172.- EL AMOR DEL PADRE


1campo-de-trigo-verde

El trigo ha crecido y empieza a echar espiga. Un viento suave lo hace ondear y acaricia las ramas de los árboles que se llenan de hojas y de flores. Se oye el cantar de los pajarillos, el balar de los corderos y de los chivos. El canto de los hombres y la risa de las mujeres y de los niños. Es el despertar de la primavera.

Jesús camina solo entre los desniveles del monte, vestido de lino blanco, con su manto azul que ondea al soplo de la brisa mañanera. Llega a un cruce de caminos y ve a un hombre tirado. Es un montón de harapos y huesos.

Se inclina entre la hierba y lo toca:

–                       Oye, ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

Una voz muy débil le responde:

–                       Sí.

–                       Si te ayudo, ¿Podrías ir hasta ese poblado?

El hombre mueve la cabeza y llora. Dice:

–                       Me arrojaron… temor a lepra… No soy leproso… me muero… de hambre.

–                       Espera. Regreso pronto.

Jesús va a donde está el ganado. Habla con el pastor, que ordeña una cabra y regresa con el hombre, al que hace beber a sorbos la leche tibia.

El hombre, lentamente cobra fuerzas y dice:

–                       Creí que iba a morirme aquí. ¡Pobres de mis hijos! había perdido toda esperanza. ¡Oh, si pudiese ir a Efraím!

–                       ¿Por qué? ¿Te esperan allá? ¿Eres de allá?

–                       No. Soy de la campiña de Yabnia, cerca del Mar Grande. Fui a Galilea, a Cesárea, a Nazareth, porque estoy enfermo aquí. –se señala el estómago- De un mal que nadie me puede curar y que no me deja trabajar el campo. Soy viudo con cinco niños. Nací en Gaza. Mi padre fue filisteo y mi madre siro-fenicia. Uno de los nuestros que era admirador del Rabí Galileo, nos habló de Él. Cuando enfermé me dije: ‘Soy siro-filisteo, peste para Israel’ Pero Ermasteo afirmó que el Rabí de Galilea es tan bueno como poderoso.

1fenicios

Yo lo creo. Y vine a buscarlo. El dinero se me acabó en el viaje. En Séforis vendí mi asno. Mi enfermedad creció y supe que al Rabí lo maldijo el Sanedrín y que está en Efraím. Como no soy de acá extravié el camino. De ese poblado me echaron a pedradas. Sólo les pedía un pedazo de pan y que me señalaran el camino a Efraím… aquí caí. ¡Tan cerca que estoy de la meta! ¿Y no llegaré?

Yo creo en el rabí. No soy israelita. Pero tampoco lo era Ermasteo y el Rabí lo amó. ¿Será posible que el Dios de Israel haga pesar Su Mano sobre mí, en venganza de las culpas de mis antepasados?

–                       El Dios Verdadero es Padre de todos los hombres. Justo, pero bueno. Premia a quién tiene Fe y no exige que los inocentes paguen, por culpas que no son suyas.

–                       Creo que si no encuentro al Rabí me moriré. Lo perdí antes de encontrarlo.

–                       ¡Porque no te curarías!

–                       No solo por eso. Sino porque Ermasteo repetía ciertas cosas que de haberlo conocido, no me consideraría más una asquerosidad.

–                       ¿Crees que sea el Mesías?

–                       Lo creo. No sé qué quiera decir ‘Mesías’, pero creo que el Rabí de Nazareth es el Hijo de Dios.

En el rostro de Jesús brilla una sonrisa luminosa…

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Y pregunta:

–                       ¿Estás seguro de que si lo Es,  te escucharía a Ti?

–                       Estoy seguro. Ermasteo repetía: ‘Es el Salvador de todos los hombres. Para Él no hay hebreos ni idólatras; sólo creaturas que salvar. Porque el Señor Dios lo envió para esto.’ Muchos se reían. Yo creí… ¡Oh! Si le pudiese decir: ‘Jesús ten piedad de mí’ Me escuchará.

Jesús amplía su sonrisa cada vez más.

Y aconseja:

–                       Trata de pedirme que te cure Yo…

–                       Tú eres bueno. Tal vez eres uno de sus discípulos y te habrá dado poder para hacer milagros. ¿Te enojarías si te digo que podrías curar los cuerpos; pero no los corazones? Yo quisiera que también el mío se curara… Como le sucedió a Ermasteo.  Quiero ser un hombre recto… Y eso solo puede hacerlo el Rabí. Soy un pecador además de enfermo. No quiero que mi cuerpo sane, si mi alma no se cura. Quiero vivir y que viva también mi alma.

Ermasteo nos decía que el Rabí es vida del alma y que el alma que cree en Él, vive para siempre en el Reino de Dios. Por favor, llévame a donde está el Rabí. Tú eres bueno.

–                       Te aseguro que si pudieses aumentar tu Fe a pedirle aquí el milagro y de que es posible, lo alcanzarías.

–                       ¿De veras? Si eres uno de sus discípulos no puedes mentir, ni equivocarte. Aunque me desagrade no ver al Rabí… Quiero obedecerte… Tal vez, perseguido como está, no se fía de nadie. Y tiene razón. Pero serán los hebreos, los que lo llevarán a la ruina, no nosotros… Mira, yo digo aquí…

Se pone fatigosamente de rodillas y suplica:

–                       Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí.

Y Jesús, con el gesto con el que obra los milagros, dice:

–                       Y se haga como tú Fe lo merece.

El hombre comprende y se postra adorándolo…

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Luego se pone de pie, fuerte y sano.

Jesús le dice:

–                       Me hablaste de Ermasteo como si hubiera muerto. Ven conmigo a Efraím y di a quién está conmigo, como terminó. Luego te mandaré a Jericó, con una discípula que te ayudará a regresar…

–                       ¡Oh! ¿Por qué te odian si eres tan Bueno?

–                       Porque muchos hombres tienen en sí un espíritu que se ha posesionado de ellos. Vamos.

Jesús toma por el camino a Efraím, seguido por el curado.

Cuando llegan a sus cercanías, de un atajo sale Judas de Keriot que da un grito de sorpresa al ver a su Maestro, que no da señal de sorpresa alguna. Se vuelve al hombre que le acompaña y…

Jesús  le dice:

–                       Este es un discípulo mío. Cuéntale de Ermasteo.

El hombre declara:

–                       ¡Ah! Era infatigable en predicar al Mesías. Se separó de su compañero y se quedó con nosotros, pues decía que todos tenemos necesidad de conocerte. Quiso divulgar tu Nombre en todos los rincones de nuestra patria. Vivía como un penitente…  Si alguien le regalaba un pedazo de pan, lo bendecía en tu Nombre. Si le arrojaban piedras,  las bendecía igual. Se alimentaba de frutas del monte y de moluscos que sacaba de los escollos.

1escollos

Muchos decían que estaba ‘loco’ Un día lo encontraron muerto por el camino que lleva a Judea, cerca de mis posesiones. Nadie supo cómo murió. Pero se murmura que alguien lo mató porque predicaba al Mesías. Tenía una herida grande en la cabeza. Aún tirado en el suelo, sonreía lleno de paz.

Jesús pregunta a Judas:

–                       ¿Oíste?

Judas responde:

–                       Oí. Te sirvió y no tuvo una larga vida.

–                       Evangelizó en lugares en donde Yo era Desconocido. ¿Qué vida más larga puede haber que la que se conquista en el servicio de Dios? Larga y gloriosa.

Judas sonríe con esa sonrisa extraña que es tan molesta de ver en él. Pero no replica.

Cuando llegan al poblado, Jesús dice a Judas:

–                       Acompáñalo a casa y trata de que se recupere. Después del sábado que empieza hoy, partirá.

Judas obedece.

Jesús se queda solo y se dirige lentamente a lo espeso del bosque. Sube a un risco sobre el que se levanta una gigantesca encina. Cuando llega a la cima, ve a la orilla del peñasco, al que lo precedió.

Samuel está absorto, mirando al vacío, hacia Jerusalén. Suspira. Mueve la cabeza…

Jesús mueve unas ramas para llamar su atención.

Samuel voltea y pregunta:

–                       ¿Quién es?

Jesús se asoma tras el tronco de la encina y responde:

–                       Yo Samuel. Te me adelantaste a uno de mis lugares favoritos para orar.

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Samuel se levanta y recoge el manto mientras dice:

–                       ¡Oh, Maestro! Al punto te dejo el lugar.

–                       No. ¿Por qué? Hay lugar para los dos. Es tan hermoso este lugar. No lo dejes.

–                       Quiero dejártelo para que ores.

–                       Podemos hacerlo juntos. Meditar. Hablar con el espíritu elevado a Dios… Olvidando a los hombres y sus debilidades…

Samuel se estremece por la sorpresa.

Jesús continúa:

–                       Hay que perder las honras humanas, para conseguir la vecindad con lo divino; aun cuando los honores humanos fuesen muchos y de gran estima. Y la cercanía con lo divino fuese humilde y desconocido. ¿No es verdad?

–                       Sí, Maestro. Igual me pasó a mí.

–                       Pero estás triste. Pese a que el cambio debería hacerte feliz. Estás triste. Sufres. Te aíslas. Miras hacia los lugares abandonados, como si fueras un pájaro cautivo que dentro de su jaula, se queja a los lugares en que tuvo sus amores. No digo que no lo hagas. Eres libre.  Puedes irte y…

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–                       ¡Señor!, ¿Acaso Judas te ha hablado mal de mí, que me hablas así?

–                       No. Judas no me ha dicho nada. Pero a ti sí… Y tú estás triste y desconsolado por eso.

Samuel mira desconsolado a Jesús y dice:

–                       Señor, si sabes estas cosas sin que nadie te las diga, sabes también que no tengo deseos de dejarte porque no me hubiera arrepentido, ni siquiera por temor a los hombres que pueden castigarme…

Miraba hacia Jerusalén pero solo como un israelita, que desea entrar a la casa de Dios y adorar al Altísimo. ¿Por qué los hombres son tan malos, tan necios, tan imbéciles? ¿Cómo es posible que nos sugestionen diabólicamente al mal y por qué somos tan ciegos, para creer en sus mentiras? ¿Cómo podemos llegar a ser así de demonios?

¿Y seguirlo siendo aun cuando se está tan cerca de Ti? Miraba allá y pensaba en cuanto veneno sale de allá, para hacer mal a los hijos de Israel. Pensaba en cómo la sabiduría de los rabinos puede mancomunarse con tanta maldad y arrastrar al hombre al engaño. Sobre todo pensaba que…

Samuel que había hablado con ímpetu, se detiene súbitamente y baja la cabeza…

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Jesús termina la frase:

–                       ¿Por qué Judas mi apóstol es lo que es y me causa dolor a Mí, a quien me rodea y a quién viene a Mí? Como a ti, que has venido. Lo sé. Judas está tratando de alejarte de aquí. De arrancarte de Mí. Y te hace insinuaciones y se burla.

–                       No solo de mí. Me envenena mi gozo de haber entrado en la justicia y me hace sentir como un traidor. Porque yo me engaño de ser mejor, mientras que no es así. Y yo seré la causa de tu ruina. yo no quiero pecar. Pero tiene razón tu apóstol en desconfiar de mí. Me conoce. Nos conoce a todos. Porque conoce a los jefes…

Tiene razón cuando me dice: “Pero no sabes que Él nos anuncia que seremos débiles. Piensa: nosotros que somos sus apóstoles y que desde hace tanto tiempo que estamos con ÉL. Y tú que todavía hueles al viejo Israel, que has llegado cuando nuestro corazón tiembla de temor, ¿Crees que vas a tener fuerzas para seguir siendo justo?” Judas tiene razón…

Y Samuel baja la cabeza, totalmente abatido.

Jesús exclama:

–                       ¡Cuántas tristezas se infligen mutuamente los hombres! En verdad que Satanás sabe aprovecharse de esta inclinación y separarlos de la alegría que sale al encuentro para salvarlos. Porque la tristeza del corazón, el temor del mañana, las preocupaciones, son armas que el hombre pone en manos de su enemigo, que lo espanta con los mismos fantasmas que el hombre se crea.

Pero óyeme. Dios es un Padre que puede cuidar del hijo que quiere firmemente servirle. ¡Oh! Dios no desilusiona los buenos deseos del hombre, porque Él es el que los enciende en vuestros corazones. Tú estabas convencido de que persiguiéndome honrabas a Dios. El Padre vio en tu corazón no el Odio, sino el deseo de darle gloria y por eso te trajo con nosotros. Sólo si tú abandonas a Dios, podría vencerte la fuerza del Mal.

1Yahveh

Samuel contesta con firmeza:

–                       No quiero. Mi voluntad es sincera.

–                       Entonces ¿De qué te preocupas? ¿De las palabras de un hombre? Déjalo que diga. Él piensa a su modo…   El pensamiento del hombre es siempre imperfecto.

–                       No quiero que lo regañes. Me basta con que me asegures que no pecaré.

–                       No lo harás porque no quieres que te suceda. Conoces los nombres y las intenciones de mis enemigos más encarnizados. Y sabes lo que están preparando contra Mí. Por eso puedo hablar contigo lo que no podría hacer con otros. Lo que puedo padecer y compadecer; otros no lo pueden…

Samuel lo mira estupefacto:

–                       Maestro, ¿Cómo puedes ser lo que Eres, sabiendo esto?… ¡Oh! Alguien viene subiendo…  -Samuel se asoma-  ¡Judas!

Judas responde:

–                       Soy yo. Me dijeron que por aquí había pasado el Maestro y te encuentro a ti. Me regreso. Te dejo entregado a tus pensamientos…   -Y ríe con esa risa que es más lúgubre que una lechuza.

                        1lechuza

Jesús sale por detrás de Samuel y mostrándose, pregunta:

–                       Yo también estoy. ¿Me necesita alguien en el poblado?

Judas contesta:

–                       ¡Oh, Tú! ¡Estabas en buena compañía, Samuel! ¡Y también tú, Maestro!…

–                       Dices bien. La compañía de uno que abraza la justicia es siempre buena. ¿Me buscabas para estar conmigo? Ven. Hay lugar para ti y para Juan, si viene contigo.

–                       Está allá abajo con unos peregrinos.

–                       Entonces tendré que ir.

–                       No es necesario. Van a quedarse hasta mañana. Juan los ha colocado en nuestros lechos. Es feliz haciéndolo. Todo lo contenta. En verdad que os asemejáis. No comprendo cómo lográis estar siempre contentos y hasta de lo más… fastidioso.

Samuel dice:

–                       La misma pregunta te iba a hacer cuando llegaste.

–                       ¡Ah, sí! Entonces tampoco tú te sientes feliz y te sorprende que en otros en condiciones todavía más duras que las nuestras, lo sean.

–                       Yo no soy infeliz. No hablo por mí. Lo que me pregunto es de dónde saca el Maestro la serenidad que tiene, pese a que no ignora su futuro.

Judas exclama:

–                       ¿De dónde? ¡Del Cielo! Es natural. Es Dios. ¿Acaso lo dudas? ¿Puede un Dios sufrir? Él está sobre el Dolor. El Amor del Padre es para Él, como… un vino que embriaga.

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Y vino embriagador es para Él la convicción de que sus acciones son la salvación del Mundo. Y luego… ¿Acaso puede tener reacciones físicas, como nosotros los pobres hombres, tenemos? Esto sería contrario al buen sentido. Si el inocente Adán no conoció dolor de ninguna clase; ni lo hubiera conocido si siempre se hubiese mantenido inocente.

Jesús es el Súper-Inocente. La creatura, no sé si llamarla ‘increada’ siendo Dios o creada porque tuvo padres… ¡Oh! ¡Cuántos ‘porqués’ insolubles a los que vendrán después!  ¡Maestro mío! Si Adán estaba libre del Dolor por su inocencia, ¿Puede pensarse que Tú puedas sufrir?

Jesús, con la cabeza inclinada, se ha vuelto a sentar sobre la hierba. Los cabellos le hacen velo y no dejan ver la expresión de su rostro.

Samuel de pie, cara a cara con Judas, le replica:

–                       Si debe ser el Redentor, debe sufrir realmente. ¿No te acuerdas de David y de Isaías?

–                       Sí. Pero, aunque veían la figura del Redentor, no veían el auxilio inmaterial por el que el Redentor aunque fuese torturado, no sentiría.

–                       ¿Cuál? Una creatura puede amar el dolor o padecerlo resignadamente, según la excelencia de su virtud. Pero siempre lo sentirá. Si no lo sintiese… no sería dolor.

–                       Jesús es Hijo de Dios.

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Samuel exclama:

–                       ¡Pero no es un fantasma! ¡Es un verdadero hombre! Y el cuerpo sufre si se lo tortura. El hombre sufre si se lo ofende o si se le hace objeto de burla.

Judas sentencia impertérrito:

–                       Su unión con Dios elimina en Él estas cosas humanas.

Jesús levanta su cabeza y habla:

–                       En verdad te digo, Judas. Que sufro y sufriré como ningún hombre. No voy detrás de lo que los hombres creen que es la felicidad. Porque cifro mi alegría en las consecuencias que puede acarrear en la eternidad. Mi acción cesa, pero su fruto permanece. Mi dolor termina pero sus valores, no. ¿Qué interés tiene para Mí, ‘una hora de ser feliz’ en la tierra, si no puede venir conmigo a la eternidad? ¿Cuándo debería gozar de ella y hacer que participen de ella los que amo?

Judas exclama:

–                       Si triunfas… ¡Nosotros tus seguidores participaremos de tu felicidad!

–                       ¿Vosotros? ¿Y qué sois vosotros en comparación con las multitudes presentes,  pasadas y futuras, a las que mi Dolor dará alegría? Yo veo más allá de la felicidad terrena. Mi mirada va a lo sobrenatural. Veo que mi Dolor es gozo eterno para una inmensidad de hombres.

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 Abrazo el dolor como la fuerza mayor, para llegar a la felicidad perfecta; que es la de amar al prójimo, hasta sufrir para darle alegría y morir por él.

Judas replica:

–                       No comprendo esta felicidad.

–                       Todavía no eres sabio. De otro modo la comprenderías.

–                       ¿Y Juan lo es? Es más ignorante que yo.

–                       Hablando humanamente, sí. Pero tiene la ciencia del Amor.

–                       Está bien. Pero no creo que el amor haga que los palos, dejen de ser palos. Que las piedras dejen de serlo.  Y que no produzcan dolor cuando uno se pega con ellas. Siempre has dicho que amas el dolor porque para Tí es amor. Pero cuando realmente seas preso y torturado, no sé si pensarás de igual manera.  Piensa mientras puedes escapar al dolor. Será horrible, ¿Sabes? Si los hombres te llegan a aprehender… ¡Oh! ¡Serán muy crueles!…

En las últimas palabras de Judas, está el acento venenoso de Satanás que tortura implacable Al Hombre-Dios que tiene frente a sí y al que el Mesías puede ver… Porque tiene todas las potencias del espíritu vivas, por ser el Viviente…

Jesús lo mira con el semblante palidísimo…

Sus ojos parecen mirar las torturas que lo esperan. Y sin embargo, aún envueltos en esta tristeza, siguen siendo suaves y dulces. Totalmente serenos: los ojos limpios de un Inocente.

Jesús responde:

–                       Lo sé. Y sé aun lo que no sabes. Más espero en la Misericordia de Dios. Él, que es misericordioso con los pecadores; tendrá misericordia de Mí. No le pido que no sufra. Sino saber sufrir. Vámonos Samuel. Adelántate un poco y dile a Juan que pronto estaré allí.

Samuel se inclina y va ligero.

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Judas dice:

–                       Te fías mucho de ese hombre, Maestro. Es el más exaltado y revoltoso de todos los discípulos de Jonathás. Ahora ya es tarde. Te pusiste en sus manos. Es un espía. Y pensar que Tú y los otros, habéis pensado que yo lo era. Yo no soy un espía.

Jesús se detiene y se vuelve:

–                       No. No eres un espía. Eres un Demonio. Has robado a la serpiente su prerrogativa de seducir y de engañar, para apartar de Dios. Tu conducta no es una piedra, ni un bastón; pero me hiere mucho más… En medio de un duro padecimiento, no habrá otro mayor que tu conducta, con la que me torturarás.

Jesús se lleva las manos al rostro, como para esconderse del horror. Luego se apresura a bajar por el sendero.

Detrás de Él, Judas le grita:

–                       ¡Maestro, Maestro! ¿Por qué me causas dolor? Ese falso me calumnió… ¡Escúchame, Maestro!

Jesús no le hace caso y Judas se resigna a no hablar y se aparta para ir a otro lado…

1ADELANTE

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

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