29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba.

Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor.

Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

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Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil… sus largas pestañas caídas lánguidamente, sus manos sobre sus rodillas.

Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima…

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela. Ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe.

Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable… Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba.

Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurga en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos.

Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas NO cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impide el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana.

Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra ha nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea.

Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa.

Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo:

–       Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–        Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

Bernabé replicó con sencillez:

–        Los dioses son espíritus malignos. Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea, revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinan los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco.

Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

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¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos.

Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra!

Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso.

Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

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Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer.

Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

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El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites.

Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera.

Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro.

Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres.

Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro.

Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió:

Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano.

Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él.

Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? Tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

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Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió.

Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!…

Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo.

Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre.

Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera…

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado.

Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, NO alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

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