165.- EL ODIO DEL SANEDRIN


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Es un nuevo día glorioso… En Bethania, los apóstoles se congratulan entre sí, convencidos del triunfo de Jesús, ya que acabó con todos sus enemigos…

Y piensan que su misión continuará adelante ya sin obstáculos, pues tendrá que ser reconocido como Mesías aún por los más obstinados…

Hablan entusiasmados… Fortalecidos por la felicidad que sienten. Forjando proyectos para el futuro, sueñan…

El más exaltado por su carácter que lo empuja siempre a los extremos, es Judas de Keriot. Se congratula de haber sabido esperar y de haber sido sagaz al obrar. Se congratula de haber creído siempre en el triunfo del Maestro y de haber desafiado las amenazas del Sanedrín.

Está tan exaltado que termina revelando lo que tan tenazmente había ocultado, sin preocuparse de la sorpresa de sus compañeros…

Judas declara:

–                       Querían comprarme. Seducirme con sus lisonjas… Y al ver que no daban resultado, me amenazaron. ¡Si supierais!…  Pero yo les he devuelto la moneda. Fingí que los estimaba… Los adulé como ellos me adularon y los traicioné, como ellos lo hicieron… Para eso me querían. Querían hacerme creer que probaban al Maestro con buena intención, para poder proclamarlo solemnemente el Santo de Dios.

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¡Pero yo los conozco! Los conozco. En todo lo que me decían que hiciese, me comportaba de modo que apareciese la santidad de Jesús, cual sol meridiano en un cielo sin nubes… ¡Mi juego era peligroso! ¡Si lo hubieran comprendido!…  Pero estaba preparado para todo. Aún a morir, con tal de ser útil a Dios en mí Maestro.

Y de este modo me informaba de todo. ¡Eh! Algunas veces me tomasteis por loco, por malo, por intratable. ¡Si supierais todo! Solo yo conozco las largas noches… Los cuidados que tenía que tomar para que nadie se diera cuenta. Sospechaban de mí. Lo sé. Pero no os guardo rencor.

Mi modo de obrar… sí… pudo ser sospechoso. Pero el fin era bueno. Y solo eso era lo que me importaba. Jesús no sabe nada de esto. Creo que hasta Él sospecha de mí. Pero procuraré guardar silencio sin pedirle alabanzas. También vosotros guardáis silencio.

De recién que llegué con Él, un día me reprendió, porque me gloriaba de tener sentido práctico. Desde entonces he tenido que disimular esta cualidad…

Pero he seguido usándola para bien suyo. Me he comportado como se comporta una madre con su hijo inexperto, quitándole todos los obstáculos del camino. Le baja la rama que no tiene espinas. Y levanta la que puede herirle…

O con acciones perspicaces le invita a hacer lo que no debe hacer. Como también a evitar lo que puede causarle daño. Y esto sin que el niño se dé cuenta. De igual modo me he comportado con el Maestro…

Porque no basta la santidad en el mundo de los hombres y de Satanás. Es necesario combatir con iguales armas, al menos como hombres… Y algunas veces no está mal introducir un poquitín de astucia diabólica. Esta es mi idea…

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Pero Él no quiere escucharla. Es demasiado bueno. ¡Bien! comprendo todo y a todos. Y a todos vosotros os perdono por los malos pensamientos que tuvieron contra mí. Ahora lo sabéis. Ahora podemos amarnos como buenos compañeros… Y todo por amor a Él. Por su gloria…

Y señala a Jesús que pasea por la explanada bañada de sol, conversando con Lázaro, que lo escucha con una sonrisa en su rostro extasiado.

Los apóstoles se van a la casa de Simón…

Lázaro dice A Jesús:

–                       Había comprendido que para un gran fin me dejabas morir. Y que era un acto de Bondad. Pensé que era porque querías liberarme de las persecuciones que te hacen. Sabes que digo la verdad. Yo estaba contento de morir, para no verlas. Me desesperan. Me turban.

Mira Maestro… He perdonado muchas cosas a los que son jefes de nuestro pueblo. Tuve que perdonar hasta los últimos días… Elquías… Pero la muerte y la resurrección han borrado lo que hubo antes.

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Jesús responde:

–                       Y ¿Para qué quieres recordar? Tienes ante tu vista el futuro. El pasado se quedó en la tumba. Más bien… fue quemado junto con las vendas. Porque la paz da misericordia. Perdona también a los jefes del Sanedrín que me persiguen. Yo los perdono. Tú debes perdonarlos si quieres ser semejante a Mí.

–                       ¡Oh! ¡Semejante a Ti, no puedo! Soy solo un hombre cualquiera.

–                       El hombre se quedó allá abajo…  Cuando el alma es recreada, se hace semejante a la de un niño. Es nueva. El pasado no existe más. Cuando cae la culpa original, el alma sin mancha, es supercreada y digna del Paraíso. Yo llamé a tu alma que ya había sido recreada, porque amaba el bien; por la expiación de los sufrimientos y la muerte; por tu perfecto arrepentimiento y tu perfecto amor, que se prolongaron después de la muerte.

Tú tienes el alma completamente inocente, de un recién nacido. ¿Porqué poner sobre esta infancia espiritual, los pesados vestidos del hombre adulto? Los infantes tienen alas, no cadenas para su espíritu alegre. Me imitan fácilmente porque no tienen una personalidad determinada. Se hacen como Yo Soy porque se puede imprimir en ellos mi imagen y mi doctrina.

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Tú has vuelto para servirme. Solo, para esto. Y debes ser como Yo Soy, más que todos. Mírame bien. Fíjate en Mí, como en un espejo. Dos espejos que se miran para reflejar mutuamente, la presencia de lo que aman. Tú eres un adulto y un infante. Adulto por la edad. Infante por la limpieza de corazón.

Superas a los infantes, porque conoces el Bien y el Mal. Y porque supiste escoger el Bien aún antes del Bautismo en las llamas del amor. Pues bien, Yo te digo a ti que te has purificado: “Sed perfecto como lo es nuestro Padre Celestial y como lo Soy Yo.

Sed perfectos. Esto es, semejante a Mí que te amé en tal forma, que hice a un lado las leyes de la vida y de la muerte. Del Cielo y de la Tierra. Para volver a tener en la tierra a un siervo de Dios, a un verdadero amigo mío. Y en el Cielo a un bienaventurado, a una gran bienaventurado.

Lo digo a todos: ‘Sed Perfectos.’ Y te puedo pedir a ti que no guardes rencor contra los que te ofendieron y me han ofendido. Perdona. Perdona, Lázaro. Fuiste sumergido en las llamas del Amor. Debes ser amor para que no tengas otra cosa, más que el abrazo de Dios.

–                       ¿Y si hago así, habré cumplido la misión para la que me resucitaste?

–                       La habrás realizado.

–                       Mi ideal es servirte. Es lo único que quiero. Lo único que pido. ¡Sé bendito Jesús, Señor y Maestro mío! Y que también lo sea Quien te envió…

–                       Bendito sea el Señor, Dios Omnipotente.

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Se dirigen hacia la casa.

Maximino llega y dice:

–                       Maestro. Hay un niño que te busca. No quiere hablar sino contigo.

Jesús contesta.

–                       Bien. Tráemelo. Estaré bajo el emparrado de los jazmines. ¡Vamos Lázaro!

Y se van caminando y conversando hacia el lugar indicado.

María llega llevando de la mano a un niño como de cuatro años. Lo deja con ellos y se retira.

Jesús lo reconoce:

–                       ¿Marcial, tú? La paz sea contigo. ¿A qué has venido?

El pequeñín romano lo mira y dice titubeante:

–                       Me mandaron a decirte una cosa…   -y mira a Lázaro, que comprende y trata de irse.

Jesús dice:

–                       Quédate, Lázaro. –y volviéndose al niño-  Este es mi amigo Lázaro. Puedes hablar delante de él. Porque no tengo otro amigo más fiel.

El niño se tranquiliza y dice:

–                       Me manda José el Anciano. Porque ahora vivo con él… A decirte que vayas cuanto antes a Betfagé, cerca de la casa de Cleonte… Tiene algo que comunicarte. Pero ve pronto…  Dijo que fueras solo, porque tiene que decirte algo en secreto.

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Lázaro pregunta espantado.

–                       Maestro, ¿Qué pasa?

–                       No sé, Lázaro. No hay más que ir. Ven conmigo.

–                       Con mucho gusto Señor. ¿Podemos ir con el niño?

Marcial dice:

–                       No Señor. Me voy solo. Me lo ordenó José. Me dijo. ‘Si lo haces tú solo y bien, te querré como un padre.’ Y yo deseo que José me quiera como un hijo. Me voy inmediatamente corriendo. Tú puedes venir detrás. Salve, Señor. Salve, Lázaro.

Lázaro está pasmado…

Jesús contesta:

–                       La paz sea contigo, Marcial.

El niño desaparece como una golondrina.

Jesús dice:

–                       Vamos Lázaro. Tráeme el manto. Voy a adelantarme porque como ves, el niño es muy pequeño y no puede abrir el cancel. Y como no quiere llamar a nadie.

Jesús va ligero al cancel y Lázaro al interior de la casa.

Jesús recorre los cerrojos y el niño escapa veloz.

Lázaro trae el manto a Jesús y camina a su lado hacia Betfagé.

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Jesús explica:

–                       El niño es hijo de dos romanos, libertos de un romano que vivía en Cesárea Marítima. Perdió a sus padres y el romano lo tuvo consigo mientras vivió allí. Pero al irse no pensó más en él y el niño quedó solo. Los hebreos no lo recogieron y los romanos… Andaba pidiendo  limosna…

Lázaro pregunta.

–                       ¿Qué se le ofrecerá a José, para haber enviado con tanto secreto a un niño?…

Jesús responde:

–                       Un niño no llama la atención de nadie.

–                       Crees que… Sospechas que… ¿Crees que estás en peligro, Señor?…

–                       Estoy seguro.

–                       ¿Cómo? ¿Ahora? Una prueba mayor no hubieras podido darles…

–                       El Odio crece bajo el aguijón de la realidad.

Lázaro afirma angustiado:

–                       ¡Oh! Entonces yo soy la causa. Te he hecho daño. Esto es un dolor mío sin igual…

–                       No por tu causa. No te aflijas sin motivo. Has sido el medio, ¿Comprendes? El medio para dar al Mundo la prueba de mi Naturaleza Divina. Pero la causa ha sido la necesidad. Si no hubieras sido tú, otro lo hubiera sido. Porque debía demostrar al Mundo que como Dios que Soy, puedo todo lo que quiero. Volver  a la vida a un muerto que días antes estaba corrompido, sólo puede ser obra de Dios.

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Caminan ligeros. La distancia entre Bethania y Betfagé es corta y llegan pronto.

José de Arimatea va y viene a la entrada del poblado.  Está de espaldas, cuando Jesús y Lázaro salen de un atajo oculto tras una cerca.

Lázaro lo llama y José se acerca diciendo:

–                       ¡Oh! La paz sea con vosotros. Ven, Maestro. Te estuve esperando aquí para salir pronto a tu encuentro. Pero vamos al olivar. No quiero que nos vean…

Los lleva por detrás de las casas hasta un espeso olivar.

José explica:

–                       Maestro. Mandé al niño porque es despabilado y obediente. Me quiere mucho. No quería que alguien me viera. Atravesé el Cedrón para venir aquí. Maestro, debes irte de aquí, inmediatamente. El Sanedrín ha decretado tu aprehensión y el bando se leerá mañana en las sinagogas. Cualquiera que sepa donde estás, tiene la obligación de avisarlo.

No es necesario que te diga Lázaro, que tu casa será la primera que estará bajo vigilancia. Salí a la hora sexta del Templo. Mientras ellos hablaban elaboré mi plan. Y en cuanto salí, tomé al niño. Salí a caballo por la Puerta de Herodes. Como si fuera a dejar la ciudad. Atravesé el Cedrón y dejé mi cabalgadura en Getsemaní.

Mandé al niño, que conoce el camino, porque fue conmigo a Bethania. Vete lo más pronto posible, Maestro a un lugar seguro. ¿Conoces alguno? ¿Sabes a donde ir?

Lázaro pregunta:

–                       ¿No es suficiente si se aleja de Judea?

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–                       No es suficiente Lázaro. Están que se mueren de rabia. Tiene que irse a donde ellos no van…

Lázaro replica intranquilo:

–                       Por todas partes van. No querrás que el Maestro abandone Palestina.

–                       Bueno, ¿Qué quieres que te diga? El Sanedrín lo quiere…

–                       Por mi causa, ¿No es verdad? Dilo.

–                       Bue… Bueno… Por tu causa. Esto es, porque todos se convierten a Él y a ellos… Eso no les gusta.

–                       ¡Es un crimen! ¡Un Sacrilegio!… Es…

Jesús, pálido pero tranquilo; levanta su mano para imponer silencio.

Jesús dice:

–                       Cállate Lázaro. Cada quien tiene su oficio. Todo está escrito. Te lo agradezco, José. Te aseguro que me voy. Vete, vete, José. Que no vayan a notar tu ausencia. Que Dios te bendiga. Te haré saber por medio de Lázaro, en donde estoy. Vete. Te bendigo a ti, a Nicodemo y a todos los de buen corazón.

Lo besa. Se separan.

Jesús regresa con Lázaro. Atraviesan el olivar y toman el camino a Bethania.

José se dirige a la ciudad.

Lázaro pregunta angustiado:

–                       ¿Qué vas a hacer, Maestro?

Jesús contesta:

–                       No lo sé. Dentro de pocos días llegan las discípulas con mi Madre. Tenía que esperarlas…

–                       ¿A dónde irías, Maestro?

–                       A Efraim.

–                       ¿A Samaría?

–                       Los samaritanos me aman. Efraim está en los confines.

–                       ¡Oh! Y para mostrar su desprecio a los judíos te honrarán y te defenderán. Pero… ¡Espera! Tu Madre solo puede venir por el camino de Samaría o el Jordán. Yo tomaré un camino y Maximino el otro. Él o yo la encontraremos.

No volveremos, si no es con ellas. Bien sabes que nadie de la casa de Lázaro te puede traicionar. Entretanto Tú ve a Efraim. Y pronto.

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Ahora estoy sano y puedo hacer lo que quiera. Haré creer que me dirijo a Ptolemaide, para embarcarme hacia Antioquia… Todos saben que allá tengo tierras… Mis hermanas se quedaran en Bethania. Voy a preparar ahora dos carros. Que os llevarán a Ti y a tus apóstoles a Jericó.

Mañana al amanecer seguiréis el camino a pie. ¡Ah! Estaba escrito que no pudiera alegrarme de estar contigo. ¡Oh, Maestro mío!… ¡Sálvate! ¡Sálvate!

Lázaro llora de tristeza.

Jesús suspira y no dice nada. ¿Qué puede decir?…

Han llegado a la casa de Simón. Se separan.

Jesús entra en la casa y ordena:

–                       Tomad  vuestros vestidos. Preparad las alforjas. Partimos inmediatamente. Hacedlo de prisa. Reúnanse conmigo en casa de Lázaro.

Tomás pregunta:

–                       ¿También os vestidos mojados? ¿No podemos tomarlos al regreso?

–                       No regresaremos. Tomad todo.

Los apóstoles obedecen sorprendidos y hablándose con la mirada.

Jesús toma sus cosas que están en la casa de Lázaro y se despide de las consternadas hermanas.

Los carros están listos. Son carros grandes, cubiertos y tirados por hermosos y fuertes caballos.

Jesús se despide de Lázaro, de Maximino y de todos los siervos. Suben a los carros. Los conductores levantan los látigos y empiezan el viaje por el mismo camino que Jesús recorriera unos días antes, cuando llegó para resucitar a Lázaro…

Al día siguiente al amanecer. Apenas empieza a rayar el alba…

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 En la casa de Nique en Jericó, ésta provee que no falte nada a los que están por partir. Despide primero a los dos siervos de Lázaro. Que se quedaron toda la noche a descansar, antes de emprender el regreso a Bethania.

Está terminando de arreglar el último envoltorio, cuando entra Jesús a la cocina y saluda a todos.

Nique contesta.

–                       Maestro, la paz sea contigo. ¿Tan pronto te levantaste?

Jesús dice:

–                       Debería haberlo hecho antes. Pero estaban tan cansados mis apóstoles que los he dejado dormir hasta ahora. ¿Qué estás haciendo, Nique?

–                       Preparo… No pesan, ¿Ves? Doce envoltorios. He tomado en cuenta las fuerzas de los que los van a cargar.

–                       ¿Y Yo?

–                       ¡Oh, Maestro! Tú tienes ya tu peso…  -y en los ojos de Nique, se ve un brillo de lágrimas.

–                       Ven conmigo. Vamos a conversar en paz.

Salen al huerto.

Nique dice.

–                       Mi corazón llora, Maestro.

Jesús contesta:

–                       Lo sé. Pero hay que ser fuertes.

–                       Lo que me dijiste que hiciera está muy bien. Estaré aquí hasta que se convenzan de que no estás aquí. Pero después… iré a donde estás.

–                       Es un camino largo y difícil para una mujer. Además de que no está vigilado.

–                       ¡Oh! ¡No tengo miedo! Soy demasiado vieja para agradar como mujer y no llevo tesoros para que puedan robarme. Los ladrones son mejores que muchos que se creen santos; pero que en realidad son unos bandidos que te quieren robar la paz y la libertad.

–                       No los odies, Nique.

–                       Por amor a Ti, trataré de no odiar… Toda la noche he llorado, Señor…

–                       Te oí que ibas y venías por la cocina, como una abeja. Y me pareció ver en ti a una madre afligida por su hijo perseguido. No llores. Los culpables son los que deben llorar, no tú. Dios es bueno con su Mesías. En la horas más tristes, me permite encontrar un corazón maternal que esté junto a Mí.

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–                       ¿Tus apóstoles lo saben?

–                       Todavía no. Se los diré cuando estemos lejos…

–                       Y yo te contaré cuando vaya, lo que suceda aquí y en Jerusalén.

Regresan a la cocina donde ya se han reunido los apóstoles.

Nique dice:

–                       Venid hermanos. Tomad un buen bocado antes de partir. Todo está listo.

Jesús los invita:

–                       Por cuidarnos, Nique no ha dormido en toda la noche. Dad las gracias a la buena discípula.

Y se acercan todos a la mesa larga sobre la que ya están servidos los tazones con leche caliente y hogazas recién horneadas, untadas con mantequilla y miel.

Comen mientras Nique termina de preparar los envoltorios y cada quien toma el suyo, al terminar de comer. Es la hora de partir.

Jesús se despide y bendice.

Los campos están todavía desiertos. El camino pasa por campos de trigo que va naciendo. Por viñedos sin hojas.

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No se ven pastores. El sol calienta el aire matinal. Las primeras florecillas en los bordes brillan como piedras preciosas, bajo el rocío que el sol ilumina. Los pajarillos llenan el aire con sus trinos, anunciando que ya está próxima la primavera. Todo se llena de vida y belleza. Todo despierta al amor…

Y Jesús va al destierro que precede la muerte, que el odio le depara…

JESUS CON UN PAISAJE

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

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