N33 UNA EXPERIENCIA ESCLARECEDORA


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La gracia de vivir el Purgatorio en la Tierra. El testimonio de un íntimo amigo del Padre Pío: Fray Danielle pensaba que después de morir pasaría un tiempo en el Purgatorio; pero el Señor le llevó allí en vida; para hacerle reflexionar…

Y luego su vida cambió en su regreso.

Esta es lo que ahora se llama una experiencia cercana a la muerte; donde la persona muere es llevada al cielo, se le muestran los pecados y regresa a la vida profundamente cambiada. Sólo que Fray Danielle regresa a la tierra con el propósito de hacer su Purgatorio en la Tierra.

Una cosa es pensar; pero otra es sentir en su propio ser los padecimientos, las penas del Purgatorio. Después de que en su cuerpo sintió el gran rigor de las penas del Purgatorio y cuando volvió en sí; determinó servir de un modo más perfecto a Dios y pasar su Purgatorio en vida.

La experiencia de Fray Danielle, compañero inseparable del P. Pío; nos hace saber que un momento en el Purgatorio, es mucho tiempo y una hora en el Purgatorio parece una eternidad. El relato está tomado del libro “Omagio a Fray Danielle”:

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EL TUMOR Y LA INTERVENCIÓN DEL PADRE PÍO 

Este es el relato de Fray Danielle.

‘Inmediatamente después de la guerra me encontraba en San Giovanni Rotondo, mi pueblo nativo, en el mismo convento del P. Pío. Un poco tiempo después comencé con algunos dolores en el aparato digestivo y me fui a una consulta médica… Y el médico me diagnosticó un mal incurable: un tumor.

Pensando ya en la muerte, fui a referírselo todo al Padre Pío; el que después de haberme escuchado, bruscamente me dijo:

“Opérate.”

Permanecí confuso y reaccionando le dije:

“Padre, no me vale la pena. El médico no me ha dado ninguna esperanza. Ahora sé que debo morir.”

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“No importa lo que te ha dicho el médico: opérate. Pero en Roma en tal clínica y con tal profesor.”

El P. me dijo esto con tal fuerza y con tanta seguridad que le contesté:

“Si Padre, lo haré”.

Entonces él me miró con dulzura y conmovido, añadió:

“No temas, yo estaré siempre contigo”. 

LA OPERACIÓN

A la mañana siguiente salí ya en viaje para Roma y estando sentado en el tren. Advertí al lado mío una presencia misteriosa: era el Padre Pío que mantenía la promesa de estar conmigo.

Cuando llegué a Roma supe que la clínica era “Regina Elena” y que el profesor se llamaba Ricardo Moretti. Hacia el atardecer ingresé en la clínica. Parecía que todos me esperaban, como si alguien hubiera anunciado mi llegada y me acogieron inmediatamente.

A las 7 de la mañana estaba ya en la sala de operaciones. Me prepararon la intervención. A pesar de la anestesia; permanecí despierto y me encomendé al Señor con las mismas palabras que Él dirigía al Padre antes de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Comenzaron los médicos la intervención y yo escuchaba todo lo que decían. Sufría dolores atroces; pero no me lamentaba, al contrario: estaba contento de soportar tanto dolor que ofrecía a Jesús; ya que todos aquellos  sufrimientos purificaban mi alma de mis pecados. Un rato después me adormecí.

El Juicio Particular

JUICIO Y CONDENA AL PURGATORIO

Cuando recobré la conciencia me dijeron que había estado tres días en coma antes de morir. ¿Qué pasó durante ese lapso de tiempo?…

Me presenté delante del Trono de Dios. Veía a Dios pero no como juez severo, sino como Padre afectuoso y lleno de amor. Entonces comprendí que el Señor había hecho todo por amor hacia mí desde el primero al último instante de mi vida, amándome como si fuera la única criatura existente sobre la tierra.

No obstante me di cuenta también de que no solamente no había cambiado este inmenso amor divino, sino que yo lo había descuidado totalmente. Fui condenado a tres horas de Purgatorio

¿Pero cómo? -me pregunté- ¿Solamente tres horas? ¿Y después podré quedarme siempre próximo a Dios eterno amor? Di un salto de alegría y me sentía como hijo predilecto. La visión desapareció y me volví a encontrar en el Purgatorio.

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Las tres horas de Purgatorio fueron dadas sobre todo por haber faltado al voto de pobreza; es decir, por haber conservado unas pocas liras para mí.

Con frecuencia me iba con la mochila en la espalda a pedir limosnas de puerta en puerta. Hacía la compra todos los días para el convento. Todos me conocían y me querían bien. Siempre que compraba alguna cosa me hacían descuentos. Y aquellas pocas liras que recogía, en vez de entregárselas al superior; las conservaba para la correspondencia, para mis pequeñas necesidades y también para ayudar a los militares que llamaban a la puerta del convento.

LAS TRES HORAS EN EL PURGATORIO

Eran unos dolores terribles que no sabía de dónde venían, pero se sentían intensamente. Los sentidos con los cuales se había ofendido más a Dios en este mundo: los ojos, la lengua… etc.  Experimentaba mayor dolor y era una cosa increíble; porque allí abajo en el Purgatorio, uno se siente como si tuviese cuerpo y reconoce a los demás como sucede en el mundo.

Mientras tanto, que no había pasado más que unos instantes con aquellas penas; me parecía ya que fuera una eternidad. Lo que más hace sufrir en el Purgatorio no es tanto el fuego –que también es muy intenso- sino aquel sentirse lejos de Dios. Y lo que más aflige es haber tenido todos los medios a disposición para la salvación y no haber sabido aprovecharse de ellos. 

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Fue entonces cuando pensé ir a un hermano de mi convento para pedirle que rezara por mí, porque estaba en el Purgatorio. Aquel hermano quedó maravillado, porque sentía mi presencia, escuchaba  mi voz pero no me veía y me preguntó: “¿Dónde estás, porque no te veo?” 

Yo insistía. Y viendo que no tenía otro medio para llegar a él, porque mis brazos se cruzaban pero no llegaban. Sólo entonces me di cuenta que estaba sin cuerpo. Me contenté con insistirle para que rezase mucho por mí y me sacara del Purgatorio.

¿Pero cómo? -me decía a mí mismo- ¿No debería estar solo tres horas en el Purgatorio y han transcurrido ya trescientos años? Por lo menos así me parecía. De repente se me aparece la Bienaventurada Virgen María y le pedí insistentemente, le supliqué, diciéndole:

“¡Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios; consígueme del Señor la gracia de volver a la tierra para vivir y trabajar solamente por amor de Dios!”. 

Acudí también ante el P. Pío e igualmente le supliqué:

“Por tus atroces dolores, por tus benditas llagas, padre Pío; ruega por mí a Dios para que me libere de estas llamas y me conceda continuar el Purgatorio en la tierra”. 

Después no vi nada más, pero me di cuenta de que el Padre hablaba a la Virgen.

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Unos instantes después se me apareció nuevamente la Bienaventurada Virgen María: era Santa María de las Gracias, pero venía sin el Niño Jesús, inclinó la cabeza y me sonrió.

En aquel mismo momento volví a tomar posesión de mi cuerpo, abrí los ojos y extendí los brazos. Después, con un movimiento brusco, me liberó de la sabana que me cubría. Estaba contento, había recibido la gracia. La Santísima Virgen me había escuchado.

SU VUELTA A LA VIDA EN LA TIERRA

Inmediatamente después los que me velaban y rezaban; asustadísimos, se precipitaron fuera de la sala a buscar enfermeros y doctores. En pocos minutos la clínica estaba abarrotada de gente. Todos creían que yo era un fantasma y decidieron cerrar bien las puertas y desaparecer, por temor a los espíritus.

A la mañana siguiente me levanté muy pronto y me senté en una butaca. A pesar de que la puerta estaba cuidadosamente vigilada, algunos lograron entrar y me pidieron les explicara lo que me había sucedido. Para tranquilizarles, les dije que estaba llegando el médico de guardia, al cual tenía que decir lo que me había pasado.

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Corrientemente los médicos no llegaban antes de las diez, pero aquella mañana todavía no eran las siete y dije a los presentes: “Mirad; el médico está llegando; ahora está aparcando el coche en tal puesto”.

Pero nadie me creía. Y yo continuaba diciéndoles: “Ahora está atravesando la carretera, lleva la chaqueta sobre el brazo y se pasa la mano por la cabeza como si estuviera preocupado, no sé que tendrá”…

Pero nadie daba crédito a mis palabras. Entonces dije: “Para que me creáis que no os miento, os confirmo que ahora el médico está subiendo en el ascensor y está para llamar a la puerta”.

Apenas había terminado de hablar, se abre la puerta y entró el médico quedando maravillados todos los presentes. Con lágrimas en los ojos, el doctor dijo: “Sí, ahora creo en Dios, creo en la Iglesia y creo en el Padre Pío…”.  

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Aquel médico que primero no creía o cuya fe era como agua de rosas; confesó que aquella noche no había logrado cerrar los ojos pensando en mi muerte que él había comprobado, sin dar más explicaciones. Dijo que a pesar del certificado de muerte que había escrito, había vuelto para cerciorarse qué era lo que había sucedido aquella noche que tantas pesadillas le había ocasionado; porque aquel muerto (que era yo) no era un muerto como los demás y que efectivamente, no se había equivocado.

DECIDIÓ VIVIR EL PURGATORIO EN LA TIERRA

Después de esta experiencia, Fray Danielle vivió verdaderamente el Purgatorio en esta tierra, purificándose a través de enfermedades, sufrimientos y dolores; conformándose siempre y en todo con la voluntad de Dios. Solamente recuerdo algunas intervenciones que sufrió: de próstata, coliscititis, aneurisma de la vena abdominal con relativa prótesis; otra intervención después de un accidente callejero cerca de Bolonia, prescindiendo ya de otros dolores no sólo físicos; sino también morales.

A la hermana Felicetta, que le preguntó cómo se sentía de salud, Fray Danielle le confió: Hermana mía, hace más de 40 años que no recuerdo que significa estar bien”. 

Fray Danielle falleció el 6 de julio de 1994.

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Mientras colocaban convenientemente sus restos mortales en la capilla de la Enfermería del Convento de los Hermanos Capuchinos, en San Giovanni Rotondo, se recitaba el Rosario en sufragio de su alma. “A algunos de los presentes les parecía que Fray Danielle moviera los labios, como para contestar al Ave María del Rosario”.

Después de que el alma ya no estaba en el cuerpo de Fray Danielle; aún así, para algunos de los presentes, veían como seguía orando al Señor. “Y lo vieron más de uno.” 

El cuerpo acostumbrado a tanta oración, todavía permanecía como si estuviera vivo, aunque en ese mismo momento su alma ya gozaba de la presencia de Dios. Se había convertido en instrumento de oración; aun cuando su alma había quedado libre de aquel cuerpo bendecido por Dios.

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La voz se difundió tan rápidamente que el superior, Padre Livio de Matteo; para quedar tranquilo, quiso cerciorarse de que no se trataba de una muerte aparente. Por este motivo hizo venir de la Casa Alivio del sufrimiento próxima; al doctor Nicolás Silvestri, ayudante de Medicina Legal y al doctor José Pasanella, asistente también de medicina Legal, los cuales hicieron un electrocardiograma a Fray Danielle y le tomaron la temperatura; por lo cual confirmaron definitivamente su muerte.

Se cuenta también en la historia que ha habido personas que poco antes de morir, tuvieron deseos de pecar y acabaron en ruina perpetua. Unos cuerpos se convierten en bendición y otros en maldición

Ahora Fray Danielle goza ciertamente de la visión beatifica de Dios y desde el cielo sonríe, bendice y protege.

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Fuentes: Sol de Fátima, Signos de estos Tiempos

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