85.- LA REVANCHA DEL DESPECHO


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Cuando salen  de la casa de Petronio, La luna llena ilumina todo con sus reflejos argentados.

El firmamento lleno de estrellas parece envolver con sus destellos al apóstol Pedro y sus compañeros, en el regreso a sus casas.

Diana al llegar a la suya, se queda un rato el jardín.

Contempla la luna plateada y se queda absorta meditando, después se postra en adoración…

Luego de un largo rato, se retira a su cubiculum a descansar.

Al día siguiente muy temprano llega una decuria para llevarla prisionera hasta el Tribunal del Foro.

Haloto como espía del Questor de Roma, presenta la acusación ante el magistrado que preside el Tribunal: Tulio Vinicio.

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Éste mira fijamente a la hermosa mujer y le pregunta ásperamente:

–           ¿Eres tú cristiana?

Diana responde con firmeza:

–           Sí. Por la gracia de Dios.

–           ¿Conoces el Edicto del divino emperador y aun así, te atreves a desafiarlo? ¿Sabes lo que significa para ti, esta afirmación?

–           Es mejor obedecer a Dios antes que a los hombres. Estoy dispuesta a morir por Jesucristo. Él Es el único Dios Verdadero y ésta es la hora de mis nupcias.

–           ¡No seas necia! ¡Obedece la ley y sacrifica a los dioses! Eres muy joven y la sentencia que te daré, NO la soportarás.

–           Soy cristiana. No sacrifico a otro dios que no sea mi Señor Jesucristo.

–           No sabes lo que dices. Te daré un tiempo para reflexionar.

Acto seguido, ordena que la tengan prisionera y sin alimentos durante varios días…

Transcurrido el plazo estipulado, Diana es traída de la prisión y presentada nuevamente al magistrado. La escolta la deja en medio de la sala del tribunal.

Está un poco pálida, pero mantiene su actitud llena de dignidad, aun cuando la luz la deslumbra por haberse acostumbrado a la oscuridad del calabozo.

No le han dado agua, ni comida. Aunque se siente un poco débil, se mantiene derecha y sonríe…

Se repiten las mismas demandas. Las mismas ofertas…

Y las mismas respuestas:

–           Soy cristiana. No sacrifico a otro Dios que a mi Señor Jesucristo. A Él lo amo y Él me ofrezco en sacrificio a mí misma.

El Prefecto se levanta y dicta la sentencia:

“Por desacato a los edictos imperiales. ¡Condenamos a Diana a la Columna! ¡Ipso Jure! ¡Ipso Facto!”

En ese mismo instante, se acercan los verdugos.

Le arrancan los vestidos y la dejan desnuda a la presencia de todos.

Le atan las manos y los pies detrás de una de las columnas del tribunal.

Para hacer esto se los dislocan y le fracturan los brazos.

La virgen, en muda oración, alaba fervientemente a Dios.

A pesar de la atroz tortura, no sale ni un gemido de su garganta, ni su cara pierde la dulzura de su sonrisa.

Después le retuercen las sogas alrededor de las muñecas y los tobillos. Luego la azotan con flagelos sobre el cuerpo desnudo.

Continuando alternadamente con tenazas y garfios, para desgarrarla en su carne, buscando atormentarla en una forma indescriptible.

A cada paso del suplicio, le preguntan que si quiere sacrificar a los dioses.

Diana les responde:

–           No. A Cristo. Solo a Él. Ahora lo comienzo a ver. Y con cada tortura, me acercan más a Él. ¿Queréis que lo pierda? Terminen su obra, que yo ya tengo mi amor completo.

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¡Dulces nupcias en las cuales Cristo es el Esposo y yo su esposa! ¡El sueño de toda mi vida!

Cuando la desligan de la columna, ella cae como una muñeca rota. Con los miembros dislocados, hechos pedazos y que ya no pueden sostenerla más.

En las muñecas, hay dos brazaletes en carne viva.

Los pies lacerados muestran los nervios y los tendones quebrados en una postura antinatural.

Pero su cara está llena de felicidad y parece un ángel radiante.

Las lágrimas descienden en gotas ensangrentadas que parecen rubíes…

Y su mirada está extasiada en una visión celestial.

Los verdugos la golpean a puntapiés. Y a puntapiés la empujan y la extienden, como si fuera un costal inmundo que no puede ser tocado,  hasta la tarima del Questor.

Éste le pregunta:

–           ¿Todavía estás viva?

Diana contesta:

–           Sí. Por Voluntad de mi Señor.

–           ¿Todavía insistes? ¿Quieres precisamente la muerte?

–           Quiero la Vida. ¡Oh, Jesús mío, ábreme el Cielo! ¡Ven, Amor Eterno!

–           ¡Arrójenla al Tíber! –Ordena furioso el Prefecto.

–           ¡El agua calmará sus ardores!

Los verdugos la llevan de mala gana.

A pesar de todo, ella sigue sonriendo con dulzura. La envuelven en sus vestidos y la cargan sobre los hombros, como si ya estuviera muerta.

Ella sonríe a la luz de las antorchas. Lo que tiene que ser será.

Llegan al río y suben al puente. Desde lo alto la precipitan sobre las oscuras aguas.

Ella resurge dos veces.

Entonces, el jefe de los verdugos ordena que la sujeten a un ancla que le sirva de lastre.

Ella se hunde sin un solo lamento.

Río abajo, los cristianos esperan…

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Después el sacerdote Samuel rescata el cuerpo destrozado de la virgen y un ejemplo más queda, para los que han de defender y confesar la Fe cristiana.

Porque la firmeza y la dulzura de Diana han mostrado claramente: ¿Qué es el hombre para quién ha hecho de Cristo su Comida?

¿Qué es la tortura para quién ama al Mártir del Calvario?

¿Qué es la muerte, para quién sabe que la muerte abre las puertas de la Vida?

Maximiliano llegó al tribunal cuando ya había empezado el segundo interrogatorio y vio al hijo de Haloto sosteniendo su acusación.

Presenció todo el martirio de la joven virgen a quién había llegado a amar tanto, como si fuera de su misma sangre, porque ella le llevó al Camino de la Luz.

Y vio el combate y la victoria de su maestra espiritual…

Acudió a reunirse con el sacerdote Samuel y los demás cristianos que  la rescataron del río.

Y pudo contemplar la hermosa faz de la virgen, que mantuvo su sonrisa y una expresión de gozo radiante, iluminándola en su cuerpo tan martirizado…

Las lágrimas bañaron el rostro de Maximiliano.

Y no hizo nada para esconder su dolor.

Murmuró despacio:

–           Era un lirio en todo su esplendor y ya no estará con nosotros…

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Samuel le dijo:

–           Ahora adorna los jardines del Cielo porque vive con nuestro Señor.

–           Es verdad. También en su testimonio me está enseñando a morir.

–           Alégrate, porque su enseñanza fue completa. Si nuestro Señor lo permite, por la Comunión de los Santos, lo comprobarás.

Pidió permiso a Samuel diciendo:

–           Es mi madre espiritual… ¿Puedo besarla?

Con un movimiento de la cabeza Samuel asintió.

Y Petronio solo se atrevió a depositar un dulce beso en la nívea frente de la virgen.

Luego Samuel le quitó el anillo que ella llevaba en su mano, como signo de su consagración a Dios y se lo dio a Maximiliano,

Diciendo:

–           Ella hubiera deseado que lo tuvieras, pues fuiste el hijo de su corredención…

Maximiliano lo recibió con admiración y agradecimiento.

Con infinito fervor lo puso en su dedo meñique,

Y se despidió:

–           Que la paz del Señor se quede con todos vosotros.

Con paso decidido regresó a su casa, pues ya la luna estaba alta y al día siguiente partirán a Nápoles…

Cuando llegó a casa, Marco Aurelio y Alexandra le esperaban.

boda romana

Y Aurora está haciendo los últimos preparativos del viaje.

Cuando están reunidos todos en la biblioteca,

Marco Aurelio le preguntó:

–           ¿Viste a Diana?

Maximiliano contestó:

–           Cuando llegué acababan de traerla del calabozo del Tullianum. Poco después la sentenciaron y…

Refiere todo el proceso y el martirio de Diana.

Concluye:

–        Narciso Haloto fue el acusador. Es espía al servicio del Questor. Y desde que Nerón autorizó el arresto de los patricios cristianos, Haloto y Tigelino han implementado todo un elaborado proceso judicial, para que no se les escape nadie…

–           Nerón había dicho que no era conveniente todavía, ¿Por qué lo adelantó?

–           Popea y él quedaron muy despechados por el fracaso de su plan en el Circo con ustedes.  Ahora lo único que les alienta, es desfogar su venganza contra nosotros…

Marco Aurelio sonrió, al escuchar a su tío expresar su total confesión como cristiano.

Petronio cambió radicalmente.

Y nada queda del antiguo sibarita, epicúreo y materialista.

El Maximiliano de ahora es un hombre muy diferente…

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Lo único que mantiene del pasado, es su innata elegancia, que lo ha caracterizado siempre.

Cuando supo del arresto de Diana, lloró como un niño.

La joven le marcó espiritualmente y no pudo contener su quebranto…

Pero tuvo que mantener la prudencia, porque su situación en la corte es muy delicada.

La espada de Damocles pende sobre su cabeza y es imposible determinar, cuando Nerón la dejará caer sobre él.

Maximiliano les muestra el anillo que le diera Samuel y dice:

–           Es la alianza de su consagración como virgen de Dios y será la inspiración, para cuando llegue también mi hora… Me vine después de despedirme de ella, cuando la recuperaron del río.

El César ha nombrado a Haloto para que ejerza el poder en su ausencia. Helio su liberto y él, regirán los destinos del Imperio, el tiempo que dure el viaje a Acaya.

Haloto es mil veces peor que Tigelino, así que te puedes imaginar lo que le espera al Imperio.

Marco Aurelio exclamó sin ocultar su preocupación:

–           ¡Y a los cristianos! ¿Qué vamos a hacer?

La voz clara de Alexandra, interviene con dulzura:

–           ¿Acaso ustedes se olvidan de que nuestro destino está en manos del Señor?

Aurora confirmó:

–           ¡Así es! Vamos a orar para conocer su Voluntad. Él nos dirá lo que deberemos hacer.

Después Maximiliano y Aurora se despiden y se van, prometiendo escribirles a Sicilia.

Mientras tanto, en el barrio del Trastévere…

En la hermosa casa de Fernanda y Nicolás.

En medio de la devastación de la Persecución, fueron delatados por un espía del Questor y Nicolás fue arrestado.

La casa ha sido saqueada y ha sido despojada de toda riqueza.

El desorden muestra la violencia con que procedieron los enviados del César y los perseguidores.

Fernanda está en una amplia sala semivacía y ruega fervorosamente. Llora, pero sin desesperación.

Un llanto nacido de un dolor profundo en el que hay infusa una fortaleza sobrenatural. El dolor humano de haber perdido a su santo esposo…

Entra el sacerdote Luca seguido de un diácono y dos hermanos más.

La saludan:

–           La Paz sea contigo, Fernanda.

Fernanda contesta:

–           La Paz sea contigo, hermano. ¿Y mi esposo?

–           Su cuerpo reposa en paz y su alma se alegra en Dios. También la de Emiliano. La sangre de los mártires ha subido como incienso hasta el trono del Cordero.

Unida a la de Máximo, el verdugo convertido por el testimonio de Nicolás. No habíamos podido traerte las reliquias para no dejarlas caer en manos de profanadores.

–           No las necesito. Mi corona ya desciende. Pronto estaré dónde está mi esposo. Ruega hermano por mi alma. Y vete ya. Esta casa ya no es segura…

Cuida de no caer entre las garras de los lobos, para que el Rebaño no se quede sin pastores. Sabréis cuando será la hora de venir por mí. La Paz sea con vosotros, hermanos.Fernanda tiene arresto domiciliario y está prisionera en su casa.

Cuando se queda sola otra vez, ruega envuelta en una luminosidad vivísima. Y mientras las lágrimas descienden de sus ojos, una sonrisa celestial se dibujó en sus labios.

Es un hermoso contraste en el cual se ve el dolor humano, fundido con el gozo sobrenatural.

Después llegan los que la llevarán al Tribunal para ser interrogada. Ante el Questor es instada a ofrecer sacrificios a los dioses.

Al rehusarse, es condenada a morir ahogada en las termas de su propia casa.

La encadenan con pesados lastres y la arrojan al Thepidarium que está lleno de agua hirviente…

Pero al ser ejecutada la sentencia, ella resurge totalmente libre y queda flotando en el aire como a un palmo sobre el agua ¡Y ni siquiera está mojada!

Siendo preservada de esta manera y viendo que todos los intentos por ahogarla resultan inútiles…

Entonces el Questor decide decapitarla como a Nicolás y es la orden que da al jefe de los verdugos.

Éste, por tres veces descarga la espada en su cuello y no consigue desprender la cabeza del tronco.

La conminan nuevamente para que adore a los dioses.

Con su garganta destrozada, ella no puede hablar.

Pero a pesar de todo, Fernanda logra hacer con señas su profesión de Fe.

El Questor furioso, pues no logró su propósito, la deja moribunda con un tajo en la yugular y se van…

Poco tiempo después, ella muere desangrada….

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

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