Archivos del mes: 30 noviembre 2012

134.- EL PRIMER PASO…


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Bajo una lluvia persistente, Jesús y Juan van empapados y de este modo llegan a Enganím y se ponen a buscar a los apóstoles separándose,  para encontrarlos más pronto. Juan encuentra a su hermano que anda haciendo las compras para el sábado.

Santiago le pregunta:

–                       Estábamos preocupados. ¿En dónde está el Maestro?

Juan contesta:

–                       Fue a buscaros. El primero que os encontrase iría a la casa del carpintero.

–                       Entonces… Mira estamos en aquella casa. Ve pronto a buscar al Maestro y ven…  -Santiago baja la voz y mira a su alrededor-  Hay muchos Fariseos… Y con malas intenciones. Nos preguntaron qué porqué Él no estaba con nosotros. Querían saber si ya se adelantó o si viene retrasado. Primero dijimos: ‘No sabemos’ y no nos creyeron. Y dijimos la verdad, porque no sabíamos en donde andaban.

Entonces Iscariote, que no tiene tantos pelos en la lengua, les dijo: ‘Ya se adelantó’

Y como no se convencieron, preguntaron que con quién se había ido. Por qué, cuando… Si se sabía que el viernes había estado en Giscala y Judas dijo: “En Ptolemaide subió a una nave y por eso se nos adelantó. Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco, para ir después a la casa de José de Arimatea, que está en Bezetha.

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Juan pregunta escandalizado:

–                       ¿Pero por qué tantas mentiras?

Santiago explica:

–                       ¡Bah! También nosotros se lo dijimos, pero Judas se echó a reír diciendo: ‘Ojo por ojo. Diente por diente. Mentira por mentira. Basta con que el Maestro esté a salvo. Lo buscan para hacerle daño. Lo sé.’

Pedro le hizo observar que haber mencionado a José le podría causar algún inconveniente y él replicó: ‘Irán corriendo. Verán el estupor de José. Y comprenderán que no fue verdad’ Pedro dijo: ‘Te odiarán por la burla que les jugaste’ Él se rió más y contestó: ‘¡Me importa un bledo su odio! Sé cómo apaciguarlo.’

Pero vete, Juan. Trata de encontrar al Maestro y vente con Él. El agua nos ayuda. Los Fariseos están en las casas, para no mojarse sus espléndidas vestiduras.

Juan da a su hermano la alforja y antes de que salga corriendo…

Santiago lo detiene:

–                       No menciones al Maestro las mentiras de Judas. Aunque las haya dicho con un buen fin; siempre son mentiras y al Maestro no le gustan de ninguna forma.

Juan dice:

–                       No le diré nada.

Y Juan se echa a correr.

Santiago estuvo en lo cierto. Los ricos están en sus casas.

Jesús está bajo un portal cerca de la herrería.

Juan lo ve y le dice:

–                       Ven pronto. Los encontré… Podemos ponernos vestidos secos.

Llegan pronto a la casa.

Jesús dice abrazándolos a todos:

–                       La paz sea con vosotros.

Todos hablan simultáneamente…

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Y Pedro grita:

–                       ¡Callaos! Dejadlo ir. ¿No veis qué mojado y cansado está?  -y volviéndose al Maestro- Hice que te preparasen un baño caliente y… dame acá ese manto mojado… También los vestidos están calientes. Los tomé de tu alforja.

Pedro se dirige al centro de la casa y grita:

–                       ¡Oye mujer, el Huésped ya llegó! Trae el agua, que de lo demás yo me ocupo.  –y agrega- Ven Maestro. También tú, Juan…  Estáis helados como si os hubieseis ahogado. Hice cocer ramas de junípero con vinagre para el agua. Hace bien.

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Y los lleva hacia el baño en donde ya han vaciado el agua caliente.

Pedro entra con ellos, cierra la puerta y susurra:

–                       Procura que no sepan Quién Eres… Todos somos peregrinos y Tú eres un Rabí. Nosotros tus amigos. En realidad es verdad. Hay muchos Fariseos… Y mucho interés por Ti. Toma tus providencias… Luego hablaremos…

Y se va dejándolos solos y regresando a donde están sus compañeros, a los que dice:

–                       ¿Y ahora qué diremos al Maestro? Si decimos que dijimos mentira, lo sentirá. Pero… tenemos que decírselo.

Judas dice:

–                       ¡No te preocupes! Yo mentí y yo se lo diré.

Pedro dice:

–                       Le causarás mayor aflicción. ¿No notaste que está muy triste?

–                       Lo noté. Pero es porque está cansado… Por otra parte, también sé decir a los Fariseos: ‘Os engañé’ No son más que tonterías. Lo que importa es que Él no tenga que padecer ningún daño.

Felipe interviene:

–                       De mi parte no diría nada. Ni a nadie. Si se lo dices a Él, no conseguirás tenerlo escondido; ni salvarlo de las asechanzas de los Fariseos…

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Judas dice con aplomo:

–                       Lo veremos.

Pasa poco tiempo y Jesús regresa con sus vestidos secos. Contento con el baño.

Juan viene detrás de Él.  Hablan de todo lo que le pasó al grupo apostólico y lo que le pasó al Maestro y a Juan. Pero nadie menciona a los Fariseos hasta que…

Judas dice:

–                       Maestro, estoy seguro de que te buscan los que te odian. Y para salvarte esparcí la voz de que no vas a ir a Jerusalén por los caminos acostumbrados. Sino por mar hasta Joppe… Se irán allá, ¡Ja, ja, ja!

Jesús protesta:

–                       Pero, ¿Por qué mentir?

–                       ¿Y ellos porqué mienten?

–                       Ellos son ellos. Y tú no eres…  No deberías ser como ellos…

–                       Maestro, yo soy alguien que los conoce y que te ama. ¿Quieres buscar tu ruina? Estoy pronto a impedirlo. Escúchame con calma y siente mi corazón en mis palabras. Tú mañana no sales de aquí…

–                       Mañana es sábado.

–                       Ellos…

–                       Que hagan lo que quieran. Yo no pecaré. Si lo hiciese además del pecado que pesaría sobre Mí, pondría en sus manos un arma para destruirme… ¿No te acuerdas que andan por ahí llamándome Profanador del sábado?

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Los demás dicen:

–                       El Maestro tiene razón.

Judas insiste:

–                       Está bien. Harás lo que quieras el sábado, pero no por la calle. No tomemos el camino de todos. Escúchame. Desoriéntalos…

Pedro agita los brazos y grita:

–                       Pero, ¿Sabes algo preciso tú? Maestro, ordénale que hable…

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Jesús advierte:

–                       Calma Simón. Si tu hermano ha llegado a enterarse de algún peligro, arriesgándose a sí mismo. Y nos dice que estemos alerta, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo…  Si él no puede decir todo, porque compromete a terceras personas, que no tienen valor suficiente para tomar la palabra, pero son lo bastante rectas para no cometer un crimen, ¿Por qué queréis obligarlo a hablar? Dejadlo pues que hable. Yo aceptaré lo que haya de bueno en su proyecto y rechazaré lo que no lo sea. Habla Judas.

–                       Gracias Maestro. Tú eres el único que me conoce por lo que soy. Dentro de los límites de Samaría podemos ir seguros. Porque allí manda más Roma, que en Galilea y Judea… Y los que te odian, no quieren tener problemas con Roma. Pero para desorientar a los espías, digo que demos un rodeo por Dotaín, Siquem, Efraím, Adomín, Carit… y así llegar hasta Bethania.

Definitivamente los apóstoles no están entusiasmados…

Varios dicen:

–                       Camino largo y difícil.

–                       Sobre todo si llueve.

–                       ¡Peligroso! Adomín…

–                       Parece como si fueses en busca del peligro…

Jesús dice:

–                       Judas tiene razón. Tomaremos ese camino. Después tendremos tiempo de descansar. Tengo todavía otras cosas que hacer, antes de que llegue la Hora y se cumpla…  No debo pues por necedad, arriesgarme a caer en sus manos…

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Así pasaremos por la casa de Lázaro que está muy enfermo y me ha de estar esperando. Comed… Me retiro a la habitación. Estoy cansado…

Pedro pregunta:

–                       ¿Ni siquiera un bocado vas a tomar? ¿No será acaso que estás enfermo?

–                       No, Simón. Hace siete días que no sé lo que es una cama. Hasta pronto amigo. La paz sea con vosotros…  -y se retira.

Judas no cabe de contento:

–                        ¿Visteis? Es humilde y justo. Y no rechaza lo que ve que es bueno.

Pedro dice dudoso:

–                       Sí…bueno… ¿Crees que esté de veras contento?

–                       No lo creo. Pero comprende que tengo razón.

–                       Yo quisiera saber cómo te las arreglaste para saber tantas cosas, pese a que siempre estuviste con nosotros…

–                       Así es. Vosotros me cuidabais como si fuese un animal peligroso. Lo sé. Pero no importa. Acordaos de esto: aún un mendigo, como un ladrón, pueden ayudar a saber. Lo mismo que una mujer. Hablé con un mendigo y le di su recompensa. Con un ladrón y descubrí… Con… una mujer y… ¡Cuántas cosas puede llegar a saber una mujer!

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apóstoles se miran entre sí, con ojos de sorpresa. Se preguntan ¿Cuándo?… ¿Dónde Judas se enteró y cómo tuvo esas entrevistas?…

Judas está muy sonriente y agrega:

–                       ¡Y con un soldado! Sí. Porque la mujer me dijo que me enviaría con un soldado. Y confirmé todo. Logré saber… ¡Todo es lícito cuando es necesario! ¡Hasta las cortesanas y los soldados!…

–                       Eres… eres un… -interrumpe Bartolomé controlándose, para no decir lo que tenía en su lengua.

Judas lo completa con desparpajo:

–                       Sí. Lo soy. Soy el único. Soy pecador por causa vuestra. Pero con todos mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros. Y por otra parte… Si una cortesana sabe lo que los enemigos de Jesús quieren hacer; señal es de que  ellos van a ellas.Y puedo también hacerlo yo. Me sirvió…  Lo estáis viendo. Pensad que en los confines de la Judea, podían haberlo aprehendido. Llamadme prudente por haberlo evitado…

Todos quedan pensativos y comen sin ganas. Luego Bartolomé se levanta.

Judas le pregunta:

–                       ¿A dónde vas?

Bartolomé contesta:

–                       A donde está Él. No creo que esté durmiendo. Le llevaré leche caliente y veré…

Sale. Después de unos minutos, regresa:

–                       Estaba sentado sobre la cama y lloraba… Tú fuiste la causa de su dolor, Judas. Ya me lo imaginaba.

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–                       ¿Lo dijo Él? Iré a darle explicaciones…

–                       No. No dijo nada. Al contrario. Dijo que también tienes tus méritos. Pero lo comprendí. ¡No vayas! Déjalo tranquilo.

Judas replica:

–                       Sois todos unos necios. Sufre porque está perseguido…  Obstaculizado en su Misión. Eso es todo…

Y Juan asegura:

–                       Es verdad. Lloró aún antes de que nos reuniésemos con vosotros. Sufre mucho también por su Madre. ¡Cómo sufre!…

Y se quedan comentando todas las cosas que contribuyen al sufrimiento de Jesús…

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Tres días después…

Van caminando por los montes de Samaría y se encuentran con pastores que les responden con cortesía. Llegan a un laberinto de veredas…

Y el pastor les dice:

–                       Dentro de poco bajo al valle. Descansad un poco y caminaremos juntos. No sería muy agradable si os perdierais por estos montes. –baja la voz y añade- hay ladrones. Bajan de las pendientes de Garizím y de Ebal. Siempre tienen que hacer, pese a que los romanos refuerzan las guardias, en sus caminos… Porque siempre hay gente que evita los caminos usuales para llegar más pronto o por otros motivos.

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Felipe pregunta con una sonrisa significativa:

–                       ¿Entonces tenéis muchos malhechores?

El pastor comprende y responde:

–                       ¿Crees tú Galileo, que son samaritanos?

Judas, que es un magistral diplomático, interviene rápido:

–                       ¡No, no!… ¡Oh, no!  Sino como se sabe que son hospitalarios, el malhechor viene a refugiarse acá. Es como si fueseis un lugar de asilo. Los malhechores saben bien que nadie, galileo o judío, los perseguirá aquí. Y se aprovechan de ello. Estos montes…

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El pastor dice:

–                       ¡Ah! Creí que pensabas en… Los montes, claro. Ayudan mucho. Los soldados de Roma son listos. No vienen a sacarlos de sus cuevas. Sólo las sierpes y las águilas conocen sus madrigueras. Se cuentan cosas terribles. Pero sentaos. Os voy a dar leche. Soy samaritano, pero también conozco el Pentateuco. No ofendo a quien no me ofende… Vosotros no lo hacéis, pese que sois galileos y judíos. Se anda diciendo que ha surgido un profeta que enseña a amarnos. Si no supiera que según los escribas y los fariseos de Israel, nosotros somos unos malditos –así dicen- diría que los grandes profetas que nos han amado, aunque seamos samaritanos, han revivido en Él. Yo no lo creo…

 

Aquí está la leche. A mí me gustaría encontrarme con este profeta. Dicen que Juan el Bautista lo llamó el Cordero de Dios, el Mesías. Algunos Samaritanos de Siquem, han hablado con Él y se deshacen en alabanzas. Muchos se han ido a los caminos principales, porque esperan que pase por ahí. Aún más y es la primera vez que sucede, algunos Fariseos y Doctores nos han dicho que si lo vemos, corramos a decirlo porque quieren hacerle grandes festejos.

Los apóstoles se miran de reojo. Prudentemente, pero sin hablarse.

Judas, con una mirada triunfal, parece decir: ‘¿Oísteis? ¿Os convencéis de que yo tenía razón?’

El pastor continúa hablando:

–                       Sin duda lo conocéis. ¿De dónde venís?

Judas responde rápido:

–                       Del Norte de Galilea.

–                       ¡Ah, sois…! No. Tú no eres Galileo.

–                       Somos de todos los lugares. Fuimos en peregrinación a las tumbas de los doctores.

–                       ¡Ah! Sois tal vez discípulos… Pero este Hombre, ¿No es acaso un Rabí? –dice señalando a Jesús.

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–                       Somos discípulos, has dicho bien, sí.  Este hombre es un Rabí. Pero bien sabes que entre Rabí y rabí, hay diferencia…

–                       Lo sé. Pero este es muy joven y tendrá mucho que aprender de los grandes doctores de vuestro Templo.  

Se advierte un claro desprecio en el adjetivo posesivo.

Y Judas que nunca deja nada sin rebatir, se queda callado.

Los demás no hablan.

Jesús está como absorto y por esto, la indirecta no provoca ninguna respuesta.

Judas sonriendo dice:

–                       Es muy joven es verdad. Pero es el más sabio entre nosotros. –y para poner fin a la conversación, que puede tornarse peligrosa, dice- ¿Todavía tienes mucho que hacer aquí? Porque quisiéramos estar allá abajo al anochecer.

–                       No. Me voy junto con las ovejas y vengo…

–                       Está bien. nosotros nos adelantamos un poco… -y se levanta con los demás tomando el camino.

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Después de pasar una arboleda y cuando el pastor no puede oírlos, se ríe diciendo:

–                       Pero, ¡Qué fácil es burlarse de la gente! ¿Os habéis convencido de que yo no mentía y de que no soy un tonto?

Felipe dice:

–                       No dijiste ninguna mentira… Pero ahora la has dicho.

Judas argumenta:

–                       ¿Mentira? No. ¿Cómo puedes afirmarlo, Felipe? He sido capaz de decir la verdad sin dañar a nadie. ¿No venimos acaso de la Galilea del Norte? ¿No nos apedrearon por ir a venerar la tumba de un Doctor en el último viaje? ¿No pasamos cerca de Giscala? ¿Negué que Jesús sea un Rabí? ¿No dije que es el más sabio entre nosotros? Al decir esto pensé en los rabinos que no valen nada en comparación con el Maestro. ¡Ja, ja, ja! Hay que saber decir las cosas… Se puede decir todo sin pecar y sin causar daño.

Tadeo hace un gesto de desagrado y dice:

–                       Para mí, esto siempre es mentira.

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–                       Bueno, ¡Y qué! Ya lo hice. ¿Oíste o no? Se han querido aprovechar de los prejuicios, desacuerdos, orgullo, para que los samaritanos señalen el viaje del Maestro. ¡Para darle una fiesta en sus confines! ¡Ah, qué Fiesta!

Tomás dice:

–                       ¡La fiesta! También ellos fueron capaces de hablar y pensar en una verdad, valiéndose de la Mentira…  Judas de Keriot tiene razón…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Sí. La mentira, de ellos, es cosa odiosa. Más el decir una cosa por otra, aún con un buen fin, es siempre reprobable. ¿Crees que el Señor tenga necesidad de esto, para proteger a su Mesías? No hay qué mentir, jamás. Ni siquiera por un buen fin. El corazón se acostumbra a anidar la mentira y los labios a pronunciarla. La Mentira es el Primer Paso, para la Caída en el Precipicio del Mal. No, Judas. Evita la insinceridad.

Judas dice con certeza:

–                       Así lo haré. Ahora callémonos que se acerca el pastor.

El hombre ha logrado reunir a sus ovejas con la ayuda del perro y un pastorcillo. Y las guían hacia el valle.

El pastor monologa en voz alta:

–                       Si pudiese encontrar a ese Profeta, aunque yo sea samaritano, le hablaría.

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Jesús dice:

–                       ¿Qué le dirías?

–                       Le diría: mi mujer era buena, como el agua de los montes lo es para el sediento y el Altísimo, se la llevó…  Tenía una hija tan buena como la madre. Me la vio un romano, se enamoró de ella y se la llevó lejos…. Tenía a mi hijo el primogénito…  Era todo para mí. Un día que llovía se resbaló por el monte y se rompió la espina dorsal. Está inmóvil…  Últimamente ha empeorado y los médicos dicen que morirá…  No te pregunto por qué el Eterno me haya castigado, pero te ruego que cures a mi hijo.

–                       ¿Y crees que podría curártelo?

–                       ¡Claro que lo creo! Pero nunca lo encontraré…

–                       ¿Por qué crees? Él no es samaritano…

–                       Es un justo y es el Hijo de Dios, según se dice.

–                       Vosotros en vuestros padres ofendisteis a Dios.

–                       Tienes razón. Pero también está dicho que Dios perdonará la culpa del hombre, mandando a su Redentor. Si perdona ESA CULPA. ¿No podrá tener compasión de mí, que mi única culpa es haber nacido samaritano? Yo creo que si el Mesías conociese mi dolor, tendría piedad…

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Jesús sonríe, pero no dice nada.

También en las caras de los apóstoles, se dibuja una sonrisa que el pastor no observa.

Jesús pregunta:

–                       Entonces, ¿Ese muchacho no es hijo tuyo?

–                       No. Es el hijo de una viuda que tiene ocho hijos varones y padece hambre. Lo tomé para que me ayudase y como a hijo, para no quedarme solo. Cuando Rubén esté en el sepulcro… -y da un profundo suspiro.

–                       ¿Y si se curase tu hijo, qué harías con este?

–                       Lo tendría conmigo. Es bueno y siento compasión por él.  –baja la voz- él no lo sabe; pero su padre murió en las galeras.

–                       ¿Qué hizo para merecerlo?

–                       A propósito, nada. Pero su carro arrastró a un soldado ebrio y se le acusó de haberlo hecho con premeditación.

–                       ¿Cómo sabes que murió?

–                       ¡Nadie sobrevive en el remo! Nos lo dijo un mercader de Samaría que lo vio cuando lo sacaban muerto del cepo y lo echaban al mar; más allá de las Columnas.

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–                       ¿De veras lo conservarías contigo?

–                       Puedo jurarlo. Él infeliz y yo infeliz…  Y no soy solo. Otros han tomado los hijos de la viuda y ella se ha quedado con las tres mujercitas. Demasiados…  Pero es mejor que doce. No hay necesidad de que jure. Rubén se va a morir…

Llegan al camino principal por el que transitan muchos peregrinos que buscarán donde hospedarse. La noche se acerca…

El pastor pregunta:

–                       ¿Tienes lugar donde dormir?

Jesús contesta:

–                       A decir verdad, no.

–                       Te diría ‘ven’, pero mi casa es muy pequeña para todos. Con todo, el aprisco es muy amplio.

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–                       Dios te pague como si me hubieras hospedado. Sigo mi camino hasta que la luna se ponga…

–                       Como quieras. ¿No tienes miedo de perderte? ¿Y de pasar malos ratos?

–                       De los ladrones me protege mi pobreza y la de mis compañeros. Por lo del camino me encomiendo al ángel de los peregrinos.

–                       Debo irme adelante con el ganado. El muchacho todavía no sabe. El camino está lleno de carros… -y corre adelante para guiar sin peligro a las ovejas.

Los apóstoles susurran:

–                       Maestro, ahora viene lo malo. Hay que andar un trozo de camino entre la gente…

Llegan a un cruce y el pastor dice:

–                       Mira, este es tu camino y este es el mío. ¿Ves aquel sicómoro gigante? Ve hasta ahí y luego das vuelta a la derecha. En la primera, es la casa del herrero. Y por ahí sigue el camino. No puedes equivocarte. Adiós.

–                       Adiós. Has sido bueno y Dios te consolará.

El pastor continúa su camino.

Jesús sigue el suyo. Alrededor del primero van las ovejas. Alrededor del segundo, van los apóstoles.

Dos pastores en medio de su grey…

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Llegan a una fuente y llenan sus cantimploras. El herrero está cerrando su taller. Siguen su camino y se oye un grito a lo lejos:

–                       ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Mi hijo…!  Ciudadanos venid. ¿Dónde está el Peregrino?

Pedro exclama:

–                       Nos buscan, Señor. ¿Qué hiciste?…

Jesús contesta:

–                       Corred. Vayamos a aquel bosque. Nadie nos verá.

Corren a través de un prado cubierto de heno que acaban de segar. Mientras los gritos aumentan.

El pastor explica:

–                       Os aseguro que fue el Rabí que estuvo en Siquem. Él me ha curado a Rubén y yo no lo reconocí. ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Permíteme que te venere! ¡Dime dónde te has escondido!

Solo el eco le responde.

El herrero dice:

–                       No debe estar lejos. Pasó por aquí antes de que vinieses.

–                       Pero no está. En el camino no hay gente. Debía irse por éste.

–                       ¿No estará en el bosque?

–                       No. Tenía prisa. –trata de que su perro lo ayude y lo azuza: ¡Busca, busca!

Y el perro husmea el prado y se dirige directo a donde está escondido Jesús… pero luego se detiene, levanta el hocico y se va ladrando en dirección contraria. Y la gente lo sigue a la carrera…

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Los apóstoles dicen con un suspiro de alivio:

–                       ¡Sea alabado el Señor!…

Y preguntan al Maestro:

–                       ¿Pero qué hiciste, Señor?

Hay un tono que parece decir: ‘Sabes bien que no conviene que te reconozcan y Tú…’

Jesús contesta:

–                       ¿Y no debía premiar una fe? ¿Acaso no está bien que también por acá crean en Mí? ¿Queréis acaso que no comprendan nada?

Pedro objeta:

–                       Es verdad. Tienes razón. ¿Y si te descubría el animal?

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–                       Simón, ¿Piensas que quien puede imponer su voluntad a distancia a las enfermedades, a los elementos y arroja demonios, no puede imponerla a un animal? Vamos a tratar de alcanzar el camino, más allá de la curva. No nos verán. Vámonos…

Avanzan por el oscuro bosque  iluminado por la luna, hasta encontrar el camino lejos del poblado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

133.- HOMICIDIO PREMEDITADO


Después de haber descansado un poco en el bosque tupido de árboles, Jesús es el primero en ponerse de pie y  refrescarse en riachuelo que brota del manantial. Llama a sus apóstoles que yacen profundamente dormidos sobre la hierba y los invita a que se preparen para partir.

Ellos también van a refrescarse y llenan las cantimploras con agua que cae de las rocas.

Mientras los espera, Jesús mira hacia el imponente paisaje  y una sombra de tristeza nubla sus radiantes ojos azul zafiro. Felipe es el primero en juntársele  y mira hacia donde su Maestro está mirando…

Luego Felipe comenta:

–           ¡Hermoso panorama! ¿Lo admiras Maestro?

Jesús contesta:

–           Si; pero no pensaba tan solo en su belleza….

–           ¿En qué pensabas Maestro?

–           En los muchos lugares que no me han visto y no me verán… Porque mi tiempo vuela… ¡Cuán breve es la vida del hombre! y ¡Cuán lento es el hombre en obrar!… ¡Y cómo experimenta el espíritu estas limitaciones terrenas… Pero, ¡Padre, hágase tu voluntad!

–           Maestro, has recorrido todas las regiones de las antiguas tribus de Israel. Por lo menos una vez las has santificado y así puede decirse que has recogido en un puño, las Doce tribus de Israel…

Es verdad eso. Después vosotros haréis lo que el tiempo no me dejó hacer.

–           Tú que detienes ríos y calmas el mar,  ¿No podrías hacer que el tiempo transcurriese más lento?

–           Podría…  Pero el Padre que está en los Cielos, el Hijo en la Tierra y el Amor en el Cielo y la Tierra, arden en ansias de realizar el Perdón…

Y Jesús se sumerge en una profunda meditación… que Felipe respeta. Y se une a sus compañeros que ya están listos para partir.

Cuando todos se han reunido, retoman el sendero ancho por el que venían y bajan rápidos hasta el valle. Cuando llegan hasta el camino principal y apenas han caminado unos cuantos metros, les salen al encuentro dos hombres  que los saludan.

Los apóstoles los ven y murmuran:

–           Dos discípulos de rabino y uno es levita…

–           ¿Qué querrán?

No están nada contentos con sus conclusiones, porque del Templo les llegan siempre, las más amargas noticias…

El levita que se había limitado a saludar con inclinaciones profundas se acerca y dice:

–          La paz sea contigo, Rabbí.

Jesús contesta:

–          La paz sea con vosotros.

–          ¿Eres Tú el Rabí de Nombre Jesús?

–          Sí.

–          Antes de las doce entró una mujer en la ciudad y dijo que por el camino había hablado con un rabí más grande que Gamaliel; porque además de sabio es bueno. Sus palabras llegaron hasta nosotros y los maestros nos enviaron a todos los que estábamos allí, a buscarte; suspendiendo la partida hacia Jerusalén. En nombre suyo y por nuestro medio te dicen: ‘Ven a la ciudad, que te queremos hacer unas preguntas.’

–          ¿Por qué motivo?

–          Para que falles sobre un hecho que aconteció en Giscala y cuyas consecuencias duran…

–          ¿No tenéis acaso a los grandes doctores de Israel para fallar? ¿Por qué volverse hacia el Rabbí Desconocido?

–          Si eres el que dicen los rabinos, no eres un desconocido.  ¿No eres acaso Jesús de Nazareth?

–          Lo Soy.

–          Los rabinos conocen tu sabiduría.

–          Y Yo conozco el Odio que me tienen.

–          No todos, Maestro. El más grande y justo no te odia.

–          Lo sé. Ni siquiera me ama. Me estudia… ¿Rabí Gamaliel está en Giscala?

–          No. Partió para llegar a Séforis antes del sábado. Se fue inmediatamente después del juicio.

–          ¿Y entonces por qué me buscáis? Yo también debo respetar el sábado y apenas puedo llegar a tiempo a aquel lugar.  No me detengáis.

–          ¿Tienes miedo, Maestro?

–          No tengo miedo…  Porque sé que por ahora a mis enemigos, no se les ha concedido ningún poder… Dejo a los sabios la alegría de juzgar.

–          ¿Qué quieres decir?

–          Qué no sentencio. Perdono…

–           Sabes juzgar mejor que cualquier otro… Gamaliel lo dijo con estas palabras: Sólo Jesús de Nazareth, juzgaría con justicia en este caso.’ 

–          Está bien. Ya habéis dado el fallo y no hay más remedio. Yo habría mandado primero que se calmasen las pasiones, antes de dar la sentencia… Si había alguna culpa, el culpable podía arrepentirse y redimirse. Si no la había, no se hubiese realizado el suplicio; que ante los ojos de Dios, para alguno no es más que un homicidio premeditado.

El levita lo mira con la boca abierta, totalmente asombrado…

Luego de un largo momento, pregunta:

–          Maestro, ¿Cómo lo sabes? La mujer juró que hablaste con ella sólo de sus asuntos familiares… Y Tú sabes… ¿Eres en realidad un Profeta?

Jesús contesta:

–          Yo Soy Quién Soy.  Adiós. La paz sea contigo.  El sol ya va a cercándose hacia el occidente…

Y les vuelve la espalda dirigiéndose hacia el poblado.

Los apóstoles se hacen solidarios y aprueban:

–          ¡Hiciste bien Maestro!  Sin duda que lo que quieren, es ponerte asechanzas.

Los tres hombres los alcanzan y le ruegan a Jesús que suba hacia Giscala.

