa de esta incredulidad! Y cuantas veces se ven obligados a retirarse, para no asistir a la ruina que el hombre hace de sí mismo.

Dios como Padre Bueno y Amoroso, prepara a sus hijos para que emprendan este largo, tremendamente difícil viaje. Y en nuestro camino por la Tierra, avisando con anticipación las dificultades que el viaje conlleva y los peligros y obstáculos que encontraremos. Estas advertencias son precisamente porque Él no quiere que perezcamos, bajo las ruinas con las que Satanás sepulta todo lo que toca.

La tierra está envuelta en una marea de delitos, de blasfemias, de desobediencias a la Ley de Dios y el hombre naufraga en ella…

Los grandes y los pequeños cometen los mismos pecados…

Y esta es la Hora de la Potestad de las Tinieblas, que el hombre espontáneamente ha querido. Demasiada sangre se esparce sobre la Tierra por quienes han perdido hasta la noción más elemental del Bien y del Mal y son marionetas en manos de Satanás, deslumbrando y extraviando a los débiles.

Los tiranos gobiernan y es su tiranía de la que se sirve el Demonio para angustiar a sus súbditos, llevándolos a desconfiar sobre todo de Dios. Y los impíos más hostiles se vuelven acusando a Dios y dándole a Él el rencor que debe ser dado a quién ha ocasionado tanto mal: Satanás y las pasiones malvadas que provoca en los que no se cuidan…

Los frutos del rechazo de Dios, pueden verse en todo su trágico aspecto. Y mientras los hombres se deleitan con su hechizante sabor que los lleva a la desesperación y a la muerte, después de haberlos hecho desvariar en el miedo del mañana que los hace enloquecer…  Si se pudiese ver toda la verdad sobre el futuro que se aproxima, ningún hombre que no esté sostenido por Satanás resistiría. Por eso hay que apoyarnos en Jesús.

Los hombres pierden a Dios por su culpa y porque así lo quieren…

Cuando la Gracia muere, se pierde a Dios. Y es la Desolación. Y los pecadores muertos a la Gracia, no son felices. Parece que lo sean, pero no es así. Y esta Humanidad que fue creada por Amor, salvada por el Amor, pero que se ha vendido al Odio, por eso no puede ser feliz. La falta de amor, es la principal causa de su desdicha.

El Odio rechaza al Amor. Dios es amor. La felicidad está basada en la Paz. Y ésta se encuentra solo en Dios.

¡Trágica y dramática responsabilidad del hombre, que durante su peregrinación terrena, se encuentra siempre en la alternativa de escoger!…

Pues ésta es verdaderamente nuestra Prueba. La lucha interior que necesariamente debemos sostener, es la razón de nuestra presencia en la Tierra. ¿A quién le daremos la victoria?…

La decisión es personal e irrevocable…

Por eso la vida es una guerra de todos los días, para poder pertenecer a Dios.

Hay que luchar como soldados bien armados y seguir luchando con Dios como nuestro Comandante Supremo. Las batallas parciales no tienen ninguna importancia, SI NO SE GANA LA GUERRA HASTA EL COMBATE FINAL.

El Enemigo es UNO, con muchas caras: el demonio, la carne, el mundo y el dinero.

Cualquier golpe por duro que sea, es solo una prueba. Satanás golpea para distorsionar la misión y el propósito aparente es dejarnos destrozados.

Hay que refugiarse en el Inmaculado Corazón de María y recordar que es solo una prueba que fortalecerá la virtud…

Jesús ha mostrado como debe ser usada la vida. Él ha explicado como somos Templos de Dios y como quiere vivir en nosotros. Pues Él ama vivir en el hombre, más que en templos de piedra y mármol.

IMITAR AL MAESTRO ES EL SECRETO QUE SALVA.

Quién quiere seguir a Jesús, no debe tener ansia de la vida, ni miedo por la vida. Y Jesús enseñará como se conquista la Vida Eterna y cómo hay que vencer a Satanás, en cada una de las trampas que nos tiende.

VIVIR   MURIENDO.

La vida nace de la muerte.

La muerte de la carne, no es la muerte material del cuerpo. Lo que debe morir, es lo animal y satánico infectado en el hombre a través de sus idolatrías. Y esto no muere mientras la carne está satisfecha y haya en el hombre mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia, envidia y pereza.

Hay que morir diariamente en el sentido metafórico, porque el ‘yo’ humano, no está sino quebrado. Y esto no es muerte, es vida…

El espíritu debe triunfar sobre la muerte de lo ‘humano’ y esto es motivo de júbilo. La Infinita Misericordia de Dios provee todas las ayudas, para que el espíritu permanezca vencedor con la asistencia del Espíritu Santo.

La vida como Don de Dios, le pertenece solo a Él.

Con la existencia nos ha hecho nacer y nos conserva vivos. En la vida espiritual, con la Gracia y los Sacramentos, Él da la Vida para convertirnos y hacer de ella un instrumento de recreación del alma y de supercreación en la Deificación del espíritu.

Todo esto sucede cuando la usamos para servirlo.

Todos deberían estar ansiosos de servir a Dios, para volverse dignos de acoger en sí, la infusión vital del Consolador que viene con todos sus dones, pero quiere por trono un espíritu preparado y deseoso de Él.

El mundo rechaza a este Espíritu que hace a los hombres buenos.

Jesús es la Vida. ¡Cuanta Vida hay en Él y da Él! Vida Verdadera. Vida Santa. Vida Eterna. Vida Jubilosa. Con su Palabra, que es la Palabra del Padre y Amor del Espíritu.

Jesús obra para librar a las almas de la Perdición y con su Amor, cancela nuestros pecados, esperando en nosotros. ¿Qué debemos hacer?

Devolverle el amor por el Amor que recibimos de Él y convertirnos en ‘vivientes’

¿QUÉ ES ESTAR VIVOS?

Ser ‘vivientes’ o estar vivos, no quiere decir ser de este mundo: quiere decir pertenecer totalmente al Señor. Quiere decir poseer la Gracia y tener derecho al Cielo. ‘Vivo’ no es el que respira, come y duerme con el alma muerta: éste es un despojo putrefacto ya próximo a caer, como la rama podrida de una higuera, en la fosa cuyo fondo es el Infierno.

Vivo es aquel que aunque esté agonizante en la carne, porque ‘vive muriendo’ POSEE LA VIDA y ‘muere amando’ porque prefiere perderlo todo, antes que perder a Dios.

Y su única preocupación es: mantenerse vivo, perseverando en no perder a Dios, que es la Vida.

Porque para ser verdadero hijo de Dios es necesario tener el alma y el espíritu vivos.

Dios arde en el deseo de hacer felices a sus hijos. Él quiere abrazarlos y enjugar su llanto. Él quiere saciar el hambre y la sed del corazón, de nuestras almas y de nuestros espíritus. Él siempre está cercano porque sabe que sus hijos sin Él, son infelices. Él espera encerrado en un poco de Pan, para asumir una forma visible a nuestra pesantez material.

Él desciende del Cielo como un dulce Tesoro, para mantener la Vida en sus hijos; para consolarlos; para sostenerlos y para nutrirlos; cumpliendo el deseo del Padre, que quiere salvar al Género Humano. Él ha dado su Sangre Santísima, para fortalecernos espiritualmente. El que se alimenta de ella y la invoca, se convierte en ‘vencedor’.

Estar vivos en el Señor, es la experiencia más grande en belleza, en alegría, en duración, en esplendor, en libertad y vitalidad. Usar los sentidos espirituales, guiados por el Espíritu Santo, ES UNA EXPERIENCIA SUBLIME. ‘Vivos’ en Dios Uno y Trino. Vivos en la Eternidad. Los que lo experimentan comprenden que es mejor sufrir aquí en la Tierra que en ninguna otra parte y aman la Cruz como el más excelso de los tronos.

Con el alma viva, SE CONVERSA, CON EL DIOS VIVO Y VERDADERO. El Espíritu santo, obra este prodigio…

El alma en Gracia posee el Amor. Y poseyendo el amor, posee a Dios: el Padre que la conserva. El Hijo que la amaestra. Y el Espíritu Santo que la ilumina. Y así se posee el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría y la Luz.

Y de esta manera,  la Oración se convierte en el Núcleo Vital de nuestra existencia.

Su Palabra desciende a nutrir las almas que se entregan a Él. Y Jesús es el sacerdote y Guía de los que lo buscan. Y ellos no perecen en esa búsqueda de la Verdad, en las que muchos se pierden porque se niegan a creer y a amar el Evangelio.

Los vivientes del espíritu saben que lo único necesario es:

VIVIR SU PALABRA. CAMINAR SIGUIENDO SU PALABRA. EL NÚCLEO DE LA VIDA DEL ALMA ES: EL EVANGELIO.

¿CÓMO VIVIR LA VIDA VERDADERA?

Es necesario seguir el Camino del Espíritu, con firmeza y con calma. Ninguna ansia, ningún miedo. Hay que orar, escuchar, meditar, sufrir, trabajar, reposar siempre con el alma desposándose con Dios…

Él es un Huésped Perfecto. Sabe conversar y sabe callar, según ve si el que lo hospeda está en condiciones de poderlo o no, escuchar. Jesús es muy dulce al instruir. Amorosamente firme al mandar algo. Perfectamente amorosísimo al consolar. Y fortalece nuestras almas, de acuerdo al crecimiento y a las pruebas.

HAY QUE CONFIAR EN ÉL, CIEGAMENTE.

Por cuanto más el alma pueda amarlo, siempre es una medida minúscula, respecto a cuanto nos ama Él.

Dios llama para despertar a las almas y que ellas lo acojan. Se muestra afanoso para que lo conozcan y les pide el corazón, para hospedarse en él. Porque el corazón es el más bello Tabernáculo para Él. Y el alma se estremece de alegría cuando Dios se le acerca y palpita de amor, derritiéndose de dulzura y de arrepentimiento.

Cuando esto sucede, hay que secundar el impulso del alma, dejando toda diligencia por la carne. Hay que poner nuestra carne soberbia de rodillas y amar nuestra alma, dándole la vida con la conversión, que es la Resurrección espiritual.

Dios quiere que en la Resurrección Final, también nuestros cuerpos esplendan de Luz y de Belleza sobrenatural y eterna.

Acoger la Vida Divina quiere decir potenciar la propia vida del hombre a obras sobrenaturales. Y si el alma sabe consagrarse y conservarse llena de Gracia, tal como queda después de que recibe los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, esta alma es solo un poco inferior a Dios… Y con esto está dicho todo.

Porque poseer la Gracia y nacer, crecer y robustecer el espíritu, nos convierte en dioses, porque la Gracia deifica. Y esto es lo que Jesús quiere, porque entonces querría decir: que su Sacrificio ha sido coronado por la victoria y realmente Él ha arrancado su imperio al Maligno, relegándolo a su Infierno, porque ya no hay corazones que lo acojan. Lo sepultaría en su Reino Maldito, sellándolo con una piedra y poniendo sobre ella el Trono de María, su Vencedora…

Para vivir la Vida de la Gracia, primero es necesario nacer de nuevo. Renunciar a nuestra vida de Pecado y a Satanás, con sus obras de destrucción y de muerte. Y decidirnos a conquistar el Amor y el Reino del Amor.

Y el Premio justifica el heroísmo…

Las almas que se quieren dar todas al Amor, siempre caen en el desprecio de los demás. Las almas llamadas a exhalar Amor, les son quitadas todas las cosas de la vida y les son dadas todas las soledades y también las necesidades.

Además de luchar con los obstáculos de otros quereres que intentan impedir al espíritu, que se entregue a su Dios. Pero el verdadero amante no toma en cuenta lo primero y no se asusta con lo segundo.

Y pone sobre todo lo que es su necesidad vital:

AMAR A SU DIOS SOBRE TODA LAS COSAS…

Pedro calla. En el aire resuena vibrante, la enseñanza de ese día…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

68.- EL SEGUNDO MARTIRIO…


El anciano Jonathan desventrado ha hablado con una voz tan fuerte, tan segura y resonante, que un sano no lo haría así. Y ha trasfundido a todos, su espíritu heroico; de tal suerte que un cántico dulce, se eleva de aquellas criaturas destrozadas…

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor

Y me sostuvo con su Amor.

Yo te amo, Señor Jesús, mi fuerza

El Señor es mi Roca, mi fortaleza

Y mi Libertador. ¡Oh, Dios! ¡Roca en que me refugio!

Mi Escudo,  mi Fuerza y mi Salvación.

Invoqué al Señor, tan digno de alabanza

Y me salvó de mis enemigos.

La muerte me asechaba,

Los tormentos de Belial me asustaban,

Los lazos del lugar oscuro me rodeaban

Y delante de mí, prepararon trampas mortales.

En mi angustia clamé al Señor Jesús

Invoqué a mi Dios y desde su Templo oyó mi voz

Llegó mi clamor a sus oídos.

Venceré, porque Él está conmigo

Venceré, porque Jesús conmigo está.

Venceré, vencerás, venceremos

En el Nombre Santísimo de Dios…

Una voz interrumpe el canto, al preguntar desde el corredor:

–           ¿Dónde está mi mujer?

Clhoe le contesta con júbilo:

–           ¡Fernando! ¡Esposo mío! ¡El niño está vivo! Te lo he salvado. Has llegado a tiempo, porque yo muero. ¡Toma a nuestro pequeño Bryan!

El hombre se adelanta, se inclina, abraza a su esposa moribunda…

Recibe al niño de la mano temblorosa que se lo da y sus dos bocas que tan santamente se amaron, se unen por última vez en el beso conjunto, que estampan sobre la cabecita del inocente.

–           Jonathan, bendíceme… muero…

Tal pareciera que la esposa hubiera detenido a propósito la vida, hasta la llegada del esposo. Ahora se deja caer con un estertor, entre los brazos del marido, al cual susurra:

–           Vete, vete… por el niño… A Laur… -la muerte trunca la palabra.

Jonathan dice:

–           Paz para Chloe.

Todos responden:

–           Paz.

El marido contempla a sus pies: desangrada y desgarrada a la que fuera su mujer… Una joven hermosa y delicada.

Las lágrimas que se desprenden de sus ojos, caen sobre el rostro de la muerta y dice luego:

–           ¡Acuérdate de mí, fiel esposa mía!…- y dirigiéndose a su anciano suegro, le dice- Paúl, la llevaré a la viña de Álvaro. Enrique y Rodrigo  están aquí afuera con la camilla…

Paúl pregunta:

–           ¿Os dejan pasar?

Fernando responde:

–           Sí. El que aún tenga parientes entre los que están vivos, podrá recibir sepultura…

–           ¿Con dinero?

–           Y también sin él. Todo el que quiere puede venir a recoger a los muertos y a saludar a los que están vivos. Con esto esperan que a la vista de los mártires, amedrentar a los que aún estamos libres, persuadiéndolos a no hacerse cristianos y que con nuestras palabras… Os ablanden a vosotros. El que no tenga parientes irá a parar al Carnario. Con todo, nuestros diáconos buscarán por la noche los restos…

Axel pregunta:

–           ¿Se está preparando acaso el nuevo martirio?

Fernando contesta:

–           Sí. Para esto dejan pasar a los parientes. Y por esto también, hay que sepultar a los mártires por la noche. Ellos serán el objeto del espectáculo…

James, un joven poco herido, pregunta:

–           ¿Así tan tarde? ¿Qué espectáculo puede haber por la noche?

Madeleine pregunta sorprendida:

–           Sí. ¿Qué espectáculo?

Y Rowena, una mujer joven a quién un tigre le arrancó el brazo izquierdo, exclama:

–           ¡La hoguera! … ¡Oh!…

La fuerte voz de Jonathan responde:

–           Para los que esperan en el Señor, las llamas serán como el rocío dulce de la aurora. Recordad a los mancebos de los que habla Daniel. Ellos pasearon cantando entre las llamas. ¡La llama es hermosa! ¡Purifica! ¡Y viste de luz!

Nada de inmundas fieras, de lúbricas serpientes, ni de miradas impúdicas a los cuerpos de las vírgenes. ¡Las llamas! Si algo de culpa queda aún en nosotros, que la llama de la hoguera venga a ser como el Fuego del Purgatorio…

Y varios cristianos confirman:

–           ¡Oh! Podremos…

–           Sí. Un breve purgatorio y después revestidos de Luz, vayamos a Dios. A Dios que es Luz, iremos nosotros. Fortaleced vuestros corazones que querían ser luz para el mundo pagano…

–           ¿Lo lograremos?…

–           Que el fuego de las hogueras llegue a ser el inicio de la luz que nosotros habremos de proporcionar a este mundo de tinieblas. Y…

Y en eso se perciben pasos fuertes; herrados, en el corredor.

Dos soldados preguntan al aparecer en la estancia:

–           Nathan. ¿Vives aún?

El joven sin ojos responde:

–           Sí, compañeros. Vivo. Y es para hablaros de Dios… Venid, porque yo no puedo ir a donde estáis vosotros, ya que no veré más la luz. Estoy ciego…

Los dos exclaman al verlo:

–           ¡Infeliz!

Pero Nathan objeta:

–           ¡No! ¡Feliz!… Yo soy feliz. Al no ver ya las inmundicias del mundo. No entrando por mis pupilas las lisonjas de la carne y del oro, ya no me podrán tentar. En las tinieblas de la ceguera temporal, estoy viendo ya la Luz. ¡Veo a Dios!…

Los dos legionarios exclaman alarmados:

–           Pero ¿No sabes qué dentro de poco vas a ser quemado?…  ¿No sabes que porque te amamos hemos pedido verte?…

–           ¡Por qué?…

–           ¡Para hacer que huyeras, si aún estabas vivo!..

Nathan exclama asombrado:

–           ¿Huir? ¿Tanto me odiáis qué queréis arrebatarme el Cielo? No erais así en las mil batallas que sostuvimos juntos, codo con codo, por el emperador. Entonces nos estimulábamos a ser héroes y ahora vosotros… Mientras yo me bato por un Emperador Eterno, Infinito de Poder, ¿Me aconsejáis una vileza? ¿La hoguera…? Y ¿No habría muerto gustoso entre las llamas, durante los asaltos a una ciudad enemiga con tal de servir al emperador y a Roma? A un hombre igual que yo y a una ciudad que ahora existe y mañana, no.

Y ahora que estoy dando el asalto al Enemigo más verdadero, para servir a Dios y a la Ciudad Eterna, en la que reinaré con mi Señor Jesucristo, ¿Queréis que yo tema a las llamas?…

Ambos soldados se miran desconcertados…

Jonathan habla de nuevo:

–           El mártir es el único héroe. Su heroísmo es eterno. Su heroísmo es santo. A nadie perjudica con su heroísmo. No emula a los estoicos con áridos estoicismos; ni a los crueles, con violencias inútiles y nefandas. No se apodera de tesoros, ni usurpa poderes, sino que da. Da de lo suyo: sus riquezas… sus fuerzas… su vida… Es el generoso que se despoja de todo para darlo. Imitadle. Siervos ignorantes de un hombre cruel que os envía a matar y a encontraros con la muerte…

Félix dice:

–           La muerte es la que te espera a ti.

–           No. La Vida me espera… Pasad a la vida. A servir a la Vida y a servir a Dios. Por ventura, una vez pasada la embriaguez de la batalla, cuando en el campo se da la señal de silencio. ¿Habéis sentido vosotros alguna vez el gozo, qué veis rebosar en vuestro compañero? NO. Sin cansancio, nostalgia, temor de la muerte. Náuseas de sangre y de violencias… Aquí… ¡Mirad! Aquí se muere y se canta ¡Aquí se muere y se sonríe! Porque nosotros no moriremos sino que viviremos. Nosotros no conocemos la muerte, sino la Vida, al Señor Jesús…

Entran una vez más aquellos dos hombres musculosos que vinieron al principio con las antorchas…

Con ellos están otros dos senadores con togas muy elegantes… Y los augustanos Tigelino y Haloto, su principal coordinador en los juegos…

Las antorchas humean al tenerlas elevadas los dos primeros, mientras los augustanos se inclinan a observar los cuerpos y los otros dos los siguen en silencio…

Haloto dice:

–           Muerto…

Tigelino agrega:

–           Éste también…

–           Ésta agoniza…

–           El niño ya está frío…

–           El viejo morirá en breve…

–           ¿Ésta?…

–           La serpiente le ha fracturado las costillas. Fíjate como ya tiene espuma roja en los labios…

Y así continúan caminando, examinando y cambiando impresiones entre ellos…

Haloto opina:

–           Yo diría que los dejásemos morir aquí.

Tigelino dice tajante:

–           ¡No! El Juego ya está fijado y el César también espera esto…

El intendente del circo dice preocupado:

–           ¿Bastará con los de las otras cárceles? Son demasiado pocos… Bruno no ha sabido regular las cantidades. Demasiados a los leones y pocos en exceso para las hogueras.

Tigelino confirma:

–           Así es. ¿Qué hacemos?…

El otro augustano piensa y murmura:

–           Espera…

Haloto se coloca en medio de la estancia y dice:

–           El que de vosotros se encuentre menos herido, que se ponga de pie…

Se levantan unas veinte personas.

–           ¿Podéis caminar y valeros por sí mismos?

–           Si, podemos.

Los perplejos testigos involuntarios de esta escena replican:

–           Tú estás ciego. –le dicen sus compañeros a Nathan.

Nathan contesta serenamente:

–           Pero me pueden guiar. No me privéis de la hoguera, pues pienso que estáis ideando eso…

Haloto está conmocionado, pero confirma:

–           Efectivamente…  ¿Y quieres la hoguera?

–           La quiero como una gracia. Soy un soldado fiel. Mirad las cicatrices de mis miembros, como premio de mi prolongado y fiel servicio al emperador. Por favor, os lo suplico; concededme la hoguera.

Los augustanos lo miran sorprendidos…

Y en el juzgado más insólito, Tigelino dice agriamente:

–           Si tanto amas al emperador ¿Por qué le traicionas?

Nathan replica:

–           No traiciono al emperador, ni al imperio, puesto que no cometo actos contra su salud, sino que sirvo al Dios Verdadero que es el Hombre-Dios y el Único digno de ser servido hasta la muerte.

El indiciado ha hablado…

Satanás no ha terminado… Y para su impotencia desesperada… El que se ha convertido en juez implacable dictamina la sentencia, que culmina el sacrificio ofrecido…

Tigelino, con voz estentórea, ordena:

–           Que sea cómo quieres…  ¡Vamos!…

Haloto confirma:

–           ¡Vosotros los que podéis caminar, salid de aquí! Esperad junto a las salidas. Ahí se os darán nuevas ropas.

Y todos se dirigen hacia el lugar indicado…

Detrás de ellos, un intendente del Circo le dice a otro:

–           Ronaldo, con semejantes corazones, son inútiles los tormentos. Te lo digo yo: Con ellos lo único que hacemos, es cubrirnos de crueldad sin finalidad alguna…

Su compañero replica disculpándose:

–           Tal vez es verdad, Emiliano. Pero el divino César…

Las voces se pierden al alejarse…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

67.- LOS VERDADEROS DIOSES…


El espectáculo está finalizando. En los locales situados bajo las gradas del Circo y que sirven para albergar a los gladiadores y a los condenados a muerte, se oye un rumor sordo como de un mar en tempestad y variable en intensidad. Es un rumor extraño formado por voces humanas y potentes sonidos que no son humanos y sobresalen de los demás. El lugar se encuentra vacío y en el suelo de granito, en gruesas piedras que sirven de asiento, hay desparramadas diversas prendas de vestir.

De pronto se ilumina vivamente el amplio corredor elíptico. Y junto con el rumor de muchos pasos, se oyen ayes débiles, de personas que sufren…

Después, he aquí la escena pavorosa…

Precedidos por dos hombres gigantescos y semidesnudos; portando teas encendidas, avanza un grupo de personas sangrantes; parte de ellas sostenidas, otras sosteniéndose y otras más, transportadas del todo.

Aquellos cuerpos destrozados, mutilados, abiertos. Aquellos rostros con mejillas marcadas por heridas atroces, que han dilatado las bocas hasta la oreja; han rasgado la mejilla hasta poner al descubierto, los dientes fijados en las  mandíbulas; arrancado un ojo que cuelga fuera de su órbita, desprovisto del párpado que ya no existe, como por obra de una brutal ablación.

Aquellas cabezas desprovistas de cuero cabelludo, cual si un instrumento cruel las hubiera descortezado, no tienen ya la apariencia de personas. Constituyen una visión macabra. Una desatinada pesadilla…

Son el testimonio de que en el hombre se oculta la fiera pronta a aparecer y a desfogar sus instintos. Una bestia sedienta de sangre que aprovecha cualquier pretexto que justifique su ferocidad. Aquí el pretexto es la religión y la razón de estado. La acusación: Incendiarios de Roma. Una calumnia que protege a los verdaderos culpables.

Los cristianos han sido declarados enemigos de Roma y del divino César. Son los que ofenden a los dioses y por ello deben ser torturados. ¡Y vaya que lo han sido! ¡Qué espectáculo!…

Hombres, mujeres, ancianos, chiquillos y jovencitas, yacen ahí hacinados a la espera de morir por las heridas o mediante un nuevo suplicio…

Con todo, a excepción del lamento inconsciente, de aquellos a quienes la gravedad de sus heridas les priva de conocimiento, no se oye ni una voz de queja.

Los que les han conducido se retiran dejándolos a su suerte…

Y es entonces cuando se ve como los menos heridos, tratan de socorrer a los más graves. Cómo aquel que a duras penas se tiene en pie, acude a atender a los que mueren y el que no puede pararse, se arrastra sobre sus rodillas o se desliza sobre el suelo, en busca del que para él es el más querido o sabe que es más débil en la carne o en el espíritu.

Y quién todavía puede servirse de las manos, procura atender a los que están desnudos, en posturas impropias; cubriéndoles con los vestidos desparramados por el suelo o bien acomodando los miembros de los que están desfallecidos.

Algunas mujeres toman en su regazo a los niños moribundos que lloran de dolor y de miedo. Otras, se arrastran junto a las jovencitas cubiertas tan solo con sus cabellos sueltos y tratan de cubrir sus cuerpos virginales, con los blancos vestidos que se empapan inmediatamente de sangre…

Y el aire de la estancia se satura de ese olor, que se mezcla con el humo pesado de las lámparas de aceite.

Y en voz baja se intercalan diálogos piadosos y santos.

–           ¿Sufres mucho, Clhoe hija mía? –pregunta   el anciano Paúl con el cráneo desprovisto de piel, la cual le cuelga por la nuca como una cofia y que ya no puede ver, porque sus ojos son tan solo dos heridas sangrantes.

Le habla a la que fuera una florida esposa y que ahora no es más que un bulto sanguinolento que estrecha contra su pecho desgarrado, con el único brazo que le queda… En un desesperado gesto de amor, al hijito que succiona la sangre materna, en lugar de la leche que ya no le pueden dar sus pechos lacerados.

Pero la madre sonríe con dulzura… Y Clhoe contesta:

–           No, padre mío… El Señor me ayuda… el niño no llora, tal vez no está herido… siento que me busca el pecho… ¿Me encuentro muy herida? Ya no siento una mano y no puedo… no puedo mirar porque no tengo fuerzas para ver… La vida… se me va con la sangre… ¿Estoy tapada, padre mío?…

Paúl responde:

–           No sé hija, porque ya no tengo ojos…

Más allá, hay una mujer que se arrastra sobre su vientre y por un desgarro en la base de las costillas, se ve como respiran sus pulmones…

Es Valentina y murmura:

–           ¿Me sientes aún, Grace? –pregunta inclinándose sobre una jovencita desnuda y sin heridas; pero con el color de la muerte en su rostro.

Una corona de rosas ciñe todavía su frente, sobre los rubios y largos cabellos desatados. Está semidesmayada…  Pero se recobra con la voz y las caricias maternales…

Y hace acopio de todas sus fuerzas para decir:

–           ¡Mamá! –Su voz es apenas un murmullo- ¡Mamá! La serpiente me ha apretado tanto… que ya no puedo… abrazarte. Pero la serpiente… nada importa… ¡La vergüenza!... estaba desnuda… todos me miraban… ¡Mamá! ¿Soy virgen todavía?… Aunque los hombres me han visto… ¿Así?… ¿Le agrado aún… a Jesús?…

Valentina le dice con dulzura:

–           Estás vestida con tu martirio, hija mía. Yo te lo digo: le agradas aún más que antes…

Grace suplica:

–           Sí. Pero… Cúbreme, mamá… Ya no quiero que me vean más… Un vestido, por piedad…

–           No te inquietes, mi gozo… Mira, tu mamá se pone aquí y te esconde… ya no puedo buscarte el vestido… porque me muero… sea alabado Jesu…

Y la mujer cae desplomada sobre el cuerpo de su hija, con un borbotón de sangre. Y después de lanzar un gemido, con la postrer respiración se queda inmóvil.

Grace invoca:

–           Mi madre se muere… ¿No hay algún sacerdote vivo, para darle la paz?… –Finaliza la jovencita esforzando aún más su voz.

Desde un rincón se escucha una voz:

–           Yo estoy vivo todavía. Si me lleváis… –dice el anciano Jonathan con el vientre totalmente abierto.

Varias voces responden desde diferentes puntos, en aquel semioscuro lugar:

–           ¿Quién puede transportar a Jonathan a donde están  Grace y Valentina?

Nathan un joven moreno alto y vigoroso, contesta:

–           Tal vez yo que tengo buenas las manos y aún estoy fuerte. Pero me tendrán que conducir, porque el león me ha arrancado los ojos.

Axel uno de los más ilesos. Un jovencito que aún está coronado con rosas, vestido con una toga ensangrentada y poco herido, responde:

–           Nathan, yo te ayudo a caminar.

Sean y Dylan, dos hermanos atléticos, en la flor de su virilidad y que también están poco heridos, dicen:

–           Mi hermano y yo te ayudaremos a transportar a Jonathan.

El anciano sacerdote desventrado, mientras lo transportan con mucho cuidado, dice:

–           Dios os recompense a todos.

Una vez que lo trasladan junto a la mártir, ora sobre ella. Y aun así agonizante como está, aprovecha la ocasión para encomendar el alma de Leoncio, un hombre que con las piernas descarnadas muere desangrado a su vera… Ora por él…  Y pregunta al ciego que le ha transportado, si no sabe nada de Riley.

Nathan contesta:

–           Ha muerto a mi lado. La pantera, fue al primero que le destrozó el cuello.

Olivia, una jovencita que se desangra lentamente un poco más allá, dice:

–           Las fieras actúan con gran celeridad al principio. Pero después, una vez saciadas se limitan a jugar.

Le contesta un anciano como de cincuenta años:

–           Demasiados cristianos para tan pocas fieras. –Y Alexander, se tapa con un trapo la herida que le dejó abierto el costado, sin lesionarle el corazón.

Santiago, un joven como de veinte años dice:

–           Lo hacen a propósito para gozar después con un nuevo espectáculo.

Otro cristiano agrega:

–           Con seguridad que ya lo están planeando ahora… –Gael es un hombre que sostiene con su mano derecha su brazo izquierdo casi desprendido, como resultado de la dentellada de un tigre.

Un escalofrío sacude a los cristianos…

Y mentalmente oran entregando a Dios todos dolores y sus sufrimientos…

Y…

El Espíritu Santo, junto con María siempre presentes…

ÉL como Supremo Sacerdote del Calvario y Ella como Corredentora; fueron quienes entregaron a Jesús al Padre…

Y de nuevo ahora… Entregan a las nuevas víctimas, en los sótanos del Circo… Que es el nuevo altar consagrado con su sacrificio… Y las unen al Sacrificio Infinito y Perpetuo del Calvario…

¡La Cruz sigue venciendo!…

Satanás a su pesar, sigue glorificando a Dios… Y su infinito Odio decidido a exterminar el cristianismo y a destruir a los verdaderos dioses… Hijos de Dios por el Amor que palpita en ellos y que no dejan lugar a la más mínima duda; porque están perdonando y amando, como Jesús amó y perdonó… Y eso ES lo que los convierte en dioses inmortales…

La Oración rinde sus frutos sobrenaturales…

El Padre Celestial las recibe…

Y los ángeles glorifican a Dios en aquella hecatombe que ha sido ofrecida por el mismo Satanás y por su infinito Odio y Envidia, a través de un César desquiciado por la megalomanía…

Y Dios recibe a aquellas creaturas torturadas que Él ama con locura… Que están siendo ofrecidas a través del Inmaculado Corazón de la Virgen santísima, su Hija Predilecta y el Sacratísimo Corazón de su Amadísimo y Unigénito Hijo…

Y la Santísima Trinidad responde…

Inmediatamente los cristianos sienten dentro de su ser, que los invade una fortaleza sobrenatural… Y continúan comentando…

La jovencita Jazmín gime:

–           ¡Las serpientes, no! ¡Es demasiado atroz!…

Salma confirma:

–           Es verdad. Ella se ha deslizado sobre mí, corriéndome sobre el rostro con su lengua viscosa… ¡Oh! He preferido el zarpazo que me ha abierto el pecho, pero matando a la serpiente, al hielo de la misma. ¡Oh, no! –y la mujer se lleva sus manos temblorosas y ensangrentadas al rostro.

Mohamed, un hombre al que le falta un brazo y parte del otro, dice:

–           Con todo, tú eres anciana. Y las serpientes estaban reservadas para las vírgenes.

Julián, otro herido moribundo agrega:

–           Han satirizado nuestros Misterios. Primero Eva seducida por la serpiente y después los primeros días del mundo. Todos los animales…

Gabriel, un joven que está poco herido, agrega:

–           Ya. La pantomima del  Paraíso Terrenal… Al director del Circo le habrán premiado por ella.

Logan, otro joven que también está poco herido, le contesta:

–           La serpiente, después de haber triturado a muchos; se lanzó sobre nosotros hasta que soltaron a las fieras y se ha entablado el combate…

Isadora, una jovencita que es poco más que una niña, gime:

–           Nos rociaron con ese aceite y las serpientes huyeron tomándonos por presas de cebo… ¿Qué será ahora de nosotras? Yo solo pienso en la desnudez… Y siento que me muero de vergüenza…

Camila con voz temblorosa, exclama:

–           ¡Ayúdame señor, mi corazón vacila!…

Abigail contesta serenamente:

–           Yo confío en Él.

Constanza,  preocupada comenta:

–           Yo quisiera que Kyle viniese por el niño…

Isabella pregunta:

–           ¿Está vivo tu hijo? –es una madre muy joven, que llora sobre lo que fue su hijo y que ahora es solo un puñado informe de carne: un pequeño tronco. Únicamente tronco, sin cabeza ni miembros…

Constanza replica:

–           Está vivo y sin heridas. Me lo puse detrás de la espalda. Y la fiera me desgarró a mí…  ¿Y el tuyo?…

Isabella contesta entre sollozos:

–           Su cabecita llena de rizos. Sus ojitos de cielo, sus manitas tan hermosas;  sus pequeños pies que apenas estaban aprendiendo a caminar, están ahora en el vientre de una leona… ¡Ah, que era hembra! ¡Y aun sabiendo lo que es ser madre, no supo tener compasión de mí!…

Martín grita:

–           ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá! Se ha quedado tirada con mi padre allá en la arena… y yo estoy mal. Mamá me curaría la tripita… –Llora el niño como de cuatro años al que un mordisco o un zarpazo, le han abierto la pared abdominal y agoniza por momentos.

Daniela, una jovencita se sienta a su lado y lo conforta acariciándole con la mano menos herida:

–           Ahora irás donde la mamá y te llevarán pequeño Martín, los ángeles del Cielo con tus hermanitos. No llores así.

Pero el niño está tembloroso sobre el duro pavimento…

La joven ayudada por Noha, un hombre que también está poco herido; le toma sobre sus rodillas y lo acuna con ternura hasta que el niño sonríe…

Y ella le dice dulcemente:

–           ¿Ves que ya puedes mirar a tu ángel que te espera, para llevarte con Jesús y con mamá?…

Y el niño con júbilo infantil confirma:

–           ¡Sí! ¡Jesús me está llamando!… -Y su alegría le hace olvidar el dolor de su atroz herida…

Luego intenta levantarse y extiende los brazos diciendo:

–           ¡Mamá! ¡Papá!… ¡Ya voy!… –mientras se dibuja en su rostro una sonrisa radiante…

Y se desploma muerto sobre los brazos de Daniela…

Pero ha quedado con los ojos abiertos y su sonrisa iluminada por una alegría sobrenatural… Que los que están a su alrededor contemplan con  comprensión, sintiendo que su fe se hace más sólida y firme…

Noha le cierra los ojos y cruza sus bracitos sobre su pecho ensangrentado, mientras dice:

–           ¡Paz al pequeño Martin!

Todos los cristianos responden:

–           ¡Paz!

El sacerdote que está siendo transportado pregunta:

–           ¿Dónde está vuestro padre? –Jonathan a los dos hermanos que junto con Nathan el que ha quedado ciego, le han trasladado.

Dylan contesta:

–           Ha sido pasto del león. Ante nuestros ojos, mientras la fiera le mordía la nuca, nos dijo: ‘¡Perseverad!’ No dijo nada más, porque su cabeza cayó desprendida.

Sean, el otro hermano le insta:

–           Háblanos ahora del Cielo, Jonathan bendito.

El sacerdote sonríe y se yergue lo más que puede:

–           ¡Hermanos bienaventurados, rogad por nosotros! ¡Para la última batalla! -¡Para la última perseverancia! ¡Por nuestro amor, hermanos! No temáis. Los que nos precedieron, perfectos ya en el Amor; tanto, que el Señor los quiso en el primer martirio. Son ahora perfectísimos, porque al vivir en el Cielo, conocen y reflejan la Perfección del Señor Altísimo. Sus despojos que dejamos sobre la arena, son solo eso: despojos. Como los vestidos de los que nos han despojado…

Más ellos están en el Cielo. Sus despojos están inertes acá, pero ellos están vivos. Vivos y activos. Ellos están con nosotros a través de la Comunión de los Santos. No temáis. No os  preocupéis de cómo moriréis, ni tampoco de las cosas de la Tierra. Desechad los miedos. Abrid vuestro corazón a la confianza absoluta y decid: ‘Nuestro Padre que está en el Cielo nos dará nuestro pan diario de Fortaleza, porque sabe que nosotros queremos su Reino y morimos por Él, perdonando a nuestros enemigos…

NO. He pronunciado una palabra pecaminosa.

Nuestros verdugos, NO son enemigos para los cristianos: QUIEN NOS TORTURA ES NUESTRO MEJOR AMIGO; como el que nos ama. O mejor, nos es doblemente amigo, porque nos sirve haciendo que demos testimonio de nuestra Fe en la Tierra y nos cubre con el vestido nupcial para el Banquete Eterno. Roguemos por nuestros amigos. Por estos amigos nuestros que no saben cuánto les amamos. ¡Oh! ¡En este momento nos asemejamos verdaderamente a Cristo, porque amamos a nuestro prójimo, hasta el punto de morir por Él! Nosotros amamos. ¡Oh, palabra! Nosotros hemos aprendido a ser dioses, porque el amor es Dios y quién ama, es semejante a Dios y verdadero hijo de Dios.

Nosotros amamos evangélicamente, no a aquellos de los que esperamos satisfacciones y recompensas; sino a quienes nos hieren y despojan hasta de la vida. Nosotros amamos con Cristo, diciendo: ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Y decimos con Cristo: ‘Es justo que se cumpla el Sacrificio, ya que para eso hemos venido y queremos que se cumpla. Y con Cristo decimos a nuestros supervivientes: ahora vosotros estáis doloridos, más vuestro dolor se transformará en gozo, cuando sepáis que estamos en el Cielo. Nosotros os traeremos del Cielo, la Paz en que estaremos. Digamos pues con Cristo: Cuando hayamos marchado enviaremos al Paráclito, para que realice su misteriosa labor en los corazones de aquellos que no nos han comprendido. Con Cristo confiamos nuestro espíritu no a los hombres, sino al  Padre, para que lo sostenga en la nueva Prueba. Amén.

El anciano Jonathan desventrado ha hablado con una voz tan fuerte, tan segura y resonante, que un sano no lo haría así. Y ha trasfundido a todos, su espíritu heroico; de tal suerte que un cántico dulce, se eleva de aquellas criaturas destrozadas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

66.- GLADIADORES CELESTIALES


El sol está en su cenit. La multitud que hasta entonces había estado bulliciosa y alegre, se volvió hosca bajo la influencia del calor. Y en aquel silencio expectante y siniestro, en casi todos los rostros hay una expresión malhumorada y dura. Luego salió el mismo hombre vestido de Caronte y esperó… Atravesó con paso lento la arena y volvió a dar los tres martillazos en la puerta por la cual habían salido los gladiadores.

Y un murmullo recorre todo el Anfiteatro:

–           ¡Ahí vienen los cristianos! ¡Los Cristianos!

Rechinaron los enrejados de hierro y se abrieron las puertas y por entre aquellas lóbregas aberturas se oyó el grito:

–           ¡A la Arena!

Se volvió a oír el sonido de las trompetas…

Y de aquel oscuro túnel, salió una fila de carretas adornadas con flores y festones blancos, que llevan grupos de jóvenes de ambos sexos, totalmente desnudos, coronados con guirnaldas. Van tomados de la mano, silenciosos y dignos.

Las carretas tiradas por mulas desfilan lentamente alrededor de la arena, hasta llegar al Podium Imperial.

Se oye el toque penetrante del cuerno y el silencio se hace más profundo todavía…

El rostro del César se distorsiona con una maligna sonrisa al tenerlos frente a sí. Y esperó…

Pero esperó en vano el saludo de estos gladiadores en particular, pues ellos abren sus bocas para entonar un himno que se eleva suave al principio y Glorioso después:

“Pater Noster…”

El asombro se apodera de todos los espectadores mientras el himno resuena grandioso y absolutamente poderoso.

Al concluir la Oración Sublime, continuaron con “Christus Regna”.

Los condenados cantan sus estrofas triunfales con los rostros levantados hacia el Cielo. Y el público ve aquellos semblantes serenos y llenos de inspiración. Y todos comprenden que aquellas personas no están implorando compasión…

Porque los cristianos en esos momentos ya no ven ni al Circo, ni a sus espectadores, ni al César. Están físicamente… Pero al mismo tiempo ¡No están allí!

El Christus Regnat resuena con una modulación cada vez más poderosa y muchos se preguntan:

–           ¿Qué significa esto? y ¿Quién es este Cristo que reina en los labios de estas gentes que van a morir?

El César se sintió despechado y desilusionado. Se estremece ardiendo por la ira y extendiendo su brazo, vuelve el pulgar hacia abajo, apuntando hacia la tierra.

Y las carretas empiezan a moverse hacia el escenario.

Algunos cristianos jóvenes, son encadenados de sus muñecas, a las argollas de los postes que circundan el círculo. Una jovencita muy hermosa, que tiene una larga y ondulada cabellera rubia que le llega hasta la cintura, es encadenada al poste que está junto al árbol de las manzanas.

Otro grupo es conducido a donde están las parrillas y los encadenan de los pies, para colgarlos de las argollas y de esta forma quedan suspendidos con la cabeza hacia abajo. Entre ellos hay un niño pequeño. Es el único que está vestido con una tuniquita blanca, recamada con finas grecas. A él también lo suspenden igual. Y con un cinturón de flores a la cintura y otro alrededor de los muslos, le sujetan los brazos a lo largo del cuerpo.

Cuando terminan de llenar de víctimas los asadores, otros son encadenados a los postes en donde está la cruz, donde han sido colocados trozos de leña, para hacer junto con ellos una hoguera.

Cuando todo está listo, se oye nuevamente el toque de las trompetas…

Y a una señal, las monumentales parrillas son encendidas y su fuego es atizado por los esclavos. También prenden fuego a la hoguera y pronto éste sube alto, en la base de la cruz. El pueblo está estupefacto, pues no se oye un solo lamento.

Por el contrario, un himno se eleva glorioso:

Cantemos jubilosos al Señor Jesús

Aclamemos a la Roca que nos salva

Delante de ÉL, marchemos dando gracias

Aclamémoslo al son de la música.

Porque el Señor es un Dios Grande

El soberano de todos los dioses

En su mano está el fondo de la Tierra

Y suyas son las cumbres de los montes

Suyo es el mar. Él fue quién lo creó.

Y la tierra firme formada por sus manos

Entremos y adoremos de rodillas

Prosternados ante el Altísimo que nos creó

Pues Él es nuestro Dios y nosotros somos su Pueblo

El rebaño que Él guía y apacienta

Canten al señor un canto nuevo

Canten al Señor toda la Tierra

Canten al Señor, bendigan su Nombre Santo

Su salvación proclamen diariamente.

Cuenten a los paganos su esplendor

Y a los pueblos sus cosas admirables

Porque grande es el Señor

Digno del honor y la Alabanza

Más temible que todos los dioses.

Pues son nada esos dioses de los pueblos

El Señor es Quién hizo los Cielos

Hay brillo y esplendor en su Presencia

Y en su Templo belleza y majestad.

Adoren a Jesús todos los pueblos

Reconozcan su Gloria y su Poder

Den al Señor la Gloria de su Nombre

Traigan ofrendas y vengan a su Templo

Póstrense ante Él con santos ornamentos

La Tierra entera tiemble en su Presencia.

El Señor Reina. Anuncien a los pueblos

Él fija el Universo inamovible

Gobierna a las naciones con Justicia

¡Gozo en el Cielo! ¡Júbilo en la Tierra!

¡Resuene el mar y todo lo que encierra!

Salten de gozo el campo y sus productos.

¡Alégrese toda la Creación!…Delante de Jesús

Porque ya viene a juzgar a la Tierra.

Juzgará con Justicia al Universo

Y a los pueblos según su rectitud.

Más o menos a la mitad del Himno, Tigelino ha hecho una señal y se abren las aberturas que han sido preparadas para este propósito, por entre todo el escenario. Cuando casi ha finalizado el canto, muchos pitones enormes se deslizan hacia las víctimas propiciatorias.

Una que mide casi diez metros sale por detrás del árbol y se  enrosca alrededor de la doncella encadenada que con su cara levantada al cielo… Ella sigue entonando aquel himno triunfal, hasta que la anaconda la tritura en un mortal abrazo y su voz se extingue al igual que las demás.

Se abren nuevamente las puertas. Ingresan a la arena el grupo de cristianos vestidos con pieles de fieras. Y siguiendo las instrucciones recibidas se dividen en dos grupos, que se dirigen a ambos lados del escenario. Mientras llegan al lugar designado, van cantando también otro himno.

Marco Aurelio al verlos se pone de pie. Y según lo convenido, se voltea hacia el sitio donde está el apóstol. Aparentando una tranquila indiferencia, pide a uno de los sirvientes de su comitiva un refrigerio y se vuelve a sentar…

El himno resuena ante todos los espectadores que siguen pasmados y sin asimilar lo que está sucediendo:

Demos gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su Amor.

Al Señor en mi angustia recurrí

Y Él me respondió sacándome de apuros

Si Jesús está conmigo no temeré

¿Qué podrá hacerme el hombre?

El señor es mi Fuerza y es por Él que yo canto

Jesús es para mí la salvación.

El brazo del Señor hizo proezas

El brazo del Señor es Poderoso

El Brazo del Señor hizo prodigios.

No he de morir, sino que viviré

Para contar lo que hizo el Señor

Ábranme pues las Puertas de la Justicia

Para entrar a dar gracias al Señor

Ésta es la Puerta del Señor

Por ella entran los justos.

Te agradezco que me hayas escuchado

Tú fuiste para mí la salvación

La piedra que los constructores desecharon

Se convirtió en la Piedra Angular.

Esto es lo que hizo el Señor. Es una maravilla a nuestros ojos

Este es el día que ha hecho el Señor. Gocemos y alegrémonos en Él,

Danos Señor la salvación. Danos Señor la bienaventuranza.

Tú eres mi Dios y te doy gracias

Dios mío, yo te alabo con mi vida

Den gracias al Señor porque es Bueno

Porque es eterno su amor.

Aún resuenan las últimas estrofas, cuando se oyen rechinar las puertas del Caniculum…

Y empiezan a salir los leones, uno tras otro. Enormes, castaños, soberbios. Con sus magníficas y grandiosas melenas. Salen también los tigres de Bengala, majestuosos y bellísimos, junto con las negras y relucientes panteras. Y todas las demás fieras son lanzadas a la arena paulatinamente.

El César utiliza su esmeralda pulimentada, para ver mejor. Primero los augustanos y luego la multitud, reciben a los leones con aplausos. Todos miran alternativamente a los feroces animales y a los cristianos que se han arrodillado mientras cantan. Con curiosidad morbosa quieren ver que impresión produce en ellos los feroces animales.

Pero tienen que seguir con su asombro.

Nadie se mueve. Sumergidos en su oración individual parecen no percatarse de los portentosos rugidos de las fieras. Los leones aunque están hambrientos por llevar varios días sin comer, no se apresuran a lanzarse sobre sus presas. Están un poco deslumbrados por la luz del sol y también aturdidos por los alaridos de la multitud. Se desperezan con lentitud.

Abren sus poderosas mandíbulas como un bostezo y luego miran a su alrededor. Se agazapan como al asecho, se ponen alerta y con un ronco sonido, se lanzan sobre sus indefensas presas…

Y empieza la carnicería.

De feroces dentelladas destrozan los cuerpos y los devoran, mientras brotan torrentes de sangre, de los cuerpos mutilados.

Un león se acerca a un hombre que tiene un niño en los brazos. Con un rugido corto y brusco, atrapa al niño y lo devora; mientras que de un solo zarpazo abre al hombre, como si lo hubiera partido a la mitad y con la garra con que le alcanzó el cuello, casi le desprende la cabeza. El pobre padre ya está muerto, antes de caer al suelo.

En aquel horrendo espectáculo, las cabezas desaparecen entre las enormes fauces abiertas de las fieras, que las cierran de un golpe. Y algunas, aferrando a las víctimas por la mitad del cuerpo, corren con su presa pegando enormes saltos, buscando un sitio propicio donde devorarla mejor.

Marco Aurelio mira aquella masacre con asombro y con cierto sentimiento de culpa. Al presenciar aquellos martirios tan gloriosos. Aquellas magníficas confesiones de Fe inquebrantable y aquel heroísmo triunfante, de aquellas víctimas que él sabe perfectamente que son inocentes de todos los crímenes que les imputan.

Y le penetró en el alma un dolor acerbo, porque si el mismo Cristo murió en el tormento para salvarlo también a él y está siendo testigo de cómo miles de cristianos están pereciendo y sufriendo por Él… Y le pareció un pecado el implorar misericordia, pues más bien es él quién debiera estar acompañando a Alexandra, dentro de la prisión.

Y comenzó a orar, pidiéndole a Dios que lo guíe y lo ayude a hacer su Voluntad. Y ensimismado en sus profundas reflexiones, perdió la noción del sitio en el que se encuentra y de todo lo que ocurre a su alrededor. Por un momento le pareció que la sangre de la arena, se eleva como una ola gigantesca que rebosa fuera del Circo y que inunda Roma entera…

Deja de oír los rugidos de las fieras, los gritos de la gente, las voces de los augustanos, hasta que de súbito empezaron a repetir:

–           ¡Prócoro se desmayó!

Petronio exclama tocando el brazo de Marco Aurelio:

–           ¡Se desmayó el griego!

Y efectivamente, Prócoro Quironio está en su asiento, pálido como la cera, con la cabeza echada hacia atrás y con la boca abierta como si estuviera muerto. Lo sacaron fuera del Circo.

El espectáculo se ha convertido en una escalofriante orgía de sangre.

Los espectadores están de pie. Algunos han bajado hasta los pasillos, para ver mejor y se producen así, mortales apreturas. El césar, con la esmeralda sobre el ojo, contempla con atento deleite, cuanto acontece en la arena.

En el rostro de Petronio hay una expresión de repugnancia y desdén… Aunque en su interior está impactado y lleno de preguntas sin respuesta…

Pedro está de pie, bendiciendo una y otra vez a las ovejas devoradas del rebaño. Nadie le mira, porque todos los ojos están atentos en el sangriento espectáculo. Mientras bendice, con su corazón desgarrado por el dolor, dice:

–           ¡Oh, Señor! ¡Hágase tu Voluntad! ¡Te ofrezco todo esto por tu Gloria! Te entrego las ovejas que me diste para apacentarlas. El Adversario quiere exterminarnos. Pero Tú sabes cuales dejarás para que la Iglesia no desaparezca…  Ya están abiertas las Puertas del Cielo, para recibir tu cortejo de mártires gloriosos. Padre santo fortalece mi espíritu para contemplar esto y seguir haciendo tu Voluntad…

Mientras tanto en el Podium, el César dice unas palabras al Prefecto de los pretorianos. Tigelino asiente con la cabeza y se dirige al interior del Anfiteatro.

En medio de gritos, lamentos, rugidos, allá entre los espectadores, se empiezan a oír risas histéricas, espasmódicas y delirantes, de personas cuyas fuerzas y nervios ya no resistieron tanta barbarie. El pueblo se horroriza al fin…

Muchos semblantes se han puesto sombríos y varias voces comenzaron a gritar:

–           ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta ya!

Se ha colmado la medida.

Pero es más fácil traer las fieras a la arena, que sacarlas de ella. Más el César ya había previsto el medio apropiado para esa eventualidad… Un recurso para despejar el Circo, procurando al mismo tiempo, un entretenimiento más.

Por todos los pasillos que hay entre los asientos, se presentan grupos de numídicos negros como el ébano, con sus cuerpos lustrosos y formidables, ricamente ataviados con joyas de oro y plumas multicolores, armados con arcos y flechas.

El pueblo adivinó que un nuevo espectáculo se aproxima y acoge a los arqueros con alegres aclamaciones; los numídicos se acercaron a la barandilla,  tomaron sus posiciones para disparar y a una señal comienzan a asaetear a las fieras…

Los cuerpos de los guerreros, fuertes y esbeltos, como si hubieran sido tallados en mármol negro, se doblan hacia atrás, extienden las cuerdas de sus arcos y afinan la puntería. El zumbido de las cuerdas y el silbar de  las emplumadas flechas, al atravesar velozmente el aire, se mezclan con el rugido de los animales heridos de muerte y la admiración de la concurrencia por su excelente habilidad.

Osos, lobos, panteras y serpientes, van cayendo uno tras otro. Aquí y allá, los leones y los tigres al sentirse heridos, rugen de dolor y tratan de librarse de la flecha, antes de caer con el estertor de la agonía. Y las flechas siguen zumbando por el aire, hasta que sucumben todas las fieras, debatiéndose entre las convulsiones postreras de la muerte.

Entonces centenares de esclavos se precipitan en la arena, armados con azadas, escobas, carretillas y canastos para el transporte de las vísceras. Salen en grupos sucesivos y en toda la extensión del Circo. Desplegando una actividad febril y rapidísima. En pocos minutos, la arena queda despejada de cadáveres. Se extrajo la sangre y el cieno. Se desmanteló el escenario. Se cavó. Se niveló el piso y se le cubrió con una nueva capa de arena. Luego pusieron en medio un entarimado de regular tamaño. Enseguida penetró una legión de cupidos que esparcieron pétalos de rosas y gran variedad de flores. Se removió el velarium, ya que el sol había bajado considerablemente y entre el público todos se miraron unos a otros, preguntándose, qué otra cosa seguirá a continuación.

Y en efecto, sucedió lo inesperado…

El César, que había abandonado el Podium unos minutos antes, se presentó de súbito en la florida arena. Le siguen doce coristas con sendas cítaras. Sostiene en la mano un laúd y se adelanta con paso solemne hasta el entarimado que ha sido decorado para enmarcar su actuación. Saludó varias veces a los espectadores, alzó la vista al cielo y pareció aguardar un soplo de inspiración. Luego hizo vibrar las cuerdas…

Y comenzó a cantar la Troyada.

Mientras tanto el apóstol Pedro, tomándose la cabeza con sus manos temblorosas, exclamó en voz baja y desde lo más profundo del alma:

–           ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Señor! ¡Qué pueblo, qué ciudad y qué César! ¡En qué manos has permitido que quede el gobierno del mundo! ¿Por qué has querido fundar tu Iglesia en este sitio?

Y comenzó a llorar.

Las carretas comenzaron a moverse… Sobre ellas han colocado los sangrientos despojos de los cristianos, para ser llevados a las fosas comunes.

Los sobrevivientes son enviados por otro corredor.

Nerón está cantando las últimas estrofas y su voz emocionada tiembla y se le humedecen los ojos… y  en los de las vestales también hay lágrimas, pues sus versos son una muy sentida alegoría del incendio de Troya.

Y el pueblo que ha escuchado en silencio, permaneció mudo por largos minutos antes de estallar en una prolongada tempestad de aplausos y de clamorosas aclamaciones…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

65.- LUDUS MATUTINUS


Para la celebración de los espectáculos prometidos, Nerón mandó construir un Anfiteatro gigantesco, porque quiere que los juegos sobrepasen en esplendor a todos los que ha habido hasta entonces. Miles de operarios trabajaron día y noche en la construcción del edificio y en su ornamentación.

Un inmenso pabellón pone a los espectadores a cubierto de los rayos de sol. Por entre las hileras de asientos, hay pebeteros dispuestos de trecho en trecho, para quemar perfumes de Arabia e incienso. Los arquitectos Marco Vitrubio y Julio Frontino han desplegado toda su habilidad en su construcción, para que sea a la vez incomparable y dé cabida al mayor número posible de espectadores, con la mayor comodidad.

El día fijado para dar comienzo a los Juegos, una inmensa muchedumbre llegó desde el alba, aguardando la hora de la apertura de las puertas y gozando del aire festivo que se contagia, por la inauguración.

Escuchan con expectación los rugidos de las fieras, a las cuales se les ha mantenido sin alimento para excitar más su ferocidad y su hambre. Todo esto aumenta el ruido hasta ser casi ensordecedor y los más tímidos, palidecen de miedo.

Al salir el sol, sobre toda aquella cacofónica confusión, comienza a escucharse un himno que brota desde el interior del circo y que es entonado por voces vibrantes y llenas de alegría.

La multitud escucha maravillada y sorprendida aquellos cánticos y dicen:

–           ¡Los cristianos! ¡Son los cristianos!

Y efectivamente, éstos han sido trasladados desde las cárceles en la noche precedente. El Himno retumba glorioso porque las voces de los hombres, mujeres y niños que lo cantan son tantas, que los entendidos en las funciones circenses, saben que las fieras quedarán saciadas y no acabarán con todos, antes de que llegue la noche.

A medida que se acerca el momento de la apertura de las puertas de los pasajes que conducen al interior del Circo, la gente se muestra más eufórica y discuten animadamente los detalles relativos a aquel espectáculo que promete ser extraordinario.

Desde muy temprano empiezan a llegar al Anfiteatro, los ‘lanistas’ (Los que compran, forman y entrenan a los gladiadores), con sus pequeños grupos dispuestos para el combate. Muchos vienen completamente desnudos, llevando palmas en las manos y coronados con flores. Y a la luz de la mañana, se ven todos jóvenes, hermosos, fuertes, rebosantes de vida. Sus cuerpos lustrosos de aceite, son portentosos y parecen tallados en mármol. La gente se deleita con su belleza y su fuerza.

Algunos son conocidos por el pueblo y al ser saludados por sus admiradores, se les escucha decir:

–           ¡Dame un abrazo, antes de que me lo dé la muerte!

Y desaparecen por aquellas puertas, sabiendo que probablemente al finalizar el día, no volverán a cruzarlas.

Detrás de los gladiadores, vienen hombres armados con látigos, cuyo oficio es azotar y azuzar a los combatientes.

Luego siguen una gran cantidad de carretas tiradas por mulas, que se van directas al spolarium. Filas enteras de vehículos llenas de camillas. La enorme cantidad de éstas predice la magnitud del espectáculo que está por comenzar.

Enseguida vienen los hombres que están encargados de rematar a los heridos y visten trajes de Caronte (Barquero del infierno que transporta las almas de los difuntos a través de la Laguna Estigia) Siguen luego los encargados de mantener el orden en el circo y los acomodadores, junto con los esclavos que reparten las bebidas y los alimentos. Y por último, los pretorianos a quienes el César tiene siempre cerca de su persona en el Anfiteatro

Cuando por fin son abiertas las puertas, la multitud se precipita hacia el interior y los rugidos de las fieras se hacen más estruendosos.

Mientras el público se instala en sus asientos, produce un movimiento de agitación rumorosa, comparable al del mar en plena tempestad. Finalmente, hace su entrada el Prefecto de la ciudad y Tigelino rodeado de su guardia. Detrás de ellos, los augustanos, senadores, cónsules, pretores, ediles, funcionarios de gobierno y del palacio, oficiales, pretorianos, caballeros, patricios y damas lujosamente ataviadas.

Con los rayos del sol brillan las joyas, las armaduras de los soldados, el acero de las armas, las espadas y las espléndidas vestiduras de los invitados imperiales. Desde el interior se oyen las grandes aclamaciones con que son recibidos todos los grandes personajes. Y siguen llegando nuevas partidas de pretorianos, seguidos por los sacerdotes de los diferentes templos y las vírgenes sagradas de Vesta.

Para dar principio al espectáculo, solo falta el arribo del César y la Augusta, con su círculo íntimo de augustanos favoritos.

Nerón desea ganarse el favor del pueblo y llega pronto.

Hace su entrada triunfal en el carro de Augusto, con traje de púrpura y clámide sembrada de estrellas de oro. Le siguen la Augusta y los augustanos que ha privilegiado. Entre éstos están Petronio y Marco Aurelio.

El joven tribuno sabe que Alexandra está enferma de gravedad e inconsciente. Pero como el acceso a la prisión ha sido restringido con mayor rigor en los días precedentes y los antiguos guardias fueron remplazados. Los nuevos no permiten la comunicación con los presos. Y por eso Marco Aurelio no está seguro de que Alexandra no está entre las víctimas destinadas al espectáculo del primer día, pues conoce el sadismo de que son capaces  sus captores y la venganza que los impulsa.

Después de instalarse en los lugares que les fueron asignados, se escabulle discretamente en medio de la multitud y baja a los subterráneos del Circo.

Un guardián lo conduce hasta donde están los cristianos. En el camino le dice:

–                      Noble señor, yo no estoy seguro de que llegues a encontrar lo que buscas. Hemos preguntado por una doncella llamada Alexandra, pero nadie nos dice nada. Tal vez porque no tienen confianza en nosotros.

–           ¿Hay muchos?

–           Tantos, que algunos tendrán que esperar hasta mañana.

–           ¿Y hay enfermos entre ellos?

–           No hay ninguno que no pueda sostenerse en pie.

Llegan hasta una puerta que da a una estancia enorme, pero tan baja y oscura, que solo recibe luz por unas aberturas enrejadas que las separan de la arena. Al principio, el tribuno no puede ver nada, oye tan solo el murmullo de plegarias, recomendaciones y tiernas despedidas en el recinto y los gritos de la plebe que proceden de las graderías del Circo. Pero cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, puede distinguir un grupo de seres extraños: son los cristianos disfrazados de bestias feroces.

Algunos están de pie y otros están arrodillados. Mujeres vestidas con piel de leopardo, tienen en los brazos a niños cuyos cuerpos también han sido cubiertos con pieles de fieras. Pero sobre esos grotescos disfraces aterradores, emergen rostros serenos y ojos que brillan con un júbilo supremo…  Es evidente que a todas estas personas les domina un sentimiento extraordinario que los hace indiferentes a cuanto sucede a su alrededor y no sienten ningún temor por lo que pueda ocurrirles.

 Cuando Marco Aurelio les pregunta sobre Alexandra, algunos le miran con ojos asombrados, como si los hubiese despertado de un ensueño y le contestan con una sonrisa, negando con la cabeza.

Pero lo más impactante son los niños. En todos ellos se ve la angelical inocencia de Cástulo, el día que le dio las Sagradas Especies. NADIE, llora. Ni está triste o aterrorizado.

Entonces empezó a llamar en voz alta a Alexandra y a Bernabé.

Un hombre vestido de lobo le tira de la toga y le dice:

–                      Hermano, ellos se quedaron en la prisión. Yo fui el último en salir y le he visto enferma en el lecho.

–           ¿Quién eres tú?

–           Calixto el cantero, en cuya casa dejaste a Alexandra. Fui arrestado junto con ellos y hoy he sido llamado al martirio.

Marco Aurelio suspiró aliviado. Al entrar había deseado verla y ahora le da gracias a Dios por no haberla encontrado ahí, viendo esto como una señal de divina misericordia.

Calixto le dice:

–           Noble tribuno y hermano ¿Te puedo hacer una petición?

–           La que quieras, hermano mío.

–                      La última vez que ví a Pedro, me aseguró que vendría al Anfiteatro. Si tú sabes en donde se encuentra, dímelo.

–                      Di a todos que está en la comitiva de Petronio, al lado izquierdo del Podium Imperial, disfrazado de esclavo. Búsquenlo de manera discreta. Dios hará que lo reconozcan.

–           Gracias hermano, que la paz del Señor esté contigo.

–           Hoy es el día de su victoria.

–           ¡Amén!

Marco Aurelio salió de allí y regresó junto a Petronio, que está en medio de los demás augustanos y al verlo, le preguntó:

–           ¿La encontraste?

–           No. La dejaron en la prisión.

–                      Pues bien. Oye lo que se me acaba de ocurrir, pero mientras tanto mira en dirección a donde está Julia Mesalina, para despistar. Tanto Prócoro como Tigelino nos están observando. Sería conveniente que pusieran a Alexandra entre los muertos por la epidemia y por la noche la sacaran de la cárcel, junto con los demás cadáveres. ¿Adivinas el resto?

–           Sí.

Galba interrumpe este diálogo, inclinándose hacia ellos y preguntando:

–           ¿Sabéis si darán armas a los cristianos?

Petronio contestó:

–           Lo ignoramos.

–           Será mejor que se las den, de otro modo la arena se convertirá demasiado pronto en un matadero y esto estará demasiado aburrido. Pero ¡Qué espléndido Anfiteatro!

Y en realidad luce magnífico. Los asientos inferiores totalmente llenos de togas blancas, relumbran como si fueran nieve. En el Podium Imperial está sentado el César quién ostenta un deslumbrante collar de rubíes. Junto a él se encuentra la Augusta, hermosa y sombría. Están flanqueados por las vestales y los más altos funcionarios de la corte. En resumen: todo cuanto hay en Roma de poderoso, opulento y ostentoso.

El Anfiteatro está lleno. Y por sobre aquel océano de cabezas, penden de una columna a otra festones de rosas, lirios, hiedras y pámpanos. La multitud empieza a golpear impaciente con los pies. Y estos golpes se van generalizando hasta ser atronadores y sin interrupción. Entonces, el Prefecto de la ciudad, después de recorrer la arena con su brillante séquito, hizo con el pañuelo una señal que fue acogida con una exclamación de aprobación, en que prorrumpió todo el Anfiteatro.

Y empezaron los juegos,…

Con una carrera de cuadrigas arrastradas por camellos y bufones montados sobre elefantes, que hacen diferentes gracias para el público. Luego vinieron los andavetes: gladiadores con yelmos cerrados, que lidian a ciegas. Cuando hacen su entrada en la arena, comenzaron a hacer molinetes con las espadas. La parte más selecta del público, mira con desdeñosa indiferencia ese espectáculo. Pero la plebe se divierte con los movimientos desairados de los combatientes. Y cuando sucede que se encuentran de espaldas, el público prorrumpe en grandes carcajadas y muchos exclaman:

–           ¡A la derecha! ¡A la izquierda!

Y con frecuencia les engañan deliberadamente y los desorientan completamente. No obstante, pronto se forman varias parejas de luchadores y se traba un combate verdaderamente sangriento.

Los luchadores más esforzados, arrojan lejos sus escudos y tomándose el uno al otro de la mano izquierda, con el fin de no separarse, luchan con la otra hasta morir. Todo el que cae alza la mano implorando gracia, pero el público casi siempre pide la muerte para los heridos, principalmente porque son hombres que llevan oculto el rostro y son unos desconocidos.

Paulatinamente fue disminuyendo el número de luchadores hasta que solo quedan dos. Y fueron empujados el uno contra el otro y se apuñalaron recíprocamente. Enseguida, a los gritos de ‘¡Peractum est!’ Fueron sacados de la arena y un grupo de hombres con unos rastrillos, hizo desaparecer las manchas de sangre.

Luego esparcieron pétalos de rosas y otras flores.

En la segunda parte empezó la lucha más importante y que despertó el interés de todos los asistentes, pues empezaron a hacer importantes apuestas. Entre la plebe, cuando ya no tienen dinero, llegan a apostar hasta la propia libertad y siguen con el corazón anhelante por la ansiedad y el miedo, las peripecias de aquellos combates.

Y por todas partes se escuchan votos a los dioses en voz alta, para que les ayuden a que gane su lidiador favorito. De mano en mano van pasando las tablillas en las cuales han escrito los nombres de sus preferidos, así como la cantidad de sestercios que cada quién apuesta por su predilecto.

Todos cruzan apuestas: el César, los sacerdotes, las vestales, los senadores, los quirites y el pueblo. Los campeones que ya han obtenido clamorosos triunfos, son los que cuentan con mayor número de partidarios. Pero hay quienes arriesgan sumas considerables a favor de gladiadores nuevos, con la expectativa de obtener enormes ganancias, si éstos obtienen la victoria.

Así que cuando se escuchan las trompetas, se hace un silencio profundo y expectante…

Todos los ojos se vuelven hacia la puerta a la cual se acerca un hombre vestido de Caronte y da en ella tres golpes con un martillo. Un momento después, las dos hojas se abrieron lentamente y se puede ver un túnel largo y oscuro del cual van surgiendo los gladiadores, para ingresar a la arena. Avanzan en divisiones de veinticinco personas y están magníficamente armados: tracios, mirmidones, galos. Al último ingresan los retiarii, trayendo una red en una mano y un tridente en la otra. La multitud estalla en atronadores aplausos y estruendosas aclamaciones.

Los gladiadores dan la vuelta a la arena con paso firme y flexible: magníficos y hermosos, con sus brillantes armaduras y espectaculares trajes. Avanzan hasta detenerse frente al Podium Imperial, grandiosos y tranquilos. El toque penetrante de un cuerno, impone el silencio. Entonces los gladiadores extienden su mano derecha, alzan la cabeza hacia el César y gritan con voz lenta y potente:

¡Ave César Imperator!  ¡Moritum té salutant!

(Salve emperador y César. Los que van a morir te saludan)

Enseguida se alejan rápidamente, para ocupar en la arena sus lugares. Los más famosos deben atacarse unos a otros en una serie de combates singulares, en los cuales resaltan el valor y la destreza, además de la fuerza y la astucia de los contrincantes.

El campeón es un germano llamado Taurus, que ha sido vencedor en muchos juegos. Lleva un enorme y elaborado yelmo. Cubre su poderoso cuerpo con una cota de malla que lo hace parecer como un escarabajo gigantesco. Va a enfrentarse con el casi desconocido retiarius, Mercurio: un tracio de aspecto imponente.

Y entre los espectadores comenzaron las apuestas.

Taurus, colocándose en el centro de la arena, comienza a retroceder blandiendo la espada. Inclinando la cabeza, sigue atentamente a través de la visera de su yelmo, los movimientos de su adversario. Mercurio es un hombre ágil, esbelto, de formas estatuarias, con músculos poderosos. Está completamente desnudo. Empieza haciendo giros rápidos alrededor de su adversario. Agitando la red con movimientos llenos de gracia, al mismo tiempo que sube y baja su tridente.

Pero Taurus no le huye. Permaneciendo en un solo sitio, procura mantenerse siempre frente a su adversario, estudiándolo con una concentración absoluta. Poco a poco se va advirtiendo en sus ademanes y en su cabeza monstruosamente grande, algo que infunde terror. Todos comprenden que en ese cuerpo encerrado en su poderosa armadura, ya se está preparando el golpe repentino que decidirá el combate.

Mercurio salta hacia él o brinca de un lado a otro, agitando su tridente con movimientos tan rápidos, que resulta difícil seguirlo con la vista. Repetidamente suena sobre la coraza el golpe del tridente, pero Taurus permanece impasible. Toda su atención está concentrada no en el tridente, sino en la red que gira a su alrededor tratando de atraparlo.

Los espectadores contienen la respiración y siguen como hinoptizados los pormenores de la lucha. Taurus espera, elige cuidadosamente el momento y se lanza por fin, sobre su enemigo. Éste se desliza con rapidez centelleante por debajo de su espada, esquivando el golpe mortal. Se irguió de inmediato, alza el brazo y arroja la red. Taurus, sin cambiar de posición la rechaza con su escudo y rápido se separan ambos. En el Anfiteatro se escuchan atronadores los gritos: ‘¡Macte!’ Y en todos lados comienzan de nuevo las apuestas.

El mismo Nerón sigue el espectacular combate, conteniendo el aliento…

La lucha comienza de nuevo con tal arte y precisión en los movimientos de los contendientes, que por momentos parece que más que un combate a muerte, es una exhibición de destreza y habilidad, en una  hinoptizante danza, increíble y mortal.

Taurus evita la red por dos veces más y empieza a retroceder hacia un extremo de la arena, sus partidarios comienzan a gritar: ‘¡Acábalo! ¡Es tuyo!…’

Y Taurus vuelve al ataque. Repentinamente el brazo del retiarius, se cubre de sangre y se le cae la red. Entonces Taurus reúne todas sus fuerzas y salta hacia delante, con el fin de asestar a su adversario el golpe definitivo. Pero en ese instante Mercurio, cuya imposibilidad para manejar la red era fingida, salta hacia un lado y esquiva el golpe; dirige el tridente por entre las piernas de su oponente y lo derriba.

Taurus intenta levantarse, pero al punto se ve cubierto por la fatal red, en la cual se va enredando siempre más, con cada movimiento que hace, mientras su adversario le clava una y otra vez en la tierra. Taurus trata varias veces de levantarse, en un esfuerzo inútil. Con un postrer movimiento se lleva a la cabeza su mano desfalleciente, con la cual ya no puede empuñar la espada y cae pesadamente sobre su espalda. Entonces Mercurio fija su cuello al suelo con el tridente y apoyando ambas manos sobre el mango de éste, vuelve el rostro hacia el palco del César.

Todo el Anfiteatro estalla en aclamaciones y aplausos. Para los que apostaron a favor de Mercurio, en este momento lo adoran como a un dios y por la misma razón, la animosidad contra Taurus ha desaparecido, porque a costa de su vida, aquel infortunado les ha brindado una ganancia y empiezan a pedir gracia a favor de Taurus. Los perdedores piden la muerte. Y estos dos gritos tan opuestos, llenan el graderío. Pero el retiarius mantiene la vista solo fija en el César y todos están expectantes por lo que va a suceder…

Por desgracia para el gladiador vencido, Nerón extiende la mano y vuelve el pulgar hacia abajo.

Entonces Mercurio se arrodilla sobre el pecho del germano. Aparta el yelmo de la cabeza de su adversario, dejando a la vista la blonda cabellera y el rostro sereno que lo mira fijamente y con valiente resignación ante la derrota… Y lo ensarta por la garganta contra la Arena.

‘¡Peractum est!’   –gritan al unísono muchas voces en el Anfiteatro.

Taurus se convulsiona y luego queda inmóvil. Inmediatamente sacan el cadáver de la Arena.

Hubo otros combates singulares y luego la recreación de la Batalla de Aníbal en Cartago entre grupos de gladiadores y que resulta igual de mortífera. Enseguida a los vencedores les fueron entregados los premios y las coronas.

Luego sigue un intermedio que se convierte en banquete. Se distribuyen bebidas refrescantes, carnes asadas, vino, aceitunas, queso, frutas y dulces. El pueblo devora y aclama al César. Y satisfechos el hambre y la sed, centenares de esclavos distribuyen billetes de lotería y obsequios que llevan en canastos. Los patricios no participan de estas distribuciones.

En el centro de la arena, cientos de operarios están levantando un escenario en forma de un gran círculo partido por la mitad. Una simula un vergel y en la cúspide, hay un árbol cuajado de manzanas y al lado un poste, adornado con guirnaldas como de un metro de altura y con una argolla. En la parte baja, en una plataforma circular, a la que para subir hay tres escalones, pusieron centenares de postes iguales al que está en la parte superior, junto al árbol.

En la otra mitad del círculo, que simula un pequeño monte, levantan una enorme cruz en el centro de tal forma, que la cruz queda casi a la par que el árbol con manzanas. En ella han colocado crucificado, a un cristiano y ¡Han cubierto su cabeza con una auténtica cabeza de un asno! De tal forma que realmente parece un hombre con cabeza de asno.

A su alrededor y también en semicírculo, han sido alineadas unas parrillas monumentales. Entre ellas hay tres filas de postes que sostienen en su parte superior a un tercero y que de trecho en trecho, tienen una gruesa argolla de acero. En la parte baja y alrededor de la cruz, también hay centenares de pequeños postes que completan el círculo y da una imagen simétrica, al imponente escenario.

Los augustanos están ocupados mirando a Prócoro Quironio y divirtiéndose con sus vanos esfuerzos por demostrar que está disfrutando del espectáculo. Su cobardía ingénita lo hace incapaz de contemplar el sangriento combate. Se pone pálido. Corren por su frente gruesas gotas de sudor, sus ojos giran desorbitados, le castañetean los dientes y se estremece como si tuviese mucho frío. Al terminar la batalla de los gladiadores, pudo recuperar un poco la compostura y empezó a recibir una andanada de puyas de sus vecinos.

Dejándose dominar por la cólera, se defiende desesperadamente.

Vitelio le tiró de la barba y dijo:

–           ¡Vaya griego! Parece que la vista de la sangre y la piel desgarrada de un hombre, es algo superior a tus fuerzas.

Prócoro replicó venenoso:

–           ¡Mi padre no fue un zapatero remendón y yo no puedo repararla!

Muchas voces exclamaron:

–           ¡Macte! ¡Habet! (Muy bien, le venció)

Pero otros siguieron burlándose de él…

Haloto dijo:

–           No es su culpa tener en el pecho un pedazo de queso, en vez de corazón.

Prócoro contestó zumbón:

–           ¡Tampoco tú eres culpable de poseer doble vejiga en lugar de cerebro!

Haloto soltó una carcajada de escarnio burlón y contestó:

–           ¡Algún día llegarás a ser un gladiador! Con esas manos tan grandes, te verás admirable manejando una red en la arena.

El griego replicó:

–           Y si en ella te cogiera, sólo habría en mi red una fétida abubilla.

Marcial preguntó con sarcasmo:

–           ¿Y qué harás cuando llegue el turno a los cristianos? Tendrás que verlos… Tú los entregaste.

Y así… continuaron atacándole. Él se defiende irónicamente, en medio de la risa general y con gran gusto del César, quién a cada momento repite:

–           ¡Macte!

Y azuza a los demás para que sigan molestando al griego…

Cuando hacen una pausa en su malévolo juego, Petronio se acercó a Prócoro. Y tocándolo en el hombro con su bastón de marfil, le dijo fríamente:

–           Todo eso está bien filósofo, pero en una cosa te has equivocado: Los dioses te hicieron un vulgar ladrón y tú te has convertido en un juglar. Esa es la razón por la que no te sostendrás por mucho tiempo.

El viejo le miró con sus ojos enrojecidos y no encontró un insulto adecuado que aplicar a Petronio. Así que se quedó callado. Luego dijo con cierto esfuerzo:

–           Me sostendré.

En la arena, el escenario ha sido terminado y todo está listo para la atracción especial de aquel día: ha llegado el turno de los cristianos…

En ese momento las trompetas anuncian que el intermedio ha concluido. Los espectadores regresan a sus asientos. El ánimo del público a la par que expectante, también está predispuesto en contra de las víctimas, pues han sido convencidos de que les están castigando por ser los incendiarios Roma y los destructores de sus antiguos tesoros…

Son los bebedores de sangre de infantes, que adoran a un hombre con cabeza de asno. Los enemigos de la raza humana, y culpables de los crímenes más abominables. Los castigos más crueles, no son suficientes para el odio que han despertado en aquel pueblo que lo único que desea, es que las torturas que sean aplicadas a los cristianos, correspondan plenamente a los delitos perpetrados por aquellos malhechores…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

64.- EL OCTAVO SACRAMENTO


En la casa de Nicolás, Fernanda está en el jardín posterior, rodeada por Emiliano su cuñado, otros familiares y su esposo, además de todos los sirvientes de la casa, que escuchan muy atentos a la joven domina:

EL OCTAVO SACRAMENTO ES: EL DOLOR.

La Humanidad se horroriza por las ruinas que dejan las guerras en las ciudades y que destruyen palacios, templos, puentes, etc. Y maldice los explosivos que destrozan pulverizándolo todo, lesionando y destruyendo todo.

El hombre era la Obra más perfecta y maravillosa de la Creación. Y Dios estaba lleno de júbilo, cuando lo contempló terminado. Y los Cielos se estremecieron de admiración. Y la Tierra cantó su alegría, porque sería el planeta que acogería regiamente al rey-hombre, hijo de Dios.

El Pecado. Más nefasto que todas las dinamitas, ha trastornado las raíces de hombre, en lo más íntimo del Pensamiento de Dios. El Pecado, destruyó el complejo conjunto perfecto de carne y de espíritu, movido por los sentimientos; en el que la carne era más pesada, pero no era contraria y mucho menos enemiga. Con un espíritu que no estaba prisionero en ella, porque era su rey y ella era dócil y lo guiaba hacia Dios. Era atraído por Él como un imán divino, mediante las relaciones de amor entre su Creador y su criatura.

El Pecado trastornó aquel armónico contorno que Dios había puesto alrededor de su hijo, para que fuese un rey feliz. Caído el amor del hombre hacia Dios, cayó el amor de la Tierra hacia el hombre. Y la ferocidad se desencadenó sobre la tierra; entre los animales y entre hombre y hombre. La sangre, que solo debiera haber sido calor de apasionado amor; se volvió una ardiente caldera de Odio. Y en ardiente gorgoteo, contaminó el altar de la Tierra; en el cual el único rito que Dios quería, era el del Amor.

Y nació una planta espinosa y de fruto amargo: el Dolor.

Cuando el hombre desobedeció, él mismo introdujo el dolor a la tierra. Al principio, el dolor fue sufrido como el hombre lo podía sufrir, en su embrionaria espiritualidad contaminada: un dolor animal hecho con los primeros dolores de la mujer y de las primeras heridas inferidas a la carne fraterna. Un dolor feroz de alaridos y maldiciones, semilla siempre de nuevas venganzas. Después se fue refinando en la ferocidad, pero no en el mérito. Y el Dolor se fue haciendo más vasto y complicado al igual que el Pecado.

Ninguno de los nacidos de mujer, está exento de las consecuencias del Pecado. Que violó para siempre el orden establecido por Dios. Alteró la armonía entre las criaturas y el Creador. Contaminó el amor, antes todo santo, con los falsos amores: el rebullir de pasiones carnales y fácilmente desordenadas, para que causaran las imperfecciones y la muerte espiritual al alma humana, creada con predestinación a la Gloria. ¿Irreparables estas consecuencias? ¿Obstáculo al Cielo para los hijos de Adán? NO.

Si incancelables son los signos del Pecado. Si el castigo del dolor y de la Muerte permanecen. Si los fomes han quedado después del Redentor. Y los Sacramentos instituidos por Él, hacen descender la Gracia a los hombres. No están cerrados los Cielos, ni negada la Gloria a  aquellos que heroicamente saben conseguir la santidad.

Y el Mal, cualquiera que sea, tiene un noventa y nueve por ciento origen en el hombre. Y el Bien tiene una sola fuente: Dios.

Desde el momento en que Satanás quiso ser igual a Dios en todas sus acciones: libertad, potencia y libertad de actuar. Quiso su propio pueblo como contraparte al Pueblo de Dios. Y este fin persigue sin detenerse, lleno de Odio hacia Dios y hacia las criaturas que Él ama como Padre. Y su Inteligencia conservada igual después de la fulminación divina. Inteligencia agudísima, adecuada al Príncipe de los ángeles…

Y sus poderes los usa para este fin, espiando en cada acción del hombre. Escuchando en cada una de sus palabras. Extrayendo del conocimiento de cada acción y palabra humana; de la constitución física del individuo, de las enfermedades, de las desgracias, de los estudios, de las ocupaciones, de los proyectos, de los afectos, de todo, ABSOLUTAMENTE DE TODO lo que le interesa al hombre; para hacer otros tantos terrenos donde sembrar su cizaña: creando confusiones y divisiones. Utilizando todas las armas para atormentarlo. Creando prodigios para seducirlo y hacerlo caer en el error.

El hombre es un niño irreflexivo y destructor, que busca con medios cada vez más refinados, la manera de atormentar con armas cada vez más mortíferas y con intransigencias morales, cada vez más astutas, para obtener dominio sobre los demás.

Dos son las necesidades del hombre: el Amor y el Dolor. El Amor que impide cometer el Mal. Y el Dolor que repara el Mal. Esta es la Ciencia que se debe aprender: Saber amar y saber sufrir. Pero el mundo no sabe amar y no sabe sufrir. Sabe hacer sufrir. Pero esto no es amor, es Odio.

Soledad, amargura, desolación. Satanás trabaja para aumentar el sufrimiento y llevar a las almas a la ruina, por medio de la desesperación. ¡Cuánto dolor hay sobre la Tierra y solo Dios Puede aliviarlo! Dios pliega siempre el Mal al Bien.

El dolor desde el punto de vista humano, es un mal por el sufrimiento que comporta. Pero desde el sobrenatural, es un bien; porque aumenta los méritos de los justos, al fortalecer las virtudes por el ejercicio de las mismas. Porque saben sufrir sin desesperarse, sin rebelarse. Y les da la oportunidad de ofrecerlo a Dios, como sacrificio de expiación por las flaquezas propias; repara los pecados del mundo y es redención por los que no son justos. Para el hombre es muy difícil comprender y aceptar esto.

La vida es cruz. Siempre.

Los que reniegan de Dios, cargan la cruz sin Él. Las almas que huyen de la cruz y del dolor, huyen del Amor. Volviéndose muy desgraciadas al carecer de la paz interior que fortalece al alma con la Presencia de Dios. El Dolor aceptado sin rebelión es expiación. En la pobre justicia humana, se pide que quién causó un daño, restituya lo que quitó arbitrariamente. Quién calumnió se retracte y así sucesivamente. La Justicia de Dios exige la reparación de la culpa por medio de la expiación, con los mismos medios que se usaron para cometerla.

Nadie quiere sufrir, pero todos buscan que los demás sufran…

En su paso por la tierra, el hombre más que para sufrir, vive para hacer sufrir. Pero es mejor sufrir y expiar por un poco de tiempo en la tierra… Y mientras dura la jornada terrena, que es solo un instante en la Eternidad; que expiar en el Purgatorio, donde el tiempo está en proporción de uno a mil…

En el Purgatorio se sufre intensamente el dolor de haber amado poco. Y el proceso de regeneración, con el consiguiente crecimiento espiritual al que es sometida el alma por medio de la Purificación en el Purgatorio, es tanto más intenso y más doloroso, en cuanto menos se amó.

El Dolor es Cruz, pero también alas. Y es el camino que lleva a la conquista de las virtudes. El dolor es el termómetro perfecto que mide la capacidad de amar. Porque el amor y el dolor tienen una unión íntima, tan fuerte que parece indisoluble. Cuanto más se está en la Luz, tanto más se acepta, se ama y se desea el dolor. Por el contrario, mientras más alejados estamos de Dios, tanto más se teme y se odia el dolor. Y por lo mismo, hay una rebelión contra él.

orgullo gay

LOS PECADORES.

Que se han rebelado contra los mandamientos de Dios, odian el Dolor porque es el principal obstáculo, para el goce de todos sus vicios. Y no soportan a este gran maestro de la vida espiritual, ya que lo consideran un verdugo cruel y despiadado que les impide el disfrute de la vida. Y se rebelan contra el sufrimiento con la violencia: el suicidio o el homicidio. Así el dolor es mal que los fermenta y los convierte en presas del Infierno. Porque Satanás los atormenta y los lleva gradualmente a la desesperación; haciendo que el hombre blasfeme por el dolor que él mismo se ha provocado y del cual termina acusando al Creador; maldiciéndolo y buscando venganzas que llevan a males mayores.

LOS TIBIOS.

Huyen del Dolor como de su peor enemigo. Se la pasan gimoteando, buscando milagros y consuelos divinos. Son las almas débiles, faltas de fuerzas para operar tanto en el Bien como en el Mal.

LOS JUSTOS.

Primero: aceptan el dolor con resignación amorosa. Su Fe y su fidelidad les dicen que Dios es infinitamente Bueno y Misericordioso. Y que si Él lo permite, es porque de su dolor, va a sacar un bien mayor que es necesario. Ya que al unirlo con los méritos de Jesús, Él va a darles un valor infinito, santificándolo al fundirlo con Él; ya que el Amor impide el Mal y el Dolor lo repara. Lo soportan y ruegan, pidiendo amor para amarlo y para saber sufrir.

Segundo: Aman obedeciendo y haciendo fuerza a sus quereres naturales, para hacer siempre la Voluntad Divina. El Dolor que les comporta, lo lloran en los brazos de Dios. Sus lágrimas se enjugan al calor de la ternura divina. Y comprenden la razón de su sufrir. Saben que Él las ama tanto, que les da dolores con un fin santo. Y al dejar su corazón en sus manos; reciben curación, aliento y consuelo.

Tercero: la sabiduría comporta dolor. El que aumenta su saber, aumenta su dolor. El que conoce al Señor, le confía sus afectos, intereses, esperanzas y dolores. Se abandona totalmente en Dios y ve en Él, al Amigo, al Hermano, al Padre. A aquel que lo ama con su Amor Perfecto, como Perfecta es su Naturaleza Divina y se une a Él.

Por eso hay que dar a Dios, lo que es de Dios y al hombre lo que es del hombre. Dar a cada uno el juicio justo. Si meditamos bien en nuestros tormentos, que a veces se convierten en un sufrimiento mortal, veremos que en cada tormento está el nombre de un hombre. Nunca el de Dios. Y en el momento de la desolación, el alma más que nunca debe ser la hija de Dios. Y le llama con la seguridad de que puede hablarle, porque ha conquistado el derecho de ser escuchada.

No más oscuridad de desolación humana. No más afán de creyente que quiere y no puede alcanzar la paz en el Dolor. Sino la alegría del sufrir: Una alegría del alma, bajo el llanto de una carne que muere por último. Carne y sentimientos son los vestidos del ‘yo’ espiritual, el verdadero ‘yo’. Y la criatura santificada por su heroísmo, puede alcanzar a decir: “Por aquel sí’ que yo he dicho, ¡Escúchame!

Y hay que esperar en Dios y confiar en Él.

Cuando se juntan dos para llevar una pena, ésta se hace más ligera. Él enjuga toda lágrima de sus ojos y le consuela de un dolor que no le puede evitar, porque sirve para la Gloria de Dios y la suya. Comprende que la vida es una ráfaga que termina, cuando en el Cielo le son arrancadas las espinas que le fueran clavadas por amor. Sabe que el mundo necesita sufrimiento. Y pide el dolor para unirlo con Jesús, para la salvación de las almas. Y así, uniendo su voluntad a la divina, comparte con Dios, la necesidad del Dolor Absoluto, completo, profundo, hasta llegar a bendecirlo como una Gracia Inmerecida, que le permite unirse y parecerse al Dios Redentor, que adora con confianza y con amor. Porque el dolor es una gran absolución cuando se sufre con santidad y se une a la Magna obra de la Redención.

Vivir junto a Jesús es un gran gozo hasta en el dolor. Y morir por Él, es pasar a la gloria. El alma se convierte de consolada, en consoladora. Y desea enjugarle las lágrimas a un Dios que no es amado. Convertirse al amor es saber soportar el dolor. Porque el amor nunca va separado del sufrimiento. Porque al ser una cosa santa, desencadena la furia del Enemigo. En compensación, el sufrimiento nunca va separado de la Gloria, porque Dios es justo y da a quien da. Ya desde la Tierra, el alma prueba la Gloria del Cielo. Y el Reino de Dios en ella, lo siente hecho realidad, por la Paz verdadera que le da la Presencia de Dios dentro de ella. Esta paz que es imperturbable en medio del más atroz de los tormentos, mientras apuran el cáliz amarguísimo del Odio. Y de lo que darán testimonio, los mártires.

SE DEBE IMITAR A CRISTO EN TODO. Y es todavía siempre por el Dolor, el holocausto con el que el hombre salva. Continuando la Obra de salud, iniciada por Cristo, pues el Martirio del Dolor, está siempre presente en la vida de los elegidos. Los cuales demuestran su justicia mediante su amor al Dolor, no solamente soportado con resignación, sino también pedido como ‘Octavo Sacramento’ y ‘Novena Bienaventuranza’ para ser ungidos ‘víctimas’ y ser la verdadera efigie de Jesucristo Víctima.

Porque es por el Dolor y la Muerte, que Jesucristo fue el Salvador y el Redentor.

Del Mal, Dios siempre saca un fin bueno. Los que martirizan al alma-hostia, hacen que ésta se encamine hacia la perfección.

El Purificador deberá dar cuenta de su crueldad. Pero las victorias sobre el Mal, son la corona de los elegidos. Si la maldad no pudiera crear en manos de Dios una consecuencia buena, Dios la hubiese destruido.

El mal glorifica a los justos. La obediencia a la Voluntad de Dios es el perno que fija y no nos permite desfallecer, aumentando el amor y el deseo de perseverar. Jesús fue Obediente hasta el extremo y nos recuperó a nosotros. Y compartimos con Él, la sublime misión de recuperarle los hijos a Dios a través del Dolor y el sacrificio, al beber del mismo cáliz que Jesús, que también en su amargura es bello, porque tiene en su borde el sabor de los labios del Maestro, que ha sido el que bebió primero.

LA FUERZA DEL DOLOR.

El Dolor no es un castigo cuando se acepta y se hace uso de él rectamente. Y se convierte en Sacerdocio que da un gran poder sobre el Corazón de Dios. Un gran mérito nacido con el Pecado. Sabe aplacar la Justicia, porque Dios sabe emplear para el Bien, cuanto el Odio hace para causar Dolor. A través de la Oración, el Dolor se hace soportable y se convierte solo en una molestia de la materia. Y el corazón se fortalece con las fuerzas del león, para que el espíritu vuelva a ser rey.

Cuanto más un alma está en la Luz, tanto más ama y acepta; ama y desea, el Dolor. Cuando se vive inmerso y viviente en la Luz, se ama y se pide: EL OCTAVO SACRAMENTO.

Porque si con el dolor hay Paz, entonces es prueba de que viene de Dios. Las almas-hostias hacen lo que Jesús hizo: hacer del Dolor el principal instrumento para salvar. No debe preocupar el llanto. También Él lloró. Él sollozó gimiendo y con repugnancia de carne y de mente, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, ha dicho: “Hágase tu Voluntad”

IMITAR AL MAESTRO ES EL SECRETO QUE SALVA.

“Hágase tu Voluntad” Lo ha dicho. El espíritu solo, ha tenido el coraje de decirlo. Entre las repugnancias y los miedos de todo el Cuerpo y del Pensamiento, contra el espíritu; se debe decir: ‘Señor, fundo mi voluntad en la tuya y haz que tu Voluntad sea la mía.”

Y mientras la crueldad del Dolor flagela, Dios está junto al alma valerosa, como un Padre y un Amigo que la compadece. Que la vela, que llora con ella y de la que recoge el infinito tesoro que Él necesita para salvar: el Dolor que redime. Porque la tierra es un altar contaminado y el Dolor es el Holocausto por el Pecado. El Amor es el holocausto por el sacrificio. Y el Amor nace en las almas al purificarse por el Dolor. Dios no condena las lágrimas, ni la repugnancia del hombre por el sufrimiento y el dolor. Condena solo el Pecado, la resistencia a la conversión y la desesperación en su Misericordia.

Lamentarse con Dios refugiándose en Él, hace que las lágrimas sean las monedas más preciosas para la conquista del Cielo, si el hombre padece y las soporta, sin salir del amor y de la justicia. Siempre hay dolores más fuertes que los propios. Cuando el hombre se lamenta de su suerte y recuerda los dolores de Dios, se ve el sufrimiento tan relativo, que la Cruz cada día se hace más soportable.

El llanto es el tributo de nuestra condición de hombres. Jesús y María Inmaculada lloraron muchísimo. Los Dos que debieron estar exentos, tanto por su Pureza como por su Santidad. Lloraron para redimir y debieron vivir sumergidos en el Dolor. Las almas unidas a Dios deben expiar por sí mismas y por las demás, haciendo del llanto una moneda para rescatar a los esclavos que Satanás tiene amarrados a sus galeras.

El alma-ostia pide sufrir para aliviar el sufrimiento de los demás y transformarlo en paz y luz, para que puedan salvarse. El hombre acusa a Dios, por el dolor que él mismo se genera. Y los verdaderos hijos de Dios, saben amar el Dolor. Lo quieren y lo piden para expiar por sí y por los demás. Vivir unidos a Dios, es alegría también en el Dolor.

LA LEY DEL DOLOR.

A esta dolorosa consecuencia del desorden de un Ángel y de los Progenitores, nadie escapa. Ni siquiera el Hijo del Hombre, el Santísimo Verbo del Padre, que sin haber pecado, conoció los asaltos del Tentador que en la Hora en que fue el ‘Hombre’. El Cordero de Expiación, cargó con los pecados de todos los hombres y fue condenado a morir fuera de la Ciudad Santa, en el Desierto de los desiertos. Aquel no solo de su Pueblo, sino de los amigos y hasta de su Padre. Porque siendo Dios y por lo tanto Eterno, Purísimo y exento de las consecuencias del Pecado, conoció el Dolor y la Muerte.

Jesús vino a santificar el dolor, sufriendo el Dolor por todos los hombres y fundiendo los dolores humanos en el suyo infinito, dando así mérito al Dolor. Con el Martirio del Dolor, viene el Martirio del Amor, no menos consumante con su ardiente dulzura, que el del Dolor.

Nadie fue más probado que Jesús. Y nadie como Él, conoció la soledad, la incomprensión, el abandono. Desde los celestes a los humanos. Nadie padeció los dolores que Él ha padecido. Dolores de toda especie, siempre en aumento en cantidad y en intensidad. Y cada vez mayores.

Pero Él nunca reclamó al Padre por este Océano de Dolores que lo circundaban y que subían con sus olas amargas, cada vez más grandes, para sumergirlo. Nunca acusó al Padre. Sabía que Él permitía esto para exaltarlo después por sus méritos, en medida infinita, en proporción a su Sufrimiento.

Él sabía que el mal, el dolor, la soledad, la angustia que sufría, venían del hombre decaído y manejado como una marioneta por Satanás. Y no podían dar más que dolor a Aquel que era Dios en vestidura humana. Y que lo había hecho así para devolverle los hombres a Dios. Los mismos a los que Satanás impulsaba y él lo sabía, porque estaba consciente de su próxima derrota; por la restitución del estado de Gracia a los redimidos. Y se vengaba con su máximo Odio contra el Amor.

El Dolor meditado, comprendido, contemplado, sobrenaturalmente; no es castigo del Rigor Divino, sino Gracia del Amor Divino. Gracia que Dios concede a sus mejores hijos, para hacer de ellos pequeños ‘Cristos’, por coparticipación al Cáliz Amargo, a la Dolorosa Pasión del Getsemani al Gólgota, a la Cruz que fue el Patíbulo de Cristo…

Yugo pesadísimo, aplastante. Yugo que no hubiera podido ser portado sin el Amor de Dios y por el prójimo, que lo vuelve ‘suave y ligero’, si no a la carne; al menos al corazón, a la mente, al espíritu. Fue el perfecto amor a Dios y al prójimo, el que hizo correr al Verbo de Dios al encuentro con su Cruz, con la ansiedad de haber ‘Todo cumplido’.

El Dolor es Holocausto y participación a la misma suerte de Jesús. El dolor es embriagante más allá de la alegría, cuando es el Dolor de Cristo. Y Él ayuda siempre al alma que lo ama hasta el sacrificio.

Jesús subió a la Cruz orando y sufriendo. La conversión se obtiene con la Oración y el Dolor. Después en el ánimo preparado para recibirla, se enciende la luz de Dios y se hace Palabra y Vida. Y por eso se debe gustar el Pan del Dolor de Dios.

En el tiempo preciso se debe contemplar el Dolor como el mejor de los dones. Pero debe haber amor, una grande Fe y un gran, gran agradecimiento. La peor de las torturas morales son la ingratitud y el desamor. Es peor que la tortura física. Dar afecto y recibir indiferencia y rencor. Dar obras y verlas rechazadas. Supera en potencia a los golpes del flagelo y al penetrar de las espinas. Estas son cosas que golpean solo la carne; pero la indiferencia, la ingratitud y el rencor, golpean al alma y sacuden al espíritu. En momentos así, no se deben mirar a las criaturas sino a Dios. No se debe pensar en la criatura que lastima, sino en orar para proveer su paupérrima alma y entregarle su alma a Dios para que la sane y la convierta. No se debe amar a la criatura por su persona, sino amar a Jesús en ella y así se encontrará lo que debe ser amado.

En la Hora de las Tinieblas el egoísmo domina y por medio de él, Lucifer trastorna el mundo. Para el cristiano-alma-víctima, son algunas personas que no agradecen o que traicionan. Para Dios, son millones los que se niegan a Reconocerlo… Debemos consolarlo con nuestro amor.

Fernanda calla y todos meditan en la enseñanza recibida. Tan asombrosa y…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

63.- ORGÍA DE CRUELDAD Y DE SANGRE


EL DÍA DE LA VICTORIA…

En el palacio de Tiberio hay una zona donde están los edificios destinados para las habitaciones de los huéspedes distinguidos: rehenes reales, invitados especiales o personajes importantes que participan en los banquetes imperiales. También están los lupanares de Tigelino y en el sótano de los edificios se hallan los calabozos que construyó Calígula, para desfogar su crueldad, lo que era su máxima diversión.

Los cristianos han sido conducidos a éste último lugar…

Y el César y sus invitados llegan detrás de ellos unos veinte minutos después.

Entonces Nerón ordena a Tigelino que se haga acompañar de Asinio Corvino y de Furio Escribonio, dos hombres abyectos y sanguinarios; para que conduzcan a las vírgenes cristianas a sus lupanares y sean violadas con especial barbarie, por los gladiadores.

Y sonriendo con maligna y anticipada satisfacción, dice a Corvino, pues conoce a fondo su índole criminal:

–                      Quiero que te encargues personalmente de Fátima. Haz que aprenda a temblar al escuchar mi nombre ¿Entiendes?…

El augustano sonríe con diabólica crueldad, al contestar:

–           Así lo haré, divinidad. Te aseguro que quedarás plenamente satisfecho…

Una decuria conduce a las vírgenes al lugar designado, seguidos por el inesperado séquito encabezado por Tigelino.

Nerón y sus acompañantes bajan a los sótanos, donde los esperan los cristianos y sus verdugos.

Los muros están hechos con sólidas piedras cuadradas, sobrepuestas.

La luz es tenue y triste, como si se filtrase por aspilleras y se mezclase con el resplandor incierto de algunas lámparas de aceite, que iluminan un poco aquel ambiente oscuro y siniestro. Es un amplio corredor espacioso que llega a una estancia muy grande y sigue como una especie de curva, como si formara una larga elipsis.

Y hay desparramadas gruesas piedras que sirven de asiento. Varios hombres gigantescos; barbados, semidesnudos y portando teas encendidas; se despliegan a lo largo del enorme recinto y lo iluminan totalmente.

En este lúgubre lugar, Calígula dio rienda suelta a sus sanguinarias y brutales inclinaciones, pues uno de sus placeres más gratificantes era presenciar torturas y el último suplicio de los condenados.

Este sitio ha sido diseñado y construido, precisamente para eso. A lo largo de toda la muralla en un lado, están una especie de bancos de piedra de granito adosados a la pared; para que se instalen los morbosos espectadores que quieran observar, el infernal espectáculo que proporcionarán las desventuradas víctimas de tan macabros instrumentos…

Y en la muralla de enfrente están todos los artefactos de tortura, que la ferocidad humana ha sido capaz de inventar: argollas en el piso, en el techo y en las paredes. También están una docena de potros y otra de parrillas. Y colgados: garfios, cadenas, flagelos, tenazas, ganchos, etc.

El lugar es húmedo y frío. Los espectadores se envuelven en sus lujosas togas, buscando un poco de alivio al estremecimiento que el aire helado les produce.

Nerón se arrebuja en su capa de visón que le diera Pitágoras, mientras le aconsejó que cuidara su garganta y hace una señal a Haloto. Éste inclina la cabeza y da una orden…

Entonces hacen su entrada los cristianos…

Cada uno de ellos lleva cuatro verdugos. Uno lo azota con varas y los otros dos lo empujan entre sí, como si fuera una pelota. El cuarto les avienta agua helada sobre el cuerpo desnudo. Otro más, los espera en cada instrumento de tortura…

A los que son colgados del potro, les ponen fuego bajo los pies y son desgarrados con garfios que dejan al descubierto los pulmones, mientras que son azotados con látigos múltiples, de nervios durísimos.

Los que son atados con grilletes a las parrillas, también son azotados y desgarrados con ganchos y los que son metidos en el cepo, reciben el mismo tratamiento.

Pero en aquel lugar espeluznante, no se oye ni una sola queja…

Al contrario. Los mártires son tomados en el espíritu y un cántico celestial, en una lengua incomprensible para ninguno de los presentes, se eleva suavemente al principio… Triunfal y resonante después…

El tiempo pasa… Los verdugos se relevan unos a otros, hasta que empiezan a fatigarse…

Nerón se levanta con el semblante desencajado por el asombro más absoluto.

Está totalmente perturbado y después de un largo momento exclama:

–           Pero ¡¿Quién es este Dios?!   

Iván le contesta tranquilamente desde el potro donde ha sido atado, mientras le estiran los miembros para dislocárselos:

–           Si fueres digno le conocerás…

Más cuando Nerón voltea a mirarlo… El joven sigue abstraído en una intensa oración.

El César y sus acompañantes están perplejos y estupefactos. Sin poder comprender, ni asimilar lo que está sucediendo…

Marco Aurelio está dichosísimo ante este inesperado despliegue de la Presencia de Dios…

Petronio, recuerda su salvación milagrosa con la muerte de Calígula, después de que pidiera a los hebreos que lo encomendaran en sus oraciones… Y su nombramiento como Procónsul de Bitinia por parte de Claudio…

Y por segunda vez en su vida lo sobrecoge un estremecimiento, ante un hecho totalmente sobrenatural e inexplicable…

Sin poder evitarlo, un pensamiento le sacude: ‘¿Acaso el Hijo es tan Poderoso como el Padre?’... De ser así…  ¡Este Dios es Increíble…! Y recordando la carta de Alexandra, que se ha grabado en su memoria palabra por palabra, concluye pensando:

–           ‘Por eso sus adeptos están dispuestos a dar su vida por Él y no le temen a nada…’

En eso llega un centurión pretoriano y le dice al César que Tigelino desea hablarle…

Nerón hace una señal a Carlos, el jefe de los verdugos y éstos hacen una pausa. Luego ordena que pasen Tigelino y sus acompañantes…

Pero éste entra solo acompañado por Xavier, el jefe de la guardia personal de Nerón y éste, sorprendido les pregunta:

–           ¿Qué pasó?…  ¿Dónde están Corvino y Escribonio?

El Prefecto le responde:

–           Nadie se pudo acercar a ellas… Tenemos veintitrés gladiadores muertos, porque les ordené que las tomaran o yo personalmente les aplicaría la pena de muerte, si no obedecían. Corvino y Escribonio, obedeciéndote a ti, se acercaron a Fátima y…

Tigelino titubeó antes de proseguir.

Y Nerón, muy impaciente y alterado, le preguntó:

–           ¿Y qué? ¡Por Zeus! ¡Acaba de una vez!…

–           El Ángel que cegó a Aminio Rebio los fulminó a todos… –concluye Tigelino con tono de disculpa y de derrota.

Por unos segundos, el César se queda paralizado… Trata de asimilar la noticia recibida…

Luego aspira profundamente y grita:

–           ¡Tráelas aquí!… –Ordena Nerón con los dientes apretados. Y furioso agrega- ¡Y atorméntenlas igual que a éstos!

Marco Aurelio está sorprendido y feliz… Y su esperanza se renueva…

Petronio sonríe de manera enigmática…

El canto se reanuda…

Todos los demás, están pasmados y en shock… ¡No pueden creer lo que están oyendo!…

Mientras tanto los verdugos se preparan a seguir el mismo procedimiento con las vírgenes que no pudieron ser profanadas.

Cuando éstas llegan, se unen al himno que resuena glorioso en aquel macabro lugar…

¡Aleluya!

Alaben al Señor desde los Cielos

Alaben al Señor en las alturas

Alábenlo todos sus ángeles,

Alábenlo todos sus ejércitos.

Alábenlo el sol y la luna

Alábenlo estrellas luminosas

Alábenlo los más altos Cielos

Y las aguas que están

Por encima del firmamento.

Alaben el Santísimo Nombre de Jesús

A cuya orden fueron hechos

Él los estableció para siempre

Y les dio una Ley Eterna.

Los reyes de la Tierra y todas las naciones

Príncipes y gobernantes de la Tierra,

Jóvenes y doncellas.

Los ancianos junto con los niños.

Alaben todos el nombre de Jesús.

Sólo su Nombre es sublime.

Su majestad se eleva sobre la Tierra y el  Cielo

Y ha dado a su Pueblo gloria.

Canten al Señor un canto nuevo.

Alábenlo en la Asamblea de sus santos.

Alégrense cristianos en su Creador.

Que los hijos de Dios se alegren en su rey.

Alaben su Nombre entre danzas

Al son del arpa y el tambor

Porque dios ama a sus hijos

Y viste de gloria a los humildes.

  JESÚS VIVE, JESUS REINA, JESÚS VIENE…

¡Aleluya! ¡Aleluya!

Las vírgenes son lanzadas, suspendidas, estiradas, desgarradas, flageladas, azotadas y asadas…

Los verdugos están exhaustos…

Los cristianos siguen alabando al Altísimo.

Los espectadores están estupefactos y Nerón está furiosísimo.

Mientras los mártires cantan, sus heridas son milagrosamente sanadas y su rostro resplandece más y más, con una gloria sobrenatural…

Joshua desde la parrilla dice con gran tranquilidad, como si estuviera bronceándose en una playa:

–           Tu fuego y tu tortura, regeneran nuestras almas. Sufrir por Dios es nuestra gloria y morir por Cristo la deificación total. 

Margarita desde el potro, declara majestuosa:

–           Tú defiendes la causa de Satanás y por eso estás tan enojado… No podrás perjudicarnos con tus suplicios…  Tú en cambio, estás preparando tu alma para el Infierno, donde hay un fuego infinitamente más fuerte que éste. Un fuego que jamás se apaga…

Fátima, que ha sido colgada de una argolla del techo, amarrada de los pies y estirada con las argollas del suelo, para poder desgarrarla mejor con los garfios; mientras dos verdugos la flagelan; con su voz llena de dulzura, dice:

–           ¿De qué te ha servido cebar en nosotros tu crueldad y tu infamia?…  ¿Por qué no reconoces que Dios te ha vencido? ¿Por qué no reconoces que Él es el Rey de reyes y Señor de los señores? ¿Por qué no te inclinas ante su Señorío, su Majestad, su Grandeza y su Poder? ¡Eres un hombre necio!… 

Esto es más de lo que Nerón puede soportar…

Se voltea hacia Tigelino y le da varias instrucciones en voz baja. Éste asiente con la cabeza y va a hablar con Carlos, el jefe de los verdugos.

En el colmo para el emperador en esta increíble noche, Joshua vuelve a hablar:

–           Jesús Resucitó… Y venció a la Muerte. Él es el Señor, Dueño de la Vida y de la Muerte. Esto es lo que Dios nuestro Señor, ha querido demostrarte en este día.

Nerón lo mira feroz, pero no le contesta nada. Y espera…

Los verdugos retiran a todos los cristianos, menos a los tres que han hablado…

Los jóvenes no sólo no se ven atormentados, sino que su hermosura ha aumentado en forma tan impresionante… Porque es la belleza sobrenatural de los cuerpos glorificados la que palpita en ellos y deja pasmados y con la boca abierta a quienes los contemplan…

A Margarita  la bajan del potro y la hacen a un lado, separándola de los demás, que hacen una doble fila frente a los impactados espectadores y Xavier el capitán de los pretorianos se pone junto a ella, como escolta.

A Fátima que tiene su rostro radiante por el éxtasis en una visión celestial… No se da cuenta que le han soltado los pies de la argolla del suelo y la elevan más con la cadena, hasta la argolla del techo…. Luego le separan las piernas con los grilletes y las cadenas de los tobillos a dos argollas que la dejan casi totalmente abierta… Y le colocan debajo, sobre el piso, una gruesa cuña de hierro…

A una señal del César, sueltan la cadena del techo y Fátima se precipita de tal modo sobre la cuña… que le descuartiza las vísceras.

La virgen queda empalada, sin un quejido y sin perder la sonrisa…

Nerón quiso de esta brutal manera,  quitarle la virginidad tan tenazmente preservada… Pero nunca como en aquel baño de sangre, el lirio floreció más bello… Y de las vísceras descuartizadas se expandió para ser recogido, por el Ángel de Dios.

Margarita dijo:

–           Paz, para Fátima.

–           Paz. –repitieron todos los cristianos.

Joshua está de pie, junto a la parrilla de donde acaban de quitarlo. Su cuerpo glorioso ha sido completamente sanado y no tiene una señal del tormento recibido…

Nerón lo llama:

–           Ven aquí…

El joven avanza con paso firme y queda frente al emperador a un poco más de un metro de distancia. Lo mira tranquilamente y espera…

Nerón lo mira fijamente mientras le dice:

–           El señor de la vida y de la muerte soy yo…

Y de repente, el César levanta la espada que le había quitado a Xavier y que estaba oculta entre sus vestiduras…

De un solo tajo le corta la cabeza que cae, salpicando por segunda vez de sangre, la vestidura color amatista del emperador y rueda a sus pies. Y éste la mira con desprecio y le da un puntapié como si fuese un balón… Arrojándola hasta el otro extremo del enorme salón.

Un silencio sepulcral sigue a esta ejecución y el tiempo parece detenerse…  

Luego…

Ante el estupor general, el cuerpo decapitado de Joshua, no se derrumba y por el contrario;  avanza con pasos firmes hasta el lugar donde ha caído la cabeza… La toma con sus manos y la coloca a un costado de su cintura como si fuera un yelmo, rodeándola con su brazo y sosteniéndola con su mano izquierda…   Luego regresa con paso mesurado, hasta el mismo lugar en donde fuera decapitado…

Nerón está paralizado.

La cabeza en las manos del mártir, lo mira con autoridad y con voz majestuosa y muy pausada, le repite:

–           El Señor de la Vida y de la Muerte es el Dios Altísimo, nuestro Señor Jesucristo.  Y a ÉL debes rendirle Gloria y Alabanza.

Enseguida Joshua vuelve a colocar la cabeza en su cuello. Y la gira con fuerza como si la acomodase, mientras continúa como si nada extraordinario hubiese en aquel gesto:

–           El fuego purifica…  Si quieres matarme, sólo podrás hacerlo con el fuego.

Y sin que nadie se lo mande, se coloca en la fila junto a sus compañeros…

Se oye el golpe seco de un cuerpo que cae al suelo, pero nadie le hace caso…  Julia Mesalina se ha desmayado.

Petronio está literalmente, con la boca abierta por el asombro más absoluto…

Marco Aurelio no puede ocultar su júbilo y levanta las manos poniéndolas sobre su cabeza…  Orando y alabando en silencio.

Nerón reacciona furioso y ordena:

–           ¡Llévenselos a la cárcel! ¡Serán pasto de los leones!

Y devolviendo la espada a Xavier, le dice:

–           Sabes lo que tienes que hacer…

El oficial inclina la cabeza, hace el saludo militar al emperador  y regresa junto a Margarita.

Mientras tanto en el cuello de Joshua, hay una línea roja que se va borrando poco a poco…

Mientras la fila de prisioneros es conducida por sus aturdidos verdugos, de regreso hacia la cárcel Mamertina… Los cristianos reanudan su canto, con un Himno de Victoria absoluto…

Nerón y sus invitados salen al exterior para dirigirse al salón donde quedaron los restos de la fiesta suspendida…

Afuera reina la intensa oscuridad que precede al alba…

En el firmamento brillan las estrellas y una luna creciente ilumina la noche estrellada, justo antes de que el sol se asome. El emperador, una vez que ha llegado a su ‘Paraíso de deleites’, se despide de sus invitados así:

–           Amigos, estoy cansado y voy a retirarme. Los que quieran quedarse, Doríforo los atenderá. Nos veremos mañana en el Circo.

Y Nerón se retira con su séquito personal, mientras casi todos los invitados abandonan el Palacio y se dirigen a sus casas, comentando entre sí los extraordinarios sucesos de los que acaban de ser testigos…

Una aurora espectacular, tiñe de rojo el horizonte…

Cuando Nerón ha salido con su séquito y sus invitados, le siguen los mártires con sus verdugos que los regresarán al Tullianum…

Una vez que han quedado solos, Xavier se quita su clámide y la pone sobre los hombros de Margarita, para cubrirla en su desnudez. Luego le indica suavemente que lo acompañe… La hermosa virgen, después de haber soportado torturas espeluznantes y permanecer firme en su Fe, es conducida nuevamente hacia las galerías en donde están los gladiadores, donde la aguarda el nuevo suplicio ordenado por el emperador…

Una vez que llegan al amplio corredor que conduce al lugar designado…  Dónde ya la está esperando el verdugo… Una multitud de hombres al verla pasar, trata de molestarla, insultándola con frases obscenas y sarcasmos lascivos.

Xavier les advierte con voz imperiosa:

–           ¡Si no os calláis y la respetáis, yo mismo me encargaré personalmente de que compartáis su tormento!…

Un silencio temeroso sigue a la amenaza del tribuno…

Xavier pone su brazo izquierdo protector, sobre los hombros de la virgen y su mano derecha sobre la empuñadura de su espada. Y trata con mucha gentileza a la doncella cristiana…

Cuando llegan al sitio designado,  ella dice gentilmente:

–           Por favor, valiente soldado. Antes de entregarme en manos del verdugo, ¿Me permitirías estar un momento a solas, para hacer una oración a mi Señor Jesucristo?

El pretoriano le sonríe y contesta solícito:

–           ¡Claro que sí! Mientras me informaré de algunas cosas con mis legionarios…  – Y se acerca al verdugo, haciendo un comentario e iniciando una conversación trivial.

Margarita se aleja hacia un rincón y con la cara hacia el murallón, inclina la cabeza en una oración mental ardiente y fervorosa invocando al Dios que ama y está dispuesta a honrar y defender con la vida…

Después de unos diez minutos, el oficial voltea hacia la joven y ve que ya está lista, se acerca y mientras le retira la capa, le dice con suavidad:

–           Si de mí dependiera, no estarías aquí. –en su voz hay un tono que ofrece una disculpa implícita.

Margarita se conmueve por estas muestras de simpatía y sonriendo al joven tribuno, le dice con sencillez:

–           No te preocupes por mí. Mi Señor Jesús está conmigo. Alégrate y ten buen ánimo. Apenas yo salga de este mundo le rogaré a Dios por ti y alcanzaré la Gracia para ti. Y Él te pagará muy pronto lo que has hecho por mí.

Después de decir esto, con una dulzura y una gracia conmovedoras, se dirige desnuda, digna y majestuosa, hacia los dos hombres: el verdugo y su ayudante que la esperan junto  a una hornilla encendida, donde hay un cubo de metal que hierve…

La sujetan con cadenas y la dejan de pie, en el centro de aquella estancia. Luego le derraman pez derretida en todo el cuerpo, lentamente y en pequeñas dosis…

La doncella no exhala la más mínima queja. Ni siquiera un lamento…

Margarita sufre noblemente este nuevo tormento y sonríe dulcemente a Xavier, que se ha hecho a un lado y se queda de pie junto a la muralla.

El militar está muy pensativo…

Los gladiadores y los demás que los siguieron y que han visto todo, están con la boca abierta, totalmente pasmados…

El pretoriano no tanto; porque ¡Después de lo que ha presenciado aquella noche!… Corresponde a la sonrisa de la virgen cristiana y espera…

Las injurias se han convertido en asombro y admiración.

Y los verdugos están completamente desconcertados…

Es el segundo suplicio de esta noche en particular. El primer hombre que les llevaron, no les dejó completar el trabajo. Aulo Plaucio gritaba que era inocente y a medio suplicio, prácticamente murió de terror. Después de los pavorosos alaridos, se derrumbó sobre el piso y su corazón dejó de latir…

En un inusitado contraste, ahora el cuerpo de la doncella, no solo no está quemado, sino que se parece a los de los gladiadores cuando desfilan en el circo para el combate…

Es una escultura viviente de alabastro blanquísimo. Soberbio e imponente, en una belleza impresionante…  Y lustroso como si la hubieran ungido con aceite de oliva. Parece la estatua de una diosa, cuando los verdugos han terminado su trabajo…

Lo más impactante, es la luz que parece irradiar a través de todos los poros de su piel y su rostro perfecto que habrá enamorado a más de uno…

Xavier la espera con su capa desplegada entre sus manos. La mira sonriente y la llama por su nombre:

–           Margarita, por favor ven hacia mí… -Y volviendo su rostro hacia el jefe de los verdugos, le dice- Claudio, rinde tu informe al emperador y envíalo a mi cuartel. Trata de ser específico y ecuánime… Bueno… Lo más que puedas…

El militar le contesta aturdido y completamente pasmado:

–            Xavier… Creo que antes de hacerlo, necesitaré un buen vaso de vino… ¡Por Pólux!… Ni siquiera entiendo lo que sucede… ¡Y  es la primera vez en mi vida que siento no tener las palabras adecuadas…!

–           Inténtalo… De todas maneras, no es fácil explicar todas las cosas que han sucedido esta noche… El César te comprenderá perfectamente. No te preocupes… Te espero en la tarde, para que platiquemos…

Su interlocutor solo mueve la cabeza asintiendo…

Margarita avanza hacia él y el tribuno que la envuelve nuevamente con su clámide. Y sale con ella dejando a todos los demás estupefactos y sin poder comprender que es lo que ha pasado…

Y los dos se dirigen al Tullianum.

El sol alumbra en todo su esplendor. Al día siguiente serán los Ludus Matutinus…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA