77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


000colosseum_gladiator(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra.

Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias.

Regina, la que en la Puerta del Cielo enseñara a los catecúmenos el tema de ‘La Pobreza de Espíritu’ también fué arrestada.

Y ahora va a dar el más estremecedor testimonio de todo lo que enseñó. 

El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel…

Por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos?

¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio!

¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza.

Luego ordenó que se les tratara más humanamente.

Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio.

Pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

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En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta.

Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio.

No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales.

Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto.

Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora… ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

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Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá Otro en mí que padecerá por mí…

Pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina…

Y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban.

Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’

Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores.

Y sus hojas caían incesantemente.

En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás.

Al vernos nos acogieron con grandes honores.

Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!

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Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo.

Y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida.

Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución.

Y a Ramón, que había muerto en la cárcel.

Les preguntamos qué en donde estaban los demás,

Pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz.

Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas.

Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar:

‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’

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En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil.

No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos.

Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono.

Cuatro ángeles nos levantaron en vilo.

Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano.

Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz.

Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio.

Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable.

Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato…

El sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder!

¡Que fue enviado para distribuir todos los Carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe!

Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones, Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…

Tal como está escrito:

En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión.

Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató.

Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió.

Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible!

El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente.

Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación… ¡Mi hijo está tan pequeño!

MAMA Y BEBE

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel.

Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre.

Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo.

Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía.

Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias.

Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel.

Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

MAMA Y BEBE

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar.

Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso,

confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno.

En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos…

Si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros.

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Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero.

Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba.

Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí

Y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo.

Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso. Con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban.

Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando.

Yo lo recibí con las manos juntas y comí.

Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio…

Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados.

Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme…

Y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos.

No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa.

Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das.

Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses.

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Hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor.

Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte.

Tú llegarás a la Fe y…

¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera.

Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna.

Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta?

¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor.

Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra.

Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú?

¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse?

¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

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Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes.

Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también.

No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto.

¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla.

Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor.

Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros.

Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro.

No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora.

Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

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Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo.

¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor!

¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas.

Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano.

Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado.

Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo.

Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida.

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Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios.

Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No!

Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti.

Deja que el querer de los hombres se cumpla.

Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso.

Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús.

Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos.

Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias.

Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna.

Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño.

¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio!

Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum.

Había un gentío inmenso, subimos al estrado.

Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe.

Por fin llegó mi turno.

Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme.

Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí…

¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor.

Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió.

Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro.

Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber.

Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse.

Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos.

Por esto, oraba por él todos los días.

Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César.

Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría.

Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua.

Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca.

Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños.

En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después James, encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente.

Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo.

Mi padre consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegarse en su  rostro.

Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera.

¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez! Pero mi Señor me sostuvo. Aumentó su fortaleza…

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores.

Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado.

Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí.

Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes.

Ansioso de luchar conmigo.

Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón.

Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates.

Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro.

Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata.

Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato.

Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés.

Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra.

Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza.

Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza.

El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto.

Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo.

Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe.

La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’.

Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios.

Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos.

Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos?

Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos.

Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate.

Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

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