57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


bacanales-en-el-imperio-romanoAl separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego.

Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto.

Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva.

Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ NO existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos.

Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

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Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca.

Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos.

Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

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Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca.

Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio.

Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa. 

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles.

Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida.

Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,

Cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra.

Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César.

Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa.

Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

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Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante.

Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

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Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato…

Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado…

Que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

ENAMORADOS

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed!…

¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer.

Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites.

Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium.

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

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Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno.

Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares.

Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó.

Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

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El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la Persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto hasta vaciar la copa…

Y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

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Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria!

Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad.

En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular.

Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él un cambio fundamental.

Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno.

Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera.

Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos.

Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

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Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

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Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma.

Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados.

Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión,

el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ‘¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.’

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’

Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas…

Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

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Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible.

Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje.

Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡¡¡Los cristianos a los leones!!!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida.

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Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del Edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

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Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio…

Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro.

He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán.

–               ¡Pero ése es un recurso desesperado!

–             ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

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Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra.

Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso…

Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel NO tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto…

Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la Persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos.

¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza.

Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas.

Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio.

Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

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El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos.

Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…

Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron.

Y ese tal vez es el motivo por el cual NO estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa.

Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

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De esta manera continúan conversando…

Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto.

Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados.

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Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque.

El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico.

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El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso.

Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas una alegría triunfal.

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Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

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Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

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Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

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Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

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Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante.

Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta.

Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

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