Archivos del mes: 31 agosto 2012

17.- LA LEVADURA DE PEDRO


Tres días después…

Está haciendo mucho calor. El mercado ha terminado y en la plaza vacía, hay unos cuantos ociosos y unos niños que juegan.  Jesús, en medio de sus apóstoles, llega del lago a la plaza. Acaricia a los niños que corren a su encuentro y le platican sus confidencias. Una niña muestra un golpe que le sangra en la frente y de ello acusa al hermanito.

Jesús dice:

–           ¿Por qué has herido así a tu hermanita? ¡No está bien!

El niño se mortifica y contesta:

–           No lo hice a propósito. Quería tumbar aquellos higos y tomé un bastón. Era muy pesado y se me cayó sobre ella. Cogía higos también para ella.

Jesús le pregunta:

–           ¿Es verdad, Juana?

Entre hipos la niña contesta:

–           Es verdad.

–           Entonces puedes ver que tu hermano no te quiso hacer daño. Quería hacerte feliz. Ahora, al punto haced las paces y daos un beso. Los buenos hermanitos y también los buenos niños, jamás deben saber lo que es el rencor. ¡Ea, pues!

Los dos niños se besan con lágrimas. Los dos lloran juntos. Ella porque le duele el golpe. Y él porque le pesa haber causado ese dolor.

Jesús sonríe al ver ese beso lleno de lagrimones. Y dice:

–           ¡Y ahora, porque veo que sois buenos, Yo os cortaré los higos!

Como es muy alto extiende el brazo y sin esfuerzo alguno, los corta y se los da. Acude una mujer:

–           Juana. Tobías. ¿Para qué molestáis al Maestro? ¡Oh, Señor! Perdona…

Jesús dice:

–           Mujer. Se trataba de hacer las paces. Y las hice con el objeto mismo que provocó la guerra: los higos. A los niños les gustan los higos dulces y a Mí… me gustan los corazones dulces e inocentes. Me quitan mucha amargura.

La mujer señala a unos fariseos:

–           Maestro, son los señores esos, los que no te aman. Pero nosotros, el pueblo; te queremos mucho. Ellos son pocos. Y nosotros muchos…

–           Lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo. ¡Adiós, Juana! ¡Adiós, Tobías! Sed buenos. No se porten mal. Y ya no se peleen. ¿Lo recordarán?

Los dos niños responden juntos:

–           Sí.

–           Sí, Jesús.

Jesús sonriente, al empezar a caminar dice a sus discípulos:

–           Ahora que con la ayuda de los higos, los cielos se han despejado de las nubes que había. Vámonos a… ¿A dónde queréis ir?

Ellos no saben y mencionan diferentes lugares. Pero Jesús mueve la cabeza sonriendo.

Pedro dice:

–           Yo renuncio. A menos que Tú no lo digas… hoy tengo ideas negras. Tú no viste; pero cuando desembarcamos, estaba ahí Elí, el fariseo. ¡Más verde que lo acostumbrado! ¡Y nos miraba en una forma, que…!

Jesús dice:

–           ¡Dejadlo que mire!

Judas exclama:

–           ¡Eh! No hay remedio. ¡Pero te aseguro Maestro, que para hacer las paces con ese, no bastan los higos!

–           ¿Qué fue lo que dije a la mamá de Tobías? ‘He hecho las paces con el objeto mismo de la guerra’ Y trataré de hacer las paces al volver a ver a los principales de Cafarnaúm, que según ellos les he ofendido. De este modo se contentarán. Probablemente no lo lograré; porque falta en ellos la voluntad de hacer las paces.

Cuando llegan a la plaza, Jesús va directo al banco de la alcabala, donde Mateo está haciendo sus cuentas y verificando el dinero que subdivide en categorías y lo pone en bolsitas de diversos colores. Luego las coloca en una caja fuerte de hierro, que dos esclavos transportan a otro lugar.

Apenas si levanta la cabeza para ver al que se había retrasado en pagar.

Mientras tanto, Pedro jala de una manga a Jesús:

–           No tenemos nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Jesús no le hace caso. Mira atentamente a Mateo, que se ha puesto de pie al punto, en actitud reverente.

Le da una segunda mirada que traspasa. No es la del Juez severo de otras veces. Es una mirada de llamamiento, de amor, que lo envuelve totalmente.

Mateo se sonroja completamente. No sabe qué hacer, ni qué decir.

Majestuosamente, Jesús ordena:

–           Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. ¡Ven!… ¡Sígueme!

Totalmente asombrado, Mateo responde:

–           ¿Yo?… ¡Maestro! ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por Ti. No por mí…

–           Ven y sígueme; Mateo, hijo de Alfeo. –repite Jesús con voz más dulce.

–           ¡Oh! ¿Cómo es posible que yo haya alcanzado favor ante Dios?… ¿Yo?… ¿Yo?…

–           Mateo, hijo de Alfeo. He leído en tu corazón. Ven. Sígueme.

La tercera invitación es una caricia.

–           ¡Oh! ¡Al punto, Señor!

Y Mateo, con lágrimas en los ojos; sale por detrás del banco sin preocuparse siquiera por recoger las monedas esparcidas sobre él. No pide la caja fuerte, ni le importa nada más.

Camina hacia el Maestro diciendo:

–           ¿A dónde vamos, Señor? ¿A dónde me llevas?

–           A tu casa. ¿Quieres dar hospedaje al Hijo del Hombre?

–           ¡Oh! Pero…pero… ¿Qué dirán los que te odian?

–           Yo escucho lo que se dice en los Cielos y es: ‘¡Gloria a Dios por un pecador que se salva! Y el Padre dice: ‘Para siempre la Misericordia se levantará en los Cielos y se derramará sobre la Tierra. Porque con un Amor Eterno. Con un Amor Perfecto, te amo. Y por eso, también contigo uso de Misericordia… Ven. Y que al venir a ti; además de santificar tu corazón; santifique también tu casa…’

–           La tengo ya purificada por una esperanza que tenía en el alma. ¡Pero cómo podía creer que se convertiría en realidad! ¡Oh! ¡Yo con tus santos!…

Y mira a los discípulos.

–           Sí. Con mis amigos. Venid. Os uno y sed hermanos.

Los discípulos están tan estupefactos, que no saben qué decir. Detrás de Jesús y de Mateo, caminan por la plaza que está completamente desierta. Siguen por una calle estrecha que arde bajo un sol abrasador. No hay ser viviente alguno en las calles. Tan solo polvo y sol.

Entran en una casa muy hermosa, con un portón que se abre hacia fuera. Un hermoso atrio está lleno de sombra y frescura. Llegan a un pórtico ancho que hay en el jardín.

Y Mateo dice:

–           ¡Entra, Maestro mío! –luego ordena a los siervos-  ¡Traed agua y de beber!

Los criados obedecen al instante. Mateo sale a dar órdenes, mientras Jesús y los suyos se refrescan.

Regresa y dice:

–           Ahora, ven, Maestro. La sala está fresca. Ahora vendrán mis amigos. ¡Oh! ¡Quiero hacer una gran fiesta! Es mi regeneración. ¡Es tan maravilloso!… ¡Esta es la verdadera circuncisión! Me has circundado el corazón con tu amor. ¡Maestro, será la última fiesta! Ya no habrá más fiestas para el publicano Mateo. No más fiestas mundanas. Sólo la fiesta interna de haber sido redimido y de servirte a Ti. De ser amado por Ti. ¡Cuánto he llorado! No sabía cómo hacer… Quería ir…pero… ¿Cómo ir a Ti? A Ti, Santo… ¿Con mi alma sucia?

–           Tú la lavabas con el arrepentimiento y la caridad. Para Mí y para el prójimo. Pedro; ven aquí.

Pedro que todavía no ha hablado, pues sigue tan asombrado; da un paso adelante. Los dos hombres, casi de la misma edad; de estatura baja y robustos; están frente a frente. Y Jesús ante ellos, los mira con una gran sonrisa.

Luego dice:

–           Pedro. Me has preguntado muchas veces quién era el desconocido de las bolsas que llevaba Santiago. Míralo. Lo tienes enfrente.

Pedro exclama:

–           ¿Quién? ¡Este, lad…! ¡Oh, perdona Mateo! Pero… ¡Quién lo hubiera pensado! Y exactamente tú. Nuestra desesperación por la usura, ¿Qué fueses capaz de arrancarte cada semana, un pedazo de corazón, al dar ese rico óbolo?

Mateo apenado, inclina la cabeza y dice:

–           Lo sé. Injustamente os tasé. Pero mirad. Me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡No me arrojéis! Él me ha acogido. No seáis más severos que Él.

Pedro, que está junto a Mateo; lo levanta de un golpe. En peso, ruda, pero cariñosamente.

Y dice:

–           ¡Ea! ¡Ea! ¡Ni a mí, ni a todos los demás! A Él, pídele perdón. A nosotros… ¡Ea! Todos hemos sido ladrones, igual que tú… ¡Oh! ¡Lo dije!  ¡Maldita lengua! Pero soy así. Lo que pienso, lo digo. Lo que tengo en el corazón; lo tengo en los labios. –y besa a Mateo en las mejillas.

Los otros también lo hacen con más o menos cariño.

Andrés lo hace con reserva, debido a su timidez.

Judas de Keriot se muestra frío. Parece como si abrazara a un montón de serpientes, pues apenas si lo toca.

Se oye un rumor en la entrada y Mateo sale.

Entonces Judas de Keriot se acerca a Jesús. Está escandalizado  y dice:

–           Pero, Maestro. Me parece que esto no es prudente. Ya te empezaron a acusar los fariseos de aquí. Y Tú… ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una prostituta y luego un publicano! ¿Acaso has determinado arruinarte? Si es así… ¡Dilo, que…!

Pedro interviene irónico:

–           Que nosotros desfilamos. ¿Es así?

Judas le contesta con altanería:

–           ¿Y quién está hablando contigo?

–           Sé que no estás hablando conmigo. Pero yo por el contrario; hablo con tu alma de refinado señorito. Con tu purísima alma. Con tu sabia alma. Sé que tú, miembro del Templo; sientes el hedor del pecado en nosotros; pobres, que no pertenecemos al Templo. Sé que tú, judío perfecto; amalgama de fariseo, saduceo y herodiano. Medio escriba y migaja de esenio. ¿Quieres otras palabras nobles?…  Te sientes mal entre nosotros. Como una alosa cualquiera en una red de pescados sin valor. Pero ¿Qué quieres qué hagamos? Él nos tomó y nosotros nos quedamos.

Si te sientes mal, vete tú. Respiraremos mejor todos. También Él.  Cómo puedes ver; está descontento de mí y de ti. De mí; porque falto a la paciencia y también a la caridad. Pero más de ti; que no entiendes nada. Con todo tu tejido de nobles atributos y que no tienes ni caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho. Solo un gran humillo… y quiera Dios que ese humo, no sea nocivo.

Jesús, de pie. Disgustado, con los brazos cruzados, la boca cerrada y los ojos duros; ha dejado que hable Pedro.

Después le dice:

–                     ¿Ya terminaste, Pedro? ¿También tú has purificado tu corazón de la levadura que había dentro? Has hecho bien. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. El llamado del Mesías es como la sangre del cordero sobre vuestras almas. Y donde está, no bajará más la culpa. No bajará si el que la recibe le es  fiel. Mi llamado es liberación. Y se le festeja con diversas clases de levadura.

A Judas, no le dice nada.

Pedro, mortificado; guarda silencio.

Y Jesús agrega:

–           Mateo regresa con amigos. No les enseñemos otra cosa que no sea virtud. Quien no pueda soportar esto, váyase. No seáis iguales a los fariseos: que oprimen con preceptos y son los primeros en no observarlos.

Mateo vuelve a entrar con dos romanos y empieza el banquete.

Jesús está en medio, entre Pedro y Mateo. Hablan de muchas cosas. Y Jesús, con paciencia explica a Ticio y a Cayo, lo que desean. Hay muchas quejas contra los fariseos que los desprecian…

Y Jesús responde a todas sus inquietudes. Dice:

–           Pues bien. Venid a quien no os desprecia. Y luego obrad en tal forma, que al menos los buenos, no os puedan despreciar.

Cayo dice:

–           Tú eres bueno; pero eres solo.

Jesús  objeta, señalando a sus discípulos:

–           No. Estos son como Yo. Y además, está el Padre, que ama a quien se arrepiente y quiere volver a su amistad. Si al hombre le faltase todo, pero tuviese al Padre, ¿No sería la alegría del hombre la más completa?

De esta forma se va desarrollando la conversación. Y el banquete ha llegado a los postres; cuando un criado hace señas al dueño de la casa y luego le dice algo en voz baja.

Entonces Mateo dice a Jesús:

–           Maestro. Elí, Simón y Joaquín, piden permiso para entrar y hablarte. ¿Quieres verlos?

–           ¡Claro que sí!

–           Pero… mis amigos son gentiles.

–           Y ellos vienen a ver exactamente esto. Dejemos que los vean. De nada serviría esconderlo. No serviría para el bien, porque la malicia aumentará el hecho, hasta llegar a decir que también había prostitutas. Que entren.

Mateo inclina la cabeza.

Los tres fariseos entran.

Miran alrededor con una sonrisa proterva y están a punto de hablar.

Pero Jesús, que se ha levantado y va a su encuentro junto con Mateo. Mientras pone una mano en la espalda de Mateo, les dice:

–           ¡Oh! ¡Hijos verdaderos de Israel! Os saludo y os doy una gran noticia, que ciertamente alegrará vuestros corazones perfectos de israelitas. Los cuales quieren como él, que todos los corazones observen la Ley, para dar Gloria a Dios. Pues bien; Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy no es más el pecador; el escándalo de Cafarnaúm. Una oveja roñosa de Israel ha sido curada. ¡Alegraos! Después se curarán otras ovejas pecadoras en vuestra ciudad; de cuya santidad os interesáis mucho y también serán gratas y santas ante el Señor. Mateo deja todo para servir a Dios. ¡Dad el beso de paz al israelita extraviado que torna al seno de Abraham!

El fariseo Simón, dice con desprecio y sarcasmo:

–           ¿Y torna con los publicanos en estrepitoso banquete? ¡Oh! ¡De verdad que se trata de una conversión favorable! Elí. Mira. Ahí está ese Josías, el procurador de mujeres.

Elí responde:

–           También está Simón; hijo de Isaac el adúltero.

–           Y aquel es Azharías: el cantinero en cuyo casino; los romanos y los judíos juegan a los dados; pelean, se emborrachan y van en busca de mujeres.

El fariseo Joaquín, dice:

–           Pero, Maestro. ¿Sabes al menos quienes son esos?

Jesús contesta amable:

–           Lo sé.

Elí dice:

–           ¿Y vosotros? Vosotros de Cafarnaúm. Vosotros, discípulos. ¿Por qué lo habéis tolerado? ¡Me admiras, Simón de Jonás!

Pedro se queda callado.

Simón inquiere, escandalizado:

–           ¡Tú, Felipe, que aquí todos conocen! ¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es posible que tú hayas permitido que tu Maestro comparta la comida con publicanos y pecadores?

Felipe los mira sin turbarse , pero también guarda silencio.

Joaquín:

–           ¡Ya no hay más vergüenza en Israel!

Los tres están escandalizadísimos. Y lo manifiestan con una andanada de frases condenatorias.

Y Jesús interviene:

–           Dejad en paz a mis discípulos. Solamente Yo lo quise.

Simón dice con sarcasmo:

–           ¡Eh! ¡Bien! Se comprende. ¡Cuando se quiere hacer santos a otros y uno no lo es; se cae pronto en errores que son imperdonables!

–           ¡Y cuando de educa a los discípulos en la falta de respeto! ¡Todavía me está quemando la risa irreverente que me hizo ese judío del Templo! ¡A mí! ¡A Elí el fariseo! No se puede hacer otra cosa que faltar al respeto a la   Ley. Se enseña lo que se sabe.

Jesús responde con firmeza:

–           Te equivocas Elí. Os equivocáis todos. Se enseña lo que se sabe, es verdad. Y Yo que sé la Ley, la enseño a quien no la sabe: a los pecadores. Vosotros… os conozco dueños de vuestra alma. Los pecadores no lo son. Busco y busco su alma. Se las vuelvo a dar, para que a su vez me la traigan. Tal como está: enferma, herida, sucia. Y Yo la curo y la limpio. Para esto he venido. Los pecadores son los que tienen necesidad del Salvador. Y vengo a salvarlos. Comprendedme. No me odiéis sin razón.

Jesús es dulce, persuasivo, humilde.

Pero ellos son como tres cardos espinosos. Y salen muy enojados.

Judas de Keriot murmura impotente:

–           Se fueron. Ahora nos criticarán por todas partes.

Jesús dice:

–           ¡Dejad que lo hagan! Procura solo que el Padre, no tenga nada que criticarte. No te apenes, Mateo. Ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: ‘No hagáis el Mal.’ Y eso es más que suficiente.

Y Jesús vuelve a sentarse en su lugar…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

16.- EL LLAMADO DEL AMOR


Días después…

En una mañana de mercado en Cafarnaúm. Hay tianguis. La plaza está llena de vendedores de toda clase de mercancía. A ella llega Jesús, viniendo del lago y ve que vienen a su encuentro, sus primos: Judas y Santiago.

Él se apresura y después de abrazarlos con cariño, pregunta ansioso:

–           ¿Vuestro padre? ¿Qué pasó?

Judas Tadeo responde:

–           Nada nuevo en lo que respecta a su salud.

Jesús dice:

–           ¿Entonces a qué viniste? Te dije que te quedaras.

Tadeo baja la cabeza y calla.

Pero el que se expansiona es Santiago y dice:

–           Por mi culpa, él no te obedeció. Sí. Por culpa mía. Pero no puede soportar más. ¡Todos en contra! Y ¿Por qué? ¿Acaso hago mal en amarte? ¿Lo hacemos acaso? Hasta aquí, un escrúpulo del Mal, me había detenido. Pero ahora que sé. Ahora que has dicho que sobre Dios no hay nadie, ni el padre. Ya no lo pude soportar. ¡Oh! Judas trató de ser respetuoso. De hacer entender razones. De corregir ideas. Dijo: ‘¿Por qué me combatís? Si Él es el Profeta. Si es el Mesías. ¿Por qué queréis que el mundo diga: ‘Su familia no lo quería? Cuando todos lo seguían, ella no lo hizo.’ Y yo declaré:Porque si fuera el infeliz que vosotros decís. ¿No debemos nosotros, los de su familia; estar cerca de su demencia; para impedirle que se dañe o nos dañe?

¡Oh, Jesús! De este modo hablaba yo para discutir humanamente, como ellos razonaban. Pero Tú sabes bien que Judas y yo no creemos que Tú estés loco. Tú sabes que en Ti vemos al Santo de Dios. Que te consideramos como nuestra estrella mayor. Pero no nos han querido comprender. Ni siquiera nos han querido escuchar. Y me vine. Acosados entre la elección de Jesús y la familia, te he escogido a Ti. Aquí estoy si me quieres. Si no, seré entonces el hombre más infeliz, porque no tendré nada. Ni tu amistad, ni el amor de la familia.

Jesús dice:

–           ¿Resuelto? ¡Oh, Santiago mío! ¡Mi pobre Santiago! ¡No hubiera querido verte sufrir así, porque te amo! Pero si el Jesús-Hombre llora contigo, ¡El Jesús Verbo se regocija por ti! ¡Ven! Estoy cierto de que la alegría de ser portador de Dios entre los hombres, aumentará de día en día tu gozo; hasta llegar al éxtasis completo, en la última hora de la Tierra y en la eterna del Cielo.

Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que prudentemente se habían mantenido retirados unos cuantos metros.

–           Venid, amigos. Mi primo Santiago desde ahora es de mis amigos y por esto, amigo vuestro. ¡Cuánto he deseado esta hora! Este día, para él; mi amigo perfecto de la infancia. Mi buen hermano de juventud.

Los discípulos, alegres dan la bienvenida a Santiago y a Judas Tadeo, al que hacía tiempo no veían.

Tadeo dice:

–           Te buscamos en casa. Pero estabas en el lago.

Jesús contesta:

–           Sí. Estuve en el lago por dos días, con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿Verdad?

Pedro responde:

–           Sí. Y ahora esto me desagrada porque deberé entregar más dracmas a aquel ladrón… -y señala al alcabalero Mateo, cuyo banco está rodeado de gente que paga por la tierra o por los frutos.

Jesús dice:

–           Será todo en proporción: más pescados, más pagas; pero también más ganancias.

Pedro objeta:

–           No, Maestro. Más pesco, más gano. Pero si hago cálculos, ese de allá me hace pagar no el doble, sino el cuádruplo. ¡Chacal!

Jesús exclama con un tono:

–           ¡Pedro!… Acerquémonos a él. Quiero hablar. Siempre hay gente cerca del banco de la alcábala.

Pedro refunfuña:

–           ¡Ya lo creo! Gente y maldiciones.

Jesús mueve la cabeza y responde:

–           Pues bien. Yo iré a introducir bendiciones. Tal vez entre un poco de honradez en el alcabalero.

–           ¡Puedes estar tranquilo! Tu palabra no entrará es esa piel de cocodrilo.

–           ¡Veremos!

–           ¿Qué le vas a decir?

–           Directamente nada. Pero hablaré de tal forma, que sirva también para él.

–           ¿Dirás que es un ladrón tan grande igual al que asalta por las calles? Porque es como quien despelleja a los pobres que trabajan por tener pan. No por mujeres, ni ebriedades…

–           Pedro, ¿Quieres hablar tú por Mí?

–           No, Maestro. No sabría hacerlo bien.

–           Y con el vinagre que traes adentro, te haría mal a ti y a él.

Cuando llegan cerca del banco de la alcábala, Pedro intenta pagar cuando Jesús lo detiene y le dice:

–           Dame las monedas. Hoy pago Yo.

Pedro lo mira sorprendido y le entrega una bolsa de cuero con dinero.

Jesús espera su turno y cuando está enfrente del alcabalero, le dice:

–           Pago por ocho canastos de Simón de Jonás. Allá están los canastos, a los pies de los trabajadores. Verifica si quieres. Pero entre honrados basta solo la palabra. Y creo que me tienes por tal. ¿Cuánto es la tasa?

Mateo, que estaba sentado en su banco, en el momento en que Jesús dijo: ‘Creo que como a tal me tienes’, se pone de pie.

No es un hombre alto y parece ser de la misma edad que Pedro. En su cara se ve el cansancio de mundanas alegrías y una vergüenza completa. Al principio, tiene la cabeza inclinada. Luego la levanta y mira a Jesús, que también lo mira atenta y serenamente, como dominándole con su imponente estatura.

Jesús vuelve a preguntar:

–           ¿Cuánto?

Mateo responde:

–           No hay tasa para el discípulo del Maestro. –y añade en voz muy baja- Ruega por mi alma.

–           La llevo conmigo porque recojo la de los pecadores. Pero tú… ¿Por qué no la curas?

Después de decir esto, inmediatamente se vuelve y le da la espalda para ir hacia Pedro, que está con los ojos como platos y boquiabierto por la admiración.

También los otros lo están. Hablan en voz baja o lo hacen con los ojos.

Jesús se dirige hacia un árbol y se recarga en él. Está a unos diez metros de donde está Mateo, empieza a hablar:

“El mundo se puede comparar con una gran familia, cuyos miembros desempeñan quehaceres diversos y todos son necesarios. Hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles, herreros, escribanos, soldados oficiales. Soldados destinados a diversas funciones, médicos, sacerdotes; de todo hay. El mundo no podría componerse de una sola clase. Todas las profesiones son necesarias. Todas santas, si todas hacen lo que deben con honradez y con justicia. ¿Cómo se puede llegar a esto, si Satanás tienta por todas partes? Si se piensa en Dios, en que todo lo ve; aún las obras ocultas. Y en su Ley que dice: ‘Ama a tu prójimo, como te amas tú mismo. No hagas a otro lo que no quieras que te hagan. No debes robar de ningún modo.’

Decidme vosotros que me estáis escuchando: ¿Cuándo uno muere, se lleva acaso su dinero? Y cuando alguien fuese tan necio de querer tenerlo en el sepulcro, ¿Puede usarlo en la otra vida? ¡No! El dinero se convierte en metal mohoso al contacto de la corrupción de un cuerpo descompuesto. Y su alma estaría en otra parte desnuda, más pobre que el desventurado Job. Sin tener siquiera un céntimo, aun cuando aquí o en la tumba hubiere dejado millones y millones. Antes bien.

¡Escuchad! ¡Escuchad!

En verdad os digo que difícilmente se conquista el Cielo con riquezas. Sino más bien y casi siempre; se pierde con ellas. Aun cuando fueran riquezas que se hubieran adquirido honestamente; bien por herencia, bien por ganancia. Porque pocos son los ricos que saben usar justamente de ellas. Entonces, ¿Qué se necesita para tener este cielo bendito? ¿Este descansar en el seno del Padre? Es necesario no tener sed de riquezas.

En el sentido de no querer tenerlas a cualquier precio, aun faltando a la honradez y al amor. En el sentido de que si se tienen, no se las ame más que al Cielo y que al prójimo. Y se niegue la caridad al que tiene necesidad. No tener sed en el sentido de que pueden proporcionar mujeres, placeres, banquetes. Vestiduras suntuosas que son una bofetada para el que tiene frío y hambre. Existe una moneda que cambia el dinero injusto, en valores que son reconocidos en el Reino de los Cielos.

En la santa astucia de hacer de las riquezas humanas frecuentemente injustas o causa de injusticia, riquezas eternas. En otras palabras, ganar con honradez. Devolver lo que se obtuvo injustamente. Usar de los bienes con parsimonia y despego. Saberse separar de ellas, porque antes o después, ellas nos dejan. Y pensar por otra parte, que el bien llevado a cabo, jamás nos abandona.

A todos nos gustaría ser justos y como a tales ser tenidos. Y que Dios nos premie como a tales. Pero, ¿Puede Dios premiar a quien solo tiene el nombre de justo, pero no las obras? ¿Cómo puede decir: ‘Te perdono’;  si ve que el arrepentimiento es tan solo de palabra y que no va acompañado de un verdadero cambio de espíritu? No hay arrepentimiento mientras dure el deseo por el objeto por el que pecamos. Pero cuando uno se humilla. Cuando uno se corta la parte moral por una mala pasión, sea mujer u oro.

Y uno dice: ‘Por Ti Señor y no por esto’ entonces es cuando se está realmente arrepentido. Y Dios lo recoge con estas palabras: ‘Ven. Te quiero como a un inocente y como a un héroe.’

Jesús ha terminado. Se va sin siquiera voltear a donde está Mateo, que se acercó al círculo de oyentes, desde las primeras palabras.

Cuando está por llegar a la casa de Pedro, su mujer corre al encuentro de su marido para decirle algo. Luego Pedro hace señas a Jesús de que se acerque y le dice:

–           Llegó la madre de Judas y de Santiago. Quiere hablar contigo, pero no quiere que la vean. ¿Cómo le hacemos?

–           Bien. Yo entro en casa como si fuera a descansar y vosotros vayan  a distribuir las limosnas entre los pobres. Ten también el dinero de la tasa que no quiso. Vete.

Jesús hace señal a todos de que se vayan. Mientras Pedro los llama para  que se vengan juntos.

Jesús pregunta a Porfiria, la mujer de Pedro:

–           ¿Dónde está la mamá, mujer?

Porfiria le contesta:

–           En la terraza, Maestro. Allá hay sombra  y está fresco. Sube Tú también. Allí se está mejor que en cualquier otra parte de la casa.

Jesús sube por la escalera. En un ángulo, bajo el viñedo; sentada en un banquillo junto a la baranda; vestida toda de oscuro, con el velo en la cara, está María de Alfeo.  Llora sin hacer ruido.

Jesús la llama:

–           ¡María! ¡Amada, tía!

Ella levanta su pobre cara angustiada y extiende las manos, mientras exclama:

–           ¡Jesús! ¡Traigo un dolor en el corazón!

Jesús ha llegado junto a ella y la hace que siga sentada. Él permanece de pie, con su manto sobre el hombro. Pone una mano en la espalda de su tía y con la otra cubre sus manos y le pregunta:

–           ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras tanto?

María de Alfeo contesta:

–           ¡Oh, Jesús! Escapé de casa diciendo: ‘Voy a Caná a buscar vino y huevos para el enfermo’ en casa se quedó tu Madre que cuida como sólo Ella sabe hacerlo y por eso estoy tranquila. Pero lo que en realidad quería, era venir aquí. He caminado durante dos noches para llegar aquí lo más pronto posible. Y ya no puedo más… pero el cansancio no me importa.

¡Es el dolor de mi corazón lo que me hace mal! ¡Mi Alfeo! ¡Mis hijos! ¡Oh! ¿Por qué en la misma sangre hay tanta diferencia? ¿Por qué ésta es, como dos piedras en una máquina que muelen el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí?…

Jesús asiente con la cabeza.

Ella continúa:

–           Mi Alfeo. ¿Por qué no comprende? ¿Por qué se muere? ¿Por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué? ¿Por qué están contra Ti y no contigo?

–           No llores, María. No les guardo rencor. Se lo dije también a Judas. Los entiendo y los compadezco. Si por esto lloras, no llores.

–           Lloro, sí. Porque te ofenden. Y también porque no quiero que mi esposo muera como un enemigo tuyo. Dios no lo perdonará. Y yo… ¡Oh! ¡No lo tendré para siempre en la otra vida! –María está tan angustiada, que gruesas lágrimas caen sobre su mano izquierda, que Jesús le ha soltado.

Él, objeta:

–           No. No digas eso. Perdono. Y si perdono Yo…

–           ¡Oh! ¡Ven Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo. Ven. Empiezan a decir, también para acusarte… ya empezaron a decir que has quitado los hijos a un padre que muere y lo dicen por todo Nazareth. ¿Entiendes?…  Y añaden: ‘Por todas partes hace milagros; pero en su casa no puede hacerlos’ Y como yo te defiendo diciendo: ‘¿Qué cosa puede hacer si lo habéis arrojado con vuestros reproches y no creéis?’ Y no me dejaron en paz.

–           Dijiste bien: ‘Si no creéis’ ¿Qué puedo hacer donde no se cree?

–           ¡Oh! ¡Tú lo puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro para tu pobre tía…

–           No puedo. –Jesús al decir esto, está tristísimo. De pie y apretando contra su pecho a la que está llorando.

Entonces ella llora mucho más fuerte.

Jesús prosigue:

–           Escucha, María. Sé buena. Yo te juro que si pudiese; si conviniese hacerlo, lo haría. ¡Oh! Obtendría del Padre esta gracia, por ti. Por mi pobre Madre. Por Judas y Santiago. Y también… ¡Sí! También por Alfeo, José y Simón. Pero, ¡No puedo! Un gran dolor oprime tu corazón y no puedes entender la justicia del Poder mío. Te lo puedo decir, pero no lo comprenderías. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre… Y tú sabes si era un justo y si mi Madre lo amaba… no lo devolví a la vida. No es razonable que la familia donde vive un santo; esté libre de las desventuras inevitables de la vida.

Si no fuese así, Yo debería ser eterno en la tierra. Y sin embargo pronto moriré. Ni María, mi santa Madre, podrá arrebatarme de la muerte. No puedo…

Lo que puedo es esto y lo haré. –Jesús se ha sentado junto a ella. Toma entre sus manos la cabeza de su tía y agrega- haré esto. Por este dolor tuyo, te prometo la paz a tu Alfeo. No estarás separada de él, en la otra vida. Te doy mi palabra de que nuestra familia estará reunida en el Cielo: junta por toda la eternidad. No llores más. Ve en paz. Fuerte, resignada y santa. Mi Madre ha sido viuda antes que tú y te consolará, como sólo Ella sabe hacerlo. No quiero que partas sola, bajo este sol. Pedro te acompañará en la barca hasta el Jordán. Y te irás de allí a Nazareth en un borriquillo. Cálmate.

–           Bendíceme, Jesús. Tú dame fuerzas.

–           Sí. Te bendigo y te beso, buena tía.

Y la besa tiernamente, hasta que ella se serena.

Días después…

Jesús está en Betsaida. Habla de pie, en la barca que está anclada en la orilla. Y hay mucha gente sentada, formando un círculo a su alrededor.

–           … por esto también comprendo a todos vosotros que me amáis y me habéis seguido dejando negocios y las comodidades, para oír la Palabra que os hace doctos. Sé muy bien que más que el descuido de vuestros negocios, que es merma en vuestra bolsa, os trae burlas y hasta daño social. Tengo muchos que hoy me son contrarios y mañana serán mis enemigos declarados. Y os digo, porque a nadie quiero engañar. Ni a vosotros, mis leales amigos, que para dañarme a Mí. Para causarme dolor. Para vencerme al aislarme…  Ellos, los poderosos de Cafarnaúm, emplearán todos los medios: Insinuaciones, amenazas, burlas sin igual y calumnias.

El Enemigo está haciendo uso de todo para arrebatar almas al Mesías y convertirlas en su presa. Os digo: quien persevera se salvará. Pero también os digo: quien ama más su vida y el bienestar que a la salvación eterna, puede irse; dejarme; ocuparse de la vida insignificante y del transitorio bienestar. Yo no detengo a nadie. El hombre debe ser libre. He venido para liberarlo del Pecado y fortalecer su espíritu, liberándolo de las cadenas de una religión deformada; opresora. Con la Palabra de Dios, que es neta, breve, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es un cedazo de las conciencias…

Durante siglos hubo un desafío entre el Eterno y Satanás, que enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, dijo a Dios:

–                 Tus criaturas para siempre serán mías. Ninguna cosa; ni el castigo, ni siquiera la Ley que les quieres dar; los harán capaces de ganarse el Cielo. Y este lugar tuyo del que me has arrojado a Mí, el único inteligente entre tus criaturas; quedará vacío, inútil y triste, como todas las cosas inútiles.

Y el Eterno respondió al Maldito:

–                 Podrás hacer todavía esto, mientras tu veneno sea el único que reine en el hombre. Pero mandaré Yo a mi Verbo y su Palabra lo neutralizará. Él sanará los corazones. Curará la locura con la que los has satanizado y… ellos volverán a mi redil. Y el Cielo se poblará. Lo he hecho para ellos. Tú rechinarás tus horridos dientes, con impotente rabia; allá en tu tétrico reino que es prisión y lugar maldito. Y sobre ti los ángeles colocarán la Piedra de Dios y la sellarán contigo y los tuyos. Tan sólo habrá tinieblas y odio; entretanto que la Luz y el Amor; el canto y la beatitud. La libertad infinita, eterna, sublime; pertenecerán a los míos.

Y Mammón con una risa burlona, dijo:

–                 Y yo te juro que cuando llegue la hora, vendré. Estaré junto a todos los evangelizadores y veremos cuál de los dos, es el vencedor.

Así es. Satanás os pone asechanzas para heriros. Y también Yo os rodeo por lo mismo. Los competidores somos dos: Yo y él. Vosotros estáis en medio. El Duelo del Amor con el Odio. De la Sabiduría con la Ignorancia. De la bondad con el Mal. Es por causa vuestra y alrededor vuestro. Yo me basto para apartar de vosotros los golpes del Malvado. Me interpongo entre las almas de Satanás y vuestro ser. Y acepto que se me hiera, en lugar vuestro, porque os amo. Pero los golpes en vuestro interior… esos debéis retirarlos con vuestra voluntad. Viniendo a Mí. Poniéndoos en mi camino, que es Verdad y Vida. Quién no tenga ganas del Cielo; jamás lo tendrá. Quién es Enemigo del Mesías, es semilla mala que renacerá en el Reino Satánico.

Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm. Tengo conciencia pura, del pecado del que se me culpa. Y en nombre de un pecado que no existe; se murmura detrás de Mí y se insinúa que oírme y seguirme, es haceros cómplices con el pecador.

Entre vosotros, ciudadanos de Betsaida, hay personas que recuerdan a la Bella de Corozaím. Hay hombres que pecaron con ella. Hay mujeres que por causa de ella gimieron y después se alegraron cuando supieron que la podredumbre había salido fuera de sus entrañas impuras; al exterior de su magnífico cuerpo.

Esa corrupción era la figura de aquella mucho más dura, que había roído su alma adúltera, homicida y prostituta. Setenta veces siete, adúltera; con cualquier hombre que tuviera dinero. Homicida siete veces siete, por sus concepciones bastardas. Prostituta por el vicio y ni siquiera por necesidad. ¡Oh! ¡Comprendo, esposas traicionadas! Comprendo vuestro júbilo, cuando supisteis que las carnes de la Bella tenían el hedor y estaban deshechas como una carroña llena de gusanos. Pero Yo os digo: Sabed Perdonar. Dios os ha vengado. Y luego Él, ha perdonado. Perdonad también vosotras que me habéis saludado con el grito: ¡Bendito el Cordero de Dios! Sí, Soy el Cordero. Y vosotras debéis ser ovejas mansas. Yo la he perdonado y también deben hacerlo las que traen un dolor profundo de esposas traicionadas y que con instinto de fiera, defendieron su nido. No podría Yo que soy el Cordero, permanecer entre vosotras, si sois tigresas y hienas.

El que ha venido en el Nombre Santísimo de Dios a recoger a justos y pecadores para llevarlos al Cielo; fue también a ver a la arrepentida y le dijo: ‘Queda limpia. Vete y expía’. Esto lo hice en sábado. Y de esto se me acusa. Acusación Oficial. La segunda, es la de haberme acercado a una prostituta. A una que lo FUE. Y que entonces sólo era un alma que lloraba sobre sus pecados. Era un alma enferma. Y los enfermos son los que tienen necesidad del médico.

Pues bien. Yo digo: lo hice y lo haré. Traedme el Libro de la Escritura. Escudriñadlo, estudiadlo, desentrañadlo. No encontraréis jamás un punto sonde se prohíba al médico, que cure a un enfermo. Al levita, que se ocupe del altar. Y al sacerdote, que no escuche a un fiel; tan sólo porque es sábado. Ella era un altar profanado y tenía necesidad de un levita que lo limpiase. Era una fiel que lloraba ante el Templo Verdadero de Dios y tenía necesidad del sacerdote que la presentase. En verdad os digo que si no cumplo con mi deber y que si pierdo una sola alma de las que sienten el acicate de la salvación; Dios Padre me pedirá cuenta de ella y me castigará por esa alma perdida.

Este es mi pecado, según los poderosos de Cafarnaúm. Podría haber esperado al día siguiente al sábado, para hacerlo. Pero en aquel corazón había humildad verdadera; sinceridad clara; dolor perfecto. ¿Por qué esperar a que un corazón contrito, se ponga en paz con Dios? La lepra todavía estaba sobre su cuerpo; pero su corazón ya estaba curado por el bálsamo de años de arrepentimiento; de lágrimas; de expiación. Salió limpia del lago, también en su cuerpo. Pero mucho más en su corazón. ¡Oh! ¡Cuántos de los que entraron en las aguas del Jordán, para obedecer la orden del Precursor; no salieron de él limpios!  Porque su bautismo no era un acto sincero de un espíritu que quisiese prepararse a mi llegada. Sino tan solo una forma de aparentar ser perfectos en santidad a los ojos del mundo.

Y era por esto, hipocresía y soberbia. Dos culpas que aumentaban el cúmulo de las que ya existían en sus corazones. El bautismo de Juan no era más que un símbolo que quería decir: ‘Limpiaos de la soberbia, humillándoos hasta confesaros pecadores. De la lujuria; lavándoos de su escoria.’ Es el alma, la que se bautiza por voluntad vuestra, para estar limpia a la invitación de Dios.

No hay culpa tan grande que no pueda lavarse primero con el arrepentimiento; después, con la Gracia; a fin de que la pueda lavar el SalvadorNo hay pecador tan grande, que no pueda levantar su cara estropeada y sonreír con una esperanza de Redención.  Basta con que tal acto sea completo al renunciar a la culpa. Heroico, al resistir a la tentación. Sincero, en la voluntad de renacer.

Os digo una verdad que a mis enemigos les parecerá blasfema; pero vosotros sois mis amigos. Hablo especialmente a vosotros, mis discípulos y elegidos. Y luego, a todos quienes me escucháis. Os digo: Los ángeles, espíritus puros y perfectos; que viven en la Luz de la Santísima Trinidad y en ella se gozan; reconocen que la perfección que tienen, es inferior a la vuestra. ¡Oh, hombres lejanos del Cielo! Son inferiores porque no tienen poder para sacrificarse. De sufrir para cooperar en la Redención del Hombre.

Y qué os parece? Dios no toma a un ángel para decirle: ‘Sé el Redentor del Género Humano.’ Sino que toma a su Hijo y sabiendo que por más que sea incalculable e infinito su poder; todavía falta. Y es una muestra de su Bondad Paternal que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su Amor  y los hijos de su Poder; al conjunto de los méritos que se pondrán a los de los pecados de cada momento, que el género humano va acumulando. Por esto no toma a los ángeles. Para completar la medida. Y  no les dice: ‘Sufrid para imitar al Mesías.’ Sino que lo dice a vosotros, hombres. Os dice: ‘Sufrid. Sacrificaos. Sed semejantes a mi Cordero. Sed Corredentores…’

¡Oh! Yo veo cohortes de ángeles que dicen: ‘¡Benditos vosotros que podéis sufrir con el Mesías y por el Dios Eterno; que es nuestro y vuestro!’

Muchos no lograrán comprender esta grandeza. Está muy por arriba del hombre. Pero cuando la Hostia sea Inmolada. Cuando el Grano eterno, Resucite para no morir más… entonces comprenderéis que no he blasfemado. Sino que os he anunciado la dignidad más alta del hombre: ‘La de ser corredentores, aun cuando antes se era sólo un pecador.’ Entretanto preparaos para ello con una pureza de corazón y de propósitos. Cuanto más puros seáis, tanto mejor comprenderéis…

Porque la impureza, cualquiera que sea; es siempre humo que oscurece y apesanta la vista y la inteligencia. Sed puros. Empezad por los cinco sentidos, para pasar a las siete pasiones. Empezad por la vista. Por el sentido que es rey y que abre el camino al hambre más voraz y complicada: los ojos ven la carne de la mujer y desean la carne. Los ojos ven la riqueza de los ricos y desean el oro. Los ojos ven el poder del gobernante y desean el poder. Cuanto más puros sean vuestros ojos; más puro será vuestro corazón. Sed castos en las miradas; si queréis ser castos en el cuerpo. Si tuvieseis castidad en la carne; tendréis castidad en las riquezas y en el poder. Tendréis toda castidad y seréis amigos de Dios.

No tengáis miedo de que se os haga burla, porque sois castos. En verdad os digo que Dios ha dejado el matrimonio para elevaros en la procreación y para que cooperéis con Él, para poblar los Cielos. Pero hay un estado mucho más alto; ante el cual se inclinan los ángeles porque ven su sublimidad, sin poder imitarla. Un estado que no excluye a los que ya no son vírgenes y que voluntariamente destruyen su fecundidad ya sea femenina o masculina; anulando su virilidad animal, para ser fecundos tan solo en el espíritu. El eunuquismo más alto; el que tiene como instrumento amputador la voluntad de pertenecer solo a Dios y conservar para Él; casto el cuerpo y el corazón; para que brillen siempre con el esplendor que ama el Cordero.

He hablado al pueblo y a los elegidos de entre el pueblo; antes de entrar a partir el pan y compartir la sal, en la casa de Felipe. Os bendigo a todos. A los buenos como premio y a los pecadores, para infundirles valor de acercarse al que vino a perdonar. La paz sea con vosotros.

Jesús desciende de la barca y pasa entre la multitud que se agolpa alrededor. En la esquina de una casa todavía está Mateo que ha escuchado desde allí al Maestro, pero no se atrevió a más. Cuando llega Jesús y pasa junto a él, se detiene. Y como si bendijese a todos, bendice una vez más y mira a Mateo. Luego continúa caminando entre el grupo de los suyos, seguido por el pueblo. Y entra en una casa…

Mateo se va para la suya reflexionando, mientras una esperanza se agiganta en su corazón. Prepara todo y sale de viaje a Jerusalén. Entra en el recinto del Templo y se dirige sin vacilar hacia el Patio de los Israelitas. Luego, entra al lugar donde los varones de Israel, pueden presentar sus oraciones ante el Santo de los santos. Y concentrado en una oración profunda llora y dice al Altísimo:

‘Bendito y alabado seas Yheové Sebaoth. Creo en la Palabra de tu Mesías. Sé que ni siquiera debiera estar pisando en este lugar sagrado. Él dijo que tu perdón puede hacer del peor de los pecadores, un discípulo santo a los pies de tu Ungido. Yo soy el peor de los pecadores. Pero le creo a Él. Te suplico que me perdones.  Muéstrame tu misericordia ante mi arrepentimiento. Soy tuyo, Adonaí…

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

15.- MISERICORDIA DIVINA


Jesús sale de la casa de Pedro, junto con sus discípulos y cuando está en la ribera del lago, sentado en la barca de Pedro; se acerca el arquisinagogo. Se saludan mutuamente con un orientalismo respetuoso.

El hombre dice:

–           Maestro, ¿Puedo esperarte para que instruyas al pueblo?

Jesús contesta dulcemente:

–           Sin duda. Si tú y el pueblo lo deseáis.

–           Lo hemos deseado durante todo este tiempo.

–           Entonces a media tarde estaré contigo. Idos todos. Debo ir a buscar a alguien que me necesita.

La gente se aleja de mala gana. Mientras Jesús, con Pedro y Andrés, se van en la barca, por el lago. Llegan a un pequeño río entre dos colinas, que tienen en sus laderas muchos olivos que llegan hasta la orilla y cruzan sus ramas formando una especie de techo;  bajo el cual corre un riachuelo que se precipita en el lago, en una cascada llena de espuma.

Andrés salta al agua para jalar la barca lo más cerca posible a la ribera y poder atarla a un tronco. Mientras, Pedro arrea la vela y asegura una piedra que sirva de puente a Jesús. Luego le dice:

–           Señor, te aconsejaría que te descalzaras y te quites la túnica. Y hagas lo mismo que nosotros. Ese loco de ahí, -señala el riachuelo- forma remolinos en el lago y por eso este lugar no es seguro.

Jesús obedece sin discutir. Ya en tierra, vuelven a ponerse las sandalias y Jesús vuelve a ponerse su vestidura larga. Los otros dos se quedan con las túnicas cortas de color oscuro.

Jesús pregunta:

–           ¿Dónde está?

Andrés contesta:

–           Tal vez se metió en la selva al oír nuestras voces. Casi no tiene con qué cubrirse.

–           Llámala.

Pedro grita:

–                 Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm. Aquí está Él. Ven fuera…

Ni una señal de vida.

Andrés dice:

–           No se fía. Un día alguien la llamó diciendo: ‘ven para darte comida’ y después le lanzaron pedradas. Nosotros la vimos por primera vez, pues no la recordamos como la ‘Bella de Corozaím’

Jesús pregunta:

–           ¿Y qué hiciste entonces?

–           Le arrojamos pan y pescado. También un trapo que era un pedazo de vela rota y que nosotros usábamos para secarnos. Huimos enseguida, para no contaminarnos.

–           ¡Bueno! ¿Y por qué habéis regresado?

–           Maestro. Tú no estabas y pensábamos qué podríamos hacer para darte más a conocer. Pensamos en todos los enfermos. En todos los ciegos, cojos y mudos. Y también pensamos en ella. Decidimos hacer la prueba. Cuando dijimos que tú podrías sanarla; mucho nos tomaron por locos y no nos quisieron escuchar. Nosotros tuvimos la culpa; pero otros sí nos creyeron. Vine solo en la barca, durante varias noches de luna. Yo hablé con ella. La llamaba y le decía: ‘en el peñasco al pie del olivo hay pan y pescado. No tengas miedo.’  Y me iba.

Ella esperaba a que me fuera; porque nunca la veía. La sexta vez, la vi de pie en la ribera, exactamente donde estás Tú. ¡Me estaba esperando! ¡Qué horror! No escapé, porque pensé en Ti.

Ella me dijo:

–           ¿Quién eres? ¿Por qué tienes piedad de mí?

–           Porque soy discípulo de la Piedad.

–           ¿Quién es?

–           Jesús de Nazareth.

–           ¿Y Él os enseñó a tener piedad de nosotros?

–           De todos.

–           Pero, ¿Sabes quién soy?

–           La Bella de Corozaím. Ahora estás leprosa.

–           ¿Y también para mí hay piedad?

–           Él dice que su piedad es para todos. Y nosotros para ser como Él, debemos tenerla también.

Andrés agrega:

–           Maestro, aquí la leprosa blasfemó sin querer, diciendo: ‘Entonces Él también debió ser un gran pecador’ y yo le dije: ‘¡No! Él es el Mesías. El Santo de Dios.’ Sentí el impulso de decirle: ‘¡Eres maldita por tu lengua!’ Pero no le dije nada, porque pensé: ‘En su desgracia no puede pensar en la misericordia divina’ Entonces ella se puso a llorar y me dijo:

–           ¡Oh! Si es Santo, no puede… No puede tener piedad de la Bella, no. Y yo esperaba…

–           ¿Qué esperabas, mujer?

–           La curación. Volver al mundo, entre los hombres. Sin vivir como una bestia, en una cueva de animales a los que les causo horror.

–           Me juras que si vuelves al mundo, ¿Serás honesta?

–           Sí. Dios me ha castigado justamente por mis pecados. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo la expiación. Pero siempre aborrece al pecado.

Entonces me pareció que podía prometerle salvación en tu Nombre y ella me dijo:

–           Regresa. Regresa otra vez. Háblame de Él. Haz que mi corazón, antes que mis ojos, lo conozca.

–           Y venía a hablarle de Ti. Como yo sé.

Jesús está radiante y sonriente. Dice:

–           Y Yo he venido a dar salvación, a la primera convertida de mi Andrés.

Pedro ha ido corriente arriba; brincando de piedra en piedra, llamando a gritos a la leprosa.

Mientras que Andrés, por su natural timidez; se ha ruborizado de felicidad ante la mirada amorosísima de su Maestro.

Después de un rato aparece la horrorosa figura de la mujer, entre las ramas de un olivo.

Pedro la ve y grita:

–           ¡Baja ya! No te quiero lapidar. ¡Allá! ¿Lo ves? Es el Rabí Jesús de Nazareth.

La mujer corre veloz, dejando atrás a Pedro. Llega hasta los pies de Jesús y exclama:

–           ¡Piedad, Señor!

Jesús la mira con mucha compasión y le dice dulcemente:

–           ¿Puedes creer que Yo te la pueda tener?

Ella replica:

–           Sí. Porque eres Santo y porque estoy arrepentida. Soy el Pecado; pero Tú Eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero en tener misericordia de mí. Y ha venido a traerme pan y fe. Límpiame Señor, primero el alma que la carne. Porque yo soy tres veces impura y si me debes dar una limpieza; una sola: yo te pido la de mi alma pecadora. Antes de haber oído tus Palabras que él me repetía; yo pensaba para mí: ‘Cúrame para regresar entre los hombres’ Pero ahora te digo: ‘Quiero ser perdonada para tener Vida Eterna’

–           Te perdono. No recaigas otra vez. sin embargo…

Ella lo interrumpe:

–           ¡Qué seas Bendito! Viviré en mi cueva. En la Paz de Dios. ¡Libre al fin…! ¡Oh! Libre de remordimientos y de temores. ¡No más miedo a la muerte, porque estoy perdonada! ¡No más miedo a Dios, porque ahora Tú me has absuelto!

Jesús le ordena suavemente:

–           Ve al lago y lávate. Quédate allí dentro hasta que te llame.

La desgraciada piltrafa de mujer, hecha un esqueleto. Corroída. Con la cabellera despeinada, seca, lisa. Se levanta del suelo y entra en el lago. Se mete toda con todo y los harapos que le cubren muy poco.

Pedro dice perplejo:

–           ¿Por qué la mandaste a que se bañe? Es verdad que su hedor enferma, pero… No entiendo.

Jesús no le contesta a él y dice a la mujer:

–           Mujer. Sal y ven aquí. Toma esa tela que está en esa rama.

Es la que usó Jesús para secarse, después que atravesó el breve espacio entre la barca y la playita.

Obediente. La mujer emerge desnuda, pues en el agua se han quedado los harapos que traía.

Pedro, que es el primero en verla; lanza un grito. Mientras Andrés, más pudoroso, le había vuelto la espalda; pero al grito de Pedro, voltea… Y también grita.

Ella, que tenía sus ojos fijos sólo en Jesús y no le preocupaba otra cosa; al oír los gritos y al ver las manos que le hacen señas; se mira… Y ve que en el lago se ha quedado también su lepra… Mira asombrada su hermoso cuerpo desnudo y su cara de belleza perfecta; sintiendo su carne fresca y lozana. Está atónita. No corre. Se agazapa. Se encoge toda pudorosa, avergonzada de su desnudez. Emocionada hasta el punto que lo único que hace es llorar; con un llanto suave, largo, débil; que es más estrujante que un grito.

Jesús se mueve. Llega hasta donde está ella. La cubre en la espalda con la tela. Le acaricia ligeramente la cabeza y le dice:

–           ¡Sé buena! ¡Adiós! Por la sinceridad de tu arrepentimiento, has merecido el favor. Crece en la fe del Mesías y obedece los preceptos de la purificación.

Ella se estremece con un llanto incontenible y no para de llorar. Solo cuando oye el golpeteo de los remos con los que Pedro retira la barca, levanta la cabeza; tiende los brazos y grita:

–           ¡Gracias, Señor! ¡Gracias! ¡Bendito! ¡Bendito, seas!

Jesús le hace un ademán de despedida, mientras la barca da la vuelta para regresar.

Más tarde…

Jesús, con nueve de sus discípulos, atraviesa la plaza y la calle principal.  Entra en la sinagoga de Cafarnaúm. Es evidente que la noticia del nuevo milagro ya se corrió por todos lados, pues hay muchos murmullos y comentarios. Y la sinagoga está llena de gente asombrada y curiosa.

