87.- EL CAMPEÓN DE LOS JUEGOS OLIMPICOS


antorcha-olimpica-en-greciaLos siete años de diferencia en edad,  que hay entre el Cesar y Popea empiezan a hacer estragos.

La inclinación que siente Nerón por Esporo es cada día más fuerte y el emperador ya no se molesta en ocultarlo.

Popea lo resiente mucho, se siente morir de despecho y está empleando todos los recursos a su alcance para volver a quedar en cinta y recuperar su influencia sobre Nerón.

Pero esto no es fácil, ya cumplió 34 años y aunque Locusta le asegura que no debe preocuparse, pues antes de que llegue el invierno volverá a engendrar, la angustia no la deja conciliar el sueño.

Para su desgracia, los acontecimientos no hacen más que aumentar su inquietud…

Porque Nerón, después de haber hecho castrar a Esporo y hasta intentar cambiarlo en mujer; lo adornó un día con un velo nupcial.

Hizo que le celebraran los flamens dialis una ceremonia matrimonial, en el templo de Zeus y le constituyó una dote.

Y  haciéndolo llevar con toda la pompa del matrimonio y un numeroso cortejo, lo trató como a su esposa.

Esto ocasionó que alguien dijese satíricamente: “Que hubiese sido una gran fortuna para el género humano que su padre Domicio, se hubiese casado con una mujer como aquella.”

Después de la boda y un gran banquete a los que no asistió Popea Sabina, vistió a Esporo con el traje de las emperatrices.

Y lo llevaba con él en litera a todas las reuniones y mercados de Grecia.

Durante toda la gira por Acaya, su atención se centró en las competencias y gozó de su luna de miel con Esporo.

Y durante las Fiestas Sigilarias de Roma, se la pasó besándolo en público continuamente, como el más ardiente enamorado.

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En Delfos no se atrevió a hacerse iniciar en los Misterios de Eleusis, asustado por la voz del Heraldo que prohibía el acceso a los criminales y a los impíos.

Se retiró profundamente disgustado y en el siguiente festín le reclamó a Haloto el que Apolo no hubiese intervenido para defenderle…

Haloto intento desviar su atención y le reprochó a Seneca su vida suntuosa y sus inmensas riquezas.

Seneca respondió:

–        El sabio no llega a ser nunca esclavo de sus riquezas y se contenta con preferirlas a la miseria. Por lo que a mí toca, mi fortuna puede desaparecer, sin que pierda en realidad nada, porque el dinero es para mí un buen siervo.

Haloto consiguió su objetivo, pues Nerón le dijo con burla:

–        Dices eso porque todavía la posees. Si la perdieras…

–       Pero aun así, no me sentiría empobrecido, pues no es pobre quién posee pocas cosas, sino el que desea siempre más. Yo necesito pocas cosas. Y las pocas que necesito, las necesito poco.

Vosotros en cambio, si perdierais vuestras riquezas quedaríais aterrorizados, pues creeríais que os habréis perdido a vosotros mismos…

Tigelino le agrego leña al fuego:

–      Cuando fuiste un hombre poderoso, no lo manifestaste así…

Pero Seneca no se dejó intimidar:

–         En resumen: yo soy dueño de mi fortuna y vosotros sois esclavos de la vuestra. El dinero desempeña un papel secundario en mi vida, pues me ofrece posibilidades de hacer el bien.

Pero en la vuestra, juega el papel principal… Cuando la perdáis, veremos de que temple estáis hechos…

Nerón se aburrió y cambiando de tema, se desentendió de su antiguo preceptor.

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Después de su fallido intento en el santuario de Delfos, mostraba profundo desprecio por todos los cultos, exceptuando el de una diosa siria.

Pero terminó por burlarse también de esto, al punto de orinar sobre su estatua y luego se entregó a otra superstición, la única en la que persistió.

Un hombre del pueblo, un desconocido; le regaló una muñeca que lo preservaría contra las celadas de sus enemigos.

Coincidentemente al poco tiempo sería descubierta la conspiración de Pisón y convirtió aquella muñeca en su divinidad suprema.

La honró con tres sacrificios al día y quiso hacer creer a todos, que le revelaba el porvenir.