Jesús se niega:

–          No. El crepúsculo me hallaría en camino. Decid a quién os envió que observo la Ley siempre… –y puntualiza-  Cuando el observarla no va contra el mandamiento más grande que el sabático: el del amor. 

–          ¡Maestro!  ¡Maestro! ¡Te lo suplicamos! Este es exactamente un caso de amor  y justicia. Ven con nosotros, Maestro.

–          No puedo. Ni siquiera vosotros podéis subir a tiempo…

Los fariseos aprueban:

–          Tenemos licencia de hacerlo por esta ocasión…

Jesús refuta:

–          ¿Cómo? Protestaron cuando curé en sábado a un enfermo y lo absolví en sábado.  ¿Y a vosotros se os permite violar el sábado por una disputa ociosa?  ¿Acaso hay dos medidas en Israel?  ¡Idos! ¡Idos! Y dejadme ir.

–          Maestro  Tú Eres Profeta, por eso lo sabes.  Yo lo creo y también éste, ¿Por qué nos rechazas?

–          ¿Por qué?…

Jesús se detiene y los mira fijamente…

Sus severos ojos que traspasan y penetran más allá de los velos de la carne, que leen los corazones…  Miran dominadores a los dos que tiene delante…

Luego, sus ojos irresistibles cuando están enojados, tan dulces cuando aman…  Cambian de modo de mirar y toman una expresión tan cariñosa, tan misericordiosa que si antes los corazones se estremecieron de terror por la potentísima mirada, ahora tiemblan de emoción ante el refulgir del amor…

Jesús repite:

–           ¿Por qué? No Yo, sino los hombres rechazan al Hijo del hombre y Él debe desconfiar de sus hermanos. Pero a quien no tiene malicia en su corazón, le digo: ‘Ven’ y también ‘Amadme a los que me odian.’

El levita pregunta:

–           ¿Entonces Maestro?

–           Entonces iré al poblado para el sábado.

–           Espéranos al menos.

–           En el crepúsculo del sábado partiré. No puedo esperar.

Jesús avanza, seguido por el grupo apostólico…

Los dos se miran y se consultan, intercambian palabras y el levita se regresa corriendo y dice a Jesús:

–           Maestro, me quedo contigo hasta después del sábado.

Los apóstoles detrás del levita, hacen señas a Jesús para que no lo permita…

Pero Jesús no les hace caso y responde:

–           Quédate.

El levita está muy contento y dice:

–           Mi nombre es José, mis padres me consagraron a Dios desde que nací y cuando mi madre me amamantaba me llamaba ‘su consolación’ porque el Señor le quitó conmigo la aflicción por ser estéril… Así me convertí en Bernabé…  También el gran rabí me llama así, porque dice que él se consuela con sus mejores discípulos… Maestro justo, yo quisiera estar contigo, pero Gamaliel ha perdido por tu causa sus mejores discípulos… y yo…

Todavía no es la hora de que vengas a Mí. Cuando llegue, tú mismo maestro te la dirá, porque es un hombre justo…

–           ¡Oh! Y me lo estás diciendo Tú…

–           Lo digo porque es verdad. A cada quién reconozco lo suyo… vamos.

Y continúan caminando mientras Bernabé platica alegremente con Jesús…

Después del mediodía en medio de un hermoso huerto, el grupo apostólico está descansando…

Pedro refunfuña:

–           No me parece nada bien, esta parada con ese hombre que se nos unió…

Jesús dice:

–           Partiremos después de las plegarias. Es sábado y no se podía caminar…  Nos ha hecho bien este descanso. No haremos más paradas sino hasta el próximo sábado.

–           Tú has descansado poco… ¡Y sanaste a todos esos enfermos!…

–           Y que ahora alaban al Señor. Para evitaros tanta caminata, me hubiera quedado aquí dos días más, para dar tiempo a los curados de esparcir la noticia más allá. Pero no queréis…

Varios apóstoles contestan al mismo tiempo:

–                ¡No! ¡No!

–               Quisiera estar ya lejos.

–                Y… no te confíes demasiado, Maestro.

Judas dice:

–                ¡Hablas! ¡Hablas! ¡Hablas! ¿No sabes que cada palabra tuya se cambia en veneno contra Ti en ciertas bocas?

Pedro pregunta:

–                ¿Por qué nos lo enviaron?

Jesús responde:

–           Tú lo sabes.

–           Sí. Pero ¿Por qué se quedó?

–           No es el primero que se haya quedado después de haberme tratado.

Pedro sacude su cabeza. No está convencido y rumia la palabra que denuncia su pensamiento:

–           ¡Es un espía!… ¡Un espía!

Jesús advierte:

–           No juzgues Simón.  Podrás arrepentirte algún día de tu actual juicio.

Pedro contesta:

No juzgo. Tengo miedo por Ti.  Y esto es amor. El Altísimo no me puede castigar porque te ame…

No digo que te arrepentirás de esto, sino de haber pensado mal de un hermano tuyo…

–           Él es hermano de los que te odian. Por lo tanto, no es mi hermano…

La lógica, humanamente hablando es justa, pero Jesús hace una observación:

–           Es discípulo de Gamaliel. Gamaliel no está contra Mí…

–           Pero tampoco a tu favor.

–           Quién no está contra Mí, está a mi favor aunque no lo parezca.  No se puede pretender que un Gamaliel, el más grande doctor que tenga hoy día Israel, un pozo del saber rabínico… Una verdadera mina en la que hay toda clase… de tesoros rabínicos; pueda con presteza abandonarlo todo para aceptar… me. Simón, es difícil aun para vosotros aceptarme, dejando todo lo pasado…

Pedro protesta:

–           ¡Nosotros te hemos aceptado!

–           No. ¿Sabes qué cosa es aceptarme? No es amarme, ni seguirme…  Esto es ya un gran mérito del Hombre que Soy Yo y que atrae vuestras simpatías. Aceptarme es aceptar mi doctrina que es igual a la antigua Ley Divina; pero que es completamente diferente de la de ella… De ese cúmulo de leyes humanas, que han venido amontonándose con los siglos, formando un códice y un formulario que no tiene nada de divino. (Y Jesús da una larga explicación de la diferencia de la Doctrina Cristiana que asimila la antigua Ley)

Cuando Jesús termina, invita a todos a ir a la sinagoga…

Pedro pregunta:

–           ¿Vas a hablar?

Jesús rechaza:

–           No. Soy un simple fiel. Ya hablé con los milagros esta mañana…

En la sinagoga, el sinagogo se vuelve hacia Jesús con deferencia y le pregunta:

–           ¿Vas a explicar la Ley?

Jesús rehúsa y como un simple fiel, participa en todas las ceremonias. Y aunque no habla, toda su actitud  es una predicación sobre el modo cómo se deben comportar y  la forma de orar. Todos los asistentes no le quitan los ojos de encima…

Jesús no se vuelve, ni siquiera cuando en el umbral de la sinagoga, se produce un ruido que distrae a muchos…

La ceremonia termina  y la gente sale  a la plaza, donde se encuentra la sinagoga.

Jesús es uno de los últimos en salir y se dirige a la casa que los hospedó, para tomar su alforja y partir…

Se encuentran con un grupo de escribas y de fariseos, que llaman a Bernabé.  Intercambian unas palabras y Bernabé va a donde Jesús está hablando  con Pedro y su primo Tadeo.

Bernabé dice:

–           Maestro, un grupo del Templo desea hablar contigo. Ellos vinieron de Giscala a buscarte, para que Tú no tuvieras que moverte…

Jesús contesta:

–           Está bien. Que vengan…

Pedro exclama intranquilo:

–           ¡Oh, no! ¡Escribas!… ¡Lo había dicho ya!

Jesús saluda reverente a los que tambien lo han saludado y pregunta:

–           ¿Qué queréis?

Calascebona contesta:

–           No fuiste, pero nosotros vinimos. Y para que nadie piense que pecamos contra el sábado,  a todos decimos que dividimos el camino en tres etapas.  La primera hasta que hubo luz crepuscular.  La segunda de seis estadios, mientras la luna iluminó los senderos.  La tercera terminó aquí y no pasó de la medida.  Esto por el bien de nuestras almas y por el de las vuestras. Pero pedimos tu sabiduría para nuestra inteligencia. ¿Estás enterado de lo que pasó en Giscala?

Jesús contesta:

–           Vengo de Cafarnaúm y no sé nada.

–           Escucha: un hombre estuvo ausente durante catorce meses de su casa, por razón de negocios. Cuando regresó, se enteró de que durante su ausencia su mujer lo había engañado y tuvo un hijo del amante.  El hombre mató ocultamente a su mujer, pero fue denunciado por otro que se enteró por una sierva y fue muerto el uxoricida.

El amante, que según la Ley debía ser lapidado, huyó y se refugió en Cades. El marido quería matar al hijo bastardo, pero la mujer que lo amamantaba, no se lo entregó. Ella se fue a Cades para persuadir al verdadero padre del recién nacido para que lo tomase bajo su cuidado, porque el marido de la nodriza se opone a tener al bastardo en su casa…

El hombre la rechazó junto con el hijo, diciendo que sería un estorbo en su huída.  ¿Cómo juzgas Tú el hecho?

–           No encuentro que cosa deba fallarse. El fallo justo o injusto ya se dio.

–           Según Tú, ¿Cuál fue el fallo justo y cual el injusto? Entre nosotros sufrió divergencia, acerca del suplicio del homicida.

Jesús los mira a todos fijamente.

Luego dice:

–           Hablaré. Pero antes responded con sinceridad a mis preguntas…

Calascebona:

–           Sí.

–           ¿El uxoricida, era nativo del lugar?

–           No. Se había establecido allí desde que se casó, porque su mujer era nativa de ahí.

–           ¿El adúltero era del lugar?

–           Sí.

–              ¿Cómo se enteró el marido de que había sido traicionado? ¿Era pública la culpa?

–           No lo era. Y no se comprende cómo pudo enterarse.  Ella se había ausentado por varios meses, diciendo que para no estar sola, se iba a Ptolemaide a casa de unos parientes y regresó diciendo que había tomado consigo, al hijo de una parienta suya, que había muerto al dar a luz.

–           ¿Era de conducta desvergonzada cuando estuvo en Giscala?

–           No. Todos nos quedamos sorprendidos de que Marcos hubiese tenido relaciones con ella.

Un hombre interviene y protesta:

–           Mi pariente no es culpable. Es inocente.

Jesús le pregunta:

–           ¿Es tu pariente? ¿Quién eres?

–           El primero de los ancianos de Giscala. Por eso quise que fuera condenado a muerte el uxoricida, porque no solo mató a alguien, sino que mató a una inocente. –Y mira torvamente al hombre de cuarenta años,  que está frente a él.

Éste replica airado:

–           La Ley dice que sea condenado a muerte el homicida.

Jesús lo mira y dice:

–           Tú querías que muriesen la mujer y el adúltero.

–           Así dice la Ley.

El anciano dice:

–           Si no hubiera habido otro motivo, nadie hubiera hablado.

Y se prende la disputa entre los dos de tal forma que se olvidan de Jesús…  Un verdadero altercado de dimes y diretes…

Calascebona impone silencio diciendo:

–           No se puede negar que se haya cometido el homicidio; como tampoco se puede negar que haya existido la culpa…  La mujer la confesó a su marido. Pero dejemos hablar al Maestro.

Jesús insiste:

–           Pregunto: ¿Cómo lo supo el marido? No me lo habéis contestado todavía… 

El anciano que defiende a la mujer dice:

–           Porque hubo alguien que la delató, apenas regresó.

Jesús baja los párpados, para evitar que su mirada acuse a alguien y dice:

–           Entonces Yo digo que este tal, no tenía limpio el corazón. 

El hombre de cuarenta años que quería la muerte de la mujer y del adúltero, brinca inmediatamente protestando:

–           No tenía yo hambre de ella.

El anciano le replica:

–           ¡Ah! ¡Ahora todo está muy claro! ¡Tú fuiste el soplón! ¡Lo sospechaba! Tú mismo te acabas de delatar… ¡Asesino!

–           Y tú que proteges al adúltero. Si no se lo hubieras comunicado, no se hubiera escapado. ¡Pero es tu pariente! ¡Así se hace justicia en Israel! Por eso defiendes la conducta de la mujer, por defender a tu pariente.  Por ella sola no te hubieras preocupado.

¿Y cómo te calificarías tú? ¿Tú que empujaste al marido contra su mujer, para vengarte de sus rechazos?…

–           ¿Y tú que eres el único que testimoniaste contra el marido? ¡Tú que pagaste a una sierva de aquella casa para que te ayudase, porque no es válido el testimonio de uno solo! Lo dice la Ley…

Calascebona y Jesús, tratan de aplacar a los dos que representan dos intereses y dos opiniones contrarias y que revelan el odio creciente entre las dos familias.

Lo logran con mucha dificultad y el delator, lleno de ira se vuelve contra Jesús:

–           ¡Tú tienes la culpa, Galileo! ¡Tú que proteges a las prostitutas!…

Jesús, tranquilo y con mucha solemnidad contesta:

–           No solo afirmo que el adulterio consumado es un delito contra Dios y el prójimo, sino que aun el que tiene deseos impuros por la mujer de otro es adúltero en su corazón y…

Jesús da un largo discurso sobre la Ley, el matrimonio, el amor y el adulterio.

Finaliza diciendo:

–           ¡Ay del delator de su prójimo! Aquí todos han faltado.  El marido: ¿Tenía en realidad necesidad de abandonar a su mujer por tanto tiempo? ¿La había tratado siempre con el amor que conquista el corazón de la compañera? ¿Se examinó a sí mismo, si antes de que su mujer lo engañase, él no la había engañado primero? La ley del Talión dice: ‘ojo por ojo y diente por diente’ Si dice esto para exigir la reparación, ¿Pero debe darla uno solo? No defiendo a la adúltera, pero afirmo: ¿Cuántas veces ella hubiera podido acusar de adulterio a su marido?

La gente comenta en voz baja y admirada de la sabiduría contenida en cada palabra y aprueban diciendo:

–           ¡Es cierto! ¡Es cierto!

Jesús prosigue:

–           Yo digo: ¿Por qué no temió a Dios, el que por venganza ha sido causante de una tragedia tan grande?… Todos son culpables… Todos. También los jueces que se dejaron llevar por motivos  contrarios a la venganza personal. (Jesús hace una larga exposición de en qué forma pecaron, todos y cada uno de los protagonistas de este drama, excepto la nodriza)

Uno solo es el inocente y de él me compadezco. ¿Quién de vosotros tendrá caridad del recién nacido y de Mí que sufro por él?…

Jesús mira a la multitud con ojos suplicantes…

Varios contestan:

–           ¿Qué quieres?

–           Recuerda qué es un bastardo…

–           ¡Quién querría hacerse cargo de los oprobios!

Jesús dice:

–           En Cafarnaúm hay una mujer que se llama Sarah. Es de Afeq y es mi discípula. Llevadle al niño y decidle: ‘Jesús de Nazareth te lo encarga’ Cuando el Mesías a quién esperáis haya fundado su Reino y puesto sus leyes que no anulan Palabra del Sinaí, sino que la perfeccionan con la caridad, los bastardos no dejarán de  tener madre, porque Yo seré el Padre de los que no tienen padre y diré a mis fieles: ‘Amadlos por amor mío’ Y muchas otras cosas serán cambiadas porque el amor substituirá a la violencia…

Creíais que al hacerme esta pregunta fuese a negar la Ley. Por eso me habéis buscado… Una vez más, de una cosa por demás sentenciad; habéis hecho instrumento de inquisidor, para sorprenderme en pecado… Dios os perdone una vez más el haber tratado de sorprender al Hijo del hombre…

Bernabé protesta:

–           ¡Yo no Maestro! ¡Yo no! Yo amo al rabí Gamaliel como un discípulo debe amar a su maestro: más que un padre. Más porque un rabí forma la inteligencia y ésta es más grande que el cuerpo.  Y por eso no puedo dejar a mi rabí por Ti… Pero mira, para darte mi saludo desde el fondo de mi corazón porque he comprendido la sabiduría y la justicia en todas y cada una de tus palabras tomo las del cántico de Judith: ‘Adonaí Señor, Tú Eres Grande y magnífico en tu Poder. Nadie puede superarte, nadie puede resistir tu Voz, los que te temen estarán siempre delante de Ti.’

Señor, bajaré a Cafarnaúm  y llevaré al niño a la mujer de la que hablaste… Tú ruega por mí, para que penetre en mí la Palabra que establece el Reino de Dios en nosotros… Ahora he comprendido. Nos engañamos… Y nosotros los discípulos, somos los menos culpables…

Calascebona lo interrumpe gritando furioso:

–           ¿Qué estás diciendo estúpido?

Bernabé le contesta:

–           ¿Qué, qué digo? Digo que tiene razón mi maestro. Y que quién tienta al Mesías, para un reino temporal es un Satanás; porque es un verdadero Profeta del Altísimo y la sabiduría está en sus labios. – se vuelve hacia Jesús- Maestro, ¿Qué debo hacer?

Jesús responde:

–           Meditar. Rogaré por ti…  – se vuelve hacia sus apóstoles- ¡Vámonos!

Y con los apóstoles cargando sus alforjas, empieza su camino dejando tras de sí, un mar de comentarios…

Sale de la sinagoga y atraviesa la plaza llena de gente. En la fuente, las palomas sacian la sed y las mujeres llenan sus cántaros. El día está soleado y hace calor.  Ramajes de higueras y sarmientos, desbordan por las paredes de los huertos que se extienden por las cuatro calles que llegan a la plaza. Sobre los emparrados cuelgan las uvas maduras bajo el sol del atardecer.

Pasa junto a un grupo de enfermos que lo están esperando, pero sólo los bendice y los consuela, diciéndoles que con el crepúsculo llegará la salud.  Acaricia amoroso a los niños que se apiñan a su alrededor.

rincón de la plaza hay una mujer ricamente vestida, que denota claramente que no es hebrea y que trae de la mano a un niño como de siete años, que está muy quieto y con la cabeza baja. Cómo Jesús se ha detenido con el grupo de niños, ella se inclina sobre el niño y le dice algo al oído…

El niño levanta la cabeza y su carita triste con los ojos cerrados, sin soltar la mano de la mujer grita con un lamento fuerte:

–           ¡Ten piedad de mí, Jesús!

Jesús se vuelve y mira. Acude inmediatamente y llega frente a ellos. Acaricia la cabecita inclinada y pregunta:

–           Mujer, ¿Es éste tu hijo?

Ella contesta:

–           Sí, Maestro. Es mi primogénito.

Jesús dice:

–           Entonces el Altísimo ha bendecido tu casa con una prole numerosa y el primero fue este varoncito, consagrado al Señor.

Ella comienza a llorar y responde:

–           Solamente tengo a este niño y tres niñas más pequeñas. Y ya no tendré más… –su voz se corta con un sollozo.

¿Por qué lloras mujer?

–           Porque mi niño está ciego, Maestro.

–           Y tú querrías que él viese… ¿Puedes creer?

–           Creo, Maestro.  Me dijeron que has abierto los ojos que estaban sin vista; pero mi hijo nació con los ojos secos. Míralo Jesús. Bajo sus párpados no hay nada…

Jesús levanta hacia Sí, la carita del niño, prematuramente seria y triste… Y con el dedo pulgar levanta los párpados… No hay globo ocular. Están totalmente vacías las cuencas…

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué viniste entonces mujer?

Porque… Sé que es cosa difícil tratándose de mi hijo… Pero si es verdad que Tú Eres el Esperado, puedes hacerlo…  Tu Padre hizo los mundos y el Universo completo… ¿No querrías Tú, que eres bueno, hacerle dos pupilas a mi hijito?

¿Crees tú que Yo venga del Padre, el Dios Altísimo?

–           Creo esto y creo que Tú todo lo puedes… 

Jesús la mira como indagando cuanta fe haya en ella y de qué pureza sea esta fe. Sonríe y luego dice al niño:

–           Niño, ven conmigo. – y lo lleva de la mano hasta una barda muy alta que está llena de plantas colgantes.

La madre los sigue temblando de emoción. La gente se agrupa a su alrededor…

Jesús pone al niño sobre una banca de piedra que está en el jardín y se yergue majestuoso. Parece hasta más alto y más robusto, con su túnica blanquísima y su manto azul oscuro. Su rostro trasluce la luz divina que se manifiesta cuando va a realizar un portentoso milagro. Levanta su cabeza y ora intensamente, sin abrir los labios…

Es una estampa formidable contemplar al Dios-Hombre, imponente y bellísimo como pocas veces…  Coloca sus dos manos abiertas sobre la cabeza del niño, con los dos pulgares cubriendo las órbitas vacías.

La oración se hace más ardiente, en un íntimo coloquio con el Padre Celestial…

La multitud y los incansables fariseos, capitaneados por Calascebona, contemplan expectantes la maravillosa escena…

Después de unos minutos, Jesús dice:

–           ¡Ve! ¡Lo quiero! Y alaba al Señor.  –Vuelve el rostro hacia la mujer y dice- Que tu fe reciba su premio. He aquí a tu hijo, que será tu honra y tu tranquilidad. Muéstralo a tu marido- Volverá a tu amor… Y tu hogar conocerá nuevos días felices, con la llegada de más varoncitos…

La mujer está impactada… Cuando Jesús retira los pulgares de los ojos del niño da un grito agudísimo de alegría, al ver que desde las órbitas que estuvieran vacías, la miran dos ojos bellísimos… idénticos a los de Jesús…

Ojos asombrados y llenos de estupor y de felicidad, bajo el mechón de los cabellos ondulados y negros…

Llorando y bendiciendo de alegría, con su hijo abrazado contra su pecho,  ella se arrodilla a los pies de Jesús y dice:

–           ¡Bendito seas Hijo de Dios! ¡También eso lo sabes! ¡Te adoro, Señor mío y Dios mío!… –y lo besa en los pies y en sus sandalias.

La mujer se levanta con la cara extasiada de felicidad y dice:

–           Oíd todos. Vengo de las lejanas tierras de Sidón. Vine porque otra madre sanada y salvada,  me habló del Rabbí de Nazareth. Mi marido que es judío y mercader, tiene en aquella ciudad sus negocios de comercio con Roma. Es rico y también fiel a la Ley… Dejó de amarme después de haberle dado un varoncito desventurado.

Le parí tres mujeres y luego me quedé estéril. Se alejó de su casa y yo sin haber sido repudiada, estaba en las mismas condiciones que una repudiada.  Sabía que él quería deshacerse de mí, para que otra mujer le diese los herederos capaces de mantener sus negocios y conservar sus riquezas.

Antes de partir fui a verlo y le dije: ‘Espera señor, espera a que regrese. Si vuelvo con mi hijo todavía ciego, repúdiame.  De otro modo no mates mi corazón y no niegues un padre a tus hijos.’

Él me juró diciendo: “Por la gloria del Señor mujer, te juro que si me traes al hijo sano, -no sé cómo podrás hacerlo, porque tu vientre no supo darle ojos; volveré a ti como en los días del primer amor.”  El Maestro no podía saber nada de mi dolor como esposa y sin embargo me ha consolado aun en esto. Gloria a Dios y a Ti, Dios, Maestro y Rey…

La mujer se ha postrado en tierra, besando los pies de Jesús y llorando de felicidad…

Jesús le dice:

–           Vete. Dile a Daniel tu marido, que El que creó el Universo y los mundos, ha regalado dos estrellas claras por pupilas a tu pequeño, consagrado al Señor.

Porque Dios es fiel a sus promesas y ha jurado que quien cree en Él verá toda clase de prodigios. Que sea fiel ahora al juramento que te hizo y que no cometa ningún pecado de adulterio… Di que Yo mando esto a Daniel. Vete. Que seas feliz. Te bendigo a ti, a este pequeñuelo y a todos tus seres queridos.

La multitud se deshace en alabanzas y Jesús se retira con los suyos a la casa que los hospeda, para descansar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

132.- EL ‘YO’ ENEMIGO…


Pasa de la medianoche y la luna ilumina el sendero solitario, por el que Jesús pasea lentamente; yendo y viniendo. Medita y ora. Pero está al tanto de lo que lo rodea. Escucha complacido el canto de un ruiseñor que entona una serie de arpegios y trinos tan fuertes y largos, que parece imposible que salgan de tan pequeño emplumado.

Levanta su rostro sonriente y cierra los ojos; para disfrutar el maravilloso canto. Cuando el ave termina, Jesús aplaude. Y mueve su cabeza asintiendo con satisfacción y una sonrisa de aprobación.

Se inclina sobre una mata de madreselvas en flor que despiden su perfume y que a la luz de la luna parecen de plata. Las admira. Las acaricia con la mano. Las huele… Y luego prosigue su paseo, mirando de vez en cuando hacia el lago que brilla como un espejo. Mira el plácido centellear de las estrellas, en la noche de verano y se sienta sobre una piedra, a los pies de un árbol muy alto. Apoya sus codos sobre las rodillas, con las manos entrelazadas y se sumerge en la Oración.

Después de un rato, una sombra sale de la espesura y lo llama:

–                       ¡Maestro!

Jesús pregunta:

–                       Judas. ¿Qué quieres?

–                       ¿Dónde estás, Maestro?

–                       A los pies del nogal. Acércate.

Jesús se pone de pie, para que Judas pueda localizarlo en el sendero bañado por la luz de la luna.

Jesús dice:

–                       ¿Viniste Judas a acompañar un poco a tu Maestro?  -poniéndole con cariño, un brazo sobre la espalda-  ¿O me necesitan en Corozaím?

–                       No, Maestro. No te necesitan. Tuve ganas de venir a donde estás.

–                       Bien. Los dos podemos sentarnos sobre esta piedra. Ven.

Se sientan juntos. Silencio. Judas no habla. Lucha…

Jesús trata de ayudarlo:

–                       ¡Qué hermosa noche, Judas! Mira como todo está limpio. Me imagino que así fue la primera noche que Adán durmió sobre la tierra en el paraíso terrestre. Mira cómo huelen esas flores. Huélelas, pero no las cortes. No he querido cortarlas para no profanarlas.

¡Qué bella es la vida cuando se emplea en el bien! y estas flores perfuman y proporcionan miel a las abejas y a las mariposas. Sí hubieras venido antes, hubieras oído a un pajarillo cantar tan dulcemente su alegría de vivir y su deseo de alabar al Señor. ¡Qué hermosos pájaros! ¡Qué bien sirven de ejemplo al hombre! Se contentan con poco y sólo de lo que es lícito…

Y Jesús expone las maravillas que ha contemplado de la Creación… Y la bondad de Dios al crearlas y la bondad de las criaturas al corresponder con los dones que les fueron dados.

Judas no dice nada. También él piensa… Luego…

Judas dice:

–                       ¡Qué bello es oírte hablar así, Maestro! Todo se ilumina a los ojos de uno, a la mente, al corazón… Y todo parece más fácil. Hasta el decir: ‘Quiero ser bueno’ Hasta decirte… Hasta decirte… decirte: Maestro también yo tengo mi alma intranquila. No tengas asco de mí, Maestro…  Tú que tanto amas lo puro.

Jesús lo mira con bondad y pregunta:

–                       ¡Oh, Judas! ¿Qué Yo tenga asco? Amigo mío, hijo mío. ¿Qué cosa te perturba?

–                       Tenme contigo, Maestro. Tenme junto a Ti… He jurado ser bueno desde que me hablaste tan hermosamente. He jurado volver a ser el Judas de los primeros días, que te seguía y que te amaba con mi alma, como el novio a la novia. Y no anhelaba otra cosa, más que a Ti. Y encontraba en Ti, toda mi alegría. Así te amaba, Jesús…

–                       Lo sé. Y por esto te amé… Y te sigo amando…  ¡Oh, pobre amigo mío! ¡Qué herido estás!…

–                       ¿Cómo sabes que lo estoy?…  ¿Sabes de qué cosa?…

Silencio.

Jesús mira a Judas con unos ojos tan dulces… Parecen como si las lágrimas los hiciesen más dulces y disminuyeran su fulgor. Ojos de niño inocente e indefenso, que se entrega por completo al amor.

Judas se echa a sus pies, con la cara sobre las rodillas y comienza a llorar.

–                       Tenme contigo, Maestro. Tenme…  -se abraza a Él como un niño que busca protección-  … Mi carne aúlla como un demonio. Y si cedo, entonces todos los males se dejan venir. Sé que lo sabes, pero que esperas a que lo confiese… Es muy duro Maestro, decir: ‘He pecado’

–                       Lo sé, amigo mío. Por esto sería necesario obrar bien. para no verse uno obligado a decir: ‘Pequé’. Con todo, Judas. También en esto se encuentra una buena medicina. El tener que hacer un esfuerzo para confesar la culpa, lo detiene a uno. Y si se cometió, la pena que se siente al acusarse, es ya penitencia que redime. Si después uno sufre, no ya por honra propia, ni por miedo al castigo; sino porque uno sabe que al faltar ha causado dolor…  Entonces Yo te lo digo, la culpa se borra. Es el amor el que salva.

–                       Yo te amo, maestro. Pero soy débil… ¡Oh!… ¡No puedes amarme!… Eres puro y amas a los puros. No puedes amarme porque yo soy… Yo soy… ¡Oh!… ¡Jesús quítame el hambre del placer! Sabes qué clase de demonio es.

–                       Lo sé. No obedecí a su voz. Pero sé qué clase de voz sea.

–                       ¿Lo ves? ¿Lo ves? Te causa tanto asco que con solo decirlo, tu rostro cambió… ¡No puedes perdonarme!

–                       Judas, ¿No te acuerdas de María y de Mateo? ¿Del publicano que se hizo leproso? ¿Y de la prostituta romana a la que le profeticé que se iría al Cielo, porque después de que la perdoné, viviría santamente?

–                       Maestro… Maestro… Maestro… ¡Qué dolencia tengo en el corazón! Esta noche escapé de Corozaím. Porque si me hubiera quedado, estaba perdido. ¿Sabes? Es como quien bebe y se emborracha. El médico le quita el vino y cualquier bebida alcohólica. Se cura y sana. Hasta que vuelve a sentir el sabor…

Pero si cede sólo una vez y vuelve a saborearlo. Siente una sed… una sed por beber… tan fuerte que no resiste más. Y bebe y bebe. Y se enferma de nuevo… Enfermo para siempre… Loco… Poseído… Poseído por su demonio. Por ese demonio suyo… ¡Jesús! ¡Jesús, Jesús!… no lo digas a los demás. No lo digas… Tengo vergüenza con todos.

–                       Pero no de Mí.

Judas entiende mal.

–                       ¡Es verdad! ¡Perdóname! Debería de tener más vergüenza de Ti, que de cualquier otro, porque eres Perfecto…

–                       ¡No hijo! No quería decir esto. Tu dolor, tu angustia, tu humillación, que no sean un velo. Dije que puedes avergonzarte de todos, pero no de Mí. Un hijo no tiene miedo, ni vergüenza de su buen padre. Y un enfermo de un buen médico. Al uno y al otro debe decirse todo sin temor. Porque el uno ama y perdona y el otro comprende y cura. Yo te amo y te perdono y por eso te comprendo y te curo.

Pero dime Judas, ¿Qué es lo que te pone en las manos de tu demonio?¿Acaso Yo?… ¿Los hermanos?… ¿Las mujeres de mala vida?… NO.  Es tu voluntadAhora te perdono y te curo… ¡Me has dado una gran satisfacción, Judas! Estaba muy contento con esta noche serena, perfumada, llena de trinos y de alabanza al Señor. Pero la alegría que me has dado, supera todo. Estoy feliz con tu buena voluntad.

Pronto será el alba. Las tinieblas de la noche con sus fantasmas, van desapareciendo. Mira qué rápido ha pasado el tiempo, que de no haber venido a Mí, lo hubieras pasado entre el hastío y el remordimiento. Ven siempre, cuando tengas miedo de ti, Judas.

El propio ‘yo’ es un gran amigo, un gran tentador, un gran enemigo y un gran juez. Y mira, es amigo bueno y  fiel, si eres bueno. Sabe ser amigo falso, si no eres bueno. Y después de que te sirvió de cómplice para hacerte caer, se convierte en juez inexorable y te atormenta con sus reproches… Sus reproches son crueles… ¡No Yo!…

Bueno. Vámonos. La noche está terminando.

–                        Maestro, no te dejé descansar. Y hoy tendrás que hablar tanto…

–                       He descansado con la alegría que me diste. No tengo mejor descanso que decir: ‘Hoy he salvado un alma que estaba a punto de perecer’ Ven. Ven. Vamos a Corozaím. ¡Si esta ciudad, Judas; supiese imitarte!…

–                       Maestro, ¿Qué dirás a mis compañeros?

–                       Nada, si no me lo preguntan. Si preguntan, diré que hablábamos de las misericordias de Dios. Es un tema real y sin límites.

Y bajan… Ambos son altos. Ambos son bellos, pero de un modo diferente. Desaparecen tras un grupo de árboles…

Entre los montes fértiles y llenos de bellos bosques, se encuentra Giscala; en uno de los panoramas más hermosos de Palestina. Antes de atravesar el poblado, se detiene para acariciar a los niños de un pastor que lo ha reconocido y le ofrece leche para Él y para los apóstoles.

Mientras están descansando en la llanura junto al rebaño, se le acerca a Jesús una anciana que sin reconocerlo, empieza a contarle sus penas familiares y la aflicción que le produce una nuera caprichuda e irrespetuosa…

Aunque Jesús la compadece, la exhorta a ser paciente y a persuadir con la bondad. Y finalmente le dice:

–                       Debes ser para ella madre, aunque no sea tu hija. Dime la verdad, si en vez de ser tu nuera fuera tu hija, ¿Te parecerían tan enormes sus defectos?

La mujer piensa y luego responde:

–                       No… una hija es siempre una hija…

–                       Y si una hija tuya te dijese que en la casa de su esposo, la madre de él la maltrata,  ¿Qué dirías?

–                       Que es mala, porque debería enseñar bondadosamente las costumbres de la casa, pues cada una tiene las suyas, sobre todo si la esposa es joven. Le diría que se acordase de cuando fue esposa joven, de que fue feliz al amar a su suegra, si tuvo la suerte de que ésta fuera buena… o de que había sufrido, si se encontró con una mala. Y que no hiciera sufrir lo que no sufrió o de no hacerlo, porque por experiencia sabe lo que es sufrir. ¡Defendería a mi hija!

–                       ¿Cuántos años tiene tu nuera?

–                       Dieciocho, Rabbí. Hace tres años que se casó con Santiago.

–                       Muy joven. ¿Es fiel al marido?

–                       Sí. Siempre está en casa y es toda amor por él y por sus hijos: el pequeño Leví y la pequeñita Anna que se llama como yo. Nació en la Pascua y ¡Es muy bella!

–                       ¿Quién quiso que se llamase Anna?

–                       María mi nuera. ¡Eh! Leví se llamaba el suegro y Santiago le puso este nombre al primogénito. María cuando dio a luz a la niña dijo: ‘A ésta se le dará el nombre de nuestra madre’

–                       ¿Y no te parece que éste sea amor y respeto?

La viejecilla piensa…

Jesús insiste:

Ella es honesta. Siempre en casa, es amorosa tanto como mujer, que como madre y deseosa de darte alegrías… Pudo haber puesto a su hija el nombre de su madre y sin embargo le puso el tuyo. Honra tu casa con su conducta…

–                       Si. No es como esa sinvergüenza de Jezabel.

–                       Y luego. ¿Por qué te lamentas y tú misma te afliges? ¿No te parece que quieres tener dos medidas al juzgar de manera diferente a tu nuera, de lo que harías con tu hija?

La mujer llora amargamente y finalmente brota de su corazón, la eterna razón de los prejuicios y los conflictos de las suegras…

–                       Es que… Es que… Me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes él era todo para mí y ahora la ama más que a mí…

–                      ¿No te da nada tu hijo? ¿Te descuida desde que se casó?

–                       Si. No es como esa sinvergüenza de Jezabel.

–                       Y luego. ¿Por qué te lamentas y tú misma te afliges? ¿No te parece que quieres tener dos medidas al juzgar de manera diferente a tu nuera, de lo que harías con tu hija?

La mujer llora amargamente y finalmente brota de su corazón, la eterna razón de los prejuicios y los conflictos de las suegras…

–                       Es que… Es que… Me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes él era todo para mí y ahora la ama más que a mí…

¿No te da nada tu hijo? ¿Te descuida desde que se casó?

Jesús sonríe bondadosamente ante la celosa madre.

Pero no la reprende. Compadece sus sufrimientos y trata de curarlos. Le extiende el brazo sobre  sus hombros, poniendo su manto sobre la espalda  y la abraza diciendo:

–                       Madre, ¿Y acaso no está bien que así sea? Tu marido lo hizo contigo y su madre no lo perdió del todo, como dices y piensas sino sólo en parte; porque tu esposo compartió su amor entre su madre y tú.

El padre de tu marido dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos. Y así de generación en generación, hasta Eva: la primera madre que vio cómo sus hijos condividian el amor que antes era exclusivo de ella y de Adán con sus esposas.

Acaso no dice el Génesis: ‘He aquí finalmente el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre por ella abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne…’

–                       Esas fueron palabras de un hombre…

–                       Sí. ¿Pero de qué Hombre?… El inocente estaba en gracia y reflejaba absolutamente la Sabiduría que lo había creado y conocía la verdad.  Por la Gracia e inocencia, poseía en modo completo, también los otros dones de Dios. Con los sentidos sujetos a la razón, tenía una inteligencia clara, que no estaba ofuscada con los vapores de la concupiscencia. Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras llenas de verdad y fue profeta. ¿Tú sabes que profeta quiere decir el que habla en nombre de otro?

Y cómo los verdaderos profetas hablan siempre  de cosas pertinentes al tiempo presente y a la carne; porque en los pecados de la carene y en los sucesos del tiempo actual, están las semillas de los castigos futuros… O los hechos del futuro, tienen su raíz en un evento antiguo.  Por ejemplo, la venida del Salvador tiene su origen en la Culpa de Adán…

Y los castigos de Israel predichos por los profetas, nacen de la conducta de Israel. De igual modo el que mueve los labios para decir cosas del espíritu, no puede ser sino el Espíritu Eterno que todo lo ve en tiempo presente. Y el espiritu Eterno habla en los santos, porque no puede habitar en los pecadores. Adán era santo, esto es existía en él la justicia completa, así como también todas las virtudes, porque Dios había infundido en él la plenitud de sus dones.

Ahora para llegar a la justicia y a la posesión de las virtudes, el hombre debe trabajar mucho, porque el incentivo al mal, existe en él.

En Adán no existían tales incentivos. La Gracia lo hacía un poco inferior a Dios, su Creador. Por esto, de sus labios brotaban palabras de un sabio. Así pues, son verdaderas estas palabras: ‘El hombre dejará a padre y madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.’

Tanto es cierto, que el Buen Dios siempre dispuesto a consolar a madres y padres, puso en la Ley el Cuarto Mandamiento: ‘Honra a tu padre y a tu madre’

Mandamiento que no termina cuando el hombre se casa, sino que se mantiene. Instintivamente los buenos honraban a sus padres, aún después de haberse separado de ellos, para formar una nueva familia.

A partir de Moisés es una obligación de la Ley y esto para suavizar los dolores de los padres a quienes muchas veces olvidaban sus hijos después de su matrimonio.

Pero la Ley no borró el dicho profético de Adán: ‘El hombre dejará padre y madre por su mujer’ Fueron palabras que dijo un justo y siguen vigentes. Reflejaban el pensamiento de Dios y el pensamiento de Dios es inmutable, porque es perfecto.

Tú madre, debes pues aceptar sin egoísmos, que tu hijo ame a su mujer y también serás santa. Por otra parte cualquier sacrificio, tiene ya una recompensa acá en la tierra.  ¿No te sientes dichosa de besar a los hijos de tu hijo? ¿Y no te es placentera la noche cuando te entregas al sueño, sabiendo que tienes a una hija cercana, en lugar de las otras que ya no tienes en casa?

La mujer exclama asombrada:

–                       ¿Cómo sabes que mis hijas mayores que mi hijo, están casadas y viven lejos? ¿Acaso eres también un profeta? Rabbí, lo Eres. Y eso lo demuestran los flecos de tu vestido. Y aunque no los tuvieses lo declaran tus palabras, pues hablas como un doctor. ¿Acaso eres amigo de Gamaliel? Antier estuvo aquí. Ahora no sé… Venían con él muchos rabinos y muchos de sus discípulos predilectos. Tal vez llegas tarde.

–                       Conozco a Gamaliel, pero no voy a donde está. Ni siquiera entro en Giscala…

–                       ¿Pero quién eres? Ciertamente un Rabbí. Hablas mejor todavía que Gamaliel… Entonces haz lo que te dije y tendrás paz en ti.  Adiós madre. Yo sigo mi camino, tú entra en la ciudad.

–                       ¡Me llamas madre! Los otros rabinos no son tan humildes para con una pobre mujer… La que te llevó en el vientre debe ser más santa que Judith, si te dio ese dulce corazón para con todas las criaturas…

–                       Santa lo es en realidad.

–                       Dime su nombre.

–                       María.

–                       ¿Y el tuyo?

–                       Jesús.

–                       ¡Jesús!

La mujer lo mira estupefacta y se queda como paralizada.

Jesús dice:

–                       Adiós mujer, la paz sea contigo.

Y Jesús se va ligero, casi corriendo antes de que ella reaccione.

Los apóstoles lo siguen con igual premura, en medio del revoloteo de vestidos.

En vano los siguen los gritos  de la mujer que suplica:

–                       ¡Deteneos! ¡Jesús, Rabbí detente! ¡Quiero decirte una cosa…!

Aflojan el paso hasta que lo tupido del bosque nuevamente los ha escondido y solamente se ve el camino solitario, que lleva a Giscala.

Bartolomé dice:

–                       ¡Qué hermoso le hablaste a esa mujer!

Santiago de Alfeo observa:

–                       ¡Una lección de doctor!  ¡Lástima que estuviera ella sola!…

Pedro exclama:

–                       ¡Quiero grabarme esas palabras!

Tomás comenta:

–                       La mujer comprendió o medio comprendió, después que escuchó tu Nombre… Ahora va a ir a divulgarlo a la ciudad…

Judas de Queriot dice en voz baja:

–                       Con tal de que no provoque a las avispas y nos las eche encima…

El siempre optimista Andrés replica:

–                       ¡Estamos lejos!… Entre estos
bosques no se dejan rastros y nada nos perturbará…

Jesús contesta a todos:

–                       ¡Aunque nos las echase encima! Es la paz de una familia que se ha vuelto a cimentar…

Pedro se lamenta:

–                       ¡Pero cómo son! Todas las suegras son iguales…

Varios dicen:

–                       No. Hemos conocido algunas buenas.

–                       ¿Te acuerdas de la suegra de Yerusa de Docco?

–                       ¿Y qué dices de la suegra de Dorcas, de Cesárea de Filipo?

Pedro contesta al último:

–                       ¡Claro que sí Santiago!… Hay una qué otra buena… –pero es evidente que piensa que la suya es un tormento.

Jesús dice:

–                       Detengámonos a comer. Luego descansaremos para llegar al poblado del valle, para pernoctar allí.

Se detienen en un claro del bosque, junto a una caída de agua… El horizonte hacia los montes del Líbano, presenta un espectáculo maravilloso allá en lontananza…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

131.- JUICIO INFANTIL


La tarde declina y el sol ya no está tan abrasador. Jesús y los once apóstoles bajan por la pendiente, hacia la llanura de Esdrelón, acompañados por  el pastor Isaac y Marziam. Los apóstoles van callados y pensativos…

El jovencito está muy contento porque el Maestro lo lleva hacia las tierras de Yocana, para visitar a su abuelo.

Marziam dice:

–           Me alegro tanto de no haberme comido la miel que me dio mi madre Porfiria, porque tenía la esperanza de que el Señor alegrara mi corazón y me permitiera volver a ver a mi viejo padre.  Nos sé porqué, pero desde hace algunos días lo recuerdo constantemente y siento como si me llamase. Se lo dije a Porfiria y ella me contestó: ‘Lo mismo me sucede a mí, cuando Simón está lejos’. Lo extraño es que antes, esto nunca me había pasado.

Pedro contesta:

–           Porque antes eras un niño; ahora eres un hombrecito  y tu mente ha madurado.

–           Traigo también dos quesos, frutas y unos racimos de uvas. Es lo poco mío que he traído para llevárselo a mi amado padre.  También una túnica de cáñamo y un vestido. Porfiria quería emplear el material para mí; pero le dije: ‘Si me amas, hazlos para mi abuelo. Siempre anda harapiento, trabajando muy acalorado con sus vestiduras de lana.’ Ahora se sentirá fresco.

Y mientras tú te has quedado sin vestiduras frescas y sudas como una esponja con tus vestidos de lana.

–           ¡Oh, eso no importa! Muchas veces cuando estaba yo en el bosque, mi abuelo se quedó sin comer porque me daba su comida… ¡Hasta ahora puedo darle yo alguna cosa! ¡Cómo quisiera ahorrar lo suficiente, para poder liberarlo!

Andrés pregunta:

–           ¿Cuánto has ahorrado hasta ahora?

Marziam contesta:

–           Poco. Con los pescados vendidos, he logrado ahorrar ciento diez didracmas. Pero dentro de poco venderé los corderos y entonces… ¡Oh! Si lo pudiese hacer antes de que llegue, los fríos vientos del invierno…

Nathanael pregunta a Pedro:

–           ¿Te lo llevarías a tu casa?

Pedro confirma:

–           Sí. No nos moriremos de hambre si ese pobre viejo toma un bocado de nuestro plato…

–           Y además… Puede trabajar en alguna cosilla… Ir a Betsaida. ¿Verdad Felipe?

Felipe contesta:

–           Cierto… Te ayudaremos Simón. Y haremos felices a nuestro buen Marziam y al viejo.

Tadeo dice:

–           Esperemos que no esté Yocana.

Isaac concluye:

–           Me adelanto a decírselo…

Rápidos caminan bajo los rayos de la luna y en un determinado punto, Isaac se separa y apresura más el paso. Los demás lo siguen lentamente. Hay un gran silencio en la llanura, pues hasta los ruiseñores están callados.

Avanzan hasta encontrarse con dos figuras oscuras, que corren hacia ellos.

Juan dice:

–           Uno es Isaac sin duda. El otro tal vez sea Miqueas o el mayordomo… No alcanzo a distinguir.

En realidad el otro es el intendente que viene junto con Isaac y se ve muy consternado. Se Acerca a Jesús.

Y le dice:

–           Maestro… Marziam… Pobre hijo… Venid pronto… – se vuelve hacia el jovencito- Abel, tu padre está muy enfermo… muy…

Marziam grita lleno de dolor:

–           ¡Ah, Señor!

Jesús lo toma de la mano y dice:

–           ¡Vamos! ¡Vamos!… Ten valor Marziam…  –y volviéndose a los apóstoles agrega- ¡Seguidnos!

El mayordomo dice alejándose:

–           Sí. Pero hacedlo despacio…  Tomad en cuenta que está Yocana.

Llegan hasta la casa de Miqueas y al verlo, comprenden que el pobre anciano está agonizando…

Marziam se inclina sobre el camastro y en voz alta le dice:

–           ¡Papá! ¡Papá! ¡Soy Marziam! ¿Me oyes? ¡He venido a verte! ¡Soy Yabé! ¡Tú Yabé!…

El moribundo continúa ausente… Su cuerpo está flojo, con el color cenizo… Su cara muy pálida y en los ojos, el velo de la muerte…

Marziam se vuelve angustiado hacia Jesús:

–           ¡Oh, Señor! ¡No me oye y no me reconoce!… Ven aquí… ¡Cúralo! Haz que me vea y que me hable… –Marziam se dobla sobre sí mismo por el inmenso dolor y pregunta-  ¿Acaso tengo qué ver que todos los míos mueran así, sin que me den el último adiós?

Jesús se acerca. Se inclina sobre el agonizante y le pone una mano sobre la cabeza diciendo:

–           Hijo de mi Padre, óyeme…

Como alguien que despierta de un profundo sueño, el anciano aspira profundo…

Abre sus ojos ya vidriados que miran con vaguedad las dos caras que tiene frente a sí… Intenta hablar; pero parece como si tuviera la lengua pegada y aunque hace el esfuerzo, no puede… Finalmente sonríe… Comprende lo que está sucediendo y trata de buscar las dos manos de los seres más amados para él en este mundo: la de Jesús primero y luego la de su nieto… Cuándo las encuentra trata de llevarlas a sus labios resecos, para besarlas.

Marziam, entrecortado por los sollozos, dice:

–           Padre… vine… ¡Tanto que pedí por venir!…  Te quería decir que pronto vendré por ti… Pagaré para liberarte y para que vivas conmigo… En la casa de Simón y de Porfiria que son muy buenos… Muy buenos con tu Yabé…  y con todos… Con todos están llenos de amor…

El pobre siervo moribundo logra soltar la lengua y con mucho esfuerzo dice:

–           Dios los recompense… pero ya es tarde… Voy con Abraham… Donde no sufriré más…  –mira a Jesús y pregunta con ansiedad-  ¿Verdad Señor que es así?…

Jesús contesta con dulzura:

–           Así es. ¡Está en paz! –luego se yergue con la majestad de Dios y con infinita autoridad declara- Yo con mi poder de Juez y Salvador, ¡Te absuelvo de todo cuanto en la vida hayas podido haber hecho de mal o del bien que hayas omitido hacer! ¡Y de tus reacciones contra la caridad y contra quién te ha odiado! De todo te perdono hijo… ¡Vete en paz!…

Jesús ha levantado la mano en alto y luego ha extendido sus dos brazos, como si estuviese ante un altar y Él cómo Sumo Sacerdote, las extendiese para consagrar a su víctima…

Marziam llora, mientras el anciano sonríe dulcemente y murmura:

–           En paz y con tu ayuda me duermo… – y se reclina.

Marziam grita:

–           ¡Padre! ¡Papá!… ¡Oh! ¡Se muere, se muere! Démosle un poco de miel… Tiene la boca seca… está frío… la miel da calor… –y trata de buscar con la mano que le soltó su abuelo en la alforja, pues tiene la otra ocupada en sostenerle la cabeza.

En el umbral, los apóstoles se han quedado mudos.

El drama de la muerte, no es fácil de asimilar…

Jesús dice:

–           Hazlo, Marziam. Yo lo sostengo… –y dirigiéndose a Pedro agrega- Simón de Jonás, ven aquí…

Pedro está muy conmovido y se acerca…

Marziam intenta dar un poco de miel a su abuelo, mete un dedo en el frasco… lo saca lleno de miel que pone con mucha ternura en los pálidos labios de su abuelo, que abre sus ojos y lo mira…

Le envía una última sonrisa, diciendo:

–           Está sabrosa…

Marziam, con el rostro bañado de lágrimas, consigue decir:

–           Dios hizo que las abejas la hicieran para ti…  Y Porfiria te hizo los vestidos de cáñamo fresco y hay uno de algodón…

El anciano levanta una mano vacilante e intenta ponerla sobre la cabeza inclinada sobre él…

Luego, con una radiante sonrisa dice:

–           Eres bueno. Más que la miel… El que seas bueno… que lo seas… me consuela… Pero tú miel ya no me sirve más…. ni tampoco los vestidos frescos… guárdalos…  Que sean para ti… Te los doy con mi bendición…

Marziam cae de rodillas. Llora con la cabeza apoyada en la orilla del camastro…

Su voz es un grito ahogado:

–           ¡Me quedo sólo! ¡Siempre sólo! ¿Por qué me siento tan sólo?…

Pedro da la vuelta alrededor del lecho. Acaricia los cabellos de Marziam y con voz áspera y llena de emoción, exclama:

–           ¡No! ¡Sólo, no!… Te quiero mucho. Porfiria te quiere mucho… Los discípulos y muchos hermanos… Y además… También está Jesús… ¡Jesús que te quiere muchísimo!… ¡No llores hijo mío!…

Marziam recupera el equilibrio en su inmenso dolor y exclama:

–           ¡Tú hijo!… ¡Sí!… soy feliz… ¡Señor! Señor…

El abuelo de Marziam lanza sus últimos estertores… y siente que el fin ha llegado…

Jesús le pasa el brazo bajo los hombros para sostenerlo junto a Sí… Lo levanta y lentamente recita:

–           Levanto mis ojos a los montes, de dónde me vendrá el auxilio…

Y continúa con todo el Salmo 120. Cuando termina, mira al anciano que muere plácidamente entre sus brazos.  Empieza a recitar el Salmo 121, pero solamente llega hasta el versículo cuarto y se interrumpe diciendo: ‘Vete en paz, alma justa.’  Lo reclina despacio y  muy cuidadosamente… Y le cierra los párpados.

Es una muerte muy tranquila de la que nadie, excepto Jesús; se ha dado cabal cuenta. Pero lo notan por la acción del Maestro y se forma inmediatamente una algarabía. Jesús ordena que se callen. Y da la vuelta al lecho; se acerca a Marziam…

El jovencito llora con la cabeza inclinada sobre su abuelo y no se ha dado cuenta de nada…

Jesús se inclina y lo abraza.

Tratando de levantarlo le dice con mucha compasión:

–           Marziam… Ya está en paz. No sufre más. La mayor gracia que Dios le concedió, es la muerte… Y en los brazos del Señor… No llores, hijo querido. Míralo qué tranquilo está… Qué sereno… Pocos en Israel han logrado el premio que éste justo obtuvo, al morir sobre el pecho del Salvador. Ven aquí entre mis brazos… ¡No estás solo! Está Dios y eso es todo. Él te ama en lugar de todo el mundo…

Es muy dolorosa esta escena, pero Marziam encuentra las fuerzas para decir:

–           Muchas gracias Señor, por haber venido. También tú, Simón por haberme traído.  A todos… A todos gracias… Por lo que me disteis para él… Ya no sirve más…  Pero los vestidos, sí. Somos pobres. No podemos embalsamarlo. –su voz se corta con un sollozo- ¡Oh, padre mío!… Ni siquiera te puedo ofrecer un sepulcro…  Pero si tenéis confianza en mí… Haced los gastos y para Octubre os daré el dinero que haya obtenido por los corderos y los pescados…

Pedro exclama:

–           ¡No! Todavía tienes un padre… Recuerda. Yo me encargo de ello.  Aunque tenga que vender una barca, tributaremos al abuelo todos los honores. Lo que necesitamos saber, es quién anticipa y quién da el sepulcro…

El mayordomo de Yocana dice:

–           En Jezrael hay discípulos entre la población. No nos negarán nada. Voy inmediatamente y para eso de las nueve regresaré…

Jesús dice:

–           Bien. Pero, ¿Y el fariseo?

–           No os preocupéis. Le voy a avisar que hay un muerto… Y por no contaminarse, no saldrá de la casa. Me voy…

Mientras Marziam llora inclinado sobre el cadáver de su abuelo y lo acaricia… Jesús en voz baja, habla con los apóstoles e Isaac. Miqueas y los demás van y vienen haciendo los preparativos de los últimos honores que rendirán a su compañero muerto.

La semana siguiente…

Es sábado y la gente está reunida en la sinagoga de Cafarnaúm. Jesús está hablando y Jairo está a su lado muy atento…

Los apóstoles están en grupo, cerca de la puerta que da al jardín, a un lado de Jesús. Al parecer ya hubo un choque entre los Fariseos y Jesús, pues el pueblo está inquieto… Pero Jesús exhorta a la paz, al perdón, diciendo que en corazones turbados, no puede penetrar con fruto la Palabra de Dios.

Alguien entre la gente, grita:

–                       No podemos tolerar que te insulten.

Jesús dice:

–                       Dejádselo a mi Padre y vuestro. Imitadme a Mí. Tolerad. Perdonad. Respondiendo insulto con insulto, no se persuade a los contrarios.

Iscariote protesta:

–                       Pero tampoco con una mansedumbre perpetua. ¡Te dejas pisotear!…

–                       Tú, apóstol mío; no des escándalo con tu ira y con tu crítica.

Alguien defiende:

–                       No. Tu apóstol tiene razón. Sus palabras son justas…

Jesús confirma:

–                       No es justo un corazón que las medita. Ni el del que las escucha. Quien quiera ser mi discípulo debe imitarme. Yo tolero y perdono. Soy bondadoso, humilde, pacífico. Los iracundos no pueden estar conmigo; porque son los hijos del siglo y de sus pasiones. En el Libro cuarto de los Reyes…

Y Jesús habla largamente de la crueldad  y de sus consecuencias…

Cuando termina, salen de la sinagoga. Se dirigen a la casa de José, donde Iscariote dice que han dejado a Samuel.

Cuando entran lo encuentran hecho un ovillo, en un rincón.

Jesús ordena:

–                       Ven aquí.

Samuel exclama:

–                       ¡No me maldigas!

–                       Para hacerlo no hubiera sido necesario que te llamara que vinieras aquí. ¿No tienes nada que decirme?

Jesús se muestra severo. Pero al mismo tiempo lo anima.

El hombre lo mira. Luego estalla en lágrimas. Y grita arrojándose a los pies de Jesús:

–                       Si Tú no me perdonas, no tendré paz.

–                       Cuando te dije que fueras bueno, ¿Por qué no lo hiciste? Ya es tarde ahora para reparar. Tu madre ha muerto.

–                       ¡Ah, no me lo digas! ¡Eres cruel!

–                       No. Soy la Verdad. Verdad te decía cuando te anunciaba que matarías a tu madre. Entonces te burlabas de Mí. ¿Por qué me buscas ahora? Tu madre ha muerto. Continuaste pecando aun cuando sabías lo que estabas haciendo. Yo te lo advertí. Tu culpa es mayor, ya que pecaste a propósito rechazando la Palabra y el Amor. ¿Por qué te lamentas ahora porque no tienes paz?

–                       ¡Señor! ¡Señor! ¡Ten compasión! Yo era un necio y me curaste. Tengo esperanza en Ti. Antes desesperaba de todo. No me mates mi esperanza…

–                       ¿Y por qué desesperabas?

–                       Porque hice que se muriera mi madre de dolor. Aún la tarde que estaba agonizando, no tuve piedad. ¡La maté, Señor! ¡La maté! En esa noche murió… Y lo único que me recomendó fue que fuese bueno. ¡Yo la maté!…

–                       Hace años que la mataste, Samuel. Cuando dejaste de ser un hombre justo. ¡Pobre Esther! ¡Cuántas veces la vi llorar!… No debería perdonarte. Pero dos madres han rogado por ti y tu arrepentimiento es sincero. Por eso te perdono.

Borra del corazón de tus conciudadanos con una vida intachable el recuerdo de lo que fuiste. Y trata de volver a amar a tu madre. Pero acuérdate bien de que tu pecado fue muy grande y por lo tanto tu vida debe ser buena, para borrar la deuda.

–                       ¡Oh! Eres bueno. No como ese de los tuyos que acaba de salir y ¡Que fue a Nazareth sólo para infundirme terror!…Amenazándome por mis pecados…

Jesús voltea y de los apóstoles solo falta Iscariote. Y comprende que fue él, el que se portó mal con Samuel.

Para no criticar a Judas como apóstol, dice:

–                       Cualquier hombre no puede sino mostrarse severo con tu pecado. Cuando se comete el mal sería necesario pensar que los hombres juzgan… Pero no le guardes rencor. ¡Vamos! Levántate. Aquí estás entre personas de buen corazón y hay júbilo porque has cambiado. Te encuentras entre hermanos que no te desprecian; porque cualquier hombre puede pecar; pero es ruin cuando persiste en seguir pecando.

–                       Te bendigo Señor. No sé cómo agradecértelo. Ha regresado la paz a mí.  –Y llora con un llanto tranquilo y silencioso.

–                       Da gracias a mi Madre. Si estás perdonado y curado es gracias a Ella. Comeremos juntos…

Y Jesús sale, dejándolo con María.

Cuando está afuera, un picarillo lloriquea pegado a sus rodillas.

–                       ¿Por qué estas llorando Alfeo?  -pregunta Jesús inclinándose para besarlo.

El niño no contesta nada. Sólo hay lloriqueos más fuertes.

Iscariote dice de mal humor:

–                       Vio la fruta y la quiere.

–                       Pobrecito. Tiene razón. No conviene hacer que los niños vean las cosas y no darles.  –dice María de Alfeo tomando unas uvas que hay en el cesto de la mesa.

El niño protesta:

–                       No quiero uvas.  –y llora más fuerte.

–                       Quiere agua con miel.  –dice Tomás. Y le ofrece- A los niños les gusta y les hace bien. A mis sobrinos también les gusta…

–                       No quiero tu agua.   –Y el llanto aumenta en tono y en intensidad.

Tadeo pregunta serio y secamente:

–                       ¿Entonces qué quieres?

Judas de Keriot sentencia:

–                       Lo que quiere es un par de nalgadas.

Mateo protesta:

–                       ¿Por qué? ¡Pobre niño!

Judas apunta con altanería:

–                       Porque es un fastidioso.

Tomás dice calmado:

–                       Bueno… Si a todos los fastidiosos hubiera que tomarlos a bofetones. No alcanzaría la vida…

María Salomé dice:

–                       Tal vez está enfermo.

María de Alfeo pregunta:

–                       ¿Qué te pasa, pequeñín? ¿Te duele algo?

Tadeo exclama:

–                       ¡Oh, mamá! ¡Es solo un capricho!… ¿No lo estás viendo? Echarías a perder a todos.

–                       No te eché a perder a Ti, Judas mío. Y te he querido mucho. No decías eso cuando te defendía de la severidad de Alfeo…

–                       Es verdad, mamá. Dije algo sin razón alguna.

–                       No te preocupes hijo, pero si quieres ser apóstol; trata de tener entrañas de madre para con los creyentes. Son como niños, ¿Sabes? Y se necesita una paciencia amorosa con ellos….

Jesús aplaude:

–                       ¡Bien dicho, María!

Judas de Keriot gruñe:

–                       Vamos a terminar con que las mujeres nos enseñen… Sólo faltan las paganas…

Jesús dice.

–                       Sin duda os aventajan muchísimo, si os quedáis en lo que sois. Y sobre todo tú, Judas. Ciertamente todos te ganarán: los niños, los mendigos, los ignorantes, las mujeres, los gentiles…

Judas responde nerviosamente y echándose a reír:

–                       ¿Quieres decir que soy el Aborto del Mundo? ¡Dilo de una vez y termínalo!

El niño llora a todo lo que da…

Iscariote desahoga su rabia en él. Lo sacude para arrancarlo de las rodillas de Jesús y dice:

–                       Pero dilo ya, ¿Qué quieres?  ¿Qué es lo que te pasa?

Una mujer dice:

–                       ¡Ah, pobre niño! Desde que su madre se volvió a casar, los hijos del primer marido son como mendigos. Como si no los hubiese parido ella… Los manda cual pordioseros y no les da de comer ni un pedazo de pan. ¡Ojala hubiese alguien que adoptase a estos tres pequeñines abandonados!…

La Virgen María abraza al niño y éste se consuela al punto.

La viuda de Afeq se adelanta y se arrodilla.

–                       ¿Y no vendrás a mi casa, Señor? En Afeq también hay hijos de Dios esperando tu Palabra.

Iscariote trata de rechazar su petición y dice cortante:

–                       El camino es áspero y no hay mucho tiempo, vienen con nosotros  mujeres. No insistas mujer.

Ella contesta:

–                       Es que… yo podría cuidar de este niño. Y quiero mostrarle que tengo que ofrecerle pues no tengo hijos.

Iscariote contesta de mal modo:

–                       Pero tiene su mamá. ¿Comprendes?

Jesús pregunta a la mujer:

–                       ¿Conoces algún camino corto entre Gamala y Afeq?

–                       ¡Oh, sí! Por los montes y es bueno entre los bosques.

–                       Iré para consolarte, pero no puedo darte al niño porque tiene su mamá. Pero te prometo que si Dios quiere que el inocente encuentre amor y lo tenga; me acordaré de ti.

–                       Gracias, Maestro. Eres bueno.  –dice la viuda.

Y voltea a mirar a Judas como si le dijese: ‘Y tú eres malo.’

El niño, por el instinto de imitación propia de los niños, se acerca a Jesús y se agarra de sus rodillas diciendo:

–                       Gracias, Maestro. Tú eres bueno.  –pero la cosa no termina aquí…

Y da un puntapié a Iscariote, para que no haya ningún error.

Y enojado agrega:

 –          ¡Y tú eres malo!

La carcajada de Tomás truena por los aires y arrastra la de los demás…

Mientras dice:

–                       ¡Pobre Judas! Puedes estar seguro de que los niños no te quieren. Cada uno de éstos te juzga y su juicio siempre te es desfavorable…

Judas pierde el control y su ira se desborda sin tener en cuenta, que lo que dijo el niño no es para tanto…

Lo arranca de las rodillas de Jesús y dice furioso:

–                       Esto sucede cuando lo serio se convierte en payasada… No es digno de nosotros, ni tampoco de provecho el que traigamos una cola de mujeres y de bastardos…

Bartolomé protesta enérgicamente:

–                       Eso sí que no. Tú conociste muy bien a su padre. Fue esposo legítimo y un varón justo.

–                       ¿Y qué? ¿Acaso éste no es un perro sin dueño y un futuro ladrón?

Jesús ordena.

–                       ¡Basta!… Ven Alfeo, no llores. Ven conmigo.

La aflicción del niño es muy grande… Sale a flote todo el dolor que tiene como huérfano. Como uno a quién su misma madre no ama… Llora. Su llanto es el triste lamento que grita por su padre muerto. Por su madre…

Jesús lo toma entre sus brazos. Lo besa y lo mima. Lo consuela… Y el llanto cesa poco a poco.

Jesús le dice:

–                       Estoy Yo Alfeo. Yo en lugar de todos… Soy como tu padre; como tu madre… No llores. Tu papá está junto a Mí y te besa junto conmigo. Los ángeles te cuidan como si fuesen otras tantas madres. Todo el amor; si eres bueno e inocente, lo tendrás…

Se oye la voz ronca de un seguidor:

–                       El Maestro es bueno y atrae. Pero sus discípulos, no. Mejor me voy…

Entonces se oye la voz enérgica de Zelote, que dice a Judas de Keriot:

–                       ¿Ves lo que has hecho?…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

130.- LA ESPADA DE JUDAS


Apenas amanece y en la casita de Nazareth, Judas de Keriot está llamando a la puerta.

Dos Nazaretanos que van a sus viñas lo ven y comentan:

–                       Es un discípulo. Con seguridad busca a Jesús de José.

–                       Es inútil. Ayer por la tarde se fue. Yo mismo lo vi. Se lo voy a decir…

–                       ¡Déjalo! Es Judas de Keriot. Es un antipático…

–                       Puede ser que muchos de nosotros estemos equivocados respecto a Jesús y que hagamos hasta mal. Pero ese, el año pasado causó mucho mal entre nosotros. Tal vez nosotros logremos convertirnos; pero él…

–                       ¡Qué! ¿Cómo lo sabes?

–                       Fue una tarde en la casa del sinagogo. Y yo estaba allí. Fui tan necio que le creí todo. Ahora, ¡Ya no! Ya no falto más…

–                       Tal vez él mismo se dio cuenta que cometió un pecado y…

Sus voces se pierden en la distancia.

Judas vuelve a llamar a la puerta contra la cual se ha recargado… Y como para evitar ser visto y reconocido. Pero nadie abre. Judas se siente incómodo y da vuelta por atrás de la casa, por el huerto. Se asoma por encima de la valla del jardín y lo único que ve son los palomos.

Piensa qué hacer y habla consigo mismo:

–                       ¿Qué también se habrá ido Ella? Pero la hubiera visto. Ayer por la tarde oí su voz…  Tal vez se fue a dormir a la casa de su cuñada. ¡Uff! Y ella es como una mosca pegada…  Regresaron juntas y quiero hablar sólo con Ella, sin que esté esa vieja. Es una lenguaraz y me hará reproches…

Y no quiero oírla. Es astuta como todas las viejas de puebl… No aceptará fácilmente mis excusas y se lo hará notar a esta tonta paloma de su cuñada. Estoy seguro que a Ella sí puedo hacerla dar vueltas como quiera. Es lenta como una oveja…  Y debo reparar lo que sucedió en Tiberíades. Porque si Ella habla… ¿Habrá dicho algo? ¿Se habrá callado? Si habló… va a ser más difícil arreglar las cosas.

Pero tal vez no ha hablado… Confunde la virtud con la estupidez. Es igualita a su Hijo… ¡Oh! Tengo la cabeza que me da vueltas. Debo dejar de beber. Y… ¡Bueno! El dinero es una tentación y yo soy un potranco encerrado durante mucho tiempo… ¡Ya son dos años de abstenerme de todo!…

Elquías dice bien. ¡Claro! Todo es lícito con tal de ponerlo en el trono

Pero, ¿Y si Él no quiere? Si Él no triunfa, todos terminaremos como los seguidores de Judas el Galileo. Tal vez lo mejor sería separarme… Porque en realidad no sé si lo que quieren sea cosa buena. No puedo confiar en ellos. Desde hace tiempo han cambiado mucho. No quisiera… ¡Horror!… ¡Qué me conviertan en el instrumento para dañar a Jesús!

Mejor me separo. Pero es muy amargo haber soñado en un reino y volver a ser ¿Qué?…  Nada… pero es mejor ser nada que… Él siempre anda diciendo: ‘El que cometerá el Gran Pecado’ ¡Ay de mí! Ciertamente no seré yo. ¡Yo!..

¿Yo? Antes me lanzo al lago. Será mejor que me vaya lejos. Iré a ver a mi madre y haré que me dé plata. Porque no puedo ir a pedir a los sinedristas dinero para irme lejos. Me ayudan porque esperan que los ayude a salir de la incertidumbre… Una vez que Jesús sea rey, estaremos de fiesta. Todas las multitudes están con nosotros.

Herodes, ¿A quién le importa? Ni los romanos, ni el pueblo. Todos lo odian. Y… Y… Eleazar de Annás dice que su padre está dispuesto a coronarlo como rey. ¡Y aunque quiera renunciar no podrá quitarse el carácter sagrado! En el fondo yo me estoy comportando como ese administrador astuto de su parábola y aprovecho los medios injustos para…

Hago esto por causa mía; pero también por Él. Sin embargo debo tratar de persuadirlo. ¡Qué maravilloso sería!.. Sí. Creo que esto es lo mejor. Decir todo francamente al Maestro… Ojala que María no le haya hablado de lo de Tiberíades. ¡Oh! Si no hubiera ido a ver a esa mujer… No me hubiera encontrado con María…  ¡Maldita mujer!

Pero, ¿A qué fue María a Tiberíades?…  ¡Necio! Debí haberme ido a Ippo a buscar mujeres…  Pero, ¿Para qué me engaño? Fui a entrevistarme con los poderosos de Israel para gozar de la vida, pues tengo dinero. Pero qué pronto se termina la plata. Dentro de poco no tendré más… ¡Ja, ja! Les contaré otro cuento y me volverán a dar…

Alfeo de Sara está a unos treinta metros de donde está Judas y le grita:

–                       ¡Oh, Judas! ¿Estás loco? Hace tiempo que te estoy observando desde el olivo. Gesticulas y hablas contigo mismo. ¿Te hizo mal el sol de Tamúz?

Al oírlo, Judas da un salto, voltea y lo descubre tras las ramas de un olivo.

Masculla furioso:

–                       ¡Qué te parta un rayo!… ¡Maldito pueblo de espías!  -pero con una sonrisa dulce, grita-  No. Estoy preocupado porque María no abre… ¿No estará enferma? Hace rato que estoy llamando…

Alfeo de Sara informa:

–                       ¿María? Está en casa de una viejecita que está agonizando.

–                       Tengo que hablar con Ella.

–                       Espera. Bajo y se lo voy a decir.

Y baja de prisa y parte a la carrera.

Judas reniega furioso:

–                       ¡Nada me sale bien!… ¡Nada más falta que venga con la otra!

Y lanza una letanía de injurias contra Nazareth, contra los nazarenos, contra María de Alfeo, contra la caridad de la Virgen y hasta contra la moribunda… Todavía no acaba cuando la puerta que comunica el comedor con el huerto se abre y en el dintel aparece María, con el rostro muy pálido.

Al mismo tiempo, ambos dicen:

–            ¡Judas!

–            ¡María!

Te voy a abrir la puerta. Alfeo solo me dijo que alguien quería verme y vine corriendo. Tanto más que la anciana ya no me necesita. Ha terminado su sufrimiento por un hijo malo…

Judas, mientras María habla, corre por la vereda y regresa a la entrada de la casa.

María abre y lo saluda:

–                       La paz sea contigo, Judas de Keriot. Entra.

Judas contesta:

–                       La paz sea contigo, María.

Judas titubea.

María está bondadosa pero seria y dice.

–                       Ayer por la noche, un hijo destruyó el corazón de su madre… Vinieron a buscar a Jesús, pero Él ya no estaba. También a ti te lo digo, Él no está. Llegaste tarde.

–                       Sé que no está.

–                       ¿Cómo lo sabes si apenas acabas de llegar?

–                       Madre, quiero ser franco contigo, que eres buena. Desde ayer estoy aquí…

–                       ¿Y por qué no viniste? Tus compañeros dejaron de venir tan solo un sábado.

–                       Lo sé. Fui a Cafarnaúm y no los encontré.

–                       No mientas, Judas. Te aseguro que no estuviste en Cafarnaúm. Bartolomé estuvo siempre allí y no te vio. Ayer vino él solo. Y tú desde ayer estabas aquí… ¿Por qué mientes, Judas? ¿No sabes que la mentira es el primer paso hacia el robo y hacia el homicidio?

La pobre Esther ha muerto por el dolor que le infligió Samuel con su conducta. ¿Quieres imitarlo tú que eres apóstol del Señor? ¿Quieres hacer morir a tu madre de dolor?

El regaño ha sido en voz baja, lenta. Pero, ¡Cómo duele!…

Judas no sabe qué replicar. Se sienta de golpe con la cabeza entre las manos.

María lo mira y dice:

–                       ¿Y bien? ¿Para qué quieres verme? Mientras cuidaba de la pobre Esther, rogaba por tu mamá… Y por ti. Porque los dos me causan compasión y por motivos diferentes.

–                       Si es así, perdóname.

–                       No te tengo coraje.

–                       ¿Cómo? ¿Ni siquiera por aquella mañana en Tiberíades? ¿Sabes? Estaba yo así porque la noche anterior las romanas me habían tratado mal. Como a un loco… Como a un traidor para con el Maestro.

Es la verdad, lo confieso. Hice mal en haber hablado a Claudia. Me confié en su palabra…  Pero lo hago por una cosa buena. Entristecí al Maestro. Él no me lo ha dicho; pero sé que sabe que hablé con Claudia. Seguro que fue Juana la que se lo dijo. Juana nunca me ha podido ver. Y las romanas me dieron un gran pesar. Para olvidarlo me embriagué…

María dice con un leve toque de ironía:

–                       Entonces Jesús, por todos los dolores que paladea, debería embriagarse cada noche…

–                       ¿Se lo dijiste?

–                       Yo no aumento la amargura del cáliz de mi Hijo, con noticias de nuevas defecciones, caídas, pecados, asechanzas… No dije nada y no lo diré…

Judas cae de rodillas tratando de besar la mano de María…

Pero Ella se hace a un lado y muestra claramente que no quiere ser tocada.

Judas exclama:

–                       ¡Gracias Madre! Me has salvado. Por eso vine… Y para que de algún modo me presentes ante el Maestro sin que me regañe, ni avergüence.

–                       Hubiera bastado con que fueras a Cafarnaúm y te hubieras venido con los otros. Y así nada hubiera pasado. Era lo más sencillo.

–                       Tienes razón. Pero los otros no son buenos y me espían para reprenderme y acusarme.

–                       No ofendas a tus hermanos, Judas. ¡Basta de pecar! Tú la has hecho de espía acá en Nazareth, en la patria del Mesías. Tú…

Judas la interrumpe:

–                       ¿Cuándo? ¿El año pasado? ¡Mira como son…! Tergiversaron mis palabras. Pero créeme yo…

–                       Yo no sé qué dijiste y que hiciste el año pasado. Me refiero a ayer. Tú estuviste desde ayer aquí y sabes que Jesús se ha ido. Así pues indagaste y no en casas amigas. Porque si lo hubieras hecho, me lo hubieran venido a decir… Tú indagaste con los enemigos de mi Jesús, ¿Qué nombre le das a esto? 

No lo diré yo. Debes decírtelo tú mismo. ¿Por qué lo hiciste? No quiero saberlo. Tan solo te digo esto: Muchas espadas se clavarán en mi corazón, una y otra vez, sin compasión alguna. Por quienes atormentan a mi Jesús y lo odian. Pero una será la tuya y jamás se me arrancará.

Porque el recuerdo que guardo de ti Judas, que no quieres salvarte, que te arruinas a ti mismo. Que me causas miedo, no por mí sino por tu alma; jamás se arrancará de mi corazón. Una me la clavó el justo Simeón, cuando llevaba sobre mi pecho a mi Niño, a mi santo corderito…

La otra... La otra eres tú. La punta de tu espada ya me tortura el corazón… Y esperas clavar completamente tu espada de verdugo en el corazón de quién no ha hecho más que ofrecerte amor.  Pero soy una necia al pretender que me compadezcas. Tú que no tienes compasión de tu propia madre…  O dicho más claro: con un solo golpe atravesarás mi corazón y el suyo, hijo desventurado a quien las oraciones de dos madres no salvan…

Las lágrimas corren por las mejillas de la Virgen y caen en el suelo…

Ella continúa:

–                       ¿No tienes nada que decirme, Judas? ¿No logras encontrar en ti la fuerza de un propósito bueno? ¡Oh, Judas! ¡Judas!..  Dime: ¿Estás contento con la vida que llevas?…

Silencio.

–                       Examínate, Judas. Sé humilde y ante todo sincero contigo mismo. Y luego con Dios. Para que vayas a Él con el fardo de piedras que arranques de tu corazón y que le digas: ‘Mira. He arrancado estas lozas por amor tuyo’

Judas suspira y dice:

–                       No tengo el valor de descubrirme ante Jesús.

María declara:

–                       No tienes humildad para hacerlo.

–                       Es verdad. Ayúdame.

–                       Ve a esperarlo humildemente a Cafarnaúm.

–                       Podrías…

–                       No puedo hacer otra cosa diferente de la que hace mi Hijo: tener misericordia. No soy yo quién enseña a Jesús. Es Jesús quien enseña a su discípula.

–                       Tú eres su Madre.

–                       Sí, en mi corazón… Pero por derecho suyo, Él es mi maestro. No soy ni más, ni menos que todas las otras discípulas.

–                       Eres perfecta.

–                       Él es Perfectísimo.

Judas guarda silencio. Piensa…

Luego pregunta:

–                       ¿A dónde fue el Maestro?

María contesta:

–                       A Belén de Galilea.

–                       ¿Y luego?

–                       No lo sé.

–                       Pero, ¿Regresa aquí?

–                       Sí.

–                       ¿Cuándo?

–                       No lo sé.

–                       ¡No me lo quieres decir!

–                       No puedo decir lo que no sé… Hace dos años que lo sigues. ¿Puedes afirmar que siga siempre un itinerario fijo?  ¿Cuántas veces la voluntad de los hombres lo obligan a cambiar de rumbo?

–                       Tienes razón. Me voy a Cafarnaúm.

–                       Hace mucho calor para que te vayas ahorita. Quédate. Eres un peregrino y Él dijo que las discípulas debemos cuidar de ellos.

–                       Mi vida te desagrada.

–                       El que no quieras curarte es lo que me causa dolor. Sólo eso. Quítate el manto. ¿Dónde dormiste?

–                       No he dormido. Esperé el alba para hablar contigo.

–                       Entonces debes estar cansado. En el taller están las camas en que durmieron Simón y Tomás. Es un lugar tranquilo y todavía hace fresco. Vete a dormir mientras te preparo de comer.

Judas se va sin replicar.

Y María sin descansar, después de haber pasado la noche en vela, va a la cocina a poner el fuego y al huerto a arrancar las verduras. Lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas, mientras trabaja diligente…

Días después…

Las barcas atracan en Tiberíades en una mañana borrascosa. El lago está agitado y grisáceo, igual que los nubarrones que anuncian la tempestad inminente.

Pedro mira al cielo, mira al lago y ordena a los trabajadores que pongan a salvo las barcas.

Jesús dice a Zelote y a Tadeo:

–                       Id a preguntar al portero de Juana y Cusa. Si alguno de los nuestros, nos ha ido a buscar. Espero aquí.

Jesús se queda solo, apoyado contra el muro de un jardín, a donde llega el retumbar del ventarrón que sacude las copas de los árboles y arranca bramidos al lago, llenando el aire con su estrépito.

Un hombre alto que camina un poco inclinado para defenderse del viento, viene envuelto en su manto que se agarra en la garganta con la mano. Viene del centro del poblado y al levantar su rostro, para dejar pasar un grupo de borricos que vienen del mercado, ve a Jesús que viene al otro extremo de la calle. Se apresura a llegar junto a él.

Es Judas de Keriot que dice:

–                       ¡Oh, Maestro! Vengo de la casa de Juana. Estuve en Cafarnaúm, buscándote, pero no había nadie. Esperé unos días y regresé aquí…

Jesús lo mira con sus ojos penetrantes y detiene esta avalancha de palabras:

–                       La paz sea contigo.

–                       ¡Es verdad! Ni siquiera te había saludado. La paz sea contigo, Maestro. Pero Tú siempre tienes esta paz.

–                       ¿Y tú no?

–                       Yo soy un hombre, Maestro.

–                       El hombre justo, tiene la paz. Solo el culpable se encuentra turbado.  ¿Lo estás tú?

–                       ¿Yo?… ¡No, no, Maestro! Al menos… Bueno… Si tengo que decir la verdad, el estar separado de Ti, no me hacía feliz… Pero esto no quiere decir que no tuviese paz. Era nostalgia por ti, porque te quiero… Pero la paz es otra cosa, ¿No es verdad?

–                       Sí. Es otra cosa. Las separaciones no destruyen la paz del corazón. Si el corazón del que se ha separado no hace cosas que causarían dolor al amado, si lo supiese.

–                       Pero los ausentes no saben. A menos que haya quién les informe…

Jesús lo mira y se queda callado.

Judas pregunta:

–                       ¿Estás solo, Maestro?

–                       Espero a los que envíe a casa de Juana a ver si ya llegó mi Madre de Nazareth.

–                       ¿Tu Madre? ¿La mandaste llamar?

–                       Sí. Estaré con Ella en Cafarnaúm durante todo el mes. Voy a ir en barca a  los poblados de la ribera. Debe haber muchos discípulos.

–                       Sí. Muchos… -Judas ha perdido su locuacidad. Está pensativo.

Jesús pregunta:

–                       ¿No tienes nada que decirme, Judas? Estamos los dos solos… ¿No te pasó nada en este tiempo de separación, que creas que tienes necesidad de decir a tu Jesús?

Y en su voz hay mucha dulzura, como para ayudar al discípulo a decir la verdad. Y lo hace de tal modo, que trasmite todo su amor misericordioso.

Judas argumenta:

–                       ¿Y sabes Tú que yo necesite para algo de tu Palabra? Yo por mi parte no sé de cosa alguna que la merezca. Si lo sabes, habla. Es doloroso para un hombre tener que recordar culpas y defectos y confesarlos a otro…

–                       Yo que te estoy hablando no Soy otro hombre, sino…

–                       Así es. Eres Dios. Lo sé. Por eso ni siquiera es necesario que yo te diga  algo. Tú lo sabes…

–                       Yo no Soy otro hombre, te repito,  sino tu Amigo más cariñoso. No te digo que sea el Maestro, el superior; sino te digo que soy el Amigo…

–                       Es siempre lo mismo. Siempre es penosos rebuscar lo que sucedió en el pasado. y al confesarlo podría uno merecer reproches. Pero no solo reproches,  sino lo que es peor; caer de la estima del amigo que se compadece…

–                       En Nazareth, el último sábado que estuve allá; Simón Pedro dijo a un compañero suyo por inadvertencia, algo que debía guardar como un secreto. No fue una desobediencia voluntaria; ni una injuria, ni se dañaba al prójimo. Pero Simón, hasta que confesó su culpa… ¡Pobre Simón! Lo llamaba culpa. Si en el corazón de mis discípulos hubiese solo esta clase de culpas y mucha, mucha humildad; mucha confianza y un gran amor como lo tiene Pedro, ¡Oh! Debería proclamarse maestro de una multitud de santos.

–                       Y con esto quieres decirme que Pedro es santo y yo no. Es verdad, no soy un santo. Arrójame entonces…

–                       No eres humilde, Judas. La soberbia te lleva a la ruina. Todavía no me conoces…  -Jesús termina con un tono tristísimo.

Judas lo percibe y dice en voz baja:

–                       ¡Perdóname, Maestro!…

–                       Siempre te perdono, pero sé bueno, hijo. ¿Por qué quieres hacerte daño a ti mismo?

Judas llora y se refugia en los brazos de Jesús. Jesús le acaricia los cabellos.

Y con infinita compasión dice:

–                       ¡Pobre Judas! ¡Pobre, pobre Judas que busca la paz en donde no existe! Y busca en otras partes quién pueda comprenderlo…

–                       Es verdad. Tienes razón, Maestro. La paz está aquí, entre tus brazos. Soy un desventurado. Sólo Tú me comprendes y me amas… Solo Tú. Yo soy el necio. ¡Perdóname, Maestro!…

–                       Sé bueno. Sé humilde. Si caes, ven a Mí y te levantaré. Si te sientes tentado, ven a Mí. Te defenderé de ti mismo. De quien te odia. De todo. pero sosiégate… Allá vienen los demás…

Jesús lo besa y Judas se tranquiliza… Pero no confesó sus pecados…

Más tarde todos están sentados en la casa de José, el pescador de Tiberíades. Y después de haber comido…

María dice a Jesús:

–                       Hijo mío una mamá me pidió con insistencia para que Tú que eres el Único que puedes hacerlo, conviertas el corazón de su único hijo. Te lo ruego, escúchame. Porque lo prometí… Perdónalo… Tu Perdón…

Iscariote interrumpe pensando que habla de él:

–                       Ya lo dio, María. Ya hablé con el Maestro.

María aclara:

–                       No me refiero a ti, Judas de Simón. Hablo de Esther de Leví, Nazaretana. Una madre a la que mató la conducta de su hijo. –Y volviéndose hacia su Hijo, agrega- Jesús, murió en la noche que partiste. Te invocaba para que salvaras a Samuel. ¡Pobre mártir de un hijo infame! Ahora que ha muerto, Samuel es presa del remordimiento. Parece un loco. No escucha razones de ninguna clase. Pero Tú Hijo, puedes sanar su inteligencia y su corazón…

Jesús pregunta:

–                       ¿Está arrepentido?

María responde:

–                       ¿Cómo quieres que lo esté, si está desesperado?

–                       Tienes razón. Haber matado a su madre con darle continuos dolores, debe haberlo hecho un desesperado. No en vano se quebranta el primero de los Mandamientos y el de amar al prójimo. Mamá, ¿Cómo quieres que perdone y que Dios conceda paz, al matricida impenitente?

–                       Hijo mío, Esther necesita la paz de la otra vida. Era buena. Sufrió mucho…

–                       Tendrá paz.

–                       No, Jesús. No puede tener paz un corazón de madre, si ve que su hijo no la tiene…

–                       Es justo que se vea privado de ella.

–                       Tienes razón, Hijo. Así es. Pero para la pobre Esther. Sus últimas palabras fueron una súplica para su hijo… Me recomendó que te lo dijese. Jesús, Esther durante su vida, jamás tuvo una alegría, lo sabes muy bien. Dale ésta. Ahora que ha muerto, dásela a su espíritu; que sufre por su hijo. Me recomendó que te lo dijese…

–                       Madre. Yo he tratado de convertir a  Samuel, todas las veces que he estado en Nazareth. Ha sido inútil que le hable porque en él, el amor está apagado.

–                       Lo sé. Pero Esther ofreció su perdón, sus sufrimientos; para que volviese a nacer el Amor en Samuel. Tú y yo sabemos que la caridad de los que han muerto está alerta y cerca de los que dejaron. No se desinteresan y no ignoran lo que sucede, lo que les pasa a los seres queridos que dejaron…

Y Esther todavía puede alegrarse de este amor tardío que le profesa este hijo ingrato, que ahora se siente morir por los remordimientos. ¡Oh, Jesús mío! Yo sé que él te causa asco por el pecado que cometió. ¡Un hijo que odia a su madre! Un monstruo ante tus ojos, Tú que eres todo amor por la tuya y por esto escúchame. Regresemos juntos a Nazareth. No me cuesta nada el camino con tal de salvar un alma. Ninguna cosa me molesta…

–                       Está bien. Ganaste, Mamá… –Jesús se vuelve hacia su apóstol rebelde-  Judas de Simón, llévate a José y ve a Nazareth. Me traerás a Samuel a  Cafarnaúm…

Judas protesta apasionado:

–                       ¡Yo!…  ¿Por qué yo?

–                       Porque no estás cansado. Los otros lo están. Han caminado mucho, mientras tú descansabas…

–                       También yo caminé. Fui a buscarte a Nazareth. Tu Madre es testigo…

–                       Tus compañeros fueron a Nazareth cada sábado y ahora acaban de regresar de un largo recorrido mientras evangelizaban. Vete y no discutas…

–                       Es que… No me quieren en Nazareth. ¿Por qué me mandas a mí?

–                       Tampoco a Mí me quieren y aun así, voy allá. Te repito, vete y no discutas…

–                       Maestro, yo tengo miedo de los dementes.

–                       Samuel es presa de los remordimientos. Y no está loco…

–                       Tu Madre lo acaba de decir.

–                       Y Yo por tercera vez te digo que vayas y no discutas. Esto te servirá para hacerte meditar a qué puede conducir el hacer sufrir a una madre…

–                       ¿Me comparas con Samuel? Mi madre es reina en su casa. Por mi parte no le pido cuentas. Y no soy una carga para mi sostenimiento.

–                       Las mamás no piensan en esas cosas…  Pero el desamor de sus hijos es una piedra que las mata: el que sean malos a los ojos de Dios y de los hombres. Vete, te lo mando.

–                       Voy. ¿Y qué le digo?

–                       Que venga a Cafarnaúm, en donde estaré.

–                       Si no obedeció ni siquiera a su madre. ¿Quieres que me obedezca a mí, ahora que está tan lleno de desesperación?

–                       Y no entiendes todavía que si te mando, señal es de que he logrado algo en el corazón de Samuel. ¿Y qué le he quitado el delirio de su remordimiento que lo empujaba a la desesperación?

Judas ya no discute…

–                       Me voy Maestro. Hasta pronto, María. Hasta pronto, amigos.  –y se va sin muchas ganas.

José le sigue muy contento de que lo hayan escogido para este encargo.

Pedro canturrea entre dientes…

Jesús pregunta:

–                       ¿Qué estás diciendo, Simón de Jonás?

Pedro contesta:

–                       Cantaba yo una vieja canción del lago…

–                       ¿Cuál es?

–                       Esta: ‘Siempre es así. La pesca atrae al agricultor, pero no al pescador’  Y realmente se ha visto que el discípulo, tiene más ganas de pescar que el apóstol…

Muchos se ríen.

Jesús no… Suspira.

Pedro pregunta:

–                       ¿Te causé algún dolor, Maestro?

Jesús dice muy serio:

–                       No. Pero no está bien el criticar.

Tadeo dice:

–                       Es por Judas que ha causado pena a mi hermano.

Jesús contesta:

–                       También tú cállate. Y sobre todo en el fondo de tu corazón

Tomás pregunta incrédulo:

–                       ¿Pero de veras Samuel ha sido digno de un milagro?

–                       Sí.

–                       ¿Entonces para qué viene a Cafarnaúm?

–                       Es necesario. No he curado completamente su corazón. Debe buscar su curación…  Esto es: El Perdón con un santo arrepentimiento. He hecho que volviese a razonar. Le queda a él, hacer lo demás, con su libre voluntad. Bajemos. Vamos entre la gente pobre…

Y se van a los arrabales…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

129.- ¡QUÉ VIVA LA PARRANDA!…


Áurea entra al taller y se inclina para ver el trabajo de Tomás. Lo admira. Le pregunta para qué sirve y si a ella le quedará bien.

Tomás le dice:

–                       Te quedará mucho mejor el ser buena. Estos adornos embellecen el cuerpo, pero no el alma. Y si se tienen solo por coquetería, hacen daño al espíritu.

Áurea pregunta extrañada:

–                       Entonces, ¿Para qué las haces? ¿Quieres hacer mal a un alma?

Tomás se sonríe y contesta:

–                       Lo superfluo hace mal a un alma débil. Pero para una que es fuerte es un adorno. Y esto es algo que sirve para mantener el manto en su lugar.

–                       ¿Para quién lo haces? ¿Para tu esposa?

–                       No tengo esposa, ni la tendré.

–                       Entonces para tu hermana.

–                       Ella tiene más de los que necesita.

–                       Para tu mamá.

–                       ¡Mi mamá ya está vieja! ¡Para qué pueden servirle!…

–                       Pero son para una mujer…

–                       ¡Claro que sí!

–                       ¡Qué hermosos son!

–                       ¿Se puede entrar?

Se oye la voz ronca de Pedro que llega con todos los apóstoles, menos Bartolomé e Iscariote.

Jesús los saluda:

–                       ¡La paz sea con vosotros! ¿Por qué vinisteis con este calor?

–                       Porque… no pudimos aguantar. ¡Hace tres semanas que no te vemos!

–                       Os dije que esperarais a Judas…

–                       Pero no vino… Y cuando llegó el tercer sábado nos venimos. Se quedó Nathanael que no se siente bien, a esperarlo a ver si va. Pero no lo creemos. Cuando pasamos por Tiberíades nos dijeron… bueno, luego te contaré… -dice Pedro sin terminar, porque Andrés le dio un tirón.

–                       Está bien. Luego me contarás. Estabais deseosos de descansar y ahora que lo podéis hacer… ¿Cuándo se vinieron?

–                       Ayer por la tarde. El lago no era un corderito. Desembarcamos en Tariquea, para no encontrarnos con Judas…

–                       ¿Por qué?

–                       Maestro, queríamos sentirnos contentos contigo, sin él.

–                       ¡Sois egoístas!

–                       No. El tiene sus alegrías… No sé quien puede darle tanto dinero para pasar una vida así… ya entendí, Andrés. No me jales tan fuerte. Me vas a romper el vestido. ¿Quieres que se convierta en un harapo?

Andrés se pone rojo.

Los demás sueltan la risa.

Jesús sonríe.

Pedro continúa:

–                       Está bien. vinimos hasta Tariquea por… no me vayas a regañar. Tal vez porque hacía calor. Tal vez porque lejos de Ti, siento que me hago malo. No entiendo por qué se separó de Ti para juntarse con… ¡Deja de jalarme la manga, Andrés! Ves que puedo detenerme cuando es necesario… Bueno Maestro, no quise pecar. Y si hubiera visto a Judas, lo habría hecho. Llegamos a Tariquea y al alba nos pusimos en camino. ¡Qué calor!…

–                       Pronto hubiera ido con vosotros.

–                       ¿Cuándo?

–                       Después que el sol hubiera salido de la constelación del León.

–                       ¿Y te parece que hubiéramos aguantado estar sin Ti? ¡Oh, querido Maestro! –y Pedro abraza a Jesús.

–                       Y pensar que cuando estábamos juntos, no hacéis más que lamentaros del tiempo, del cansancio, del camino…

–                       Porque somos unos torpes. Porque mientras estamos juntos, no comprendemos lo que eres para nosotros. Pero ya estamos todos aquí…

Un mes después…

Jesús y María están sentados sobre la banca de piedra, junto a la puerta del comedor. El crepúsculo agoniza y pronto llegará la noche…

–                       ¡Hay tantos obstinados que se creen justos, en todas las clases! Aún entre mis familiares y apóstoles. Créeme Madre que su obstinación en aceptar mi Pasión, reside en esto. Rechazan a los gentiles sin tener en cuenta que tienen un mismo origen y que Dios quiere dar a todos un solo destino.

María contesta:

–                       Tienes razón. Bartolomé y Judas de Keriot son los más resistentes, ellos que son los más instruidos y capacitados. Judas no podría decir a qué clase pertenezca. Está saturado de las auras del Templo. Pero Bartolomé es bueno, su resistencia encuentra excusa. La de Judas, no.

Supiste lo que dijo Mateo, que a propósito fue a Tiberíades… y Mateo es un experto en estas materias… “¿Pero quién da tanto dinero a Judas?” Y lo que dijo Santiago de Zebedeo no puede pasarse por alto: Porque esa vida cuesta y mucho…¡Pobre María de Simón!

Jesús suspira.

–                       ¿Supiste que las romanas están en Tiberíades? Hijo, mañana iré. Hablaré con Valeria. Y a mí no me negará nada. Llevaré conmigo a María de Alfeo. Áurea se quedará en la casa de Simón de Alfeo, porque no faltaría quién criticase que se quede con vosotros varios días. Así es el mundo. Iré primero a Caná…

–                       Me preocupa que te fatigues.

–                       ¡Por salvar un alma! ¿Qué son treinta kilómetros? Nada. Bendícenos Hijo.

–                       Si Mamá. Con todo el corazón de un Hijo, con todo el poder de Dios. Ve y que los ángeles guarden tu camino…

–                       Gracias Jesús. Digamos la Oración, Hijo.

Se ponen de pie y juntos recitan el Padre Nuestro…

Tres días después…

Tiberíades está a la vista. Las dos viajeras cansadas, caminan hacia ella en medio del crepúsculo que va desapareciendo.

María de Alfeo mira espantada a su alrededor y dice:

–                       Dentro de poco estará oscuro y todavía no llegamos. Dos mujeres solas y cerca una ciudad llena de… ¡Oh, qué gente!…  Belzebú por muchas partes…

María de Nazareth contesta:

–                       No temas, María. Belcebú no nos hará ningún mal. Sólo lo hace a quién le da cabida en su corazón

–                       Estos paganos lo tienen.

–                       En Tiberíades no hay tan solo paganos. También entre ellos hay justos.

–                       ¡Cómo! Pero, ¿Cómo? ¡Si no tienen a nuestro Dios!…

María no replica porque comprende que es inútil. Su buena cuñada no es sino una de tantas israelitas que creen ser las únicas que poseen la virtud… Por ser hebreas.

En medio del silencio se oye el ruido de las sandalias que producen los pies cansados y llenos de polvo…

Cuando llegan a Tiberíades, van al puerto de los pescadores y buscan la casa de José el barquero, que es discípulo.

Más tarde, cuando terminan de cenar, María de Alfeo  cansada, se retira con los niños, a dormir.

Quedan en la terraza alta, la Virgen María, el barquero y su mujer, que empieza a cabecear de sueño, arrullada por el sonido de las olas, que rompen en la playa del lago.

José la excusa:

–                       Está cansada.

María dice:

–                       ¡Pobrecita! Las mujeres de casa siempre están cansadas al anochecer.

–                       Sí, porque trabajan…  No son como aquellas que se entregan al paseo.  -Dice con desprecio señalando unas barcas iluminadas, que se alejan de la playa entre cánticos y gritos…

–                       ¿Quiénes son?

–                       Romanas y sus compinches. Entre ellas están Herodías, su licenciosa hija Salomé y también otras hebreas. Porque tenemos muchas iguales a lo que fue María de Mágdala, antes de que se arrepintiese…

–                       Son unas pobres mujeres que no conocen la felicidad…

–                       ¿Qué no la conocen? Somos nosotros los que no la conocemos, al no lapidarlas para limpiar a Israel de las que se han corrompido. Y por cuya causa y por sus pecados, Dios nos maldice…  Regresarán al amanecer…  Todos borrachos y los esclavos los llevarán a sus casas, para dormir la mona… ¡Mira! Allá van las mejores barcas…

Pero más me enojan los hebreos que se mezclan con ellos…

Oye, ¿Sabías que aquí está Judas el Apóstol?

María lo mira atónita y pregunta:

–                       ¿Por qué? ¿Va con esos?…

José el barquero dice disgustado:

–                       No. Sino con malos amigos y con una mujer… Yo no lo he visto. Ninguno de nosotros lo ha visto así…

Pero algunos Fariseos se burlan de nosotros y nos dicen: “Vuestro apóstol ya cambió de maestro. Ahora tiene una mujer y está bien acompañado de publicanos.”

Maria dice muy seria:

–                       No juzgues por lo que oíste decir, José… Sabes que los Fariseos no nos quieren. Y no tributan ninguna alabanza al Maestro.

–                       Es verdad esto. Pero corre la voz… y nos causa sinsabor…  él, que debiera ser santo por estar con el Santo, solo es un borracho, pecador y lujurioso…

–                       Como brotó, así morirá. No peques contra tu hermano. ¿Dónde está? ¿Conoces el lugar?

–                       Sí. En casa de un amigo suyo, que tiene una bodega de especias y vinos.

–                       Yo necesito ver a Valeria, la amiga de Claudia… ¿Son iguales todas las romanas?

–                       ¡Oh, más o menos! Aunque no se dejen ver, causan daño.

–                       ¿Quiénes son las que no se dejan ver?

–                       Las que fueron a la casa de Lázaro en la Pascua. Se han retirado más… Quiero decir que casi no asisten a los banquetes. Pero con una cierta frecuencia, para poder decir que no son unas inmundas.

–                       Pero, ¿Lo dices porque estás seguro de ello o porque tus prejuicios hebreos te hacen expresarte así? Examínate de veras.

–                       Bueno… realmente no lo sé. No las he visto más en las barcas de esos… pero de que vayan en la barca de noche, Sí.

–                       También tú vas, ¿O no?

–                       ¡Claro! Cuando quiero pescar.

–                       El calor es terrible. Y solo si uno está en el lago encuentra descanso. Fue lo que dijiste cuando cenábamos.

–                       Es verdad.

–                       Entonces, ¿Por qué no podemos pensar que ellas van al lago por el mismo motivo?

José no responde…

Luego dice.

–                       Es tarde. Las estrellas nos dicen que ya es la segunda vigilia. Me voy a dormir. ¿No vas a dormirte?

María replica:

–                       No. Voy a Orar. Saldré pronto. No te vayas a sorprender si no me encuentras cuando raye el alba.

–                       Eres dueña de hacer lo que te parezca. ¡Ana! ¡Ea! Vámonos a acostar.  –y sacude a su mujer que se ha quedado dormida.

Cuando María se queda sola, se pone de rodillas y ora. Ora… Pero no pierde de vista las barcas que bogan llenas de luces, de flores, de cantos, de inciensos. Y se hacen pequeñas en la distancia…

Se queda una barca solitaria, que brilla en el espejo luminoso del agua del lago. Boga lentamente.

María no la pierde de vista, hasta que ve que se dirige a la playa…

Entonces se levanta y dice:

¡Señor, ayúdame! Haz que sea…

Y baja ligera por la escalera hasta la habitación donde duerme su cuñada.

–                       ¡María! ¡María! ¡Despiértate! Vamos.

María de Alfeo se despierta y restregándose los ojos:

–                       ¿Ya es hora de irnos? ¡Qué pronto amaneció!

Y se levanta somnolienta. Sólo cuando salen a la calle, se da cuenta y exclama:

–                       ¡Pero todavía no amanece!

–                       Todavía no. Pero necesitamos irnos cuanto antes. ¡Ven pronto por aquí, antes de que la barca llegue a la playa!

–                       ¿La barca? ¿Cual barca?  -pregunta mientras corre detrás de María, por la playa desierta; hacia el pequeño muelle.

Llegan jadeantes primero que la barca…

María mira fijamente y exclama:

–                       ¡Bendito sea Dios! ¡Son ellas! Sígueme. Hay que ir a donde van ellas. No sé donde viven…

–                       Pero, María. Por piedad… ¡Nos tomarán por unas meretrices!

–                       Basta con no serlo. ¡Ven! –dice la Virgen sacudiendo su cabeza.

Y la jala hacia la penumbra de una casa. La barca toca tierra. Mientras hace una maniobra, se acerca una litera…. Suben a ella dos mujeres y otras dos se quedan en tierra. Y caminan al lado de la litera, que se pone en movimiento al paso cadencioso de cuatro númidas muy altos,  vestidos con una túnica muy corta y sin mangas; que apenas si cubre la espalda.

La virgen la sigue a pesar de las protestas que en voz baja hace María de Alfeo.

–                       Dos mujeres solas… detrás de aquellas. Van medio desnudos… ¡Oh!…

Avanzan unos cuantos metros y la litera se detiene. Desciende una mujer, mientras alguien llama a un portón.

–                       ¡Salve, Lidia!

–                       ¡Salve, Valeria! Dale un beso a Faustina en mi nombre. Mañana por la noche leeremos tranquilas. Mientras que aquellos se dan su banquete…

Se abre el portón y Valeria con su liberta está a punto de entrar…

La Virgen se adelanta y dice:

–                       Domina, una palabra…

Valeria mira a las dos mujeres hebreas envueltas en un manto sencillo, que les cubre el rostro.

Las toma por unas mendigas y dice:

–                       Bárbara. Dales una limosna.

–                       No, Domina. No quiero dinero. Soy la Madre de Jesús de Nazareth y ésta es una pariente mía. Vengo en su Nombre a pedirte un favor.

Valeria la mira sorprendida y se angustia:

–                       ¡Domina!… ¿Tu Hijo acaso está… Perseguido?

María responde:

–                       No más de lo que suele estar. Él querría…

–                       Entra Domina. No está bien que estés en la calle como una mendiga.

–                       No hay necesidad. Quisiera hablarte en secreto…

–                       ¡Retírense todos!  -ordena Valeria.

–                       Luego

–                       –  Estamos solas. ¿Qué quiere el Maestro? No he venido a hacerle ningún daño en su ciudad. Él  no vino, para no causarme ningún daño ante mi esposo.

–                       No. Porque yo se lo aconsejé. A mi Hijo se le odia, Domina.

–                       Lo sé.

–                       Solo encuentra consuelo en su Misión.

–                       Lo sé.

–                       No exige honores, ni soldados. No aspira a reinos, ni a riquezas. Hace tan solo sentir su derecho sobre los corazones.

–                       Lo sé.

–                       Domina. Él quisiera devolverte a la jovencita… Pero no te vayas a enojar si te digo, que ella no podría dar cabida a Jesús en su corazón, viviendo en tu entorno. Tú eres mejor que otras. Pero a tu alrededor… hay mucho fango del mundo…

–                       Así es. ¿Y qué quisiera?

–                       Tú eres madre. Mi Hijo tiene sentimientos paternales para cada corazón. ¿Te gustaría que tu hijita creciese en medio de lo que pudiera arruinarla?

–                       No. He comprendido… Bueno, dile a tu Hijo estas palabras: ‘En recuerdo de Faustina a quién salvaste su cuerpo; Valeria te deja a Áurea, para que salves su espíritu’ Es verdad. Nos encontramos en medio de la corrupción. Para poder dar garantías a un Santo. Domina… Ruega por mí.  –y se retira ligera, antes de que la Virgen pueda darle las gracias.

Valeria se ha ido llorando…

María de Alfeo no sabe qué decir.

Y balbucea:

–                       La cedió como si fuese una cosa…

–                       Para ellos lo es. Para nosotros es un alma. Ven… ¡Mira!… ¡El Cielo empieza a iluminarse! Las noches son demasiado cortas… ¡Vámonos!…

Y toman el camino de la ribera…

En una casa. En un rincón, se encuentran con Judas de Keriot, visiblemente borracho, que ha regresado de algún banquete y tiene los vestidos sucios y la cara desfigurada.

María pregunta:

–                       ¡Judas!… ¿Tú?… ¿En este estado?

Judas no tiene tiempo de fingir que no la conoce. Y no puede huir… la sorpresa y el susto lo despabilan y se queda como enclavado, sin reaccionar…

María se le acerca, venciendo la repugnancia que el apóstol despierta en Ella y le dice:

–                       Judas. Desgraciado hijo… ¿Qué estás haciendo?  ¿No piensas en Dios? ¿En tu alma? ¿En tu mamá? ¿Qué haces Judas? ¿Por qué quieres ser un Pecador…?  ¡Mírame, Judas! ¡No tienes derecho a matar tu alma!…  –y trata de tomarlo de la mano.

Judas reclama:

–                       ¡DÉJAME EN PAZ!  Al fin y al cabo, soy un hombre. Y soy… Soy libre de hacer, lo que todos los demás hacen. Dile al que te envió a espiarme; que no soy todavía un espíritu…  ¡Soy joven!

–                       No eres libre de arruinarte, Judas. Ten piedad de ti mismo… Obrando así, nunca serás un espíritu dichoso… ¡Judas!… Él no me envió a expiarte. Él ruega por tí…  Él no hace otra cosa más que esto. Y también yo con Él. En nombre de tu mamá…

–                       Déjame en paz.  –pero luego; sintiendo que ha sido maleducado, se corrige- No merezco tu compasión. ¡Adiós!   -y escapa corriendo.

Maria de Alfeo, dice:

–                       ¡Qué demonio!… se lo diré a Jesús… Tiene razón mi hijo Judas.

–                       Tú no dirás nada a nadie. Rogarás por él. Eso es lo que harás…

–                       ¡Lloras! ¿Lloras por él? ¡Oh!…

–                       Sí. Me sentí feliz por haber salvado a Áurea… ahora lloro porque Judas es pecador. Pero a  Jesús, que ya está muy afligido; no le llevaremos sino buenas noticias. Con nuestras penitencias y plegarias, arrancaremos de las garras de Satanás al pecador… ¡Cómo si fuese un hijo, María! ¡Cómo si fuese un hijo! También tú eres madre y comprendes… Por esa madre infeliz… Por esa alma pecadora… Por nuestro Jesús…

–                       Sí. Pediré al Señor… Pero no pienso que lo merezca…

–                       ¡María!… ¡María, no hables así!… Vámonos.

La virgen está muy cansada, cuando de regreso vuelve a pisar el umbral de su hogar. Le abre Simón, quién después de saludarle, se retira prudente al taller. Encuentra a Jesús, poniendo la puerta del horno en su  lugar, después de haberla reparado. Está poniendo aceite en los goznes. Apenas ve a su Madre, se limpia las manos en su delantal de trabajo y va a su encuentro…

Jesús saluda:

–                       La Paz sea contigo, Mamá.

María contesta:

–                       La Paz sea contigo, Hijo.

–                       Qué cansada debes estar. Llegaste pronto…

–                       Desde el amanecer hasta el crepúsculo, descansé en casa de José. Si no fuera por este calor tan fuerte, me hubiera venido luego para decirte, que te cedieron a Áurea.

–                       ¿De veras?  -el rostro de Jesús rejuvenece, ante la alegre sorpresa.

Parece un joven de veinte años y se parece más a su Madre, que siempre parece una jovencita; tanto en su rostro, como en sus movimientos.

–                       De veras, Jesús. No me costó ningún trabajo conseguirlo. La mujer consintió enseguida. Se sintió conmovida al reconocer que tanto ella como sus amigos, se encuentran en tal estado, que no puede educar a una criatura para Dios. Un reconocimiento tan humilde; tan sincero; tan verdadero. No es muy fácil encontrar a alguien, que sinceramente reconozca tener defectos.

–                       Así es. No es fácil. En Israel son muy pocos. Ellas son unas almas hermosas, sepultadas bajo una costra de suciedad. Pero cuando ésta caiga…

–                       ¿Sucederá, Hijo?

–                       Estoy seguro de ello. Instintivamente se dirigen al Bien. terminarán por acercarse a Él. ¿Qué te dijo?

–                       ¡Oh! ¡Pocas palabras!… Nos entenderemos al punto. ¿No sería mejor, llamar a Áurea? Quiero comunicárselo, si me lo permites.

–                       ¡Claro, Mamá! Mandaremos a Simón.  –y con voz fuerte llama a Zelote.

–                       Simón. Ve a la casa de simón de Alfeo y dile que mi madre que ha regresado. Trae a la niña y a Tomás, que ya debe haber terminado el favor que le pidió a Salomé…

Simón se inclina y se va.

María le cuenta  a Jesús, todas las peripecias de su viaje… Menos lo de Judas.

Jesús sonríe:

–                       Me has traído la prueba de lo que las romanas sienten por Mí. Si Juana hubiese intervenido se hubiera podido pensar, que se la cedían a la amiga. Ahora vamos a esperar hasta el sábado y si Mirta no viene, nos iremos con Áurea.

María dice:

–                       ¡Hijo! Quisiera quedarme…

Jesús contesta:

–                       Estás muy cansada, lo veo.

–                       No. No es por eso… Pienso que Judas podría venir aquí. Cómo no está mal que en Cafarnaúm, haya siempre un amigo que lo hospede. Tampoco lo está que alguien lo acoja cariñosamente aquí…

–                       Gracias Mamá. Sólo tú comprendes, lo que todavía puede salvarlo…

Y ambos suspiran por el discípulo que les causa dolor…

Regresan Simón y Tomás; con áurea que al instante, corre a abrazar a María.

Jesús la deja con su madre y va a adentro con sus apóstoles.

–                       Rezaste mucho, hija Y el buen Dios te escuchó… -empieza diciendo María.

Pero es interrumpida por un grito de alegría:

–                       ¡Me quedo contigo!  -y le echa los brazos al cuello, besándola.

María la besa también.

Y teniéndola abrazada le dice:

–                       Cuando uno recibe un gran favor, hay que pagarlo, ¿Oh no?

–                       Claro que sí. Y yo te pagaré amándote mucho.

–                       Gracias hija. Pero Dios es más que yo. Él es el que te concedió este gran favor. Esta Gracia inmensa de acogerte entre los hijos de su Pueblo. De hacerte discípula del Maestro-Salvador. Yo sólo fui el instrumento de esta gracia que Él el Altísimo, te concedió. ¿Qué darás pues al Altísimo, para decirle que se lo agradeces?

–                       No sé. Dime cómo, Madre…

–                       Con amor. Pero el amor para que sea verdaderamente real, tiene que ir unido con el sacrificio. Porque cuando algo nos cuesta, es porque tiene valor, ¿O no es verdad?

–                       Cierto.

–                       Bueno, yo diría que Tú, con la misma alegría con qué gritaste: ‘¡Me quedo contigo!’ Tienes qué gritar: ¡Sí, Señor! Cuando yo, su pobre sierva, te diga lo que Él dispone de ti.

–                       Dímelo, Madre.   –dice Áurea poniendo su carita seria.

–                       Dios quiere confiarte a dos buenas mujeres, que son madres. A Noemí y a Mirta…

Las lágrimas se asoman a los ojos de la niña y le ruedan por sus sonrosadas mejillas.

–                       Ellas son buenas. Mi Jesús y yo las queremos. Jesús a una de ellas le salvó su hijo. A la otra, yo le amamanté el suyo. Tú viste que son buenas.

–                       Es cierto. Pero esperaba quedarme contigo.

–                       Hija, no se puede tener todo. tú  misma ves que yo no estoy con mi Jesús. Os lo he entregado. Estoy separada, muy separada de él; mientras va caminando por la Palestina para predicar, curar y salvar a niñas…

–                       Es verdad.

–                       Si lo quisiera para mí sola, a ti no te hubiera salvado y vuestras almas no se salvarían. Piensa cuán grande es mi sacrificio. Os doy un Hijo que será Inmolado por vuestras almas. Por otra parte, tú y yo estaremos siempre unidas; porque las discípulas están siempre unidas con el Mesías, formando una Gran Familia, por el amor que tienen hacia Él.

–                       Es verdad. ¿Y podré venir aquí? ¿Nos volveremos a ver otra vez?

–                       Sin duda alguna. Hasta que Dios lo quiera.

–                       ¿Y rogarás siempre por mí?

–                       Lo haré siempre.

–                       Y cuando estemos juntas, ¿Me seguirás enseñando muchas cosas?

–                       Sí, hija.

–                       ¡Ah, yo quiero ser como tú! ¿Lo lograré? Quiero saber, para ser buena…

–                       Noemí es madre de un sinagogo que es discípulo del Señor. Mirta tiene un hijo que mereció la gracia del milagro y es un buen discípulo. Las dos mujeres son buenas e inteligentes, además de que abrigan en su corazón un gran amor.

–                       ¿Me lo aseguras?

–                       Te los aseguro, hija.

–                       Entonces bendíceme. Y que se haga la voluntad del Señor, como dice la Oración de Jesús. La he dicho tantas veces… Es justo que se haga ahora lo que dije, para conseguir que no fuese con los romanos…

–                       Eres una buena muchachita. Dios siempre te ayudará más. Ven. Vamos a decirle a Jesús que la discípula más joven, sabe hacer la Voluntad de Dios…

Y tomándola de la mano, entra a la casa con ella.

El viernes por la tarde, acalorados pero alegres llegan Mirtha y Noemí, con el joven Abel. Bajan de sus borricos y Abel los lleva al pesebre.

Ellas entran por la puerta del taller. Tomás está guardando las herramientas. Simón barre el aserrín y Jesús está limpiando los cacharros de cola y de pintura.

Las mujeres se inclinan al entrar y luego se arrodillan ante Jesús.

Al hacerlo dicen:

–                       La paz sea contigo, Maestro y con vosotros también.

Jesús contesta:

–                       La paz sea con vosotras. Sois muy fieles. ¡Venir con este calor!

–                       ¡Oh, no es gran cosa! Se encuentra uno tan bien aquí, que se olvida todo. ¿Dónde está tu Mamá?

–                       Está allá. Terminando un vestido para Áurea. Id vosotras.

Y las dos toman sus alforjas y van donde está María.

Zelote dice:

–                       Maestro, Mirta además de conservar al hijo que tenía, ha conseguido una nueva criatura y en poco más de un año.

–                       Sí. En poco más de un año…  Hace más de un año que María Magdalena se convirtió. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece que fue ayer… ¡Cuántas cosas han pasado en un año!

Regresa Abel y encuentra a Tomás todavía pensativo y perdido en sus recuerdos. Moviendo distraídamente sus instrumentos de orfebre.

Abel se inclina a verlos y pregunta:

–                       ¿Tuviste trabajo?

Tomás contesta:

–                       ¡Oh! He hecho felices a todas las mujeres de Nazareth. He reparado un montón de joyas. Tuve que pedir a Mateo que me trajera metal de Tiberíades. Me he creado una buena clientela. ¡Ja,ja!   -Ríe alegre-   me estoy preparando. Me he propuesto hacerme propaganda con el trabajo, cuando vaya a predicar entre los infieles. Y estoy haciendo progresos…

–                       Eres un hombre inteligente como orfebre y como apóstol.

–                       Me esfuerzo en serlo por amor a Jesús. ¿Con que has ganado una hermana? Trátala bien, ¿Sabes? Es como una palomita salida del nido. Te lo digo yo que estoy acostumbrado por razón de mi trabajo, a tratar mujeres. Una suave palomita que tuvo mucho miedo al gavilán.

Y que busca alas maternas, alas fraternas como defensa. Si tu madre no la hubiese querido, la hubiera pedido yo para mi hermana gemela. Un hijo más, un hijo menos. Es muy buena mi hermana, ¿Sabes?

–                       También mi madre. Se le murió una niña cuando quedó viuda. Tal vez se le puso mal la leche, cuando murió mi padre. Apenas si me acuerdo de ella. Y tal vez ni siquiera lo haría, si mi madre no la llorase y si cualquier niña pobre de Belén, no tuviese derecho a comer y a vestirse, en recuerdo de la muertita. Tal vez por eso yo también quiero mucho a las niñas. Aunque pienso que ésta ya no es una niña… Pero la consideraré como a tal por su corazón. Si es como mi madre, Noemí y tú, decís…

–                       Puedes estar seguro. Vamos. La conocerás.

Van al comedor en donde están las mujeres, Jesús y Zelote.

Mirta, que ha venido con una gran esperanza, está conquistándose el corazón de Áurea y le prueba un vestido de lino que le hizo.

–                       Te queda bien.  –le dice acariciándola, mientras le ajusta el vestido-  ¡Oh! Ahí está mi hijo Abel. Acércate hijo. Mira… Ésta es Áurea. Pertenecerá a nuestra familia, ¿Lo sabías?

Abel contesta:

–                       Sí. Y me siento contento como tú.

Mira a la niña. La estudia… Sus negros ojos se clavan en ella. Se muestra satisfecho y sonríe.

Le dice:

–                       Nos amaremos en el Señor que nos salvó. Y lo amaremos y haremos que otros lo amen. Seré para ti un hermano en espíritu y en cariño. Lo prometo ante el Maestro y mi madre… -y con una gran sonrisa, le tiende su mano fuerte y morena.

Áurea vacila por un momento, se sonroja y estrecha la mano de Abel.

Le contesta:

–                       Así lo haremos. En el Señor.

Los presentes se sonríen entre sí.

Se escucha una voz ronca:

–                       Aquí se puede entrar sin llamar a la puerta.

Es Pedro que viene seguido por todos los apóstoles, menos Judas.

Al día siguiente en la tarde, después del descanso del mediodía, se hacen los preparativos para la partida…

Tomás ofrece a la Virgen un brocamantón que se pone en el escote del vestido:

–                       Sé que no lo usarás, María. Pero acéptalo de todos modos. Tuve la idea de hacértelo, cuando un día mi Maestro habló de ti comparándote con los lirios de los valles. Y para que la alabanza que te dio tu Hijo, se aprecie como símbolo tuyo. Y si no logré dar al metal la viveza de un tallo real y la fragancia de la flor; mi sincero y respetuoso amor por ti lo hagan finísimo como una caricia. Y lo perfumen de la devoción que siento por ti, Madre de mi Señor.

–                       ¡Oh, Tomás! Es verdad que no uso joyas, porque me parecen cosas fútiles. Pero esto no lo es. Es amor de mi Jesús y de su apóstol. Y me gusta mucho. Y me acordaré del buen Tomás, que ama mucho a su Maestro. Gracias Tomás por tu amoroso afecto.

Todos admiran el trabajo perfecto y Tomás saca otra preciosidad: tres estrellitas de jazmín, con una ramita, unidas en un círculo, un par de peinetas  y un par de aretes que le hacen juego…

Y se las entrega a Áurea:

–                       Porque no fuiste codiciosa. Y has estado aquí mientras el jazmín estuvo en flor. Y porque estas estrellitas te recuerden a nuestra Estrella.

Áurea los recibe y llora de felicidad:

–                       Muchas gracias, Tomás. No lo olvidaré.

Se despiden y se van, montados en los borricos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

128.- FLOR DE HARINA


Pedro dice:

–                       Maestro, debemos llegar al poblado lo más pronto posible.

Los apóstoles preguntan:

–                       ¿Por qué? Todavía falta tiempo para el crepúsculo.

Pedro declara:

–                       No estoy pensando ni en el crepúsculo, ni en el sábado. Pienso en que no pasará ni una hora, antes de que azote una furiosa tempestad. ¿Veis aquellas nubes negras? Y… ¿Estas blancas de acá?… Un viento alto empuja a éstas. Uno inferior a aquellas que están preñadas de granizo… Cuando choquen con las blancas cargadas de rayos, sentiréis la música que tocarán. ¡Ea, pronto!  Soy pescador y leo en los cielos…

Jesús es el primero en obedecer y corren hacia las casas de la llanura…

En el puente encuentran a Judas que grita:

–                       ¡Maestro mío! ¡Cuánto he sufrido sin Ti! ¡Bendito sea Dios que premió mi constancia en esperarte aquí! ¿Qué tal te fue en Cesárea?

–                       La paz sea contigo, Judas.  –responde lacónicamente Jesús.- Hablaremos después. Vente que la tempestad se nos echa encima…

Y después del chaparrón que duró casi toda la noche, al día siguiente la atmósfera está diáfana y la tierra empapada.

Las últimas gotas de agua que quedaron prendidas entre el follaje o suspendidas en los zarcillos que brillan como diamantes puestos al sol. Las frutas lavadas lucen sus colores esplendorosos.

Pedro dice pisando fuerte:

–                       ¡Qué bien se camina hoy!

Tadeo agrega:

–                       ¡Mira qué hermoso está el Cielo!

Zelote añade:

–                       ¡Y esas manzanas! ¡Mira ese racimo que no entiendo cómo no se cae! ¡Parecen cubiertas de cera!

Y alegres caminan contemplando la belleza de la cosas. Hasta que Tadeo al que sigue Tomás y luego los demás; entona un Salmo en el que se celebran las glorias de la Creación.

Jesús sonríe al oírlos cantar contentos. Y une su hermosa voz de tenor al coro. Pero Iscariote, mientras los demás siguen cantando, se le acerca…

Judas dice:

–                       Maestro, mientras van distraídos y ocupados con su canto, dime ¿Qué hiciste en Cesárea? Todavía no me lo has contado… Y es la primera oportunidad que tenemos de hablar juntos. No pude preguntarte antes…

Jesús contesta:

–                       ¿Te interesa mucho?… En Cesárea hice lo que hago siempre: hablar del Reino de Dios y de la Ley…

–                       ¿A quién?

–                       A los ciudadanos. En los mercados…

–                       ¿A los romanos no? ¿Es verdad que no los viste?

–                       Pero, ¿Cómo es posible estar en Cesárea, sede del Procónsul y no ver romanos?

A Judas le es imposible disimular su ansiedad y pregunta:

–                       Lo sé… Quiero decir, ¿Les hablaste a ellos?

–                       Repito: ¿Te interesa mucho?

–                       No, Maestro. Es una simple curiosidad.

–                       Pues bien. Hablé a las romanas.

–                       También a Claudia, ¿Qué te dijo?

–                       Nada, porque no fue. Pero me hizo entender que no desea que se sepa que tiene contacto con nosotros…  

Jesús recalca mucho lo que ha dicho…

Y observa la cara de Judas que por más desvergonzado que sea, cambia de color. Primero se pone rojo y luego cenizo.

Pero se recupera pronto:

–                       ¿No quiere? ¿No piensa más en Ti? ¡Es una loca!

Jesús rebate:

–                       No. No es una loca. Es una mujer equilibrada. Sabe distinguir y reconocer su deber de romana y su deber para consigo misma. Y si a sí misma, a su corazón, procura luz y tranquilidad viniendo a la Luz y a la Pureza; pues es una criatura que instintivamente busca la Verdad y no se conforma con la mentira del paganismo. No quiere por otra parte, causar daño a su patria con ideas nocivas que podrían serlo, si se cree que ella está a favor de un posible competidor de Roma…

–                       ¡Oh! ¡Pero Tú eres rey del espíritu!…

–                       Pero hay entre vosotros quién sabiéndolo, no quiere aceptarlo. ¿Puedes negarlo?

Judas se pone rojo y luego pálido. No puede mentir.

–                       No pero el demasiado amor que…

Jesús puntualiza:

–                       Con mayor razón quién no me conoce. Esto es Roma; puede tener miedo de Mí, como de un competidor. Claudia obra rectamente para con Dios y para con su patria. Yo admiro los espíritus fieles y justos que no son tercos. Querría que mis apóstoles mereciesen la alabanza que tributo a la pagana.

Judas no sabe qué decir. Está por separarse del Maestro, pero la curiosidad lo aguijonea un poco más. Más que curiosidad, el deseo de saber hasta qué punto sabe el Maestro…

–                       ¿Me buscaron?

–                       Ni a ti, ni a ningún apóstol.

–                       ¿Entonces de qué hablaron?

–                       De la vida. De su poeta Virgilio.

–                       Pero, ¿Por qué hablasteis de eso? ¿Qué tenía que ver? Charlas inútiles…

–                       No. Me sirvió para hacerles ver que el hombre casto, tiene una inteligencia luminosa y un corazón honesto. Cosa interesante no solo para ellas…

–                       Tienes razón. No te quito más el tiempo, Maestro.  –y parte a la carrera para alcanzar a los demás…

Jesús camina despacio y se une a ellos. Al divisar un lugar en que hay cuatro caminos, Jesús se detiene y dice:

–                       Separémonos. Vengan conmigo Tomás, Simón y mis hermanos. Los otros vayan al lago y allá espérenme.

Judas dice:

–                       Gracias, maestro. No me atrevía a pedírtelo. Te me has adelantado. Estoy muy cansado y me quedaré en Tiberíades, si Tú me lo permites…

Santiago de Zebedeo añade:

–                       En casa de un amigo…

Judas abre tamaños ojos, pero no protesta nada.

Jesús contesta:

–                       Me basta con que el sábado estés en Cafarnaúm, con tus compañeros. Venid para que os de el beso de despedida a vosotros que no venís conmigo…

Los besa cariñosamente, dando a cada uno un consejo en voz baja…

Jesús los bendice y todos se despiden, tomando cada quién su camino…

Tres días después…

En Nazareth, han llegado a la casa de María. Cuando se abre la puerta y se deja ver el dulce rostro de la Virgen…

Jesús abre sus brazos para estrecharla y exclama:

–                       ¡Mamá!

María contesta dichosísima:

–                       ¡Hijo mío, Bendito! ¡Entra! ¡Y la paz y el amor esté contigo!

–                       ¡Y también con mi Mamá y con la casa y con quién en ella esté!   -dice Jesús entrando con sus cuatro apóstoles.

María de Alfeo y Mirta con Noemí, están haciendo el pan y lavando la ropa.

–                       Allí está vuestra madre.  –dice María a Judas Tadeo y a Santiago, señalándoles a María de Alfeo; después de haber saludado a los apóstoles, que se retiran discretamente, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

–                       Heme aquí de nuevo Mamá. Estaremos juntos por un poco de tiempo… ¡Qué dulce es regresar a la casa y sobre todo a dónde estás, después de haber estado entre los hombres!…

–                       Que siempre te conocen más y por haberte conocido, se dividen en dos ramas: la de los que te aman. Y la de los que te odian. Y la rama más gruesa es esta última…

–                       El Mal presiente que va a ser derrotado y está furioso… Y vuelve a otros furiosos. ¿Cómo está la niña?

–                       Un poco mejor. Estuvo a punto de morir. Pero las palabras que repetía en medio de su delirio corresponden en cierta forma, a las que dice ahora que ya no está. Estaríamos mintiendo si asegurásemos que no hemos reconstruido su historia… ¡Infeliz!

–                       Es cierto. Pero la Providencia veló por ella.

–                       ¿Y ahora?

–                       Ahora… Áurea no me pertenece. Su alma es mía… Su cuerpo es de Valeria. Por ahora permanecerá aquí, mientras olvida.

–                       Mirta la quiere.

–                       Lo sé… Pero no tengo el permiso de la romana, para obrar con todo derecho sobre ella. Cuando ella la busque…

–                       Iré en tu lugar, Hijo mío. No está bien que vayas Tú… Deja que lo haga tu Mamá. A nosotras las mujeres; seres de ningún valor en Israel, no se nos observa tanto si hablamos con los gentiles.

Tu Mamá es desconocida para el mundo. Nadie se fijará en la campesina hebrea que envuelta en su manto, va por las calles de Tiberíades y llama a la puerta de una dama romana…

–                       Podrías ir a la casa de Juana y hablar allí con la dama.

–                       Así lo haré Hijo mío y que tu corazón descanse. Estás muy afligido, Jesús mío. Lo comprendo. ¡Y cuánto quisiera hacer por Ti!…

–                       ¡Oh, que si lo haces Mamá! Gracias por todo lo que haces.

–                       ¡Oh! Es muy poco lo que te ayudo, Hijo mío, porque no logro alcanzar que te amen. No logro darte alegría… Cuando se te permite gozar de ella un poco. ¿Yo que soy? Una pobrecita discípula…

–                       ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No digas eso! Mis fuerzas nacen de tus oraciones. Mi corazón descansa pensando en ti. Y ahora encuentra consuelo al apoyar mi cabeza sobre tu corazón… ¡Oh, Mamita hermosa!

Jesús está sentado sobre la banca de la pared y atrae a Sí a su Madre. Que le acaricia los cabellos con suavidad…

Después de un momento de filial intimidad, sale con su Madre al huerto. Saluda a las discípulas en el dintel de la habitación donde está Áurea y…

Jesús pregunta:

–                       ¿Está durmiendo la niña?

María de Alfeo contesta:

–                       Sí. La fiebre la consume y la debilita. Si sigue así, morirá. Su cuerpo no puede resistir y su memoria se ve turbada con los recuerdos.

Mirta afirma:

–                       Sí. Y no reacciona. Porque dice que quiere morir, para ya no ver más romanos…

Noemí dice:

–                       Es un dolor para nosotros que ya la amamos…

Jesús dice:

–                       No temáis.

Y dirigiéndose a la habitación,  levanta la cortina. Mira a la niña que delira por la fiebre, en su lecho de enferma.

Con voz llena de piedad, dice:

–            ¡Áurea! ¡Ven! ¡Aquí está tu Salvador!

Áurea se sienta sobre el lecho, lo ve y con un grito baja hacia la puerta, se postra a sus pies diciendo:

–                       ¡Señor! ¡Ahora sí que me has librado!

–                       ¡Está curada! ¿Lo veis? No podía morir, porque antes tenía que conocer la Verdad.  –y a ella le dice- levántate y vive tranquila.

Le pone la mano sobre la cabeza. Áurea está sana y parece un ángel, con sus ojos brillantes y la alegría que irradia…

Jesús dice:

–            ¡Hasta pronto! Os dejamos en vuestros quehaceres…

Y Jesús se retira al taller, seguido por sus cuatro apóstoles.

Más tarde… el brasero del taller está prendido y el olor a cola que hierve en un recipiente se mezcla con la del aserrín y el de las virutas que caen sobre el suelo.

Jesús trabaja con ahínco, sirviéndose de la sierra y del cepillo, para confeccionar patas de silla, cajones y reparar la artesa, uno de los telares de María, dos taburetes, la escalera del huerto, un pequeño baúl y la puerta del horno, que parece que la royeron en su base los ratones. Jesús trabaja en reparar lo que el tiempo y el uso han acabado.

Tomás por su parte, con su equipo de pequeños instrumentos de orfebre. En una mesa, trabaja hábilmente en unas láminas de plata.

El golpe de su martillito sobre el punzón, saca sonidos argentinos y complementa el ruido que hace Jesús al trabajar la madera. Cuando no habla, se pone a chiflar quedito, levanta sus ojos y piensa. Se queda absorto mirando las paredes ahumadas del taller de carpintería.

Jesús lo nota y dice:

–                       ¿Estás sacando inspiración de esa pared negra, Tomás? El largo trabajo de un justo la dejó así. Pero no entiendo que inspiración pueda tener para un orfebre…

Tomás contesta:

–                       El orfebre es un poeta que trasmite al metal, las bellezas de la naturaleza. Pero nuestra obra artística y bella, no se compara con la tuya, humilde y santa. Porque la nuestra sirva para la vanidad de los ricos; mientras que la tuya sirve para la santidad del hogar y utilidad de los pobres.

–                       Dices bien, Tomás.  –dice Zelote, asomándose al dintel de la puerta que da al huerto y trae un bote con pintura en la mano.

Jesús y Tomás lo miran sonrientes.

–                       ¡Claro que digo bien! Pero quiero que por lo menos una vez, el trabajo de un orfebre sirva para adornar algo muy santo…

–                       ¿Cuál? ¿Qué?

–                       Es un secreto… Tanto he amado esta idea, que desde que estuvimos en Roma. Siempre traigo conmigo un pequeño equipo de orfebre, en espera del momento preciso… ¿Y tú trabajo Simón?

–                       ¡Oh! Yo no soy un buen artífice como tú. Es la primera vez que tomo la brocha en la mano y las brochadas no están parejas, aunque pongo toda mi buena voluntad. He dado la primera mano y te aseguro que mi impericia tiene muerta de risa a Áurea… Me siento feliz de que vuelve a nacer a la vida y es lo que se necesita para borrar el pasado. Y que se convierta en un nuevo ser para Ti, Maestro…

Tomás advierte:

–                       Pero tal vez Valeria no quiera cederla.

Zelote exclama:

–                       ¡Qué le importa a ella tenerla o no tenerla! Si la tuviese sería solo para dejarla perdida en el mundo. Y lo mejor es que la niña se salve. Sobre todo en su alma. ¿No es verdad, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Así es. Hay que rogar mucho para lograrlo. La criatura es sencilla y buena. Si se le educa en la verdad podría llegar a servir mucho. Instintivamente se dirige a la Luz.

Tomás dice:

–                       Como no tiene consuelos en la tierra, busca los el Cielo. ¡Pobrecita! Si llego a ser digno de predicarte alguna vez, tendré un amor especial por los esclavos. ¡Pobres infelices!…

Jesús confirma:

–                       Lo harás bien, Tomás.

Zelote pregunta:

–                       Está bien. ¿Pero cómo te acercarás a ellos?

–                       ¡Oh! Seré orfebre para las damas… Y maestro para sus esclavos. Un orfebre entra en las casas o a la suya llegan los ricos. Y trabajaré dos metales: el de la tierra para los ricos. El del espíritu para los esclavos.

–                       Dios te bendiga por estas ideas. Persevera en ellas.-dice Jesús.

–                       Sí, Maestro.

Zelote invita:

–                       Ven conmigo, Maestro. A ver mí trabajo.

Jesús dejas sus instrumentos y sale con él. Llegan a la escalera del huerto y enseña a Zelote como debe pintarla para que le quede bien.

–                       ¡Así! ¡Así!  -Jesús, inclinado al pie de la escalera, habla y trabaja al mismo tiempo…

Tomás deja sus punzones y se acerca a escuchar, pues Jesús habla de la parábola de la madera barnizada, comparándola con el alma y las virtudes que la hacen bella…

Al final Zelote exclama:

–                       ¡Qué parábola tan hermosa  nos has dicho! Quiero escribirla para dársela a Marziam.

Áurea reclama con un grito:

–                       ¡Y también para mí!  – hace unos minutos está descalza en el umbral que da al huerto.

Jesús pregunta:

–                       ¡Áurea! ¿Estabas escuchando?

–                       Te escuché. ¡Es muy bello! ¿Hice mal?

–                       No.

–                       Tu Mamá me mandó a decirte que dentro de poco es la hora de comer y ya van a sacar el pan del horno. Aprendí a hacerlo… ¡Qué bello! También he aprendido a blanquear la tela. Y en ambos casos tu Mamá me ha recitado hermosas parábolas.

–                       ¿Ah, sí? ¿Qué dijo?

–                       Que soy como harina todavía con tamiz. Pero tú bondad me limpia y tu Gracia trabaja en mí. Tu apostolado me forma, tu amor me cuece. Y así de una harina sucia, mezclada con otros elementos. Si te dejo que Tú trabajes en mí, terminaré por ser harina de ofrenda y pan de sacrificio, buena para el altar.

Y que en la tela que antes era oscura, llena de aceite y tosca; después de que se le echo tanta hierba borit. Después de restregarse, se ha limpiado y se vuelve suave. El sol enviarás sus rayos y quedará blanca… Y dijo que pasará lo mismo conmigo, si dejo que el sol de Dios con sus rayos y acepto que me limpie. Que me sujete a mortificaciones para llegar a ser digna del Rey de reyes. De ti, mi Señor. ¡Qué cosas tan hermosas estoy aprendiendo! Parece un sueño… ¡Todo es hermoso aquí!… ¡No me despaches, Señor!

–                       ¿No te irías gustosa con Mirtha y Noemí?

–                       Preferiría estar aquí. Pero, también con ellas. Pero no con los romanos. Con los romanos no,  Señor.

–                       Ruega, niña. ¿Has aprendido la Oración?

–                       ¡Oh, sí! Es tan hermoso decir: ‘¡Padre mío…!’ Y pensar en el Cielo. Pero la Voluntad de Dios me causa un poco de miedo. Porque no sé qué es lo que Dios quiere. Y no sé si Dios desea lo que yo quiero…

–                       Dios quiere tu bien…

–                       ¡Ah, sí! Tú lo dices y ya no tengo miedo. Presiento que me quedaré en Israel para conocer siempre más a este Padre mío. Y ser la primera discípula de Galilea. ¡Oh, Señor mío!

–                       Tu fe, porque es buena, será escuchada. Vamos.

La niña se va con María y se oyen sus risas… María le habla con mucha dulzura. Tomás dice:

–                       La niña aprende pronto.

Jesús contesta:

–                       Es buena y tiene voluntad.

Zelote agrega:

–                       Y tu Mamá, ¡Es una Maestra irresistible! Ni siquiera Satanás se atrevería a resistirla…

Jesús suspira y no dice nada.

–                       ¿Por qué suspiras así, Maestro? ¿No estuve en lo cierto?

–                       Sí. Pero hay ciertos hombres que son más resistentes que Satanás; el cual por lo menos huye de la presencia de María. Hay hombres que estando cerca de Ella y aunque Ella les enseña, no cambian su ser en algo bueno.

Y entran en la casa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

127-EL ÓBOLO DE CLAUDIA


Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo. Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas. Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente. La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina, de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito y le dice a Jesús que vaya a la puerta, porque…

–                       Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo. Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol… Cuando ve a Jesús, se inclina y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee y dice:

–                       Dirás que esperaré hasta antes del alba. ¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo. Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza y dice:

–                       ¡Infeliz!  – acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas. Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara. La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra. Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!  -pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada. Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta. El númida se va y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–                       Simón, debo quedarme hasta antes del alba. ¿Me lo permites?

Simón contesta:

–                       Todo lo que quieras. Me desagrada ser pobre…

–                       Me agrada que seas honrado.

–                       ¿Quiénes eran esas mujeres?

–                       Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–                       ¿Están sanas?

–                       Como Yo y tú.

–                       Entonces está bien. Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–                       Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–                       No. No partiremos hasta el amanecer.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque me pidieron que así lo hiciera.

–                       ¿Por qué? ¿Por quién?…  Es mejor caminar de noche… La luna es nueva.

–                       Espero salvar a una criatura y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–                       ¿Qué pasó? ¿Viste a las romanas? ¿Qué humor tienen? ¿Son ellas las que se van convertir? ¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–                       Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo. Vi a las romanas. Muy lentamente caminan hacia la Verdad. Pero no retroceden…  Lo que ya es mucho.

–                       Y… acerca de lo que dijo Judas, ¿Hay algo?

–                       Que continuarán venerándome como a un sabio.

–                       ¿Por causa de Judas? ¿Es él el que lo ha hecho?

–                       Vinieron a buscarme a Mí no a él…

Pedro pregunta inquieto:

–                       Entonces, ¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–                       Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–                       Es verdad. ¿Y van a venir esta noche las romanas?

–                       Ya vinieron.

–                       Entonces, ¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–                       ¿Por qué eres tan curioso?

–                       Maestro, sé bueno… Por favor dime todo.

–                       Te lo diré para quitarte toda duda. También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–                       ¡Claro que la oí!… Inmundos. Apestosos. Demonios. Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?… ¡Ah! ¡Entiendo!… Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón, por haber estado en medio de la inmundicia… Me maravilla que consientas en ello.

–                       Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–                       ¡Perdóname, Maestro!

–                       Sí. Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–                       ¡Ah, pero Claudia no puede hacer nada!…  El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–                       Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano. Y Claudia me mandó decir que no parta hasta antes del alba. No hay otra cosa. ¿Estás contento ahora?

–                       Sí, Maestro. Pero no has descansado nada. Ven. Estás muy agotado. Vigilaré para que te dejen en paz. Ven. Ven. –y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas. El sol se oculta. Cesa el trabajo. Entra la noche, las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama. Uno tras otro van muriendo los ruidos, hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

Los apóstoles  duermen sobre el cáñamo.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas. Ora… Piensa… Espera.  No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal avanza una barca pequeña y sube hasta la dársena silenciosa. Se detiene y bajan tres personas. Un hombre robusto, una mujer y una figura delicada. Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta y sale a su encuentro…

Cuando llega hasta ellos saluda:

–                       La paz sea con vosotros. ¿A quién buscáis?

Livia contesta:

–                       A ti, Maestro.  –descubriéndose y acercándose ella sola-  Claudia hizo lo que le pediste, porque era una cosa justa y completamente moral… –señala hacia la barca y agrega-  Aquella es la muchachita. Dentro de poco tiempo, Valeria la tomará como doncella de su pequeña Fausta…  Pero te ruega que entre tanto la tengas Tú, que puedes confiarla a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es pagana del todo… Mejor dicho, es peor que pagana. El dueño que la alimentó no le enseñó nada en absoluto…  Nunca ha oído hablar ni del Olimpo, ni de ninguna otra cosa. Tan solo se siente aterrorizada ante los hombres, porque hace unas cuantas horas la vida se le reveló como es: brutal y cruel…

Jesús pregunta:

–                       ¡Oh! ¿Demasiado tarde?

–                       No, materialmente… él la preparaba poco a poco…  Digamos… para su sacrilegio. Y la niña está espantadísima… Claudia tuvo que dejarla durante toda la cena cerca de ese sátiro y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento. No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales, lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera y arrebatarle su tesoro.  Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia, de la que salió porque perdió el favor imperial… Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Ennio mordió el anzuelo… Mañana cuando ya no esté borracho protestará, la buscará, hará su comedia… Pero también mañana Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–                       ¿Con la violencia? ¡No!

Livia sonríe con travesura:

–                       ¡Oh, Maestro! ¡La violencia empleada con buen fin!…  Pero no será necesaria… También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla bien en la cena… Y ahora sólo Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche, está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma… ¡Ah, ah!… Y partirá en primer buque militar.

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución de que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden… ¡Es muy endeble!  Y es mejor así… Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro! Por este motivo fuimos a la cena. Pero, ¿Cómo pudimos ir allá hasta hace unos cuantos meses, sin haber sentido náuseas?… Tan pronto obtuvimos lo que se deseaba, nos salimos… Todavía nuestros maridos están imitando a los brutos ¡Qué náuseas, Maestro!  Y debemos recibirlos después… después que…

–                       Sed austeras y pacientes. Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–                       ¡Oh, no es posible! Tú no sabes… -Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira y ella continúa:

–                       Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte que te venera como al Único Hombre que merece veneración… Y quiere que te diga que te agradece haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza. Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–                       Sí. El hombre ¿Quién es?

–                       El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos. No hay ningún peligro de delación… No tiene lengua.

Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!

La romana toma a la niña de la mano y casi la arrastra hasta donde está Jesús…

Livia dice:

–                       Sabe unas cuantas palabras latinas. Judías casi ninguna. Es una salvajita… Que la eligieron únicamente como objeto de placer.  –y dirigiéndose a la niña-  No tengas miedo. Dale las gracias. Él fue el que te salvó. Arrodíllate y bésale los pies. ¡Ea! ¡Hazlo! ¡No tengas miedo! Perdona Maestro, todavía tiene el terror que le inspiraron las caricias de Ennio que estaba ebrio…

–                       ¡Pobre niña!  -dice Jesús poniéndole su mano en la cabeza- ¡No tengas miedo! Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo. A la casa de Mamá, ¿Entiendes? Y tendrás muchos hermanos buenos… ¡No tengas miedo, hijita mía!

En la Voz y en la mirada de Jesús hay todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La niña lo siente y se echa para atrás el manto con su capucho, para mirarlo mejor. Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Sus modales son sencillos. Su expresión está llena de inocencia. El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–                       Estaba casi desnuda. Le puse lo primero que encontré. Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión y dice:

–                       ¡Es una niña!  -Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–                       Sí, patrón.

Jesús rebate:

–                       No. No soy tu patrón. Dime Maestro.

–                       Sí, Maestro. –le dice con más confianza.

Y una tímida sonrisa se asoma en la carita que antes estaba pálida por el miedo.

Jesús pregunta:

–                       ¿Eres capaz de caminar mucho?

–                       Sí, Maestro.

–                       Después descansarás en la casa de mi Madre. En mi casa, hasta que llegue Fausta. Una niña a la que vas a querer mucho. ¿Quieres?…

–                       ¡Oh, sí! –y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul, que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada, se atreve a preguntar- ¿Ya no más aquel patrón?…

–                       No, más.  –le promete Jesús, poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–                       Adiós, Maestro. Dentro de pocos días iremos al lago. Tal vez podremos verte una vez más. Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–                       Gracias…  Vete en paz. Adiós, Lidia. Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras. – se vuelve  hacia la niña y agrega- Ven niña. Partiremos ahora.

Y tomándola de la mano, se dirige a la puerta del almacén y llama a los apóstoles.

La barca se va sin dejar rastro de haber venido y entra al mar abierto…

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea. Se detienen un poco, porque la niña que no está acostumbrada a caminar de noche y frecuentemente tropieza con las piedras del caminan…

Jesús dice:

–                       Es mejor esperar un poco. La niña no ve y está cansada.

La niña responde rápida:

–                       No, no. Si puedo… Vámonos lejos, lejos, lejos… Podría venir… Por aquí pasamos para ir a esa casa.  –Lo dice castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín para hacerse entender.

Jesús trata de tranquilizarla:

–                       Vamos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá. No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos, dice:

–                       No tengas miedo. A estas horas, ese romano es una sopa de vino bajo la mesa…

Pedro agrega:

–                       Y estás con nosotros. Todos te queremos. No permitiremos que te hagan daño. ¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella. Él la robustez y ella la delicadeza. Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente admirada y más preciosa!

Juan le dice:

–                       Eres una hermanita nuestra y los hermanos defienden a sus hermanas.

Cuando llegan a la arboleda, se sientan y aguardan. Los hombres se dormirían gustosos, pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace que se cuelgue del cuello de Bartolomé que tal vez por ser el de mayor edad atrae su confianza y de esta manera… No es posible dormir.

Bartolomé le dice:

–                       No tengas miedo. Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–                       ¿Por qué?  – y sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–                       Porque Jesús es Dios y Dios es más fuerte que los hombres.

–                       ¿Dios? ¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–                       ¡Pobre criatura! Pero, ¿Cómo te educaron? ¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–                       Sí. A conservar blanco el cutis, brillante la cabellera. A obedecer a los patrones. A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano… Era feo y me daba miedo. En su casa siempre había unos ojos.  En el baño, en los vestidores, en el cubiculum… Unos ojos… Y esas manos… ¡Oh! ¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!… –y comienza a llorar.

Jesús dice:

–                       No lo serás más. Ya no está el romano. Ni están sus manos… Sólo la Paz.

Felipe comenta:

–                       ¡Es una crueldad! Cómo a bestias y peor todavía… Porque a una bestia le enseñas su oficio. Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–                       Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar. Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–                        De hecho te hizo feliz, de una manera que nunca imaginó. Feliz en la tierra y feliz en el Cielo. Porque conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos meditan en las crueldades del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–                       ¿Me puedes decir que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios?… –después de una pausa agrega- ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado. Se toma de la barba con perplejidad y dice lleno de incertidumbre:

–                       Dios… ¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–                       ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–                       ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…  Estoy ahora como uno que se ahoga en el mar. ¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–                       Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé. Es un abismo, sí. Pero vacío… Y puedes llenarlo con la Verdad. Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, sierpes. Habla con sencillez como si hablases a un infante. Y ella te entenderá como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, ¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–                       Podría. Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo, que las mías que son de Dios. Y por otra parte, os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí. Debéis pues aprender a hacerlo.

–                       Es verdad. Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–                       Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–                       Si, señor. hace siete años que… antes estaba con ella.

–                       Está bien. ¿La recuerdas? ¿La amas?

Ella solloza en un:

–                       ¡Oh!  -y da un pequeño grito.

–                       No llores. ¡Pobre niña! Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–                       Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–                       Sí. Por tu familia… el amor por tu familia. Los pensamientos que guardas por ella. El deseo que tienes de regresar a ella…

–                       ¡Nunca más los veré…!

–                       Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas son el amor… El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos; a quienes amamos y a quienes deseamos ver…

–                       Si yo creo en ese Dios que está allí, ¿Tendré una religión?… ¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–                       ¡Bien! ¿Fácil qué cosa?…  ¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–                       En ambas cosas…  Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí. El romano me nombraba muchos y juraba. Decía: ‘¡Por la diosa Venus, por el dios Júpiter, por el dios Cupido!’ Han de ser dioses malos porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–                       No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–                       Pero yo no sé todavía que cosa es Dios. Veo que es un hombre como tú… Entonces es un Hombre- Dios. ¿Y cómo se hace para comprenderlo? ¿En qué aspecto es más fuerte que todos? No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–                       Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–                       No, Nathanael. Enseñas muy bien.

–                       Lo dices porque eres bueno. Busquemos otro modo de seguir adelante. – se vuelve hacia la niña- Oye niña… Oye niña. Dios no es hombre…  Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grande que llena el Cielo y la tierra. Y todo lo ilumina, todo lo ve, todo lo ordena y en todas las cosas manda…

–                       ¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–                       Dios es bueno y da órdenes buenas. A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos, arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas… Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–                       Pero tú, sí.

–                       Yo sí.

–                       Si es más fuerte que todos, ¿Por qué no se hace obedecer? ¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido y exclama:

–                       Dios… ¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–                       Sigue. Sigue, Bartolomé. Eres un maestro muy competente. Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos. ¿Y ahora ya no quieres seguir?…  ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–                       Parece fácil cuando se te escucha. Todas tus palabras están aquí dentro. Pero sacarlas, ¡Oh, miseria de nosotros los humanos! ¡Maestros inútiles!

–                       El reconocer la nulidad propia dispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–                       Está bien, Maestro… –La mira con ternura y dice- Oye niña.  Dios es fuerte, fortísimo. Más que César. Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…  Pero no es un Señor sin compasión que quiera siempre que se le diga que sí, so pena de azotarlo. Dios es un Padre. ¿Te quería mucho tu padre?

–                       ¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es mi patria. Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo y más que a la patria…

–                       ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–                       No. Jamás. Cuando no me portaba bien, me decía: ‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–                       Bueno. Pues así hace Dios… Es Padre, nos ama y llora si somos malos. Pero no nos obliga a obedecerle. Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horribles…

–                       ¡Oh, qué bueno! El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla. Y también el romano, irán a los suplicios, ¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael, que contesta:

–                       Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena. Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–                       ¿No? ¿Y cómo lograrlo?

–                       Rogando por él.

–                       ¿Qué es rogar?

–                       Hablar con Dios diciéndole que lo queremos…

Ella, llevada por su coraje, exclama apasionadamente:

–                       Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–                       No. No debes… Jesús no te amará si dices así.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–                       Pero no puedo amarlos.

–                       Pero puedes por ahora no pensar en ellos. Trata de olvidarlos…  Luego, cuando Dios te instruya más… rogarás por ellos. Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–                       ¿Yo soy hija de Dios?…  ¿Tengo dos padres?…  ¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–                       Todos los hombres son hijos de Dios, porque Él los creó. ¿Ves esas estrellas allá arriba? Él las hizo. ¿Ves estas plantas? Él las hizo. La tierra en la que estamos sentados, el pájaro que canta, el mar inmenso…  Todo y a todos los hombres, los creó Él. Y los hombres son más hijos suyos que todo lo demás. Porque tienen algo especial que se llama alma y que no muere, porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

–                       ¿Dónde está el alma? ¿Tengo yo también un alma?

–                       Sí. En tu corazón. Es la que te hizo comprender que el romano era malo y que ciertamente no te dejará que desees ser como él. ¿No es verdad?

–                       Sí…  -Áurea reflexiona… Y luego con firmeza dice- ¡Sí! Era como una voz que estuviese adentro y como una necesidad de tener quién me ayudase. Y con otra voz que era la mía, llamaba a mi mamita…  Porque yo no sabía que Dios existía. Ni que existiese Jesús… Si lo hubiera sabido, lo hubiera llamado a Él, con esa voz que llevaba dentro…

Jesús interviene y dice:

–                       Has comprendido bien, niña. Crecerás en la Luz. Yo te lo aseguro. Cree en el Dios Verdadero. Escucha la voz de tu alma en la que no existe todavía una sabiduría, pero en la que tampoco existe mala voluntad… Y encontrarás en Dios a un Padre. Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…  Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él, Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–                       Cerca de Ti. ¡Qué bien se siente uno al estar contigo! No te separes de mí, Jesús…  Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo. En Cesárea tuve miedo de hacerlo… Me parecías sólo un hombre… Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre. Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–                       Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–                       Y Salvador. ¡Sí! Me salvaste…

–                       Y te salvaré cada vez más. Tendrás un nombre nuevo…

–                       ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? ¿Por qué no me lo dejas?

–                       No te lo voy a quitar. Junto a tu nombre antiguo tendrás otro nuevo…  Eterno.

–                       ¿Cuál?

–                       Cristiana. Porque Cristo te salvó… Comienza a alborear. Vámonos. –Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol y agrega-  ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos? Hablaste muy bien. La niña se instruirá fácilmente. Es la verdad. –y ordena con suavidad- Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor. Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–                       Voy enseguida. Vete… Obedece.

Y quedándose con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, advierte:

–                       Está mal que la tenga Valeria. Es pagana.

Jesús contesta:

–                       No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–                       Está Nique, Maestro.

Pedro sugiere:

–                       Y Elisa…

Zelote:

–                       Y Juana, es amiga de Valeria… Valeria se la cederá con gusto. Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–                       Haz lo que te parezca. La niña con frecuencia vuelve atrás su cara. Voy con ella…  Confía en mí, porque ya estoy viejo. Me gustaría quedarme con ella. Una hija más…-Da un suspiro profundo y agrega- Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–                       ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–                       Porque me causa dolor ver que aún los prudentes, son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega y dice:

–                       Pero, lo digo aquí entre nosotros. Bartolomé tiene razón… Y aún más, debe tomar sus providencias. Acuérdate de Síntica y de Juan. Para que no suceda algo semejante. Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–                       Dentro de poco, Juan morirá…  Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea. Y no es un ambiente propicio…

Zelote insiste:

–                       Y con todo, no puedes tenerla. Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros. Y Judas… Permíteme que te lo diga, maestro…  Es un lujurioso y un… Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una utilidad…  Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–                       Exacto…  Simón ha dicho la verdad. También yo pensaba en lo mismo. Haz lo que dice él, Maestro.

Jesús piensa y calla… Pasan algunos minutos…

Luego Jesús dice:

–                       Oremos. El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

El alba se ha teñido de colores. Atraviesan un poblado y toman el camino que va por la campiña…

El sol calienta más fuerte. Se sientan a comer a la sombra de un nogal gigantesco.

Jesús pregunta:

–                       ¿Estás cansada?  – a la niña que come sin ganas- Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–                       No, no… vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–                       Se lo hemos preguntado varias veces. Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–                       Puedo. Todavía tengo fuerzas. Vámonos lejos…

Vuelven a caminar y Áurea se acuerda de algo.

–                       Tengo una bolsa. Las señoras me dijeron: ‘La darás cuando empiecen los montes.’ Y los montes están aquí.

Jesús se detiene…

Ella busca en la alforja que Livia le dio. Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–                       El óbolo… No quisieron quedarse sin dar las gracias. Son mejores que muchos de los nuestros… -mira a sus apóstoles y dice- Toma Mateo. Guarda este dinero. Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–                       ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–                       No.

–                       Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero. Comienzan a subir el Monte Carmelo. Aunque aquí hay más sombra y está más fresco, Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–                       Maestro, la niña tiene fiebre y está agotada. ¿Qué hacemos?

Áurea se niega a detenerse. Está colorada por la fiebre. Acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden; pero continúa caminando…

Pasan la colina y llegan al otro lado. La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y casi al pie de la colina, distinguen a un grupo de discípulos. Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!   -y ordena que todos se detengan, mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

La lleva aparte con Isaac y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un patrón inmundo. Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio. Peo no tengo en qué llevarla. ¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–                       A Belén de Galilea. A la casa de Mirta. Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–                       Id primero a Nazareth. Os lo pido por caridad. Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa. La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios. Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro. Lo que Tú quieras. Partimos al punto. ¡Pobrecita niña! ¿La azotaba?…

–                       Quería violarla.

–                       ¿Cuántos años tiene?

–                       Más o menos trece…

Mirta exclama:

–                       ¡Un vil! ¡Inmundo! Nosotros la cuidaremos con cariño. Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–                       Cierto Mirta. Señor, ¿Es tu discípula?

Jesús se queda callado por unos omentos y luego dice:

–                       No lo sé todavía… Rogad mucho y no digáis nada a nadie. ¿Entendisteis? A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–                       Así lo haremos.

Van con el carruaje. Isaac guía. Lo siguen Jesús y las mujeres. La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–                       ¡Qué hermosa es!

Mirta la acaricia y dice:

–                       Querida, no tengas miedo. Soy una mamá, ¿Sabes? Ven…   -Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Isaac humedece estos paños para ponérselos sobre la frente…Siente su calor y exclama:

–                        ¡Qué calentura!… ¡Pobre hija!…

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir, le dice a Jesús:

–                       Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot, que te está esperando como un mendigo…. Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí. ¡La paz sea contigo, Maestro! Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido… Y…

Jesús dice:

–                       ¡Demos gracias al Señor!

Suerte para la niña. Suerte para Judas. Es mejor que no se sepa nada…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

126.- AMOR EQUIVOCADO


Desde la cima de las colinas, se ve la costa mediterránea. Las ciudades marítimas aparecen envueltas en la blancura de sus casas entre el verdor de la floresta y el azul del mar, en el que se refleja el azul del Cielo.

Acaba de amanecer y después de haberse pintado la aurora de color rosado, la tiñe después de azul  y la brisa matinal, sacude el rocío con las primeras caricias del sol y esparce el aroma de las flores y del mar.

La ciudad de Cesárea se ve recostada en la orilla. Hermosa como lo son todos aquellos lugares en que la exquisitez romana ha echado raíces. Termas y palacios de mármol blanquean como bloques de nieve aprisionada en los barrios más cercanos al mar.

A estos palacios hace guardia una torre blanca, alta, cuadrada, situada en dirección al puerto, que parece vigilarlo montando guardia.

Alrededor hay muchas casas más modestas de estilo hebreo con viñas y jardines colgantes sobre las terrazas y árboles de follaje cortado.

Cesárea está llena de extensos mercados que están llenos de todo género de artículos, destinados a las exigentes mesas romanas y de mercaderías traídas de todas partes del mundo.  Hay mucha gente en la parte sur de los mercados y sus cómodos pórticos. Son de todas las clases sociales y realizan sus compras con algarabía y disfrutando de todo lo que hay.

Un romano muy elegante a quién preceden unos diez esclavos cargados con bolsas y paquetes, se encuentra con otros dos patricios.

Hay saludos mutuos:

–                       ¡Salve, Ennio!

–                       ¡Salve, Floro Tulio Cornelio! ¡Salve, Marco Heracleo Flavio!

–                       ¿Cuándo regresaste?

–                       Anteayer al amanecer y rendido de cansancio.

El joven llamado Floro le dice con sorna:

–                       ¿En qué te has fatigado? ¿Desde cuándo te has puesto a sudar?

–                       No te burles, Floro Tulio Cornelio. Todavía ahora estoy sudando a causa de mis amigos.

El mayor, llamado Marco, le replica:

–                       ¿Por tus amigos? No te hemos pedido nada.

Ennio contesta:

–                       Pero mi corazón está pendiente de vosotros. ¡Qué duros sois conmigo, que me preocupo por vosotros! Ved esa hilera de esclavos cargados. Otras antes que ellos, ya se fueron. Y todo para honraros. Todo para vosotros.

Los amigos protestan ruidosamente:

–                       ¿Es esto lo que llamas trabajo?

–                       ¿Un banquete?…

–                       ¿Y por qué razón?

–                       ¡Pssst! ¡Qué gritería entre nobles patricios!

–                       Os parecéis a esta gente, sólo en que todos morimos…

–                       Orgías y descanso que son nuestros compañeros inseparables.

–                       Todavía me pregunto, ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es lo que debemos hacer?

–                       Una de las cosas que tenemos que hacer es morir de fastidio.

–                       Enseñar a vivir a estas lloronas, es otra cosa muy distinta.

–                       Y sembrar Roma en los sagrados senos de las hebreas, es algo más.

–                       Y gozar aquí como en cualquier otra parte de nuestras rentas, de nuestro poder al que todo se permite, es cosa muy diversa.

Los tres se entrelazan en  una conversación llena de intención y de picardías, de la que brota la carcajada abierta…

El joven Floro deja de reír y frunciendo el ceño, su expresión se oscurece y dice:

–                       Hace ya algunos meses que una sombra ha caído sobre la alegre corte de Pilatos. Las mujeres más hermosas, parecen castas vestales y sus maridos las secundan en su extravagancia; lo que roba demasiado placer a nuestras holganzas…

Ennio dice:

–                       Es cierto… Y todo por seguir el capricho de ese campesino Galileo… Pero pronto se les pasará…

Marco responde:

–                       Te engañas Ennio. Tengo entendido que también Claudia ha caído en sus redes. Y por eso… Una estrambótica moderación de costumbres se ha apoderado de su palacio. Parece que ha revivido la austera Roma Republicana…

–                       ¡Ufff! ¡Qué desgracia! ¿Desde cuándo?

Floro contesta:

–                       Desde el dulce Abril, propicio a los amores. Tú no sabes, estabas ausente. Nuestras damas regresaron tan fúnebres, como las plañideras de los sepulcros. Y nosotros los pobrecitos hombres, tenemos que buscar en otras partes, muchos consuelos… Que ni siquiera se nos permiten en presencia de las púdicas.

–                       Una razón más para que os socorra. Esta noche haré una gran cena… Una grandiosa orgía en mi casa. Estuve en Cintium y allí encontré delicias que estos apestosos tienen por inmundas: pavos, perdices, grullas de todas clases.  Jabalís pequeños para nuestros gustos refinados…

Vinos exquisitos de las colonias romanas; de mis posesiones y de las playas asoleadas de Aciri… Perfumados vinos de Quío y de la isla de la que Cintium es la piedra preciosa. Vinos generosos de Iberia, tan buenos para poner fuego en las venas, cuando llega la hora culminante…

–                       ¡Oh! ¡Será una gran fiesta para ahuyentar el fastidio de este destierro!…

–                       ¡Para convencernos de que todavía somos viriles!…

Marco pregunta:

–                       ¿También habrá mujeres?

–                       También. Y hermosas, más que una rosa. De todos colores y sabores. Me costó un tesoro conseguir todas estas mercancías, entre los que vienen mujeres bellas y blancas, como las azucenas…

¡Pero soy generoso con los amigos!… Aquí hice las últimas compras; que no hice antes, para que no se echaran a perder en el viaje. Después del banquete, el amor…

–                       ¿Tuviste buena navegación?

–                       Óptima. Venus Marina me fue propicia.

Por lo demás es a ella a quién dedico el rito de esta noche…

Los tres ríen alegremente gustando por anticipado sus sensuales fantasías…

Floro pregunta:

–                       ¿Por qué motivo esta fiesta extraordinaria?

–                       Por tres motivos: mi amado sobrino llevará en estos días la toga viril y debo festejar el acontecimiento. Dos, porque desobedecí al presagio que me dijo que Cesárea sería un lugar de tristeza y conviene destruir el encanto, con este rito dedicado a Venus…

El tercero os lo diré en voz baja: estoy de bodas…

Los dos amigos dicen al mismo tiempo:

–                       ¿Tú?

–                       ¡Eres un mentiroso!

Ennio hace un gesto de deleite anticipado y afirma:

–                       De veras. Está uno de bodas cuando se da el primer sorbo a un ánfora cerrada. Esta noche lo haré. La compré con doscientas monedas de oro.

Ni Venus hubiera sido capaz de parir tal preciosidad: es bella como la aurora.

Blanca y de cabellos rubios como el oro. Pura y hermosa como ninguna. ¡Es un botón! Un capullo cerrado. ¡Ah! ¡Y yo soy su dichoso dueño!…

Marco Heracleo dice bromeando:

–                       ¡Profanador! 

–                       No la hagas de censor, que eres igual que yo… Cuando se fue Valeriano todos nos moríamos de fastidio y de cansancio. Yo entro ahora en su lugar…

Los tesoros de nuestros antepasados para esto sirven. No seré un necio como él, para esperar a que ese capullo de Alhelí, se muera de nostalgia y se pierda con filosofías de esos enervados, que no saben gozar de la vida…

Floro exclama:

–                       ¡Bravo! Pero… la esclava de Valeriano era docta y…

Ennio lo interrumpe:

–                       ¡Y estaba loca con la lectura de sus filósofos! Pero, ¿Quién piensa en el alma y en la otra vida y en virtudes?… ¡Vivir es gozar!…

Y nosotros estamos vivos. Ayer eché al fuego, todos esos funestos rollos y bajo pena de muerte he ordenado a los esclavos, que no vuelvan a acordarse de míseros filósofos y galileos. Ese capullo tan solo me conocerá a mí…

–                       ¿Dónde la encontraste?

–                       Hubo alguien sagaz que compró esclavos después de las guerras gálicas. Los eligió con perfección y los usó tan solo como reproductores, alimentándolos bien y tratándolos mejor. Lo único que tenían que hacer era procrear flores nuevas de belleza… Y Gala es una de éstas. Ya es púber. El dueño me la vendió… Y yo la compré… ¡Ja, Ja, Ja!…

–                       ¡Libidinoso!

–                       Si no la compraba yo, otro la hubiera comprado… Por eso no debió haber sido mujer…

–                       Si te oyese…

Marco exclama:

–                       ¡Oh! ¡Míralo!

–                       ¿A quién?

–                       El Nazareno que ha embrujado a nuestras damas. Está detrás de ti…

Ennio se vuelve como si en la espalda tuviese un áspid. Mira a Jesús que camina despacio entre la gente que se agolpa a su alrededor… Gente pobre en la que hay también esclavos romanos.  Y con una sarcástica carcajada…

Enio pregunta:

–                       ¿Ese harapiento?…  Lo siguen mujeres depravadas. Pero vámonos antes de que nos embruje también a nosotros.  –y volviéndose a los esclavos- Vosotros váyanse ligeritos a casa. Habéis estado perdiendo el tiempo y allá esperan las especias y los perfumes. Daos prisa. Acordaos que está el látigo, si no está todo listo para el crepúsculo.

Los esclavos se van a la carrera. Y con toda lentitud, los siguen los tres patricios.

Jesús sigue caminando triste, porque oyó las últimas palabras de Ennio y mira con infinita compasión a los esclavos, que corren con su carga. Mira a su alrededor y busca caras de esclavos romanos…

Ve a algunos mezclados entre la gente, que tiemblan de miedo de que los vigilantes los sorprendan o que los hebreos los arrojen.

Deteniéndose les dice:

–                       ¿Entre vosotros no hay nadie de aquella casa?

Un esclavo contesta:

–                       No, Señor. Pero sí los conocemos…

Jesús dice a su apóstol:

–                       Mateo, dales buena limosna. La dividirán entre sus demás compañeros, para que sepan que hay quién los ama. Vosotros sabed y decidlo a los demás que con la vida termina el dolor para los que fueron buenos y honestos en sus cadenas…

(Les cuenta una parábola)… No desperdiciéis las dos monedas: el tiempo y el libre albedrío. Empleadlos en la justicia para que lleguéis a la derecha del Padre. Y si habéis faltado en algo, arrepentíos y tened fe en el amor misericordioso. La paz sea con vosotros.

Todos se van y los esclavos siguen allí…

Jesús les pregunta:

–                       ¿Todavía aquí, pobres amigos míos?  ¿No os castigarán?

Un anciano, el que parece ser el mayordomo entre ellos contesta:

–                       No, Señor. Si decimos que te escuchamos…  Nuestras dueñas te veneran.

Nosotros los de la casa de Claudia, Plautina, Livia y Valeria, nos encontramos bastante bien. Y te bendecimos porque nos has hecho más llevadera nuestra suerte. ¿A dónde vas a ir ahora, Señor? ¡Hace tanto tiempo que deseábamos verte!…

–                       A la casa del cordelero que está en el puerto. Pero esta noche me voy y vuestras dueñas irán a la fiesta…

–                       Lo diremos también. Hace muchos meses que nos dieron órdenes de que siguiéramos tus pasos.

–                       Está bien. también vosotros emplead el tiempo y el pensamiento, que siempre es libre, aun cuando el hombre esté encadenado.

Los esclavos se inclinan profundamente y se van al barrio de los romanos.

Jesús y los suyos se dirigen al puerto…

Más tarde…

Los trabajadores dan vueltas a su malacate y no se oye otro ruido al estirar el cáñamo.

Uno de ellos exclama:

–                       ¡Mujeres! ¿Y a estas horas? ¡Mirad!…

El sol fustiga sin piedad, en la pequeña plazoleta, pese a los cuatro gigantescos plátanos que están en cada ángulo de la plaza rectangular.

Un joven dice con mofa:

–                       Andarán buscando cordeles para amarrar a sus maridos…

–                       Puede ser que necesiten de cáñamo para sus trabajos.

–                       ¿Del nuestro, tan burdo, cuando pueden conseguir uno muy fino?

–                       El nuestro cuesta menos. ¿Ves? Son pobres…

–                       Pero no son hebreas. Mira que el manto es diferente. Así es.

–                        Acá en Cesárea Hay de todo un poco…

–                     Tal vez busquen al Rabbí… Estarán enfermas…

–                       Mira como vienen cubiertas y con este calor.

El cordelero que parece ser el capataz, dice:

–                       Con tal de que no sean leprosas… Miseria, sí. Pero lepra, no. No la quiero ni siquiera resignándome a la voluntad de Dios.

–                       ¿No has oído al Maestro? ‘Es menester aceptar todo lo que Dios nos manda’

–                       Pero la lepra no la manda Dios. La proporcionan el pecado, los vicios, el contagio…

La mujer llega y habla con uno de los trabajadores.

Y éste viene con el capataz:

–                       Simón, esta mujer desea algo, pero habla en una lengua extranjera. Háblale tú que has navegado…

Simón pregunta con voz ronca, en latin culto:

–                       ¿Qué quieres? – tratando de ver su cara, bajo el velo oscuro.

Ella responde en un griego clásico:

–                       Al Rey de Israel. Al Maestro.

–                       ¡Ah! Comprendí… ¿Sois leprosas?

–                       No.

–                       ¿Quién me lo puede asegurar?

–                       Él te lo puede decir. Pregúntaselo.

El hombre no sabe qué hacer.

Luego dice:

–                       Bien. Haré un acto de Fe y Dios me protegerá. Lo voy a llamar. Quedaos aquí.

Las cuatro mujeres no se mueven. Forman un grupo extraño y mudo.

Los cordeleros las miran con asombro y con temor.

El hombre va al almacén y toca a Jesús que duerme.

–                       Maestro, acá te buscan.

Jesús se despierta y se levanta al punto.

–                       ¿Quién?

–                       Mujeres griegas. Dicen que no son leprosas y que Tú lo puedes asegurar.

–                       Voy inmediatamente.  –dice Jesús amarrándose las correas de sus sandalias y abrochándose el cuello.

Se pone a la cintura la faja que se había quitado para poder dormir mejor y sale al encuentro de las mujeres.

Jesús las mira y dice:

–                       Simón, puedes estar tranquilo. Las mujeres no están enfermas. Y quiero escucharlas en paz.

Simón contesta:

–                       Vete a la habitación del fondo. Allí estarás solo y nadie te molestará.

Jesús dice a las mujeres:

–                       Venid.

Y entran en una bodega, donde guardan los utensilios de trabajo.

Jesús tiene un aspecto serio y pálido…

Y dice con una sonrisa de disculpa:

–                       No es un lugar apropiado para ustedes. Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto. Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.

Plautina responde:

–                       No vemos al lugar, sino Al que en estos momentos está en él.

Jesús sonríe y dice:

–                       Por esto entiendo que pese a todo, todavía me consideráis como a un hombre justo.

–                       Y más que eso. Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un justo. Y no toma en cuenta lo que se oyó…  Pero quiere que Tú Mismo se lo digas, para venerarte con mayor razón.

–                       O para no hacerlo si me muestro a ella como quisieron pintarme. Pero decidle que  no hay nada de eso. No tengo miras humanas. Mi Ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural. Y nada más. Quiero, sí; reunir a todos los hombres en un solo reino. ¿A qué hombres? ¿A los que están hechos de carne y sangre? ¡No! Eso lo dejo, cosa corruptible a las monarquías que pasan; a los reinos que se tambalean.

Quiero reunir bajo mi único cetro, sólo los corazones de los hombres; espíritus inmortales en un reino inmortal. Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi voluntad. Quienquiera que sea que la haya dado. Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía, que la Verdad no tiene sino una sola palabra…

–                       Tu apóstol habló con mucha seguridad.

–                       Es un muchacho exaltado… Y como a tal hay que escucharlo.

Plautina dice enojada:

–                       Pero te hace daño. Regáñalo… Arrójalo de Ti…

–                       ¿Entonces dónde estaría mi misericordia? Él lo hace llevado de un amor equivocado. ¿No debo acaso compadecerlo?  ¿Y qué cambiará si lo arrojo de Mí? Haría doble mal: a sí y a Mí.

–                       Es para Ti, como una zancadilla.

–                       Es para Mí un infeliz a quién tengo que redimir…

Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos:

–                       Maestro, mayor que cualquier otro: ¡Qué fácil es tenerte por Santo, cuando se siente tu corazón en tus palabras! ¡Qué fácil es amarte y seguirte debido a esta caridad tuya, que es mayor que tu inteligencia!

Jesús objeta:

–                       No mayor. Sino que es más asequible a vosotros… cuyo entendimiento está envuelto en muchos errores y no sois lo demasiado generosas para despojaros de ellos y aceptar la Verdad.

Livia dice:

–                       Tenéis razón. Eres tan adivino como sabio.

–                       La sabiduría, porque es una forma de santidad, da siempre luz en el juzgar. Bien se trate de cosas o bien de la advertencia previa a hechos futuros.

–                       Por esto vuestros profetas…

–                       Eran unos santos. Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud.

–                       ¿Eran santos porque eran de Israel?

–                       Por eso y porque fueron justos en sus acciones. Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel. No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión, lo que puede hacer santos a los hombres. Pueden ayudar a serlo y mucho, pero no son el factor absoluto de la santidad.

–                       ¿Cuál es ese factor?

–                       La voluntad del hombre. La voluntad que hace que las acciones del hombre sean santas, si es buena. Perversas, si es mala.

–                       Entonces entre nosotros puede ser que haya justos.

–                       Así es. Y no cabe duda de que entre vuestro antepasados hubo justos y los hay entre los que viven actualmente. Porque sería muy horrible que todo el mundo pagano, perteneciese a los demonios.

Quienes de entre vosotros se sienten atraídos hacia el Bien y la Verdad. Y huyen del vicio y de las malas acciones que envilecen al hombre; creedme que están ya en el sendero de la justicia.

–                       Entonces Claudia…

–                       Sí. Y vosotras también… Perseverad.

–                       Pero… ¿Si muriéramos antes de convertirnos a Tí?  ¿Para qué serviría el haber sido virtuosas?

–                       Dios es justo en el juzgar. Pero, ¿Por qué debéis dar la espalda al Dios Verdadero?

Las tres bajan la cabeza. Un silencio…

Y luego la confesión que dará la clave de la crueldad romana y su resistencia al cristianismo:

–                       Porque nos parece que al hacerlo, traicionaríamos a la patria. 

–                       Al revés. La serviríais. Pues la haríais moral y espiritualmente más grande. Porque sería fuerte con la posesión y protección de Dios; además de su ejército y sus riquezas. Roma la Urbe del Mundo; la Urbe de la Religión Universal… Pensadlo…

Un silencio.

Luego Livia, encendida como una llama dice:

–                       Maestro hace tiempo que buscábamos en las páginas de nuestro Virgilio algo referente a Ti, porque nadie mejor que él te presagió… ¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes el liberto griego, astrólogo a quién quiere mucho Claudia!

El sostuvo que esto sucedió porque los tiempos eran más cercanos y los astros lo decían con sus conjunciones… para apoyar su tesis adujo el hecho de los tres Sabios de los tres países de Oriente que vinieron a adorarte cuando eras un infante.

Y con ello provocaron la matanza de la que la misma Roma se horrorizó; pues cuando se supo, Augusto dijo Que Herodes era un cerdo sediento de sangre…’ Claudia exclamó: “¡Hace falta el Maestro! Nos diría la verdad y el destino de nuestro más grande poeta…

Querrías decirnos por Claudia… Algo que nos muestre que no estás irritado contra ella.

–                       He comprendido su reacción de romana. Y no le guardo ningún rencor. Decidle que esté tranquila. Y escuchad: Virgilio no fue grande solo como poeta. ¿No es así?

–                       ¡Oh, no! También lo fue como hombre. En medio de una sociedad que estaba corrompida y viciada, fue un faro de pureza espiritual. Nadie lo vio lujurioso, ni amante de orgías, ni de costumbres licenciosas. Sus escritos son castos y mucho más casto fue su corazón. Tanto es así que en los lugares donde vivió, se le llamó ‘La doncella’, para vergüenza de los viciosos y veneración de los buenos.

–                       ¿Y en el alma pura de un hombre casto, no habrá podido reflejarse Dios, aun cuando ese hombre fuese pagano? La Virtud Perfecta, ¿No habrá amado al virtuoso?  Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza pura de su corazón, ¿No podrá haber tenido un fulgor de profecía? ¿De una profecía que no es más que la Verdad que se descubre a quién merece conocerla como premio e incentivo para una virtud mayor?

–                       ¡Entonces profetizó de Ti!

–                       Su inteligencia prendida en la pureza y en el genio, logró ascender y conocer una página que se refiere a Mí y puede llamársele al poeta pagano y justo, un hombre dotado de espíritu profético y anterior a Mí, por premio de sus virtudes.

Valeria y Plautina preguntan:

–                       ¡Oh, nuestro Virgilio!

–                       ¿Y tendrá algún premio?

–                       Ya lo dije. Dios es justo. Pero vosotras no imitéis al poeta deteniéndoos hasta donde él llegó. Avanzad, porque la Verdad, no se os ha mostrado por intuición o en parte, sino completa y os ha hablado.

Plautina dice:

–                       Gracias, Maestro. Nos retiramos. Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en asuntos morales.

–                       Y os mandó que me preguntaseis si soy un usurpador…

–                       ¡Oh, Maestro! ¿Cómo lo sabes?

–                       ¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…

–                       ¡Es verdad! ¡Todo es verdad! ¿Podemos servirte?

–                       No necesito nada más que fe y amor. Pero hay una criatura que se encuentra en gran peligro y que esta noche tendrá el alma muerta. Claudia podría salvarla. 

–                       ¿El alma muerta?

–                       ¿De quién se trata?

Jesús dice:

–                       Un patricio vuestro da un banquete y…

Livia contesta:

–                       ¡Ah, sí! Ennio Casio. También mi marido fue invitado.

Valeria confirma con energía:

–                       También el mío. También nosotras…  Pero como Claudia se abstiene, también nosotras nos abstendremos. Habíamos decidido retirarnos inmediatamente después de la cena, si es que íbamos… Porque nuestras cenas terminan en orgías que ya no podemos soportar… Y con el enojo de que nuestros maridos no se ocupan de nosotras, nos salimos…

Jesús corrige:

–                       No por enojo, sino por piedad de su miseria moral…

–                       Es difícil, Maestro. Sabemos lo que pasa allí dentro…

–                       Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones y sin embargo perdono…

–                       Tú eres un Santo.

–                       Vosotras debéis serlo. Porque lo quiero y porque a ello os empuja vuestra voluntad…

–                       Maestro…

–                       Sí. ¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerme? ¿Felices en la miserable y brutal felicidad; en la sensualidad de paganas que ignoran que no son solo un pedazo de carne, ahora que conocéis un poco a la Sabiduría?

–                       No, Maestro. Lo tenemos que decir claro. Estamos descontentas. Inquietas como quien busca un tesoro y no lo encuentra.

–                       Y está ante vosotros. Lo que os inquieta es el ansia de vuestros corazones por la Luz. El sentirse mal porque os tardáis en darles lo que os piden…

Un silencio.

Después Plautina dice:

–                       ¿Y qué podría hacer Claudia?

–                       Salvar a esa pobre criatura. Una niña que el romano compró para su placer. Una virgen que mañana no lo será más.

–                       Si la compró… Le pertenece.

–                       No es un mueble. Dentro de su cuerpo hay un alma…

Ellas objetan:

–                       Maestro.

–                       Nuestras leyes…

Jesús rebate:

–                       Mujeres: ¡La Ley de Dios!…

–                       Claudia no va a ir a la fiesta…

–                       No le digo que vaya. Os digo que le trasmitáis lo siguiente: “El Maestro para asegurarse de que Claudia no tiene nada contra Él, le pide que le ayude a favor de esta niña…”

Plautina, Valeria y Livia:

–                       Se lo diremos, pero no podrá hacer nada.

–                       Esclava adquirida…

–                       Objeto del que se puede disponer…

Jesús contesta:

–                       Mi religión enseñará que el esclavo tiene un alma semejante al César, mejor en muchos casos…  Y que esa alma pertenece a Dios. Y que quién la corrompe es maldito.  –Jesús lo dice con severidad y energía.

Las mujeres se sacuden a la voz severa de la orden. Se inclinan sin replicar y se ponen otra vez los velos y los mantos.

Se despiden:

–                       Lo trasmitiremos. Salve, Maestro.

–                       Hasta pronto.

Plautina, antes de salir dice:

–                       Para todos, éramos mujeres griegas. ¿Entendido?

–                       Entendido. Id tranquilas.

Jesús se queda solo bajo el portal y ellas se van por donde vinieron.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

125.- ZAQUEO, BAJA PRONTO…


Al día siguiente…

Jesús camina por una llanura sumergida en el polvo y en la que no hay ninguna sombra. Tirado sobre un montón de piedras, hay un hombre andrajoso y herido. Trae una venda manchada de sangre en la cabeza y en el muslo izquierdo. Es un pobre costal de huesos sucio, hirsuto y despeinado. Una rama de árbol le sirve de bastón…

Jesús se acerca y le pregunta:

–                       ¿Quién eres?

El hombre le contesta:

–                       Un pobre que pide pan.

–                       ¿Por este camino?

–                       Voy a Jericó.

–                       El camino es largo y no hay gente por estos lugares.

–                       Lo sé. Pero es más fácil que me den un pedazo de pan y algo de plata, los gentiles que pasan por este camino, que no los judíos e donde vengo.

–                       ¿Vienes de Judea?

–                       Sí. De Jerusalén. Tuve que ir a dar una gran vuelta, para ir a ver a ciertas personas que me ayudan. En la ciudad nadie me ayuda. Ya no existe la compasión…

–                       Dijiste bien. No existe la compasión.

–                       Tú la tienes. ¿Eres judío?

–                       No. Soy de Nazareth.

–                       Son mejores que los de Judea. También en Jerusalén los únicos buenos son los que se dicen seguidores del Nazareno. Al que llaman el Profeta. ¿Lo conoces?

–                       ¿Y tú?

–                       No. Fui allá para encontrarlo, porque me dicen que cura al que toca. Aunque no pertenezco al Pueblo Elegido, pero dicen que Él es bueno con todos. Pero como tengo la pierna muerta camino muy despacio. Y cuando llegué a Jerusalén me dijeron que Él ya había partido, porque los judíos lo trataron muy mal.

–                       ¿Y a ti?

–                       Siempre me maltratan. Sólo los soldados romanos me dan un pedazo de pan.

–                       ¿Y qué se dice en Jerusalén entre el pueblo, del Nazareno?

–                       Que es Hijo de Dios. Un gran Profeta. Un Santo. Un Justo.

–                       ¿Y tú qué piensas?

–                       Yo soy… un idólatra. Pero creo que es el Hijo de Dios.

–                       ¿Cómo puedes creerlo, si ni siquiera lo conoces?

–                       Conozco sus obras. Solo un Dios puede ser Bueno y hablar como Él.

–                       ¿Quién te refirió sus palabras?

–                       Otros pobres. Enfermos curados. Niños que me llevaban pan. Los niños son buenos y no saben distinguir entre creyentes e idólatras…

–                       ¿De dónde eres?

Silencio.

–                       Dilo. No soy como los niños. No tengas miedo. Sólo sé sincero.

–                       Soy samaritano… No me pegues…

–                       A nadie  pego. A nadie desprecio. Con todos tengo piedad.

–                       Entonces… Entonces Tú eres el Rabí de Galilea.

El mendigo se arroja desde el montón de piedras y se postra sobre el polvo, ante Jesús, que le dice:

–                       Levántate. Soy Yo. No tengas miedo. Levántate. Mírame.

El mendigo levanta el rostro, pero sigue arrodillado. Su cuerpo torcido trata de erguirse.

Jesús dice a sus apóstoles:

–                       Dadle pan y algo de beber.

Juan le da agua y pan.

–                       Sentadlo. Que coma tranquilamente. Come hermano.

El pobre hombre llora. No puede comer. Mira a Jesús con ojos de un pobre perro extraviado, que ve que lo acarician y le dan de comer por primera vez.

Jesús le dice sonriente:

–                       Come.

El hombre come humedeciendo el pan con sus lágrimas; pero en medio de su llanto, hay una sonrisa. Y poco a poco cobra confianza.

Jesús le toca la venda sucia que lleva en la frente y le pregunta:

–                       ¿Quién te hirió aquí?

–                       Un rico Fariseo. A propósito me arrastró con su carro. Me puse en un cruce a pedir pan. De repente me echó encima los caballos y no los pude evitar. Estuve a punto de morir. Tengo un agujero en la cabeza y me sale pus.

–                       Y ¿Aquí quién te pegó?

–                       Fui a la casa de un saduceo, donde había un banquete, a pedir las sobras, después de lo que sobrase a los perros. Me vio y me los echó encima. Uno de ellos me dio una dentellada en las costillas.

–                       ¿Y ésta otra cicatriz que te lisió la mano?

–                       Fue un golpe que me dio hace tres años un escriba. Supo que yo era samaritano y me golpeó los dedos. Por eso no puedo trabajar. Lisiada la mano derecha y sin poder mover la pierna, no puedo hacer nada para ganarme la vida.

–                       ¿Pero por qué saliste de Samaría?

–                       El hambre es dura, Maestro. Somos muchos los desgraciados y no hay pan para todos. Si me pudieses ayudar…

–                       ¿Qué quieres que te haga?

–                       Que me cures para poder trabajar.

–                       ¿Crees que puedo hacerlo?

–                       Si lo creo, porque Eres el Hijo de Dios.

–                       ¿Lo crees?

–                       Lo creo.

–                       Tú samaritano eres capaz de creerlo, ¿Por qué?

–                       No sé por qué. Sé que creo en Ti y en Quién te envió. Ahora que viniste ya no hay diferencia de adoración. Basta con adorarte, para adorar a Tu Padre, al Eterno Señor Altísimo. Donde estás, ahí está el Padre. 

Jesús se vuelve a los apóstoles:

–                       ¿Oís amigos? Éste habla porque el Espíritu le ilumina la Verdad. Yo lo digo: éste es superior a los escribas y fariseos. A los crueles saduceos, a esos idólatras que mentirosamente se llaman hijos de la   Ley. La Ley dice: ‘Amarás al prójimo después de Dios.’ ¿Y cómo tratan al prójimo que sufre? Despectivos, crueles, hipócritas.

No quieren que Dios sea conocido; que sea amado. Son las obras, no la rutina; la que hace ver a Dios que vive en los corazones de los hombres y llevan los corazones a Dios.  ¿No tengo razón Judas, tú que me reprochas de ser imprudente? ¿Acaso no tengo razón al castigarlos? Callar. Simular que los apruebo, sería aprobar su conducta. NO. Por la Gloria de Dios que no puedo permitir que nadie crea que apruebo sus pecados.

Vine para que los gentiles sean hijos de Dios. Pero ellos que se dicen hijos de la Ley,  son sólo bastardos practicantes de un paganismo mucho más culpable. Porque como hebreos han conocido la Ley de Dios y ahora escupen sobre lo vomitado de sus pasiones satisfechas, como bestias inmundas.

¿Debo creer Judas, que eres como ellos? ¿Tú que me hechas en cara la verdad que digo? ¿O debo pensar que estás preocupado por tu vida?

Quien me siga no debe tener preocupaciones humanas. Ya te lo he dicho. Todavía es tiempo Judas, de que escojas entre mi modo de obrar y el de los judíos, cuyo modo de obrar apruebas.

Pero piensa. Mi camino va hacia Dios. El otro, al Enemigo de Dios. Piensa y decídete. Pero sé franco.

Y volviéndose hacia el samaritano agrega:

–                       Y tú, amigo mío, levántate y camina. Quítate esas vendas y regresa a tu casa. Estás curado por tu fe.

El mendigo lo mira sorprendido. Intenta extender su mano y ve que está intacta y completamente sana. Suelta el bastón y se levanta. Se yergue. La parálisis ha desaparecido. Empieza a caminar. Lanza un grito de júbilo. Se arranca las vendas y ve que sus heridas han desaparecido. Todo está bien.

Se arroja a los pies de Jesús adorándolo y diciendo:

–                       ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Dios mío!

Jesús le dice:

–                       Regresa a tu casa y cree siempre en el Señor. vete a Samaría y habla de Jesús de Nazareth. La Hora de la Redención está cercana. Sé un discípulo mío entre tus hermanos. Vete en paz.

Jesús lo bendice y luego se separan.

Jesús con sus apóstoles continúa su camino hacia Jericó.

Al día siguiente…

En la gran plaza, palmas y árboles frondosos le dan sombra. Las palmas mueven sus hojas, que emiten un chasquido en medio del viento cálido que arrastra el polvo rojizo.

En el ángulo de la plaza donde desemboca el camino principal, está el banco del alcabalero. Hay balanzas y pesas. Un hombre de baja estatura está sentado. Observa y cobra el dinero de los impuestos. Todos hablan de  él y lo llaman Zaqueo.

Algunos le preguntan sobre los acontecimientos de la ciudad. Y se admiran de ver que algo le pasa. Está absorto y distraído… responde con monosílabos y señales y esto llama la atención, porque por lo general es muy locuaz.  Alguien le pregunta que si se siente mal o si alguno de sus familiares está enfermo.  Responde que no.

Solo dos veces se interesa vivamente. La primera cuando pregunta a dos que han llegado de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando sus milagros y predicaciones. Zaqueo hace más preguntas:

–                       ¿De veras es bueno como dicen todos? ¿Sus palabras corresponden a sus hechos? ¿Pone en práctica la misericordia que predica? ¿Con todos? ¿También con los recaudadores de impuestos? ¿Es verdad que a nadie rechaza?

Escucha las respuestas. Piensa… Y suspira…

La segunda vez es cuando alguien le señala a un hombre barbudo, que pasa con su borrico cargado de enseres.

–                       ¿Ves Zaqueo? Ese es Zacarías el leproso. Hace diez años que vivía en un sepulcro. Ahora que está curado, compra lo que necesita para su casa que la Ley vació, cuando él y los suyos fueron declarados leprosos.

El hombre llama a Zacarías…   Cuando Zacarías se acerca…

Zaqueo le pregunta:

–                       ¿Eras leproso?

–                       Sí. También mi mujer y mis dos hijos. la enfermedad atacó primero a mi mujer. Y luego a nosotros, que no nos habíamos dado cuenta. Los niños se enfermaron al dormir con su madre. Y yo, al acostarme con ella. Todos éramos leprosos. Cuando la gente se dio cuenta nos echaron fueran. Pudieron habernos dejado nuestra casa, era la última del camino. No hubiéramos dado ningún fastidio. Ya había levantado la valla para que nadie nos viese. Era ya un sepulcro, pero siempre nuestra casa.

Y ¡Nos echaron fuera! ¡Nadie quiso aceptarnos! Y con toda razón. Ni siquiera los nuestros. Nos fuimos cerca de Jerusalén a un sepulcro vacío. Ahí estuvimos. Los niños se murieron. Enfermedad, hambre, frío, los mataron. Eran dos varoncitos muy bellos, antes de la enfermedad. Se convirtieron en dos esqueletos cubiertos de llagas. La piel se les cayó en escamas blancas.  ¡Se murieron de frío ante mis ojos! Una mañana, uno tras otro, con pocas horas de diferencia. Los enterré entre los alaridos que daba su madre… Después de algún tiempo murió mi mujer y yo me quedé solo.

Esperaba la muerte… estaba casi ciego, cuando un día pasó el Nazareno y le grité: ‘¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!’ grité con todas mis fuerzas, por tres veces.

Él se detuvo. Se acercó solo. Me miró… Era bello y bueno. ¡Qué ojos! ¡Qué Voz! ¡Qué sonrisa!…

Me preguntó:

–                       ¿Qué quieres que te haga?

–                       Quiero verme limpio.

–                       ¿Crees que Yo lo pueda hacer? ¿Por qué?

–                       Porque eres el Hijo de Dios.

–                       ¿Crees esto?

–                       Sí. Veo que el Altísimo hace brillar su Gloria sobre tu cabeza, Hijo de Dios. ¡Ten piedad de mí!

Entonces extendió su mano con una mirada que era todo fuego.

Sus ojos parecían dos soles azules y dijo:

–                       ¡Lo quiero! ¡Sé limpio!

Y me bendijo con una sonrisa. ¡Ah, qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba dentro de mí, como una espada de fuego que corriese a través de mis venas a buscarme el corazón. El corazón que ya lo tenía muy malo se me convirtió, como si tuviera veinte años.

Se acabaron los dolores y la debilidad. Me llené de alegría. Él me miró… Con su sonrisa me hizo feliz y me dijo: ‘Ve a mostrarte a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado.’ Comprendí entonces que yo estaba curado. Me miré y ya no tenía llagas. Los huesos se llenaron de carne rosada y fresca. Corrí al río y me miré en él. ¡También mi cara estaba limpia!..

¡Ah! ¿Por qué no pasó antes? ¡Cuando todavía vivía mi mujer y mis hijitos! ¡Después de diez años de asco, mi cuerpo estaba limpio! ¿Ves ahora? Compré esto para mi casa, pero estoy solo.

Zaqueo pregunta:

–                       ¿No lo volviste a ver?

–                       No. Pero sé que anda por aquí. Y por eso vine para acá. Quiero bendecirlo otra vez. Y quiero que me bendiga, para tener fuerzas en mi soledad.

Zaqueo inclina su cabeza y se queda callado.

El grupo se disuelve. Pasan las horas. El calor aumenta. El mercado se va vaciando de gente. El aduanero, con la cabeza apoyada sobre una mano, piensa… Sentado en su banco.

Unos niños que juegan, señalan el camino principal y gritan:

–                       ¡Allá viene el Nazareno!

Mujeres, hombres, enfermos, mendigos, se apresuran a ir a su encuentro. La plaza queda vacía. Tan solo los asnos y los camellos amarrados a las palmas, se quedan en su lugar. También  Zaqueo se queda en su banco. No puede ver nada porque muchos han cortado ramas que ondean, para mostrar su júbilo y Jesús está inclinado escuchando a los enfermos.

Zaqueo se quita el vestido, quedándose solo con la túnica y empieza a trepar por uno de los árboles. Con trabajo sube por el liso y grueso tronco. Y con mucha dificultad, por sus piernas y brazos cortos. Pero logra y se sienta a horcajadas, sobre dos ramas. Las piernas le cuelgan hacia abajo. De la cintura para arriba se inclina, como quién se asoma por una ventana.

Jericó es un hermoso lugar, casi tan grande como Jerusalén. La gente llega a la plaza.

Jesús levanta sus ojos y sonríe al solitario espectador, encaramado entre las ramas. Y le dice:

Zaqueo, baja pronto. Hoy me quedo en tu casa.

Zaqueo, después de unos instantes de sorpresa, con la cara colorada por la emoción, se deja resbalar como un saco de tierra. No sabe qué hacer. Se ciñe otra vez el vestido. Cierra los registros y su caja.

Jesús acaricia a los niños mientras espera.

Al fin, Zaqueo está listo. Se acerca al Maestro y lo conduce a una hermosa casa que tiene un amplio jardín y que está en el centro del poblado. Jesús entra y se ocupa de los enfermos. Zaqueo ordena lo necesario para una comida pronta. Va y viene ocupadísimo y lleno de júbilo.

Cuando termina de curar, Jesús dice a la gente:

–                       Cuando el sol haya bajado, regresad. Id ahora vuestras casas. La paz sea con vosotros.

El jardín se vacía. La comida se sirve en una lujosa y fresca sala. Cuando terminan, los discípulos se van a la sombra de los árboles para descansar. Zaqueo se queda con Jesús por unos instantes y luego se retira, para que el Maestro descanse. Después de un rato, regresa y mira por la abertura de una cortina. Ve que Jesús no duerme y está pensativo. Entonces decide acercarse. En sus brazos trae un cofre grande y pesado, lleno de joyas y monedas de oro.

Lo pone en la mesa, cerca de Jesús y dice:

–                       Maestro, me han hablado de Ti, desde hace tiempo. Un día dijiste en un monte tantas verdades, que nuestros doctores no son capaces de decirlas. Escuché tus Bienaventuranzas… Se me quedaron grabadas en el corazón y desde entonces he pensado en Ti.

Me dijeron que eres bueno y que no rechazas a los pecadores. Yo soy un pecador, Maestro. Me dijeron que curas a los enfermos. Yo estoy enfermo del corazón, porque he robado, he prestado con usura, he sido un vicioso, un ladrón, duro para con los pobres. Pero mira, me he curado porque me hablaste. Te me acercaste y el demonio de los sentidos y de la avaricia de las riquezas, se fue.

De hoy en adelante soy tuyo, si no me rechazas. Y para mostrarte que nazco de nuevo en Ti, mira que me desprendo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para los pobres. La otra mitad la emplearé para restituir el cuádruplo, de lo que adquirí con el fraude. Sé a quién defraudé. Y después de que haya restituido a cada uno lo suyo…  Yo te seguiré, Maestro, si me lo permites…

Jesús lo mira y le sonríe:

–                       Acepto. Vienes. Vine a salvar y a llamar a la Luz. Hoyla Luz y la salvación vinieron a la casa de tu corazón. Esos que más allá del cancel murmuran porque te he redimido, aceptando tu invitación que me hiciste en tu oración; olvidan que tú eres hijo de Abraham como ellos.

Y que he venido para salvar lo que estaba perdido y dar vida a los muertos del espíritu. Ven Zaqueo. Has comprendido mis palabras bastante mejor que muchos de los que me siguen, solo para poder acusarme. Por eso, de hoy en adelante, estarás conmigo.

Y de esta manera, Zaqueo fue agregado al grupo de discípulos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA