F40 LAS PEQUEÑAS HOSTIAS


LA ENTREGA

Los mártires saludan y se despiden de los que se quedan…

Gael, un jovencito se arrodilla para recibir la bendición de Mía, su madre. Después ella le dice con un suspiro:

–           Bendito tú que ascenderás con la corona del doble martirio… Bendíceme ahora tú a mí….

Gael se toca una de las heridas producidas por el zarpazo de un tigre y con su sangre hace lo mismo que Emma, una niña como de diez años que con su sangre como si fuera un crisma, marca una crucecita en la frente de Jennifer, su madre; a la que deja para marchar alegremente a la hoguera.

Nathan, abraza a los dos compañeros de armas. Y les dice:

–           Alegraos conmigo, voy a la conquista de un Reino eterno… Ojalá decidierais uniros a mí en la Fe y conozcáis la verdadera dicha de morir amando.

Jeffrey un anciano, besa a su hija moribunda y se aleja decidido.

Todos antes de salir obtienen la bendición del sacerdote Jonathan.

Los pasos que van a la muerte se alejan por el corredor…

Los que han sido comisionados para escoltar a los prisioneros, preguntan a los dos soldados:

–           ¿Os quedáis aquí vosotros?

Ellos contestan:

–           Sí. Nos quedamos.

–           ¿Por qué? Es… peligroso. Esta gente corrompe a los ciudadanos fieles.

Ambos soldados se encogen de hombros.

Y los intendentes se van, al mismo tiempo que penetran los fosores con sus camillas para llevar afuera a los muertos.

MARTIRIO Y MUERTE DE FABIO Y DE CÁSTULO

Se produce un poco de confusión, porque junto con los fosores, han entrado también los parientes de los muertos y los moribundos, produciéndose lágrimas y adioses que se cruzan unos y otros.

Los dos soldados aprovechan esta circunstancia para decirle a un niño:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Kevin.

–           Fíngete muerto y te pondremos a salvo.

Kevin los mira con una infantil severidad y les dice:

–           ¿Traicionaríais vosotros al emperador poniéndoos a salvo mientras él puso su confianza en vosotros para su gloria?

Los dos militares contestan al mismo tiempo:

–           ¡Niño!…

–           Ciertamente que no.

–           Pues tampoco traiciono yo a mi Dios, que murió por mí en la Cruz.

Los dos soldados se miran verdaderamente estupefactos y se preguntan:

–           ¿Pero quién les infunde tanta fortaleza?

Y después, con el codo apoyado en la pared, para sostenerse la cabeza, continúan observando meditabundos…

Regresan los intendentes con esclavos y camillas y dicen:

–           Aún son pocos para la hoguera. A ver… los menos heridos que puedan sentarse.

¡Los menos heridos!…

Quién más, quién menos, todos están agonizando y ya no pueden sentarse, pero las voces suplican:

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo! Con tal de que me llevéis…

Escogen otros once…

Louanne, una joven que fue triturada por la boa, suspira:

–           ¡Dichosos de vosotros!

Samantha; otra que agoniza después del ataque de una pantera le dice a otra que estaba junto a ella y con la que una leona solo jugó:

–           ¡Ruega por mí, Rosalía!

Marlon, un jovencito  dice a otro que destrozó un leopardo:

–           ¡Adiós, Christopher!

Jerónimo dice, besando a Matilda:

–           ¡Madre, acuérdate de mí!

–           ¡Nos encontraremos en el Cielo!

Y corre jubiloso hacia la salida.

Mariana se despide de Lorenzo, un joven que agoniza por el ataque de un león:

–           ¡Hijo mío, cuando estés en el Cielo, llama pronto a mi alma!

Carolina le dice a Ian:

–           ¡Esposo mío, que la muerte te sea dulce!…

Y sale feliz al encuentro con el fuego…

Se entrecruzan los saludos y las despedidas.

Y los intendentes se llevan las camillas…

El sacerdote Jonathan, que se encuentra lívido y a punto de morir, hace acopio de todas sus fuerzas para decir:

–           Sostengamos a los mártires con nuestra plegaria y ofrezcamos el doble dolor de los miembros y del corazón que se ve excluido del martirio, por ellos. Pater Noster…

Apenas ha concluido la Oración sublime, cuando llega Mauricio corriendo jadeante y al ver a los dos soldados se para en seco y contiene el grito que ya estaba a punto de salir de sus labios.

Los dos legionarios le dicen:

–          Puedes hablar, hombre; que no te traicionaremos.

–           Nosotros, soldados de Roma, pretendemos ser soldados de Cristo.

Jonathan exclama:

–           La sangre de los mártires fecunda la gleba.-Y dirigiéndose a Mauricio, le pregunta-¿Traes los Misterios?

Mauricio responde:

–           Sí. He podido dárselos a los otros, momentos antes de que se los lleven a la hoguera. ¡Helos aquí!

Los soldados contemplan admirados la bolsa púrpura que el otro extrae de su seno.

Jonathan grita:

–           ¡Soldados! Vosotros que os preguntáis dónde encontramos la fortaleza: ¡Aquí la tenéis! ¡Éste es el Pan de los fuertes! ¡Éste es el Dios que entra a vivir en nosotros! Este…

Lo interrumpe el grito de Grace, anhelante ante los espasmos del ahogo final:

–           ¡Pronto! ¡Pronto, padre que me muero!… Dame a Jesús… Y moriré feliz…

Jonathan se apresura a partir el Pan, para dárselo a la jovencita, que después de recibirlo se recoge quieta, cerrando los ojos.

Fabio suplica:

–           A mí también… Y después llamad a los criados del Circo. Yo quiero morir en la hoguera... –borbollea un niño como de seis años, que tiene la espalda lacerada y rasgada la mejilla desde la sien hasta el cuello que sangra abundantemente…

Jonathan pregunta:

–           ¿Puedes tragar?

–           ¡Puedo! ¡Puedo!… No me he movido, ni hablado para no morir… Antes de recibir la Eucaristía. La esperaba… Ahora…

El sacerdote le da una miguita del Pan Consagrado, que el niño trata de tragar sin conseguirlo…

Uno de los soldados se inclina compasivo y le sostiene la cabeza. Mientras el otro, habiendo encontrado en un rincón un ánfora que contiene todavía un poco de agua, procura ayudarlo a tragar, instilándole el agua en los labios, gota a gota.

Mientras tanto Jonathan parte las Especies que distribuye a los que tiene cerca y después, les suplica a los soldados que lo transporten para distribuir la Eucaristía a los moribundos…

Por último, hace que le vuelvan a poner en el lugar donde estaba y dice:

–           Que nuestro Señor Jesucristo os recompense por vuestra piedad.

El pequeño Fabio que se esforzaba por tragar las Especies, sufre un ahogo y se agita…

Uno de los soldados lo toma compadecido entre sus brazos, más al hacerlo, un borbotón de sangre, brota de la herida del cuello, bañándole la lóriga reluciente.

–           ¡Mamá! ¡El Cielo! Señor… Jesús… –el cuerpecito se abandona y el niño expira.

Los soldados exclaman:

–           ¡Ha muerto!

–           ¡Y sonríe!…

–           ¡Paz al pequeño Fabio! –dice Jonathan, que va palideciendo siempre más.

–           ¡Paz! –suspiran los moribundos.

Los dos soldados hablan entre sí…

Después, uno de ellos dice:

–           Sacerdote del Dios Verdadero, termina tu vida admitiéndonos en tu milicia.

Jonathan responde fatigosamente:

–           No en la mía… sino en la de Jesucristo… Más… no es posible… porque antes… hay que ser… catecúmenos.

Ellos objetan:

–           No. Porque sabemos que en caso de muerte, se puede administrar el Bautismo.

El anciano jadea:

–           Vosotros… estáis… sanos…

Los dos replican:

–           Nosotros estamos a punto de morir, porque… Con un Dios como el vuestro, que os hace santos, ¿A qué continuar sirviendo a un hombre corrompido?…  Nosotros queremos la gloria de Dios. Bautízanos. Yo soy Fabio como el pequeño mártir y mi compañero es Nathan, como nuestro glorioso compañero de armas…  Y enseguida volaremos a la hoguera. ¿Qué valor puede tener la vida del mundo, una vez que hemos comprendido vuestra vida?

El sacerdote suspira y dice:

–           Ya no hay agua… ni líquido alguno… –Jonathan se queda quieto y pensativo, como si oyera una voz interior. Y luego, formando un hueco con su mano trémula, recoge la sangre que gotea de su atroz herida y ordena- ¡Arrodillaos!… Fabio, yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Nathan, yo te bautizo, en el Nombre del Padre. Del Hijo y del Espíritu Santo… El Señor esté con vosotros… Para la Vida… Eterna… Amén…

Al decir estas palabras…  los ha aspergeado con su sangre.

Cuando la Oración termina, el sacerdote también ha terminado su misión de sufrimiento y su vida… Ha muerto.

Los dos soldados lo contemplan… Luego observan por algún tiempo a los que van muriendo lentamente… serenos y sonrientes en medio de su agonía… Arrebatados por el éxtasis Eucarístico.

Luego Nathan el mayor, dice al otro:

–           Vamos Fabio… ¡No esperemos ni un momento más! ¡Con tales ejemplos, es segura la Vida! ¡Vamos a morir por Cristo!

Y marchan veloces por el corredor, al encuentro del martirio y de la gloria.  Cuando llegan a donde están los otros cristianos reunidos para ser conducidos a la hoguera, también ellos reciben de manos del diácono Máximo, el Pan de los ángeles y experimentan por primera vez, la sensación sublime de tener a Dios dentro de sí.

Nathan oye la confesión de Fe de sus antiguos camaradas y su sonrisa se vuelve más radiante al exclamar:

–           ¡Alabado sea Jesucristo! Vamos a pelear el Combate Final…

En la estancia que acaban de abandonar, los gemidos se van haciendo cada vez más tenues y escasos…

En el circo, todos los espectadores guardan silencio y escuchan atentos porque Nerón está cantando su Troyada…

Simultáneamente, en otro vasto salón en los subterráneos del Circo, donde la luz entra a duras penas por dos pequeñas aberturas al nivel del suelo y que sirven para que también entre el aire. Están los prisioneros cristianos que han traído de las cárceles para completar el espectáculo.

Son personas de todas las edades y condiciones sociales. El lenguaje es pronunciado con variación de estilos, según sean patricios o esclavos. Y mezclado al latín vulgar, se oye el griego, español, tracio, etc.

Pero si diferentes son los trajes y los acentos; los espíritus son iguales y están unidos por la Caridad. Ellos se aman sin distinción de raza o de nación. Se aman y buscan servir y ser de ayuda, unos para otros.

Los patricios de ricos vestidos, cuidan de los pobres, vestidos humildemente. Los más fuertes ceden los puestos más secos o menos incómodos, a los más débiles. Y los abrigan con sus vestidos y togas, permaneciendo ellos con la túnica corta que cubre el pudor.  Usan togas y mantos para hacer con ellos colchones, almohadas o para cubrir a los enfermos que tiemblan por la fiebre, o están heridos por las torturas.

Los más sanos cuidan a los más enfermos, dándoles de beber con amor un poco de agua o vendando las heridas con pedazos de tela arrancados a sus vestidos… Curando los miembros dislocados y lacerados. Mojando las frentes, ardientes por la fiebre. Y de vez en cuando, entonan en un canto suave, el Pater Noster y los salmos que hablan de amor y de esperanza…

Un niño gime en la semioscuridad y el canto se suspende…

Dimitry pregunta:

–           ¿Quién llora?

Stanislao,  contesta:

–           Es Cástulo. La fiebre y la quemadura no lo dejan descansar. Tiene sed y no puede beber, porque el agua lastima sus labios quemados por el fuego.

Georgiana, una patricia de aspecto imponente y voz suave, dice:

–           Aquí hay una madre que ya no puede darle la leche a su pequeño.

El sacerdote Pawel ordena:

–           Lleven a Cástulo con  Plautina.

Se levanta Stefan, un fornido hombre moreno y lleva con gran cuidado entre los brazos al niño de siete años, que está vestido con una tuniquita recamada de finas grecas, sucia y manchada de sangre.

Plautina se sienta en una piedra adosada a la muralla, que el anciano Matthew le cede…  Y se acomoda de tal forma que el niño pueda estar cómodo en sus brazos. Luego dice al portador del pequeño mártir:

–           Dámelo Stefan. Y que Dios te lo recompense.

Cuando Stefan lo deposita con mucho cuidado, queda al descubierto el rostro totalmente quemado del pobre niño martirizado. Cástulo es el hermoso chicuelo que consolara a Marco Aurelio en el Tullianum y después que lo suspendieran sobre las parrillas en el Circo,  ahora se ve monstruoso…

Sólo unos pocos cabellos quedan detrás de la cabeza. Adelante, la piel ha desaparecido por el fuego. No más frente, ni mejillas, ni nariz. Toda la carne es una viva tumefacción. Parece  como si la hubiera corroído un ácido. En el lugar de los ojos están dos llagas horripilantes y los labios son otra llaga que forma un agujero deforme. Este es el resultado de haberlo tenido inclinado sobre las llamas, únicamente con el rostro; porque la quemadura termina bajo el mentón…

Plautina se abre la túnica y hablando con el amor de una verdadera madre, se exprime su redonda mama llena de leche y hace destilar las gotas sobre los labios del pequeño que no puede sonreír, pero que le acaricia la mano para mostrarle su alivio.

Y luego, después de haberlo saciado; hace caer más leche sobre el pobrecito rostro, para medicarlo como si fuera un bálsamo.  Es sangre de madre convertida en alimento y que da el amor por otra, que ha perdido a su hijo…

Plautina los ha perdido a todos… sus siete hijos y su esposo murieron martirizados en la arena, prácticamente repartidos en todas las formas de suplicio. A ella no la tocaron las fieras, porque ya se habían hartado…

El niño no gime más. Refrescado, calmado su sufrimiento y arrullado por la mujer, se adormece respirando afanosamente. Plautina parece una madre dolorosa, tanto por la postura, como por la expresión. Mira al pequeño como si fuese verdaderamente su criatura y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Gira la cabeza hacia atrás, para impedir que caigan sobre aquella carita que está totalmente quemada.

El canto se reanuda, dulce y melancólico…

La voz de Killian, otro sacerdote;  interrumpe en el fondo de aquel lugar…

–           Nos acaban de avisar que Fabio ha muerto. Oremos…

Todos dicen el ‘Pater Noster’…

Cuando terminan;  el anciano Joao exclama:

–           ¡Fabio es feliz!  Él  ya ve a Cristo…

Antonio le contesta:

–           Nosotros también lo veremos Joao e iremos a Él con la doble corona: la de la Fe y la del martirio. Seremos como renacidos sin sombra de mancha, porque los pecados de nuestra vida pasada serán lavados también con nuestra sangre. Pecamos mucho, nosotros que fuimos paganos por largos años. Y es muy grande que a nosotros venga el júbilo del martirio, para hacernos nuevos y dignos del Reino.

Otra voz muy conocida, retumba:

–           ¡Paz a vosotros, hermanos!

Muchas voces contestan:

–           ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Bendito seas!

Mucho movimiento sobreviene entre la multitud. Sólo Plautina se queda inmóvil, con su preciosa carga sobre su regazo.

–           ¡Paz a vosotros! –repite el apóstol. Y se mete hasta el centro- He venido a vosotros con Artyom y Alexander, para traerles la Vida.

Hugo pregunta:

–           ¿Y el Pontífice?

Pablo contesta:

–           Él les manda su saludo y su bendición. Está vivo por ahora… él quería venir; pero Joaquín, William y Amine, nos avisaron que lo están buscando y es conocido por los guardias. Por eso vengo yo, que soy menos notorio y ciudadano romano. A él debemos protegerlo en las Catacumbas. Hermanos, ¿Qué nuevas me tenéis?

Adam contesta:

–           Fabio ha muerto.

Noha agrega.

–           Cástulo ha sufrido el primer martirio.

Sienna dice:

–           Jade ha sido conducida a la tortura.

Johanna  informa:

–           A Franco y a Aidan los han transportado con Lars y sus hijos… No sabemos a dónde…

Pablo responde:

–           Oremos por ellos. Vivos o muertos, que Cristo dé a todos su paz…

Y Pablo, con los brazos abiertos en Cruz, ora. Está vestido como un siervo, con una vestidura corta, oscura y con un pequeño manto con capucha, que para orar, se ha echado para atrás. A su espalda están Artyom y Alexander, vestidos como él. Son muy jóvenes. Terminada la Oración, Pablo dice:

–           ¿Dónde está Cástulo?

Noha responde:

–           En el regazo de Plautina, allá en el fondo.

Pablo aparta a la multitud y se acerca al grupo. Se inclina y observa…  Bendice al niño y a la mujer. El niño despertó con los gritos que saludaron al Apóstol y levanta una manita, buscando tocar a Pablo, el cual la toma entre las suyas y le habla con dulzura:

–           Cástulo ¿Me escuchas?

El niño responde con fatiga:

–           Sí.

–           Sé, fuerte, Cástulo. Jesús está contigo.

Cástulo se lamenta:

–           ¡Oh! ¿Por qué no me lo habéis dado? ¡Ahora ya no puedo más! –y una lágrima brota entre aquellas llagas.

Pablo lo consuela:

–           No llores, Cástulo. ¿Puedes ingerir aunque solo sea un pedacito? ¿Sí?… ¡Bien! Te daré el Cuerpo del Señor. Después iré con tu mamá a decirle que Cástulo es una flor del Cielo. ¿Qué debo decir de tu parte a tu mamá?

–           Que soy feliz. Que he encontrado una mamá que me da su leche. Que los ojos ya no hacen más mal. ¿No es mentira decirlo, verdad? Es para consolar a la mamá. Y que yo estoy viendo el Paraíso y el lugar suyo y el mío, mejor que si tuviera los ojos todavía vivos. Dile que el fuego no hace daño, cuando los ángeles están con nosotros. Y que no tenga miedo, ni por ella ni por mí. El Salvador le dará fuerza. ¡Jesús es tan Bueno!

–           ¡Bravo, Cástulo! Le diré a tu mamá tus palabras. Dios ayuda siempre. ¡Oh, hermanos! ¡Y lo veis! Este es un niño. Tiene la edad en que no se puede soportar un pequeño malestar. Y vosotros lo veis y lo habéis escuchado. Él está en paz. Él está dispuesto a sufrirlo todo, aún después de haber padecido tanto, para ir hacia Aquel que él ama y que lo ama. Porque es uno de aquellos que Él amaba: un niño…

Y éste es un héroe de la Fe. Tomen el coraje de este pequeño, hermanos. Ustedes saben que yo me hago pasar junto con éstos como sepulturero, para poder recoger cuantos más cuerpos podamos y depositarlos en suelo santo. Por eso vivo junto a los tribunales y veo cómo viven los presos en el Circo y observo todo. Y me consuelo al pensar que yo también en mi hora, cuando Dios la reclame, seré por Él sostenido, como los santos que nos han precedido.

Hoy regresé de llevar al cementerio a Fátima, hija de Florián y de Valeria, no tenía más que catorce años y ustedes saben que estaba débil de salud. Con todo, ayer fue una gigante frente a los tiranos. El despecho de Nerón la torturó de muchas formas: lanzada, suspendida, estirada, desgarrada. Y siempre sanaba por Obra de Dios y siempre resistió a todas las amenazas. Ahora ella está en la Paz. ¡Valor hermanos! También a ella la nutrí con el Pan Celestial. Y con el sabor de aquel Pan, ella caminó a su último martirio. Ahora os daré también a vosotros aquel Pan, para que sea día de fiesta sobrenatural para vosotros. El Circo os espera… ¡Y NO TEMÁIS! En las fieras y en las serpientes ustedes verán apariencias paradisíacas, porque Dios cumplirá para vosotros este milagro. Las fauces y las roscas les parecerán abrazos de amor. Las llamas, rocío matinal. Los rugidos y los silbidos serán voces celestiales y como Cástulo, veréis el Paraíso, que ya desciende para recogerlos en su felicidad.

Todos los cristianos menos Plautina, se han arrodillado y cantan…

Mientras ellos cantan, han entrado también unos soldados romanos y los carceleros que al mismo tiempo que participan, montan guardia para que no entren personas enemigas. Y el canto se eleva, dulce y armonioso:

Como anhela la cierva

Estar junto al arroyo

Así mi alma desea, señor Jesús

Estar contigo.

Sediento estoy de Dios

Del Dios que me da la Vida

¿Cuándo iré a contemplar

El Rostro de mi Señor?

Lágrimas son mi pan

Noche y día

Cuando oigo que me dicen:

¿Dónde quedó tu Dios?

Yo me acuerdo y mi alma

Dentro de mí, se muere

Por ir hasta tu Templo

A tu casa, mi Señor y  Dios.

¿Qué te abate alma mía?

¿Por qué gimes en mí?

Pon tu confianza en Dios, que aún le cantaré

A Jesús. A mi Dios Salvador.

Pablo se prepara para el Rito y dice a Cástulo:

–           Tú serás nuestro altar ¿Puedes detener el cáliz sobre tu pecho?

–           Sí.

Extiende un lino sobre el cuerpecito del niño y sobre el lino apoya el cáliz y el pan. Y la Misa es celebrada para los mártires, por Pablo y los dos sacerdotes que lo acompañan. El lino palpita sobre el pecho de Cástulo, el cual por orden de Pablo, tiene entre sus dedos la base del cáliz, para que no se caiga…

Cuando Pablo hace la consagración, un temblor de sonrisa se dibuja sobre el rostro llagado del pequeñín y después la cabeza cae con una pesadez de muerte.

Plautina se estremece pero se domina…

Pablo prosigue como si no notase nada. Pero cuando toma la hostia para darle al pequeño mártir, un fragmento…

Plautina le dice:

–           Está muerto.

Pablo se paraliza por un momento y luego le da a ella, el fragmento destinado al niño que ha permanecido con los deditos cerrados alrededor de la base del cáliz, en la última contracción.

Y ellos le tienen que desprender para poder tomar el cáliz y darlo a los demás. Después de distribuida la Comunión, la Misa termina.

Pablo se despoja de los vestidos y pone todo lo que ocupó en la Misa, en una bolsa que lleva bajo el manto.

Después declara:

–           Paz al mártir de Cristo. Paz a Cástulo santo.

Y todos responden:

–           Paz.

Pablo dice:

–           Ahora lo llevaré a otro lugar. Denme un manto para envolverlo. Lo llevaré sin esperar la noche. Al anochecer vendremos por Fabio. Las pequeñas hostias que se consagraron juntas, han partido juntos al cielo también… Pero a éste lo llevaré como a un niño dormido. Adormecido en el Señor.

Jack, uno de los soldados da su clámide y allí depositan a Cástulo. Lo envuelven y Pablo lo toma en brazos, como si fuera un padre que lleva a otro lugar a su hijito dormido…  Con la cabeza sobre la espalda paterna.

Pablo se despide:

–           Hermanos, la Paz sea con vosotros y acuérdense de mí, cuando estéis en el Reino…

Y se va bendiciendo…

Un poco después, llegan los intendentes del Circo, para llevarlos a completar el espectáculo de aquella noche en que a los ojos del mundo, es el triunfo de la Hora de las Tinieblas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

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