En el umbral de la puerta, está el recaudador de impuestos, el publicano Leví-Mateo. Ahí se queda. Mitad dentro, mitad fuera. Retraído por las señales de desprecio y de burla con que lo miran todos.

Uno que otro epíteto ofensivo y desagradable, le dirigen algunos. Simón y Elí, dos tiesos fariseos; recogen ostensiblemente sus vestiduras y amplios mantos, como si temieran contraer una peste, al rozar el vestido de Mateo.

Jesús al entrar, lo mira atentamente por un segundo y por un segundo, se detiene. Mateo solamente baja la cabeza.

Pedro, en cuanto pasan y avanzan un poco, dice en voz baja a Jesús:

–           ¿Sabes quién es ese hombre tan bien adornado y que tiene más perfume que una mujer? Es Mateo, nuestro tasador de impuestos. ¿Qué viene a hacer aquí? Es la primera vez. Tal vez no encontró compañeros con quienes pasar el sábado; gastando en orgías lo que nos chupa con tasas duplicadas y triplicadas, para tener dinero para el fisco y para el vicio.

Jesús mira tan enojado a Pedro, que este se pone colorado como una manzana. Baja la cabeza y se espera de tal modo; que de ser el primero, termina por ser el último del grupo apostólico.

Cuando Jesús está en su lugar. Después de los cantos y oraciones recitadas por el pueblo, se vuelve para hablar. El arquisinagogo le pregunta si quiere algún rollo; pero Él responde:

–           No es necesario. Ya tengo el tema.

Y empieza:

‘El gran rey de Israel, David de Belén, después de haber pecado lloró al arrepentirse en su corazón, al gritar a Dios que se arrepentía y que le pedía perdón, el corazón de David se había nublado en las neblinas del sentido y le había estorbado ver el Rostro de Dios, comprender su Palabra.

El Rostro, dije. En el corazón del hombre hay un punto en el que se recuerda el Rostro de Dios. El punto más selecto, el que es nuestro Santo Sanctorum; del que vienen las santas inspiraciones y las santas decisiones. El que despide perfume como un altar; resplandece como una hoguera; canta como un coro de Serafines.

Más cuando en nosotros humea el pecado, entonces ese punto se ofusca de tal forma; que cesan la luz, el perfume, el canto y tan solo queda el olor a humo espeso y el sabor a cenizas.

Pero cuando vuelve la Luz, porque un siervo de Dios la haya traído consigo a esa oscuridad; entonces el corazón ve su fealdad, su baja condición. Y horrorizado, exclama como el rey David: ‘¡Ten piedad de mí, Señor! conforme a la grandeza de tu misericordia y por tu infinita Bondad, lávame de mi pecado’ Pero no dice: ‘No puedo ser perdonado y por eso continuo en el pecado’ 

Por el contrario:

‘Estoy humillado. Contrito lo estoy. Pero Tú qué sabes cómo me he encontrado en el pecado; te ruego de lavarme con agua y limpiarme, para que torne a ser cual la nieve de las cimas’ Y añade: ‘Mi holocausto no será de corderos, ni de bueyes; sino arrepentimiento verdadero de corazón. Porque sé que esto es lo que quieres de nosotros y no lo desprecias’

Esto decía David, después de su pecado. Y después de que el siervo del señor, Natán; lo había hecho que se arrepintiera. Los pecadores, con mayor razón pueden decir esto; ahora que el señor les manda, no a un siervo suyo; sino al Redentor Mismo. A su Verbo. El cual, Justo y Dominador, no solo de los hombres, sino también de los Cielos e Infiernos; ha brotado entre su Pueblo como Luz de la aurora, que brilla sin nubes cuando se levanta el sol matinal.

Habéis leído en qué forma el hombre presa de Mammón, es más débil que un esqueleto moribundo; aun cuando antes hubiera sido ‘el fuerte’. Sabéis como Sansón no valió ya nada, luego que cedió al sentido. Quiero que comprendáis la lección de Sansón, hijo de Manué; destinado a vencer a los filisteos, opresores de Israel.

La primera condición para que fuese tal, era que desde su concepción se mantuviese alejado de todo lo que provoca los bajos sentidos y une en matrimonio las entrañas del hombre, con carne inmunda: o sea; vino, cerveza y carnes grasosas; que encienden la cintura con fuego impuro. Condición segunda: que para ser el libertador, fuese consagrado al Señor desde la infancia. Y para siempre fuese Nazareo. Consagrado es no solo el que externa, sino internamente; se conserva santo. Entonces Dios está con él. Pero la carne es carne. Y Satanás es Tentación. Y tentación es la de la carne que excita al hombre y a la mujer. Y se aprovecha para combatir a Dios, en su corazón y en sus santos Mandamientos. Ved entonces que la robustez del fuerte tiembla y se convierte en piltrafa que acaba con las dotes que Dios le había dado.

Escuchad, pues:

Sansón fue amarrado con siete cordeles de nervios frescos; con siete sogas nuevas. Enclavado en el suelo con siete trenzas de sus cabellos. Y siempre vencía. Pero en vano se tienta al Señor, ni a su Bondad. No es lícito. Él perdona, perdona, perdona. Pero exige voluntad de salir del pecado, para continuar perdonando. Necio es el que dice: ‘Señor, perdón’ y después ¡No huye de lo que lo induce a nuevo pecado! Sansón, tres veces victorioso; no huyó de Dalila; ni del sentido, ni del pecado. Y cansado hasta donde más no se puede, dice el Libro: ‘Y acabándosele el ánimo, reveló el secreto: mi fuerza está en mis siete trenzas’

¿Hay alguno entre vosotros que hastiado hasta el cansancio, sienta que las fuerzas se le acaban porque no hay cosa que azote más que la mala conciencia y que está por entregarse al enemigo? ¡No! Quienquiera que seas, ¡No! No lo hagas. Sansón dio a la tentación el secreto para vencer sus siete virtudes: las siete trenzas simbólicas de la fidelidad de Nazareo. Cansado, se durmió en el seno de la mujer y fue vencido. Ciego, esclavo, impotente por no haber sido fiel al voto. Tornó a ser ‘él fuerte’, ‘el libertador’, cuando en el dolor de un sincero arrepentimiento encontró fuerza.

Arrepentimiento, paciencia, constancia, heroísmo y luego, ¡Oh, pecadores! ¡Os prometo que seréis libertadores de vosotros mismos! En verdad os digo que no hay bautismo que valga, ni rito que sirva, si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado. En verdad os digo que no hay pecador más grande, que no pueda renacer con su llanto las virtudes que el pecado le había arrebatado del corazón.

Hay una mujer culpable de Israel a quien Dios castigó por su pecado. Ha obtenido misericordia por su arrepentimiento. Misericordia dije. Pero no la tendrán, los que no la usaron con ella, después de castigada. ¿Acaso no tenían en sí esos tales, la lepra de la culpa? Que se examine cada uno… Y que tenga piedad si es que la quiere obtener. Yo os extiendo mi mano por esta arrepentida que torna entre los vivos, después de una horrenda reparación.

Simón de Jonás no yo, llevará el óbolo a la arrepentida que en los umbrales de la vida, regresa a la Vida Verdadera.Y no murmuréis. No estaba Yo cuando era ‘La Bella’. Erais vosotros los que estabais. Y no digo más.

Uno de los dos fariseos pregunta rabioso:

–           ¿Nos acusas de haber sido sus amantes?

Jesús lo traspasa con la mirada y dice:

–           Cada uno tenga frente a sí, su corazón y sus acciones. No acuso. Hablo en nombre de la Justicia. –se vuelve hacia los suyos y agrega- ¡Vámonos!

Y Jesús sale con sus discípulos.

Pero los dos fariseos que parecen conocer a Judas, lo detienen y le dicen:

–           ¿También tú estás con él?

–           ¿Es realmente santo?

Judas responde enfático:

–           ¡Os aseguro que no llegaréis a sospechar su santidad!

–           Pero curó en Sábado,  ¿O no?

Judas corrige:

–           ¡No! ¡Perdonó en Sábado! ¿Y qué día más propicio para el perdón que el sábado? –añade con una sonrisa llena de sarcasmo- ¿No me dais nada para la redimida?

–           No damos nuestro dinero a prostitutas. Se ofrece al Templo Santo.

Judas lanza una risotada irreverente y los deja plantados. Corre y alcanza a Jesús, que está entrando en la casa de Pedro.

Pedro dice a Jesús:

–           Mira. El pequeño Santiago afuera de la sinagoga me dio dos bolsas en lugar de una. Y siempre por encargo del desconocido. ¿Quién es, Maestro? ¡Tú lo sabes! ¡Dímelo!

Jesús sonríe y dice:

–           Te lo diré cuando hayas aprendido a no murmurar de nadie.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

14.- LA PROFECIA DE CAÍN


En Nazareth, María, descalza, va y viene por su casita. Son los primeros albores del día. Con su vestido azul pálido, parece una delicada mariposa que roza sin ruido alguno, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da hacia la calle y la abre con cuidado. Mira hacia fuera y ve que no hay nadie. La deja entreabierta. Vuelve a poner todo en orden.

Abre puertas y ventanas. Entra en el cuarto de trabajo en donde antes estaba la carpintería y ahora tiene sus telares. Cubre con cuidado uno donde hay un tejido comenzado y una sonrisa aflora al verlo. Sale al huerto. Las palomas se le amontonan sobre los hombros y la acompañan hasta una despensa donde están sus alimentos.

Toma trigo y les dice:

–           Aquí. Hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!

Luego toma harina y va a la cocina, en donde está el horno y se pone a amasarla, para hacer el pan. Sonríe llena de felicidad. De la masa, toma una cantidad y la pone aparte, la cubre con un lienzo y continúa con su trabajo. Está colorada y en sus cabellos hay una mancha de harina.

Se escucha una voz femenina:

–           ¿Ya estás trabajando? – Es María de Alfeo, que ha entrado sin hacer ruido.

María contesta:

–           Sí. Hago el pan y mira: las tortas de miel que a Él tanto le gustan.

–           Hazlas. Hay mucha masa. Yo te ayudo y te la preparo.

María de Alfeo, robusta y más gruesa; trabaja con fuerza amasando el pan; mientras maría pone miel y mantequilla en sus panecillos. Hace muchos redondos y los pone sobre una lámina.

Luego dice con preocupación:

–           No sé cómo hacer para avisarle a Judas. Santiago no se atreve y los demás…  -y da un profundo suspiro.

María contesta:

–           Hoy vendrán. Simón Pedro viene siempre los lunes, con los pescados. Lo enviaremos a la casa de Judas.

–           Quien sabe si quiera ir.

–           Simón jamás me dice que no.

En ese momento Jesús aparece, diciendo:

–           La paz sea en éste, vuestro día.

Las mujeres se sobresaltan al oír su voz.

María dice:

–           ¿Ya te levantaste? ¿Por qué? Quería que durmieras.

–           He dormido como un niño, Mamá. Tú no debes haber dormido.

–           Te he mirado dormir. Siempre lo hacía así, cuando eras pequeño. Siempre sonreías en sueños. Y esas sonrisas me quedaban todo el día, como una perla en el corazón. Pero esta noche no sonreías Hijo. Suspirabas como si estuvieras afligido. –María lo mira con ansia.

–           Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa en donde todo es sinceridad y amor. Tú… tú sabes Quién Soy y puedes entender lo que significa para Mí, el contacto con el mundo. Es como quien camina por un camino sucio y lodoso. Aun cuando se camine con cuidado y esté uno atento, lo salpica a uno un poco el fango. Y el hedor nos llega aun cuando no se respire. Y si a este hombre le gusta la limpieza y el aire puro, puedes imaginar cuanto le fastidie.

–           Sí, Hijo. Lo entiendo. Pero me duele que sufras.

–           Ahora estoy contigo y no sufro. Es el recuerdo… y me ayuda para que mi alegría de estar contigo, sea mucho más grande.

Y Jesús se inclina para besar a su Madre. Acaricia también a la otra María que entra toda colorada, porque estaba prendiendo el horno y le expresa su mayor preocupación:

–           Será necesario avisar a Judas Tadeo.

–           No es necesario. Judas estará aquí hoy.

–           ¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

María dice.

–           Hijo, los lunes de todas las semanas viene Simón Pedro. Me quiere traer los peces que atrapó en las primeras horas. Llega poco después del amanecer. Hoy estará contentísimo al verte. Simón es bueno. En el tiempo que se queda, nos ayuda. ¿No es así, María?

Ésta asiente con la cabeza y Jesús dice:

–           Simón Pedro es un hombre sincero y bueno. Pero también el otro Simón que dentro de poco veréis, es un gran corazón. Voy a su encuentro. Están por llegar. Ayer Yo me les adelanté.

Jesús sale mientras las mujeres ponen el pan en el horno. Luego van a la habitación de María, donde ella se pone las sandalias y cambia su vestido por uno de lino muy blanco. Después de un rato la puerta de la calle se abre y entra el grupo:  Jesús con los discípulos y los pastores.

Él le dice:

–           Mamá, he aquí a mis amigos.

Jesús les pone los brazos rodeándoles la espalda a los dos pastores y los presenta a María:

–           He aquí a los dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Señora.

María contesta con dulzura:

–           Os saludo. ¿Tú? ¿Leví? Y ¿Tú? Por la edad, Él me dijo que tú eres José. Este nombre, aquí es dulce y sagrado. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge y una madre os abraza en recuerdo del gran amor que vosotros tuvisteis por mi Niño.

Los pastores están encantados.

Luego sigue Zelote.

–           Éste es Simón, Mamá.

María dice:

–           Mereciste el favor porque eres bueno. Lo sé. Que la Gracia de Dios, sea siempre contigo.

Simón, más experto en las costumbres del mundo se inclina hasta la tierra, llevando los brazos cruzados sobre el pecho y dice:

–           Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Y no pido otra cosa al Eterno ahora que conozco la Luz y a ti, que eres una bella luna.

Jesús continúa con las presentaciones:

–           Éste es Judas de Keriot.

Judas se inclina y dice obsequioso:

–           Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece ante la veneración que siento por ti.

María dice con dulzura:

–           No por mí. Por Él. Yo soy porque Él Es. Para mí no quiero nada. Sólo la pido para Él. Sé cuánto honraste a mi Hijo en tu ciudad. Pero Yo te digo: que en tu corazón sea el lugar donde Él reciba de ti, todo el honor. Entonces yo te bendeciré con corazón de Madre.

–           Mi corazón está debajo del calcañal de tu Hijo. Feliz opresión. Sólo la muerte destruirá mi lealtad.

La voz de Jesús continúa:

–           Este es nuestro Juan, Mamá.

Juan se ha arrodillado y María lo toma por los hombros mientras dice:

–           Estuve tranquila desde que supe que estabas cerca de Jesús. Te conozco. Sé bendito, quietud mía. –María lo besa en la frente.

La voz ronca de Pedro, se oye desde afuera:

–           He aquí al pobre Simón que trae su saludo y… -entra y se queda con la boca abierta. Baja su canasto y se postra- ¡Ah, Señor Eterno! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Ah, qué feliz soy! ¡No podía estar más sinTí!

Jesús dice:

–           Levántate Simón.

–           Me levanto, sí. Pero… ¡Ey tú, muchacho!- se dirige a Juan- Despáchate a Cafarnaúm a avisar a los demás. Y ve primero a la casa de Judas. –mira a María de Alfeo y agrega- Está por llegar tu hijo, mujer. –se dirige otra vez a Juan- ¡Pronto! Haz de cuenta que eres una liebre con los perros por detrás.

Juan sale riéndose y Pedro se levanta, diciendo:

–           ¡Eh! ¡No! ¡No quiero que te vayas sin mí otra vez! te seguiré como la sombra sigue al cuerpo. ¿Dónde estuviste, Maestro? ¡Ah! Verte es como un vino nuevo que se le sube a uno, tan solo con olerlo. ¡Oh, mi Jesús! –Pedro está a punto de llorar por el gozo.

–           También Yo deseaba verte. A todos vosotros. Aun cuando estaba con amigos queridos. Mira Pedro, éstos dos son los que me han amado desde que tenía pocas horas de nacido. Todavía más: ya han sufrido por Mí. Aquí hay un hijo sin padre, ni madre por mi causa. Pero encontrará tantos hermanos, cuántos sois vosotros. ¿No es verdad?

–           ¿Me lo pides, Maestro? Pero si por una suposición el Demonio te amase; yo lo amaría porque te ama. También sois pobres por lo que veo. Así pues, somos iguales. Venid a que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichoncito. Es sincero, no os fijéis si soy áspero. Lo duro es por fuera. Por dentro soy todo miel y mantequilla. ¡Con los buenos! ¡Porque con los malvados…!

Jesús dice tomando a Judas por un brazo:

–           Éste es un nuevo discípulo.

Pedro lo mira queriéndolo reconocer:

–           Me parece haberlo visto antes.

–           Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, por medio de él tuvo una buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis aunque seáis de diferentes regiones. Todos sed hermanos en el Señor.

–           Y como a tal lo trataré si él lo es. ¡Eh!… ¡Sí! –Pedro mira fijamente a Judas, con esa mirada amonestadora- ¡Eh! ¡Sí! Es mejor que lo diga. Así me conocerá al punto y bien. Lo digo: no tengo mucha estima por los judíos en general y por los ciudadanos de Jerusalén en particular. Pero soy honrado y en mi honradez te aseguro que hago a un lado todas las ideas que tengo sobre vosotros y que quiero ver en ti, sólo al hermano discípulo. Te toca a ti que yo no cambie de pensamiento ni de decisión.

Zelote pregunta sonriendo:

–           ¿Y también contra mí tienes los mismos prejuicios?

–           ¡Oh! ¡No te había visto! ¿Contra ti?… ¡Oh! Contra ti, no. Tienes la honradez pintada en la cara. Se te brota la bondad del corazón, hasta afuera; como un bálsamo oloroso dentro de una copa porosa. Algunas veces, cuanto más uno envejece; tanto más se hace uno falso y malvado. Pero tú eres como aquellos vinos alabadísimos. Entre más añejos, más secos y buenos.

Jesús dice:

–           Has juzgado bien, Pedro. Venid ahora, mientras las mujeres trabajan para nosotros. Sentémonos debajo de ese fresco emparrado. ¡Qué hermoso es estar aquí con los amigos!

Y salen al huertecillo.

Cuando todos se acomodan a su alrededor, Jesús dice:

–           En estos meses de presencia y de ausencia, me he formado un juicio de vosotros. Os he conocido y conozco con experiencia de Hombre. Ahora he pensado en enviaros al mundo. Pero antes debo haceros maestros capaces de enfrentaros a él con dulzura y sagacidad. Con calma y constancia. Con conciencia y ciencia de vuestra misión. Aprovecharemos este tiempo de sol ardiente que impide que se pueda viajar por la Palestina; para vuestra instrucción y formación de discípulos. He detenido a este hijo, -señala a José- porque le doy el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras. Para que también allá se forme un núcleo robusto que me anuncie, no tan sólo con decir que Estoy; sino con las características más esenciales de mi Doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros, el amor y la unión. ¿Qué cosa sois? Personas de toda clase social. De todas las edades y de diferentes regiones. He querido escoger a quienes carecen de enseñanza y conocimientos, para que más fácilmente penetre Yo con mi doctrina. Y cuidándoos unos a otros, lleguéis a decir: ‘Todos somos iguales. Todos tenemos las mismas debilidades y todos necesitamos el mismo adiestramiento. Hermanos en los defectos personales o nacionales. Debemos desde ahora en adelante ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla’

Sí. Hermanos. Quiero que así os llaméis y como a tales os consideréis. Sois como una sola familia. ¿Qué familia próspera es la que el mundo admira? La que está unida y la que está concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro. Si un hermano daña al otro, ¿Puede durar acaso la prosperidad de esa familia? ¡No! En vano el padre de familia se esforzará en trabajar; en allanar las dificultades; en imponerse al mundo. Sus esfuerzos son inútiles, porque las propiedades se acaban. Las dificultades aumentan. El mundo se ríe de esta situación perpetua de lucha que despedaza corazones y riquezas, que unidas eran fuertes contra el mundo. Y quedan convertidas en un montoncillo de intereses contrarios, de los que se aprovechan los enemigos de la familia, para acelerar más pronto su ruina.

Jamás seáis así vosotros. Permaneced unidos. Amaos. Amaos para enseñar a amar. Ved. También lo que nos rodea nos enseña esta gran fuerza. Ved este enjambre de  hormigas cuya fuerza radica en que están unidas. Meditad esto. ¿Tenéis algo que preguntar?

Judas de Keriot pregunta:

–           ¿Ya no regresaremos más a Judea?

–           ¿Quién lo dijo?

–           Tú, Maestro. Has dicho que prepararás a José para instruir a los otros que están en Judea. ¿Tan mal te fue que ya no quieres regresar allá?

Tomás curioso, pregunta:

–           ¿Qué te hicieron en Judea?

Y el fogoso Pedro exclama al mismo tiempo:

–           ¡Ah! Yo tenía razón en decir que habías regresado agotado. ¿Qué te hicieron los perfectos de Israel?

Jesús dice:

–           Nada, amigos. Ninguna otra cosa, más que lo que acá también encontraré. Si diera vueltas por toda la tierra, encontraría amigos mezclados con enemigos. Judas, ¡Te había pedido que guardases el secreto!

Judas replica muy disgustado:

–           Es verdad. Pero, ¡Yo no puedo callar cuando veo que prefieres la Galilea que a mi patria! Eres injusto. Allá también recibiste honores.

–           ¡Judas! Judas… ¡Oh, Judas! Tu reproche es injusto. Tú mismo te acusas al dejarte llevar de la ira y de la envidia. Había buscado la forma para dar a conocer tan solo el bien que recibí en Judea. Y sin mentir, había podido decir con alegría estas cosas buenas, para que os amasen a los de Judea. Con alegría, porque el Verbo de Dios no conoce separaciones de lugares; antagonismos, enemistades, discriminaciones. A todos vosotros os amo. ¿Cómo puedes decir que prefiero la Galilea, cuando quise hacer los primeros milagros y las primeras manifestaciones, en el sagrado recinto del Templo y de la Ciudad Santa que es cara a cualquier israelita?

¿Cómo puedes decir que soy parcial, si de los diez discípulos, porque Tadeo y Santiago, mis primos son de la familia? ¿Cuántos sois de Judea? Y si a vosotros agrego a los pastores, ¿Puedes ver de cuantos de Judea soy Amigo? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros los judíos, si cuando nací y cuando me preparé a la misión, quise que hubiera dos judíos, por cada uno de Galilea? ¿Y me acusas de injusticia? Pero examínate Judas y dime si el injusto eres tú.

Jesús ha hablado majestuosa y dulcemente. Pero aunque no hubiese dicho más, habrían sido suficientes las tres veces que pronunció la palabra: ¡Judas! Para darle una gran lección. La primera la dijo el Dios Majestuoso que llama al respeto. La segunda, el Maestro que enseña de un modo paternal, la tercera fue la súplica de un amigo acongojado por los modales del otro.

Judas, mortificado; baja la cabeza. Pero continúa enojado y se ve feo al dejar ver sus sentimientos…

Y Pedro no sabe callar:

–           Y por lo menos pide perdón, muchacho. Si estuviese en lugar de Jesús, no te bastarían palabras. ¿Qué Él sea injusto? ¡Eres un señorito irrespetuoso! ¿De este modo es como os educan en el Templo?  ¿O a  ti no te pudieron educar? Porque si ellos son…

Jesús interviene:

–           Basta, Pedro. Dije lo que tenía que decir. También de esto os hablaré mañana. Y ahora repito lo que había dicho a éstos en Judea: ‘No digáis a mi Madre que los judíos maltrataron a su Hijo. Está muy afligida al intuir que tuve aflicciones. Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y en el silencio. Tan solo es activa en la virtud y en orar por Mí y por todos. No introduzcáis ni siquiera el eco del Odio, donde todo es amor. Respetadla. Tiene más valor que Judith y lo veréis. Pero no le obliguéis antes de que sea la Hora, a gustar las heces que son los sentimientos de los desgraciados del mundo. De los idólatras que se creen conocedores de Dios y por lo cual unen la idolatría y la soberbia.

Lo que una palabra imprudente provocó, es motivo para una lección. Escuchad:

Pensad realmente y que os sirva de regla al obrar; que ninguna cosa permanece siempre oculta. Haced el bien y ofrecedlo al Señor Eterno ¡Oh! Él sabrá si es que os conviene darlo a conocer a los hombres. Y quién ve una acción, no juzgue solamente por las apariencias. Nunca acuséis. Pedro dijo a Judas: ¿Qué Maestro tuviste? ¿Qué Soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y sin embargo también se dirá de uno de los míos: Pero, ¿Qué Maestro tuvo?

Al juzgar no os dejéis llevar por motivos personales. Judas, al amar a su región más de lo razonable, creyó ver que Yo era injusto con ella. Para ver bien, hay que ver todo en Dios. Hay que estar atentos. Siempre muy atentos. Mirad por ejemplo a mi Madre. ¿Podéis imaginar en Ella, inclinación al Mal? Pues bien, ya que el amor la empuja a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo quiera. Ella, después de haberme rogado. Ella, mi Maestra, me decía: ‘entre tus discípulos es necesario que esté también tu Madre, Hijo. Quiero aprender tu Doctrina.’

Ella, que poseyó esta Doctrina en su seno. Y mucho antes en su corazón, como un Don que Dios le daba, a la futura Madre de su Verbo Encarnado. Ella dijo: ‘Pero juzga Tú si es que puedo ir, sin que pierda la unión con Dios. Sin que me acerque a lo que es mundo y que Tú afirmas que penetra con sus hedores y pueda corromper este corazón mío que fue, es y qué quiere pertenecer sólo a Dios. Me examino por cuanto sé y me parece que puedo hacerlo, (Y aquí Ella sin saberlo, se tributó la mayor alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi inocente paz de cuando era flor del Templo, a la que poseo ahora que hace seis lustros, que soy mujer de hogar. Pero soy yo una sierva indigna que no conoce y que mal juzga todavía las cosas del espíritu. Tú Eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz. Y puedes ser Luz para tu pobre Mamá, que se resigna a no verte más, antes que no ser grata al Señor.’ y debí decirle con el corazón que se me estremecía de admiración: ‘Mamá, Yo te lo digo: el mundo no te corromperá. Antes bien, el mundo será perfumado por ti’

Mi Madre, lo acabáis de oír, supo ver los peligros del vivir en el mundo también para Ella. Y vosotros hombres, ¿No los veis? ¡Oh! Satanás está al acecho. Y solo los que vigilan serán los vencedores. ¿Los demás? Para los demás será lo que está escrito.

Judas pregunta:

–           ¿Qué es lo que está escrito, Maestro?