También participó en el teatro y representó personajes trágicos poniendo como condición que las máscaras de los héroes y de los dioses, se le pareciesen.

Y las diosas y las heroínas, a la mujer que más amaba: Esporo.

Entre otros papeles, cantó ‘Canacea en el parto’; ‘Orestes, asesino de su madre’; ‘Edipo Ciego’ y ‘Hércules Furioso’. En la representación de ésta última, un soldado joven que estaba de guardia en la entrada del teatro, viéndolo cargado de cadenas como lo exigía la trama, acudió para ayudarle.

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No estaba permitido salir del teatro mientras él estaba en el escenario, ni siquiera por los motivos más imperiosos. Esto causó que algunas mujeres dieran a luz en medio del espectáculo.

Y muchos espectadores cansados de oír y aplaudir, saltaron furtivamente por encima de las murallas de la ciudad, cuyas puertas estaban cerradas y se fracturaron las piernas.

Nerón estaba tan ávido de popularidad, que inmediatamente era rival del que por cualquier medio, gozaba del favor de la multitud.

No contento con sus triunfos en el teatro, descendió a la arena olímpica con los atletas, haciendo que los mejores gladiadores, lo ejercitasen en la lucha, a pesar de su obesidad.

Como lo comparaban con Apolo por el canto y con el sol por su habilidad para guiar carros, quiso imitar las hazañas de Hércules y le dieron un león domesticado con el que fingió luchar en el Anfiteatro y matarlo con la maza o ahogarlo entre sus brazos, en presencia del público.

Es casi imposible creer el terror y la ansiedad que mostraba en la competencia. Su envidia hacia sus rivales y su terror a los jueces.

A sus competidores los observaba, los espiaba y los desacreditaba en secreto, como si fuesen de la misma condición que él. Algunas veces llegó a injuriarlos cuando los encontraba.

Y si se presentaba alguno que innegablemente era superior a él, trataba de corromperlos para que se dejasen ganar.

En cuanto a los jueces, les dirigía una respetuosa y humilde alocución:

–           He hecho todo lo que puedo hacer. Y a ustedes, hombres prudentes e instruidos, corresponde excluir todo lo fortuito.

Cuando ellos lo exhortaban a tener confianza, se retiraba un poco más tranquilo.

Pero no pudiendo acabar con toda su inquietud, atribuía a malevolencia y envidia, el silencio que algunos de ellos guardaban por honestidad.  Y los señalaba como sospechosos.

Durante el certamen se sometía a todas las leyes del teatro, hasta el punto de no atreverse a escupir, ni a secarse el sudor de la frente con el brazo. En una tragedia se le cayó el cetro y lo recogió al instante con mano temblorosa.

Estaba aterrorizado de que por esta falta, fuera expulsado del concurso. No se tranquilizó hasta que Paris le aseguró que no se había visto aquel movimiento y Petronio le dijo que su actuación había sido impecable, en medio del regocijo y los aplausos del pueblo.

Él mismo se proclamaba vencedor y concurría a todas partes como heraldo. Queriendo borrar para siempre todo el recuerdo de otras victorias que no fuesen las suyas, hizo derribas, arrastrar por las calles y arrojar a las letrinas, los bustos de todos los vencedores.

Disputó también el premio de las carreras de carros, en los Juegos Olímpicos.

Y guió uno arrastrado por diez caballos; olvidando que había censurado en sus versos, esta misma pretensión del rey Mitrídates.

Pero se cayó del carro y le colocaron otra vez. Aun  así,  no pudo resistir la competencia y se bajó de él, antes de terminar la carrera.

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Sin embargo, esto no le impidió ser coronado vencedor.

Deseaba eternizar y perpetuar su memoria y puso su nombre a multitud de cosas. Quiso tomar parte en los Juegos que se celebrarían en honor a su victoria, hasta como ejecutante.

Menecrato lo instruía en el órgano hidráulico y la cornamusa.

Quería ser el mejor histrión y representar bailando el papel del Turno, de Virgilio. Por esto envenenó a Paris, pues lo consideraba su rival.

Se descubrió una conjura en Benevento, tramada por Vinicio.

Le escribió su liberto Helio, diciéndole que los asuntos de Roma exigían su presencia.

Y como estaba a punto de entrar en un concurso de canto,

contestó:

–           En vano opinas y quieres que regrese prontamente. Mejor será que desees que regrese lleno de la gloria digna de Nerón.

Y ya no volvió a hacer caso de ningún reclamo proveniente de Roma.

Prohibió que le interrumpieran en ninguna de las competencias y solo su amor por Esporo conseguía distraerle.

El día de la clausura de los Juegos Ístmicos, en el Pódium Imperial donde están sentados los augustanos,

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Séneca le dijo a Maximiliano:

–           Después de la muerte de Paris, seguimos nosotros. Y ya no nos queda mucho tiempo Petronio.

Y trazó rápidamente con  el bastoncillo de marfil en el aire, un pescado.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Pero cómo…!

Pero Séneca lo interrumpió:

–           No es fácil esconder la Luz. Yo he intentado retirarme varias veces y hasta le ofrecí todos mis bienes.

Pero el César ‘me ha jurado por todos los dioses que mis temores son infundados y que prefiere morir a hacerme daño’. Tú sabes tanto como yo, lo que eso significa…

–           Una sentencia segura.

–           Desgraciadamente así es. De esta corte solo podremos salir, cuando la muerte nos abra las puertas… Yo sólo estoy esperando el momento para que se cumpla.

–           Yo también estoy consciente de que mi utilidad para Nerón, se acabará con este viaje. También a mí me ha condenado…

–           Y tú ya no eres el mismo… Pronto Nerón se va a dar cuenta, ten mucho cuidado…

La llegada de Plinio impidió una respuesta.

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Y Nerón iba a hablar…

Antes de emprender el regreso a Roma, le concedió la libertad a toda la provincia. A los jueces una cantidad considerable y el derecho de ciudadanía romana.

Él mismo anunció estos favores desde el centro del estadio, el día de la clausura de los Juegos Ístmicos.

Y así Nerón, el máximo triunfador en toda la historia de los Juegos Olímpicos, volvió a Roma trayendo consigo más de mil coronas que ganó en año y medio de ausencia.

Al regresar de Grecia, entró en Nápoles, escenario de sus primeros triunfos artísticos, en un carro arrastrado por caballos blancos y según el privilegio de los vencedores en los Juegos Sagrados: por una brecha abierta en la muralla.

Hizo lo mismo en Anzio, en su propiedad de Albano.

Y en Roma hizo su entrada en el carro que sirvió para el triunfo de Augusto, con el traje de púrpura, clámide sembrada de estrellas de oro, la corona olímpica en la cabeza y en la mano derecha, la de los Juegos Pitios.

Precedido por un cortejo que llevaba todas sus otras coronas, con inscripciones que dicen en donde las había ganado, contra quién, en qué competencias y con qué canciones.

Detrás del carro iban los aplaudidores asalariados, exclamando en las ovaciones: ‘que eran los augustanos y los soldados de su triunfo’.

Enseguida demolieron una arcada del Circo Máximo y se dirigió por el Velabro y el Fórum, hacia el Templo de Apolo, sobre el Palatino.

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Al músico Menecrato y al gladiador Espicuro, les regaló patrimonios y las casas de varios ciudadanos romanos, después de su triunfo.

Colgó las coronas sagradas por todas partes del edificio. Llenó sus cámaras con estatuas que le representaban en traje de citarista y ordenó acuñar monedas con esa efigie.

Después de esto, se apasionó aún más con su arte y se cuidó para conservar la voz, cuidando de no dirigir proclamas a los soldados, haciendo que otro las hiciera por él.

En cualquier asunto que emprendía, tenía constantemente a su lado a su maestro de declamación que le advertía de cuidarse el pecho o de tener un pañuelo frente a la boca.

Y reguló su amistad o su odio, por la cantidad de adulaciones que le tributaban.

Cuando le avisaron que su tía Lépida estaba enferma de una irritación en el vientre, fue a verla.

Ella, con la familiaridad ordinaria de las personas de edad madura, le acarició la barba con la mano,

Diciendo:

–           Cuando haya recogido esta barba, habré vivido bastante.

Con tono de chanza, Nerón replicó:

–           Voy a hacer que me la quiten en el acto.

Pero luego mandó a los médicos a que purgasen violentamente a la enferma. Se apoderó de sus bienes, sin esperar a que muriera y para no perder nada, suprimió su testamento.

Roma había seguido con su desenfrenada locura.

Por los excesos de Haloto, las cosas llegaron a tal punto; que estaban al borde de  la anarquía.

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Entonces  se verificó la conspiración de Pisón, seguida por un despiadado segar de cabezas, de las más altas esferas de la sociedad romana.

Nerón pareció convertirse en una divinidad de muerte.

El duelo envolvía la ciudad.

El terror estaba presente en todos los hogares y  en los corazones, aun cuando los pórticos seguían coronados de hiedra y flores, porque no estaba permitido tener muestras de pesar por los muertos.

Pisón pagó su conspiración con la vida, junto con todos los implicados, sus parientes, sus amigos y hasta los simples conocidos.

Los conjurados defendieron su causa, cargados de triples cadenas.

Algunos confesaron espontáneamente y hasta se vanagloriaron del proyecto, diciendo que la muerte era el único servicio que podían prestar a un hombre manchado con tantos crímenes.

Los hijos de los sentenciados fueron expulsados de Roma y murieron de hambre o envenenados.

 Y las cárceles se volvieron a llenar…

El emperador solamente  concedía a los condenados pocas horas para morir.

Y para evitar cualquier dilación, tenía médicos encargados, como él mismo lo decía: ‘para atender a los retrasados’.

Éstos intervenían para cortarles las venas.

Séneca era un hombre honrado en una época de profunda decadencia moral…

Siempre ha tenido sobre su cabeza el hacha del verdugo, porque Popea y Tigelino le profesan un odio tenaz.

Y ambos han intrigado para que Nerón decrete su muerte, despertando su codicia por la fortuna del filósofo.

La oportunidad se les presentó al implicarlo en la conspiración de Pisón.

Acusaron al sobrino: el poeta Lucano, de participación directa.

Y este fue el final del tío y del sobrino.

A los dieciséis años, Lucano era ya autor de tres composiciones y podía declamar en latín y griego. Marchó a Atenas en un viaje de instrucción, pero tuvo que regresar pronto ante los requerimientos del propio Nerón,  que le concedía por entonces toda su estima y le incluyó en su «cohors amicorum» es decir, su círculo de amigos.

A los veintiún años recibió la dignidad de poeta laureado y Nerón le honró nombrándolo augur e incluso dándole el cargo de Questor  de forma honorífica antes de haber cumplido la edad reglamentaria.

La envidia de Nerón por su innegable talento como poeta, le hizo caer en desgracia.

Y cuando la conspiración fue descubierta, a causa de la imprudencia de alguno de los implicados, Lucano hubo de sufrir crueles interrogatorios a lo largo de los cuales negó, admitió y se retractó alternativamente de sus culpas.

Después de recibir su condena, asumió una actitud digna y se cortó las venas. Expiró recitando unos versos en los que había descrito el fin de un soldado que sufría su misma muerte.

Después de esto,  Nerón envió una orden que obliga a su Preceptor a darse muerte.

El Príncipe encontró una gran satisfacción en esta sentencia, no porque hallase contra él culpa alguna en la conjura; sino por ejecutar con hierro lo que no había podido con el veneno.

Cuando el centurión entregó la orden a Séneca, éste recibió la sentencia con tranquilidad y pidió hacer testamento, pero le fue negado.

Entonces pidió despedirse de sus seres queridos en privado y también se le negó.

No quiso revelar que era cristiano, para no acarrear más desgracias sobre su familia,

Pero mentalmente oró:

–           Señor Jesús, perdóname y recíbeme en tu Reino. No muero por ser cristiano… Tú sabes el porqué de esta sentencia…

Nerón le había concedido como una gracia, el morir por su propia mano.

Los médicos enviados para los retardados le ayudaron y  cortaron las venas de sus brazos.

Y Séneca murió desangrado…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

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