96.- EL LEÓN Y EL CORDERO


Jesús está sobre la cima de un monte. Tiene su rostro enflaquecido y pálido. Con una tristeza que deja ver su intenso sufrimiento. Desde el punto donde está, observa tres caminos que convergen en el que va al poblado más cercano. Tiene los cabellos despeinados y conservan el recuerdo de donde estuvieron; pues hojitas secas y pedacitos de ramas, se adhirieron a él.

¡Cuánto habrá padecido! Se ve que ha sufrido más, que cuando ayunó en el desierto. Entonces estaba pálido, pero era todavía joven y se veía muy gallardo. Ahora tiene la barba más larga de lo acostumbrado. Y se le ve enjuto; como si sus fuerzas físicas y morales,  se le hubieran acabado. Su mirada es muy triste… Con una tristeza dulce y severa al mismo tiempo. Su vestido… y el manto llenos de polvo, arrugados. Denuncian  que estuvo en un lugar donde no encontró ninguna comodidad.

Jesús mira…

El sol de mediodía le brinda su calor. de pronto, su Rostro se ilumina con una sonrisa, al ver a sus queridos apóstoles, que suben hacia el poblado. Y exclama lleno de alegría:

–                     ¡Ahí están los míos!

Y rápido baja por la vereda, al encuentro de sus discípulos. Lleno de alegría, en medio de la primavera que se asoma.

Ellos escuchan su grito. Y lo ven en un claro del bosque, iluminado por el sol y con los brazos extendidos. Prontos para abrazarlos.

Un grito repercute:

–                     ¡¡El Maestro!!

Y todos corren como pueden. Y tanta es la alegría que los embarga, que el peso de las alforjas les parece ligero. Los primeros en llegar son los más jóvenes y más ágiles: los dos hijos de Alfeo, acostumbrados a caminar entre las colinas.

Luego Juan y Andrés que corren como dos cervatillos, con una sonrisa de felicidad en su rostro. Y caen a los pies de Jesús, llenos de amor y de reverencia.

Enseguida llega Santiago de Zebedeo y casi al mismo tiempo, los tres menos acostumbrados a correr por los montes: Mateo, Zelote y finalmente Pedro.

Saludos llenos de júbilo y de amor se entrecruzan en el regreso  de los ocho apóstoles, que caen a sus pies llenos de reverencia. Felices, besan los vestidos y las manos del Maestro…

Cuando Pedro ve lo delgado de su rostro, de un brinco se pone de pie y grita:

–                     ¡Maestro! ¿Qué es lo que te ha pasado?

Jesús contesta:

–                     Nada, amigo.

–                     ¡No es posible! ¡O has estado enfermo o te han perseguido! Tengo buenos ojos…

–                     También yo. Y veo que has adelgazado y envejecido. ¿Por qué?…

–                     Sufrí. Y no lo niego. ¿Crees que haya sido una cosa alegre haber visto tanto dolor?

–                     ¡Tú lo has dicho! También Yo he sufrido por el mismo motivo…

Compadecido y cariñoso, Judas Tadeo pregunta:

–                     Jesús… ¿Sólo por esto?

–                     Así es, hermano mío. Por el dolor que experimenté por tener que enviarlos…

–                     Y por el dolor que tuviste al verte obligado por…

–                     ¡Por favor! ¡Silencio!… Prefiero el silencio sobre mi herida, que cualquier palabra que quiera consolarme. Diciendo que he sufrido… Por otra parte, he sufrido por muchas cosas. No solo por esa.

Jesús dice esto con un poco de severidad y los apóstoles no replican.

Después Pedro pregunta:

–                     ¿Dónde has estado Maestro? ¿Qué has hecho?

–                     Estuve en una gruta. Orando. Meditando. Fortificando mi espíritu, para conseguir fuerzas para vosotros, en vuestra misión. Para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–                     ¿En dónde?… ¿Sin vestidos y sin dinero?

–                     En una gruta, no necesitaba nada. ¿Tenéis algo que comer?

–                     Sí. Presentía que te íbamos a encontrar con mucha hambre y compré algo en el camino. Traigo pan y carne frita. Leche, queso y manzanas y la cantimplora llena con un excelente vino. Y huevos que espero que no se hayan roto…

–                     Entonces sentémonos aquí, bajo la sombra de esos árboles. Comamos y cuéntenme todo lo que les pasó…

Pedro abre su alforja y dice:

–                     ¡Todo está a salvo! ¡También la miel de Antigonia! – Y saca todos sus tesoros para dárselos a Jesús.

Los apóstoles también sacan de sus alforjas las provisiones que les diera Filipo. Y todos comen alegremente comentando las peripecias del viaje…

Juan pregunta:

–                     Maestro, ¿Hiciste penitencia por nosotros?

–                     Sí. Os seguí con el corazón. Sentí vuestros peligros y vuestras penas. Os ayudé como pude…

–                     ¡Ah! Yo lo sentí y les dije…

Andrés pregunta:

–                     ¿Ayunaste Señor?

Pedro contesta rápido:

–                      ¡Necesariamente! Aun cuando hubiera querido comer, ¿Cómo habría podido hacerlo en una gruta y sin dinero?

Santiago de Alfeo dice:

–                     ¡Oh! ¡Y por culpa nuestra! ¡Lo siento mucho Jesús!

–                     ¡Oh, no! ¡No os aflijáis! No fue solo por vosotros… También por muchas otras cosas. Cómo hice cuando empecé mi vida apostólica. En aquellos días los ángeles me ayudaron y ahora fuisteis vosotros. Creedme que mi alegría es doble, porque para los ángeles el servir es algo suyo; mientras que en los hombres, la cosa no es tan fácil.

Vosotros fuisteis caritativos y siendo hombres os convertisteis en ángeles; porque quisisteis ser santos contra cualquier circunstancia. Por esto hacéis que sea Yo tan feliz como Dios y como Hombre-Dios. Me dais lo que es de Dios: la Caridad. Y me dais lo que es propio del Redentor: vuestra elevación a la perfección.

Esto proviene de vosotros y para Mí es más nutritivo que cualquier otro alimento. allá en el desierto también me alimenté del Amor, después del ayuno. Y me sentí bien. También ahora. Todos hemos sufrido. Yo y vosotros. pero nuestro sufrimiento no ha sido inútil. Sé que os ha servido mejor que un año de adiestramiento. El Dolor… El reflexionar en lo que un hombre puede hacer de mal a su semejante; la compasión, la fe, la esperanza  y la caridad que ejercitasteis y solos, os ha convertido en adultos…

Pedro suspira:

–                     Por lo que a mi toca; me he hecho viejo. No volveré a ser el Simón de Jonás que era antes de ir a Antioquía. Porque he comprendido cuan dolorosa y fatigosa, dentro de su belleza; sea nuestra misión…

–                     Bueno. Estamos aquí juntos… Contad lo que os sucedió…

Pedro dice a Zelote:

–                     Habla tú Simón. sabes hacerlo mejor que yo…

Simón replica:

–                     No. Tú fuiste un buen Jefe. ¡Cuéntalo como puedas!

–                     Pero ayúdadme… –Y cuenta lo que sucedió en viaje hasta Antioquía. Luego agrega- Todos sufrían, ¿Sabes? Jamás olvidaré las palabras de los dos… – Pedro se limpia las lágrimas con el dorso de sus mano.- Me parecieron los últimos gritos de dos que se estuvieran ahogando…

Y se cubre el rostro con las manos, llorando incontenible, como si fuese un niño pequeño…

Simón Zelote, prosigue:

–                     Por un largo momento, ninguno de nosotros habló… Sentíamos que la garganta nos molestaba con el ansia de querer llorar… Y sin embargo no pudimos hacerlo, porque si alguno de nosotros hubiera empezado, todo se hubiera acabado. Tomé las riendas porque Simón de Jonás, para ocultar lo que sufría; se metió hasta el fondo de la carreta, entre las alforjas…

Salimos veloces de Antioquía y nos detuvimos en un pequeño poblado que está antes de llegar a Seleucia. Y allí nos detuvimos, porque aunque la luna iluminaba todo, no podíamos continuar porque no conocíamos el camino. Y allí pasamos el resto de la noche, entre nuestras cosas… No comimos, porque no podíamos hacerlo… Sólo pensábamos en los dos que habíamos dejado atrás…

En cuanto el alba despuntó, pasamos el puente y llegamos antes de las nueve a Seleucia. Devolvimos la carreta y el caballo al fondero. ¡Qué hombre tan bueno! Nos ayudó a escoger la nave para el regreso… Nos dijo: ‘Voy con vosotros al puerto. Allí me conocen y yo los conozco a todos.’ Encontró tres navíos que partían para estos lugares…

Pero en uno de ellos había ciertos tipos, que ninguno de nosotros hubiera querido tener cerca… Esto lo supimos porque el dueño de la nave se lo dijo al fondero. Otra era de Ascalón y no quiso hacer escala en tiro sólo por nosotros. Pidió una cantidad de dinero que ya no teníamos. La tercera era una embarcación muy pobre, que traía madera. Tenía muy poca tripulación y los hombres se veían realmente pobres. Por esta razón y porque iba a llegar a Cesárea, consintió en detenerse en Tiro, con la condición de que le pagásemos los gastos de un día y el salario para la tripulación.

Nos pareció que era algo justo. Por lo que se refiere a mí y a Mateo; ambos teníamos desconfianza, porque es la temporada de las tormentas y con lo que nos pasó en el viaje de ida… Pero Simón-Pedro dijo: “No pasará nada.”

Y todos nos subimos. Parecía como si los ángeles fueran las velas de la barca… Tan suave y ligera se deslizaba veloz, que en menos de la mitad del tiempo, finalmente llegamos a Tiro. El duño se portó tan bien, que nos ayudó a remolcar la barca que dejamos anclada hasta Ptolemaide.

Bajaron Pedro, Andrés y Juan, que son los entendidos en las maniobras marinas…  Y todo se desarrolló tan simple y tan diferente de cuando nos fuimos… Y estábamos tan contentos que le dimos más dinero de lo pactado, antes de bajar a la barca donde ya estaban todas nuestras cosas. Nos detuvimos un día en Ptolemaide y luego nos vinimos para acá… Pero nunca olvidaremos lo que sufrimos. Simón de Jonás tiene razón…

Varios dicen:

–                     ¿Teníamos razón en decir que fue el Demonio el que nos estaba obstaculizando?

Jesús responde:

–                     La teníais. Así fue. Escuchadme ahora. Vuestra misión ha terminado. Regresaremos a Yiftael para esperar a Felipe y a Nathanael. Tenemos que darnos prisa. los demás llegarán después… Entre tanto evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la misma Fenicia. Lo que pasó, que quede sepultado para siempre en el fondo de vuestros corazones. A ninguna pregunta sobre ello se le dará respuesta…

–                     ¿Ni siquiera a Felipe y a Nathanael? Ellos saben que vinimos contigo…

–                     Esto me toca a Mí. He sufrido mucho, amigos míos y lo estáis viendo. Mis sufrimientos pagaron la tranquilidad de que ahora gozan Juan y Síntica. Procurad que no sean inútiles mis sufrimientos y no hagáis más pesada mi carga… El peso sobre mi espalda aumenta diariamente… Solamente decid a Nathanael y a Felipe que he sufrido y que no lo negué. No será necesario decir nada más…

Jesús habla como un hombre muy cansado…

Los ocho, lo miran muy afligidos y Pedro se atreve a acariciarlo en la cabeza, acercándosele para consolarlo.

Jesús levanta su cabeza y mira a su buen Simón-Pedro con una sonrisa de amorosa tristeza…

Pedro exclama:

–                     ¡Oh! ¡No puedo verte así! Me parece como si la alegría de habernos encontrado, se hubiese acabado y que no quede otra cosa más que la santidad. ¡Bueno! Vayámonos a Aczib. Allí te cambiarás de vestidos, te rasuras y te peinas… ¡Así cómo estás no es posible! ¡No puedo soportar verte en esta forma! Me pareces uno que se hubiese escapado de sus verdugos y que está casi muerto de agotamiento… Un abatido y aniquilado por completo… Te pareces a Abel de Belén de Galilea, cuando se vio libre de los que querían ajusticiarlo…

–                     Tienes razón, Pedro. El Corazón de tu Maestro se siente tan atormentado, que ya no sentirá ningún consuelo… Cada vez, será siempre más herido. Vámonos…

Juan lanza un suspiro y dice:

–                     Me desagrada mucho… Yo quería contarle a Tomás, que quiere muchísimo a tu Madre, lo de la canción y lo del ungüento.

–                     Se lo contarás algún día… Pero ahora no.  Llegará un día en que lo diréis todo. Yo Mismo os diré: ‘Id y hablad de todo lo que sabéis.’ Entretanto, procurad ver en el milagro la verdad. Esto es lo que significa el Poder de la Fe. Tanto juan cómo Síntica, hicieron que se calmara el mar; que se curara el marinero, no por sus palabras, ni por el ungüento; sino por la Fe con que invocaron el Nombre de María.

Y también porque junto a la Fe de ellos, estaba la vuestra junto con vuestra caridad. Caridad para el herido, caridad para con el cretense. A aquel le quisisteis conservar la vida y a éste, comunicarle la fe. Pero si es fácil curar los cuerpos, es muy difícil curar los corazones… No hay enfermedad más difícil que  la espiritual… –Y Jesús lanza un fuerte suspiro.

Cuando llegan a Aczib, Pedro y Mateo van a buscar alojamiento y los demás los siguen rodeando a su Maestro. El sol se hunde rápidamente en su ocaso…

Al día siguiente cuando salen de la posada, Jesús ha recuperado su apariencia limpia y ordenada que acostumbra y recupera su sencillez humilde y majestuosa, que son innatas en Él. Sus apóstoles lucen descansados, arreglados y contentos.

Pedro dice:

–                     Señor, por la noche estuve pensando… ¿Para qué ir tan lejos, hasta los confines fenicios? Déjame ir con otro. Venderé a Antonio… Me desagrada, pero no nos sirve más… Y podría llamar la atención. Iré a buscar a Felipe y a Bartolomé. puedes estar seguro de que no diré una palabra imprudente… Yo no quiero causarte pena alguna… Mientras tanto, te quedas aquí con los demás y descansas. Y también regresaremos más pronto…

Jesús responde:

–                     Es una buena idea. Puedes hacerlo. Llévate el compañero que quieras.

–                     Me llevo a Simón. Bendícenos, Señor.

Jesús los abraza diciendo:

–                     Os doy mi beso. Podéis iros. –Y los mira irse ligeros hacia la llanura.

Tadeo comenta:

–                     ¡Qué bueno es Simón de Jonás! En estos días he comprendido lo que vale; cosa que no había reflexionado antes.

Mateo confirma:

–                     También digo lo mismo. Nunca se portó soberbio, egoísta, ni duro.

Santiago de Alfeo añade:

–                     Nunca se aprovechó de su puesto de jefe. ¡Al contrario! Siempre pareció ser el último de nosotros y conservó su lugar.

Santiago de Zebedeo opina:

–                     A nosotros no nos causa ninguna admiración. Hace años que lo conocemos. Es muy fogoso y todo corazón. ¡Y además justo!

Andrés explica:

–                     Mi hermano es bueno, aunque un poco áspero. Desde que está con Jesús se ha hecho mejor. Mi carácter es diferente del suyo y por eso a veces se ponía de mal humor. La razón era que comprendía que me desagradaba su manera de ser. Lo hacía por mi bien. Cuando se lo comprende, cualquiera puede ser su amigo.

Juan agrega:

–                     En estos días nos hemos comprendido todos y hemos sido un solo corazón.

Santiago de Alfeo monologa:

–                     Lo mismo noté yo. Durante toda la luna y aún en los momentos agitados, nunca nos pusimos de mal humor. Mientras que otras veces… No sé por qué…

Tadeo replica:

–                     ¿Por qué? Es muy fácil de comprenderse. Nuestras intenciones fueron rectas. Tal vez no fueron perfectas. Por eso aceptamos lo bueno que alguien proponía o nos apartamos de lo que podía ser malo. ¿Por qué? ¿Es fácil decirlo!: Porque los ocho teníamos un solo pensamiento: Hacer las cosas de modo que Jesús estuviera contento con ellas. Y esa es la razón.

Andrés dice:

–                     Es verdad. No creo que los demás piensen de manera diferente.

–                     No. Claro que Felipe, no. Ni Bartolomé; aunque esté ya viejo y sea muy Israel… tampoco Tomás, aun cuando es muy humano…

Jesús lo mira con una advertencia y aunque Tadeo trata de refrenarse:

–                     ¡Jesús! ¡Tienes razón! ¡Perdóname! –finalmente sus palabras brotan con gran energía.- Pero si supieses lo que significa para mí el verte sufrir. ¡Y por causa de ése! Soy tu discípulo igual que todos los demás; pero ante todo, soy tu pariente y amigo… ¡Y la ardiente sangre de Alfeo bulle en mí! Jesús no me mires con esos ojos duros y tristes al mismo tiempo. Tú eres el Cordero y yo… Yo soy el león…

Tadeo mira fijamente a Jesús y continúa implacable- ¡Bien sabes lo que me esfuerzo para no dar el zarpazo, contra las redes de calumnias que te envuelven! ¡Y no destruir el parapeto detrás del cual se oculta el verdadero enemigo! Me gustaría ver su apariencia espiritual a la que puedo darle un nombre… Conocerlo verdaderamente… Tal vez cometo una calumnia al hablar así… Pero si lograra conocerlo lo mejor posible, le pondría una señal y le quitaría para siempre las ganas de dañarte…

Santiago de Zebedeo interviene:

–                     Tendrías que poner de un lado a la mitad de Israel. Jesús continuará siendo el mismo. Tú mismo has visto que nadie puede oponérsele. ¿Qué hacemos ahora Maestro? ¿Has predicado aquí?

–                     No. Ayer llegué a estos lugares y dormí en la selva.

–                     ¿No quisieron darte hospedaje?

–                     No tenían ganas de aceptar a un peregrino. Y cómo no tenía dinero.

–                     ¡Tienen corazón de piedra! ¿Qué podían temer de Ti?

–                     Que fuese un ladrón… Pero no importa. El Padre que está en los Cielos hizo que encontrase una cabra perdida. venid que os la voy a enseñar. Está allá en lo tupido con su cabrito. No huyó cuando me le acerqué y me dejó ordeñarla… Dormí cerca de ella, con el cabrito sobre mi  pecho… ¡Dios es bueno con su Verbo!

Llegan hasta un lugar tupido de vegetación y espinoso. Junto a una vieja encina, está pastando la cabra con su cabrito y al ver a la gente se pone a la defensiva. Pero al reconocer a Jesús, se tranquiliza. Le arrojan unos pedazos de pan y se van.

Jesús dice:

–                      Allí dormí y allí me hubiera estado si no hubierais llegado. De veras que tenía mucha hambre. El motivo del ayuno había terminado… No era necesario seguir insistiendo en cosas que no pueden cambiarse…

Nuevamente la tristeza invade a Jesús. Y los seis se miran entre sí, pero no hacen ninguna pregunta.

Cuando regresan al camino, Tadeo pregunta:

–                     ¿A dónde vamos ahora?

Jesús contesta:

–                     Por ahora nos quedamos aquí. Mañana bajaremos a predicar por el camino a Ptolemaide y luego iremos hacia los confines de Fenicia, para regresar aquí el día anterior al Sábado.

Y caminando lentamente y conversando, se van hacia el poblado…

Al día siguiente…

Los romanos son excelentes ingenieros y buenos constructores… El camino que viene de Fenicia a Ptolemaide es muy cómodo; pasa derecho entre la llanura, el mar y los montes. En los cruces hay casas que tienen pozos y herrerías. Jesús y los suyos se detienen cerca de un puente y junto a una casa donde están terminando de poner herraduras a los caballos de un carro militar romano.

Cuando los soldados se despiden se oyen sus gritos:

–           ¡Salve Tito! ¡Qué la pases bien!

Mateo comenta:

–           Los herreros a lo largo del camino, casi todos son romanos. Soldados que se han quedado después de su servicio. ¡Y que ganan bastante bien! Jamás encuentran obstáculos para curar a los animales… Un asno o un caballo, pueden perder su herradura cuando el sol ya se pone y es sábado, o cuando son las Encenias… ¡Y ellos siguen trabajando como si nada!

Juan dice:

–           El que le puso las herraduras a Antonio, está casado con una hebrea.

Santiago de Zebedeo observa punzante:

–           Hay más mujeres necias que inteligentes.

Andrés pregunta:

–           ¿Y de quién son los hijos? ¿De Dios o del paganismo?

Mateo contesta:

–           Generalmente son del que es más fuerte. Si la mujer no es una apóstata, los hijos son hebreos, porque ellos no se preocupan más que de amarlos. No son demasiado fanáticos, ni siquiera cuando se trata de su Olimpo. Creo que lo único que les importa es ganar dinero y están llenos de hijos.

Tadeo objeta:

–           Y con todo, esos hombres son dignos de desprecio. sin fe, sin patria y odiados por todos los que han sometido…

–           Te equivocas. Roma no los desprecia. Más bien los ayuda. Son más útiles así, que cuando llevan las armas. Entran en nosotros corrompiéndonos más con su maldad que con la violencia. Quien sufre más, son la primera generación. luego se desparraman y el mundo olvida…

Jesús, que había estado callado escuchando; interviene:

–           Tienes razón. Son los hijos los que sufren. Pero también las mujeres hebreas casadas con ellos. Sufren por sí y por sus hijos. Les tengo mucha compasión. Todos los desprecian y nadie les habla de Dios. Pero esto ya no sucederá más adelante. No existirán más estas separaciones de hombres y de naciones; porque las almas estarán unidas en una sola patria: la mía.

Juan exclama:

–           ¡Pero para entonces habrán muerto!…

–           No. Se habrán acogido a mi Nombre. No habrá más romanos, libios o griegos. iberos, galos, egipcios o hebreos; sino almas de Jesús. ¡Ay de aquellos que traten de hacer distinciones entre las almas, considerando los hombres inferiores o superiores; basándose tan solo en el lugar en que nacieron! Yo las quiero igualmente a todas, por las que he sufrido y sufriré. el que obrare así, demostrará que no ha comprendido la caridad, que es universal…

Los apóstoles comprenden la velada reprensión y bajan la cabeza…

Los golpes sobre el yunque van cesando poco a poco. Los golpes sobre la pezuña del asno van terminando y Jesús aprovecha para levantar su maravillosa voz… Parece como si continuara hablando a los discípulos, pero en realidad se dirige a todos los que pueden escucharlo…

Jesús habla un largo y minucioso discurso sobre la Paternidad Amorosa de Dios y la igualdad de todos los seres humanos. De cómo no se cambia la sangre de un hijo por su comportamiento o su paganismo. Y se extiende ampliamente sobre la Ley del Amor…

Todos sus admirados oyentes están absortos escuchándolo y cuando termina los múltiples comentarios se cruzan:

–           ¿Quién es ese?

–           ¿Quién es?

–           Un Rabbí.

–           Un Rabbí de Israel.

–           ¿Por estas partes? ¿En los confines de la fenicia?

–           ¡Es la primera vez que esto se ve?

–           ¡Qué Palabras!

–           Y sin embargo lo estás viendo. Aser me dijo que lo llaman el Santo.

–           ¡Entonces se refugia entre nosotros, porque allá lo persiguen!

–           ¡Oh! ¡Esas víboras!

–           ¡Qué bueno que vino entre nosotros!

–           Obrará muchos milagros…

Y mientras ellos hablan de este modo, Jesús se aleja por una vereda que atraviesa los campos y que a través de la campiña sigue por la llanura hasta las colinas del litoral…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

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