64.- EL OCTAVO SACRAMENTO


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En la casa de Nicolás, Fernanda está en el jardín posterior, rodeada por Emiliano su cuñado, otros familiares y su esposo, además de todos los sirvientes de la casa, que están recibiendo las enseñanzas de la joven domina.

Ella se ha encargado de darles la Evangelización, para transformarlos en los formidables Guerreros Celestiales que serán cuando estén dispuestos a morir por el Dios que los salvó primero a ellos y que les dará la Gracia y el Poder, una vez que se hayan donado y sean también corredentores.

Cuando reciban el gran honor y el privilegio santo de la invitación del Padre Celestial, para ser colaboradores en La Magna Obra de la Redención y que comienza, al pedir el Sacramento del Bautismo.

Por el momento sólo son catecúmenos ansiosos de Conocer y Amar cada vez más, a este Maravilloso Dios Crucificado que los ha inundado de plenitud y felicidad, conforme avanzan en el Conocimiento de su Poderosa Doctrina.

La lección de hoy también es importantísima.

Y por eso escuchan muy atentos a la joven domina:

EL OCTAVO SACRAMENTO ES: EL DOLOR

La Humanidad se horroriza por las ruinas que dejan las guerras en las ciudades y que destruyen palacios, templos, puentes, etc. Y maldice los explosivos que destrozan pulverizándolo todo, lesionando y destruyendo todo.

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LA PESADILLA Y EL INFIERNO QUE CAMBIARON ALEPO, SIRIA

El hombre era la Obra más perfecta y maravillosa de la Creación. Y Dios estaba lleno de júbilo, cuando lo contempló terminado.

Y los Cielos se estremecieron de admiración.

Y la Tierra cantó su alegría, porque sería el planeta que acogería regiamente al rey-hombre, hijo de Dios.

El Pecado. Más nefasto que todas las dinamitas, ha trastornado las raíces de hombre, en lo más íntimo del Pensamiento de Dios.

El Pecado, destruyó el complejo conjunto perfecto de carne y de espíritu, movido por los sentimientos; en el que la carne era más pesada, pero NO era contraria y mucho menos enemiga.

Con un espíritu que NO estaba prisionero en ella, porque era su rey y ella era dócil y lo guiaba hacia Dios.

Era atraído por Él como un imán divino, mediante las relaciones de amor entre su Creador y su criatura.

El Pecado trastornó aquel armónico contorno que Dios había puesto alrededor de su hijo, para que fuese un rey feliz. Caído el amor del hombre hacia Dios, cayó el amor de la Tierra hacia el hombre.

Y la ferocidad se desencadenó sobre la tierra; entre los animales y entre hombre y hombre.

La sangre, que solo debiera haber sido calor de apasionado amor; se volvió una ardiente caldera de Odio.

Y en ardiente gorgoteo, contaminó el altar de la Tierra; en el cual el único rito que Dios quería, era el del Amor.

Y nació una planta espinosa y de fruto amargo: el Dolor.

Cuando el hombre desobedeció, él mismo introdujo el dolor a la tierra.

Al principio, el dolor fue sufrido como el hombre lo podía sufrir, en su embrionaria espiritualidad contaminada: un dolor animal hecho con los primeros dolores de la mujer y de las primeras heridas inferidas a la carne fraterna.

Un dolor feroz de alaridos y maldiciones, semilla siempre de nuevas venganzas.

Después se fue refinando en la ferocidad, pero no en el mérito. Y el Dolor se fue haciendo más vasto y complicado al igual que el Pecado.

Ninguno de los nacidos de mujer, está exento de las consecuencias del Pecado. Que violó para siempre el orden establecido por Dios. Alteró la armonía entre las criaturas y el Creador.

Contaminó el amor, antes todo santo, con los falsos amores: el rebullir de pasiones carnales y fácilmente desordenadas, para que causaran las imperfecciones y la muerte espiritual al alma humana, creada con predestinación a la Gloria.

¿Irreparables estas consecuencias? ¿Obstáculo al Cielo para los hijos de Adán? NO.

Si incancelables son los signos del Pecado. Si el castigo del dolor y de la Muerte permanecen. Si los fomes han quedado después del Redentor. Y los Sacramentos instituidos por Él, hacen descender la Gracia a los hombres.

No están cerrados los Cielos, ni negada la Gloria a  aquellos que heroicamente saben conseguir la santidad.

Y el Mal, cualquiera que sea, tiene un noventa y nueve por ciento origen en el hombre.

Y el Bien tiene una sola fuente: Dios.

Desde el momento en que Satanás quiso ser igual a Dios en todas sus acciones: libertad, potencia y libertad de actuar. Quiso su propio pueblo como contraparte al Pueblo de Dios.

Y este fin persigue sin detenerse, lleno de Odio hacia Dios y hacia las criaturas que Él ama como Padre.

Y su Inteligencia conservada igual después de la fulminación divina. Inteligencia agudísima, adecuada al Príncipe de los ángeles…

Y sus poderes los usa para este fin, espiando en cada acción del hombre. Escuchando en cada una de sus palabras.

Extrayendo del conocimiento de cada acción y palabra humana; de la constitución física del individuo, de las enfermedades, de las desgracias, de los estudios, de las ocupaciones, de los proyectos, de los afectos, de todo…

ABSOLUTAMENTE DE TODO lo que le interesa al hombre; para hacer otros tantos terrenos donde sembrar su cizaña: creando confusiones y divisiones. Utilizando todas las armas para atormentarlo. Creando prodigios para seducirlo y hacerlo caer en el error.

El hombre es un niño irreflexivo y destructor, que busca con medios cada vez más refinados, la manera de atormentar con armas cada vez más mortíferas y con intransigencias morales, cada vez más astutas, para obtener dominio sobre los demás.

Dos son las necesidades del hombre: el Amor y el Dolor. El Amor que impide cometer el Mal. Y el Dolor que repara el Mal.

Esta es la Ciencia que se debe aprender: Saber amar y saber sufrir. Pero el mundo NO sabe amar y NO sabe sufrir. Sabe hacer sufrir. Pero esto no es amor, es Odio.

Soledad, amargura, desolación. Satanás trabaja para aumentar el sufrimiento y llevar a las almas a la ruina, por medio de la desesperación. ¡Cuánto dolor hay sobre la Tierra y solo Dios Puede aliviarlo!

Dios pliega siempre el Mal al Bien.

El dolor desde el punto de vista humano, es un mal por el sufrimiento que comporta.

Pero desde el sobrenatural, es un bien; porque aumenta los méritos de los justos, al fortalecer las virtudes por el ejercicio de las mismas.

Porque saben sufrir sin desesperarse, sin rebelarse. Y les da la oportunidad de ofrecerlo a Dios, como sacrificio de expiación por las flaquezas propias; repara los pecados del mundo y es redención por los que no son justos.

Para el hombre es muy difícil comprender y aceptar esto.

La vida es cruz. Siempre.

Los que reniegan de Dios, cargan la cruz sin Él.

Las almas que huyen de la cruz y del dolor, huyen del Amor. Volviéndose muy desgraciadas al carecer de la Paz interior que fortalece al alma con la Presencia de Dios.

El Dolor aceptado sin rebelión es expiación. En la pobre justicia humana, se pide que quién causó un daño, restituya lo que quitó arbitrariamente. Quién calumnió se retracte y así sucesivamente.

La Justicia de Dios exige la reparación de la culpa por medio de la expiación, con los mismos medios que se usaron para cometerla.

Nadie quiere sufrir, pero todos buscan que los demás sufran…

En su paso por la Tierra, el hombre más que para sufrir, vive para hacer sufrir.

Pero es mejor sufrir y expiar por un poco de tiempo en la Tierra… Y mientras dura la jornada terrena, que es solo un instante en la Eternidad…

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Que expiar en el Purgatorio, donde el tiempo está en proporción de uno a mil…

En el Purgatorio se sufre intensamente el dolor de haber amado poco. Y el proceso de regeneración, con el consiguiente crecimiento espiritual al que es sometida el alma por medio de la Purificación en el Purgatorio, es tanto más intenso y más doloroso, en cuanto menos se amó.

El Dolor es Cruz, pero también alas. Y es el camino que lleva a la conquista de las virtudes. El Dolor es el termómetro perfecto que mide la capacidad de amar.

Porque el amor y el dolor tienen una unión íntima, tan fuerte que parece indisoluble.

Cuanto más se está en la Luz, tanto más se acepta, se ama y se desea el dolor.

Por el contrario, mientras más alejados estamos de Dios, tanto más se teme y se odia el dolor. Y por lo mismo, hay una rebelión contra él.

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LOS PECADORES.

Que se han rebelado contra los mandamientos de Dios, odian el Dolor porque es el principal obstáculo, para el goce de todos sus vicios. Y no soportan a este gran maestro de la vida espiritual, ya que lo consideran un verdugo cruel y despiadado que les impide el disfrute de la vida.

Y se rebelan contra el sufrimiento con la violencia: el suicidio o el homicidio.

Así el dolor es mal que los fermenta y los convierte en presas del Infierno.

Porque Satanás los atormenta y los lleva gradualmente a la desesperación; haciendo que el hombre blasfeme por el dolor que él mismo se ha provocado y del cual termina acusando al Creador; maldiciéndolo y buscando venganzas que llevan a males mayores.

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LOS TIBIOS.

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Huyen del Dolor como de su peor enemigo.

Se la pasan gimoteando, buscando milagros y consuelos divinos.

Son las almas débiles, faltas de fuerzas para operar tanto en el Bien como en el Mal.

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LOS JUSTOS.

Primero: aceptan el dolor con resignación amorosa.

Su Fe y su fidelidad les dicen que Dios es infinitamente Bueno y Misericordioso.

Y que si Él lo permite, es porque de su dolor, va a sacar un bien mayor que es necesario.

Ya que al unirlo con los méritos de Jesús, Él va a darles un valor infinito, santificándolo al fundirlo con Él.

Ya que el Amor impide el Mal y el Dolor lo repara.

Lo soportan y ruegan, pidiendo amor para amarlo y para saber sufrir.

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Segundo: Aman obedeciendo y haciendo fuerza a sus quereres naturales, para hacer siempre la Voluntad Divina. El Dolor que les comporta, lo lloran en los brazos de Dios. Sus lágrimas se enjugan al calor de la ternura divina.

Y comprenden la razón de su sufrir. Saben que Él las ama tanto, que les da dolores con un fin santo. Y al dejar su corazón en sus manos; reciben curación, aliento y consuelo.

Tercero: la sabiduría comporta dolor. El que aumenta su saber, aumenta su dolor. El que conoce al Señor, le confía sus afectos, intereses, esperanzas y dolores.

Se abandona totalmente en Dios y ve en Él, al Amigo, al Hermano, al Padre. A aquel que lo ama con su Amor Perfecto, como Perfecta es su Naturaleza Divina y se une a Él.

Por eso hay que dar a Dios, lo que es de Dios y al hombre lo que es del hombre. Dar a cada uno el juicio justo.

Si meditamos bien en nuestros tormentos, que a veces se convierten en un sufrimiento mortal, veremos que en cada tormento está el nombre de un hombre. Nunca el de Dios.

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Y en el momento de la desolación, el alma más que nunca debe ser la hija de Dios. Y le llama con la seguridad de que puede hablarle, porque ha conquistado el derecho de ser escuchada.

No más oscuridad de desolación humana. No más afán de creyente que quiere y no puede alcanzar la paz en el Dolor.

Sino la alegría del sufrir: Una alegría del alma, bajo el llanto de una carne que muere por último.

Carne y sentimientos son los vestidos del ‘yo’ espiritual, el verdadero ‘yo’.

Y la criatura santificada por su heroísmo, puede alcanzar a decir:

“Por aquel sí’ que yo he dicho, ¡Escúchame!

Y hay que esperar en Dios y confiar en Él.

Cuando se juntan dos para llevar una pena, ésta se hace más ligera. Él enjuga toda lágrima de sus ojos y le consuela de un dolor que no le puede evitar, porque sirve para la Gloria de Dios y la suya.

Comprende que la vida es una ráfaga que termina, cuando en el Cielo le son arrancadas las espinas que le fueran clavadas por amor.

Sabe que el mundo necesita sufrimiento. Y pide el dolor para unirlo con Jesús, para la salvación de las almas.

Y así, uniendo su voluntad a la Divina, comparte con Dios, la necesidad del Dolor Absoluto, completo, profundo…

Hasta llegar a bendecirlo como una Gracia Inmerecida, que le permite unirse y parecerse al Dios Redentor, que adora con confianza y con amor.

Porque el dolor es una gran absolución cuando se sufre con santidad y se une a la Magna obra de la Redención.

Vivir junto a Jesús es un gran gozo hasta en el dolor.

Y morir por Él, es pasar a la gloria.

El alma se convierte de consolada, en consoladora. Y desea enjugarle las lágrimas a un Dios que NO es amado.

Convertirse al Amor es saber soportar el Dolor. Porque el amor nunca va separado del sufrimiento. Porque al ser una cosa santa, desencadena la furia del Enemigo.

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Señor, te entrego todo lo que siento. TE AMO. Ayúdame con tu Fortaleza a pasar esta amarga Prueba… 

En compensación, el sufrimiento nunca va separado de la Gloria, porque Dios es justo y da a quien da. Ya desde la Tierra, el alma prueba la Gloria del Cielo.

Y el Reino de Dios en ella, lo siente hecho realidad, por la Paz verdadera que le da la Presencia de Dios dentro de ella. Esta paz que es imperturbable en medio del más atroz de los tormentos, mientras apuran el cáliz amarguísimo del Odio.

Y de lo que darán testimonio, los mártires.

SE DEBE IMITAR A CRISTO EN TODO.

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Y es todavía siempre por el Dolor, el holocausto con el que el hombre salva.

Continuando la Obra de salud, iniciada por Cristo, pues el Martirio del Dolor, está siempre presente en la vida de los elegidos.

Los cuales demuestran su justicia mediante su amor al Dolor, NO solamente soportado con resignación, sino también pedido como ‘Octavo Sacramento’ y ‘Novena Bienaventuranza’

Para ser ungidos ‘víctimas’ y ser la verdadera efigie de Jesucristo Víctima.

Porque es por el Dolor y la Muerte, que Jesucristo fue el Salvador y el Redentor.

Del Mal, Dios siempre saca un fin bueno. Los que martirizan al alma-hostia, hacen que ésta se encamine hacia la perfección.

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El Purificador deberá dar cuenta de su crueldad.

Pero las victorias sobre el Mal, son la corona de los elegidos.

Si la maldad no pudiera crear en manos de Dios una consecuencia buena, Dios la hubiese destruido.

El Mal glorifica a los justos. La Obediencia a la Voluntad de Dios es el perno que fija y NO nos permite desfallecer, aumentando el amor y el deseo de perseverar.

Jesús fue Obediente hasta el extremo y nos recuperó a nosotros.

Y compartimos con Él, la sublime misión de recuperarle los hijos a Dios a través del Dolor y el sacrificio…

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Al beber del mismo cáliz que Jesús, que también en su amargura es bello; porque tiene en su borde el sabor de los labios del Maestro, que ha sido el que bebió primero.

LA FUERZA DEL DOLOR.

El Dolor no es un castigo cuando se acepta y se hace uso de él rectamente.

Y se convierte en Sacerdocio que da un gran poder sobre el Corazón de Dios.

Un gran mérito nacido con el Pecado. Sabe aplacar la Justicia, porque Dios sabe emplear para el Bien, cuanto el Odio hace para causar Dolor.

A través de la Oración, el Dolor se hace soportable y se convierte solo en una molestia de la materia.

Y el corazón se fortalece con las fuerzas del león, para que el espíritu vuelva a ser rey.

Cuanto más un alma está en la Luz, tanto más ama y acepta; ama y desea, el Dolor.

Cuando se vive inmerso y viviente en la Luz, se ama y se pide: EL OCTAVO SACRAMENTO.

Porque si con el dolor hay Paz, entonces es prueba de que viene de Dios.

Las almas-hostias hacen lo que Jesús hizo: hacer del Dolor el principal instrumento para salvar.

No debe preocupar el llanto. También Él lloró.

Él sollozó gimiendo y con repugnancia de carne y de mente, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, ha dicho: “Hágase tu Voluntad”

IMITAR AL MAESTRO ES EL SECRETO QUE SALVA.

“Hágase tu Voluntad” Lo ha dicho.

El espíritu solo, ha tenido el coraje de decirlo.

Entre las repugnancias y los miedos de todo el Cuerpo y del Pensamiento, contra el espíritu; se debe decir: ‘Señor, fundo mi voluntad en la tuya y haz que tu Voluntad sea la mía.”

Y mientras la crueldad del Dolor flagela, Dios está junto al alma valerosa, como un Padre y un Amigo que la compadece. Que la vela, que llora con ella y de la que recoge el infinito tesoro que Él necesita para salvar: el Dolor que redime.

Porque la tierra es un altar contaminado y el Dolor es el Holocausto por el Pecado. El Amor es el holocausto por el sacrificio. Y el Amor nace en las almas al purificarse por el Dolor.

Dios no condena las lágrimas, ni la repugnancia del hombre por el sufrimiento y el dolor. Condena solo el Pecado, la resistencia a la Conversión y la Desesperación en su Misericordia.

Lamentarse con Dios refugiándose en Él, hace que las lágrimas sean las monedas más preciosas para la conquista del Cielo, si el hombre padece y las soporta, sin salir del amor y de la justicia.

Siempre hay dolores más fuertes que los propios. Cuando el hombre se lamenta de su suerte y recuerda los dolores de Dios, se ve el sufrimiento tan relativo, que la Cruz cada día se hace más soportable.

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Señor, TE DOY GRACIAS POR ESTE SUFRIMIENTO que no comprendo y que te entrego por …¿¿¿???    SÓLO SÉ QUE TE AMO    Y TE BENDIGO POR ESTO… Lléname de tu Amor para seguir adelante… 

El llanto es el tributo de nuestra condición de hombres.

Jesús y María Inmaculada lloraron muchísimo. Los Dos que debieron estar exentos, tanto por su Pureza como por su Santidad. Lloraron para redimir y debieron vivir sumergidos en el Dolor.

Las almas unidas a Dios deben expiar por sí mismas y por las demás, haciendo del llanto una moneda para rescatar a los esclavos que Satanás tiene amarrados a sus galeras.

El alma-ostia pide sufrir, para aliviar el sufrimiento de los demás y transformarlo en paz y luz, para que puedan salvarse.

El hombre acusa a Dios, por el dolor que él mismo se genera. Y los verdaderos hijos de Dios, saben amar el Dolor. Lo quieren y lo piden para expiar por sí y por los demás.

Vivir unidos a Dios, es alegría también en el Dolor.

LA LEY DEL DOLOR.

A esta dolorosa consecuencia del desorden de un Ángel y de los Progenitores, nadie escapa.

CADA DÍA NUESTRO DOLOR Y SUFRIMIENTO SON MAYORES Y MÁS AMARGOS

Cada día nuestro Dolor y Sufrimiento son mayores y más amargos… Convirtamos nuestras lágrimas en diamantes que adornen  LA CORONA DE VENCEDORES, Con la cual  ABBA nos recibirá en la Patria Celestial… 

Ni siquiera el Hijo del Hombre, el Santísimo Verbo del Padre, que sin haber pecado, conoció los asaltos del Tentador que en la Hora en que fue el ‘Hombre’.

El Cordero de Expiación, cargó con los pecados de todos los hombres y fue condenado a morir fuera de la Ciudad Santa, en el Desierto de los desiertos. Aquel no solo de su Pueblo, sino de los amigos y hasta de su Padre.

Porque siendo Dios y por lo tanto Eterno, Purísimo y exento de las consecuencias del Pecado, conoció el Dolor y la Muerte.

Jesús vino a santificar el dolor, sufriendo el Dolor por todos los hombres y fundiendo los dolores humanos en el suyo infinito, dando así mérito al Dolor.

Con el Martirio del Dolor, viene el Martirio del Amor, no menos consumante con su ardiente dulzura, que el del Dolor.

Nadie fue más probado que Jesús.

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Y nadie como Él, conoció la soledad, la incomprensión, el abandono. Desde los celestes a los humanos.

Nadie padeció los dolores que Él ha padecido. Dolores de toda especie, siempre en aumento en cantidad y en intensidad. Y cada vez mayores.

Pero Él nunca reclamó al Padre por este Océano de Dolores que lo circundaban y que subían con sus olas amargas, cada vez más grandes, para sumergirlo.

Nunca acusó al Padre. Sabía que Él permitía esto para exaltarlo después por sus méritos, en medida infinita, en proporción a su Sufrimiento.

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Él sabía que el mal, el dolor, la soledad, la angustia que sufría, venían del hombre decaído y manejado como una marioneta por Satanás.

Y no podían dar más que dolor a Aquel que era Dios en vestidura humana.

Y que lo había hecho así para devolverle los hombres a Dios. Los mismos a los que Satanás impulsaba y él lo sabía, porque estaba consciente de su próxima derrota; por la restitución del estado de Gracia a los redimidos.

Y se vengaba con su máximo Odio contra el Amor.

El Dolor meditado, comprendido, contemplado, sobrenaturalmente; no es castigo del Rigor Divino, sino Gracia del Amor Divino.

Gracia que Dios concede a sus mejores hijos, para hacer de ellos pequeños ‘Cristos’, por coparticipación al Cáliz Amargo, a la Dolorosa Pasión del Getsemani al Gólgota, a la Cruz que fue el Patíbulo de Cristo…

Yugo pesadísimo, aplastante. Yugo que no hubiera podido ser portado sin el Amor de Dios y por el prójimo, que lo vuelve ‘suave y ligero’, si no a la carne; al menos al corazón, a la mente, al espíritu.

Fue el perfecto amor a Dios y al prójimo, el que hizo correr al Verbo de Dios al encuentro con su Cruz, con la ansiedad de haber ‘Todo cumplido’.

El Dolor es Holocausto y participación a la misma suerte de Jesús. El dolor es embriagante más allá de la alegría, cuando es el Dolor de Cristo. Y Él ayuda siempre al alma que lo ama hasta el sacrificio.

Jesús subió a la Cruz Orando y Sufriendo.

La conversión se obtiene con la Oración y el Dolor. Después en el ánimo preparado para recibirla, se enciende la luz de Dios y se hace Palabra y Vida. Y por eso se debe gustar el Pan del Dolor de Dios.

En el tiempo preciso se debe contemplar el Dolor como el mejor de los dones. Pero debe haber amor, una grande Fe y un gran, gran agradecimiento. La peor de las torturas morales son la ingratitud y el desamor. Es peor que la tortura física.

Dar afecto y recibir indiferencia y rencor. Dar obras y verlas rechazadas. Supera en potencia a los golpes del flagelo y al penetrar de las espinas. Estas son cosas que golpean solo la carne; pero la indiferencia, la ingratitud y el rencor, golpean al alma y sacuden al espíritu.

dolor sufrimiento

SEÑOR, YO PERDONO A…. POR…. TE ENTREGO TODO, BENDÍCENOS. DALE LA LUZ Y TU GRACIA…. Y A MÍ….. TE AMO.

En momentos así, no se deben mirar a las criaturas sino a Dios.

No se debe pensar en la criatura que lastima, sino en orar para proveer su paupérrima alma y entregarle su alma a Dios para que la sane y la convierta. No se debe amar a la criatura por su persona, sino amar a Jesús en ella y así se encontrará lo que debe ser amado.

En la Hora de las Tinieblas el Egoísmo domina y por medio de él, Lucifer trastorna el mundo.

Para el cristiano-alma-víctima, son algunas personas que no agradecen o que traicionan.

Para Dios, son millones los que se niegan a Reconocerlo…

Debemos consolarlo con nuestro amor.

Fernanda calla y todos meditan en la enseñanza recibida. Tan asombrosa y…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

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