–           “Y Caín se arrojó sobre Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué es lo que has hecho con él? La voz de su sangre clama a Mí. Así pues, serás maldito sobre la tierra, que ha sabido gustar la sangre que el hombre derramó abriendo las venas de su hermano. Y jamás cesará esta horrible sed de la Tierra por la sangre humana. Ella, envenenada con esta sangre, será estéril para ti, más que una mujer ajada por los años. Y huirás a buscar paz y pan. Y no los encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y hierba, en cada gota de agua y alimento. El cielo te parecerá sangre. Sangre en el mar. Y del Cielo, de la Tierra y del mar se elevarán tres voces que llegarán a ti: la de Dios, la del Inocente y la del Demonio. Y para no escucharlas te darás muerte.

(Ninguno de sus oyentes sabe que acaba de profetizar la agonía y la  muerte de Judas)

Pedro observa:

–           El Génesis no dice así.

Jesús contesta:

–           No. El Génesis, no. Lo digo Yo. Y no me equivoco. Lo digo por los nuevos Caínes, de los nuevos Abeles. Por los que no vigilándose a sí mismos y al Enemigo, llegarán a ser una sola cosa con él.

Juan dice:

–           Pero entre nosotros no los habrá. ¿No es así Maestro?

–           Juan, cuando el Velo del Templo se rasgue, sobre toda Sión se verá escrita una gran verdad.

–           ¿Cuál, Señor mío?

–           Que los hijos de las Tinieblas, en vano estuvieron en contacto con la Luz. Acuérdate de ello, Juan.

–           ¿Seré yo un hijo de las Tinieblas?

–           No, tú no. Pero no lo olvides; para explicar el Crimen al mundo.

–           ¿Cuál Crimen Señor? ¿El de Caín?

–           No. Este es el primer acorde del Himno de Satanás. Hablo del Crimen Perfecto. El crimen Inconcebible… El que para entenderlo es menester mirarlo a través del Sol Divino del Amor y a través de la meta de Satanás. Porque solo el Amor Perfecto y el Odio Perfecto. Solo el Bien Infinito y el Mal Infinito, pueden explicar semejante ofrenda y semejante Pecado. –Se escucha un gran estruendo- ¿Habéis oído?… Parece que Satanás oye y aúlla con el deseo de realizarlo. Vámonos antes de que las nubes se abran y dejen caer los rayos y el granizo.

Bajan corriendo por la zanja y saltan al huerto de María, cuando de repente la tempestad se desata furiosa…

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13.- EL AMOR ENTRE EL SUFRIMIENTO


Por una vereda entre campos segados, quemados y amarillentos; Jesús camina entre Leví y Juan. Detrás vienen José, Judas y Simón. Es de noche, pero no hay alivio. La tierra es un fuego que continúa quemando después del incendio del día.

Todos caminan en silencio, fatigados y acalorados.

Jesús sonríe y pregunta a Leví:

–           ¿Lo encontraremos?

El pastor contesta:

–            Ciertamente. Por este campo guarda la mies y todavía no ha empezado la recolección de frutas. Los campesinos por eso están ocupados en vigilar los viñedos y los árboles frutales, protegiéndolos de los ladrones. Sobre todo cuando los amos son aborrecidos, como el que tiene Jonás. Samaría está cercana y cuando ellos pueden… ¡Oh! Con gusto a nosotros los de Israel, nos causan daño. Aunque saben que luego a los criados se les apalea. Pero como nos odian tanto.

–            No tengas rencor, Leví.

–            No. Pero Tú mismo verás como por culpa suya, Jonás fue golpeado hace como cinco años. Desde entonces pasa la noche en guardia. El flagelo es un suplicio cruel…

–           ¿Todavía nos falta mucho para llegar?

–            No, Maestro. ¿Ves allá donde terminan estos campos y empieza aquel monte oscuro? Allá están las arboledas de Doras, el duro fariseo. Si me permites, me adelanto para que me oiga Jonás.

–            Ve.

Juan pregunta a Jesús:

–           Pero Señor mío. ¿Así son todos los fariseos? ¡Oh! ¡Yo jamás querría estar a su servicio! Prefiero la barca.

Jesús, un poco serio, pregunta a su vez:

–           ¿Es la barca tu predilecta?

Juan se apresura a contestar:

–           No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando ignoraba que el Amor estaba en la tierra.

Jesús ríe de su vehemencia y dice bromeando:

–           ¿No sabías que en la tierra estaba el Amor? Entonces ¿Cómo naciste, si tu padre no amaba a tu madre?

–           Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor. Tú eres el Amor sobre la tierra para el pobre Juan.

El rostro de Jesús se ilumina y atrae al joven hacia Sí y dice:

–           Tenía deseos de oírlo decir. El Amor está sediento de amor. Y el hombre da y dará a su avidez siempre, gotas imperceptibles. Como éstas que caen del cielo y son tan pequeñitas, que se evaporan en el aire, al calor del estío. También las gotas de amor de los hombres se evaporarán en medio del aire, muertas al calor de tantas cosas. El corazón todavía las exprimirá… los intereses, los amores, los negocios, avaricia y tantas… tantas cosas humanas las consumirán. ¿Y qué subirá para Jesús?…

¡Oh! ¡Muy poca cosa! Los restos. Lo que queda de todos los latidos interesados de los hombres, para pedir, pedir, pedir cuando la necesidad apremia. Amarme sólo por amor, será una propiedad de pocos: de los Juanes. De los que quieran y aprendan a ser hostias…

Jesús suspira.

Han llegado al huerto y se detienen. El calor es tan fuerte, que sudan aún sin traer manto. En silencio, esperan. Del follaje espeso, apenas iluminado por la luna, emergen dos figuras. Una es Leví, que dice:

–           Maestro, Jonás está aquí.

Antes de que Jonás se acerque a Él, Jesús dice:

–           Mi paz llegue a ti.

Jonás no contesta. Corre y llorando se arroja a sus pies y los besa. Cuando puede hablar dice:

–           ¡Cuánto te he esperado! ¡Cuánto! ¡Qué desconsuelo al saber que la vida se iba, que venía la muerte y que tenía que decir: ‘Y no lo vi’ y sin embargo no moría toda la esperanza! Ni siquiera cuando estuve a punto de morir. Recordaba que Ella dijo: ‘Vosotros, una vez más le serviréis’ y Ella no podía decir algo que no fuese verdad. Es la Madre del Emmanuel. Por esto nadie más que Ella, tiene a Dios consigo. Y tiene a Dios y sabe lo que es Dios.

–           Levántate. Ella te saluda. La tienes cerca, muy cerca. Nazareth la hospeda.

–           Tú y Ella… ¿En Nazareth? ¡Oh! ¡Si lo hubiese sabido! Por la noche. En los meses fríos de invierno, cuando la campiña duerme y los malos no pueden causar daño a los agricultores, hubiese ido corriendo a besaros los pies. Y hubiera regresado con mi tesoro de estar en lo cierto. ¿Por qué no te manifestaste, Señor?

–           Porque no era la hora. Pero ya ha llegado. Es necesario saber esperar. Tú lo dijiste: ‘En los meses helados, cuando la campiña duerme’ y sin embargo ya ha sido sembrada, ¿No es verdad? Yo también era como el grano sembrado. Tú me viste cuando fui sembrado. Después desaparecí bajo un silencio obligatorio, para crecer y llegar al tiempo de la mies. Y resplandecer a los ojos de quienes me vieron recién nacido y a los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado. Ahora el recién nacido está listo para ser el Pan del Mundo. Ante todo, busco a mis fieles y les digo: ‘Venid. Saciaos conmigo’

Jonás lo escucha con una sonrisa radiante de felicidad y exclama:

–           ¡Oh! ¡Eres Tú! ¡Eres exactamente Tú!

Jesús le pregunta:

–           ¿Estuviste a punto de morir? ¿Cuándo?

–           Cuando me medio mataron porque a dos parras mías les habían robado. ¡Mira cuantos cardenales! –se baja el vestido y muestra la espalda, que es como una pintura de cicatrices caprichosas. Y agrega- me pegó con un cordel de hierro. Contó los racimos que se habían llevado y revisó donde las uvas fueron arrancadas. Y por cada una, me dio un golpe más… hasta que quedé medio muerto. Me socorrió María, la hija del administrador. Me curó. Y después de dos meses me alivié, porque con el calor las llagas se infectaron y tenía mucha fiebre.

Dije al Dios de Israel: ‘No importa. Haz que vea otra vez a tu Mesías y no importa lo que sufro. Tómalo como sacrificio. No tengo nada que ofrecerte. Soy esclavo de un hombre y eso Tú lo sabes. Ni siquiera se me permite ir a tu altar en Pascua. Tómame por hostia… pero permite que lo vea otra vez.

–           Y el Altísimo contestó: ‘Jonás, ¿Quieres servirme como tus compañeros lo hacen?

–           ¿Y en qué forma?

–           Como ellos lo hacen. Leví sabe y te dirá cuán sencillo es servirme. Quiero tan solo tu voluntad.

–           Ésa te la dí, desde que apenas habías nacido. Por Ella, todo lo he vencido. Tanto los desconsuelos como los odios. Sucede que aquí no se puede hablar.  El amo, en cierta ocasión me pegó porque yo insistía en que Tú ya estabas. Pero cuando él no estaba y a los que les podía tener confianza… ¡Oh! ¡Cómo les contaba el prodigio de aquella noche!

–           Pues bien. Hoy es el prodigio de encontrarnos. Casi a todos os he encontrado. Y a todos, fieles. ¿No es esto una maravilla? Tan sólo por haberme contemplado con fé y amor, os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

–           ¡Oh! ¡Y desde ahora tendré valor! ¡Mucha valentía! Porque sé que estás y puedo decir: Él está aquí. Id a donde está. Pero, ¿A dónde, Señor mío?

–           Por todo Israel. Hasta Septiembre, estaré en Galilea. Nazareth o Cafarnaúm, frecuentemente me hospedarán. Y allí se me podrá encontrar. Después… estaré por todas partes. He venido a reunir a las ovejas de Israel.

–           ¡Señor mío! Encontrarás muchos que no son ovejas. Desconfía de los grandes de Israel.

–           No me harán ningún daño hasta que no llegue la hora. Tú dí a los muertos, a los que duermen y a los vivos: ‘El Mesías está entre nosotros’

–           Señor, ¿A los muertos?

–           A los muertos en su corazón. Los demás, los muertos en el Señor; se regocijarán con la alegría cercana de verse liberados del Limbo. Dilo a los muertos. Yo Soy la Vida. Dilo a los que duermen: Soy el Sol que se levanta y quita el sueño. Dilo a los vivos: Yo Soy la Verdad que buscan ellos.

–           ¿Y curas también a los enfermos? Leví me contó lo que hiciste con Isaac. Tan solo para él hay un milagro porque es tu pastor, ¿O también para todos?

–           Para los buenos, hay milagro como premio justo y para empujarlos hacia la verdadera bondad. También para los malvados. Para sacudirlos y persuadirlos de que Yo Soy y que Dios está conmigo. El milagro es un regalo.

–           Señor, no te desdeñes de entrar en mi casa. Si me aseguras que en los terrenos no entra un ladrón; quiero hospedarte y llamar a tu alrededor a los pocos que te conocen a través de mi palabra. El patrón nos ha doblado y quebrado como tallos inútiles. No tenemos otra cosa, más que la esperanza de un premio eterno. Pero si te muestras a los corazones intimidados, renovarán su fortaleza.

–           Voy. No tengas miedo por los árboles, ni por los viñedos. Puedes creer que los ángeles harán guardia.

–           ¡Oh, Señor! Yo he visto a tus siervos celestiales. Creo y estoy seguro contigo. ¡Benditas estas plantas y estas viñas que tienen viento y canción de alas y de voces angelicales! ¡Bendito este suelo al que santifican tus pies! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Oh! ¡Está con nosotros el Mesías!

Jonás está exultante de alegría. Y los lleva hacia su pobre choza.

Tres días después…

Jonás y los otros desgraciados campesinos como él, se despiden de Jesús. Es la hora de separarse.

Jonás pregunta:

–           ¿No te volveré a ver, Señor mío? Nos has traído la luz al corazón. Tu bondad ha hecho de estos días, una fiesta que durará toda la vida. Tú has visto cómo nos tratan. A las plantas se les cuida mejor que a nosotros, porque valen dinero. Nosotros somos tan solo máquinas que lo fabrican y se nos hace trabajar hasta morir por esta causa. Pero tus palabras nos han llenado de esperanza. Has compartido el pan con nosotros;  el pan que él ni siquiera da a sus perros. Vuelve Señor; para cualquier otro sería una ofensa ofrecer  un albergue y una comida que hasta los mendigos desdeñan. Pero Tú…

–           En ellos encuentro un aroma y un sabor celestial, porque hay en ellos fe y amor. Regresaré, Jonás.

–           Señor, cuando Tú nos amas, no se sufre. Antes no teníamos a nadie que nos amase. ¡Si al menos pudiese ver a tu Madre!

–           No te angusties. Cuando la estación sea más suave, vendré con Ella. No te expongas a castigos inhumanos, por el ansia de verla. Adiós a todos vosotros. Mi paz sea el escudo contra la dureza de quien os llena de temor. Adiós, Jonás. No llores. Con fe paciente has esperado tantos años. Te prometo ahora, que esperarás muy poco. No te dejaré solo. Tu bondad dio seguridad a mi llanto infantil.

–           Sí. Pero te vas y yo me quedo…

–           Jonás, amigo mío. No dejes que me vaya afligido por el peso de no poderte ayudar.

–           No lloro, Señor. ¿Pero cómo lograré vivir sin verte, ahora que sé que estás vivo?

Jesús vuelve a acariciar al viejo deshecho y luego se separa. Pero de pie, en los bordes de la miserable área, abre los brazos y bendice la campiña. Luego se pone en camino.

Simón nota el desacostumbrado ademán y pregunta:

–           ¿Qué haces, Maestro?

–           He puesto una señal en todas las cosas, para que Satanás no pueda dañarlas, dañando también a esos infelices.

–           Maestro, caminemos más aprisa. Te quiero decir una cosa que nadie más oiga.

Se separan del grupo y Simón dice:

–           Lázaro tiene órdenes de usar el dinero para socorrer a todos los que en el nombre de Jesús, lleguen a él. ¿No podríamos liberar a Jonás? Ese hombre solo tiene la alegría de tenerte. Hay que dársela. Acá, los más ricos de Israel, tienen tierras óptimas y los exprimen con cruel usura, exigiendo de sus trabajadores el ciento por uno. Lo sabía desde hace años. Maestro, si quieres, da órdenes y Lázaro lo hará.

–           Simón. Ya había comprendido porqué te despojabas de todo. No me es desconocido el pensamiento del hombre. También por esto te amé. Al hacer feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Oh! ¡Cómo me angustia el ver sufrir a quién es bueno! Mi condición de pobre y despreciado del mundo, no me causa angustia alguna. Si Judas me oyese diría: ‘Pero ¿Acaso no eres Tú el Verbo de Dios? Manda y las piedras se convertirán en oro y en panes para los miserables’ y repetiría las asechanzas de Satanás. Deseo quitar el hambre a los que la tienen, pero no como Judas querría.

Todavía no estáis bien preparados para comprender la profundidad de lo que digo. Pero óyeme: si Dios proveyese a todo, haría un hurto a sus amigos. Los privaría de la facultad de ser misericordiosos y de obedecer con esto a su mandato del amor. La desgracia de otros, proporciona a mis amigos, la facultad de ejercitarla. ¿Has comprendido mi pensamiento?

–           Es profundo. Lo medito. Me humillo al comprender cuán obtuso sea yo y cuán grande es Dios, que nos quiere con todos sus atributos. Que seamos más benignos, para poder llamarnos hijos suyos…

Simón reflexiona y luego se unen con el grupo que continúa su viaje hasta Nazareth…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

12.- UN HOMBRE DESCONCERTANTE


Jesús está en Jerusalén con Simón. Se abren paso entre la multitud de vendedores y asnos que forman una procesión.

Jesús dice.

–           Subimos primero al Templo, antes de ir a Get-Sammi. Rogaremos al Padre en su Casa.

Simón contesta.

–           ¿Tan solo esto, Maestro?

–           Nada más. No puedo entretenerme. Mañana al amanecer quedamos de estar en la Puerta de los Peces y si la multitud insiste… ¿Cómo puedo librarme de ella? Quiero ver a los demás pastores. Luego iremos a Galilea. ¿Has estado alguna vez allá?

–           Una vez de paso y en invierno. En uno de mis penosos andares de un médico a otro. Tengo deseos…

–           ¡Oh, es hermosa! ¡Y mi Nazareth!… ¡OH, Simón! ¡Allá hay una flor que vive sola! ¡Que despide aroma de pureza y de amor por su Dios y por su Hijo! ¡Es mi Madre! La conocerás. Y me dirás si hay otra criatura igual a Ella, también en belleza humana, sobre la tierra. ¡Es hermosa! Pero todo cae, bajo lo interno que mana de su corazón. Si un hombre brutal la despojase de sus vestiduras y la mandase a caminar errante… ¡Aun así parecería una Reina con vestiduras reales, porque su santidad le serviría de manto y de resplandor!

El mundo puede pagarme mal. Pero todo perdono al mundo; porque para venir a él, a Redimirlo; me cupo la dicha de tenerla a Ella: La humilde y gran Reina del Mundo que éste ignora; pero por la que recibió el Bien y por siglos lo tendrá. Hemos llegado al Templo. Guardemos el rito del culto judío. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios; el Arca Santa, es su Corazón; que tiene por velo su carne purísima y en la que hay virtudes, cual brocado.

Entran y caminan por el Primer Patio, pasan un portal y se dirigen al Segundo Patio. Simón ve un grupo y exclama:

–           Maestro, mira… allí está Judas; en medio de aquel montón de gente. Hay también Fariseos y Sinedristas. ¿Me permites ir a oír lo que dice?

–           Ve. Te espero cerca del Gran portal.

Simón va ligero y se mete entre la gente, buscando la manera de oír mejor, sin ser visto.

Judas está hablando con convicción:

–           … y he aquí que hay personas que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién soy yo. Muchos de entre vosotros veneráis al Bautista. Él también lo venera y lo llama: ‘el santo igual que Elías por su misión’. Pero Él es todavía mayor que él.  Ahora bien. Si el Bautista es esto. Él, a quién el Bautista llama el Cordero de Dios y jura por su santidad haber visto que el fuego del cielo lo coronaba; mientras una Voz del Cielo lo proclamaba: ‘Hijo amado de Dios a quien se debe escuchar’, solo puede ser el Mesías.

¡Lo es! ¡Os lo juro! No soy un cualquiera, ni un tonto. ¡Lo es! Lo he visto en sus obras y he escuchado su Palabra. Os lo digo: Él es el Mesías. El milagro le obedece como el esclavo a su dueño. Enfermedades y desgracias caen como cosas muertas y en su lugar llegan la alegría y la salud. Los corazones se cambian más que los cuerpos. Podéis verlo en mí. ¿Tenéis enfermos o penas que aliviar? Si los tenéis, venid mañana al amanecer a la Puerta de los Peces. Él estará ahí y os hará felices. Entretanto ved: en su Nombre doy a los pobres esta ayuda.

Y Judas distribuye dinero a dos paralíticos y a tres ciegos. Y finalmente obliga a una viejecilla a aceptar el resto. Despide a la gente y se queda con José de Arimatea, Nicodemo y otros tres.

Judas exclama muy contento:

–           ¡Ah! ¡Ahora estoy bien! Ya no tengo nada. Soy como Él quiere.

José exclama:

–           En verdad que no te reconozco. Pensaba que era una burla, pero veo que lo haces en serio.

Judas lo mira y dice convencido:

–         En serio. ¡Oh! Soy un animal inmundo en su compañía. Pero ya he cambiado mucho.

Juan el escriba le pregunta:

–           ¿Ya no pertenecerás más al Templo?

–           ¡Oh, no! ¡Soy del Mesías! Quien se acerca a Él, a menos que sea una víbora; no puede menos que amarlo y desear pertenecerle solo a Él.

Eleazar dice:

–           ¿No vendrá más aquí?

–           Sé que vendrá. Pero no ahora.

Nicodemo expresa:

–           Me gustaría escucharlo.

–           Ya habló en este lugar, Nicodemo.

–           Lo sé. Pero estaba con Gamaliel. Lo vi. Pero me detuve.

Judas pregunta curioso:

–           Nicodemo, ¿Qué dice Gamaliel?

Nicodemo contesta:

–           Dijo: ‘Algún profeta nuevo’… No añadió más.

Judas se dirige a uno de los hombres más prominentes en el Sanedrín:

–           José, ¿No le dijiste lo que te dije?… ¡Tú eres su amigo!

José el Anciano, responde:

–           Se lo dije. Pero me respondió: ‘Ya tenemos al Bautista. Y según la doctrina de los escribas, deben pasar cien años entre esto y la preparación del Pueblo; para la venida del Gran Rey. Yo digo que se necesita menos, porque el tiempo ya se cumplió. Más no puedo admitir que el Mesías se manifieste de este modo. Un día creí que daba principio la manifestación mesiánica; porque su primer resplandor fue un relámpago verdaderamente celestial. No hubo más que un largo silencio y creo que me equivoqué…

–           Trata de hablarle otra vez. Si Gamaliel estuviese con nosotros y vosotros con Él…

Juan  el escriba, objeta:

–           No os lo aconsejo. El Sanedrín es poderoso y Annás lo gobierna con astucia y ambición. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad. A menos que se imponga con la fuerza… pero  en este caso, está Roma.

Judas exclama:

–           Si el Sanedrín lo escuchase, se convertiría a Él.

Los tres escribas sueltan una carcajada y dicen:

–           ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! … ¡Judas! Creímos que habías cambiado y que eras inteligente. si es verdad lo que dices de Él, ¿Cómo puedes creer que el Sanedrín lo siga? –invitan a José- ¡Ven! Ven, José. Es mejor para todos. ¡Que Dios te guarde, Judas! Te hace falta.

Y se alejan. Judas queda solo con Nicodemo.

Simón se desliza cuidadosamente y va hacia donde está Jesús.

Cuando se encuentra con él le dice:

–           Maestro. Me acuso de haber calumniado a Judas, de palabra y de corazón. Ese hombre me desorienta tanto. Había pensado que era enemigo tuyo. Pero lo he oído hablar de Ti en tal forma, que pocos lo harían entre nosotros.  Sobre todo aquí, donde el odio puede suprimir en primer lugar al discípulo y luego al Maestro. Lo vi dar dinero a los pobres y tratar de convencer a los sinedristas…

Jesús dice con decisión:

–           ¿Lo ves, Simón? Me felicito de que lo hayas visto en esta ocasión. Lo dirás a los demás cuando lo acusen. Bendigamos al Señor por esta alegría que me proporcionas. Por tu honradez al decir: ‘He calumniado’. Y por la obra del discípulo al que tenías como un malvado y que no lo es.

Oran por largo tiempo y luego se retiran.

En el camino, Jesús pregunta:

–           ¿No te vio?

Simón contesta:

–           No. Estoy seguro.

–           No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante a alimentos fuertes dados a un convaleciente de una fiebre estomacal… Lo haría que se enfermase más. Porque se gloriaría de saber que es famoso… Y donde está el orgullo…

–           Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?

–           A la casa a del olivar. Allí debe estar Juan a esta hora del calor.

Caminan ligeros, buscando sombra por las calles que son calcinantes. Cuando llegan, Juan está en la cocina y los saluda diciendo:

–           ¡Maestro! ¿Tú? Te esperaba en la tarde…

–           Vine antes. ¿Cómo has estado?

–           Como un cordero que hubiese perdido a su pastor. Hablaba a todos de ti; porque al hacerlo era como tenerte un poco. He hablado a los familiares, conocidos y extraños. También a Annás…

–           Hiciste bien. ¿Has visto a Judas?

–           No, Maestro. Pero me envió alimentos y dinero que repartí entre los pobres. Y también me mandó decir que los usase porque eran suyos.

–           Es verdad, Juan. Mañana iremos a Galilea.

Juan se pone muy feliz.

Al día siguiente al amanecer; las filas de borriquillos se amontonan en la Puerta semicerrada, Jesús está con Simón y con Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se apiñan a su alrededor.

Un soldado de la guardia también corre hacia Él. Y cuando se abre la Puerta, lo saluda:

–                 Salve, Galileo. Di a estos rebeldillos que estén más tranquilos. Se quejan de nosotros, pero no hacen otra cosa más que maldecir y desobedecer. Dicen que para ellos, todo es culto. ¿Qué religión tienen si se funda en la desobediencia?

Jesús contesta:

–           Compadécelos, soldado. Son como quienes tienen a un huésped no grato en su casa y que es más fuerte. Por lo que no pueden vengarse más que con la lengua y el desprecio.

–           Bien. Pero nosotros debemos cumplir nuestro deber y entonces debemos castigarlos. Y de este modo nos hacemos los huéspedes no gratos.

–           Tienes razón. Debes cumplir con tu deber. Pero hazlo siempre como un humano. Piensa: ‘Si estuviese en su lugar, ¿Qué haría?’ Verás que entonces sentirás piedad por los sometidos.

–           Me gusta oírte hablar. No tienes desprecio, ni altanería. Los otros palestinenses nos escupen por detrás. Nos insultan. Muestran el asco que sienten por nosotros. A no ser que se trate de desplumarnos muy bien; ya sea por causa de una mujer o por compras. Entonces el oro de Roma no causa ningún asco.

–           El hombre, es hombre; soldado.

–           Sí. Y es más mentiroso que el mono. No es agradable estar con quién parece una víbora al acecho. También nosotros tenemos casa, madre, esposa e hijos. Y la vida nos importa.

–           Mira. Si alguien se acordase de esto. No habría más odios. Tú lo has dicho: ¿Qué religión tienen? Te respondo: una religión santa, que tiene como primer mandamiento el amor a Dios y al prójimo. Una religión que enseña obediencia a las leyes; aun cuando sean de países enemigos. –Jesús se vuelve hacia la multitud- Porque oíd: ¡Oh! ¡Hermanos míos en Israel! Nada sucede sin que Dios lo permita. También las dominaciones: desgracia sin igual para un pueblo…

Y Jesús exhorta al pueblo a dar testimonio con Obras de la Religión Santa del Dios Verdadero. Cuando termina y despide a sus oyentes.

Simón dice:

–           Judas se está tardando y también los pastores.

El soldado que había estado escuchando atentamente pregunta:

–           ¿Esperas a alguien, Galileo?

Jesús contesta:

–           A Algunos amigos.

–           Ven para que te refresques al ‘andrón’. El sol quema desde el amanecer. ¿Vas a la ciudad?

–           No. Regreso a Galilea.

–           ¿A pie?

–           Soy pobre. A pie.

–           ¿Tienes mujer?

–           Tengo una Madre.

–           También yo. Ven. Si no te causamos repugnancia, como a los demás.

–           Tan solo la culpa me la causa.

El soldado lo mira sorprendido y pensativo. Luego dice:

–           Nosotros nunca tendremos nada contra Ti. Jamás se levantará la espada contra Ti. Tú eres Bueno. Pero los demás…

Jesús entra en el ‘andrón’. Juan va a la ciudad. Simón está sentado sobre una piedra que sirve de banca.

El soldado pregunta:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Jesús.

–           ¡Ah! ¿Eres el que hace milagros en los enfermos? Pensaba que fueses tan solo un mago, como los que tenemos nosotros. Pero un mago bueno. Porque hay ciertos tipos…Los nuestros no saben curar enfermos. ¿Cómo lo haces?

Jesús sonríe y calla.

El soldado continúa:

–           ¿Empleas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de la médula de los muertos; polvo de serpientes; piedras fantásticas de las cuevas de los pitones?

–           Nada de esto. Tengo tan solo mi poder.

–           Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos arúspices y vestales. Algunos de ellos hacen prodigios y dicen que son los más santos. ¿Qué piensas Tú? ¡Pues vemos que son peores que los demás!

–           Y si es así, ¿Por qué los veneráis?

–           Porque… porque es la religión de Roma. Si un súbdito no respeta la religión de su estado, ¿Cómo puede respetar al César y a la Patria? ¿Y así, a otras tantas cosas?

Jesús mira atentamente al soldado y le dice:

–           En verdad estás muy adelantado en el camino de la justicia. Prosigue ¡Oh, soldado! Y llegarás a conocer lo que tu alma añora por tener, sin siquiera saber su nombre.

–           ¿El alma? ¿Qué es eso?

–           Cuando mueras, ¿A dónde irás?

–           Bueno… no sé. Si muero como héroe, iré a la Hoguera de los Héroes. Si llego a ser un pobre viejo, un nada: probablemente me secaré en mi cuartucho o al borde de un camino.

–           Esto por lo que se refiere al cuerpo. Pero, ¿A dónde irá el alma?

–           No sé si todos los hombres la tengan o tan sólo los que Júpiter destina a los Campos Elíseos, después de una vida portentosa, si es que antes no se los lleva al Olimpo, como hizo con Rómulo.

–           Todos los hombres tienen un alma. Y esto es lo que distingue al hombre del animal. ¿Te gustaría ser semejante a un caballo? O ¿Un pez? ¿Carne que al morir no es más que un montón de podredumbre?

–           ¡Oh, no! ¡Soy un hombre y prefiero serlo!

–           Pues bien. Lo que hace que seas un hombre, es el alma. Sin ella no serías más que un animal que habla.

–           ¿Y dónde está? ¿Cómo es?

–           Existe dentro de ti. Viene de Quien creó el mundo y regresa a Él, después de la muerte del cuerpo.

–           Del Dios de Israel, según vosotros.

–           Del Dios Único, Eterno. Señor Supremo y Creador del Universo.

–           ¿Y también un pobre soldado como yo, tiene un alma que regresa a Dios?

–           También un pobre soldado. Y su alma podrá tener a Dios como Amigo suyo, si es buena siempre. O como a su Juez, si fuese mala.

Juan lo llama:

–           Maestro, ya llegó Judas, con los pastores y unas mujeres.

–           Me voy soldado. Sé bueno.

–           ¿No te volveré a ver? Quisiera saber…

–           Estaré en Galilea hasta Septiembre. Si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazareth, cualquiera te puede dar razón de Mí. En Cafarnaúm pregunta por Simón Pedro. En Nazareth, por María de José, es mi Madre. Ven y te hablaré del Dios Verdadero.

–           Simón Pedro. María de José. Iré si puedo. Si regresas, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.

Judas y los pastores llegan al andrón y Jesús se despide:

–           Paz a todos vosotros y también a ti, Alejandro.

Jesús se aleja y Judas le explica:

–           Nos tardamos. Se nos juntaron estas mujeres. Estaban en Getsemaní y querían verte. Tratamos de dejarlas, pero se nos pegaron más que las moscas. Quieren saber muchas cosas. ¿Curaste a la muchacha que tenía tisis?

–           Sí.

–           ¿Hablaste con el soldado?

–           Sí. Es un corazón honrado y busca la Verdad.

Judas suspira profundo y Jesús le pregunta:

–           ¿Por qué suspiras, Judas?

–           Suspiro porque… Porque querría que los nuestros fuesen los que buscasen la Verdad.  Por el contrario. O huyen de Ella, la escarnecen o permanecen indiferentes. Estoy muy desilusionado. Tengo deseos de no volver a poner un pie aquí. Quisiera quedarme sólo para escucharte. Como discípulo no puedo hacer gran cosa.

–           ¿Y crees que Yo sí? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias. Acá son derrotas. Pero allá arriba son victorias. El Padre ve tu buena voluntad. Y aunque no lograses nada, lo mismo te bendice.

Judas le toma la mano y se la besa, mientras dice:

–           ¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¿Llegaré a ser bueno alguna vez?

–           Sí. Si así lo quieres.

–           Creo haberlo sido en estos días. He sufrido mucho para serlo. Porque tengo muchos deseos… pero lo fui, pensando sólo en Ti.

–           Entonces persevera. Me haces muy feliz. –Jesús se vuelve hacia los pastores- Y vosotros, ¿Qué noticias me tenéis?

–           Yo te digo Maestro, que son mejores los humildes. A los que me dirigí, no tuvieron más que burlas o indiferencia.

Judas interviene y contrario a su costumbre, llama al pastor por su nombre:

–           Isaac, yo pienso como tú. Perdemos tiempo y fe a su contacto. Yo renuncio.

Isaac contesta con firmeza:

–           Yo no. Pero me hace sufrir. Renunciaré solo si el maestro lo manda. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por ser leal a la Verdad. No puedo mentir para congraciarme con los poderosos. Y Tú sabes Señor, cuantas veces fueron a mi lecho de enfermo a burlarse de mí prometiéndome, aunque yo sabía que eran promesas falsas; ayudarme, si decía que yo había mentido. ¡Y que Tú no eras el recién nacido Salvador! Pero yo no podía mentir. Hacerlo hubiera sido lo mismo que renunciar a mi alegría, matando mi única esperanza. ¡Rechazarte a Ti, Jesús y Señor mío! ¡No! No podía rechazarte. No lo hice y no lo haré.

Jesús coloca su mano en la espalda de Isaac y sonríe.

Judas, mirando a Isaac vuelve a hablar:

–           ¿Entonces tú persistes?

El pastor le contesta:

–           Yo sí. Hoy, mañana y pasado mañana, otra vez. Alguien vendrá.

–           ¿Cuánto durará tu trabajo?

–           No lo sé. Pero créeme. Basta con no mirar ni hacia delante, ni hacia atrás. Pensar solo en el día presente. Y si al anochecer se ha logrado algo, decir: ‘Gracias, Dios mío’. O si no hubo nada: Gracias, Dios mío. Espero con tu ayuda, hacer algo mañana.’

–           Eres un sabio.

–           Ni siquiera sé lo que significa eso. Pero hago en mi misión, lo que hice en mi enfermedad. Casi treinta años de enfermo, ¡No son un día!

–           ¡Eh! ¡Lo creo! Yo todavía no había nacido y tú ya estabas enfermo.

–           Estaba enfermo, pero jamás he contado esos años. ¿Qué veo del pasado? ¡Nada! Todo se ha ido.

Jesús dice:

–           Acá nada. Pero en el Cielo es todo. Y ese todo te está esperando. Es necesario obrar así. También Yo lo hago. Ir adelante sin fatigas. La fatiga también es una raíz de la soberbia humana. De igual manera que la premura. Mirad todo lo creado y pensad en Quién lo hizo. Lo creado es obra de una creación sin prisa. El Padre no hizo nada desordenadamente. Todo es paciencia.

–           Entonces, ¿Cuándo te conocerán?

–           ¿Quién, Judas?

–           El Mundo.

–           Jamás.

–           Pero, ¿No eres el Salvador?

–           Lo Soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Solo en la proporción de uno a mil me querrá conocer y en la proporción de uno a diez mil, realmente me seguirá. Y todavía digo más: ni siquiera mis íntimos me conocerán.

–           Pero si son tus íntimos te conocerán.

–           Si, Judas. Me conocerán como al Jesús Israelita, pero no como Soy. En verdad os digo que no todos mis íntimos me conocerán. Conocer quiere decir: amar con fidelidad y esfuerzo. Y habrá alguien que no me conocerá.

Jesús tiene su gesto resignado que siempre tiene cuando predice la futura traición. Con el rostro afligido que no mira a hombres, ni al cielo; sino a una visión espiritual que le da el futuro destino del traicionado.

Juan objeta:

–           No lo digas, Maestro.

Simón dice:

–           Te seguiremos, nosotros para conocerte mejor.

Y los pastores le hacen coro:

–           Te seguimos como a una esposa y nos eres más caro que ella. Somos más celosos de Ti. Que por una mujer.

Judas declara:

–           ¡Oh, no! Te conocemos tanto que no podemos desconocerte. –señalando a Isaac, agrega- él dice que renegar de tu recuerdo de recién nacido, le hubiera sido más atroz que perder la vida. Y sólo eras un bebé pequeñito. Nosotros tenemos al Hombre, al Maestro. Te escuchamos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, son nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un demonio podría renegar de Ti, después de haber sido un íntimo tuyo!

–           Es verdad, Judas. Pero así será.

Juan exclama:

–          ¡Ay de él! ¡Seré yo quien le ajusticie!

Jesús corrige:

–           No. Al Padre deja la Justicia. Tú sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende hacia Satanás. Ya se hizo tarde. Isaac, te bendigo, siervo fiel. Ten en cuenta que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que quiere ayudar a mis amigos. Me voy. Tú quédate a ararme el terreno árido de la Judea. Regresaré. Cuando me necesites, sabes en donde podrás encontrarme. Mi paz sea contigo.

Jesús bendice y besa a su discípulo.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

11.- EL RESCATE DEL BAUTISTA


Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean. Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres. En la ribera del río hay cuatro hombres que apacientan muy pocas ovejas.

Un poco lejos, en un entronque del camino, aparece Jesús con sus tres discípulos. Cuando los pastores lo ven, corren a su encuentro. El rostro de Jesús se ilumina con una inefable sonrisa y levanta los brazos en un gesto de amorosa bienvenida. ¡Es la sonrisa de Dios! Las ovejas trotan, arreadas por los pastores.

Cuando se encuentran con Él, los saluda diciendo:

–                 ¡La paz sea con vosotros, Simeón, Juan y Matías, mis amados discípulos y discípulos de Juan, el Profeta! ¡La paz sea contigo, José! –y lo besa en la mejilla.

Los otros tres se han arrodillado y besan la orla de su túnica.

Jesús agrega:

–                 Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra. Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–                 Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo. Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–                 Todavía está en prisión. Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida. Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos. Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido. Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías. Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–                 Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. –y señalando a Juan, les pregunta- ¿Conocéis a éste?

–                 Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista. Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía y dice:

–                 El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’ Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero. Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista. Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías. No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a éstos. Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama. Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–                 Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo. Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna.  Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho. Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–                 ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–                 No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes. Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los avarientos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados. Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista. Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer. Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–                 ¿Cuánto quiere esa persona?

–                 Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–                 Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.

Judas contesta contundente:

–                 Hermosas y preciosas.

–                 Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–                 Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–                 Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–                 Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–                 ¿Estás seguro?

–                 Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas. Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas. Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos. Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes. No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–                 Eran sus cadenas, Judas.

–                 Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–                 ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–                 ¡Oh! ¡A muchos!

–                 Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–                 ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–                 ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  Es maldito. ¡Sí!… Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’ Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado. Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado. Así que dime, ¿Quién es el comprador?

–                 Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida. Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa. Lo interrumpe:

–                 ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–                 Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. -Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–                 ¿Podrá comprarlas?

–         Pienso que sí. Jamás le falta el dinero. Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido; lo despluma a su gusto. Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–                 Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–                 Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya. Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado. –mirando a Judas, agrega- Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta. Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera. Pero el apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

–           Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–                 Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–                 Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–         Sólo quién es bueno, sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice:

–           Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas. Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo. Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas. Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–           Sí. Yo lo conozco. Hay muchos repliegues en el corazón de ese hombre. Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot. Hay que ayudar a ese lado bueno que es muy humano, para llevarlo a una bondad que sea espiritual. Entonces sí que Judas será como quieres que sea. Es joven…

–           También Juan es joven; tiene solo diecisiete años…

–           Y concluyes en tu corazón, que es mejor. ¡Pero Juan, es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas. Te lo ruego. Si lo amas te parecerá más bueno.

–           Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río. Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante que hay algo dentro de mí que me previene contra él.

–           ¿Qué cosa es, Simón?

–           Nada en concreto. Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–           No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla. Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza, Simón grita:

–           ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.

Cuando se reúnen, Judas dice a Jesús:

–           Ven. Ven, Maestro. Creo que lo hice bien… Pero ven conmigo. En la calle no se puede hablar.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde, Judas?

–           A la fonda. Aparté cuatro habitaciones. ¡Oh! Son modestas, no te asustes. Lo hice tan solo para poder descansar en un lecho, después de tantos sinsabores. De este calor. Volver a comer como gentes y no como pajaritos, junto al pozo. Y hablar también tranquilamente. Hice una buena venta. ¿Verdad, Juan?

Juan asiente sin muchas ganas.

Pero Judas está tan contento de su obra, que no se fija ni en la poca alegría de Jesús ante la perspectiva de un alojamiento cómodo; ni ante el poco entusiasmo de Juan.

Y continúa su informe:

–           Después de que vendí en más de lo que había pensado me dije: ‘Es justo que tome un poquitín: cien denarios, para dormir y comer. Si nosotros que siempre hemos comido, estamos agotados; mucho más debe estarlo Jesús. ¡Mi deber es cuidar de que no se enferme mi Maestro! Deber de amor. Porque Tú me amas y yo también. Hay lugar para todos y para vuestras ovejas. –dice a los pastores- He pensado en todo.

Jesús no dice una palabra. Lo sigue con los demás. Llegan a una plaza secundaria y Judas extiende su brazo y señala:

–           ¿Veis aquella casa sin ventanas en esa calle y con la puertecilla tan estrecha que parece una hendidura? Es la casa del orfebre Diomedes. Parece una casa pobre. ¿No es así? Pero adentro hay tanto oro, como para comprar a toda Jericó. Y ¡Ah! ¡Ah! –Judas ríe con malicia- Y en ese oro se pueden encontrar muchos collares, copas y muchas otras cosas de personas muy influyentes en Israel. Diomedes. ¡Oh! Todos fingen no conocerlo; pero todos lo conocen. Desde los herodianos, hasta… Bueno…

Todos, son todos. En esa pared lisa y pobre, se podría escribir: ‘Misterio y secreto’ ¡Si hablase! Juan, nadie se podría escandalizar del modo en cómo hice el trato. Tú te morías, ahogado de vergüenza y de escrúpulos. Escúchame, Maestro. No vuelvas a mandarme con Juan a ciertos negocios. Por poco hace que todo saliera mal. No sabe agarrarlas al vuelo. No sabe negar. Y con un astuto como Diomedes, es necesario ser rápidos.

Juan dice entre dientes:

–           Decía cada cosa tan rara y tan… tan… ¡Sí, Maestro! No me vuelvas a mandar. Sólo soy capaz de amar. Yo…

Jesús responde muy serio:

–           Difícilmente tendremos necesidad de ventas semejantes.

Judas señala una edificación muy grande y dice:

–           Allí está la fonda. Ven, Maestro. Yo hablaré, porque es a mí al que conocen.

Entran y judas habla con el dueño que hace que lleven las ovejas al establo y después conduce a los huéspedes a un salón donde hay esteras para lecho; sillas y una mesa preparada. Se retira al punto.

Judas dice apresurado:

–           Hablemos pronto, Maestro. Mientras los pastores están ocupados en acomodar a sus ovejas.

–           Te escucho.

–           Juan puede decir si soy sincero o no.

–           No lo dudo. Entre honrados no es necesario ni juramento, ni testimonio. Habla.

–           Llegamos a Jericó a la hora de la siesta. Estábamos sudados como animales de carga. ¡Preparé un plan cuando veníamos por el camino! Y primero venimos aquí para descansar; refrescarnos y arreglarnos. No quería dar a Diomedes la impresión de que tenemos necesidad urgente. ¡Oh! Juan no quería acicalarse con ungüento, ni arreglarse los cabellos. Me costó mucho trabajo convencerlo. Y cuando ya estábamos descansados y frescos; como dos ricachones en viaje de placer, al atardecer dije: ¡Vámonos! Y nos fuimos hacia la casa de Diomedes. Cuando estábamos a punto de llegar, le dije a Juan: ‘Tú me secundas. No me desmientas y sé rápido en comprender’

Pero hubiera sido mejor que lo dejara afuera. Para nada me ayudó. Al contrario.

Por buena suerte, soy rápido por los dos y todo salió bien. En ese momento salía el alcabalero. Usurero y ladrón como todos sus iguales. Siempre tiene collares que ha arrancado con amenazas y usuras, a los desgraciados a quienes impone una tasa mayor de lo lícito, para poder gozar así de más crápulas y con mujeres. Es un amigo de Diomedes que compra y vende oro y carne. Entramos después de que me di a conocer. Digo entramos, porque una cosa es ir al lugar donde finge trabajar honradamente el oro y otra, bajar al subterráneo donde él hace sus verdaderos negocios. Es necesario que él lo conozca a uno muy bien, para poder hacer esto.

Cuando me vio me dijo: ‘¿Otra vez quieres vender oro? La situación es muy difícil y tengo poco dinero.’ Su acostumbrado cantar. Y le respondí: ‘No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyeles de mujeres que sean bonitos; preciosos y de oro puro? Diomedes quedó estupefacto y preguntó:

–         ¿Quieres una mujer?

–         No te preocupes. No se trata de mí. Se trata de este amigo mío que está comprometido y quiere comprar oro para su amada.

Y aquí, Juan empezó a portarse como un chiquillo. Diomedes lo estaba mirando.

Vio que se ponía colorado y como el viejo lujurioso que es, dijo:

–        ¡Eh! El muchacho solo al oír la palabra ‘prometido’, siente fiebre de amor. ¿Es muy hermosa tu dama?

Le di un puntapié a Juan para despertarlo y hacerle comprender que no hiciera el tonto. Y respondió con un ‘sí’ tan apagado, que Diomedes comenzó a sospechar.

Entonces yo tomé la palabra:

–           Sí. Hermosa. Y eso no debe importarte viejo. Ella no será jamás del número de mujeres por el que merecerás el infierno. Es una doncella honesta y en breve será una buena esposa. Saca tu oro. Soy el padrino de bodas y tengo el encargo de ayudar al joven. Yo soy judío y ciudadano; él es Galileo. ¿O no? ¡Siempre os entregáis por esos cabellos!

–           ¿Es rico?

–           ¡Mucho!

Enseguida fuimos abajo y Diomedes abrió sus cofres y sus tesoros. -Judas se vuelve hacia Juan-  Pero di la verdad Juan, ¿No parecía uno estar en el Cielo ante tantas joyas de oro maravillosas y llenas de piedras preciosas? Gargantillas y collares entretejidos, brazaletes, aretes, redecillas de oro y piedras preciosas para los cabellos; peinetas, broches, anillos. ¡Ah! ¡Qué esplendor! Con mucha calma escogí de aquí y de allá. Elegí joyas como las de Aglae. Todo tal y como lo tenía en la bolsa y en igual número. Diomedes estaba aterrado y preguntó:

–           ¿Todavía más? Pero, ¿Quién es éste? Y la novia, ¿Quién es? ¿Acaso una princesa?

–           Cuando tuve todo lo que quería, dije:

–           ¡El Precio!

¡Oh! ¡Qué letanía de lamentos preparatorios sobre la situación actual; sobre las tasas; los peligros, los ladrones! ¡Oh! ¡Qué letanía de afirmaciones de honradez! Y luego, la respuesta:

–           Porque se trata de ti, te diré la verdad sin exageraciones. Pero menos no puedo, ni siquiera un dracma. Pido doce talentos de plata.

–           ¡Ladrón! ¡Vámonos, Juan! En Jerusalén encontraremos uno que sea menos ladrón que éste.

Simulé que salía y corrió detrás de mí.

–           Mi muy grande amigo. Mi amigo predilecto. Ven. Escucha a tu pobre siervo. No puedo menos. De veras que no puedo. Mira. Hago un verdadero esfuerzo. Me arruino. Lo hago porque siempre me has brindado tu amistad. Y me has traído buenos negocios. Once talentos. ¿Qué tal? Es lo que daría si tuviera que comprar este oro a quien tiene hambre. Ni un céntimo menos. Sería como quitarme la sangre de las venas.

¿Verdad que así hablaba? Causaba risa y náuseas.

Cuando vi que se mantenía en el precio, le di el golpe:

–           Viejo sucio. Comprende que no quiero comprar, sino vender. –Judas saca la bolsa y agrega- Mira. Es hermoso. Oro de Roma y de nueva cuña. Muchos lo querrán. Es tuyo por once talentos. Lo mismo que pediste por esto. Tú pusiste el precio. Paga tú.

–           ¡Uff! ¡Entonces es una traición! ¡Has traicionado la estima que tenía de ti! ¡Eres mi ruina! ¡No puedo dar tanto!- aullaba- ¡No puedo!

–           Mira que lo llevo a otros.

–           No, amigo.

Y extendía sus manos ganchudas, sobre las joyas de Aglae.

Entonces paga. Yo debería pedir doce talentos, pero me conformo con tu último pedido.

–           No puedo.

–           ¡Usurero! Mira que tengo aquí un testigo que te puede denunciar como ladrón…-y le dije otras virtudes que no puedo repetir porque aquí está este muchacho. En fin. Como tenía necesidad de vender y de hacerlo pronto. Le hablé al oído y dije una cosita entre él y yo que no observaré. Pues, ¿Qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y cerramos el trato en diez talentos y medio. Llegamos a este acuerdo en medio de lloriqueos y afirmaciones de amistad y… de mujeres. Y Juan casi se pone a llorar. Pero ¿Qué te importa que piensen que eres un vicioso? Basta con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que eres un aborto del mundo? Un joven que no conoce a lo que sabe una mujer. ¿Quién quieres que te crea? Y si te creen… ¡Oh! ¡No me gustaría que pensasen de mí, lo que pueden pensar de ti, quienes creen que no tienes deseos de mujer!

Judas entrega la bolsa a Jesús y agrega:

–           Mira, Maestro. Tú mismo cuenta. Después de cerrar el negocio y porque Diomedes me lo dijo; pasé con el alcabalero y le dije: ‘Tómate esta porquería y dame los talentos que Diomedes te dio’.

Así pues por último y cuando me despedí de él, le dije: ‘Acuérdate que el Judas del Templo, no existe más. Ahora soy discípulo de un santo. Disimula no haberme conocido jamás, si en algo estimas el cuello.’ – Y por poco se lo tuerzo, porque me respondió de muy mala manera.

Simón pregunta con indiferencia:

–           ¿Qué te dijo?

–           Me dijo: ¿Tú, discípulo de un santo? Jamás lo creeré. O muy pronto veré aquí también al santo, venir para pedirme una mujer. Diomedes es una vieja alimaña en el mundo. Pero tú eres la joven. Yo todavía podré cambiar, aunque he llegado a ser lo que soy de viejo. Pero tú no cambiarás, porque ya naciste así. – se vuelve hacia Jesús- ¡Viejo lujurioso! ¡Niega tu poder! ¿Entiendes?

Simón dice:

–           Y como buen griego, dice muchas verdades.

–           ¿Qué insinúas Simón? ¿Lo dices por mí?

–           No. Por todos. Es uno que conoce el oro y los corazones, de la misma manera. Es un ladrón en todos sus negocios y tiene muy mala fama. Pero se escucha en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal con siete branquias de pecado. Pulpo que destroza el bien, la honradez, el amor. Tantas otras cosas en sí y en los demás.

–           Pero no conoce a Dios.

–           ¿Y tú se lo querrías enseñar?

–           ¿Yo? Sí, ¿Por que no? Los pecadores son los que tienen necesidad de conocer a Dios.

–           Así es. Pero el maestro debe conocerlo; para poder enseñarlo.

Jesús interviene:

–           Paz, amigos. Ya vienen los pastores. No perturbemos su corazón con estas peleas entre nosotros. ¿Contaste tú el dinero?

Judas afirma con la cabeza.

–           Es suficiente. Lleva a buen término todas tus acciones; cómo has llevado esta. Y te lo repito: si puedes, en lo porvenir no mientas. Ni siquiera para realizar una acción buena.

Los pastores entran y Jesús les dice:

–           Amigos, aquí hay diez talentos y medio. Faltan solo diez denarios que Judas tomó para gastos de alojamiento, tomadlos.

Judas pregunta:

–           ¿Lo das todo?

–           Todo. No quiero ni siquiera un céntimo. Nosotros tenemos la limosna de Dios y de éstos que le buscan honradamente. Y jamás nos faltará lo indispensable. Creedlo. Tomadlos y sed felices, por causa del Bautista, como lo soy Yo. Mañana iréis a su prisión, vosotros, Juan y Matías. Simón y José irán con Elías a contárselo y a darle instrucciones para el futuro. Elías sabe. Después José regresará con Leví. El encuentro será dentro de diez días en la Puerta de los Peces, en Jerusalén, al amanecer. Ahora, comamos y descansemos. Mañana temprano parto con los míos. No tengo otra cosa que deciros. Más tarde tendréis noticias de Mí.

Unos días después…

Es una bella campiña donde se encuentra Jesús. Hay magníficos árboles frutales; espléndidos viñedos con racimos a punto de colorearse de oro y rubí. Jesús está sentado bajo un árbol y come la fruta que le ofreció un campesino. Juan Simón y Judas comen sabrosos higos, sentados sobre una pequeña barda.

El hombre dice:

–           ¡Oh, Maestro! Nosotros bebemos tus palabras. Como en verano lo hace el sediento al beber agua miel en una jarra fresca. ¿De veras partes mañana, Maestro?

Jesús contesta:

–           Sí. Mañana. Pero regresaré otra vez para agradecerte lo que has hecho por Mí y por los míos. Y para pedirte una vez más, pan y descanso.

–           Aquí siempre los habrá para Ti, Maestro.

Se adelanta un hombre que trae un borriquillo cargado de verduras. El campesino agrega:

–           Mira, si tu amigo quiere ir; mi hijo va a Jerusalén para el mercado de Pascua.

Entonces Jesús dice a su discípulo más joven:

–           Ve. Juan, sabes lo que hay que hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo.

Jesús abraza a Juan y lo besa. También Simón hace lo mismo.

Y Judas dice:

–           Maestro, si me permites iré con Juan. Necesito ver a un amigo. Cada sábado está en Jerusalén. Iré con Juan hasta Betfagué y después seguiré yo solo. Es un amigo de casa. Mi madre me dijo…

Jesús lo interrumpe:

–           Amigo, nada te he preguntado.

–           Mi corazón llora al dejarte. Pero dentro de cuatro días, estaré de nuevo contigo. Y te seguiré en tal forma que hasta te cansarás de mí.

–           Ve, pues. Dentro de cuatro días al rayar el alba, los espero en la Puerta de los Peces. Hasta entonces. Que Dios te guarde.

Judas besa al Maestro y se va caminando cerca del borriquillo que trota sobre la senda polvorienta. Lentamente, la tarde va bajando sobre la campiña y la envuelve en el silencio. Simón observa el trabajo de los hortelanos que riegan los surcos.

Minutos después, Jesús se levanta y camina rodeando la casa por detrás, por el sendero que va al huerto. Se dirige hasta un tupido grupo de granados que están separados entre sí por parras silvestres. Se aísla detrás de los árboles. Se arrodilla y ora. Luego se postra con su rostro entre la hierba y llora con suspiros profundos y entrecortados. Es un llanto sin sollozos, amargo y muy triste.

Pasa el tiempo. La luz crepuscular agoniza lentamente. En esta semipenumbra se asoma el rostro feo, pero honrado de Simón. Éste busca con la mirada y descubre la figura encorvada de Jesús, cubierta con el manto azul oscuro, que casi hace que se pierda entre las sombras del suelo. Tan solo sobresalen la rubia cabeza y las manos unidas en Oración, que van más allá de la cabeza que está apoyada sobre los codos.

Simón escucha los suspiros y comprende…

Lo llama:

–           Maestro.

Jesús levanta el rostro.

En la cara de Simón se reflejan la sorpresa y el dolor, al preguntar:

–           ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites que vaya a dónde estás?

Jesús lo invita dulcemente:

–           Ven, Simón. Amigo mío.

Jesús está sentado sobre la hierba, recargado contra el tronco de un árbol. Simón se acerca y se sienta frente a Él. Le pregunta:

–           ¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no puedo consolarte como él lo haría. Aunque es mi dolor el sentirme incapaz de hacerlo aunque lo deseo con todo mi corazón. Dime, ¿Te he causado algún desagrado en estos días, de tal forma que te agobie el que tengas que estar conmigo?

–           No, buen amigo. Desde que te vi, no me has causado ningún desagrado y creo que jamás me serás causa de llanto.

–           ¿Y entonces, Maestro? No soy digno de tu confianza, pero por mi edad podría ser padre tuyo. Siempre he tenido una gran sed de hijos. Permíteme que te acaricie como si fueses un hijo mío. Yo sé que tienes necesidad de tu Madre, para olvidar muchas cosas…

–           ¡Oh, sí! ¡De mi Madre…!

–           Pues bien, mientras llega el momento de que sea Ella la que te consuela, permite a tu siervo la alegría de hacerlo, Maestro. ¿Lloras porque hubo alguien que te disgustó? Hace días que tu rostro es como un sol cubierto por nubes. Te he estado observando. Tu Bondad oculta la herida, para que no odiemos al que nos hiere. Pero esta herida te duele y te provoca náuseas. Pero dime, Señor mío; ¿Por qué no alejas a la fuente de esta pena?

–           Porque humanamente es inútil. Y sería contra la caridad.

–           ¡Ah! ¡Has entendido que me refería a Judas! Tú sufres por él. ¿Cómo puedes Tú, Verdad absoluta; soportar a ese mentiroso? Miente y ni siquiera cambia de color. Es más falso que un político. Más cerrado que una piedra. Ahora se ha ido… ¿Qué es lo que va a hacer? ¿Será posible que tenga tantos amigos como dice? ¡Aleja a ese hombre de Ti, Señor mío!

–           Es inútil. Lo que debe ser será.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Nada en particular.

–           Lo dejaste ir de buena gana, porque… Porque te causó asco su modo de obrar en Jericó.

–           Así es, Simón. Una vez más te digo: Lo que debe ser será. Y Judas forma parte de ese futuro. También él debe ser…

–           Juan me ha contado que Simón Pedro es franqueza y fuego. ¿Tolerará a éste?

–           Lo tiene que soportar. También él está destinado a lo suyo. Y Judas es la tosca tela en la que él debe tejer su parte. O si te parece mejor: es la escuela en la que Pedro se ejercitará más, que con cualquier otro. Ser buenos con Juan. Entender los corazones como Juan; también es virtud de tontos. Pero ser buenos con quién es un Judas… Saber comprender los corazones como el de Judas… ser médico y ser sacerdote para ellos, es muy difícil. Judas es vuestra enseñanza viviente. 

–           ¿La nuestra?

–           Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la tierra. Se irá después de haber comido el pan más duro y bebido el vino más amargo. Pero vosotros os quedaréis para ser mis continuadores y… debéis saber. El Mundo no termina con el Maestro; sino que continúa con el regreso final del Mesías y hasta el Juicio Final del hombre. En verdad te digo que por cada Juan; Pedro; Simón; Santiago; Andrés; Felipe; Bartolomé y Tomás… Hay por lo menos otras tantas veces: siete Judas.

Simón reflexiona en silencio… Luego dice:

–           Los pastores son buenos. Judas los desprecia, pero yo los amo.

–           Yo los amo y los alabo.

–           Son almas sencillas como las que te agradan.

–           Judas ha vivido en la ciudad.

–           Su único pretexto. Muchos también han vivido así y sin embargo… ¿Cuándo irás a la casa de mi amigo?

–           Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos solos tú y Yo. Me imagino que es un hombre culto y experto como tú.

–           Sufre mucho. En el cuerpo y en el corazón. Maestro… me gustaría pedirte un favor: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes nada referente a su casa.

–           No lo haré. Sé por quién sufre. Pero no quiero confidencias forzadas. El llanto tiene su pudor.

–           Yo se lo he respetado. Pero me causa tanta pena…

–           Tú eres mi amigo y habías dado ya un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo, soy el Rabí Desconocido. Cuando me conozca… entonces… ¡Vámonos! Ya entra la noche. No hagamos esperar a los que nos hospedan, que deben estar cansados. Mañana al amanecer, iremos a Betania.

–           Lázaro estará feliz al conocerte y sé que te amará mucho.

Se levantan, caminan y entran en la casa.

Cuanto se es mejor, más se sufre. Jesús es el Santo de los santos. El Amor, la Bondad y la Sabiduría; vestidos con carne mortal. ¡Cuánto sufrimiento en el choque frontal con la Maldad!

Lo que Jesús no dijo a Simón fue que en Judas, Jesús como Dios está enfrente de Satanás, su acérrimo Enemigo. Que había visto sus intenciones y lo que iba a hacer… Y por esto sufre. Al ver al Traidor y a los ingratos. Y por eso se alegra de que alguien lo ame y se convierta a ÉL. Y por eso su alma se duele profundamente y llora ante el cadáver espiritual de Judas…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

10.- LA SUPREMA TENTACIÓN


A través del camino montañoso, Jesús va con sus discípulos, siguiendo el curso del río.

Pese al calor y al cansancio, Juan exclama con su característico buen humor:

–                 ¡Cuánta fruta! ¡Qué hermosos viñedos hay en aquellas colinas! Maestro, ¿Este es el río en cuyas riberas nuestros padres cogieron los racimos milagrosos’

Jesús contesta:

–           No. Es el otro que está más hacia el sur. Pero toda la región es rica en sabrosas frutas.

Simón observa:

–                 Ahora ya no es tan fértil aunque siga siendo bella.

Jesús aclara:

–                 Muchas guerras han devastado la tierra. Aquí se formó Israel… pero para esto debió fecundarse con su sangre y la de los enemigos.

–                 ¿En dónde encontraremos a los pastores?

–                 A cinco kilómetros de Hebrón; en las riberas del río que me preguntaba Juan.

–                 ¿Entonces es más allá de aquellas colinas?

–                 Sí.

–                 Hace mucho calor, Maestro. Después ¿A dónde iremos?

–                 A un lugar mucho más caliente. Pero os ruego que vengáis. Caminaremos de noche. Las estrellas son tan claras que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…

Juan pregunta:

–                 ¿Una ciudad?

–                 No. Un lugar que os hará entender al Maestro; mejor tal vez que sus palabras.

Judas dice:

–                 Perdimos varios días por ese incidente sin importancia. Destruyó todo… Y mi madre que había preparado tantas cosas, ha quedado desilusionada. No sé por qué has querido retirarte hasta la purificación.

Jesús contesta:

–                 Judas, ¿Por qué llamas sin importancia un suceso que fue una gracia para un verdadero fiel? ¿No querrías para ti una muerte semejante? Había esperado toda su vida al Mesías. Cuando era anciano fue por caminos ásperos a adorarlo. Cuando le dijeron: ‘Está en…’ conservó en su corazón por treinta años, las palabras de mi Madre.

El amor y la fe lo revistieron con su fuego en la última hora que Dios le reservó. El corazón se le partió de alegría. Se le incendió en el fuego de Dios como un holocausto agradable. ¡Qué mejor suerte que ésta!

 ¿Aguó la fiesta que habías preparado?… Ve en esto una respuesta de Dios.

Que no se mezcle lo que es del hombre con lo que es de Dios. Tu madre, me verá otra vez. todo Keriot puede venir al Mesías; el viejo ya no tenía fuerzas para hacerlo. He sido feliz de haber estrechado con el corazón, al viejo padre que moría y de haber encontrado su espíritu. Y por lo demás… ¿Para qué dar escándalo con mostrar desprecio a la Ley? ¿Cómo puedo decir que sean fieles, si Yo no lo Soy?

Simón responde:

–                 Creo que este es el error de nuestra decadencia. Los rabíes y los fariseos aplastan al pueblo con sus preceptos y después hacen como el que profanó la casa de Juan, que la convirtió en un burdel.

Judas aclara:

–                 Es uno de Herodes.

–                 Sí, Judas. Pero las mismas culpas cometen las castas que se llaman a sí mismas ‘santas’ ¿Tú qué opinas Maestro?

–                 Afirmo que con tal de que haya un poco de verdadero fermento y de verdadero incienso en Israel, se hará el pan y se perfumará el altar.

–                 ¿Qué quieres decir?

–                 Quiero decir que si hay alguien que con recto corazón venga a la verdad. La Verdad se esparcirá como fermento en la masa de harina y como incienso en todo Israel.

–                 ¿Qué fue lo que te dijo esa mujer?

Jesús no responde y se vuelve hacia Juan:

–                 Pesa mucho y te cansas. Dámela.

El discípulo más joven contesta:

–                 No, Jesús. Estoy acostumbrado a las cargas y luego… me lo aligera al pensar en la alegría que tendrá Isaac.

Al dar vuelta a la colina, a la sombra del bosque se encuentran con las ovejas de Elías, los pastores están bajo la sombra de un árbol, cuidándolas. Ven a Jesús, se levantan de un salto y corren. Cuando están frente a Él, les pregunta:

–                 La paz sea con vosotros. ¿Qué hacíais?

Isaac contesta:

–                 Estábamos preocupados por Ti. Por el retraso. No sabíamos si ir a tu encuentro u obedecer. Decidimos venir hasta aquí para obedecerte y al mismo tiempo satisfacer a nuestro amor; pues debías de haber llegado aquí desde hace varios días.

–                 Tuvimos que detenernos.

–                 ¿Pasó alguna desgracia?

–                 Ninguna, amigo. Un fiel murió en mi pecho. Sólo fue eso.

Judas interviene:

–                 ¿Qué querías que sucediese pastor? Cuando las cosas están bien organizadas… claro que es menester saber disponerlas y preparar los corazones para recibirlas. Mi ciudad tributó honores al Mesías. ¿Verdad, Maestro?

Jesús responde:

–                 Es verdad, Isaac. Al regresar pasamos por la casa de Sara. También la ciudad de Yutta, sin ningún otro preparativo que el de su bondad sencilla y la verdad con la que me predicaste, logró entender la esencia de mi doctrina. Aman con un amor práctico, desinteresado y santo. Isaac, te envían alimentos y vestidos. Todos contribuyeron a aumentar los óbolos de tu casa. Tómalos. No tengo dinero. Pero te traje esto que está purificado con la caridad.

–                 No, Maestro. Déjalo contigo. Yo estoy acostumbrado a no tener nada.

–                 Ahora tienes que ir a lugares a donde te enviaré y lo necesitarás. No es mucho pero sabrás emplearlo. –se dirige al discípulo más joven- Juan, dale aquella alforja. –y agrega mirando a Isaac- es un regalo que está lleno de amor.

Isaac toma la alforja y va a vestirse detrás de un matorral; pues todavía está descalzo y viste su rara toga improvisada con su cobija.

Elías dice:

–                 Maestro, tres días después de que te fuiste, estábamos apacentando los animales en Hebrón. Y la mujer que estaba en la casa de Juan, nos mandó una criada con esta bolsa diciendo que quería hablar con nosotros. La primera vez la devolví y le dije: ‘No tengo nada que escuchar’. Luego la sirvienta regresó y dijo: ‘Ven, en el Nombre de Jesús’. Y fui… esperando que no estuviese su… el hombre que la tiene allí. Quería saber muchas cosas, pero yo hablé con prudencia. Es una prostituta. Tuve miedo de que fuese una trampa contra Ti. Me preguntó quién Eres; donde vives; qué es lo que haces; si eres un grande de Israel. Le dije: ‘Es Jesús de Nazareth. Está por todas partes, porque es un maestro y va enseñando por la Palestina’ también dije que eras un hombre pobre y sencillo. Un obrero a quien ha hecho sabio la Sabiduría… no dije más.

Jesús contesta:

–                 Hiciste bien.

Y simultáneamente Judas exclama:

–           ¡Has hecho mal! ¿Por qué no le dijiste que Él es el Mesías? ¡Qué es el Rey del Mundo! ¡Hay que aplastar la soberbia romana bajo el poder de Dios!

Elías explica:

–                 No me hubiera entendido. Y luego… todo lo que es de Jesús, es santo. ¿Cómo puedo saber lo que ella piensa? No quise poner en peligro a Jesús, hablando de más. Que el mal le venga de cualquier otro, pero no de mí.

Judas se vuelve hacia Juan:

–                 Juan, vamos a decirle quién es el Maestro. A explicarle cuál es la Verdad santa.

Juan objeta:

–                 Yo no. Iré solo que Jesús me lo ordene.

–                 ¿Tienes miedo? ¿Qué puede hacerte? ¿Te causa asco?… El Maestro no le tuvo.

–                 No es miedo ni asco. Tengo compasión de ella. Pero pienso que si Jesús hubiera querido; se hubiera detenido a instruirla. No lo hizo. Entonces no es necesario que lo hagamos nosotros.

Elías muestra la bolsa diciendo:

–                 Entonces no había señales de conversión. Pero ahora…

Judas la toma y se sienta sobre la hierba. Extiende su manto y abre la bolsa dejando que caiga sobre él, todo su contenido: un montón de anillos, collares, gargantillas, brazaletes, aretes, pulseras, tiaras… adornadas con piedras preciosas. Oro brillante que cae sobre el amarillo oro del vestido del apóstol.

Judas, que exclama admirado:

–           Maestro, ¡Son puras joyas! ¿Qué hacemos con ellas?

Simón aconseja:

–                 Se pueden vender.

Judas responde sin esconder su asombro:

–                 Sería un desperdicio.

Elías explica:

–                 Yo también le dije cuando las recibí: ‘Tu dueño te pegará’ y ella me respondió: ‘No son suyas. Son mías. Y puedo hacer con ellas lo que se me antoje. Sé que es oro de pecado… Pero se hará bueno, si se emplea con quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí’… Y se puso a llorar desconsoladamente.

Judas dice:

–                 Ve, Maestro.

jesús contesta rotundo:

–                 No.

–                 Manda a Simón.

–                 No.

–                 Entonces voy yo.

–                 ¡No!

Los ‘no’ de Jesús, son cortantes e imperiosos.

Elías ve que Jesús está enojado y pregunta preocupado:

–                 Maestro, ¿Hice mal en hablar con ella y en haber tomado el oro?

Jesús contesta:

–                 No hiciste mal. Pero no hay nada que hacer.

Judas insiste:

–                 Pero tal vez esa mujer quiera redimirse y tenga necesidad de ser instruida.

Jesús suspira y se arma de paciencia. Luego dice:

–                 Existen en ella tantas chispas para provocar el incendio en que pueda quemarse su vicio y volver a ser un alma otra vez virgen, por el arrepentimiento. Hace poco os hablé de la levadura que se esparce en la harina y la hace un pan santo. Oíd esta breve parábola: esa mujer es harina. Una harina en quién el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno. Mis palabras y Yo, somos la levadura. Pero si hay mucho salvado en la harina; piedras, ceniza, arena; ¿Podrá hacerse el pan aunque la levadura sea buena?… ¡No se puede hacer! Es necesario quitar con paciencia, ese tamo. Las cenizas, las piedritas y la arena. La misericordia pasa y ofrece ese tamiz. El primero.

El que se compone de verdades breves; pero fundamentales, como son las necesarias para que entienda que está atrapada en la red de la ignorancia completa, del vicio y del gentilismo. Si el alma lo acepta, empieza la primera purificación.  La segunda viene con el tamiz del alma misma; que compara su ser con el del Ser que se le ha revelado… Y esto le da horror. Y aquí empieza su obra. Por medio de una operación más minuciosa, limpia lo que es harina; pero que aún tiene granitos pesados, para poder obtener un pan óptimo… cuando está lista; vuelve otra vez la Misericordia y se introduce en esa harina preparada. Y también ésta es otra preparación, Judas. Que la fermenta y la hace pan. Pero ésta es una operación larga que necesita de la voluntad del alma.

Esa mujer tiene ya en sí, lo mínimo que era justo darle y que puede servirle para terminar su trabajo. Dejemos que lo haga, si quiere hacerlo. Sin que nada la perturbe. Cualquier cosa turba a un alma que se elabora: la curiosidad; celo imprudente; las intransigencias; así como las piedades excesivas.

–                 ¿Entonces, no vamos?

–                 No, Judas. Y para que ninguno tenga tentación, vámonos. En el bosque aprovecharemos la sombra. Nos detendremos en las márgenes del Valle de Terebinto. Allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastizales con Leví. José vendrá conmigo hasta el paso de Jericó. Después nos volveremos a reunir. Tú, Isaac; continúa haciendo lo que hacías en Yutta, partiendo de aquí por Arimatea y Lidia, hasta llegar a Docco. Allí nos encontraremos. Hay que preparar la Judea y tú ya sabes cómo hacerlo.

Judas pregunta:

–                 ¿Y nosotros?

Jesús contesta:

–                 ¿Vosotros? Vendréis conmigo para ver mi preparación. También Yo me preparé para la misión.

–                 ¿Fuiste con un rabí?

–                 No.

–                 ¿Con Juan?

–                 De él, sólo recibí el bautismo.

–                 ¿Entonces?…

–                 Belén ha hablado con las piedras y los corazones. También allá donde te llevaré Judas… un corazón, el mío. Y también las piedras, hablarán y te darán la respuesta.

Elías trae leche y pan y dice:

–          Tratamos de persuadir a los de Hebrón; pero no creen más que en Juan. Para ellos es su ‘santo’ y no quieren a nadie más.

Jesús dice:

–           Es un pecado común a muchos. Miran al obrero y no al Dueño que lo envió. ¡No importa! El Verbo sufre, pero no guarda rencor… ¡Vámonos!

Dos días después…

Es un amanecer esplendoroso en un lugar silvestre. Los rayos del sol naciente iluminan las alturas del monte. En el cielo todavía se ven las estrellas. Y el arco de la luna parece una coma de plata en el azul oscuro del cielo. En el aire fresco de la mañana  se abre paso la luz tenue; blanco verdosa, que cada vez ilumina más este monte rocoso y desnudo de vegetación. Hay quebraduras que forman grutas, cuevas y escondrijos. Las escasas plantas son espinosas y tienen muy pocas hojas. Abajo hay un lago de agua estancada, sucia, muerta. A su alrededor no hay vida; ni vegetal, ni animal… No hay nada.

Cerca de la ribera rocosa del monte; Jesús se detiene. Mira a su alrededor y dice:

–                 Aquí es a donde quería traeros. Aquí es donde el Mesías se preparó para su Misión.

Judas exclama:

–                 ¡Pero aquí no hay nada!

Jesús contesta:

–                 Así es como lo has dicho.

–                 ¿Con quién estuviste?

–                 Con mi alma y con el Padre Eterno.

–                 ¡Ah! ¿Estuviste pocas horas?

–                 No, Judas. No pocas horas. Muchos días. Para ser exactos, fueron cuarenta.

–                 ¿Pero quién te atendía? ¿Dónde dormías?

–                 Tenía de criados a los asnos salvajes que por las noches venían a dormir a sus cuevas. En ésta… tenía de criados a las águilas que me decían: ‘Ya es de día’, con su áspero graznido al ir en busca de su presa. Tenía de amigas a las liebrecitas que venían casi a mis pies, a comer la hierba que había. Mi comida y bebida, eran lo que es alimento de las flores silvestres: el rocío de la noche; la luz del sol. No otra cosa.

–                 Pero… ¿Por qué?

–                 Para prepararme bien, como tú dices; para mi Misión. Las cosas bien preparadas tienen buen éxito. Tú lo has dicho. Y lo mío no consistía en lo pequeño e inútil de hacerme brillar en Mí, Siervo del Señor. Sino en hacer comprender a los hombres lo que es el Señor. Y a través de esta comprensión, hacerlo amar en espíritu y en verdad. ¡Desgraciado es el siervo del Señor que piensa en su triunfo y no en el de Dios! ¡Que trata de obtener utilidades! ¡Qué sueñe en subir a un trono hecho con los intereses de Dios; a los que ha envilecido hasta que tocan el suelo! Ese tal, ya no es un siervo. Es un infeliz que se cree príncipe; pero en realidad es un esclavo del Demonio; su rey mentiroso. Aquí en esta cueva, el Mesías; durante cuarenta días; vivió con grandes trabajos y plegarias, para prepararse a su Misión. Judas, ¿A dónde hubieras querido que Él se fuera a preparar?

Judas se queda perplejo. Desorientado. Finalmente responde:

–                 No sé. Pensaba… con los mejores rabíes. Con los esenios. No sé…

–                 ¿Y podía encontrar un rabí que me dijese algo superior a lo que me decía la Potencia y Sabiduría de Dios? ¿Y podía Yo, Verbo del Padre? ¿Yo que estaba cuando el Padre creó al Hombre y sé de qué espíritu inmortal está animado y de qué fuerza; ir a beber ciencia y adiestramiento de los que niegan la inmortalidad del alma; la resurrección final; la libertad de acción del hombre? ¿Qué achacan al hombre virtudes y vicios; acciones santas y perversas, al destino que llaman fatal e invencible?… ¡Oh, no! Tenéis un destino. El Padre lo desea. Es un destino de amor, de paz, de gloria: la santidad de ser sus hijos.

Sin embargo Dios no hace violencia a vuestra condición de reyes. Vosotros sois reyes. Porque sois libres en vuestro pequeño reino individual. En el ‘yo’. En él podéis hacer lo que os plazca; como queráis. Frente y en los confines de vuestro pequeño reino, tenéis un Rey Amigo y dos potencias enemigas. El Amigo muestra las reglas, para hacer que sean felices los que sean suyos. Las dos potencias son Satanás y la Carne… también ellos tienen sus reglas. El hombre se inclina hacia su seducción… Y os esclavizan hasta destruiros…

Entonces pasa la Misericordia. La única que puede todavía tener piedad de esa miseria repugnante de la que el mundo tiene asco y sobre la que Satanás envía sus flechazos vengativos. Entonces la Misericordia se inclina; la recoge, la cura; le da otra vez salud y vida… Y volvéis a ver las reglas que os había mostrado y que no quisisteis seguir. Ahora lo queréis… y llegáis primero a la paz de la conciencia y después a la paz de Dios. Decidme ahora… ¿Éste destino fue impuesto por Uno sólo a todos? ¿O cada uno; individualmente; lo eligió para sí?

Simón contesta:

–           Cada uno lo eligió.

–                     Dices bien, Simón. ¿Podía Yo para formarme, ir con los que niegan la resurrección feliz y el Don de Dios? Aquí vine. He tomado mi alma de Hijo del Hombre y me la he labrado, hasta los últimos retoques. He terminado mi trabajo de treinta años de aniquilamiento y de preparación. Para ir perfecto a mi Ministerio. Os ruego que estéis conmigo algunos días en esta cueva. La permanencia será menos solitaria, porque seremos cuatro amigos que luchan contra la tristeza, el miedo, las tentaciones, las necesidades de la carne. Yo estuve solo. Siempre será menos dura, porque ahora es verano. Y aquí arriba sopla el viento de las alturas, que templa el calor. Llegué aquí a fines de la luna de Tebet. Y el viento que descendía de los hielos era frío. Siempre será menos doloroso, porque es más breve y porque ahora tenemos los alimentos indispensables, que pueden calmar nuestra hambre. Y en las pequeñas botijas de cuero, hice que los pastores os dieran agua suficiente, para estos días de permanencia. Yo… Yo tengo necesidad de arrebatar a Satanás a dos almas. Ninguna otra cosa lo puede hacer, más que la Penitencia. Os pido vuestra ayuda. También vosotros os formaréis. Aprenderéis como se arrancan de Mammón, las presas. No tanto con palabras. Cuanto con el sacrificio. ¡Palabras! El fragor de Satanás impide que se les oiga. Cada alma que es presa del Enemigo, está envuelta en torbellinos de voces infernales.

¿Queréis quedaros conmigo? Si no queréis, podéis iros. Yo me quedo. Nos encontraremos en Tecua, junto al mercado.

Juan dice:

–                 No, Maestro. Yo no te dejo.

Al mismo tiempo, Simón exclama:

–           Tú nos elevas al querernos contigo en esta redención.

Judas no está muy entusiasmado. Pero hace buena cara al destino y dice:

–                 Me quedo.

Jesús da instrucciones:

–           Tomad pues las botijas y las alforjas. Metedlas dentro antes de que queme el sol. Partid leña y amontonadla junto a las aberturas. Aún en verano, la noche es fría y no todos los animales son buenos. Prended aquella rama de acacia resinosa, hasta que arda bien. Con el fuego expulsaremos las víboras y los escorpiones. Id…

A partir de aquel momento, Judas que no está acostumbrado a sufrir ninguna incomodidad y jamás ha hecho ningún tipo de sacrificio personal, salvo los ayunos prescritos; sufrirá terriblemente el paso de las horas, haciendo un recuento de todo lo que dejó atrás y lo que está ahora frente a él, en esta aventura que no está resultando para nada como lo esperaba…. Pero la decisión de seguir adelante se fortalece, pues está dispuesto a triunfar a como dé lugar…

Cuatro días después…

El firmamento está cuajado de estrellas. Las constelaciones parecen racimos de brillantes topacios trasparentes; de pálidos zafiros; de apagados ópalos. Un hermoso baño de luz. Jesús está sentado hablando a los tres que están sentados a su alrededor, en la boca de la cueva.

–                 Sí. La permanencia se ha acabado. Comprendo que habéis sufrido. La otra vez duró cuarenta días. Y Yo, no tenía alimentos. Fue un poco más difícil que esta vez. ¿No es así? Aún no os he dado los últimos panes, con el último queso, con la última botija de agua; porque los guardé para cuando regresáramos. Yo sé lo que significó el regreso, exhausto como estaba en la soledad del desierto. ¡Es hora de irnos! No olvidéis cómo se preparó el Mesías y cómo deben prepararse los apóstoles. Cómo enseño Yo para que se preparen.

Se ponen en camino y bajan sin hablar uno detrás del otro, por una vereda muy inclinada. Cuando llegan a lo plano, no es fácil caminar ni siquiera aquí, entre las piedras sueltas y los espinos. Caminan por horas. La llanura es cada vez más estéril y triste. En algunas grietas pequeñas del terreno, brillan luces fosforescentes, como si fueran brillantes sucios. Juan se inclina a mirarlas…

Jesús explica:

–                 Es la sal del subsuelo con que está saturado. Sale con las lluvias de la primavera y luego se seca. Por eso la vida no existe aquí. El Mar Oriental por venas profundas, esparce su muerte a muchos kilómetros a la redonda. Tan solo donde hay fuentecillas de agua dulce que le combaten, es posible encontrar algún refrigerio.

Siguen caminando y se detienen junto a un peñasco cóncavo que da un poco de refugio.

Jesús abre su alforja y dice:

–           Detengámonos aquí. Siéntense. Pronto el gallo cantará. Hace horas que caminamos y estáis cansados. Tenéis hambre.-saca pan, queso y la botija con agua y las distribuye.- Tomad. Comed y bebed mientras os cuento algo que diréis a vuestros amigos y al mundo.

Judas pregunta:

–                 ¿Y Tú no comes, Maestro?

–                 No. Yo os hablo. Escuchad. Hubo una vez un hombre que me preguntó si alguna vez había sido Yo tentado. Si había Yo pecado. Si jamás había Yo caído en tentación. Y se admiró de que Yo el Mesías, hubiese pedido para resistir y para vencer, la ayuda del Padre, diciendo: ‘Padre no me lleves a la Tentación’…

Jesús continúa relatando su primer encuentro con Satanás y lo hace en voz baja, despacio, como si contase un hecho totalmente ignorado.

Judas baja la cabeza como si estuviera molesto. Pero los otros tienen los ojos clavados en Jesús y no lo ven…

Jesús prosigue:

–                 Ahora amigos míos, podéis saber lo que tan solo superficialmente supo aquel hombre. Después del Bautismo quise prepararme y vine aquí. Sí, Judas; mírame. Que te digan mis ojos lo que la boca no dice. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro que no pensó en ser superior al hombre, por ser el Mesías. Y que por el contrario, sabiendo que es Hombre; quiso serlo en todo, a excepción de condescender con el Mal.

Judas levanta su rostro y mira a Jesús. Por su mirada pasa una sombra fugaz,antes de posar sus ojos atentos en su Maestro.

Jesús continúa:

–                 Aquí donde estáis; Yo fui tentado directamente por Satanás. hacía cuarenta días que no probaba alimento; pero mientras estuve sumergido en la Oración, todo desaparecía con el gozo de hablar con Dios. Más bien que desaparecer, el dolor se me hacía soportable. Lo sentía como una molestia de la materia. Y he sentido todas las necesidades del que está en el mundo. He tenido hambre, he sentido sed. He sentido el frío hiriente de la noche del desierto. He sentido el cuerpo quebrantado por la falta de descanso en el lecho y por las largas caminatas en condiciones tales de debilidad, hasta el punto de no poder dar un paso más.

Porque Yo también tengo un cuerpo verdadero y está sujeto a todas las debilidades, igual que todos los cuerpos humanos. Y con el cuerpo, tengo un corazón. He tomado la materia con sus pasiones. Y si por mi voluntad he doblegado en su nacimiento todas las pasiones no buenas y he dejado crecer las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo; de todo cuanto es óptimo y santo. Aquí experimenté la nostalgia de la Madre que está lejos. Aquí sentí la necesidad de sus cuidados en mi fragilidad humana. He llorado la tristeza, llamada Magia de Satanás. No es pecado estar triste si los momentos son dolorosos. Es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en la inercia o la desesperación. Y Satanás viene al punto, cuando ve a alguien caer en la debilidad del espíritu.

Vino. Vestido de viajero, bondadoso. Siempre toma el aspecto bondadoso. Yo tenía hambre. Y tenía treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. Me habló de la mujer. ¡Oh! ¡Él sabe hablar de ella! La conoce a fondo. Fue a la primera que corrompió; para hacerla su aliada en la primera corrupción. No sólo soy el Hijo de Dios. Soy Jesús, el Obrero de Nazareth. Dije a aquel hombre que me preguntaba en aquella ocasión, que si conocía las tentaciones y como que me acusaba de ser injustamente feliz por no haber pecado: el hecho se calma con la satisfacción. La tentación que se rechaza no cede jamás; sino que se hace más fuerte, porque Satanás la atiza. Rechacé la tentación tanto del hambre de mujer, como del hambre de pan. Y tened en cuenta que Satanás me la presentaba como la primera. No se equivocaba. Hablando humanamente; como la mejor aliada para abrirse campo en el mundo.

La Tentación que no se dejó vencer por Mí: no sólo de los sentidos vive el hombre. Me habló entonces de mi Misión. Quería seducir al Mesías; después de haber tentado al joven. Me incitó a destruir a los ministros indignos del Templo, con un  milagro.

Al Milagro, llama del Cielo; no se le rebaja para convertirlo en un montón de lazos para coronarse con ellos. Y a Dios no se le tienta pidiéndole milagros para fines humanos. Esto era lo que quería Satanás. El motivo que presentó era el pretexto. La verdad era: ‘Gloríate de ser el Mesías’. Para llevarme a la concupiscencia del orgullo. Pero no se dejó vencer por mi respuesta: ‘No tentarás al Señor Dios tuyo’

Me circundó con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh! ¡El oro! El pan es gran cosa y todavía mayor la mujer, para quién tiene ansias de alimento o de placer. Pero incomparablemente mayor es cuando las multitudes lo aclaman a uno. ¡Por estas tres causas, cuantos crímenes se cometen!

Pero el oro es la llave que abre. El círculo que estrecha. Es el alfa y el omega del noventa y nueve por ciento de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón. Por el poder, se vuelve hasta homicida. Más por el oro, se hace idólatra. El rey del oro es Satanás. Él me ofreció su oro, con tal de que lo adorase. Lo derroté con las palabras eternas: ‘Adorarás al Señor Dios tuyo’…

Aquí fue donde sucedió todo esto.

Jesús se levanta. Parece mucho más hermoso que de costumbre. También los discípulos se levantan.

Jesús mira fijamente a Judas y continúa hablando:

–                 Entonces vinieron los ángeles del Señor. El Hombre había vencido la triple batalla. Sabía el Hombre lo que significa ser hombre y había vencido. Estaba exhausto. La lucha había sido más trituradora que el largo ayuno. Pero el espíritu se agigantaba. Yo creo que los Cielos se regocijaron, cuando una criatura dotada de inteligencia realizó tal cosa. Creo que desde ese momento, me vino el poder de hacer milagros. Había sido Dios. Me había convertido en Hombre. Ahora, al vencer lo animal que estaba unido a la naturaleza del hombre; ved que Yo Soy el hombre-Dios. Y lo Soy. Y como Dios, todo lo puedo. Y como Hombre, todo lo conozco. Haced también como Yo, si queréis hacer lo que hago. Y hacedlo en recuerdo mío.

Aquel hombre se admiraba de que hubiera Yo pedido la ayuda del Padre y de que le hubiese pedido que no me llevase a la Tentación, esto es: de que no me dejase a merced de la tentación superior a mis fuerzas. Pienso que tal hombre, al saber esto, no se admirará más. Imitadme en recuerdo mío; para vencer como he vencido y no dudéis jamás de verme fuerte en todas las tentaciones de la vida; victorioso en las batallas de los cinco sentidos. En las del sentido y en las del sentimiento. En mi naturaleza de hombre verdadero como en la de Dios. Acordaos de todo esto.

Os prometí llevaros a donde conoceríais al Maestro. A partir del momento en que se abrió mi amanecer y salí al encuentro de mi atardecer humano. Os agradezco el haberme acompañado al lugar donde nací y haber venido a este lugar de penitencia. Ahora mi corazón se ha alimentado con las fuerzas del león, al unirme completamente con el padre, en la oración y la soledad. Puedo regresar al mundo y tomar de nuevo la cruz. La primera cruz del Redentor: la del contacto con el mundo.

Escuchad ahora. Regresamos a donde está mi Madre y a donde están nuestros amigos. Os ruego que no digáis a mi Madre la dureza que encontró el amor de su Hijo. Sufrirá mucho, mucho, mucho; por esa crueldad humana. Pero no le mostremos desde ahora el cáliz. ¡Será muy amargo cuando se lo dé! Tan amargo como un veneno que descenderá serpenteando en sus santas entrañas y en sus venas. Y le helará el corazón.

¡Oh! ¡No digáis a mi Madre que de Belén y de Hebrón me arrojaron como a un perro! ¡Piedad para ella! Tú Simón, eres maduro y bueno. Eres un corazón que reflexiona y no hablará. ¡Lo sé! Tú, Judas. Eres judío y no hablarás por orgullo regional. Pero tú Juan, galileo joven,; no caigas en el pecado de orgullo, de crítica y de crueldad. Callarás. Más tarde dirás a los demás, lo que ahora te ruego que no digas. También a los otros. Hay muchas cosas que hablar sobre el Mesías. ¿Por qué tenéis que agregar lo que es de Satanás, contra el Mesías? Amigos, ¿Me lo prometéis?

Los tres prometen al mismo tiempo:

–                 ¡Oh, Maestro!

–                  ¡Claro que lo prometemos!

–                  ¡No desconfíes!

–                 Gracias. Vamos a aquel pequeño oasis. Allí hay un manantial. Un pequeño pozo de agua fresca, sombra y verdor. Está muy cerca de él, el camino que lleva al río; ahí podemos encontrar alimento y descanso hasta el atardecer. ¡Vámonos!

Y se ponen en camino. Mientras allá en los confines del oriente, un nuevo día se levanta bañando de rosado el color del cielo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

9.- UN SUEÑO EQUIVOCADO


En un valle entre las montañas de Judea. Por los campos bien labrados se ve la cebada, el centeno y los viñedos. También en las partes más altas, hay bosques de pinos, de abetos y otros árboles de maderas preciosas. Por un camino ondulante llegan a un pequeño poblado, Jesús y tres de sus apóstoles.

Judas dice muy agitado:

–                 Este es el suburbio de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después vamos a Keriot. ¿Me permites que vaya adelante, Maestro?

Jesús le contesta:

–                 Ve, si quieres.

Judas se va y Simón dice:

–                 Maestro, Judas ha preparado algo grande. Antes lo sospechaba, pero ahora estoy seguro. Tú dices: ‘Espíritu, espíritu, espíritu…’ Pero él no lo entiende así. Jamás te entenderá, pues solo piensa en lo material. O lo hará muy tarde… -corrige finalmente para no disgustar a Jesús.

Jesús da un suspiro y calla.

Llegan a una bella casa que está en medio de un jardín frondoso y muy bien cultivado. Judas sale con una mujer que tiene alrededor de unos cuarenta años. Es muy alta y muy hermosa. Inmediatamente se nota que es de ella, de quién Judas ha heredado su belleza y su cabello castaño oscuro, abundante y ondulado. Sus ojos son iguales y diferentes. Tienen el mismo color gris oscuro; pero los de ella, tienen una mirada suave y más bien triste; mientras que los de Judas, son imperiosos y astutos.

Cuando llegan ante Jesús, ella se postra como una verdadera súbdita y dice:

–                 Te saludo, Rey de Israel. Haz el favor de que tu sierva te dé hospitalidad.

Jesús la mira con amor y dice:

–                 La paz sea contigo, mujer. Y Dios sea contigo y con tu hijo.

Ella contesta con una voz que es más bien un suspiro, que una respuesta:

–                 ¡Oh sí, con mi hijo!…

–                 Levántate madre. También yo tengo una madre y no puedo permitir que me bese los pies. En nombre de mi madre te beso, mujer. Es tu hermana en el amor… -añade enigmáticamente- … y en el destino doloroso de madre de los señalados.

Judas pregunta un poco inquieto:

–                 ¿Qué es lo que quieres decir, Mesías?

Pero Jesús no le responde. Está abrazando cariñosamente a la mujer, a la que ha levantado del suelo y a quién besa en las mejillas. Y luego, de la mano con ella; camina hacia la casa. Entran en una habitación fresca y adornada con festones. Sobre las mesas hay bebidas y frutas frescas. Ella hace una señal a la sierva y ésta trae agua y toallas.

La madre de Judas trata de quitar las sandalias a Jesús, para lavarle los pies llenos de polvo; pero Jesús se opone diciendo:

–                 No, madre. La madre es una criatura muy santa.  Sobre todo cuando es honrada y buena como tú lo eres; para permitir que lo hagas como si fueras una esclava.

Ella voltea y mira fijamente a Judas, con una mirada extraña. Y luego se va.

Mientras tanto Jesús se ha refrescado y cuando está a punto de ponerse las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo y dice:

–                 Aquí están éstas, Mesías nuestro. Creo que las hice bien… Tal y como las quería Judas. Él me dijo: ‘Un poco más grandes que las mías, pero igual de anchas’

Jesús mira a Judas con un mudo reproche y pregunta:

–                 ¿Por qué, Judas?

Judas responde:

–         ¿No quieres permitirme que te haga un regalo? ¿Acaso no eres mi Rey y mi Dios?

–                 Sí, Judas. Pero no debías haber molestado tanto a tu madre. Tú sabes como  Soy Yo…

–                 Lo sé. Eres Santo. Pero también debes aparecer como un Rey Santo. Así es como debe ser. El mundo en el que nos movemos está compuesto de tontos. A nueve de cada diez, les importan mucho las apariencias y es necesario imponerse con la presencia. Esto es muy importante… Yo lo sé.

Jesús calla y se amarra las sandalias de fina piel roja, que van desde el empeine hasta las pantorrillas. Son mucho más hermosas, exquisitas y elegantes; que las sencillas sandalias de obrero que usa Jesús. Son semejantes a las de Judas, que parecen unos zapatos a los que apenas si se les ve algo del pie.

Entonces la madre de Judas, le entrega una túnica nueva y dice:

–                 También el vestido Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas. Pero él te lo regala. Es de lino; fresco y nuevo. Por favor, permite que una madre te vista, como si fueses su hijo.

Jesús vuelve a mirar a Judas, pero no contradice. Se suelta en el cuello la cinta… y cae la amplia túnica. Se queda solamente con la túnica corta. La mujer le pone el vestido nuevo y le ofrece un cinturón que es una faja muy rica, recamada con hilos de oro; de la que sale un cordón, que termina con muchos hilos. Es indudable que los elegantes vestidos frescos y limpios de polvo, son muy confortables. Pero Jesús no parece muy contento…

Los demás también se han aseado.

Y Judas; como el anfitrión perfecto, invita:

–                 Ven Maestro. Son de mi pobre huerto. Éste es el jugo de manzanas que mi madre prepara. –le alarga un vaso de cristal labrado exquisitamente. Y agrega- Tú Simón, tal vez te guste más, este vino blanco. Toma. Lo elaboramos en mi viñedo. Y tú Juan, ¿Igual que el maestro?

Juan asiente con la cabeza.

Judas está feliz, mostrando sus hermosos vasos y en lo más profundo de su corazón, se regodea con la oportunidad de presumir que lo que posee, no sólo es lo mejor de lo mejor; sino que sólo un sacerdote, descendiente de la clase sacerdotal; es decir, la élite del Pueblo de Israel; tiene la riqueza y la clase para honrar a Dios.

La madre habla poco. Mira una y otra vez a su Judas. Pero mira mucho más a Jesús. Y cuando Él antes de comer; le ofrece la fruta más hermosa y jugosa: un durazno muy grande y de un color que manifiesta su punto óptimo, para ser ingerido; mientras le dice:

–                 Primero es la madre.

Una lágrima como una perla, asoma a sus ojos.

Judas pregunta:

–                 ¿Mamá; todo lo demás está listo?

Ella contesta titubeante:

–                 Sí, hijo mío. Creo que todo lo he hecho bien. Yo he vivido siempre aquí… Y no sé…  no conozco las costumbres de los reyes.

Jesús interviene interrogante:

–                 ¿A qué costumbres te refieres, mujer? ¿A qué reyes?  Pero… ¿Qué has hecho, Judas?

Judas contesta a la defensiva:

–                 Pero… ¿Acaso no eres Tú, el Rey Prometido a Israel? Es hora de que el mundo te salude como a tal. Lo que debe suceder, tiene que ser por vez primera aquí en mi ciudad y en mi casa. Yo te venero como a tal. Por el amor que me tienes, respeto tu Nombre de Mesías, de Rey. El Nombre que los profetas te dieron por orden Yeove. Y por favor no me desmientas.

Jesús se dirige a todos:

–                 Mujer… Amigos, permítanme un momento. Debo hablar con Judas. Debo darle órdenes precisas. –su Voz es una orden perentoria.

La madre y los discípulos se retiran.  Y Luego; volviéndose hacia el discípulo que conoce perfectamente su identidad:

–                 Judas, ¿Qué has hecho? ¿Hasta ahora me has entendido tan poco? ¿Por qué me has rebajado hasta el punto de hacerme tan solo un poderoso de la tierra? ¿Aún mucho más: a uno que se esfuerza en ser poderoso? ¿No entiendes que es una ofensa a mi misión y hasta un obstáculo? Israel está sujeto a Roma. Tú sabes lo que ha sucedido cuando alguien con apariencia de cabecilla, ha querido levantarse contra Roma y crea sospechas de fomentar una guerra de liberación. Has oído justamente en estos días, como se encrudecieron contra un Niño, tan solo porque se pensó que fuese un futuro Rey, según el mundo.

¡Y tú!…  ¡Tú! ¡Oh, Judas!…  ¡Pero qué es lo que esperas de un poder mío, humano!  ¿Qué esperas?…  ¡Te he dado tiempo para que pensaras! Y decidieras. Te hablé muy francamente desde la primera vez. Te he rechazado, porque sabía…  Porque sé. Sí. Porque sé…  Porque lo leo y veo, lo que hay en ti. ¿Por qué quieres seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te hagas daño y no me lo hagas… ¡Vete!…  Es lo mejor para ti. No eres un obrero apto para esta obra… Es muy superior a ti. En ti hay mucha soberbia. Concupiscencia con sus tres ramas. Autosuficiencia. Tú misma madre debe tener miedo de ti. Tienes inclinación hacia la mentira. ¡No! Así no debe ser el que me siga…

Judas, Yo no te odio. No te maldigo y tan solo te digo con el dolor del que ve que no se puede cambiar al que ama… Tan solo te digo: ‘Vete por tu camino. Ábrete camino en el mundo, que es el lugar que tú quieres: pero No te quedes conmigo’ 

¡Mi camino! ¡Mi Palacio! ¡Oh, cuánta aflicción hay en ellos! ¿Sabes en donde seré Rey? ¿Sabes cuándo seré proclamado Rey?…

¡Cuando sea levantado en un madero infame y tendré mi Sangre por púrpura! ¡Por corona un tejido de espinas; por bandera un cartelón de burla! Por trompetas, tambores, organillos y cítaras, que saluden al proclamado Rey: ¡Blasfemias de todo un pueblo! De mi Pueblo, que no habrá entendido nada. Corazón de bronce en quién la soberbia; el sentido y la avaricia, habrán destilado sus humores. Y éstos habrán producido como flor: un montón de serpientes que se unirán como una cadena contra Mí y como maldición en contra de él.

Los demás no conocen así; tan claramente, mi suerte… y te ruego que no lo digas. Que esto quede entre tú y yo. Por otra parte es un regaño…  Y tú callarás por no decir: ‘Me regañaron’ ¿Has entendido, Judas?

Judas está muy colorado. De pié ante Jesús, está avergonzado, con la cabeza baja. Se deja caer y llora con la cabeza pegada a las rodillas de Jesús. Suplica:

–                 Maestro, te amo. No me rechaces. Soy un necio. Sí, soy soberbio… pero no me apartes de Ti. No, Maestro. Será la última vez que falto. Tienes razón. No he reflexionado. Pero también en este error, hay amor. Quise proporcionarte mucho honor. Y que los demás te lo diesen porque te amo. ¡Ea, pues; Maestro! Yo estoy a tus rodillas. Me has dicho que serás para mí un padre y te pido perdón. Te pido que me hagas un adulto santo. No me despidas, Jesús. Jesús, Jesús, Jesús… No todo es maldad en mí. ¿Lo ves?… Por Ti he dejado todo y he venido. Tú vales más que los honores y victorias que obtenía yo, cuando servía a otros. Tú en realidad Eres el amor del pobre e infeliz Judas; que querría darte tan solo alegrías y que en cambio te da dolores…

Jesús lo interrumpe:

–                 ¡Basta, Judas! Una vez más, te perdono. -Jesús parece muy cansado- te perdono esperando… Esperando que en lo porvenir comprendas…

Pero Judas insiste y sin querer revela el verdadero motivo por el que no quiere ser expulsado del grupo apostólico:

–                 Sí, Maestro, sí. Ahora ya no quieras en modo alguno, desmentirme. Pues esto haría de mí, una burla. Todo Keriot sabe que he venido con el descendiente de David; el Rey de Israel… Y esta ciudad mía se ha preparado para recibirte. Pensé que hacía bien. Quise presentarte de tal forma, que todos te temieran y te obedecieran.

También Simón y Juan… Y a través  de ellos trasmitir a los demás… cómo se equivocan al tratarte como un igual. Ahora…  también mi madre será objeto de burla, por ser la madre de un hijo mentiroso y loco. Por ella, Señor mío, te suplico… Y te juro que yo…

Jesús lo interrumpe:

–                 No jures por Mí. Jura por ti mismo, si puedes; para no pecar más en este sentido. Por tu madre y por los ciudadanos, no me marcharé. Levántate…

–                 ¿Qué dirás a los demás?

–                 La verdad.

–                 ¡Nooooo!

–                 La Verdad. Ya te he dado órdenes para hoy. Siempre existe la manera de decir la Verdad con caridad… Llama a tu madre y a los demás.

Jesús está severo y no sonríe.

Judas va por su madre y los demás discípulos. La mujer escudriña a Jesús… Pero al verlo complaciente; toma confianza. Aun así se nota que es un alma que está muy afligida…

Jesús dice:

–                 ¿Vamos a Keriot? He descansado y te agradezco madre, tu gentileza. El Cielo te recompense y te conceda, por la caridad que usas conmigo; reposo y alegría a tu esposo, por quién lloras.

Ella trata de besarle mano. Pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola y no permite que se la bese.

Judas, dice:

–                 La carreta está lista, Maestro. Ven.

En esos momentos llega una carreta tirada por bueyes, sobre la que hay unos almohadones que sirven de asientos y un pabellón de tela roja.

Judas dice:

–                 Sube, Maestro.

Jesús contesta:

–                 La madre, primero.

Sube la mujer, después Jesús y al último los demás.

–                 Aquí, Maestro. –Judas ya no lo llama Rey.

Jesús se sienta adelante y a su lado Judas. Detrás la mujer y los discípulos. El conductor que va de pie, con la garrocha pincha a los bueyes para que caminen. Aparecen pronto las primeras casa de Keriot.

Un niño que está en el camino, los mira y parte como un rayo. Los pobladores salen a recibirlo con banderas y ramas; gritando de júbilo y haciendo reverencias. Jesús no puede despreciar estos homenajes y desde lo alto de su bamboleante trono, saluda y bendice.

La carreta llega hasta la plaza, da vuelta por una calle y entra hasta una aristocrática casa que tiene el portón abierto. Se detienen y bajan.

Judas dice solemne:

–                 Mi casa es tu casa, Maestro.

–                 Paz sea en ella, Judas. Paz y santidad.

Entran. Atraviesan el vestíbulo y llegan a una sala amplia, con muebles incrustados de color café. Los principales del lugar, entran con Jesús y los demás. Todo es inclinaciones, curiosidad y gran pompa.

Un viejo imponente y elegante; pronuncia un pomposo discurso de bienvenida al ‘Señor y Rey’

Jesús lo agradece con sencillez, habla de la Bondad del Eterno Padre  y termina diciendo:

–                 … sino a Dios Altísimo van dirigidas las gracias, honor y gloria y alabanza. No a Jesús, siervo de la voluntad eterna; sino a esta Voluntad amorosa.

El hombre dice:

–                 Hablas como santo… Soy el sinagogo. Hoy no es Sábado, pero ven a mi casa a explicar la   Ley. Tú, sobre quién más que el aceite real, está la unción de la Sabiduría.

–                 Iré.

Judas objeta:

–                 Acabamos de llegar de un viaje. Mi Señor tal vez estará cansado.

Jesús dice:

–                 No, Judas. Jamás me canso de hablar de Dios. Y nunca tengo deseos de quitar las esperanzas de los corazones.

El sinagogo insiste:

–                 Entonces, ven. Todo Keriot está afuera, esperándote.

–                 Vamos.

Jesús  sale, entre Judas y el arquisinagogo. Pasa bendiciendo. Atraviesa la plaza y entra a la sinagoga. Jesús se dirige hacia el lugar donde se enseña.

Empieza a hablar. Jesús habla de las profecías y de cómo se deben  preparar los corazones, para ser mansiones purificadas y poder ser templos vivos que reciban al Espíritu de Dios. Su vestidura es muy blanca. Su rostro inspirado. Los brazos extendidos según la costumbre. Finaliza diciendo:

–                      … y Príncipe de Paz soy Yo. Os he traído la Ley, no otra cosa. La paz sea con vosotros.

La gente que ha escuchado atenta, un poco inquieta murmura entre sí.

Jesús habla con el sinagogo. Se les unen otras personas de los principales del pueblo. Y le preguntan:

–                 Maestro… ¿Pero no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho…

–                 Lo Soy.

–                 Pero Tú has dicho…

–                 Que no poseo y que no prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la Verdad. Y así es. Conozco vuestro pensamiento. Pero el error proviene de una mala interpretación y de un sumo respeto hacia el Altísimo. Se os dijo: ‘Viene el Mesías’ y pensasteis como muchos en Israel, que Mesías y rey fuesen una misma cosa. Levantad más hacia lo alto el espíritu. Hasta el inimaginable Paraíso, a donde el Mesías conducirá a los justos muertos en el Señor. Hay una infinita diferencia entre la realeza mesiánica que el hombre imagina y la verdadera; que es todo divina.

–                 Pero, podremos nosotros pobres hombres ¿Levantar el espíritu hasta donde Tú dices?

–                 Tan solo con que lo queráis. Y si lo quisierais, al punto os ayudaré.

–                 Entonces ¿Cómo te debemos llamar si no eres Rey?

–                 Maestro. Jesús. Como queráis. Maestro soy y Soy Jesús el Salvador. Dejemos a los Césares y a los tetrarcas con sus botines. Yo tendré el mío. Pero no será un botín que merezca el castigo de fuego. Antes bien, arrancaré del Fuego de Satanás; presas y botines, para llevarlas al Reino de la Paz.

Todos se quedan meditando en las palabras de Jesús…

Al fin, un viejo dice:

–                 Señor. Hubo una ocasión hace mucho tiempo; cuando fue el edicto de Augusto; que llegó la noticia que había nacido en Belén el Salvador. Yo fui con otros… Vi a un pequeñín, igual que los demás. Pero lo adoré con fe. Después supe que había un hombre santo que se llamaba Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?

–                 Juan es el Precursor del que tú adoraste. Un gran santo a los ojos del Altísimo; pero NO el Mesías.

–                 ¿Eras Tú?

–                 Yo era. Y… ¿Qué viste alrededor de Mí, cuando apenas había nacido?

–                 Pobreza y limpieza. Honradez y pureza… Un carpintero gentil y serio que se llamaba José, pero de la estirpe de David. Una joven mujer rubia y gentil de nombre María; ante cuya belleza las rosas más hermosas de Engadí palidecen y los lirios de los palacios reales, son feos. Y un niño, con los ojos grandes color de cielo y cabellos oro pálido. No vi otra cosa.

Y todavía me parece oír la voz de su Madre que me dijo: ‘Por mi Hijo yo te digo, sea el Señor contigo hasta el encuentro final. Y su gracia venga a tu encuentro en tu camino.’ Tengo ochenta y cuatro años. El camino se está acabando. No esperaba más que encontrar la Gracia de Dios. Pero te he encontrado. Y ahora no deseo ver otra Luz que no sea la tuya…

¡Oh! ¡Sí! ¡Te veo cual eres bajo esos vestidos de piedad que son la carne y que has tomado¡ ¡Oh! ¡Te veo! Escuchad la voz del que al morir ve la Luz de Dios.

La gente se agolpa alrededor del viejito inspirado que está en el grupo de Jesús y que arrojando el bastón, levanta los brazos trémulos.

Tiene la cabeza toda blanca. La barba larga y partida en dos. Parece un verdadero patriarca y profeta.

Y dice señalando a Jesús:

–                 Veo a Éste: al Elegido; al Supremo; al Perfecto; que habiendo bajado por amor, vuelve a subir hasta la Diestra del Padre. A volver a ser Uno con Él. Pero no veo su Voz y Esencia incorpórea, como Moisés vio al Altísimo… Y como refiere el Génesis que lo conocieron los Primeros Padres y hablaron con Él, al aura del atardecer. Lo veo subir como un verdadero hombre hacia el Eterno. Cuerpo que brilla. Cuerpo Glorioso. ¡Oh, Pompa del Cuerpo Divino! ¡Oh, Belleza del Hombre Dios! Es el Rey. ¡Sí, es el Rey! No de Israel, sino del Mundo.

Ante Él se inclinan todas las realezas de la Tierra. Y todos los cetros y coronas palidecen, ante el fulgor de su cetro y de sus joyas. ¡Una corona! Una corona tiene en su frente. Un cetro tiene en su mano. Sobre su pecho tiene un escudo. Hay en él perlas y rubíes de un esplendor jamás visto.

Salen llamas como de un altísimo horno. En sus muñecas hay dos rubíes y un lazo de rubíes sobre sus santos pies. ¡Luz! ¡Luz de rubíes! ¡Mirad, ¡Oh pueblos! al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! ¡Subo contigo!… ¡Ah, Señor! ¡Redentor nuestro!… ¡Oh! ¡La Luz aumenta en los ojos del alma! ¡El Rey está adornado con su Sangre!… la corona… ¡Es una corona de espinas que sangran! El cetro… el trono… ¡Una Cruz!… ¡He ahí al Hombre! ¡Helo!… ¡Eres Tú!…  ¡Señor, por tu Inmolación ten piedad de tu siervo! ¡Jesús, a tu piedad confío mi espíritu!…

El anciano, que había estado erguido y que se había rejuvenecido con el fuego del profeta, se dobla de improviso… Y caería al suelo, si Jesús rápido no lo levantase contra su pecho.

La gente grita:

–                 ¡Saúl!

–                 ¡Se está muriendo Saúl!

–                 ¡Auxilio!

–                 ¡Corred!

Jesús dice:

–                 Paz en torno al justo que muere.

Mientras habla, poco a poco se ha arrodillado, para sostener mejor al viejo que cada vez se está haciendo más pesado. Hay un silencio total.

Jesús lo coloca en el suelo, se yergue y dice:

–                 Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz y en la espera que será breve; verá el Rostro de Dios y será feliz. No existe la muerte para aquellos que mueren en el Señor.

Pasados algunos minutos la gente se aleja comentando lo sucedido. Quedan los ancianos; Jesús, los suyos y el sinagogo. Éste dice:

–                 ¿Ha profetizado, Señor?

–                 Sus ojos han visto la verdad. –volviéndose a los suyos, ordena- Vámonos.

Y salen.

Simón pregunta:

–                 Saúl ha muerto revestido con el Espíritu de Dios. Quienes le hemos tocado ¿Estamos limpios o inmundos?

Jesús contesta:

–                 Inmundos.

Judas exclama:

–                 ¡Oh! ¡NO! ¡Ya no…!

Jesús es terminante:

–                 Yo como los otros. No cambio la Ley. La Ley es ley y el Israelita la observa. Estamos inmundos. Dentro del tercero y último día, nos purificaremos. Hasta entonces estamos inmundos. –se vuelve hacia el apóstol y agrega- Judas, no regreso a la casa de tu madre. No llevaré inmundicia a su casa. Comunícaselo por medio de alguien que pueda hacerlo. Paz a esta ciudad. ¡Vámonos!

Y se van a través del huerto…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

8.- LA MANZANA DE EVA


Jesús viene bajando con Judas, Simón, Juan y tres pastores por un fresco valle en dirección al río Jordán.

Elías dice:

–                 ¿Ves, Maestro? Allá está Yutta. Pasaremos por el vado. Habría sido más corto si hubiéramos venido directo por Hebrón. Pero Tú no quisiste.

Jesús confirma:

–                 No. A Hebrón iremos después. Primero y siempre al que sufre. Los muertos ya no sufren cuando son justos. Y Samuel era justo. Por otra parte no es necesario que uno esté cerca de los huesos muertos que tienen necesidad de oraciones.

Llegan al vado y los pastores vigilan el paso de las ovejas que entran en el agua que solo tiene un palmo de profundo y beben del agua cristalina que se cubre de espuma al chocar con las rocas.

Jesús pasa sobre las piedras hasta la ribera opuesta, seguido por los discípulos hasta llegar a un prado.

Elías dice:

–                 Me dijiste que quieres que avise a Isaac que estás aquí. Pero… ¿No quieres entrar al poblado?

Jesús contesta:

–                 Así es.

–                 Entonces es hora de separarnos. Yo voy a donde está él. Leví y José se quedarán con el ganado y con vosotros. Subo por aquí y así llegaré más rápido.

Elías sube por la ladera hacia las casas blanquecinas que resplandecen al sol. Atraviesa el poblado y llega a la otra orilla, hasta una casita muy pobre que tiene la puerta abierta. En la paupérrima habitación, sobre un lecho miserable, hay un enfermo que es solo un esqueleto con la piel pegada a los huesos y pide entre lamentos una limosna.  Elías entra como un rayo diciendo:

–                 Isaac, soy yo.

El enfermo se incorpora un poco y le contesta:

–                 ¿Tú? No te esperaba. Viniste apenas la luna pasada.

–                 Isaac… Isaac… ¿Sabes porque he venido?

–                 Si tú no me lo dices… Estás excitado… ¿Qué pasa?

–                 He visto a Jesús de Nazareth. Ya es un hombre y es Rabí. Vino en mi busca y nos quiere ver a todos.

Isaac se derrumba sobre el camastro y Elías exclama:

–                 ¡Oh, Isaac, te sientes mal!

En realidad Isaac parece que fuera a morir. Pero toma aliento y dice:

–                 No. Es la noticia… ¿En dónde está? ¿Cómo es?… ¡Oh, sí lo pudiera ver!

–                 Está allá abajo en el valle. Me manda a qué te diga sólo esto: ‘Ven Isaac. Quiero verte y bendecirte’ Espérame. Llamaré a alguien para que me ayude y te llevaré allá abajo.

–                 ¿Así dijo?

–                 Así…

El enfermo se incorpora y Elías se asombra:

–                 Pero… ¿Qué haces?

–                 Voy…

Isaac hace a un lado las cobijas, mueve las piernas que estaban inertes. Las saca fuera del lecho y las pone en el suelo. Se levanta todavía un poco incierto. Todo sucede en un instante, bajo los ojos desencajados de Elías… Que al fin entiende y grita de alegría…

Se asoma una mujer curiosa y ve al enfermo de pie; que al no tener otra cosa, se echa encima una de las cobijas. Y ella escapa gritando como una ruidosa gallina.

Isaac toma del brazo al petrificado Elías y lo urge:

–                 ¡Vámonos! Vamos por acá para llegar más rápido y no toparnos con la gente… ¡Apúrate, Elías!

Y los dos salen de estampida por la parte posterior hacia un huerto… Y corren por una vereda que baja entre los huertos, los prados y los bosquecillos, hasta llegar al río.

Elías dice señalando:

–                 Mira, ¡Ahí está Jesús! Es aquel. El más alto, hermoso, rubio, vestido de blanco y que tiene el manto azul rey.

Isaac no necesita más. Corre; se abre paso entre el ganado que pace y con un grito que es una mezcla de triunfo, alegría y adoración, se postra a los pies de Jesús.

El Maestro le dice con dulzura:

–                 Levántate, Isaac. Ya vine a traerte paz y bendición. Levántate para que vea tu cara.

Isaac llora de felicidad.

Y Jesús le dice:

–                 Al punto viniste. No te preguntaste si podías…

–                 Tú me mandaste decir que viniese… Y he venido.

Elías agrega:

–                 Ni siquiera cerró la puerta. Tampoco recogió las limosnas, Maestro.

Jesús responde:

–                 No importa. Los ángeles cuidarán su habitación. ¿Estás contento Isaac?

–                 ¡Oh, Señor!

–                 Llámame Maestro.

–                 Sí, Señor. Maestro mío. Aunque no me hubieses curado, hubiera sido feliz al verte. ¿Cómo he logrado tener en tu Presencia, tanta Gracia?

–                 Tu fe y tu paciencia Isaac. Sé cuánto has sufrido…

–                 ¡Nada, nada! ¡Más que nada! ¡Te he encontrado! ¡Estás vivo! ¡Estás aquí! Esto es lo que vale. Lo demás… Todo lo demás pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro: ahora ya no te vas a ir, ¿Verdad?

–                 Isaac, tengo a todo Israel para evangelizarlo. Me voy… Pero si no puedo quedarme; tú me puedes seguir y servir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–                 ¡Oh, pero no serviré!

–                 ¿Sabrás declarar que Yo Soy?… A pesar de las burlas y las amenazas, ¿Podrás afirmarlo?… ¿Y decir que Yo te llamé y tú viniste?

–                 Aun cuando Tú no lo quisieras, todo esto diría yo. En esto te desobedecería Maestro. Perdona que te lo diga.

Jesús sonríe:

–                 Entonces,  ¿Tú comprendes que eres bueno para hacerla de discípulo?

–                 ¡Oh! ¡Si no hay nada más que hacer! Pensaba que sería otra cosa más difícil. Que tendría que ir a la escuela de los rabinos, para poder servirte; Rabí de los rabinos… Y así de viejo ir a la escuela… (Isaac es un hombre que tiene 57 años)

–                 Ya has terminado la escuela, Isaac.

–                 ¿Yo? ¡No!

–                 Tú. Sí. ¿Acaso no has seguido creyendo y amando; respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo; sin tener envidia. Sin desear lo que era de otros; ni lo que era tuyo y ya no poseías; diciendo siempre la verdad, aun cuando te perjudicase. Sin fornicar con Satanás, al no cometer pecado alguno? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–                 Sí, Maestro.

–                 ¿Lo ves? La escuela ya la has terminado. Sigue así y añade la revelación de mi Presencia en el mundo. No tienes que hacer otra cosa.

–                 Ya te he predicado, Señor Jesús… Les hablé a los niños que venían cuando ya estaba casi inválido, por los golpes que me dieron en Belén y llegué a este poblado pidiendo un pan. Y a los niños de ahora, hijos de los primeros… los niños son buenos y creen siempre… les contaba de cuando naciste. De los ángeles, de la estrella, de los Magos… y de tu Madre. ¡Oh! ¡Dime! ¿Ella vive todavía?

–                 Vive. Y te manda saludos. Siempre habla de vosotros.

–                 ¡Oh! ¡Si pudiera verla! …

–                 La verás. Algún día vendrás a mi casa. María te saludará: ‘Amigo’

–                 María, sí. Es como tener miel en la boca al pronunciar ese nombre. Hay una mujer en Yutta que cuando era niña; fue una de mis pequeños amiguitos y estoy vivo por ellos. Me dieron siempre refugio y ayuda.

–                 Vamos a visitarlos mientras baja el sol. Les llevaremos una bendición por su caridad.

Y se van por donde los guía Isaac…

Durante todo este tiempo, Judas ha podido observar el tratamiento y la adoración que Jesús recibe de los que lo reconocen como Dios Encarnado. Y sin que él mismo se dé cuenta, un germen de celos y envidia empieza a crecer en su corazón... Satanás no está dispuesto a soltarlo tan fácilmente y aumenta su control sobre él, inyectando más pasiones desordenadas…    

Más tarde, cuando emprenden de nuevo la marcha…

Jesús camina en el centro del grupo, detrás de las ovejas que mordisquean la hierba de las veredas. Pregunta:

–                 ¿A qué hora llegaremos?

Elías responde:

–                 Alrededor de las nueve. Son casi diez kilómetros.

Judas pregunta:

–                 ¿Y después vamos a Keriot?

Jesús contesta:

–                 Sí. También iremos allá.

–                 ¿Y no era más corto ir de Yutta a Keriot? No está muy lejos, ¿No es así, pastor?

Elías contesta:

–                 Son más o menos dos kilómetros.

–                 Así que caminaremos veinte, inútilmente.

Jesús inquiere:

–                 Judas… ¿Por qué estás tan inquieto?

Judas lo niega:

–                 No lo estoy, Maestro. Pero me habías prometido venir a mi casa.

–                 Iré. Yo siempre cumplo mis promesas.

–                 Mandé avisar a mi madre y como Tú dijiste que con los muertos se está aún con el espíritu.

–                 Lo dije. Pero piensa bien, Judas. Tú por Mí, no has sufrido todavía. Éstos, hace treinta años que sufren y ni siquiera han traicionado mi recuerdo. Ni siquiera el recuerdo.No sabían si estaba vivo o muerto… Y sin embargo permanecieron fieles. Se acordaban de Mí cuando estaba recién nacido… Un Niño que no tenía otra cosa que llanto y deseo de leche… Y siempre me han reverenciado como Dios.Por causa mía, algunos ya han muerto. Han sido golpeados, maldecidos, perseguidos como un oprobio de la Judea. Y con todo, su fe no vaciló. Con los golpes no se secó. Sino que echó raíces más profundas y se hizo más robusta.

Judas titubea un poco y luego dice con determinación:

–                 A propósito. Hace ya varios días que una pregunta me quema los labios. Estos son amigos tuyos y de Dios. ¿No es cierto? Los ángeles los bendijeron con la paz del Cielo… ¿No es así?… Permanecieron justos contra todas las tentaciones, ¿No me equivoco?… Entonces explícame: ¿Por qué fueron desgraciados?… ¿Y Anna? ¿La mataron porque te amaba?

–                 ¿Y por lo tanto concluyes que mi amor y el amarme traigan desgracias? 

–                 No… Pero…

–                 Pero así esMe desagrada verte tan cerrado a la Luz y tan preocupado por las cosas humanas. No te metas, Juan. Ni tú tampoco, Simón. Prefiero que él hable.

No regaño jamás. Tan sólo deseo que abráis vuestros corazones para introducirlos a la Luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Tú partes de un juicio que también tienen muchos y que otros tendrán. Dije juicio, debería decir error. Pero como lo decís sin malicia; por ignorancia de lo que es la Verdad; por eso no es error, sino un juicio imperfecto, como puede tenerlo un niño. Sois niños, pobres hombres. Y Yo estoy como Maestro, para formaros hombres adultos. Capaces de discernir lo verdadero de lo falso. Lo bueno de lo malo. Lo excelente de lo bueno. Escuchad pues, ¿Que es la vida?

Es un breve tiempo en el que el hombre está en la Tierra; diría Yo en el limbo del Limbo; que el Padre dios os concede para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o bastardos. Para reservaros a partir de vuestras obras, un futuro eterno que ya no tendrá pruebas.

Decidme ahora:

¿Sería justo que alguien que ya tuvo el bien extraordinario de poder servir a Dios de una manera especial; posea también por toda la vida un bien continuo? ¿No os parece que ya es mucho bien y por lo tanto puede llamarse feliz; aun cuando no exista la felicidad en lo humano?… ¿No sería injusto que quien tiene ya la Luz de la manifestación Divina en el corazón y la paz de una conciencia que no está intranquila; tenga también honores y bienes terrenales?… ¿No sería una cosa hasta imprudente?

Simón Zelote responde:

–                 Maestro, pienso que sería hasta profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas en donde Tú estás?… Cuando uno te tiene…  Y éstos te han tenido. Han sido los únicos ricos en Israel, porque durante treinta años te poseyeron. No debe tener otra cosa… y nada ¡Pero nada que no seas Tú, debe entrar en el corazón que te posee! ¡Oh! ¡Si yo fuese como ellos!

Judas contesta con una ironía mordaz:

–                 Pero te apresuraste a volver a tomar tus bienes, tan pronto viste que el maestro te había curado.

Simón reconoce:

–                 Es verdad. Lo dije y lo hice. Pero… ¿Sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no lo sabes todo? Mi administrador tuvo órdenes escuetas. Desde que me curé pertenezco sólo a Jesús y dispuse de los bienes que un hombre honrado me conservó y yo di órdenes… ¡No! Esto no lo diré.

Jesús dice:

–                 Simón, los ángeles lo dicen por ti y lo escriben en el Libro Eterno.

Simón mira a Jesús. Los dos cruzan miradas. Una, llena de sorpresa y la otra, de bendición.

Judas exclama:

–                 ¡Cómo siempre! ¡Estoy equivocado!

Zelote le contesta:

–                 No, Judas. Tienes sentido práctico, tú mismo lo dices.

Juan interviene, dulce y conciliador:

–                 ¡Oh, pero con Jesús!… ¡También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico y ahora es al revés!… También tú Judas, llegarás a ser como él. Hace poco tiempo que estás con el Maestro, nosotros tenemos más y nos hemos mejorado.

Judas contesta resentido y de mal humor:

–                 Él no me ha querido. De otra manera hubiera sido suyo, desde la Pascua.

Jesús corta la conversación, al dirigirse a Leví:

–                  Ya se ven las casas.

Leví responde.

–                 Es Hebrón. Es como un jinete entre los dos ríos. Aquel caserón que resalta entre lo verde, un poco más alto que los demás, es la casa de Zacarías. ¿La ves, Maestro?

–                 Apresuremos el paso.

Caminan presurosos y llegan hasta la casa.

Elías exclama.

–                 ¡Oh, está cambiada! ¡Aquí estaba el cancel! Ahora hay un portón de hierro y una barda muy alta que nos impide ver.

Leví, dice:

–                 Tal vez estará abierto por detrás. ¡Vamos!

Dan vuelta a un vasto rectángulo, pero la valla está igual por todas partes.

Juan la observa detenidamente y observa:

–                 Es una valla construida hace poco.

Un viejo leñador deja de partir un tronco caído y se acerca al grupo, preguntando:

–                 ¿Qué buscáis?

Elías le contesta:

–           Queríamos entrar en la casa para orar en el sepulcro de Zacarías.

El hombre contesta:

–                 Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabías? Desde que Juan, hijo de Zacarías está en prisión; la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque todas las ganancias de sus bienes, las daba a los pobres de Hebrón. Una mañana vino un hombre de la corte de Herodes. Arrojó afuera a Joel el administrador. Puso los sellos; después regresó con trabajadores y empezó a levantar la muralla. Destruyó el sepulcro.

En la casa del sacerdote Zacarías; aquel infame ahora tiene a sus amantes. Actualmente hay una actriz de Roma; por eso levantó la muralla. ¡La casa del sacerdote, convertida en un prostíbulo! ¡La casa del milagro y del Precursor! Y… ¡Cuantas dificultades hemos tenido por causa del Bautista! ¡Pero es nuestro Grande! ¡El haber nacido aquí, fue ya un milagro!

Isabel, vieja como un cardo seco, fue fértil como un manzano en Adar. Después vino una prima que era una santa, a servirla y a desatar la lengua del sacerdote. Se llamaba María. La recuerdo aun cuando casi no la veía; sino muy raramente. ¿Cómo fue? No lo sé. Lo cierto es que Zacarías, después de nueve meses de silencio; habló, alabando al Señor y diciendo que ya había llegado el Mesías.

Mi mujer asegura que oyó cuando Zacarías; al albar al Señor dijo que su hijo iría delante de Él. Ahora yo digo que no es como la gente cree. Juan es el Mesías…

Jesús pregunta:

–                 ¿Si alguien te dijese ‘Yo soy el Mesías’? ¿Qué dirías tú?

El leñador responde sin vacilar:

–                 Lo llamaría blasfemo y lo arrojaría a pedradas.

–                 ¿Y si hiciese un milagro para probar que es Él?

–                 Diría que estaba endemoniado. El Mesías llegará cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la mayor prueba. Él es astuto y sabe que él es el Mesías.

–                 No nació en Belén.

–                 Pero cuando salga se manifestará en Belén. También Belén espera esto. ¡Oh! ¡Atrévete a hablar a los betlemitas de otro Mesías, si es que tienes valor!… y entonces verás…

–                 ¿Tenéis sinagoga?

–                 Sí. Por esta calle, sigue derecho y a unos quinientos codos…

–                 Adiós. Que el Señor te ilumine.

El viejecillo se va y Elías dice:

–                 Tal vez estará abierto por detrás.

Dan la vuelta y en el portón hay una joven muy bonita y vestida de una manera muy provocativa y descarada.

¡Es increíblemente hermosa y  dice:

–                 ¿Señor, quieres entrar en la casa?… ¡Entra!

Jesús la mira severamente, como un juez; pero no dice nada.

Judas la trata con desprecio:

–                 ¡Métete desvergonzada! ¡No nos manches con tu vaho, perra hambrienta!

La mujer se sonroja y baja la cabeza. Apenada, trata de desaparecer, mientras pilluelos y transeúntes se burlan de ella.

Jesús dice enojado:

–                 ¿Quién es tan puro que pueda decir: ‘Jamás he deseado la manzana que Eva ofreció’ Señálenmelo y Yo lo saludaré como ‘santo’?

¿Ninguno?… entonces; si no por desprecio; más por debilidad; si os sentís incapaces de acercaros a ella; ¡Retiraos! No obligo a los débiles a una lucha desigual.-se vuelve hacia ella y le dice- Mujer, quiero entrar. Esta casa era de un pariente mío, muy querido.

Ella contesta ruborizada:

–                 Entra Señor; si no sientes asco de mí.

Jesús indica:

–                 Deja la puerta abierta. Que el mundo vea y no murmure.

Jesús pasa serio. Majestuoso. La mujer se inclina subyugada y no se atreve a moverse. Las palabras punzantes de la gente la hieren en lo más vivo y se va corriendo hasta el fondo del jardín.

Mientras Jesús llega hasta el pie de la escalinata. Mira detenidamente a su alrededor y luego se dirige a donde está el sepulcro, que ahora ha sido convertido en un lararium.

Cuando llega hasta ahí, Jesús dice:

–                 Los huesos de los justos, aunque secos y dispersos; manan bálsamo de purificación y esparcen semillas de Vida Eterna. ¡Paz a los muertos que vivieron en el Bien! ¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!

Jesús ha dicho estas palabras, como una bendición.

La mujer que ha dado la vuelta, junto a la valla que lo rodea; se acerca a Él. Y le dice:

–                 ¡Señor!

–                 ¡Mujer!

–                 ¿Cuál es tu Nombre, Señor?

–                 Jesús.

–                 Jamás lo había oído. Soy romana, actriz y bailarina. No soy experta en ninguna otra cosa más que en lascivias. ¿Qué significa tu Nombre? El mío es Aglae y quiere decir vicio.

–                 El mío: Salvador.

–                 ¿Cómo salvas?… ¿A quién?

–                 A quien tiene buena voluntad de ser salvado. Yo salvo al enseñar a ser puros. A preferir el Dolor a la honra. A amar el Bien a toda costa.

Jesús habla sin acritud; pero tampoco se vuelve a mirarla.

Ella continúa detrás de Él:

–                 Yo estoy perdida.

–                 Yo… Soy el que busco a los perdidos.

–                 Yo estoy muerta.

–                 Yo Soy el que da Vida.

–                 Yo soy porquería y mentira.

–                 Yo Soy Pureza y Verdad.

–                 Bondad también eres. Tú que no me miras; no me tocas y no me pisoteas. Ten piedad de mí.

–                 Ante todo, primero tú ten piedad de ti, de tu alma.

–                 ¿Qué cosa es el alma?

–                 Lo que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio, el pecado, la mata. Y cuando está muerta el hombre se convierte en un animal repugnante.

–                 ¿Podré verte otra vez?

–                 Quien me busca, me encuentra.

–                 ¿En dónde estás?

–                 Donde los corazones tienen necesidad de Médico y de medicinas para volverse honestos.

–                 Entonces… No te veré más… yo estoy donde no se quiere médico, ni medicinas, ni honestidad.

–                 Nada te impide que vengas a donde Yo estoy. Por las calles mi Nombre será voceado y llegará hasta a ti. Adiós.

–                 Adiós, Señor. permíteme que te llame ‘Jesús’ ¡Oh! ¡No por familiaridad!… Sino para que penetre un poco de Salvación en mí. Soy Aglae. Acuérdate de mí.

–                 Sí. Adiós.

La mujer se queda en el fondo del jardín.

Jesús, serio; sale. Mira a todos. Ve la perplejidad en los discípulos… La burla, en los hebrositas. Un siervo cierra el portón.

Jesús camina hacia la sinagoga. Cuando llama, se asoma un viejo enjuto y le dice:

–                 La sinagoga está prohibida a los que comercian con prostitutas. Este lugar es santo. ¡Lárgate!

Jesús se queda callado y se regresa por la calle caminando en silencio. Los suyos le siguen… Cuando están fuera de Hebrón, empiezan a hablar.

Judas exclama:

–                 Pero Tú lo quisiste, Maestro. ¡Una prostituta!

Jesús le dice:

–                Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y bien; ahora que me lo hechas en cara; ¿Qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea, se han burlado de nosotros y nos han arrojado… Pero así es. Vendrá el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al Dios Verdadero y el Pueblo del Señor estará sucio de sangre y de un crimen… 

De un Crimen  respecto al cual el de las prostitutas que venden su carne y su alma; será poca cosa. No he podido orar sobre los huesos de mis primos y del justo Samuel. Pero no importa… Descansad, huesos santos. ¡Alegraos!, ¡Oh, espíritus que habitáis en ellos! La primera resurrección está cerca. Después vendrá el día en que seréis mostrados a los ángeles, como los siervos del Señor…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA