31.- LA CARTA DE PLINIO EL JOVEN


PLINIO~1

Caius Plinius Caecilius Secundus            a          Trajano

     Me he impuesto la regla señor mío, de someter a tu juicio todos los asuntos acerca de los cuales tengo una duda. ¿Quién mejor que tú podría guiarme cuando vacilo? O ¿Ilustrarme cuando estoy en la ignorancia?

      Nunca he asistido a la instrucción de ningún proceso contra los cristianos. Ignoro en consecuencia de qué se les acusa y hasta donde se llega en la costumbre de castigarlos. Muchas veces me he preguntado sobre el problema de saber, si conviene o no tener en cuenta la diferencia de edades. ¿Se debe perdonar a los arrepentidos? O ¿Es inútil que se retracten, los que una vez fueron cristianos? ¿Se castiga el solo nombre de cristianos, aunque no se haya cometido ningún crimen? O ¿Se castigan los crímenes relacionados con ese nombre?

Hasta hoy, en los casos de los que me han consignado como cristianos, he observado la siguiente regla: Les he preguntado a ellos mismos si eran cristianos.

A quienes lo han confesado, les he interrogado una y otra vez, amenazándolos con el suplicio. Si aún así, perseveran en su declaración; los he condenado sin poner en duda que sea lo que fuese lo que signifique su confesión; su desobediencia ostensible y su obstinación persistente, merecían ser castigados.

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Ha habido otros, necios en la misma locura, que he detenido para enviártelos a Roma, ya que son ciudadanos romanos.

Como ocurre habitualmente, se han presentado diferentes casos en cuanto el proceso hacía avanzar la acusación. Ha circulado un libelo anónimo en el que aparecen muchos nombres. A quienes negaron su condición  presente y pasada de cristianos; aunque fuese débil su invocación a los dioses, siguiendo el rito que establecí.

Y si sacrifican incienso y vino frente a tu imagen, que les he presentado con ese objeto junto con las estatuas de las divinidades. Y si además maldicen el Nombre de Cristo, todas estas cosas imposibles de lograr con los verdaderos cristianos, consideré conveniente dejarlos libres.

Otros acusados consignados por un acusador; han aceptado al principio que eran cristianos y luego se han retractado pretendiendo haberlo sido, pero ya no serlo. Uno, desde hace tres años; otro, desde hace más largo tiempo y algunos, desde hace veinte años. Todos estos han adorado tu imagen y las estatuas de los dioses. Y luego han maldecido el Nombre de Cristo.

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Por lo demás, pretendían que toda su falta y su error había consistido en su costumbre de reunirse en determinados días de la semana y antes de la salida del sol, para cantar alternadamente un himno a la Gloria de Cristo, como si fuera un Dios y el haberse comprometido solemnemente a no cometer ningún crimen. A no cometer robo, ni bandidaje, ni adulterio. A respetar la palabra dada y frente a la justicia a no negar un depósito que se les hubiese confiado. Añadían que después de la anterior ceremonia, su costumbre era separarse y reunirse después, para tomar un alimento; cosa en verdad perfectamente común e inocente.

Que a pesar de ello habían renunciado aún a esas prácticas, después de conocer el edicto por el cual, siguiendo tus instrucciones, había prohibido esas reuniones.

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Todo esto me ha hecho considerar como más conveniente el tratar de arrancar la verdad a dos esclavos que se decían de ese culto, en lugar de entregarlos a la tortura. Pero solo descubrí una superstición loca y desmesurada.

Suspendí la investigación con el propósito de recurrir a tu opinión, ya que el asunto me parece que hace necesaria y considerando además el número de los acusados.

Efectivamente, un gran número de gentes de todas las edades, condiciones y de uno y otro sexo, está en peligro o va a encontrarse dentro de poco. El contagio de este desvarío se ha extendido no solamente en las ciudades, sino también en los pueblos y hasta en el campo. Sin embargo me parece que aún es posible ponerle un freno y curarlo.

En todo caso es cierto que en los templos,  que estaban casi desiertos; se frecuentan de nuevo y se han reanudado las ceremonias rituales, olvidadas durante largo tiempo. Y se vende de nuevo carne de las víctimas sacrificadas, que ya no tenían compradores. Todo esto nos permite ver cuanta gente podría curarse, si se les concediese la gracia del arrepentimiento…

La respuesta del emperador a su Procónsul en Bitinia, fue clara y lacónica:

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  “No es preciso investigar. Si son denunciados y es probado su delito, deben ser castigados. Pero quién niegue ser cristiano y confirme sus palabras adorando a los dioses; debe ser perdonado aunque se sospeche de su conducta pasada. Las denuncias anónimas no deben tomarse en consideración. Porque en efecto, ello sería dar un mal ejemplo, indigno de nuestro tiempo…” 

LOS TESTIMONIOS DE FE

            El Edicto de Nerón contra los cristianos sobrevivió a su muerte. Y a pesar de que el pueblo le pidió al nuevo emperador Servio Sulpicio Galba, el castigo para Haloto y Tigelino, los dos más crueles de todos los agentes de Nerón; fueron a los únicos que dejó impunes y hasta concedió a Haloto un cargo importantísimo.

Y reprendiendo al pueblo en un edicto, por la crueldad que mostraba hacia Sofonio Tigelino, lo mantuvo a su servicio bajo la supervisión de Cornelio Lacco, el nuevo Prefecto del Pretorio, cuya arrogancia y necedad eran famosas. Pero los dos sucumbirían antes de que terminase el año de los cuatro emperadores: Tigelino sería condenado por Othón y Haloto por Vitelio.

Y la persecución contra los cristianos continuó.

El Edicto de Nerón seguía resonando por todos los rincones del Imperio…

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Apostataban los tibios en la Fe y los que no se alimentaban de la Eucaristía y la Oración.  Pero los cristianos maduros y perfectos, dieron los más gloriosos testimonios…

Sofía fue arrestada y sentenciada a la columna. Después de atormentarla, la arrojaron de nuevo al calabozo.

Leonardo la visitó en la prisión, hizo oración por ella y sus heridas fueron sanadas por Jesús.

El antiguo enamorado, le dijo conmovido:

–           Ahora se cumple lo que sin saber profetizamos. La Cruz venció y tú fuiste mi maestra y no mi esposa. Ruega por mí, para que se nutra mi debilidad de tu fuerza, virgen bienaventurada. Para que juntos lleguemos a Dios.

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Ella le respondió con suavidad:

–           Tú eres mi obispo, hermano mío. En el Nombre de Cristo absuélveme de toda culpa, para que más blanca que un lirio, yo te preceda en la gloria.

Y Sofía se arrodilla ante él. Leonardo le bendice, mientras las lágrimas se deslizan silenciosas por sus mejillas. Y luego los dos oran: ‘Pater Noster…’

Apenas terminan de orar, cuando entran los carceleros y miran estupefactos a la doncella totalmente sana.

El Prefecto dice enojado:

–           ¿No te bastaron los tormentos? ¿Resistes todavía? ¿No sacrificarás a los dioses?

Ella responde tranquilamente:

–           A Dios hacemos el sacrificio de nosotros mismos. Somos sacrificio vivo y santo. Al Dios Verdadero, Único, Eterno; damos la vida porque así lo queremos. Por Jesucristo, Señor del mundo y de Roma. Por el Rey Poderoso delante del cual, el César es polvo mezquino. Por el Dios ante el Cual se arrodillan los ángeles y tiemblan los demonios, venga a nosotros la muerte.

Los soldados la arrojan furiosos al suelo. Luego la arrastran al lugar del suplicio, sin poder separar su mano de la de Leonardo, hasta una de las salas del tribunal.

Cuando le vendan los ojos dice a Leonardo:

–           Vendré por ti.

Y cuando el verdugo la decapitó, su sangre salpicó al obispo.

Tiempo después en Cartago…

Fue presentado al tribunal el obispo Leonardo.

El Procónsul Marcelo dijo:

–           He recibido la orden de que los que no practican la religión romana, deben reconocer al menos, los ritos romanos. Por eso te he llamado nominalmente ¿Qué me respondes?

Leonardo contesto:

–           Yo soy cristiano, obispo y no conozco otros dioses, sino al Único y Verdadero Dios, que hizo el Cielo y la Tierra; el mar y cuanto en ellos se contiene.

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Nosotros los cristianos servimos a este Dios y a Él le dirigimos día y noche nuestras súplicas: por nosotros mismos, por todos los hombres y por la salud del emperador.

–           ¿Perseveras pues, en esta determinación?

–           Una determinación buena que conoce a Dios, no puede cambiarse.

–           ¿Prefieres marchar desterrado a la ciudad de Curubis, según el mandato imperial?

–           Marcharé.

–           Quiero saber quienes son los presbíteros que residen en esta ciudad.

–           Las leyes de Roma, noble y útilmente prohíben la delación. Por esto, yo no puedo descubrirlos, ni delatarlos. Sin embargo cada uno puede ser hallado en su propia ciudad.

–           Yo los buscaré hoy, en esta ciudad.

–           Como nuestra disciplina prohíbe presentarse espontáneamente y ello tampoco sería grato a tu misma ordenación, ni aún ellos tampoco pueden presentarse. Sin embargo si los buscas, podrás descubrirlos.

–           Sí. Los descubriré. También el mandato imperial prohíbe realizar reuniones y entrar en los cementerios. La orden es razonable. Si alguno no la observa, sufrirá la pena de muerte.

–           Haz lo que se te ha ordenado.

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Entonces el Procónsul Marcelo ordenó que Leonardo fuera enviado al destierro, donde pasó largo tiempo. Mientras tanto Marcelo fue sustituido por Flavio, quién mandó llamar del destierro al obispo, para que le fuera presentado.

Cuando los oficiales lo llevaron a su tribunal, le preguntó:

–           ¿Eres tú Leonardo?

Leonardo contestó:

–           Sí. Soy yo.

–           ¿Te has hecho padre de los hombres sacrílegos?

–           Sí, yo.

–           El mandato imperial dice que sacrifiques.

–           No sacrifico.

–           Piénsalo bien.

–           Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no es necesaria reflexión alguna.

Flavio, después de deliberar con su consejo, con pesar y de mala gana pronunció sentencia en estos términos:

–           Durante largo tiempo has vivido sacrílegamente. Has juntado contigo en criminal conspiración a mucha gente y te has constituido enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los mandatos imperiales hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido el autor y abanderado de los más abominables crímenes, servirás de escarmiento a los que asociaste con tu maldad y con tu sangre quedará sancionada la disciplina legal.

Dicho esto, leyó en voz alta la sentencia escrita en la tablilla:

“Ordenamos que Leonardo, sea pasado a filo de espada.”

El Obispo Leonardo dijo:

–           Deo Gratias. (Gracias a Dios)

Y una gran multitud de cristianos los siguió hasta el lugar del suplicio.

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Leonardo fue conducido al Campo Sexto. Allí se quitó la sobreveste y la capa. Se arrodilló y se postró con el rostro en tierra, para hacer Oración. Luego se sacó la dalmática y la entregó a los diáconos. Se quedó con su túnica interior de lino y se vendó los ojos con sus propias manos.

Después de ser decapitado; por la noche su cuerpo fue llevado entre cirios y antorchas, con gran veneración y triunfalmente, hasta el cementerio.

* * * * * * *

            Publio Quintiliano fue arrestado por el Questor y presentado ante el procónsul Leónidas, que preguntó:

–          ¿Quién es este hombre?

El oficial respondió:

–           Es un cristiano que no quiere obedecer los edictos imperiales.

Leónidas lo interrogó:

–           ¿Cómo te llamas?

–          Marco Publio Quintiliano.

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¿Eres militar?

–           Lo fui.

–           ¿Qué dices Publio? ¿Es verdad lo que se dice acerca de ti?

–           Así es. Soy cristiano y no puedo negar lo que soy.

–                      ¿Acaso ignoras los mandatos del emperador, que ordenan sacrificar a los dioses?

–                      Ciertamente no los ignoro. Pero soy cristiano y no puedo hacer lo que quieres. Y mucho menos olvidarme del Dios Vivo y Verdadero.

–           ¿Qué mal hay en lanzar unos pocos granos de incienso y marcharse?

–          Yo no puedo despreciar los Mandamientos Divinos y ser infiel a mi Dios. ¡Ni aún en apariencia! Conocí a Jesucristo en Palestina, cuando era tribuno de la Itálica. Yo lo oí, lo vi hacer milagros y lo vi Morir y Resucitar.

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Cuando milité en el servicio activo, en veintisiete años, jamás comparecí ante el Tribunal por criminal y pendenciero. Siete veces participé en campañas bélicas. Jamás me oculté en la retaguardia. Siempre obedecí las órdenes. He peleado como ningún otro.

He sido cristiano y he sido un soldado honorable. Ni el comandante, ni mis subordinados, me vieron cometer alguna perfidia. ¿Y ahora quieres que después de mostrarme leal en lo menos, pueda ser yo traidor en lo más?

–           ¿Qué milicia seguiste?

–                      Serví en el ejército del emperador Tiberio César y a su debido tiempo me licencié como veterano. Desde que lo conocí, siempre temí a Dios que hizo el Cielo y la Tierra; le rendí culto y ahora le ofrezco mi servidumbre.

–                      Publio, veo que eres un hombre prudente y razonable. Hazme caso e inmola a los dioses. Así conseguirás una gran remuneración.

–                       No puedo hacer lo que me pides. Yo no quiero ser condenado eternamente en el Infierno.

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            Si piensas que ello sea pecado, yo cargo con él. Porque soy yo el que te estoy forzando y así no parecerá que has cedido voluntariamente. Luego te vas tranquilo a tu casa y regresas con tu familia. Recibes el premio de las fiestas decenales y en adelante, nadie te va a molestar.

–           En el mundo espiritual no hay apariencias. No me voy a condenar con mis propias palabras. Ni ese dinero de Satanás, ni tus consejos capciosos, podrán privarme de la Luz Eterna. Dicta pues tu sentencia contra mí, como contra un cristiano.

–           Si no acatas los mandatos imperiales y no sacrificas, te haré cortar la cabeza.

–           ¡Amén! Dicta tu sentencia contra mí y así cumplirás lo que yo más deseo.

–           Si no te arrepientes y no sacrificas, cumpliré cabalmente tus deseos.

–           Si mereciere sufrir esto, me espera una gloria eterna…

–           ¡Te están embaucando! En cambio lograrás una gloria eterna, si sufres por la patria y por sus leyes.

–           Sin duda sufro por las leyes; pero por las Leyes Divinas.

–           ¿Esas leyes que les enseñó uno que murió crucificado? ¡Qué imbécil eres! Temes más a un muerto, que al emperador que está vivo.

–           ÉL murió por nuestros pecados, para darnos la Vida Eterna. Pero siendo Dios, el Mismo Cristo permanece por los siglos de los siglos. El que lo confesare, tendrá Vida Eterna. El que lo negare, tendrá castigo eterno.

–           ¡Me das lástima! Por eso te aconsejo que sacrifiques y vivas con nosotros.

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–            El vivir en la Tierra para mí es la muerte. En cambio el morir en Presencia de Dios, será para mí la Vida Eterna.

–           ¡Escúchame y sacrifica! Así no me veo obligado como te lo prometí a quitarte la vida.

–           Escogí morir temporalmente, para vivir con los santos en el Cielo, Eternamente.

Finalmente el Procónsul Leónidas, dictó esta sentencia:

“Publio Quintiliano, por negarse a obedecer los edictos imperiales es condenado a morir a filo de espada.”

El general contestó:

–           Deo Gratias.

Y Publio, antes de ser decapitado dijo:

“Señor Jesucristo recibe mi espíritu…”

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* * * * * * *

En Nicomedia, capital de Bitinia, Diego y Adrián, que de sacerdotes paganos y hechiceros, se convirtieron en sacerdotes de Cristo; en sus predicaciones daban su testimonio así:

–           Créannos hermanos. Si no conociéramos que esto es lo mejor, jamás nos hubiésemos convertido. Conviértanse también ustedes, para que puedan salvarse. La joven que amábamos y de la que nos enamoramos los dos, es una esposa de Cristo y nuestro amor por ella, nos llevó a conocer el amor verdadero. Y por eso ahora podemos decir convencidos que en el Evangelio está toda la Verdad.

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Cuando fueron arrestados, el Procónsul Jarub preguntó a Diego:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Diego.

–           ¿De qué condición eres?

–           Tiempo atrás fui perseguidor de la Ley Sagrada. Ahora aunque indigno, soy predicador de ella.

–           ¿Qué oficio desempeñas, para ser predicador?

–           Todo hombre tiene el poder para sacar a su hermano del error. Así adquiere para sí Gracia y a él le libera de los lazos diabólicos.

El Procónsul preguntó a Adrián:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Adrián.

–           ¿De qué condición eres?

–           Soy libre y adorador de los Misterios de Dios.

–           ¿Quién los persuadió a abandonar a los venerados y verdaderos dioses; de los que han obtenido muchos beneficios y por los que gozaban de tanto favor en medio del pueblo?

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¿ Para pasarse a adorar a un hombre muerto y crucificado que no pudo salvarse a sí mismo?

–           Todo es obra de Aquel que por su Gracia hizo de Pablo, que era perseguidor de la Iglesia, un predicador de Jesucristo.

–           Vean por ustedes y vuelvan a lo pasado. Para ganar los favores de nuestros venerados dioses. Obedezcan el sacro mandato imperial y así lograrán salvar la vida.

–           Hablas como un necio. Por nuestra parte, jamás daremos suficientes gracias a Dios, que se dignó sacarnos de las tinieblas y defendernos de las sombras de la muerte, para traernos a la gloria de ser cristianos.

–           ¿Cómo los defiende, cuando ahora los ha entregado en mis manos? ¿Por qué no está ahora aquí presente, para librarlos de la muerte?… Además, sé muy bien que cuando ustedes tenían su buen sentido, prestaron grandes beneficios a mucha gente.

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Los cristianos consideramos una gloria perder esta que tú tienes por vida, para alcanzar perseverando hasta el fin, la Vida Verdadera y Eterna. Además, deseamos que Dios te conceda esta gracia y esta luz. Para que conozcas su Naturaleza, su grandeza, su generosidad, a favor de los que creen en Él.

–           Los beneficios que les hace son muy patentes, ya que ahora como les dije, los ha entregado en mis manos.

Diego interviene:

–           También nosotros te hemos dicho que es gloria de los cristianos y promesa del Señor, que quién fielmente lucha contra el Diablo y desprecia las amenazas del mundo y las cosas caducas del momento, alcanzará la Vida Eterna.

El Procónsul replica impaciente:

–           Todo lo que dicen son cuentos de viejas. Háganme caso y sacrifiquen a los dioses. Cumplan los edictos imperiales y no provoquen mi furor. De otra manera los voy a someter a nuevos y refinados tormentos.

Entonces Adrián respondió:

–           Estamos dispuestos a soportar todos los tormentos que quieras, antes que negar al Dios Vivo y Verdadero y ser arrojados a las tinieblas exteriores y al Fuego del Infierno que Dios preparó para el Demonio y sus ministros.

El Procónsul sentenció:

–           Os doy tres días para recapacitar, de lo contrario seré yo el que los entregue al fuego de la hoguera.

Y los envió a la cárcel.

Mientras tanto el domingo después de Misa, el Obispo Liam acababa de retirarse a su habitación cuando llegó a su casa un pelotón de soldados y lo arrestaron junto con los diáconos Owen y Ryan. Los encarcelaron y fueron a dar donde estaban Diego y Adrián. Allí, todos oraban sin cesar.

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La comunidad de hermanos fue a visitarlos, llevándoles comida y encomendándose a sus oraciones. Luego, el obispo bautizó en la cárcel a uno de sus carceleros. Pasaron seis días y el Viernes fueron llevados ante el tribunal del Procónsul Jarub.

Éste dijo a Liam:

–           ¿Estás enterado del mandato del emperador?

–           Ignoro lo que haya mandado. En todo caso, yo soy cristiano.

–           Ha ordenado que se adore a los dioses.

–           No lo sé. Yo conozco solo Uno.

–           Pronto lo vas a saber.

El obispo Liam se puso a orar en silencio y Aquiles concluyó:

–           ¿Quiénes serán obedecidos? ¿Quiénes temidos? ¿Quiénes adorados, si no se  da culto a los dioses, ni se adoran las estatuas del emperador?

Luego interrogó a los demás y de todos obtuvo la misma respuesta:

–           Yo adoro a Jesucristo Resucitado.

–           Al Dios Único, Trino y Omnipotente.

Entonces Jarub preguntó a Liam:

–           ¿Eres tú Obispo?

–           Lo soy.

–           Pues lo fuiste alguna vez.

Y los sentenció a todos a que fueran quemados vivos.

Mientras eran conducidos al Anfiteatro, el pueblo se compadecía del Obispo, pues lo amaban no solo los hermanos, sino también los paganos.

Él era el modelo de obispo y ante aquel suceso sólo los cristianos se alegraron, porque sabían lo que significaba el martirio y la gloria a la cual caminaba.

Algunos les ofrecieron un vaso de vino aromatizado.

Pero el obispo no lo aceptó, diciendo:

–           Todavía no es la hora de romper el ayuno. (Eran las diez de la mañana)

Cuando llegaron al anfiteatro se le acercó Jan y tomándole de la mano, le rogó que se acordara de él, cuando estuviera ante el Trono del Señor.

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Liam le contestó:

–           No solo de ti, sino de toda la Iglesia extendida de Oriente a Occidente, por todo el Imperio. Y no temáis. No quedaréis privados de pastor. El amor y las promesas del Señor no les faltarán. Ni ahora, ni en el porvenir. Lo están viendo. Esto es solo sufrimiento de un momento.

Después de consolar a los hermanos, consumaron su martirio, asistidos por el Espíritu Santo. Y gozosos estuvieron en la hoguera, alabando con un canto en lenguas, hasta que exhalaron sus almas.

Dos cristianos: Kevin y Brian, que pertenecían a la casa de Jarub; así como también la esposa y la hija del Procónsul, vieron como se abrían los Cielos y subían gloriosos y coronados los espíritus de los mártires, mientras sus cuerpos aún se consumían en la hoguera, atados a las estacas.

Y se lo dijeron a Jarub:

–           Ve a los que condenaste.

Pero Jarub no vio nada.

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Los cristianos por la noche fueron al anfiteatro, llevando vino para apagar los huesos semiquemados. Después reunieron las cenizas de los mártires y cada uno de ellos guardó para sí, como una reliquia, lo que pudo agarrar.

Y sucedió que era preciso que todo lo que Liam les había enseñado mientras vivía, acerca de las promesas del Señor, lo atestiguara con su martirio y en la resurrección de la carne. Así que se apareció a cada uno de los cristianos y les avisó que restituyeran sin demora, lo que cada quién se había llevado de entre las cenizas y cuidaran de que todo quedara en un mismo lugar.

Y Liam acompañado de los sacerdotes y los diáconos, vestidos con los ornamentos celestiales, se le presentaron al que los había condenado a muerte…

El Procónsul Jarub, diciéndole:

–           Para nada te sirvió tu crueldad, ya que en vano crees que están sepultados en la tierra, los que ahora puedes ver como estamos gloriosos en el Cielo, después de haber sido purificados por el fuego.

En esta ocasión Jarub si pudo verlos en todo su glorioso esplendor.

Después de esto, hubo muchísimas conversiones. Entre ellas, el Procónsul y su familia.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:              

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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